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El lugar menos libre en Estados Unidos

por Greg Lukianoff

Traducción de E. J. Valdés

El siguiente apunte sirve como complemento a la opinión de Greg Lukianoff que traduje antes para este espacio: ¿La libre expresión te ofende? Al igual que aquel comentario, el presente se grabó como un vídeo para el canal de YouTube de Prager University y aborda la complicada situación que vive la libertad de expresión en las instituciones de educación superior de los Estados Unidos; un fenómeno que se nos puede antojar ajeno, insignificante, quizá hasta bobo, pero que tiene una enorme posibilidad de atravesar la frontera e impregnar nuestras universidades. La desmedida corrección política que impera sobre todo entre los jóvenes es alarmante, pues si hemos de creer y aceptar que la pluralidad es el camino a la grandeza (E PLURIBUS MAXIMUS), el obligar a las masas a adoptar pensamientos y actitudes basadas en no herir la susceptibilidad de los otros es la ruta equivocada.

El enlace al vídeo original en inglés está al final del texto.

¿Cuán importante es la libre expresión en un campus universitario? Esto es lo que la Suprema Corte dijo en 1957 en el notorio caso de Sweezy contra New Hampshire: “Docentes y alumnos siempre deben tener la libertad de indagar… de lo contrario, nuestra civilización se estancará y morirá”. Palabras emotivas y acertadas. Es por esto que lo que sucede en colegios y universidades estadounidenses resulta tan perturbador. Un estudio llevado a cabo por la Asociación de Colegios y Universidades Americanos[1] en 2010 reveló que solamente 30 % de los graduados concordaban con la pregunta “¿es seguro tener opiniones impopulares en este campus?”. Peor aún: el estudio halló que la confianza que los alumnos sienten al tener opiniones impopulares disminuye del primer al último año. ¿Cómo es posible que en una universidad, un lugar en donde la expresión debería ser libre, los jóvenes tengan miedo de albergar —ya no se diga expresar— opiniones impopulares? El motivo es que durante décadas las universidades han transmitido un mensaje claro a sus estudiantes: expresen opiniones disidentes, violen la corrección política o incluso critiquen a la administración bajo su propio riesgo. Después de trabajar durante doce años en la Fundación para los Derechos Individuales en la Educación[2], he visto cientos de ejemplos de alumnos en riesgo. He aquí sólo algunos.

Students in front of the mail library on the campus of Northwester University in Chicago, Ill., Aug 1,1947. (AP Photo/Edward Kitch)

En la Universidad de Purdue, un campus de la Universidad de Indiana, en Indianápolis, un alumno y empleado fue hallado culpable de “acoso racial” por leer en público un libro que a algunos de sus compañeros les pareció ofensivo. El libro era Notre Dame vs. The Klan[3] y estaba disponible en la biblioteca de la escuela. Éste relata y celebra la derrota del Ku Klux Klan cuando sus miembros marcharon dentro de la Universidad de Notre Dame en 1924. ¿Qué le pareció ofensivo a la universidad? La imagen en la cubierta.

En la Universidad de Delaware, los alumnos fueron sometidos a “reeducación ideológica” como parte del programa de orientación de la escuela. El programa era descrito como “tratamiento” para estudiantes con actitudes y creencias incorrectas. Se les enseñó a adoptar puntos de vista aprobados por la universidad en cuanto a política, raza, sexualidad, sociología, filosofía moral y medio ambiente. También se les requería asistir a entrevistas con sus asistentes residentes en las que los obligaban a responder preguntas personales, intrusivas, minuciosas e irrelevantes como: “¿cuándo descubriste tu identidad sexual?”

Y cada vez un mayor número de escuelas intentan alejar a los alumnos religiosos de sus campus. La Universidad de Vanderbilt, por ejemplo, ha promulgado una política que prohíbe a los grupos estudiantiles religiosos elegir miembros y líderes basándose en su fe. Como resultado, catorce grupos cristianos fueron desconocidos por la universidad.

