Archivo de la etiqueta: Variaciones

Michal Batory, alquimista de la imagen

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

por José Luis Dávila

Estoy en un salón lleno de adolescentes a los que intento hacer creer un poco en el arte, que amen un poco, a su personal modo, las maravillas que se abren cuando se llenan los sentidos con la contemplación estética del mundo. En fin, que dejen de vivir en ese mundo, como diría Shakespeare, que es sólo el relato de un idiota lleno de sonido y furia. Sin embargo, sé que es ilusorio; muy pocos de ellos están habituados a ver más allá de sus narices; los más tienen por modelo una perspectiva lineal que no se da cuenta de aquello que sucede alrededor. Eso es lo extraordinario del trabajo del cartelista: tiene el reto atraer a las personas poco avispadas en notar los sucesos fuera de su campo de visión y, además, hacerlo de una forma creativa, que no solamente muestre sino que diga, que genere un canto de sirena que parta de su propia voz pero representando eso que anuncia.

Creo que hay cierto tipo de magia en ello, una magia que pocos tienen, como Michal Batory, uno de esos hombres que poseen el saber alquímico para transformar las imágenes. Este mes, Batory presenta en San Pedro Museo de Arte una retrospectiva de su trabajo, una colección que inunda los pasillos del lugar con misticismo estético, como un conjuro convocante de cada uno de los eventos para los que están hechos pero en términos de sus propios ojos, pues qué es un cartel si no la interpretación del cartelista sobre concepto central de lo que quiere comunicar.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Pregunté a este grupo de adolescentes si un cartel podía ser considerado arte. Fue una pregunta engañosa, lo acepto. La cosa es que no todo cartel puede aspirar a ser considerado arte, pero algunos incluso están más allá de la duda, la cual resulta insultante. El arte es mimético y no hay nada más mimético que un concepto sobre un concepto, algo bien difícil pero no imposible de lograr. Por eso digo que Batory tiene esa chispa de mago que le permite escoger bien las palabras para el hechizo, todo para que se vea en el resultado la belleza de elementos disonantes en conjunto haciendo la armonía que él quiere.

Nadie debería perderse la oportunidad de estar frente a un cartel de Batory, es por eso que envié a todos esos chicos a que lo vieran. Seguro que casi todos van a evitarlo, pero los que vayan, los que realmente vayan, estoy seguro de que se sorprenderán admirando algo que no creyeron nunca admirar.

Y también estoy seguro de que fuera de esos chicos, cualquiera que vaya a verlo y haya leído esto, entenderá a lo que me refiero.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Anuncios

Viaje

Viaje - Imagen pública
Viaje – Imagen pública

por José Luis Dávila

¿A qué se le debe llamar un viaje? ¿Cuál es la distancia que se debe recorrer para que ir de un punto a otro, para que un trayecto cualquiera, se convierta en un viaje? Poco a poco he estado notando que tal palabra se usa para designar a los recorridos que se hacen a largas distancias –más largas que las distancias que se suelen atravesar en un día normal–, y que tienen una finalidad específica, misma que contienen cierto grado de relevancia para quien lo hace: un viaje de negocios, de estudio, de vacaciones, etc.

O alguna vez han escuchado algo como “hoy viajé a la tienda”, “viajé al centro comercial para comprar un vestido”. Para esas cosas, por lo general, se usa el verbo ir.

Me gustaría pensar que las personas entienden que viajar es un acto más profundo, pero por lo que sé, sólo lo distinguen, precisamente, por el objetivo del recorrido y por el tramo que se hace, por el tiempo que se toma uno en llegar. Sin embargo, puedo tomar un vuelo hasta Italia, por decir un lugar lejano, y no sentir que he viajado.

Viajar va más allá de la espacialización de la jornada que se usa para transitar, esto es, no está inscrito el verbo en la suma del tiempo y los lugares por los que se pasa. El viaje está en nosotros. Viajar es disfrutar, pero no únicamente del trayecto, sino de lo que se observa, de lo que se piensa, de lo que se siente al estar en movimiento y dirigiéndose a cualquier lugar. Porque de otro modo, esto sería un paseo, y pasear, para mí al menos, es un acto de introspección que necesariamente debe hacerse solo. Cuando “pasear” se le llama a caminar acompañado por algún lugar, eso no es dar un paseo, sino “estar con”, y al contrario, el viaje siempre se hace acompañado, incluso cuando se va solo.

Viaje - Imagen pública
Viaje – Imagen pública

La diferencia radica en que durante el paseo se piensa en uno a través de lo externo, mientras que en el viaje es justamente sobre lo externo sobre lo que se va reflexionando. No nada más sobre lo que se ve como un objeto, sino sobre cómo ese objeto llega a estar ahí, frente a nosotros por el tiempo que tardamos en seguir el camino, y cómo por unos instantes, nos ha acompañado. Aún más, cuando se comparte un viaje, se habla de lo que se ve, y con cada palabra que se entabla, uno va creando una reflexión propia sobre la forma en que la relación con ese otro que se está va desenvolviéndose por medio de lo dicho sobre todo lo demás que los rodea.

Yo viajo mucho. Voy de un punto a otro con el afán de pensar en lo que veo; en esta semana que ha pasado, mucho más me ha ocurrido que se me convierte en viaje un recorrido en autobús, el trecho que hay de mi casa a la tienda, las compras por el supermercado. Todo ha sido susceptible de ser viaje. Así he reafirmado que para viajar sólo hay que abrir los sentidos y dejar fluir la empatía con el entorno, no importando otra cosa que saber que lo que está fuera de nosotros nos puede ayudar a entendernos un poco al tiempo que se le entiende a eso mismo; una forma de la reciprocidad en que el conocimiento de uno se da al conocer al otro, si lo quieren poner de ese modo, o un poco más como yo lo veo: entender que todo lo que nos rodea también es parte de lo que somos.

