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Muerte por pensamiento

Día de muertos
Día de muertos

por Enid Carrillo

Cuando te dicen que alguien muere, el mundo no se acaba. Al contrario, comienza. De una forma angustiante e inevitable, un nuevo mundo comienza cuando alguien muere. Se nos viene encima una vorágine de pensamientos para reflexionar en torno al sentido de la vida, a lo que hay después, a lo que sigue, a lo que nos encaminamos sin remedio y sin pausa: la muerte.

Hay tantas maneras de morir como maneras de vivir. Muchas veces creemos que la propia vida, con todo lo que eso significa es lo que le da sentido a la existencia. Si lo pensamos bien, si nos detenemos un poco, si miramos más de cerca, sabremos que ese es el papel de la muerte. Porque ella es permanente, la vida se acaba, pasa, muere. Nos acabamos, desaparecemos, nos hacemos polvo. Pero la muerte se quedará para siempre.

Ha estado aquí desde el principio, mucho antes que nosotros y nos confronta con nuestro miedo al infinito, a lo que no puede acabar porque no sabemos siquiera cuando comenzó. Y eso es para lo que estamos aquí, para desaparecer, frágiles y desnudos, destinados a la nada.

Si la vida no tuviera un final, entonces sí que nada tendría sentido. Es este límite de tiempo, este reloj de arena maldito, el que nos recuerda que hay que vivir, que hay que entregarse al dolor de respirar, de querer, de caminar, de pasar por la vida bajo el entendimiento de nuestra insignificancia. Sin querer más de lo que somos, sin apostar en nuestra contra.

¿Por qué nos lo tomamos tan en serio? Buscamos paliativos para defendernos de nuestra poca importancia, de la nimiedad de nuestro paso por el mundo, de lo pequeños que somos, de nuestro miedo a la extinción. Y queremos casas y coches y ropas y fotografías y fiestas y alcohol y sexo y comida. Tenemos enjaulada la conciencia, filosofando sobre nuestras decisiones, soplando más fuerte la arena de nuestro reloj maldito. Jugando a ser indestructibles. ¿Y si lo somos?

Muerte y tiempo
Muerte y tiempo

Y le hemos hecho a la muerte un ritual. La veneramos y nos reímos de ella, mientras podemos, mientras tenemos tiempo. Tantas veces respiramos que terminamos por acostumbrarnos a ello, por eso, cuando apenas el aire se nos va, nos sentimos tan frágiles, conscientes de que la muerte nos toca con una mano, en un suspiro, en una bocanada de aire en media carretera, en el fondo del mar, en un estornudo, en un orgasmo, en la tristeza contraída en el diafragma.

Somos humanos miedosos, temerosos de la ley de algún dios, o de las leyes de la física, o de la lógica, de la suerte, del azar. Tenemos miedo de la muerte y culpamos de todo eso a la vida.

¿Por qué?

Porque cuando alguien muere nos hacemos conscientes de nuestra finitud. Y sentimos ese dolor que nos rasguña por dentro, ese que no quisiéramos sentir cuando estamos al borde de la tierra sepultando a nuestras personas, preparándonos para el ritual de la muerte y los pies bajo tierra. Escuchando en el aire los murmullos de un adiós que durará para siempre, contemplando como la vida termina, como es que moriremos.

Y es un espejo que preferimos romper en pedazos, aun creyendo en la mala suerte. Aun creyendo en la mala vida.

Puedo estar equivocada. Y me gustaría. Pero mientras nos llega el momento, mientras nos espera el ritual del que no podremos escapar, mientras nos convertimos en el polvo que siempre fuimos, podemos reírnos de la muerte, tomarnos un tequila con ella, cantarle una canción, ofrecerle una luz, hacerle un camino de flores o escribirle un cuento, démosle sentido a este trance en el que nos toca respirar.

Y reír y cantar y escribir y llorar y creer y amar y doler porque un día, pronto, esto se va a terminar.

