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Mi perdición

por Berenice Vázquez

Aquí es donde estoy ahora, entre las sombras, amándote a ciegas, tentándote en el vacío. No te veo pero puedo sentirte hasta que te esfumas de entre mis brazos.

Continúo entre la bruma esperándote, imaginando cuando será nuestro próximo encuentro, pensando en el perecedero tiempo que nos despoja la oportunidad de poder vernos entre las tinieblas y con ello la desgracia de hundirnos bajo el infierno.

Pero, al caer contigo, ¿podré soportar las llamas? ¿Sostendrás mis manos entre las intensas oleadas del ardiente fuego? ¿Te quedarías conmigo hasta ser juzgados? Si tú permanecieras aquí a mi lado, las sombras se desvanecerían y te convertirías en la luz de mi amanecer; sin embargo, no estás aquí; si te espero jamás saldré de las sombras.

Aún permanezco con vida, puedo apartarme de este abismo y encontrar la libertad; entonces, cuando regreses no hallarás más que tu soledad.

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LA POMPA DE JABÓN

Por María Mañogil

Hoy de nuevo me levanto y veo el sol.  Abro la ventana y contemplo un paisaje distinto que me recuerda dónde estoy y cómo llegué hasta aquí.  Las voces de gente al otro lado,  me hacen sonreír. Voces nuevas de gente desconocida hasta hace unos días, pero tan cercanas a la vez, tan parecidas a mí,  a mi familia, que me obligan a extrañar más esos momentos malos,  buenos,  regulares,  imperfectos, de cuando era niña y de cuando ya no lo era tanto

Me pregunto cuántos días he dormido y he soñado que vivía una realidad que no era la mía, lejos de mi mundo, encerrada en otro disfrazado de perfección, de miedo a no ser correcta, a ser yo. A protestar,  a enfadarme,  a escribir y decir lo que siento,  no por necesidad de expresarme,  sino por elección de hacerlo.

Miedo a reclamar mi espacio por no perder a quien quería,  sin entender que nada se pierde en la vida más que la propia dignidad cuando se niega a uno mismo el derecho a ser como es por sentirse integrado en un lugar al que se le impide entrar,  a pesar de haber sido invitado.

Me pregunto en qué parte me perdí cuando llegué a convertirme en huésped molesto e incordiante, mendiga sin voz y sin nombre,  dentro de un hogar del que se me pidió formar parte. Me preguntó qué fue real y qué no. Hasta dónde soñé y qué me ha hecho despertar hoy con la certeza de que quiero vivir en mi mundo imperfecto, inestable,  con la inseguridad y la duda de no saber si voy a tropezar mañana,  si me voy a caer, si me voy a alterar y no podré mantener la calma cuando se me clave una injusticia o un desprecio tras otro en mi propia piel, porque me duela,  porque tengo sentimientos,  porque soy humana,  porque estoy viva.

Desde la ventana veo a un niño haciendo pompas de jabón y una de ellas sube hasta mí y extiendo mi mano para dejarla reposar sobre ella. Se queda ahí,  intacta.

Me imagino en el interior de esa burbuja y creo haberlo vivido ya, quizás hace años en el útero de mi madre,  donde nada ni nadie podía tocarme y dañarme,  donde sólo respiraba, dormía,  me alimentaba,  jugaba tal vez con mis manos o con el cordón que me unía a ella, a su vida, a mi inminente, dependiente y diminuta vida. De repente la burbuja estalla en mi mano y desaparece. ¿Quién querría vivir allí para siempre? Ni siquiera el aire que lucha por expandirse es capaz de resistirlo.

Una pompa de jabón del más bueno,  del más caro, resistente,  del más natural,  de ese que se fabrica aún en algunas casas con el único instrumento que las manos de una mujer,  o de un hombre,  no podría proteger al aire más puro y limpio de ser corrompido por el mundo exterior.  Yo no quiero ser parte de ese aire, rodeado de jabón,  luchando por escapar o, por el contrario,  dejándose fundir en la burbuja hasta morir.

Tampoco quiero ser la burbuja protectora,  perfumada,  limpia,  cuyos restos al estallar puedes lamer y hacerte sentir en tu boca ese ligero sabor entre dulce y ácido. O no sentirlo nunca al desvanecerse en su interior ese aire resignado,  sin ansias de libertad,  fundiéndose lenta y suavemente,  protegido y sin ser consciente de que, en realidad, está muriendo.

Todo merece ver la luz a través de la oscuridad y tener derecho a romper en algún momento golpeando,  rasgando o mordiendo la fina barrera que, aunque suave y bella,  le separa del dolor, del chocar de vez en cuando contra las paredes, de darse de bruces contra el suelo,  de aprender a remontar de nuevo,  del humo tóxico del cigarrillo del que fuma,  de los rasguños de quien inevitablemente le daña,  de otros olores,  de otros colores que sólo son visibles desde el exterior, del amor,  del odio,  de las caricias, de las peleas,  de las discusiones,  de los vientos huracanados,  de la brisa refrescante del final del verano,  de la lluvia,  del sol y de las tormentas. De vivir.

Todo merece conocer eso porque todo eso es vivir.  Por eso se cuenta la vida desde que nacemos,  no porque antes de nacer no estemos vivos,  sino porque no es nuestra esa vida; es de la burbuja que nos rodea y nos protege y aísla del verdadero mundo,  del que nosotros tenemos la elección de crear.

Hoy me he despertado y he mirado por la ventana. He escuchado unas voces muy cerca de mí y no sé cuánto tiempo he estado durmiendo, soñando o muriendo. Sólo sé que estoy viva y despierta y que no quiero perderme nada de lo que me quede por vivir.
Abro la puerta de la habitación donde he permanecido encerrada no sé cuántos días, pongo cara a las voces que he escuchado y sonrío. Una de ellas me devuelve la sonrisa y me dice: Bienvenida a la vida.

Libros que ayudan

Por María Mañogil

No me atrevería a hacer una crítica de algo que no conozco; no sería una crítica objetiva, ya que mi opinión estaría determinada por la opinión de otros y por mi afinidad con ellos y no por la lógica y por el mensaje que me transmitiera lo que esté leyendo, viendo o escuchando.

Creo que para tener un mal concepto sobre algo hay que conocerlo primero y me parece absurdo y poco creíble asegurar que conozco a la perfección lo que no me atrevo ni a tocar porque me provoca rechazo en cuanto lo tengo al lado.