Luego están los “códigos de lenguaje” en la mayoría de los colegios y universidades de Estados Unidos. ¿Qué es un código de lenguaje? Es una regulación o política de la universidad que limita o prohíbe la expresión escrita o verbal que protege la primera enmienda. Estos códigos se aplican con una deslumbrante doble moral contra lenguaje religioso, conservador o políticamente incorrecto, o sencillamente contra el lenguaje que a la administración le resulte desagradable. En otras palabras, hay cosas que puedes decir o escribir con toda libertad fuera del campus pero que pueden traerte severos problemas si las dices o escribes en él. Estos códigos incluyen políticas que prohíben expresiones que los administradores encuentran injuriosas u ofensivas. Un código absurdo que apareció en múltiples universidades prohibía la “risa dirigida inadecuadamente”, y de un modo orwelliano algunas escuelas limitan la libre expresión a diminutas secciones denominadas “zonas de libre expresión”. Hace poco, en la Universidad de Arkansas Central, un alumno era sometido a acción disciplinaria si decía o hacía algo que le resultara molesto a otro alumno. En el estudio más amplio conducido hasta ahora respecto a los códigos de lenguaje en los campus, FIRE halló que el 62 % de los colegios más prestigiados del país tienen severas restricciones contra la expresión verbal o escrita, lo cual viola las garantías de la primera enmienda. ¿Cuáles son las consecuencias de toda esta censura? Las explico a detalle en mi libro Unlearning Liberty: Campus Censorship and the End of American Debate, pero para nuestros fines me enfocaré solamente en tres de ellas:

Greg Lukianoff - Imagen pública
Greg Lukianoff – Imagen pública

La primera es que la censura en los campus enseña a los alumnos que tienen derecho a no sentirse ofendidos. El momento en el que la sociedad declara que la gente tiene derecho a no sentirse ofendida es el momento en el que anuncia el fin de la libre expresión.

La segunda es que la censura en los campus inculca a los alumnos hábitos intelectuales pobres. Les enseña a no pensar críticamente so riesgo de llegar a una conclusión o a la expresión de un pensamiento que pueda ofender a alguien. Peor aún: a los alumnos se les enseña a ignorar el principio de que la gente educada debe buscar de manera activa a otros individuos inteligentes con cuyas ideas no concuerda para el debate y la discusión.

Y la tercera es que enseña a los alumnos que tienen menos derechos de los que poseen en realidad, que deben someterse a una autoridad arbitraria. Una generación de estudiantes que no conoce sus derechos y que cree que debe tener permiso para expresar lo que hay en su mente no piensa como parte de un pueblo libre, y eso es una amenaza a la sociedad libre.

Los derechos incluidos en la primera enmienda moldean a la sociedad estadounidense. Fomentan el pluralismo religioso y cultural, promueven la innovación escolar y científica y aseguran una notable prosperidad. Pero las universidades de hoy, con su censura, sus códigos de lenguaje y su corrección política, están poniendo en riesgo el futuro de este experimento único. Esto es justo lo contrario de lo que la educación superior estadounidense debería hacer.

Video original:

https://www.youtube.com/watch?v=dJaM8IOev7E&list=WL&index=15

[1] Association of American Colleges and Universities (N del T).

[2] Foundation for Individual Rights in Education (FIRE, por sus siglas) (N del T).

[3]Notre Dame vs. The Klan: How the fighting Irish defeated the Klu Klux Klan.De Todd Tucker. Este libro relata un conflicto violento entre miembros del KKK y alumnos de la Universidad de Notre Dame en mayo de 1924, y cómo este hecho fue crucial para la caída del grupo supremacista (N del T).