Viaje - Imagen pública
Viaje – Imagen pública

Tommy es un punk rocker

Tommy Ramone - Imagen pública
Tommy Ramone – Imagen pública

por José Luis Dávila

Inevitable haber alguna vez gritado “¡hey! ¡oh! ¡Let’s go!”. Lo que se va con el último de ellos, con Tommy, es el affair de la inestabilidad emocional con la composición limpia de canciones sucias; es el coqueteo de la anarquía con el deseo de éxito comercial. De los cuatro, Tommy fue el que más se acercó a emular la duración de las canciones con el tiempo que estuvo a cargo de la batería de la banda, pero no por ello desmerece. Quizá más que nada porque no es el tiempo que haya tocado sino lo que él significaba ahora: la memoria de un género musical completo, de un CBGB lleno de junkies y desclasados con ansia de ver caer al mundo de la moda establecido para establecer el propio; absolutizando de la negación de los absolutos.

Ellos eran una juventud de la que debería aprender nuestra juventud. Una juventud sin pretensiones falsas –porque pretendían, solamente, lo que de verdad querían y no lo que creían necesitar para ser vistos–, llena de vacíos para ser llenados con trabajo y creatividad, con unión entre la diversidad. ¡Qué más! Unidos por un apellido, todos. Eran la juventud de un hombre de sesenta y dos años que acaba de morir el 11 de julio.

Tommy Ramone - Imagen pública
Tommy Ramone – Imagen pública

La música de The Ramones seguirá siendo escuchada por décadas. La música de The Ramones no es caduca porque se sostiene de aquellos que guardan dejos de negatividad activa, esa que hace a la inconformidad una terrible arma contra todo lo que se encuentre petrificado. La música de The Ramones en este momento es lo que menos importa pues es lo que sobrevive en el público.

Sin embargo, la muerte de Tommy Ramone deja un espacio más cercano del que dejaría cualquier otro músico, un espacio del mito, de la figura que se quiere alcanzar. Era el que quedaba como testigo de esos años en que cuatro muchachos decidieron iniciar una nueva vanguardia sin saberlo, ser parte de otra forma de ver el mundo.

Pero, al final, si alguien me preguntara quién era Tommy Ramone, yo diría que era sólo otro punk rocker, y eso es lo que más se tiene que lamentar de esto. Uno menos al cual siempre se le recordará.

Por supuesto, pero tal vez…

Defensores de los animales - El Santo Nerd
Defensores de los animales – El Santo Nerd

por José Luis Dávila

No tenía más de cinco años cuando vi en el Relicario la primera corrida de toros de mi vida. Sinceramente, no entendí ni un carajo, pero hubo dos momentos cruciales: uno, cuando salió el hombre vestido en traje de luces, dueño de la plaza, y todos aplaudimos. Mi abuelo se veía emocionado, así que me emocioné por solidaridad, pero más por el asombro de nunca antes haber sentido esa especie de comunión total. Había algo más que en ese momento salía de mi alcance pero con el tiempo pude aprehender. Era maravilloso ver cómo el tipo en el ruedo se enfrentaba a una bestia enorme, una bestia que medía bien sus ataques y arremetía con toda la fuerza, y aún así, la elegancia del hombre era superior. Era una batalla plena, a muerte, como es todos los días en cada uno de nosotros la lucha entre las emociones y la racionalidad. La segunda cosa es que el toro encontró el modo de saltar las vallas y llegó hasta las primeras gradas; hubo espanto general, pero como niño uno no se da cuenta del peligro real de las cosas, y esperaba que el toro llegara hasta mi lugar para poder acariciarlo.

Por la misma época, era asiduo a las funciones de circo. Me encantaba escuchar al auto feo y casi hecho polvo perifoneando horarios y precios. Brincaba de la emoción al ver instalarse la carpa, pues uno que otro circo se asentaba cerca de mi casa, y quería ser parte de todos los que se encargaban de crear ese universo. Podía acercarme a animales que veía en las películas, animales que creí nunca poder conocer por los miles de kilómetros entre ellos y yo. Era espectacular verlos actuando en la pista, acompañados de los payasos, de los trapecistas, de las edecanes. Y los magos. Y los vendedores de lamparitas. Y ese olor a fertilizante. Cada función a la que he asistido ha sido una experiencia llena de color y dinamismo que deja en el corazón una incisión de nostalgia. El circo tradicional, ese al que casi todos alguna vez fuimos, para mí es una pintura viva.

Ahora, cada que leo un pronunciamiento contra estas dos expresiones culturales, siento que los argumentos expuestos al respecto son completamente vacuos. Los defensores de los animales tienen un buen punto, la crueldad y el maltrato contra cualquier especie están mal, y concuerdo, por supuesto que está mal, tienen razón, es despreciable, es abominable, es un mal que nos ha dado la consciencia ambiental el de saber que pese a ser la pretendida cima de la cadena evolutiva no tenemos derecho a tratar a otras especies como se nos venga en gana. Yo apoyo todo eso, sin duda, pero no puedo pensar tan cerradamente como la mayoría de los defensores de animales. No puedo evitar la criticidad e imparcialidad que emana del condicionante al “por supuesto” de las líneas anteriores, este condicional es un “pero tal vez” en donde reside la vacuidad de los argumentos.