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El violinista

Violin - Imagen pública
Violín – Imagen pública

por María Mañogil

Parecía una de esas mañanas como cualquier otra, una de tantas de las que llevaba allí, en una ciudad que no era la mía, aunque en verdad no existe nada que yo considere mío. El simple hecho de haber nacido en un determinado lugar no convierte a ese lugar en propiedad de nadie… No me sentiría menos extranjera en ninguna parte del planeta en la que no haya nacido ni en la que no haya vivido nunca que en mi propia casa porque tampoco me siento parte de nada. Sólo soy alguien y al igual que el resto del mundo, alguien de paso.

El sentido de la propiedad nunca fue conmigo y de ahí debe nacer el desapego que parezco demostrar o que los demás creen haber visto en muchas de las cosas que hago (o que no hago). Yo entendí hace ya demasiado tiempo que todo cuanto creemos poseer no va a dejar de ser efímero por más que nos aferremos a ello y por mucho que hayamos pagado por obtenerlo. No me creo en posesión ni de la ropa que visto, ni tan siquiera del aire que respiro, ya que en cualquier momento dejaré de respirar.

Esa mañana me perdí para seguir religiosamente con el ritual de todas las otras mañanas anteriores y me quedé mirando las dos salidas de la estación de metro sin saber cuál de ellas debía tomar, mientras una procesión de personas desfilaba delante de mí, al son de la música de violín que se oye siempre y que quién sabe de dónde procede. Al fin y al cabo, esa música sólo forma parte del sonido que, junto con las voces de la gente, acompaña al escenario en el cual se desarrolla la función matutina del metro. Una función en la que todo el que pasa por allí participa.

Metro - Imagen pública
Metro – Imagen pública

Yo no actué esa mañana porque me perdí y gracias a eso tuve tiempo de ponerme el disfraz de mí misma, que es con el que me siento más cómoda y el perderme no fue más que un atajo que tomé en mi camino (al menos así lo sentí), porque decir “perdí el tiempo” no sería correcto para definir “ponerle cara” a una música que, de cualquier otro modo, hubiera permanecido en las sombras, oculta o desdibujada en medio de las demás sombras que a mí me resultan inertes, aún cuando no dejan de zarandearse de un lado a otro. Porque sí, la música tiene cara (yo la vi) y ni siquiera nos molestamos en mirarla. ¡Qué pena! Nos perdemos parte de su belleza por no querer perder tiempo, como si el tiempo fuese lo más valioso del mundo.

El tiempo no es nada comparado con lo que nos perdemos por no mirar.

Yo nunca he considerado haber perdido mi tiempo, más bien lo he aprovechado para hacer otras cosas que no son las habituales, pero que no por eso dejan de ser importantes, como asomarme a la ventana desde un noveno piso y observar a las personas que hay en la calle, imaginando sobre qué están conversando entre ellas, o como sentarme en el bordillo de una acera y observar a una hormiga cargando un trozo de pan dos veces más grande que su propio cuerpo. ¿Acaso es eso perder el tiempo y no lo es trabajar todos los días, incluidos domingos, festivos y vacaciones para poder ahorrar una cantidad de dinero que no vamos a poder gastar nunca porque no tenemos ni un día libre? Yo conozco algunas personas que lo hacen y me parecen patéticas cuando me dicen que pierdo mi tiempo porque algunos domingos me gusta dormir hasta la una del mediodía. Cada quien decide qué hacer con su tiempo, pero aunque me encanta observar el trabajo que hacen las hormigas, no quisiera parecerme a ellas, ni a las personas que se creen hormigas.

Metro - Imagen pública
Metro – Imagen pública

Observar también es dedicar el tiempo a aprender o desaprender un poco de los demás, sean humanos o no y fijarse en lo que nos rodea en vez de dejar que todo pase desapercibido me parece una buena forma de empezar a hacerlo.

“Mirar” y “escuchar” forman parte de eso que llamamos “perder el tiempo” cuando no hacemos lo que está escrito en ese misterioso e imaginario libro que damos por hecho que nos dice (como si lo hubiese escrito el más sabio de todos los sabios) lo que debemos hacer. Cuando no hacemos caso a ese maravilloso libro creemos que somos un desastre y nos sentimos mal porque no somos lo que los demás esperan que seamos, porque no aprovechamos nuestro tiempo en hacer cosas productivas y nos involucramos demasiado en algo tan insignificante como puede ser saber lo que hacen las hormigas en la calle o contemplar el vuelo de una mosca. Tan insignificante es cómo podríamos sentirnos si nos diéramos cuenta de que tampoco somos capaces de mirar a los ojos de quienes se cruzan en nuestro camino todos los días, por lo que no resulta tan raro que no sepamos buscar el origen de un sonido, de una serie de notas, de una melodía que suena de fondo o que nos acompaña a lo largo de nuestro paso por la vida.