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Rondalles Mallorquines No. 1: LOS TRES HERMANOS PEREZOSOS

por Antoni Maria Alcover I Sureda

Traducción de María Mañogil

Las rondallas son una pieza importante en la literatura balear, ya que nos abre las puertas, de generación en generación, al fantástico mundo de la superposición de leyendas, cuentos, chismes y demás invenciones populares y la más aplastante realidad, donde no se diferencia la linea en la que acaba la ficción y empiezan los hechos verídicos, entremezclados y transmitidos de boca en boca por la gente humilde de los pueblos de Mallorca, aunque el origen de ninguno de estos relatos se puede situar en un lugar determinado, ni siquiera en un tiempo concreto de nuestra historia.

Si bien el autor quiso recopilar estas rondallas añadiendo en cada una de ellas el nombre de quien se lo contó, en verdad pertenecen a todo un conjunto de voces rurales que, con toda seguridad, modificaron o exageraron su contenido original, transformándolas así en eternamente anónimas y patrimonio y riqueza de todos los que nacimos en esta cálida isla del archipiélago balear.

Con mucho gusto iré traduciendo una de ellas cada quincena, para que todos podáis conocer un poco más de nuestra cultura y de nuestra literatura.

Rondalles mallorquines
Rondalles mallorquines

LOS TRES HERMANOS PEREZOSOS

Había una vez un padre que tenía tres hijos. Cierto día cayó enfermo, y estando en su lecho de muerte llamó a un notario para hacer el testamento.

Compareció el notario y dijo:

-Veamos cómo queréis el testamento.

-Yo se lo diré- dijo el enfermo-. No tengo nada más que un asno y tres hijos, y quiero que el animalito sea para el más perezoso, porque tienes que creerme si te digo que lo son con ganas y quiero que se compruebe cuál de ellos lo es más.

Se murió aquel hombrecito, Dios lo haya perdonado, así como todos los difuntos, amén; pero ninguno de los tres hijos se molestó en aclarar lo del testamento.

Al saberlo el alcalde del pueblo, compareció ante ellos y les dijo:

-¿Pero qué clase de burros sois? ¡Vuestro padre os hace herederos y tendréis tanta pachorra que no os preocupareis de ver qué es lo que os toca! Veamos el testamento qué dice.

No hubo más remedio que mostrárselo.

Cuando el alcalde acabó de leerlo exclamó:

-Sí que os conocía bien de cerca vuestro padre. Nada, tenemos que hacer las pruebas para ver quién es el más perezoso de los tres.

Se gira hacia el mayor y le suelta ésta:

-Veamos qué pruebas das tú de tu pereza. Se me hace que no estás demasiado apurado por darme muchas.

-¡Fu!- dice aquel-, ¿y ahora tengo que sacar cosas pasadas?

-Y deprisa- dice el alcalde-, si no quieres dormir en prisión esta noche.

Cuando escuchó algo de prisión, cambió de golpe y soltó ésta:

-Así pues, debe creer y pensar y pensar y creer, señor alcalde, que un día me cayó una brasa ardiendo dentro del zapato, y si no me la sacan, me habría quemado entero, de la pereza que me daba sacudírmela

-¡Bestia, más que bestia!- dijo el alcalde-. Tu suerte fue que yo no estuviese allí. De haber estado, no habría consentido que te sacasen la brasa, para ver hasta donde llegaba tu tozudez.

-¡Hala, tú!- le dice al segundo-, veamos qué proezas has hecho de vago.

-¿Y también me mandará a prisión, si no abro boca?

-Y deprisa- dijo el alcalde-. Y una vez en prisión, ni el demonio, que es demonio, te sacará. ¿Qué te has creído?

-Nada, pues- dice aquel-, diré algo. Dicho esto, señor alcalde, debe pensar y creer y creer y pensar que un día, por desgracia, me caí al mar, y enseguida me entró tal pereza que no tuve ganas de moverme ni de hacer nada para salir. Tuve suerte porque pasó una barca y los marineros me vieron y me sacaron del agua.

-Tu fortuna- dijo el alcalde- fue que yo no estuviera en esa barca, porque no habría consentido que te tocasen de haber reparado en que no estabas haciendo nada para salvarte.