Ringling Bros. - Imagen pública
Ringling Bros. – Imagen pública

Tal vez no todos los circos maltratan a los animales, es decir, uno de ellos, el Ringling Bros, hasta será indemnizado por los ataques sufridos al respecto durante catorce años. Esto quiere decir que tal vez la gente del circo está siendo afectada gravemente en su trabajo por denuncias no probadas y que incluso puede que sean falsas. Tal vez las mismas protestas en contra del circo generan bajas en la venta de entradas, lo que se traduce en las malas condiciones que viven no sólo los animales, sino que quizá a los mismos artistas y trabajadores de la empresa. Tal vez lo que se necesita es una buena regulación de las actividades y no la censura de ellas.

Por su parte, tal vez las corridas de toros no son lo que parecen. Tal vez es porque la mayoría de los defensores de animales no se interesan por conocer las reglas de las corridas y todo el universo que conlleva. Tal vez haya que pensar en el mercado de la carne de los toros de lidia, porque pese a la dureza de la misma, hay quienes disfrutan de comerla. Tal vez haya que reflexionar el contexto entero desde el cual las corridas son vistas, no como una barbarie sino como un rito ancestral. Un espectáculo en el que se pone a prueba al hombre frente a lo salvaje. Una forma de decantar la adrenalina. Tal vez es un método de para sacrificar al animal, como se sacrifican miles y miles en los rastros de todo el mundo a diario, pero con estilo y elegancia para ambos: el carnicero tratando de ejercer la profesión con arte, el animal teniendo derecho de defenderse y ganar su vida. 

Toros - Imagen pública
Toros – Imagen pública

A final de cuentas, el más grande “tal vez” que afecta a ambas cosas es que quienes se oponen a los circos o a las corridas están ayudando a matar una parte importante de la cultura. Habrá quienes se escuden en decir que los espectáculos circenses modernos se centran en las habilidades del actor circense, en lo que éste es capaz de realizar con su cuerpo y en relación a diversos aparatos, que por demás es loable y de gran valor. Pero eso no es el circo tradicional, el circo que está centrado en entretener por medio del exotismo, que está hecho para maravillar por medio de la ilusión. Y para aquellos que digan que las corridas de toros son brutales, bueno, todos los elementos estéticos y simbólicos implicados, imposibles de explicar a detalle en un espacio reducido, deberían ser puestos a consideración.

Tal vez quienes creen ser los más racionales al estar contra estas formas culturales, sean quienes están en el error. Sólo tal vez.

La solemnidad de cosas así

Funeral - Imagen pública
Funeral – Imagen pública

por José Luis Dávila

Murió joven el padre de un amigo cercano que se me ha vuelto lejano en tiempos recientes por razones que desconozco. Cuando digo “murió joven”, no quiero decir que murió con poca edad (porque tengo entendido que ya rozaba el medio siglo), más bien lo que expreso es que murió como no se quiere morir: sin ver el futuro de sus hijos, demasiado joven para ello.

Cuando asistí al funeral entero, desde el velorio hasta el descenso a la fosa que hoy lo alberga, el silencio no purificó absolutamente nada. Por el contrario, fueron quienes más lloraron los que se sintieron en paz con la partida. Digo esto porque yo callé, igual que los demás amigos que éramos como hermanos y poco a poco nos fuimos disolviendo. Quizá fue nuestro silencio la forma de agradecerle a la muerte que nos haya vuelto a unir, y dejamos que se apoderara del terreno en que estábamos parados para hacer su hogar un momento, mientras todos trataban de erradicarla con pésames cliché y palabras de aliento vagas. Lo terrible de la muerte, dice la hija de Kurt Wallander en La Quinta Mujer, es que dura demasiado, y creo que tiene razón, porque cuando hemos pasado todo el tiempo en contacto con otros, siempre emitiendo sonidos, mantenerse callados es bastante difícil.

Sin embargo, no sé mis amigos de ese entonces pero yo siempre he callado cada vez que hay una muerte, porque la muerte es eso, un silencio que debe ser respetado precisamente por ser el último de los silencios. Un silencio que nos toma de la mano a cada uno en nuestro momento, llevándonos fuera de todo, reintegrándonos al grito ahogado que somos desde que nacemos.

Cementerio - Imagen pública
Cementerio – Imagen pública

Por eso no sé qué decir cuando alguien muere. Las palabras sobran. De hecho, todo sobra. Sobra la carne que son los que se quedan y sobra la carne que se va. Los lamentos rompen el aire cuando se anuncia el deceso. El llanto explota en cada lágrima que toca el fin de la mejilla por la que resbala, igual que estalla algo en el interior de quien se duele. Pero todo ese ruido está para encubrir la solemnidad de las cosas ya que realmente no sabemos hablar la muerte, sólo la fabulamos.

El silencio, repito, no purifica nada. El sonido sí. Aunque, ¿de verdad hay necesidad de purificar algo? La purificación ante la muerte del otro conduce generalmente al olvido. Cuando uno libera todo lo que el duelo conlleva, queda el vacío, una especie de orfandad por la persona que ha fallecido. Nos liberamos, nos purificamos, para avanzar, para ir hacia adelante cargando nada más que la ligereza de los fantasmas que es aquél que está en la tumba, fantasmas que no pueden tocarnos cuando los necesitemos.

Funeral - Imagen pública
Funeral – Imagen pública

Al contrario, el silencio llena el corazón con la nada, una nada que está atestada de presencia. Creo que la nada y el vacío no son lo mismo; mientras la nada integra una experiencia en la que la soledad propia cobija y se mantiene en contacto con la soledad del mundo, el vacío sólo sirve para permanecer a la deriva, errabundo y sin ataduras que provoquen pulsión alguna. En la nada se es, en el vacío se está.

