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¿Y Si…?

MUJER CHATEANDO-IMAGEN PÚBLICA
MUJER CHATEANDO-IMAGEN PÚBLICA

Por María Mañogil

Ayer estuve hablando con una amiga a través de una red social, ya que no vivimos en la misma ciudad y la única forma que tenemos para comunicarnos es ésta. Compartimos experiencias, ideas, pensamientos…y también le pedí su opinión sobre un tema. En varias ocasiones, durante la conversación, me preguntó si la entendía y si se explicaba bien.

Esa es una buena pregunta cuando se habla a través de una pantalla de ordenador. Las palabras no suenan igual precisamente porque no se oyen, tan sólo se ven escritas y eso puede dar lugar a interpretaciones distintas al mensaje que se desea transmitir a través de ellas.

Éste es el problema que surge siempre cuando utilizamos el lenguaje escrito, y no me refiero a cuando leemos un libro, ahí todo es más fácil; el escritor se encarga de adornar su escritura con diversos detalles que nos ayudan a situarnos en el lugar, la época y las circunstancias de la historia que quiere contar. Eso no pasa con los mensajes de texto, ya sean a través de whatsapp o de cualquier otro medio y es que en ellos no utilizamos más que una serie de símbolos o frases cortas, que casualmente suelen ser siempre las mismas en todas las conversaciones, haciendo de nuestro lenguaje un lenguaje frío, impersonal y que más se asemeja a un telegrama que a una conversación en toda regla.

Con el teléfono pasa algo parecido. Escuchamos la voz de la otra persona unas milésimas de segundo después de que haya hablado, un espacio de tiempo imperceptible y que ayuda a alimentar el engaño de la “comunicación sin caras”. La comunicación entre dos personas, la auténtica, no se basa sólo en palabras, también en gestos.

Es verdad que las personas invidentes no disponen del sentido para detectar estos gestos, pero sí poseen otros, más desarrollados que los nuestros, que les hace poder entender, no sólo escuchar. Porque escuchar sin entender no es comunicarse y para poder entender a alguien es necesario saber ver más allá de las palabras que salen de su boca. Mirarse a los ojos, tocarse las manos o cualquier otro gesto que tenga lugar entre dos personas que estén conversando tendrá siempre más significado que todas las palabras que sean capaces de decirse durante el tiempo que dure la conversación. Las palabras engañan, los gestos no. Las palabras se pueden entender mal; un abrazo, una lágrima o una sonrisa en un momento determinado, es capaz de cambiar todo el sentido de una frase pronunciada, desde donde las palabras no son más que el medio para explicar un sentimiento y los sentimientos no siempre son explicables.

Todos estamos hechos de emociones y cada uno de nuestros instantes está guiado por una emoción. Intentar ponerle nombre a esa emoción es algo realmente peligroso porque nadie puede sentirla más que nosotros mismos e intentar explicarla a otros supone aceptar que corremos el riesgo de no ser entendidos. Si lo hacemos a través de un teléfono o (peor aún) a través de un mensaje de texto, nuestras emociones se pueden perder en el trayecto y a la  persona que nos escucha, no le llegarán más que palabras. Palabras que pueden ser ciertas o no.

Si pudiéramos siempre verles la cara a los demás o tocarles o escuchar con precisión el tono de su voz en cada momento cuando nos están hablando, sería mucho más fácil no equivocarnos al interpretar lo que nos dicen.

MUJER FRENTE A COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA
MUJER FRENTE A COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA

Cuando hablamos no estamos conversando. Podemos hablar solos o soltar una palabra como “joder” en un momento de enfado o de sorpresa y no dejará de ser nada más que una expresión, sin embargo, conversar significa mucho más que darle a la lengua y en ello están implicados todos nuestros sentidos, incluso los que no conocemos.

Si pudiéramos escucharnos a nosotros mismos tal y como nos escuchan los demás, nos daríamos cuenta que más de la mitad de lo que decimos no es lo que sentimos en realidad, que la mayoría de palabras que utilizamos sobran y que nos faltan otras que todavía no se han inventado.