Nunca he comprado ninguno, pero en mis manos han caído de vez en cuando algunos de esos libros a los que a alguien se le ocurrió llamarlos de autoayuda.

Los he leído. Ahora ya me considero en condiciones de hacer una crítica sobre ellos y también sobre sus autores.

En primer lugar, la única explicación que he encontrado para que se les denomine así es que quienes los escriben lo hacen para convencerse a si mismos de que los lectores van a creer lo que no se creen ni ellos y así su autoestima. Ésa de la que tanto hablan se verá multiplicada gracias al reconocimiento de sus “seguidores”, que a su vez se convencerán también de que están siendo ayudados y de que acaba de elevarse también la suya gracias a las palabras del escritor.

Imagino que cuando alguien no se valora lo suficiente, intentar que otros piensen que su vida es una mierda debe ayudar bastante.

A mí me encantan esos libros y quienes los escriben más (también me gusta reciclar basura, no sé si eso debe tener algún tipo de relación).

Cuando los leo siento por momentos que en verdad mi vida es una mierda y que debería hacer algo por cambiarla y eso me provoca una cierta admiración tanto hacia quienes escriben esos libros como hacia quienes me los prestan con esa intención: ellos han mejorado sus vidas y están intentando ayudarme. Sin éxito de momento.

Me pregunto siempre dónde radica el motivo de mi fracaso si yo estoy leyendo lo mismo que los demás y he comprendido que el truco está precisamente en no pensar lo que se está leyendo, creerlo todo como un acto de fe y no preguntarse si será cierto o no. Por eso entiendo que yo no soy una buena lectora de esos libros. Tengo la mala costumbre de pensar a la vez que leo.

No es el escritor quien está fallando, soy yo y esa manía que tengo de cuestionarme todo y de buscar incoherencias donde nadie más las encuentra.

Una de las frases que más me llaman la atención y que es común a todos los escritores que han optado por este género es la que habla sobre las claves para conseguir la felicidad y en las que se incluye el aceptarse como uno es.

Yo no puedo aceptarme como soy y ser feliz al mismo tiempo. La razón es muy simple: yo no soy feliz siempre y sin embargo soy siempre la misma persona.

Otra frase: “Nuestra actitud es más importante que nuestras circustancias”.

Nadie me puede asegurar que mi actitud ante los problemas me vaya a ayudar a la hora de resolverlos, ya que las diferentes situaciones en las que me voy a encontrar a lo largo de mi vida no dependerán exclusivamente de mí. Por lo tanto, mi actitud no será la única que influya en ellas.

Además, la actitud es algo que vamos modificando a cada momento y no necesariamente tendremos la misma en idénticas circustancias.

No importa lo que nos hagan creer. Todos sabemos que es así por experiencia propia, pero está bien que alguien a quien no conocemos y que no nos conoce de nada, que cuya vida no sabemos si será más triste y más vacía que la nuestra. Ya sea que nos diga lo contrario y nos dé una fórmula mágica para saber comportarnos, para querernos más y para ser más felices.

A mí no me sirve esa fórmula, pero puedo entender que a alguien sí le funcione. Si algo me ha gustado de esos libros es que me siento un poco la protagonista de todos ellos.

Me veo reflejada en cada párrafo como el ejemplo de personalidad que nadie debería tener, la pauta de conducta que no hay que seguir y la imagen en la que se refleja cada error que se debería corregir. Y eso hace crecer mi ego y deja fluir la parte de mí que se supone que no debería mostrar a nadie, ese lado vanidoso que se contradice con lo que ha escrito el autor mientras me aconseja que debo ser más humilde para ser más feliz.

Cada vez que leo una frase en esos libros me convenzo más a mi misma de lo mala persona que soy.

Me siento bien leyéndolos porque yo sí he aceptado que mi autoestima va a estar por los suelos un día y al siguiente no, que voy a ser inestable hasta el día en que me muera, que no me comportaré de una forma asertiva en todo momento, que no educaré a mis hijos como la madre perfecta que no quiero ser, que me enfadaré con mi pareja y la haré sentir mal sin ningún motivo, que le hablaré mal a un amigo y decargaré mi ira contra él y que cometeré tantos errores que será imposible pedir disculpas por todos.

Sé que yo y otras personas como yo somos la inspiración para muchos autores de los libros de autoayuda y me siento en deuda con ellos.

Nunca me gastaré un céntimo para comprar ninguno de esos libros para así seguir alimentando esa actitud egoísta que me caracteriza y les siga sirviendo de inspiración a sus autores, pero seguiré leyéndolos cada vez que un alma caritativa me los preste y seguiré recomendando a otras personas que también los lean.

Creo que todo lo que se escribe merece ser leído, aunque sólo sea para subir la autoestima del escritor. La mía subirá y bajará dependiendo del pie con el que me levante, como siempre y nunca después de leer un libro en el que se me explique cómo debo comportarme, lo que debo sentir o lo que debo cambiar para ser feliz.

Debe haber de todo en el mundo y a mí me ha tocado ser así de estúpida y de infeliz, pero me acepto como soy y eso demuestra que aprendí algo de esos libros.

El día en que moriré

La muerte
La muerte

Por María Mañogil

El día en que yo muera, no quiero ningún funeral. Sé que no sirve de nada decir esto porque mi familia hará lo que le venga en gana. Y lo entiendo.

Si digo esto es porque, además de que no me gustan las iglesias y mucho menos que alguien tenga que meter dinero en un sobre para dárselo a un cura a cambio de que diga unas bonitas palabras dedicadas a mí, cuando ni siquiera me conoce, no me gustaría que personas a las que les caigo como una patada en el culo y que me desean lo peor, se acerquen a mi familia y a las personas que me quieren a decirles lo mucho que sienten mi pérdida.

Me parece un gesto muy hipócrita. De todas formas, cuando eso pase, no creo que me entere y por lo tanto, hagan lo que hagan, me da exactamente igual.

No es algo que me preocupe demasiado. Creo, no lo aseguro, que todos los que estamos en este mundo lo estamos por puro azar. No creo en el destino porque no me interesa creer en él; hacerlo me limitaría a conformarme y no soy conformista ni creo que lo sea nunca. Me gusta decidir y no responsabilizar de mis decisiones a nada ni a nadie (aunque a veces lo he hecho como todo bicho viviente).

Como siempre he dicho, todos creemos en lo que nos interesa creer y en lo que nos hace sentir mejor. A mí me hace sentir bien pensar que tengo elección propia y que mi vida no depende de la estrella que brillaba con mayor intensidad en el momento en que yo nací.