– ¿Y qué quiere que le diga, señor alcalde?- dijo aquel.

-No importa que digas nada, no- dijo el alcalde-, para ver lo vago que eres.

Se gira hacia el último y le dice:

-¡Hala, tú! Veamos qué fantasías has hecho como perezoso. Veamos si aún resultará que lo eres más que los otros dos hermanos, y si te lo llevarás tú ,al asno.

-Señor alcalde- dijo el último-, métame en prisión, haga lo que quiera, pero yo me aflojo del asno para no tener que hablar.

En ese momento el alcalde exclamó:

-No hay duda. Tú eres el más perezoso. Toma el asno.

Y si no están muertos es que siguen vivos, y si no están vivos es que ya han muerto, y en el cielo nos veremos todos juntos.

ANTONI MARIA ALCOVER I SUREDA
ANTONI MARIA ALCOVER I SUREDA

Nota sobre el autor

ANTONI MARIA ALCOVER I SUREDA

Nació el 2 de febrero de 1862 en Manacor (Mallorca), en una familia rural, de costumbres tradicionales y religiosas. En su adolescencia se trasladó a Palma para realizar sus estudios en el Seminario, donde fue nombrado Catedrático de Historia Eclesiástica, y más tarde, ya licenciado en Teología, Vicario General y Canónigo. Muy dotado para la escritura, se relacionó con personas muy importantes de su época en el mundo de las letras.

Cabe decir sobre él que fue reconocido como uno de los mejores investigadores sobre la filología románica en Europa y que, junto a Francesc de Borja Moll, creó el diccionario Català-valencià-balear, una obra única en la que se recoge el léxico de las tres lenguas. Para publicar la recopilación de rondallas, llamada L’Aplec de Rondalles Mallorquines, en 1886 y que consta de más de cuatrocientas historias, utilizó el seudónimo de Jordi des Racó.

Falleció en 1932 en Palma, dejándonos un inestimable legado literario.

My sweetest friend: el adiós de Trent a David

Trent Reznor es un artista muy menospreciado. No me mal interpreten: me queda claro que es bastante famoso y que Nine Inch Nails tiene una sólida base de fans alrededor del mundo. Sin embargo, siento que él no es una figura sobre la que se vierta una adoración incondicional como la que reciben otras luminarias del rock. Lo cual no es del todo malo, pues significa que la admiración que despierta es mucho más cruda; mucho más auténtica.

En 1994 alguien fotografió un graffiti perdido en algún lugar de los Estados Unidos que rezaba Trent Reznor is god, y pienso que muchos de los que tuvimos una copia de The Downward Spiral en aquella década apoyábamos la declaración. Es un creador tremendo. Durante su carrera ha trabajado con algunas de las más legendarias figuras de la industria: Dave Grohl, Marilyn Manson, Peter Murphy, Elton John, Atticus Ross y Scott Weiland son sólo algunos de los nombres con los que se le asocia. El hombre ha musicalizado lo mismo videojuegos que largometrajes, e incluso ganó un Academy Award por lo último. Sin duda, una de sus colaboraciones más interesantes fue con David Bowie; juntos hicieron la gira Outside entre 1995 y 1996, y en 1997 grabaron I’m Afraid of Americans para Earthlings, el álbum de Bowie. También hay por allí algunas interesantísimas entrevistas que dieron los dos a diversas televisoras. Era evidente la sincronía que alcanzaban en el plano artístico, y Reznor jamás ocultó la gran admiración que sentía por el camaleón británico.