En este sentido, el silencio siempre tiene ausente a la ausencia. Tal vez sea que haya que aprender un poco más del lenguaje y desandar el camino de la lengua para comprender cómo es que ese que parte realmente permanece en el silencio que rodea a todo el acto funerario. Y una parte de ese silencio, cuando lo sabemos apreciar, se funde con nosotros, dejando presencias que no se olvidan nunca en vez de fantasmas que se difuminan en el aire como el humo de un cigarrillo al salir de la boca de un hombre que espera, solo, sentado en una banca, a que llegue alguien que lo saque de sí para mostrarle otra perspectiva de las mismas cosas que siempre lo han rodeado, para mostrarle la solemnidad de cosas así, cosas como la importancia del silencio ante la vastedad de la muerte a modo de diálogo entre él y todo aquello que lo habita.

La gata

Gato - Imagen pública
Gato – Imagen pública

por José Luis Dávila

Es la gata que se sube, trepa por sus caderas, muy dueña de sí, muy dueña de su espalda. Es la gata la que se le posa en la nuca, la huele, la sabe suya como no será nunca de nadie. Y pestañea, una, dos, entreabre los ojos, como si fueran rendijas hacia una habitación donde la luz del sol no es bienvenida. La gata parpadea, no lo piensa mucho, lanza el zarpazo. Huye con porte por donde vino. Baja de la cama, atraviesa la habitación y se esconde entre la ropa sucia. Pero ella no despierta.

Ella no quiere despertar. ¿Para qué? Si la tarde es calurosa y no hay nada mejor que hacer. Si el pijama se le pega con el sudor, y los vecinos están platicando sobre el trabajo, sobre los niños jugando en el patio, esperando a que algo pase, como buitres alrededor del animal moribundo. Que si son gays los dos hombrecillos que viven juntos, que si es muy puta la hija del que vive en el departamento de junto a la entrada. Que si la doña de la tienda le vende cerveza a chamacos de secundaria. Nada de eso es para ella. Nada es algo que le pase por la mente cuando sueña en otros universos en los que las personas no condenan con la mirada ni son groseras a lo loco, nada más porque pueden. Sueña postpunk, al ritmo de Soviet Soviet, aunque ella nunca los ha escuchado. Sueña Mode Modern tocando Baby Bunny, pero en un lenguaje que no es el de la música ni de la pintura, ni de nada parecido. Sueña en arte porque, al final, eso es lo que son los sueños que se viven como si fueran realidades.

Y la gata la observa. La gata acecha esos sueños porque se roban el tiempo que pasa con ella. Malditas horas en que se acuesta y cierra los ojos, piensa, no ve que estoy aquí para que me abrace, para que me quiera. La gata cree que cada sueño soñado es un sueño cumplido, por eso los detesta, no sabe si está o no en los sueños de su humana. Se queda entre la ropa, lengüeteándose, mimada por el olor del suavizante. Bosteza porque se aburre de esperar y darse cuenta de que su plan para despertarla no funcionó.

Mujer dormida con gato - pintura de Wladislaw Slewinski
Mujer dormida con gato – pintura de Wladislaw Slewinski

Ella se talla la nariz, hace un gesto de acomodo buscando la mejor postura para seguir durmiendo, con la ventana abierta para que el calor no se estanque en la habitación. Solo eso. Se envuelve en una sabana, sus manos acurrucadas contra sus pechos, como palomas que buscan refugio de la lluvia que se suelta de cuando en cuando, inesperada. Su boca se mueve un poco, se ladea constantemente, como describiendo lo que ve, su boca es una narración constante de su inconsciente. Se voltea, se acomoda, se repite pero no abre los ojos más allá de para darse cuenta de que aún está en casa.

Si nada es lo que parece y todo depende del cristal con que se mira, ella lo quiere ver todo con el cristal onírico. Incluso a la gata que ya tiene un nuevo plan. No está entre la ropa, desapáreció de pronto, se materializó instantanea en la cabecera, de lado, como el Chat Noir pegado en una de las libretas que aún guarda de los días de secundaria. Deja colgar su cola sobre la cara, deja que el pelo se le meta en la boca, para hacerla toser y que por fin se levante la floja, que empiece el día a limpiar la caja de arena que ya está muy usada. Pero no, ella ya se acostumbró a vivir rodeada de ese pelaje escurridizo entre la garganta. No hay reacción y la gata frunce el seño.

Se la pasa pensando en otras formas pero ninguna le parece buena. La gata la ve, la contempla como nadie la contempla nunca. Se queda con una idea que la obliga a echarse entre el vientre y las piernas de su humana. Su humana, no la humana de nadie más, está ahí, con ella, durmiendo, y esa es otra forma en la que pueden estar juntas. Se regodea. Ambas se regodean cuando ella se da cuenta de que tiene compañía. La compañía mejor que ha tenido en una cama. Y la gata lo sabe.

Mis diez canciones favoritas

por José Luis Dávila

The Crystal Ship, de The Doors

El desapego a la realidad, la ansiedad por la pérdida, el dolor de las partidas, todo en una lluvia de palabras y notas que entierran a las sensaciones. La voz de Morrison, el teclado de Manzarek. Eran los 60’s trascendiendo en una canción. Krieger y Densmore en el fondo, sosteniendo la pieza. Como un vals por la finitud, sobre la marea de las emociones.

Sorted for E’s and whiz, de Pulp

¿Quién no ha cometido excesos? Las personas suelen ser descuidadas, impulsivas e inconscientes al menos una vez en la vida. Y luego avanzan, luego se cuestionan por qué actuaban así. Esta canción es sobre perderse en la inestabilidad, en el frenesí de una salida por la noche, con amigos, a consumir cualquier cosa que se tenga a la mano, porque cuando llegue la mañana habrá desaparecido la juventud. Habrá desaparecido la música que alentaba, las conversaciones sinceras, el brillo incierto del futuro se convertirá en la realidad pesada del presente. Pero mientras eso pasa, queda seguir girando entre todo lo demás.