A veces quisiera creer lo contrario, pero siempre hay algo dentro de mí que me lo impide.

Aunque reconozco que sería muy bonito creer que el destino me tiene reservado algo bueno y que haga lo que haga recibiré ese premio algún día, no es eso lo que creo que vaya a pasar en mi vida.

Cuando hablo de vida hablo también de muerte. Eso que asusta tanto y que, sin embargo, forma parte del mismo proceso en el cual se nace.

En nuestra sociedad, se bromea con casi todo, menos con la muerte. Y quien lo hace se gana el título de “retorcido”.

Yo tengo por costumbre hacerlo y no parece que siente muy bien ese tipo de bromas. Por ejemplo, cuando voy a viajar en avión, suelo decir a quien me acompaña al aeropuerto o a quien me llama por teléfono para desearme un feliz viaje: “si se estrella el avión y quedo carbonizada no os esforcéis mucho en reconocer mi cadáver. Enterrad uno cualquiera que se parezca a mí y ya está”.

Por supuesto que esa broma resulta algo macabra si tenemos en cuenta que en el mismo avión que yo viajan cientos de personas más.

¿De verdad alguien cree que porque yo diga eso se va a estrellar el avión?, ¿o que yo deseo que se estrelle? Si eso sucediese después de que yo lo dijera, sería una casualidad como muchas otras.

La muerte
La muerte

LA TRANSFORMACIÓN DE LOS MUERTOS

La muerte siempre se ha considerado un tema tabú en muchas culturas y no sólo porque desconocemos todo sobre ella, exceptuando la parte que corresponde a las diferentes creencias religiosas; también porque se supone el fin de la vida en algunos casos y en otros todo lo contrario: el principio de otra también desconocida.

El miedo y el respeto hacia un mismo concepto lo convierte en algo intocable. Todos tenemos miedo a perder a nuestros seres queridos y algunos a su propia muerte, pero, con miedo o sin él, no nos vamos a librar de pasar por eso. Vivir con miedo no lo evitará; tampoco evadir el tema va a hacer que sigamos vivos eternamente.

La muerte es una transformación para todos los que la viven de cerca. Familiares y amigos del fallecido, por el dolor. Pero la mayor transformación la sufre quien se muere, no sólo en el sentido físico.

Cuando alguien muere se transforma, a ojos de los demás, en la persona más buena y merecedora de respeto del mundo, aunque en vida haya sido un ser despreciable.

Así que la muerte, sea como sea, no es tan mala. También tiene sus ventajas.

La primera es esta precisamente: convierte al peor monstruo en un santo, al menos mientras dura el entierro o la incineración, el funeral y los típicos rituales.

Yo nunca he visto una esquela en la que se pueda leer: “Rogad por el alma de un fulanito, que fue hijo de puta y nos jodió a todos los que pudo mientras duró su vida”.

Otra ventaja es que te envían muchas flores, aunque no puedas olerlas o fueses alérgico al polen. Incluso cuando en vida no te hayan regalado ni una simple sonrisa, después de muerto siempre habrá quien te llore (quizás alguien que no llegó ni a conocerte y que está escuchando la misa mientras se celebra tu funeral).

También hay otra ventaja que me parece muy importante y es que muchas personas desean su muerte y la esperan con impaciencia. No voy a nombrar los motivos que puedan llevar a eso, pero todos sabemos de sobra que puede haberlos y sabemos cuáles pueden ser.

Todo lo que aquí escribo puede resultar macabro e irrespetuoso para mucha gente que lo esté leyendo, pero como he dicho siempre, esto no es más que mi opinión personal y por supuesto que no estoy induciendo al suicidio a nadie. Tampoco estoy pensando en suicidarme yo; si así fuera no lo escribiría aquí porque no me considero idiota.

Hay muchas formas de quitarse la vida, pero sólo hay una, que yo sepa, infalible e indolora, sin opción a que nadie pueda evitarla y sin involucrar a nadie más que a uno mismo. Como entenderéis, no estoy tan loca como para explicarla. Pero hay otra forma de morir, no tan rápida y sí muy dolorosa. No está considerada

 un suicidio, pero es mucho peor. Es lo que veo hacer a muchas personas a mi alrededor a diario: dejarse morir porque sí, porque se han cansado de vivir o porque piensan que ya no hacen nada en este mundo.

Esas personas, simplemente, no hacen nada. Viven como robots, se alimentan para seguir respirando y que su corazón siga latiendo, pero están muertas por dentro.

Yo no le temo a la muerte ni mucho menos a los muertos. Conozco a muchas personas que se negarían rotundamente a aceptar un empleo en una morgue, aunque fuese limpiando. A mí no me importaría. Si bien es cierto que para trabajar junto a cadáveres se deberían tener unos mínimos conocimientos de anatomía (sobre todo por no pegarse un susto ante un movimiento o sonido imprevisto pero normal), no creo que habiendo sido informado sobre eso nadie debiera temer nada por quedarse en una habitación junto a una persona que acaba de fallecer. Al fin y al cabo, a mí me parece más fácil (no más agradable) tratar con muertos que con vivos. Los primeros no se quejan.

No me preocupa mi muerte, sólo me llama la atención igual que cualquier tema del que se desconoce casi todo. Y siento mucha curiosidad, aunque no tengo ninguna prisa por satisfacer esa curiosidad.

Lo que sí me preocupa es que pudiéndose evitar no se haga, porque, aunque a todos nos va a tocar probarla, hay medios para paliar el sufrimiento que causan las enfermedades, el hambre, los accidentes…

Pero eso es otro tema.

La muerte
La muerte

De lo que yo quería hablar es de que bromear sobre la muerte no provoca una muerte, ni se falta al respeto a nadie por ello.

Creo que el respeto se debe tener hacia los vivos en primer lugar, que nadie se convierte en buena persona cuando se muere y que las flores y los besos se deben dar en vida y no esperar a darlos agachándonos frente un ataúd mientras lloramos arrepentidos por no haberlo hecho antes, cuando sí era seguro que iban a ser recibidos.

La muerte no es el momento de decir te quiero; para eso tenemos toda la vida. Y si , por casualidad, yo muriera antes de que se publique este texto, no sería por haber hablado de ello. Sería, como digo, pura casualidad. Y por supuesto que debería publicarse de todos modos, sin ninguna contemplación ni sentimiento de faltarme a mí al respeto ni a mi familia.