David Bowie y Trent Reznor - Imagen pública
David Bowie y Trent Reznor – Imagen pública

Por eso, cuando me enteré que David Bowie había muerto, el primer sitio que consulté en todo el Internet fue el de Nine Inch Nails. Luego, su página en Facebook y, por último, Twitter. Pensé que, si alguien tenía algo que decir al respecto, ése sería Trent Reznor. Pero su primera declaración no llegaría sino más de quince días después: el 26 de enero Rolling Stone publicó en su portal una anécdota que Reznor compartió por teléfono a Patrick Doyle sobre la época en que trabajó con Bowie y cómo, gracias a su influencia, salió de una racha de depresión, alcohol y drogas que lo mantuvo lejos de los escenarios hasta que publicó The Fragile en 1999. Este testimonio formará parte de un número especial de la revista que rendirá tributo a David Bowie en febrero, y desde que supe que estaba allí afuera, al alcance de cualquier surfista de la red, supe que tenía que traducirlo y traerlo a este espacio. Así que aquí lo tienen. This one’s on me, como diría Trent.

Trent Reznor recuerda cómo David Bowie le ayudó a alcanzar la sobriedad

Para mí, todo álbum de Bowie tiene su propia colección de recuerdos. Allá por el apogeo de los discos, acudía a casa de mi amigo para escuchar su colección de álbumes en su sótano. Scary Monsters fue el primero con el que me sentí identificado. Entonces fui un poco más atrás y descubrí la Trilogía de Berlín, que fue un gran impacto. A principios de los 90, cuando me encontraba en el escenario frente al público, entraba en un estado de completa obsesión con Bowie. Leí todas las migas que dejaba en el camino —las pistas en sus letras, que se revelaban con el tiempo, las fotografías crípticas, los artículos en revistas— y creé y proyecté lo que él significaba para mí. Su música en verdad me ayudó a identificarme y descubrir quién era en realidad. Él fue una tremenda inspiración en términos de lo que era posible, de lo que el rol de un artista podía ser, de que no hay reglas.

Entonces, a mediados de los 90, él se acercó a mí y me dijo: “Trabajemos y hagamos una gira juntos”. Es difícil expresar cuán surreal y valiosa fue la experiencia de la gira Outside: conocer al hombre en persona y descubrir, para deleite mío, que sobrepasaba cualquier expectativa que pudiera haber tenido. El hecho de que fuera este personaje grácil, carismático, feliz y temerario se convirtió en un nuevo foco de inspiración para mí.

En uno de nuestros primeros encuentros, durante los ensayos, hablábamos sobre cómo iría la gira. Me enfrenté a un extraño predicamento: en ese momento habíamos vendido más boletos juntos de los que él vendió por su cuenta en Norteamérica. Y no había manera sobre la Tierra en que David Bowie abriera los conciertos para mí. Incluso encima de eso, dijo: “Sabes, no voy a tocar lo que todo mundo espera que toque. Recién terminé un nuevo y extraño álbum. Y tocaremos algunos fragmentos selectos de cosas del estilo de la Trilogía de Berlín y del nuevo disco. No es lo que la gente querrá escuchar, pero es lo que yo necesito hacer. Y ustedes, muchachos, nos van a asombrar cada noche”. Recuerdo haber pensado: “Vaya, estoy atestiguando de primera mano la intrepidez de la que he leído”.

Encontramos una manera de dar sentido al show, una en la que todo se sentía como una experiencia única. Tocábamos por nuestra cuenta, y luego David se nos uniría e interpretaría “Subterraneans” con nosotros. Luego saldría su banda y tocaríamos todos juntos, y más tarde mi banda se retiraría. Uno de los más grandes momentos de mi vida fue estar en el escenario junto a David Bowie mientras él cantaba “Hurt” conmigo. Estaba fuera de mí mismo, pensando: “estoy compartiendo el escenario con la mayor influencia que haya tenido, y está interpretando una canción que escribí en mi habitación”. Fue un momento sencillamente asombroso.

La reacción a él fue templada a lo sumo. En un concierto de rock llevado a cabo durante el verano, en un anfiteatro a puerta abierta, la gente con treinta y dos onzas de cerveza encima seguro que hubiese preferido escuchar “Changes” antes que una instalación artística en el escenario. Él hacía lo que quería. Eso causaba una impresión. Y pienso en ello cada vez que voy a pedirles su atención o su dinero de alguna manera.