N.I.B., de Black Sabbath

Un clásico, eso. ¿Habrá algo más para decir? Es pasión hecha música. Es muerte y vida dibujadas sobre el pentagrama. Imposible no emocionarse desde el inicio. Imposible no gritar “Oh,yeah”. Imposible no sentir.

Sway, de Dean Martin

Una canción de otra época, de un tiempo en que la idea del amor no estaba encarcelada por la aspiración a la vida marital feliz, sino que obedecía a sí misma, al amor por el amor, como el arte por el arte. Para resumir, un tiempo en que el tiempo del amor era la duración de una pieza musical bailada por dos, esos dos que estaban siendo realmente uno en el otro mientras a su alrededor la pista seguía girando a causa de los pasos que daban todos los demás. La profunda voz de Dean Martin narrando el amor como un encuentro fortuito, elegante, significativo, y no como una búsqueda patética, desesperada, frustrante.

Ocean breathes salty, de Modest Mouse

That is that and this is this, eso dice el coro de esta canción, aprender a aplicarlo es complicado pero no imposible, es como decir “acá lo que se queda, y acá lo que se va”, echar al cesto de la basura lo que deba ser echado y guardar lo que vale la pena; pero saber hacerlo, saber elegir es siempre un reto.

When the levee breaks, por Led Zeppelin

La original, esa con Joe McCoy y Memphis Minnie, fue escrita en 1929, dos años después de que se hubiera desbordado el Misisipi y cientos de familias quedaran bajo el agua. Esta de la que quiero hablar, grabada en 1971 por Zeppelin, es otra y es la misma. Así pasa con los covers, al menos con los buenos covers. Existe en sus notas el eco de la primera pero va más allá, se explora a sí misma, se interpreta distinto no sólo por el cambio de época o la instrumentación. Hay algo que la cambia, la hace dejar de ser un homenaje a las víctimas de una tragedia para convertirla en un viaje por dentro de sí mismo, como si lo que se desbordara en esa cadencia hipnótica que logran fuera el río emocional que todos llevamos dentro, inundando quienes somos de quienes verdaderamente somos.

Start a war, de The National

Como una canción de cuna, un arrullo luego de la pesadez del día, la voz de Matt Berninger declarando la guerra a las ilusiones perdidas, bombardeándolas hasta convertirlas en ruinas sobre las cuales poder reconstruirse uno mismo. Las expectativas, ciegas y sordas por el estruendo de las detonaciones, se quedan inertes ante la inmensidad de los pequeños versos y las aún más pequeñas notas. Una canción hecha para entender que a veces la guerra con el otro es también la guerra contra sí.

Ready to start, de Arcade Fire

Desde el inicio de su carrera, Arcade Fire ha sido una banda humana. Su cúspide es esta: Ready to start sube y baja de ritmo, lleva de la mano al escucha, lo deja plantearse un juego de sombras que es imposible ganar. Si el mundo te aplasta, qué más da, empiezas de nuevo, pase lo que pase, perder no es el fin sino el inicio de otra cosa, porque uno tampoco es un santo para creer que se merece siempre llegar a buen fin en cada intento que haga. Todo está abierto porque las posibilidades son infinitas, por eso la canción termina como termina, abierta en una exclamación: now, I’m ready, aunque no se sepa todavía para qué y, de cualquier modo, qué importa saberlo.

Under the bridge, de Red Hot Chili Peppers

Esta es una forma de cuestionarse la soledad, su falta o su exceso. Todos hemos sentido eso, el aire golpearnos mientras caminamos por las calles de nuestra ciudad, la ciudad que sea pero que podamos llamarla “nuestra”, como si toda la vida hubiéramos estado conectados a ella por intravenosa, como si nos llenara con un suero para combatir la necesidad de decirnos ante otros, de decirnos con otros. Todos tenemos un lugar preferido para estar en esa ciudad que es nuestra, donde no hay soledad aunque estemos solos.

Nothing from nothing, de Billy Preston

Billy Preston, maldito y genial, y espectacular, y todos-los-adjetivos-que-sean-necesarios, Billy Preston. Son menos de tres minutos en los que él inunda de funk las bocinas. Quizá sea exagerar, pero Nothing from nothing debería ser considerada como el himno de los 70’s. Es potente, es divertida, es profunda y superficial, se disfruta por igual en una pista de baile o sentado en un sillón. Devela, para mí, una de las grandes verdades de la vida: algo es algo.

27 palabras

 Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

por José Luis Dávila

Arte: Una de las pocas formas de la felicidad; no está supeditado a nada pero sí es susceptible de estar relacionado con todo. Va de lo bello a lo grotesco, de lo sublime a lo patético, pero sea como sea provoca un movimiento en el interior de quien lo observa, escucha, lee, siente. Esta definición es incompleta porque la cualidad más importante del arte es que supera las definiciones.

Billar: Deporte extremo. Una mesa tapizada, 15 bolas (aunque depende del estilo que se vaya a jugar), dos tacos. Cervezas. Botanas. Curiosos que con el paso de la partida se vuelven verdaderos espectadores y cronistas. El peligro está en quedar como un ridículo ante el público al demostrar ineptitud. Su variación más arriesgada: Tres bandas.

Concierto: Heterotopía del sonido. Un lugar sin lugar en el cual sucede la conjunción de música e imagen. Todos están y no están: La música no se produce en quien la toca sino en quien la percibe, como si todas las gargantas fueran una, la que está al frente. Como si todos los que están al frente estuvieran entre los que gritan desde abajo del escenario. Sólo se existe en las notas, en los acordes, en el ritmo. Un concierto que no provoca pasión, no es concierto.