La mayor ofensa que se puede hacer es callarse lo que se piensa y esa ofensa es con uno mismo, no con nadie más, ni vivo ni muerto.

Un poema

Nieve
Nieve

Por Gilberto Blanco

Nieve en su piel

Otra vez para Abbi

Señorita con nieve en su piel

Y en sus ojos dos gotas de miel:

 

A veces los recuerdos

Nos llegan con tormentos

Con lágrimas y nostalgia

De una vida ya pasada,

Olvidada o abandonada

Por el aplastante paso del tiempo

Juez supremo de nuestra mente y cuerpo.

 

Sin embargo la vida,

Esa extraña melodía

Que nos deja ver un nuevo día,

También nos da la oportunidad

En aquellos días de añoranza

De volver a soñar, recordar y disfrutar

De aquellas sonrisas, amistades y andanzas

Que nos llenaron de cientos de esperanzas.

 

Nos da la oportunidad de revivir

A personas que en el camino se adelantaron,

O de volver a reír

Con los amigos que se separaron

De nuestro camino del destino.

 

¿Acaso no es hermoso

Repetir aquél primer beso,

Primer caricia, o el primer verso?

 

En verdad le digo

Señorita de labios sabor frambuesa,

Dentro de todo el dolor de extrañar

Si cierra los ojos podrá encontrar

Una rara y misteriosa belleza

Aquél placer de la travesura infantil,

O quizá un amor juvenil,

Las amigas hoy desconocidas

Que sin embargo le llenaron

De alcohol y risas unos días.

 

Y si acaso el dolor de las heridas,

Que el tiempo cura pero no sutura

Le duelen más que esa aventura

A la que llamamos torpemente vida,

Recuerde usted,

Señorita de piel sabor durazno,

Que si fue feliz en su momento

Debería serlo ahora al recordar ese sentimiento.

 

Mas si el recuerdo es algo poco grato,

Y a su memoria no le causa agrado,

Sepa usted que no hay mejor alegría,

Que la que viene después de la melancolía,

Porque sólo así se es plenamente consciente

De que ser feliz sólo es para el valiente

Que supera con esmero

Ese veneno del recuerdo.

Y yo sé que usted,

Señorita, cuya lengua reptante

Agita mi corazón palpitante,

Es no sólo valiente,

Es usted una guerrera, que saldrá triunfante.

 

Y si acaso este poema

Esta rima

Esta estrofa

No la llena, no la anima,

Señorita con belleza de valquiria,

Le ofrezco a usted, mi simple compañía,

Acompañada de un tierno beso,

Que le mando junto a este verso,

Para calmar su agonía,

Con mi amor y mi mano amiga.

 

Porque sepa usted,

Señorita ojos color de miel,

Y de blanca, suave y deliciosa piel,

Que un día lo prometí y sigo fiel,

Con mi amistad y compañía,

Más ahora le brindo mi corazón sincero

Y un amor verdadero

Jamás perecedero.

El Ying y el Yang

Ying Yang - Imagen Pública
Ying Yang – Imagen Pública

por María Mañogil

Llevo colgado del cuello un cordón azul oscuro, casi negro, que rescaté del fondo de uno de esos cajones en los que guardo cualquier cosa que no sé donde guardar. Creo que todos debemos tener un cajón así en casa, en los que se puede encontrar desde un tornillo hasta un trozo de papel de regalo medio arrugado que algún día reciclaremos envolviendo con él un obsequio de esos que hacemos porque sí, porque nos apetece.

En cada uno de los extremos de ese cordón azul hay un cierre, también encontrado casualmente en el famoso cajón de las cosas denominadas “inútiles de momento, pero que pueden dejar de serlo en el instante más oportuno”, y en ese cierre hay enganchado un colgante plateado, una especie de amuleto pequeñito, en el cual se puede identificar claramente el símbolo del ying y el yang.

Ese amuleto adorna mi cuello siempre, desde que me levanto hasta que me acuesto y no es porque yo sea supersticiosa y piense que va a atraer la suerte a mi vida, pero me lo regaló mi hija hace unos meses y desde entonces no me lo he quitado.

El ying y el yang simbolizan las dos caras de una misma moneda: el bien y el mal, lo masculino y lo femenino, lo racional y lo espiritual, todo y nada, lo que tenemos y lo que nos falta. Lo que somos todos, al fin y al cabo: dos mitades unidas que son cada una el reflejo especular de la otra.

Aunque cataloguemos todo por inercia de malo o bueno, en verdad todo es bueno y malo a la vez y, a pesar de que ahora se ha puesto de moda llamar bipolar a alguien por sus constantes cambios de humor, confundiendo estos cambios con el trastorno bipolar, que es una enfermedad y debe ser diagnosticada por un psiquiatra y no por cualquier charlatán, la palabra “bipolar” (no la enfermedad), hace

alusión a algo que tiene dos polos y que yo sepa, todos los tenemos. Así que ser “bipolar” debería ser lo más normal del mundo, ya que incluso el agua lo es.

EL EQUILIBRIO

Yo entiendo que ser una persona equilibrada es tener emocionalmente de todo, en pequeñas cantidades y hacer uso de ello moderadamente. Como la tristeza y la alegría no se pueden manifestar a la vez, es lógico que las alternemos y no por eso nos llaman desequilibrados, pero sí lo hacen cuando el intervalo de tiempo entre esas dos emociones es inferior a ¿cuánto? ¿Alguien se ha molestado en hacer un cálculo? Yo no, porque no me importa la facilidad que tengan y el tiempo que transcurra para los demás al alternar estados de ánimo.

Las personas desequilibradas creo que son precisamente las que se mantienen siempre estables o lo aparentan. Deben tener más de ying que de yang o viceversa. Otra cosa es la incoherencia, que hay quien confunde con la inestabilidad cuando no tienen nada que ver. Claro que también hay quien confunde “buenos modales” o “buena educación” con respeto. O formación académica con inteligencia.

 APRENDER A LEER Y A ESCUCHAR

Para llamar incoherente a alguien hay que aprender primero a escuchar, porque hay gente que se dedica a oír, pero no escucha. Lo mismo pasa al leer cuando creen que una serie de palabras desordenadas significa algo en especial. Las palabras van unidas formando frases y esas frases, separadas por comas, puntos, conjunciones o demás, se relacionan con otras frases y así se le da sentido a un texto. Pero hay quien lee sólo las frases que le convienen para después hacer una interpretación falsa de lo que ha leído. Más que falsa, incompleta.