Si pudiéramos vernos como nos ve la persona que nos escucha, comprenderíamos el motivo de muchos enfados y podríamos evitar el inicio de muchas discusiones innecesarias. Escuchar o leer lo que nos dice otro no nos asegura que lo estemos entendiendo porque quizás lo que leemos o escuchamos no corresponde a la emoción que quiere mostrar  (u ocultar). Cuando hablamos cara a cara con alguien es más difícil equivocarnos. Mirar a los ojos de la persona con la que conversamos no sólo es un gesto de “buena educación “que demuestra interés, también es una buena manera de decirle que no le vamos a engañar y que puede confiar en nosotros. Es por eso que nunca me ha gustado conversar con alguien mientras oculta su mirada tras unas gafas de sol (a menos que en verdad tenga el sol en frente y le deslumbre), ya que pienso que se está escondiendo o protegiéndose de mí.

Muchas discusiones empiezan en la sombra y mucho más en estos tiempos en los que la tecnología se ha convertido en parte de nuestras vidas. No nos queda más remedio cuando se trata de personas que viven lejos, pero ¿y las que tenemos cerca?, ¿y si en vez de discutir con ellas por teléfono o por whatsapp nos acercáramos hasta su casa y habláramos con ellas de frente, expresando con claridad todo lo que sentimos y explicando el motivo de nuestro enfado mirándoles a los ojos? Estoy segura de que la mayoría de las veces que hiciéramos eso evitaríamos discutir y, en caso de hacerlo, la discusión sería real y nos alejaríamos de esas personas con la certeza de que hemos dicho y oído todo cuanto debíamos sin escondernos.

ROMPIENDO LA COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA
ROMPIENDO LA COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA

Tampoco se trata de ir a buscar a alguien para iniciar una pelea, física o verbal (eso sólo lo hacen los idiotas) y en este caso sí sería mejor hablar por teléfono para evitar conflictos, pero dos personas con la madurez suficiente para comunicarse deberían ser capaces de hacerlo de una manera natural, ¿y qué hay más natural que hablar cara a cara? 

Nos hemos acostumbrado a contarle nuestros cosas más íntimas a un ordenador, a expresar lo que sentimos moviendo los dedos sobre un teclado y nos hemos olvidado un poco de lo que es el contacto visual, el olor, el tacto  y todas esas sensaciones que tenemos al estar cerca de los demás y que nos producen placer, como puede ser una sonrisa, una caricia o un beso.

¿Cuántas veces el gesto de una persona nos ha hecho darnos cuenta de lo equivocados que estábamos con respecto a ella?, ¿a alguien no le ha pasado esto alguna vez?, ¿y si la persona que nos está levantando la voz y que nos empieza a caer mal sin conocerla está a la vez sonriendo y resulta que esa es su manera de hablar? Si no pudiéramos ver esa sonrisa en su rostro pensaríamos que está enfadada con nosotros y quizás no lo esté. Las apariencias engañan y más cuando no queremos ver más que lo que miramos.

Más allá del horizonte que contemplamos a lo lejos hay más mundo; las personas también tienen un horizonte y más allá de él hay más sentimientos, además de los que muestran. Sólo hay que querer verlos.

Si antes de juzgar a alguien por algo que nos ha dicho, analizáramos la situación (su situación) y nos pusiéramos por un momento en su lugar, descubriríamos que no es tan diferente a nosotros y que su manera de actuar no es tan distinta a la nuestra en circunstancias similares. Pero no lo hacemos y eso nos lleva a enfadarnos con los demás, cuando en realidad con quien deberíamos enfadarnos es con nosotros mismos.

El rencor también es otro de los atenuantes que hacen que las relaciones entre las personas  se rompan. La falta de capacidad para perdonar los errores (o lo que nosotros creemos que son errores) de los demás, nos convierte en jueces y verdugos y nos obliga a estancarnos en el pasado, de tal forma que, a veces ni siquiera somos capaces de recordar el motivo por el que empezamos a sentir ese rencor. En la mayoría de casos no será un motivo tan grave como el sufrimiento que causamos y nos causamos al no saber perdonar.