Danza: Cuerpo en movimiento, escritura en el aire, trazos con tinta invisible pero permanente en el espectador. No es para que todos la practiquen, y mucho menos con cualquier música. Una cosa es danza y otra es baile. El baile es una forma social, la danza se eleva en otros ritmos. Yo no danzo ni bailo, pero me he visto obligado a lo segundo y creo que no lo hago tan mal.

Encuentro: Acercamiento, fortuito o buscado, a una persona u objeto, aunque los objetos suelen ser menos huidizos. Los mejores encuentros son los que dejan una sensación satisfactoria pese a las complicaciones que puedan acarrear. Mis mejores encuentros: con el arte y unas muy contadas personas.

Filosofía: Una forma de apropiarse de la vida y pensarse; un punto de vista forjado desde la reflexión. Lamentablemente, de los filósofos que tengo cerca muy pocos expresan sus ideas a través palabras propias, suelen usar las de otros ya reconocidos por la historia. Yo no estudio filosofía, pero la leo, la entiendo y me gusta pensar que la trato de hacer de alguna manera.

Gatos: Útiles animales domésticos. Si algo va mal, las mujeres los suelen abrazar para tener cariño. Conozco muchas mujeres que tienen gatos y los tratan mejor de lo que tratan a sus parejas. Algunas otras no tienen un gato, pero tratan a su pareja como uno. Y a otras les hace falta uno, urgentemente.

Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

Hojas: Las de los árboles cuando caen tienen una belleza excepcional. Van hacia el suelo con cadencias distintas, a merced de la gravedad, del viento y, a veces, a alguien se le ocurre atrapar una antes de que llegue a su destino, interrumpiendo un ciclo pero dándole un nuevo significado: cualquier caída puede ser detenida por la mano correcta.

Interiores: Somos una casa por nosotros mismos: tenemos patio, fachada e interiores. Éstos últimos son los más difíciles, ya que aunque se les quiera tener en óptimas condiciones, al final resulta que limpiar no es lo nuestro o que tenemos todo en orden pero dejamos entrar a alguien que termina por romper algo. Todos han pasado o pasarán por cualquiera de los dos casos. Yo trato de limpiar, pero sólo por encimita. Debajo de los muebles ni a mí me interesa ver qué hay.

Juegos: Hay de muchos tipos. Los que más me gustan son los de mesa, los de video y los de poder. Las apuestas son fundamentales para dar sabor a cualquiera de ellos, sobre todo a los de mesa porque apostar en un juego de video es poco atractivo y en los de poder la apuesta va implícita.

Kafka: No me gusta su obra, pero fue la única palabra con esta letra que me gusta. “Kafka”, un apellido que suena bien para un escritor de cualquier época, porque parte de la fama está en el nombre y su capacidad de ser recordado.

Libros: Uno nunca compra libros de forma azarosa, siempre hay algo en ellos que, aunque no sepamos de qué tratan, nos llama. Los libros se le prestan sólo a las personas que apreciamos, porque sabemos que volverán. Una cita de David Mitchell sobre los libros: “Un libro leído a medias es una aventura amorosa incompleta”; me empiezo a preguntar si eso aplica en términos contrarios.

Música: La música está construida en una dualidad: mezcla de sonido y silencio. Remedio y mal, a la vez. Hay muchos tipos de música y a todos hay que prestarles atención, incluso a los géneros contra los que se tengan prejuicios; pueden no gustarnos, pero eso no significa que se les niegue la oportunidad de existir y de ser en otras voces. La música no es el mundo, pero se le acerca.

Negar: Es la acción que despunta el deseo. Uno niega y se revela al tiempo que lo hace. Cuando se le niega algo a otro, ese otro lo busca con mayor pasión, aunque a veces es una pasión muy estúpida. La negación, en ambos casos, es un espejo, bien cóncavo o convexo, que nos muestra hacia adentro o hacia afuera según sea el caso.

Ñoñez: Atributo de las personas que no saben equilibrar su tiempo entre los distintos aspectos de la vida y sólo dan importancia a uno. No se ciñe estrictamente, como muchos pensarían, a quien se entrega sólo a lo académico aunque es cierto que son de los más fastidiosos. La condición del ñoño es la marginalidad, como es marginal aquél que vive de fiesta en fiesta para los que estudian cada noche; ese tipo de ñoñez es la más triste.

Oposición: La vida está hecha de esto. Una oposición no es una negación porque coexiste con su otra posibilidad. Ni una cosa ni la otra, sino las dos a la vez en el mismo tiempo y lugar; las oposiciones se explican a sí mismas y mutuamente. Se necesitan oposiciones para que el mundo siga girando, para que no se vuelva aburrido.

Pulp: Banda de Sheffield, Inglaterra. Letrero en neón morado, parpadeante. No hay música como la de ellos, ni la habrá. Las letras, los sonidos, la imagen, todo coordinado en casi perfección. Siempre recordaré la primera y única vez que han dado un concierto en México. Estuve ahí, me siento orgulloso de ello porque fue un concierto en toda la extensión de la palabra (Véase: Concierto)

Quizá: Indicador de posibilidades. Un “quizá” bien puesto en una oración cierra tanto como abre puertas y ventanas; a veces, el mejor lugar para el “quizá” es al final de la frase, porque así se salva uno de asegurar todo lo anterior. No es un retractarse cobardemente, es una forma de explicar que, como dice el Jacques de Kundera, nadie nunca sabe nada.

Recuerdos: Estamos hechos de memoria; nuestros cuerpos son una estructuración sobre los recuerdos de lo que eran. Los recuerdos son remanencias dejadas por los objetos y las personas que se integran a nuestras memorias en forma de moldes llamados ausencias. Un recuerdo ejemplar: la K9 en D menor de Scarlatti.