También hay que saber distinguir lo que es una metáfora de lo que no lo es, que eso lo distingue hasta un un niño de seis años. A mí me han llamado incoherente algunas veces cuando lo que querían decir era que soy emocionalmente inestable (más inestable de lo que se considera normal). No me importa; todo el mundo se confunde alguna vez con el significado de las palabras.

También me han llamado incoherente por haber dado mi opinión sobre el aborto y eso sí que no es confusión; es no saber leer o leer frases que no están escritas. Hay gente que podría tener la misma imaginación al leer relatos que al escuchar opiniones, ya que precisamente, quienes inventan lo que no he dicho, suelen ser los mismos que creen al pie de la letra lo que leen en un relato. Espero que no les pase lo mismo en su vida cotidiana.

Ying Yang - Imagen Pública
Ying Yang – Imagen Pública

¿EL DERECHO A LA VIDA O EL DERECHO A NACER?

Yo nunca he defendido la vida ni el derecho a nacer, a pesar de que algunas personas dicen que lo han leído en un texto mío (debido a una mala interpretación al leer, ya que no es lo mismo hablar de un derecho que defenderlo). No conozco a nadie que de verdad defienda las dos cosas, aunque sí la segunda, el derecho a nacer.

Nacer no es lo mismo que la vida, sólo forma parte de ella. Pero antes del nacimiento ya hay vida y después de éste la vida sigue y sólo concluye con la muerte.

Me dijeron que no podía ser que yo defendiera la vida de los animales estando a favor del aborto. ¿Cómo puedo defender la vida de los animales si yo me alimento, entre otras cosas, de animales? Lo que defiendo es su derecho a no ser maltratados y a no utilizar su sacrificio como una diversión. Sólo eso. ¿Que todos tenemos derecho a nacer?, ¿según las leyes de la naturaleza? No es cierto.

Si todos tuviésemos ese derecho, el embrión que no se llegó a formar hace unos meses dentro de mi útero (probablemente por alguna malformación genética) sí se hubiera formado y se hubiese desarrollado como cualquier otro embrión sano y hubiese llegado a nacer fuese cual fuese su malformación.

En mi caso era incompatible con la vida desde su fecundación, pero en el de otras muchas mujeres y hembras de otras especies no lo es y sin embargo su cuerpo lo rechaza. Por lo tanto ese derecho biológico no existe.

En biología no hay nada que suceda por derecho. De ser así no se habrían extinguido especies para que sobrevivieran otras.

¿Todos tenemos derecho a nacer según la ética? No lo sé. En mi opinión no.Todos los días, millones de personas impedimos que se reproduzcan otros tantos millones (o billones) de bacterias, que también deberían tener el mismo derecho a nacer que un humano, un perro, un pez o una cucaracha.

Las personas que, por ética, opinen que nacer es un derecho, que tengan su casa llena de cucarachas, que lleven el cuerpo lleno de picotazos de mosquito y que se nieguen a tomar antibióticos para combatir cualquier infección, que en este último caso ya se encargará su sistema inmunológico de cargarse a las bacterias que pueda sin necesidad de faltar a su “ética”, aunque, dependiendo de la infección que tengan, quizás no sobrevivan para contar lo bien que se sienten por haber respetado el derecho a nacer de esos billones de bacterias.

¿Todos tenemos derecho a la vida? Como digo, y dejando a un lado lo que es biológico y lo que es ético, la vida es mucho más que un proceso. Hay personas que siguen vivas gracias a una máquina que mantiene sus constantes, pero esas personas no están viviendo una vida como la estamos viviendo los demás. Permanecer con vida no es vivir. ncoherencia es defender el derecho a estar vivo y no asegurarse de que el ser al que otorgamos ese derecho va a vivir como le corresponde según su especie.

Por eso me atreví y me sigo atreviendo a llamar hipócritas a la mayoría de las personas que se definen a sí mismas “Provida”. onozco a muchísimas de ellas que justifican ese derecho con las leyes de la naturaleza y otras tantas ¿cómo no? con la trampa de la religión. Conozco también a algunas que aseguran que nunca abortarían, por poner un ejemplo, a un embrión o feto al que se le hubiese detectado síndrome de Down. Me parece una decisión muy correcta, siempre y cuando no intenten obligar a que otras mujeres no lo hagan.

Muchas de esas personas, cuando ven a un niño con síndrome de Down lo miran con compasión y dicen: -”Pobrecito, qué lástima”. Incluso cuando el niño lo está escuchando. Lo de dejar nacer a alguien para después sentir lástima por él y tratarlo como a un monstruo es muy humano.

Yo no he visto a esa gran mayoría de “providas” en ninguna manifestación cuando cerraron la asociación de ayuda a personas con Trisomía 21 (síndrome de Down) de mi ciudad. Tampoco las he visto recaudando fondos para evitar que dicha asociación se cerrara.

Ying Yang - Imagen Pública
Ying Yang – Imagen Pública

Ni las veo defendiendo los derechos de esas personas a ser tratadas como las demás, a ser integradas en los colegios con los demás niños (no recluidos en centros especiales), con los profesores y el soporte adecuado a sus necesidades de aprendizaje, con el fin de que en un futuro se conviertan en adultos independientes y puedan aspirar a los mismos estudios que el resto de sus compañeros y puedan acceder al mundo laboral con las mismas oportunidades que los que nacieron con un cromosoma menos y que son considerados “normales”. Éste es sólo un ejemplo que he querido relatar, pero conozco muchos otros de esas personas que defienden el derecho a nacer, mas no el de vivir (al menos vivir dignamente). ¿Qué por qué he empezado este texto hablando de mi amuleto con el símbolo del ying y el yang e incluso lo he utilizado como título? Porque antes de empezar a escribir estaba observándolo y no sabía cómo empezar. Así que se me ocurrió ser incoherente.

Igual de incoherente que sentirte “Provida-Religioso” y comerte un lechoncito (un bebé indefenso que también es una criatura de Dios) para ponerte morado celebrando la navidad. Igual de incoherente que sentirte “Provida-Biólogo” y regalarle una flor (ser vivo perteneciente al reino vegetal) a tu pareja para demostrarle amor y porque queda muy bonita y decorativa una flor muerta en un jarrón. Igual de incoherente que sentirte “Provida-Moral y ético” mientras te cargas a una mosca (bicho asqueroso y repugnante) porque te molesta que revolotee a tu alrededor.Lo único coherente que hay escrito en los primeros párrafos de este texto es la palabra “desequilibrado”, que queda muy bien con las personas a las que hacen referencia las tres frases anteriores.