El rencor sólo sirve para alimentar a un monstruo invisible que sólo vive en nuestro interior. Deberíamos tener más memoria cuando se trata de recordar lo bueno que hacen los demás por nosotros, pero por desgracia, esto último lo olvidamos rápido.

¿Cuántas personas habrán pasado por nuestra vida sin dejar rastro porque la primera impresión que tuvimos de ellas no fue la mejor?, ¿y si esas personas tenían mucho que ofrecernos y no les dimos la oportunidad de hacerlo?, ¿y si en el momento en que las conocimos tenían algún problema y no pudimos ver cómo eran en su interior?, ¿y si las personas de las que ahora desconfiamos son las que más se preocupan por nosotros?

CHARLA DE CAFÉ-IMAGEN PÚBLICA
CHARLA DE CAFÉ-IMAGEN PÚBLICA

Yo he aprendido hace poco a hacerme esta pregunta: ¿y si? Hace unos meses me  limitaba a ver lo que mis ojos me enseñaban y a creer en lo que me decían como si el sentido de la vista y el del oído fueran los únicos que poseo, hasta que descubrí que lo que de verdad debo creer es lo que me dicen todos los sentidos a la vez, incluido ese sentido que todos tenemos y que nos hace sentir cosas que nadie es capaz de percibir.

Ahora, cada vez que siento que alguien me ha defraudado o que no está haciendo lo correcto, me hago esa pregunta y siempre encuentro mil respuestas a ella. Es imposible adivinar lo que otros piensan mediante suposiciones, pero tampoco es necesario hacerlo. Se puede imaginar y todo lo que se imagina se puede soñar y todo lo que se sueña puede ser real. Igual de real que una mirada, una sonrisa o un beso.

Cuando algo se siente hay que expresarlo, pero no necesariamente tiene que ser expresado en palabras, ya que las palabras no lo dicen todo. La mejor manera de hacerlo es dejar que todo fluya, sin forzarlo, pero también sin ocultarlo.

Deberíamos empezar a romper las barreras que nos apartan de los demás y eso sólo lo podemos hacer eliminando las palabras que sobran y mirándonos a los ojos. Hablando menos y escuchando más, pero no con los oídos, sino con el corazón. Al fin y al cabo los sentimientos nos salen de algún rincón que desconocemos y todos tenemos rincones sin explorar. Dejemos que los exploren y olvidemos las tonterías y los prejuicios, que esos no nos van a dar la felicidad y la próxima vez que dudemos de alguien, que nos enfademos con alguien o que queramos decirle algo a alguien, si la distancia nos lo permite, que no sea a través de un  ordenador ni de un teléfono, que los cables y el wi-fi no son  buenos consejeros para el amor y la amistad y, aunque es cierto que muchas relaciones nacen de esa manera, también están expuestas a morir del mismo modo.

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Adicción - Imagen pública
Adicción – Imagen pública

por Carolina Vargas

“¿Me estás poniendo atención?”

Nunca me había sentido tan culpable ante esta pregunta. Confieso que me sentí muy avergonzada pero fue algo que no pude evitar. Los contextualizo un poco: en días pasados me vi en la necesidad de cambiar mi teléfono celular por uno nuevo, ya que mi equipo anterior sólo me servía de pisa papeles, no me llegaban los mensajes y las llamadas se escuchaban horrible. Por consejo de muchísimas personas, opté por solicitar un plan tarifario ya que gasto muchísimo en recargas y el plan es mucho más accesible, así que después de tres días, una visita a domicilio y una consulta a mi historial crediticio -el cual no tengo- la empresa RadiomovilDipsa consideró adecuado otorgarme el beneficio de la duda y me soltó mi nuevo teléfono nuevecito y de paquete.

Entre las virtudes de mi equipo, según la vendedora, tiene un montón de tecnología que incluye letras y numeritos, pero no tan divertidos como el álgebra -soy ñoña y disfruto mucho este tipo de problemas-, tiene botón de prender y apagar, camarita con flash, cargador y audífonos. Para redondear un poco la idea, un teléfono común y corriente disfrazado de navaja suiza.