Que pequeñitos somos al lado de las hormigas, comunicándose entre ellas para explicar el lugar exacto donde han encontrado comida, colaborando unas con las otras mientras los humanos necesitamos millones de palabras (escritas o habladas) para entendernos y ni aún así somos capaces de entender a los que hablan nuestro mismo idioma, ni mucho menos de mirar a la persona que pasa por nuestro lado, o de sonreírle.

Sí, en definitiva me gusta ocupar mi tiempo en mirar, en escuchar lo que a nadie parece importarle y en buscar algo donde, aparentemente, no hay nada.

Violinista - Imagen pública
Violinista – Imagen pública

Yo no busqué nada esa mañana; lo encontré mientras estaba perdida. Encontré la cara de la música que sonaba y me quedé viéndola porque me pareció injusto sólo escucharla. Me acerqué a ella, le miré a los ojos y le hablé ¿por qué nadie más lo hizo?, ¿por qué nadie más se detuvo frente a ella, le sonrió y le preguntó por el tema que estaba tocando con su violín? Quizás a nadie más que a mí le importó en ese momento una cara en una estación de metro. Al fin y al cabo no son muchas las personas que por las mañanas dedican un minuto a mirar otra cara que no sea la suya frente al espejo mientras se peinan. Será que yo no me peiné esa mañana y el primer rostro que observé con detenimiento ese día fue el de aquel hombre sentado en una silla plegable, tocando su violín, regalando a cada uno de los que pasábamos por su lado un poco de su tiempo, el mismo tiempo que pasa para todos, pero que mientras para unos es precioso, otros se encargan de hacerlo precioso para el resto del mundo. Y el mundo sigue caminando sin percatarse de nada, envuelto en prisas y volviéndose mudo a cada paso, ciego dos pasos más allá del espejo y sordo al traspasar la puerta de cada estación, donde ya el sonido de violines, acordeones, guitarras o demás instrumentos musicales que se esconden debajo de las aceras de la ciudad, deja de existir.

Yo me perdí esa mañana y volveré a perderme todas las demás mañanas en las que pase por allí, por esa zona oscura donde la música tiene rostro, donde la música te escucha y te contesta siempre que decidas tener tiempo para quedarte de pie frente a ella, sonreírle y darle las gracias por su compañía. Después de todo, yo no conseguí ver a nadie más en el metro; como el resto de los que viajan en él por las mañanas, me quedo sola nada más entrar en el vagón, aunque esté rodeada de gente y lo único que de verdad escucho es el sonido de fondo que me acompaña durante todo el viaje: el roce de un arco sobre las cuerdas de un violín.

Somethingness

Ser alguien
Ser alguien

por José Luis Dávila

Las personas se preocupan demasiado por ser algo en la vida. Mi generación no está exenta de eso. Aún en esta época hay quienes desarrollan su seguridad a través de encontrar grandes cosas en la vida que resulta que son realmente pequeñas comparadas con lo que debería importar. No digo que no sea necesario, por ejemplo, conseguir un trabajo que provea del dinero suficiente para sobrellevar la existencia dentro del modelo económico que tenemos, pero ¿acaso no es clave la palabra ‘suficiente’? Hay veces que si ganas un montón de dinero, desperdicias un montón de vida. Esa inversión resulta bastante funcional para muchos, y debería funcionar para mí, por lo que algunas personas que me rodean me han dicho, sin embargo, no me sentiría cómodo.