O quizás todo sea muy coherente y lo que simboliza mi amuleto tenga mucho que ver con el tema del que he hablado después. Eso que lo decida quien lo lea. Yo me como el lechoncito en navidad, arranco la flor y la pongo en un jarrón y me cargo a las moscas con el spray insecticida porque soy tan asesina como el resto, pero al menos no me hago llamar defensora de la vida y por lo tanto, no soy una hipócrita.

Comida y calle eran sus palabras favoritas

Por María Mañogil

Yo tenía un perro. Estaba conmigo desde chiquitito y dos meses antes de su quinto cumpleaños lo llevé al veterinario para que le practicaran la eutanasia.  Esa tarde de marzo entré allí con él minutos después de haberle dado tres pastelitos de chocolate, que devoró como si nunca me hubiese robado ninguno en casa, mientras estaba despistada.Entró muy feliz en la consulta, como siempre, saltando y saludando a los médicos, a los que conocía desde la primera vez que lo llevé en brazos a ponerle su primera vacuna. Le tomaron mucho cariño, era imposible no hacerlo. Mi perro era todo un personaje, tremendo… Era un amor y no me sorprende, porque la familia de donde procedía también lo es. No conozco a nadie que haya dejado tantas huellas a su paso como él, y no lo digo por todas las cosas que destrozó.

No sé si a todas las madres les pasará lo mismo, pero cuando nació mi primer hijo, uno de los primeros sentimientos nuevos que tuve, fue el de querer protegerlo hasta tal punto que cambiaría su sufrimiento por el mío, aunque para eso tuviese que renunciar a él. No imaginé ese día que, años más tarde, estuviese en la consulta de un veterinario, despidiéndome de un ser peludo que, sin ser mi hijo biológico, llevaba mis apellidos en su pasaporte.

La decisión de tener un perro es la misma que la de tener un hijo, aunque algunas personas no lo vean así. No compras ni vas a buscar a un animal; lo adoptas. Eso implica hacerte responsable no sólo de su alimentación y cuidado, también de cualquier decisión que le afecte en todo momento y durante toda su vida. Y las decisiones más difíciles no se toman a partir de los sentimientos; se toman “a pesar” de ellos.

Podría dedicar todo el tiempo que estoy escribiendo en hablar de la enfermedad de mi perro, pero sería muy triste. O convertir este texto en un relato precioso sobre él, contando cada recuerdo que guardo como un tesoro, cada anécdota divertida… Podría decir que era un buen perro, un poco trasto. Podría explicar que no era un perro guardián, que a cualquier desconocido le prestaba sus juguetes, que le encantaba nadar en la playa y que al escuchar la palabra “ducha” corría por toda la casa y se metía en la bañera, aunque la ducha no fuese para él.

Que “comida” y “calle” eran sus palabras favoritas y que tenía complejo de gato a pesar de que su tamaño era tres veces mayor que el de un gato (supongo que ese complejo se generó a causa del cariño que sentía por sus hermanos felinos), aunque eso sólo suponía un problema cuando intentaba caminar por el respaldo de los sofás, algo un poco complicado para un cuerpo de 30 kilos.

También podría hablar de su sensibilidad y su empatía con los demás, algo tan exagerado que lo podían percibir incluso las personas que no lo conocían. Mi perro era capaz de contagiarse de alegría o de tristeza, simultáneamente, dependiendo del estado de ánimo de la persona con la que se relacionara a cada instante. Si tuviese que hablar de él en este texto, debería decir que los momentos más felices y los más tristes de los últimos cinco años los pasé a su lado: las nocheviejas, los cumpleaños, las reuniones familiares y las excursiones a la montaña. Y también las desilusiones y las historias que me marcaron para mal.

No hay un sólo recuerdo que no evoque, en primer plano, su imagen. Si tuviese que dibujar, cuadro a cuadro, esos cinco años de mi vida, él formaría parte, sin duda, de todos los paisajes.

Mi perro no sólo era un perro, era especialmente el mío. Un día lo llevé al veterinario en vacaciones y el médico que substituía al suyo, a pesar de que leyó su nombre en el ordenador, se dirigió a él como “el perro”: -¡Que entre el perro! Yo respondí: -No es un perro, es mi perro y se llama Pancho. Yo nunca he escuchado a un médico llamar persona a una persona: -¡Que entre esa persona a mi consulta!

Ni perro no era un perro, era una bola de pelo de color crema con una nariz enorme y unos ojos pequeños y expresivos. Pero como digo, no es de él de quien quiero hablar.

Yo quería hablar de lo que llamamos amor, eso por lo que parece que vivimos todos y cuya búsqueda se ha convertido en una prioridad para muchos, además de en la desesperación de otros al no encontrarlo o al fracasar mil veces en el intento. Eso que es el tema principal de la mayoría de canciones que escuchamos, de las películas que vemos y de todo cuanto nos rodea. Lo que se supone que nos hace las mejores personas al encontrarlo y también las más desgraciadas cuando lo perdemos. Si el amor sólo fuese eso, sería más peligroso que el odio.

Mi concepto de amor no pasa por las fases del flechazo, de la aceptación, del cariño, de la desilusión y de la ruptura porque yo no creo en ese tipo de amor efímero, que te llena un día y te vacía al siguiente. Mi teoría sobre el amor eterno, que se busca y que se encuentra, es que es una solemne tontería, igual que podría serlo para alguien el intentar escribir sobre amor y empezar el texto hablando de un perro.

Yo no sé si lo que sentía mi perro era amor. No sé hasta que punto los sentimientos de los animales puedan ser similares a los nuestros, pero sé que cuando yo llegaba a casa después de haberme ausentado cinco minutos, él saltaba sobre mí como si hubiésemos estado años sin vernos. Sé, también, que me enseñó algo que yo no fui capaz nunca de enseñar a nadie, a confiar. Él confiaba en mí y estoy segura de que sabía que todo cuanto yo hiciera no era por fastidiarlo, como dejarlo sin comer cuando estaba malito del estómago por haberse tragado alguna piedra o cuando lo reñía después de haberse comido parte de un teléfono móvil o haber roto la pared del pasillo, seis pares de chanclas y cinco peluches.

No me guardó nunca ningún rencor por ello, ni yo a él cuando se comió la montura de mis gafas. Al menos pude rescatar los cristales y no tuve que salir corriendo al veterinario de guardia por una perforación de estómago.