Honestamente la tecnología no es lo mío; soy una persona muy elemental, me duele reconocerlo pero así es. En un principio pensé que dada mi falta de créditos bancarios me iban a autorizar un pisapapeles igual al que acabo de botar, pero no, la verdad es que tengo un equipo bastante decente, que si bien no es lujoso ni está en el Top ten de la tecnología hipster, es un modelo bastante funcional y accesible, pero con todo y eso me tardé casi dos días en configurarlo completamente. Cuando al fin supe moverle al aparato, comencé a depurar mi agenda, pasar los contactos al nuevo teléfono, lo cual fue rápido porque no tengo muchos amigos y los teléfonos de la familia pues sólo tengo unos cuantos, y como en la más enferma de las distopías Orwellianas, todas mis cuentas tanto de redes sociales y de correo se enlazaron de manera siniestra en mi teléfono. Hasta el día de hoy sigo leyendo el manual de usuario y no he encontrado el apartado en el que expliquen por qué pasa esto, así que cada 15 minutos recibo alarmas de mi correo electrónico, que a su vez me da notificaciones de Facebook, Twitter, Google+ y por supuesto de mi blog y el más reciente y siniestro de todos, el WhatsApp.

Whatsapp - Imagen pública
Whatsapp – Imagen pública

Es la primera vez que tengo un teléfono con Android -la versión no importa, por regla general la versión más reciente es peor que la anterior- por petición de mi madre, y con el fin de “estar más cerca”, descargué dicha aplicación firmando con sangre el pacto que llevaría mi último dejo de cordura al más negro e insondable abismo virtual.

Mensajes ilimitados, sin costo el primer año, con sonido, imagen, smileys, me recuerda tanto a las aplicaciones que poco a poco iba teniendo Messenger, pero ahora desde la comodidad de mi teléfono, no lo pude evitar fue un reencuentro con el pasado, además que fue mi regalo de cumpleañosdiadelasmadresnavidadyreyes atrasado, perdón si me emociono con mi nuevo juguetito, pero hubiera sido lo mismo si alguien me hubiera regalado un Playmobil o una consola de Atari, fue algo que se me quedó de la prepa y de otros tiempos mucho más simples. Todavía le sigo encontrando cualidades a los mensajitos instantáneos aunque tengo muy poquitos contactos y uno de ellos de plano ya me dijo que no lo estuviera chingando.

“¿Me estas poniendo atención?”, ahí fue cuando me di cuenta que empiezo por mal camino y que si bien es cierto me emociona saludar a mis amigos que están lejos, el mundo real seguirá ahí y no me puedo abstraer de él así que he decidido dejar mi whatsapeo en paz por un tiempo, creo que es lo mejor, antes de que me enganche peor. Para muchos de ustedes esto que les digo es tan del 2013 o antes, pero les repito, nunca había tenido un smartphone, sigo considerándolo innecesario, adictivo sin duda alguna, pero innecesario.

Smartphone - Imagen pública
Smartphone – Imagen pública

Iba pensando en todo esto mientras caminaba, había ido al centro de atención a clientes de Telcel a reclamar una falla en la recepción -tan pronto y luego luego sacando el cobre con el mal servicio- y en esta selva de asfalto, la fauna se comportaba de manera extraña, al parecer ya nadie se fija por dónde camina, todo mundo está al pendiente de su teléfono; no miento, caminé exactamente las tres calles que separan mi casa del módulo Telcel y conté por lo menos 15 personas atendiendo un mensaje instantáneo, el silbidito era inconfundible, confieso que me perturbó muchísimo. Yo pensé que el mío era un caso excepcional, porque -lo reitero- soy una persona simple, que durante mucho tiempo se negó a pertenecer a las redes sociales, tan es así que la primera en la que milité fue Facebook, resistí lo más que pude hasta que la corriente me arrastró, aún andan por ahí espíritus libres y soberanos, ajenos al chismógrafo de los rostros, no saben cómo los envidio. Bienaventurados los libres de smartphones y aplicaciones baratas, porque de ellos es el reino de los cuerdos.

Sigo leyendo el manual de usuario y el contrato de arrendamiento de la línea con todo y sus letras chiquitas, para ver si encuentro alguna clausula o vacío legal que me permita demandar protección ante tanto bombardeo comunicativo.