Sueños: Los sueños que valen más son los que se tienen despiertos; los otros, los que se producen en las horas que estamos dormidos, son meras pistas para conocer el cúmulo de traumas que nos provocamos por no saber manejarnos ni expresarnos hacia los demás. Los sueños (los que se revelan cuando tenemos los ojos abiertos) se cumplen cuando se trabaja por ellos; el primer paso es no contenerlos, muy al contrario, deben ser dichos en el momento en que nacen, incluso si nadie está alrededor. Hay quienes los confunden con objetivos o metas, pero ¿acaso no existe en el cumplimiento de éstas algo de ensoñación primigenia? ¿No son parte de algo mayor como, digamos, un camino de pequeños rasgos oníricos, como miguitas en el bosque, conduciendo hacia el sueño principal, ese gran sueño íntimo que tenemos la esperanza de ver concretado?

Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

Tejido: Cada texto es un tejido. Hilvanamos un poco de nosotros con cada palabra que escribimos y decimos. El tejido es la forma de la interconexión, de la vinculación. Todos somos un tejido, desde lo físico hasta lo psicológico, y como tejidos nos comportamos. Eso es lo que nos permite a todos ser texto, y en este sentido, somos productos y productores: hipotextos e hipertextos unos de otros, por la necesidad del contacto constante con los otros. Ser social es ser parte de un tejido, lo cual es inevitable.

Umbral: Un umbral no es entrada ni salida, es transición. Se puede estar a las puertas de una casa, pero no al umbral porque no es un lugar. Se puede atravesar el umbral pero no detenerse en él, porque entonces no tendría sentido su función de vínculo entre dos espacios y dos miradas. Quienes se quedan atascados en el umbral no saben a quién dan la espalda ni pueden conocer por completo lo que está frente a ellos, además de que se le estorba el paso a los otros.

Victoria: Sobrevalorado resultado de toda actividad que implica competencia con alguien o algo más. Una victoria no está completa nunca, es nada más como dice Élmer Mendoza: unas veces se pierde y otras se deja de ganar. La victoria, sin embargo, brinda esa falsa alegría de que se ha alcanzado un objetivo, pero casi de inmediato debe buscarse otro para no caer en el aburrimiento de estancarse. Ante esto, uno se preguntaría si de verdad se gana cuando se gana y qué se pierde al tiempo que se gana, así como qué se pierde cuando se pierde y qué se gana cuando se pierde.

Woody (Allen): Director de dramas tan apegados a la realidad que parecen comedias. Sus films son eso que permanece y aflora en el sujeto de cuando en cuando pero que no se logra traducir en palabras: a veces una derrota lírica inundada de risa y una risa desbordada en el llanto, justo como la vida misma. He llegado a pensar por momentos que él dirige la vida de todos; quizá el suyo sea otro de los nombres de dios.

Xanadu: Canción (y mal lograda película) de ese viejo símbolo que fue Olivia Newton-John, instalada en el nacimiento de los 80’s del siglo pasado, cuando el neón era una idea romántica y los colores de la ropa entre más llamativos mejor. Al decir esto, “siglo pasado”, siento que la edad está por alcanzarme. Newton-John era la rubia del cine que mi padre adoraba. Yo también tengo una rubia preferida (Scarlett Johansson) y una Olivia (Wilde). Al parecer, para acercarse a lo que provocaban antes las mujeres se necesitan dos de las modernas.

Yo: Persona de toda oración; sin un “yo” no hay un “tú” ni un “ellos”, ni cualquier otro pronombre. El “yo” es algo que cargamos irremediablemente, para bien o para mal. Decir “yo” es mal visto por todas las personas a las cuales les gustaría que sólo se les hiciera casos a sus “yoes”. Cuando yo digo “yo” también digo al otro, como Rimbaud.

Zafio: A veces no se puede evitar ser uno. Un zafio no se da cuenta de lo que acontece alrededor y por ello se comporta como tal. La insensibilidad para lo políticamente correcto es algo que bien puede definir al zafio. No es irreverencia o sarcasmo, sólo es tosquedad, grosería sin ápice de gracia o ingenio. No es malo serlo, es sólo inaceptable para algunas personas. Un zafio entrañable: Tom Waits.

Malas razones para dejar de fumar

Fumar - Imagen pública
Fumar – Imagen pública

por José Luis Dávila

1. Porque te lo pide tu pareja

Sí, te lo dice por tu bien, te lo dice con cariño, se preocupa por ti, quiere que estés sano, que nunca te pase nada. Todas esas cosas son las que terminan por convencerte de que quizá necesitas ese cambio, que tus pulmones merecen aire fresco en vez de alquitrán. Pero, ¿a quién quieres engañar? No lo haces realmente porque tú lo quieras, sino porque quieres dejar de escuchar esas peticiones que se convierten en reclamos después de un tiempo. Además, si no están casados, no te conviene seguir con alguien que no respeta tus vicios. Y si lo están, y esperó todo este tiempo para pedirte algo así, revelando su verdadera naturaleza, existe el divorcio; aunque, en caso de que no le quieras dejar, de que le ames aunque no te comprenda, pues ve y fuma como cobarde, a escondidas, avergonzándote de un hábito sencillo que con tu actitud estás criminalizando.

2. Porque estás enfermo

Si es una EPOC, no importa realmente, de todos modos ya estás jodido. Para una enfermedad cardíaca, lo peor es estresarte; entonces por qué te piden que dejes de fumar, ¿no saben que dejar una adicción causa mucho estrés?, en ese proceso de desintoxicación te puede dar una crisis nerviosa y luego un infarto. Así, puede haber muchos más ejemplos que demuestran que si de todos modos no vas a durar mucho, al menos disfruta ver el humo saliendo de tu boca, construyendo figuras en el aire, tanto como puedas.