David Bowie y Trent Reznor - Imagen pública
David Bowie y Trent Reznor – Imagen pública

En esa gira, para ser honesto, yo era un desastre. Aquel fue el pico de la recién hallada nave hacia la fama de Nine Inch Nails. Distorsionó mi personalidad y fue abrumador: lidiar con todo mundo tratándote diferente, pasar de no poder pagar la cuenta del gas a presentarte en arenas llenas de personas que creen que te conocen. La línea entre el tipo en el escenario y el que solías ser comienza a hacerse borrosa. Mi manera de enfrentar la vida era entumecerme con alcohol y drogas, pues ello me hacía sentir mejor y más equipado para lidiar con todo. Mi carrera iba en ascenso, pero el andamio que me sostenía como persona empezaba a colapsar. No estaba del todo consciente de lo mal que las cosas se ponían, pero sabía, en mi corazón, que me hallaba en un camino insostenible, imprudente y autodestructivo.

Cuando conocí a David, él ya había pasado por eso. Y estaba contento. Estaba en paz consigo mismo, con una esposa increíble, claramente enamorado. Hubo ocasiones en las que los dos estuvimos a solas y me dijo algunas cosas que no eran regaños, sino pedazos de sabiduría que se adhirieron a mí: “Sabes, hay un mejor camino hasta aquí, y no tiene que terminar en la desesperanza o la muerte, en el fondo”.

Un año después, toqué fondo. Una vez que me desintoxiqué, sentía una tremenda vergüenza por mis acciones, por la oportunidades que perdí y por el daño que ocasioné en el pasado. Y pensé en aquel tiempo que pasamos juntos e imaginé cómo hubiera sido de haberme encontrado al cien porciento. El video de “I’m Afraid of Americans” encaja en esa categoría de mis peores momentos —fuera de mí y apenado de quién era entonces—. Así que, cuando lo veo, tengo sentimientos encontrados: gratitud por haberme involucrado, halagado por ser parte de ello, pero repugnado de mí mismo, de la persona que era, y deseando haber estado entero. Y eso me fastidiaba.

Unos años después, Bowie vino a Los Ángeles. Yo llevaba sobrio un buen rato. Quería agradecerle la manera en que me había ayudado. Y a regañadientes fui tras los bastidores, sintiéndome extraño y avergonzado, como: “Eh, soy aquel tipo que vomitó en el tapete”. Y, una vez más, fui recibido con calidez, gracia y amor. Y comencé: “Eh, escucha, he estado limpio por…” Creo que ni siquiera terminé el enunciado; recibí un gran abrazo. “Lo sabía. Sabía que lo harías. Sabía que saldrías de ello”. Siento calosfríos nada más pensar en eso ahora. Fue otro momento muy importante en mi vida.

No creí que hubiésemos llegado al final. Se siente como la pérdida de un mentor, una figura paterna, alguien que cuidaba de ti, que te recordaba que, en un mundo donde la barra parece estar cada vez más abajo, donde la estupidez ha echado raíces, hay espacio para la excelencia y la visión intransigente.

Michael le dijo a Donald

Traducción de E. J. Valdés

El pasado 16 de diciembre, como un acto de protesta contra la cada vez más probable candidatura de Donald Trump hacia la presidencia de los Estados Unidos, el cineasta y activista Michael Moore fue a plantarse fuera de Trump Tower, en Nueva York, con una pancarta que rezaba “we are all muslim”. Según explicó, con este acto buscaba expresar su rechazo hacia el discurso racista y de odio que el magnate ha cultivado en aras de incrementar su popularidad, particularmente contra los musulmanes y los latinoamericanos. Moore estuvo parado allí, con su anuncio, hasta que se presentó la policía y le pidió retirarse. Más tarde hizo pública a través de Facebook una carta dirigida a Trump, la cual me tomo el atrevimiento de traducir al castellano para todos los lectores del ciberespacio.

