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Prolegómeno al tapiz de un vestido

Cathcing Fire - Fotograma
Cathcing Fire – Fotograma

por Andrea Rivas

Fashion is a form of ugliness so intolerable that we have to alter it every six months.
Oscar Wilde

Por la tarde miraba, por fin, Catching Fire (En Llamas) y mientras el vestido de novia de Katniss se incendiaba frente a los ojos de todo Panem, recordé todos los momentos del libro en que se enfatiza el interés de Cinna -el modista que podríamos jurar es interpretado por Lenny Kravitz en la versión fílmica- por crear el atuendo perfecto para Katniss y Peeta en cada aparición pública. Y es que más allá de ‘verse bien’, el vestuario, tocados y maquillaje pretendían crear impresiones, símbolos, comunicar algo.

La moda, situación delicada y espantosa, de pronto me parece, al ver estas imágenes, sumamente importante. La moda va de la mano con los cambios culturales, esto está claro. El brassiere, por ejemplo, ha caminado junto con el pudor, los estereotipos, la liberación e incluso, el fetichismo. Así el resto de prendas y accesorios que nacen con el paso del tiempo, y un par de ideas me surgen con esto.

Por un lado, la moda es una forma de expresión, sí, pero no elegida por los usuarios. Está claro: cuando salieron esos leggins de estampado floreado y faldas -¿recicladas?- hechas con el tapiz de los sillones de mi abuelita, eran no pocos los que criticaban(ábamos) y burlaban semejante tendencia. Al poco tiempo, mujeres de todos lados portaban orgullosas el vestidito floreado y un par de botitas con colores a juego. De este modo la expresividad personal está regulada por los estándares que sabrá dios qué modista -o quien esté atrás del mismo- ha dictado. Y es realmente difícil salir del juego.

Moda - Imagen pública
Moda – Imagen pública

Por otro lado, recuerdo que cuando era niña, rechazábamos la moda de nuestros padres y cualquier cosa que aludiera a ellos parecía antiquísimo y terrible -quizá sea sólo yo y en ese caso, omitan el siguiente planteamiento. Sin embargo, y de algún modo, ahora lo vintage se encuentra en la onda más groovy del universo. Me parece encontrar un grado extraño de reticencia al futuro, algún inexplicable miedo a encontrarnos con lo inevitablemente insoportable del mundo que hemos creado y, pese a ello, miro también cómo es una reticencia absurda de moda con apariencia vieja fotografiada con un iphone 2000.

La mezcla me abruma. ¿Cuál es el mensaje? Claramente no somos Katniss renaciendo como maravillosas aves esperanzadoras debajo de un vestido de bodas producto del miedo y la opresión de “los de arriba”. ¿Qué diablos hacemos cuando vestimos como vestimos? ¿Qué queremos decir con esos colores inquietantemente vivos y las faldas y las botas y..? O ¿qué quieren ellos que comuniquemos con todo esto?

Quizá el ejemplo de Catching Fire es demasiado visual, demasiado obvio… pero no es más que una exageración de la misma sociedad amplificada y resulta equivalente para la cantidad de drama y show de una sociedad que en vez de poner a los jóvenes a pelear por sobrevivir en puestos y estatus en las escuelas, los pone en una arena a pelear por sobrevivir en… ¿la vida? Cada elemento del vestuario de Katniss es revisado cuidadosamente por Cinna, cada símbolo, cada elemento significa y representa; vivimos en sociedad, en un mundo de significados. Quizá tengamos ganas de revisar con más cuidado los significados que cargamos sobre los cuerpos y que nos re-hacen frente a los demás.

Cathcing Fire - Póster
Cathcing Fire – Póster

Y qué terrible, terrible frase acabo de hacer. “Frente a los demás”. “Vestirse para los demás”. No. No, quizá no, pero la moda sí es hecha por “los demás” y -quisiera saber…- tenemos que vestirla de un modo u otro: ceñirnos a ella, modificarla a nuestro gusto, negarla, deformarla; da igual, ella está ahí, configurando algún significado, algo que, quién sabe por qué, quieren que portemos.

Finalmente sólo pregunto: ¿estamos, somos con esos significados que portamos..?

Entre mis paranoias se me ocurre pensar cómo en el Capitolio portaban colores chillones y cosas extravagantes para representar aquél universo, por un lado artificial, por otro lado exuberante que no proviene más que de la explotación, represión y dolor de miles de trabajadores encadenados de por vida. Ya saben por qué nunca me encontrarán con un vestido coral y zapatitos azul brillante por ahí…

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BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA
BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA

Por Abraham Ibáñez

-Me gustaría que una mujer con esos años y esos ojos me concediera la siguiente pieza. Dijo él con el tufo de cervezas, resabio de horas atrás en bares donde había escondido luego del trabajo para evitar la casa y el tedio, el cansancio. Ella lo invitó a sentarse. Suponía que esa noche él no, y la disposición mutua para encontrarse de nuevo en aquel sitio invitaba a pensar la coincidencia: un destino que pareció irrevocable durante el instante en el que lo vio medio perdido, dirigiéndose a la mesa donde ella bebía sola mientras los demás bailaban ensimismados, egoístas del ritual, dejándose, olvidando soledades entre la multitud.