Recién cumplí un año más. Hace tiempo que extrañaba cumplir años. Resulta que es algo que se puede hacer, incluso con la cantidad enorme de inconvenientes producto de la era que enfrentamos, tan llena de cosas que hacen que el tiempo empiece a devaluarse en cuanto a paso de crecimiento, pero gane terreno en la idea de pérdida. Eso de cumplir años para demasiados es escabroso porque se hacen viejos, porque se les van entre las manos las oportunidades de hacer algo con su vida, de ser, como inicié diciendo, algo en la vida. Yo creo, por el contrario, que cumplir años, envejecer, si bien conduce a un inevitable final como es la muerte –el cual, personalmente, detesto tener que admitir como natural. Qué no daría por poder vivir en la eternidad, si quieren en el olvido que ello implicaría, pero con la curiosidad siempre viva por saber más de todo lo que existe en mi entorno–, también da paso a enorme cantidad de crear oportunidades para uno mismo y para todos los que estén dispuestos a participar en ellas.

Somethingness
Somethingness

Si lo piensan un poco, aquellos que diferencian ser algo con ser alguien, están igual de equivocados, porque, vamos, de todos modos se está tratando al sujeto como un objeto que necesita completar una serie de requerimientos para poder ser. Lo patético es que son ellos mismos quienes se lo imponen. Esos estándares tan brumosos sobre quién es algo o alguien en la vida no caben en mi forma de concebir el mundo: para mí, yo no necesito ser algo o alguien, simplemente dejo ser y me dejo ser. Como sea que sea, como sean todos. No espero que alguien más pueda pensar de esta manera, porque entonces faltaría a mi propio principio, y si hay algo con lo que se debe ser fiel es con los propios principios.

Tal vez, como se da por proclamar, el futuro es incierto. Tal vez, lo que ahora pienso pueda ser considerado un destello de imbecilidad, de estar fuera de la norma a la que todos terminan obedeciendo. Pero yo creo que no. Creo que soy lo suficientemente viejo como para ser coherente con lo que pienso y lo que hago. Como en el ejemplo del comienzo, se debe tener un trabajo, por supuesto, pero tal vez se puede encontrar uno que se disfrute y permita hacer lo que se quiera hacer. Puede que no vaya a ser el trabajo mejor pagado, pero será un trabajo suficiente que deje ser lo que uno es, sin exigir ser algo o alguien más. Es nada más una forma de ver las cosas, una perspectiva errónea, quizá, pero mucho más alentadora que la mayoría con las que se cuenta en estos días.

Soundtrack

Piano - Imagen pública
Piano – Imagen pública

por José Luis Dávila

Me gusta ser de esas personas que aprecian el silencio en la música, su función, el sentido que le da a toda composición un instante entre notas, entre movimientos, porque la duración de una pieza es el tiempo que transcurre mientras se toca hasta que se escucha: lo que sucede en ese intervalo es la apreciación, la contemplación estética. No nos damos cuenta porque muchas veces estamos tan encandilados de los sonidos que no entendemos que tales no existirían sin el ritmo que proviene de los espacios en blanco dentro del sonido mismo.

Pensar en todo esto es pensar obligadamente en John Cage y su 4”33, que no es otra cosa que la interpretación pura de la música; la música está ahí, donde el silencio se eleva para crear sensaciones en el acto de escuchar, entendiendo que ese mismo silencio es uno de los fragmentos más bellos que se pueden crear, porque sí, el silencio se crea, sobre todo en estos días que hay tanto ruido. Pero si Cage lo propone como una creación indirecta de la mirada –si vemos cómo se interpreta, no necesitamos escucharlo porque ya estamos escuchándolo al verlo ser interpretado–, en lo personal prefiero pensar que mirar no es necesario para nada, al menos con respecto a la música. Es decir, las imágenes que somos ya están en nosotros, basta con cerrar los ojos para percibir que siempre, en cada momento, se está interpretando ese silencio, y somos capaces de escucharlo.

4"33 - Imagen pública
4″33 – Imagen pública

A muchos he visto que les gustaría tener un soundtrack de su vida, una canción que suene en el momento exacto en que cobre sentido dentro de su narrativa cotidiana, y, vaya, ¡quién no quisiera algo así! Lamentablemente no podemos ir al cuarto de edición y agregar a los fotogramas que vivimos esas piezas que darían mayor fuerza a cada instante, sin embargo, lo que sí, lo que somos capaces de hacer, es entender a nuestra vida desde su música propia; al tiempo que atravesamos todo el barullo de la calle, podemos apreciar en sus silencios la forma que va tomando.