Michael Moore - Imagen pública
Michael Moore – Imagen pública

Querido Donald Trump:

Quizá recuerdes (seguro que sí, después de todo, posees una “memoria perfecta”) que nos conocimos en noviembre de 1998 en el cuarto verde de un programa de entrevistas en el que los dos íbamos a aparecer una tarde. Pero justo antes de salir fui retenido por una productora del programa quien dijo que tú estabas “nervioso” de estar en el set conmigo. Dijo que no deseabas ser “hecho trizas” y que querías estar seguro de que “no iría a por ti”.

“¿Acaso piensa que lo voy a taclear y estrangular?”, pregunté, desconcertado.

“No”, respondió la productora, “solamente parece estar ansioso a causa tuya”.

“Eh, nunca he conocido al tipo. No hay motivo para que esté asustado”, dije. “Realmente no sé mucho acerca de él más allá de que parece gustarle poner su nombre en cosas. Hablaré con él si así lo desean”.

Y, como recordarás, lo hice. Subí y me presenté contigo. “La productora dice que te preocupa que pueda decirte o hacerte algo durante el programa. Eh, no te ofendas, pero apenas sé quién eres. Soy de Michigan. Por favor no te preocupes; ¡nos llevaremos bien!”.
Parecías aliviado. Luego te acercaste y me dijiste: “es sólo que no quiero problemas allá afuera y quería asegurarme que, tú sabes, nos lleváramos bien. Que no fueras a meterte conmigo por algo ridículo”.

“¿Meterme contigo?”, pensé. “¿Dónde estamos, en el tercer grado?”. Me llamó la atención que tú, un autoproclamado tipo duro de Queens, parecieras un gato asustado.

Salimos a hacer el show. Nada adverso sucedió entre nosotros. No te jalé el cabello ni pegué goma de mascar en tu asiento. “Vaya cobarde”, es todo lo que recuerdo haber pensado cuando dejé el set.

Y ahora henos aquí, en 2015, y tú, como tantos blancos molestos, estás asustado de un espanto decidido a atraparte. Ese espanto, en tu mente, son los musulmanes. No solamente lo que han matado, sino todos los musulmanes.

Por fortuna, Donald, tú y tus simpatizantes no reflejan a los Estados Unidos como son hoy día. No somos un país de blancos molestos. He aquí una estadística que hará que el cabello te dé vueltas: 81 % del electorado que votará por el próximo presidente consta de mujeres, personas de color y jóvenes de entre 18 y 35 años de edad. En otras palabras: ni de ti ni de las personas que quieren que dirijas su país.

Así que, presa de la locura y la desesperación, pides que se prohíba a todo musulmán la entrada a este país. Fui criado para creer que todos somos el hermano o hermana de los demás sin importar su raza, credo o color. Eso significa que si quieres prohibir a los musulmanes primero tendrás que prohibirme a mí. Y a todos los demás.

Todos somos musulmanes.

Lo mismo que todos somos mexicanos, somos católicos, judíos, blancos, negros y todos los colores en el medio. Somos hijos de Dios (o de la naturaleza o de lo que sea que creas), parte de la familia humana, y nada que puedas decir o hacer cambiará ese hecho. Si no te gusta vivir bajo estas reglas te convendría retirarte a tomar un descanso a cualquiera de tus torres, tomar asiento y pensar en lo que has dicho.

Y déjanos tranquilos a los demás para que podamos elegir a un verdadero presidente que sea tan fuerte como compasivo —al menos lo suficiente como para no intimidarse por un tipo de Michigan sentado junto a él en un programa de entrevistas. No eres tan duro, Donny, y me da gusto haber visto al verdadero tú, de cerca y en persona, hace tantos años.

Todos somos musulmanes. Acéptalo.

Los mejores deseos,
Michael Moore

Lee el texto original aquí