-¿Whisky? Preguntó ella, mirando siempre el traje viejo, pensando en los orígenes de una luz apenas desparramada en aquel rincón.

Él asintió y sacó el cigarrillo. El aroma en la boca no le permitía aclararse el sabor que la música iba dibujando en la cara de los amantes que conversaban en las mesas contiguas.  

Tratarían de conversar con ese silencio prolongado entre los treinta centímetros que los separaban. Una mirada apenas iría a descubrir que tal vez no era ésa la primera vez que se encontraban tan solos, abandonados.

BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA
BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA

Afuera la noche se hacía sola. En la mesa la botella verde contrastaba con la opacidad de las voces. Desde una mano el remanente de un cigarrillo caía desperdigándose en la alfombra. Él la tomaría del brazo y ella se dejaría llevar. Los pasos tambalearían; ya no serían los mismos cuerpos que veinte años atrás se habrían encontrado por primera vez en una farra sin nombre. La música sonaba igual. Los vestidos darían vueltas en el aire, adaptados al entorno de cortinas rojas, de lunas y candiles flotando encima de la pista con destellos de suntuoso añejamiento. Los ojos se encontrarían irremediables: una sonrisa lacónica se trazaría en ambas bocas, de frente. Procurarían no hablar y desviar las pupilas.

De nuevo la mesa y una coquetería olvidada. Ella se cruzaba de piernas. Él se ajustaba el saco y la camisa.

-Tantos años, ¿eh? Insinuaba él, con los ojos perdidos entre las piernas de los bailarines a lo lejos.

-No tantos. (No somos tan viejos) Quiso pensar ella mientras se estiraba para acariciarse despacio la pantorrilla, comprobando la amplitud de sus carnes mientra él bajaba la mirada a sus pies. Se imaginaban al mismo tiempo en tantos lados, haciendo tantas cosas; vidas impensables en el camino que habían decidido tomar en algún punto, ahora lejano y ya vuelto una línea dibujada a dos manos, a cuatro, a través de tantos pasos con el mismo ayer en común. Si tal vez, si hubiera, puede que…

Otro cigarrillo y copa con hielos renovados. El fulgor de sus manos los arrastraba de nuevo al baile. Se sincronizaban aquellos movimientos obligados, los mareos, las náuseas ignoradas después de tantos giros. El beso inminente, la caricia en la espalda y el arrebato de la inercia. Ya no pensaban. Ya no pensaban pensar. Se estrujaban los alientos y los respiros cortados por una danza que disminuía su ritmo.

Escondidos entre el vaivén de la elegancia simulada. Revueltos en un montón de zapatos lustrosos, escotes recatados y palabras escuetas. Los besos seguían hirviendo con el azoramiento de testigos santurrones. Los murmullos se empezaban a distinguir. Ellos, reservados para sí mismos, se querían en una gravedad que los arrastraba a su abismo personal: las manos, la piel: buscar bajo las ropas los veinte años de un sagrado matrimonio basado en contar cada día, cíclicamente con los calendarios, y no a través de esa linealidad con el tacto y las caricias

El murmullo se tradujo en silencio. Los presentes empezaron a carraspear las gargantas. Molestos, algunos pasaron a sus mesas; otros simplemente se santiguaron y huyeron con el espanto en el rostro.

-¡Seguridad, hagan algo por dios! Gritó una anciana que se tapaba los ojos, pero no la boca, dejando ver los dientes amarillos y la lengua asqueada y blanquecina del licor.

BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA
BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA

Los retiraban de la pista entre sonrisas joviales. Los nuevos amantes se sintieron fugitivos del perdón ajeno. La botella se iba vaciando mientras un último tango invitaba a las piernas a ser parte del festejo. Se besaban otra vez, otra vez las manos en sus espaldas. Él se dejaba caer pero ella se mantenía en pie, recordando la hora, las obligaciones. Las bocas se separarían en un soplo inmediato. La inconsciencia de él asistía a la costumbre del alcohol; lo dejaba tendido, desencontrado en sus manos vacías. Ella recogía su bolso y salía contenta, repleta de olvido, imaginando lo que el mañana sustituiría con las responsabilidades de siempre.

Al día siguiente la despedida y el quehacer cotidiano resumirían la noche en un simple conteo, en un retorno que con los días de la semana iría quedando atrás, atado a la burocracia familiar y a la prontitud de un trámite llamado amor. El escape quedaría manchado por la resaca, hundido en los alientos que habrían de esperar vivir otro año para acordarse de respirar.