Cuando empecé a relajarme y a confiar en él, él dejó de romper y de comer objetos. Así aprendí que hasta que no confías en alguien no puedes ver como se comporta y no al revés, que es lo que piensa todo el mundo. Esperar resultados para poder confiar es un error. Para ver los resultados hay que confiar primero, ya que la confianza no se gana, se entrega. Y ese acto debe ser mutuo, de lo contrario no sirve de nada.

El amor entre las personas fracasa muchas veces por eso. Creemos que la confianza se rompe cuando ni siquiera ha empezado a existir. El amor no necesita de ninguna demostración porque no es ninguna prueba. Es un sentimiento y los sentimientos no necesitan probarse, se sienten y se confía en que la otra persona siente lo mismo. Para mí, esa es la única forma de amar y no otra. Todo lo demás que se parezca, debe ser otra cosa, pero no amor. Intentar retener a alguien a tu lado el mayor tiempo posible, aunque eso suponga alargar su sufrimiento antes de un desenlace inevitable, no es amor, es puro egoísmo. Es como desear que los hijos no se independicen nunca para no sentirse solo.

Yo ya sabía a la soledad que me enfrentaba antes de entrar esa tarde de marzo en la consulta del veterinario para firmar el documento que sentenciaba a muerte a mi perro. Y lo supe mientras, con una caricia y un beso sobre su nariz, me fui despidiendo de él hasta que se quedó dormido para siempre.

Y lo supe más aún cuando entendí que iba a salir de allí sin él y que a mi vuelta a casa pasaría por el parque donde juegan y corren los perros y que recordaría a Pancho en el mismo parque revolcándose en las charcos los días de invierno y dejando que me abrazara aunque me llenara de barro, con esa ternura con la que sólo sabía abrazarme él.

No volver a sentir un abrazo suyo no sería sólo la más grande prueba de amor que le pude dar. En el caso de que el amor se pudiera probar, sería la única. 

La muerte viva: sobre 13 calacas y dos muertos

13 Calacas y dos muertos - Fotografía por Jessica Tirado
13 Calacas y dos muertos – Fotografía por Jessica Tirado

por Emanuel Bravo Gutiérrez

No existe mayor certeza en la vida que la de la muerte. Al final de nuestros caminos, al final de nuestros días encontramos ese callado reposo, ese sueño prolongado que languidece nuestra carne, silencia nuestra alegría y nuestro sufrimiento, nos devuelve al polvo de donde una vez salimos. Blancos huesos que parecen columnas de ceniza, barrotes pálidos de un alma que ha huido a una eternidad ignota.

Pero mientras respiremos, mientras nuestros corazones aún palpiten sólo nos queda imaginar las moradas de la muerte. Este es el caso de Malasmuerte, alias El Paquito, alias Francisco Javier Galván Olivares, y Muerto, alias Zaratustra, alias Juan José Lueza Ruiz. De este modo, su exposición, 13 Calacas y dos muertos, nos presenta una nueva lectura a este tema tan recurrente en el arte.

Malasmuerte, Zaratustra y Carlos Landini - Fotografía por Jessica Tirado
Malasmuerte, Zaratustra y Carlos Landini – Fotografía por Jessica Tirado

Entramos a la sala y el ambiente nos traslada a las profundidades de un universo lúgubre, de un mundo vedado para los vivos; atravesamos sus puertas de mármol funerario. El blanco y el negro, protagonistas indiscutibles, guían nuestra vista por obras gráficas y arte-objetos; la dualidad vida-muerte llega de forma inevitable a nuestra mente.

Cada obra es una experimentación, cada obra es una invocación, un acto adivinatorio, una ritual secreto, un conjuro, una burla, una oda, un homenaje, un hallazgo accidental y una búsqueda continua por representar la muerte en todas sus facetas, desde el punto de vista biológico, hasta como un placer exclusivo de los mortales, un placer vedado a los dioses, a los ángeles y quizá también a los vampiros.

13 Calacas y dos muertos - Fotografía por Jessica Tirado
13 Calacas y dos muertos – Fotografía por Jessica Tirado

Nos topamos con obras que nos hacen recordar las vastas soledades y los macabros personajes de Zdzislaw Beksinski, contemplamos una maravillosa reinterpretación de la Mona Lisa, de Da Vinci, e Hijo del Hombre, de Magritte. La escultura El señor de las moscas se encuentra a la mitad de la sala: un armatoste de madera e hilo, habitado por cráneos, huesos, hechizos grabados en distintas lenguas, símbolos mágicos y complicados patrones ancestrales. Un torso negro habitado por una mariposa nocturna, cubierto por poemas en tinta escarlata, la muerte en las profundidades del mar, esqueletos de peces, un cráneo con largos tentáculos trata de capturarnos…

Pero no todo es amenaza continua ni miedo reverente; si algo caracteriza a la concepción de la muerte desde el punto de vista mexicano, es la vitalidad. En pocos países la muerte está tan llena de vida. La obra de estos artistas hace palpitar los huesos, incluso en los rostros monocromos reconocemos los colores que habitaron sus días, reconocemos las emociones congeladas y los gestos petrificados de la existencia, porque, al final, no hay certeza más firme en la muerte que la de la vida.

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La exposición se encuentra en la calle 17 sur 3105 colonia Volcanes y permanecerá hasta el 31 de julio.

Navegando en el Honey Bunny: una obra sobre la experiencia de vivir

Navegando en el Honey Bunny (Escenario) - Fotografía por Jessica Tirado
Navegando en el Honey Bunny (Escenario) – Fotografía por Jessica Tirado

por José Luis Dávila

A man told me to beware of 33
He said, “It was not an easy time for me”
but I’ll get through
even though
I’ve got no miracles to show you

Dishes, Jarvis Cocker

Nos recordamos de otras edades varias veces al día, aunque no lo notemos. Nos vemos de maneras diferentes en los distintos espejos que nos rodean a cada paso, y es en esas diferencias que podemos reconocer el tiempo que cargamos. Estamos atados, como una balsa, al muelle del confort, a omitir que constantemente nos recreamos y convertimos en algo más, algo que siempre ha estado ahí pero que es poco a poco que se va develando. Por eso los reflejos que nos devuelve el mundo forman las cartas de navegación necesarias para llegar al punto del océano en que entendamos la finalidad de las cosas, es decir, ahogarse, hundirse, dejar que sea el agua la que nos quite la macula que es vivir.