Acaso dirán que para eso existen los reproductores portátiles de música (en cualquiera de sus presentaciones), pero éstos cumplen con la función de envolver al escucha en el sonido de otros, abstrayéndolo al punto en que, como decía, ya no es capaz de experienciar al silencio como elemento fundamental para la música, sino como un vacío que da horror cuando se está frente a él.

Pentagrama - Imagen pública
Pentagrama – Imagen pública

En todo caso, esa es la gran ventaja del silencio: es un vacío que podemos intentar llenar, pero hay que saber hacerlo; no se puede solamente atestarlo, verter en él lo que se nos ocurra sólo porque sí, porque no nos gusten esos espacios que quedan, ya que las más de las veces son esos espacios restantes, donde nada aparente está, en los que nace todo.

Nothing but time

Palabras y tiempo - Imagen pública
Palabras y tiempo – Imagen pública

por José Luis Dávila

Jugaba con un encendedor mientras pensaba en lo que escribiría para esta semana, pero no apareció ningún tema milagroso que me arrojara a idear todas las líneas necesarias para ello. Es cosa difícil aceptar que a veces no se tiene lo necesario para escribir de forma disciplinada y cumplir con los tiempos requeridos de entrega. Sin embargo, cuando se tiene la suficiente sinceridad, aceptar las incapacidades no pesa tanto.

Lo de las incapacidades es bien relativo: todos estamos incapacitados, por elección o no, para algunas cosas. Yo, por ejemplo, soy incapaz de creer en el destino, y esa es una de mis laceraciones más graves a vista de muchos. Esta semana estaba con una amiga que me dijo que ella definitivamente consideraba al destino como parte de la vida, de su vida. La vida, quise decirle, no es creer en que las cosas se alinean a favor o en contra nuestra, sino alinearlas nosotros mismos en el presente. No hay nada más errado que hacer planes sobre el futuro, se pueden hacer “para” pero no “sobre”. La diferencia reside en que cuando se propone una cosa para el futuro está siendo asido al presente desde el cual se parte, y cuando se habla sobre el futuro, bueno, se está dando por sentado ese lugar temporal mas no el camino a recorrerse.

Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

Ese es otro problema que tengo, del que soy incapaz de despegarme. No sé, pero no me gusta considerar que las palabras se puedan malentender. Si hablo de incapacidades, seguramente habrá uno o dos que las confundan con discapacidades. Curioso porque hay que tener bien claro que las segundas remiten más bien a habilidades que parten de lo físico, mientras que las primeras parten de un factor mayormente relacionado a la psique. Habremos los incapaces de subirnos a los juegos mecánicos que implican alturas bastante grandes, y habrán los discapacitados para ello porque padecen enfermedades del corazón.

Estaba escuchando el último disco de Noah and the Whale mientras escribía todas estas cosas. Me detuve porque empezó la canción que más me gusta de esa placa. En ella hay unos versos que me resultan como una verdad pura:

And we used to dream of what was beyond these walls
And we used to pray that one day we’ll see them fall
And there’ll be nothing, nothing but time

Precisamente cosas así son las que me hacen no hablar sobre el futuro: en él no hay más que tiempo. Soy incapaz de entender cómo es que las personas logran hacerse ideales en vez de mantenerse en el margen de las ideas. Otra vez hay que diferenciar: las ideas producen desarrollos de sí mismas, incuban y progresan; los ideales son productos que se anuncian en infomerciales a las tres de la mañana. Cuando se derriban los muros que son los presentes de cada uno, queda entonces un campo minado abierto sobre el cual se debe construir más presentes, porque si no, en la cara nos explotaría el tiempo, dejándonos esparcidos por todas partes.

Tiempo - Imagen pública
Tiempo – Imagen pública

Yo creo que la mejor manera de construir esos presentes, o mínimo una de las mejores maneras, es con palabras adecuadas, a la medida de las circunstancias. Palabras que provean de lo necesario para afrontar cualquier cosa, porque una de las mayores incapacidades que sufrimos en estos días que corren es no tener las palabras suficientes ni precisas para explicarnos ante otros o expresar lo que queremos decir, como cuando se trata de escribir mientras se juega con un encendedor, esperando que un tema llegue, porque no se está seguro de lo que se quiere mostrar.