Fumar - Imagen pública
Fumar – Imagen pública

3. Porque un anuncio antitabaco te hizo sentir mal

Sinceramente, si le haces caso a estos anuncios es que en verdad cualquiera te puede manipular. No es que no sean verdades lo que expongan, es que la manera en que las muestran es demasiado perversa. Si es una imagen, está saturada de posturas horribles, de entrañas expuestas, pornografía del horror, digna de una película gore que dirijan Svankmajer y Carpenter juntos. En algún punto, si tienes una pizca de criticidad, sabrás que la composición es tan falsa que más bien da risa. Y peor, cuando usan de forma despiadada a los niños, con sus caritas tristes, con sus enfermedades “causadas por sus padres”. Eso no es inculcar sentido de responsabilidad con la propia salud, ni sembrar miedo ante las posibles consecuencias, es meramente inducir culpa para lograr un propósito, es sencillamente malvado.

Bogart en Casa Blanca - Fotograma
Bogart en Casa Blanca – Fotograma

4. Porque ya en ningún lugar se puede fumar

Dice Jim Jeffereis que si hay letreros de “No fumar” por todas partes, debajo de aquellos debería haber algunos otros que dijeran “Y no viole a los niños”. El poder que se le ha dado a los no fumadores es intimidante, se apropian de todo como una plaga; intolerantes, nazis del estilo de vida saludable, se quejan y esperan que en cada establecimiento se les separe de quienes disfrutan llenar sus pulmones con tóxicos, como si se tratara de leprosos. Y, saben, no habría problema en respetar espacios para unos y otros, los fumadores somos personas que se preocupan por no molestar a quienes no fuman, sin embargo, lo que causa molestia es que quienes no fuman se sienten moral e ideológicamente superiores, por algo como “cuidar su salud”, y dan sermones, reclaman, ponen cara de desaprobación; no entienden que el respeto a los vicios ajenos es la paz.

Marilyn Monroe - Imagen pública
Marilyn Monroe – Imagen pública

5. Porque te dicen que fumas solamente para generar una apariencia social

Y si es así, ¿qué? Generalmente, el sabor no es una de esas razones por las que se empieza a fumar –aunque con el paso del tiempo se va aprendiendo a apreciar el sabor del tabaco. Hay quienes fuman por ansiedad, para controlarse; hay quienes fuman para pertenecer, para sentirse parte de un grupo; hay los que fuman por el placer de sentirse llenos aunque sea de algo tan efímero como el humo, de ver sus ideas incinerarse cada que se inhala. Si alguien se quiere ver bien con un cigarro entre los dedos, o en la boca, ¿cuál es el problema? Si Bogart no hubiera tenido una cajetilla en la bolsa de la chaqueta, ¿sería la figura que recordamos? ¿El lunar de Marilyn sería el mismo sin el cigarrillo entre los labios? Fumar a veces es parte de la esencia de una persona, dejarlo es dejar de ser uno mismo.

Yo creo

Música - Imagen pública
Música – Imagen pública

por José Luis Dávila

Yo creo, por sobre todas las cosas, en la música. Creo en ese instante desfasado del mundo en el que sumergen las notas, creo en cada pliegue del sonido que envuelve como manta de infancia a quien escucha con atención, creo que las sirenas existen en las voces de otros y por eso el que canta se apasiona, no escucha la propia existencia sino la de los demás en su boca, ya sea que esté cantando para un público o cante siendo el público, da igual, porque no es una vía sentido univoco, es una pista de un solo carril para ir y venir a la vez, para que choquen las subjetividades en estruendo, que se incendien los vehículos que son las notas.

De forma regular, paso al menos dos horas al día escuchando música nueva, reciente o pasada, y mis actividades las ambiento siempre con algo que les vaya acorde: si me toca hacer labores de limpieza, entonces algo de LCD Soundsystem queda perfecto; si voy a leer, Have A Nice Life o Civil Wars; si salgo a caminar tengo un playlist especial, si voy a escribir, dependiendo del tema que lo vaya a hacer, selecciono algo relacionado. No es que las música ayude a realizar estas actividades, pero las hace mucho más placenteras.

El silencio también me gusta para muchas cosas, pero como todo lo demás, tiene sus situaciones especificas en las que se reproduce mejor.

Concierto - Imagen pública
Concierto – Imagen pública

Justo ahora que escuchaba el nuevo disco de The Used, le he puesto pausa para leer lo que estoy redactando, así darme cuenta de si es coherente o si debería borrar todo y comenzar de nuevo. Tal vez ya lo comencé de nuevo, le cambié algo que no me gustaba, tal vez es un texto muy distinto del que quería escribir. Tal vez.

Si escribo todo esto es porque la música poco a poco ha dejado de tener creyentes y ahora solamente tiene espectadores, escuchas que la toman del lado más funcional posible, y esto también se refleja en quienes la producen. La música es tan orgánica que se adapta a los cambios del gusto, pero el gusto ahora parece ser solamente un producto plastificado, ready-made, con fecha de caducidad, que se expende para crear mercados nuevos entorno a figuras y no a la música; y de esto hay en todos los géneros. Así mismo, no es que todos deban gustar de lo mismo, pero todos deberíamos aprender a apreciar la belleza de la música, independiente de un factor de segregación como es el género, por poner un ejemplo, pues la música es una ideología incluyente.

Partitura - Imagen pública
Partitura – Imagen pública

Yo creo en la música, y creo en que quienes escuchan música, la música que sea, sabrán apreciarla en todas sus gamas. Se tiene derecho de no ser partidario de un tipo de música, pero no de descalificarla por ello. Creo en la música, porque al final, más allá de las imágenes o las letras, es la única que no necesita traducción para ser sentida.