Esa finalidad está opacada por la idea general y común de que hay que ponernos como detrás de una vitrina, negándonos la satisfacción de arrojarnos al abismo para saber cómo es el fondo, cómo es darse el golpe seco contra la escarpada y ser sonido retumbando en el eco. Es decir, negarnos la capacidad de sabernos y aceptarnos, de ser honestos bajo nuestros propios márgenes, y no de ser víctimas de esa honestidad impuesta desde el exterior, recatada, cortada, absurda.

Navegando en el Honey Bunny (Escenario) - Fotografía por Jessica Tirado
Navegando en el Honey Bunny (Escenario) – Fotografía por Jessica Tirado

Bajo esas premisas se sale de ver Navegando en el Honey Bunny, un monólogo que interpreta Joshua Sánchez, dirigido por Abdiel Degollado, y que se presenta en Espacio 1900. Es una obra que transita las aguas saladas de la vida de cualquiera, logrando hacer sentir, más allá de la empatía, identificación. Porque a todos nos ha pasado, ¿no?, un día despertamos y sentimos que el mundo está perdido, todo lo que conocíamos ya no es y no sabemos cómo pasó, solamente pasó. Tenemos otra edad y otro pasado, que es el mismo pasado pero nos lo contamos de manera diferente a la acostumbrada, con una mirada distinta, y no queda más que hacerse a la idea de seguir, de avanzar, ya que, al final, adelante es el único lugar al que se puede ir.

La actuación, la escenografía, el lugar entero se presta para contar esta historia, para contarle al público lo que la mayoría de las veces no quieren ver en sí mismos por medio de una comedia melancólica que nadie debería perderse.

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Posibilidades de vivir

Identidad - Imagen pública
Identidad – Imagen pública

por Andrea Rivas

“Imposible la plena comunicación humana.

Los otros, siempre nos aceptan mutilados,

jamás con la totalidad de nuestros vicios y virtudes.”

Alejandra Pizarnik

Vivimos, sin duda, en un mundo egoísta.

De un modo u otro se nos ha formado para vivir en universo que se encarga de convencernos de nuestro valor como individuos. Somos lo primero, somos lo único. A mi parecer, nos hallamos todos inmersos en una paradoja. Porque nos desenvolvemos en una sociedad para la cual tenemos que ser productivos y útiles, la cual, además, dicta modos de comportarnos y de pensar y de hablar y de vestir. Y sin embargo nos dice: tú eres más importante que nadie, tú tienes que sobresalir, tú tienes que estar bien. Tú, primero tú y luego tú.

Sí, tú. Pero tú dentro de los límites de esta sociedad. Es decir, sé tú, sé lo que quieras ser, pero no vayas a olvidarte de depilar esas axilas porque qué asco nos das. Y lucha por lo que quieres siempre, que nadie te diga qué hacer y cómo hacerlo, pero por favor, vístete bien, pareces pordiosero; además, yo no te recomendaría esa carrera, morirás de hambre, pero como quieras, si te hace feliz…

Por un lado, sabes que eres parte de ellos; del sistema con sus pros y sus contras, hay que cumplir con los lineamientos: no se puede salir.

Por otro, lado, algo más existe, ese algo que tiene esencia, que tiene energía y fluye y se mueve y nos hace y deshace: somos más que constructos sociales. ¿Pero cómo volver a ello, al origen de nuestro ser? Imagino ir a vivir a una montaña y aún así, en la compañía del bosque y el silencio, en la ausencia de estándares y expectativas, sería un ser que fue educado en sociedad, no hay vuelta atrás, no se puede borrar el estigma. No es posible arrancarnos todo lo aprendido, los prejuicios, la lengua que hablamos, las manías… Siempre sabríamos quiénes somos, de dónde venimos. Sabríamos de qué huimos y entonces no se puede terminar de huir.

Colectivismo - Imagen pública
Colectivismo – Imagen pública

Dentro de una agrupación social, siempre existe algún modo de intentar comunicarse, una lengua común, una jerga adoptada por todos los miembros. Y es que el hombre, ya sabemos, tiene la capacidad y necesidad de decirle algo a alguien. La compulsión de hablar, de expresar de una u otra manera. Sin embargo, qué difícil es comunicar cuando es imposible separarnos del ‘yo’ que llevamos en las arterias, cuando nuestras palabras están cargadas de prejuicios -porque es inevitable- de significados aislados, de imágenes y sonidos individuales; qué complejo exponer una idea cuando frente a nosotros se haya otro que tiene también un ‘yo’ con sus significados y sus delirios que ya tiene que opinar, que contrariar, que discernir…

Sí, vivimos en un mundo egoísta. La comunicación, en la mayoría de los casos, está ahí para que hablemos en voz alta con nosotros mismos sosteniendo la ilusión de que, de alguna manera, al otro le interesa todo el balbuceo que le soltamos, que en la mente del otro se ha grabado nuestro discurso haciéndonos menos efímeros. Y, en el mejor de los casos, cuando el otro maravilloso producto de esta sociedad está interesado en lo que tengamos que decir, seguramente tendrá ochocientos argumentos que escupir antes de que se nos ocurra siquiera introducir a la hipótesis de nuestro absurdo discurso.

Y repito, ¿cómo volver a ese hacer y deshacer, a ese origen, fluir, ser..? Cómo olvidarse del ‘pero…’ a medio discurso, cómo borrarse del otro ignorando nuestro dedo señalándole las estrellas, cómo expresar, porque esa energía revuelta en las entrañas nos dice que hay algo que proyectar hacia el infinito…

Pagina en blanco - Imagen pública
Pagina en blanco – Imagen pública

Escribir.

Escribo porque el único modo de no ser interrumpido es terminar el discurso antes de que el receptor sepa siquiera que hemos empezado. Tomarse el tiempo para sembrar una idea y verla fluir. Escribo porque, como dice Murakami, “soy de ese tipo de personas que no acaban de comprender las cosas hasta que las pone por escrito…”, porque un papel deshabitado es el único mundo en el que la amenaza del silencio obligado se desvanece, donde el vacío no nos halla desahuciados, porque el más grande regalo de ese artilugio infame llamado “sociedad” son las palabras. Porque dice Alejandra, “¿Posibilidades de vivir? Sí, hay una. Es una hoja en blanco, es despeñarme sobre el papel, es salir fuera de mí misma y viajar en una hoja en blanco.”

Y el arte; sí. No olvidemos nunca al arte.