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Mi perdición

por Berenice Vázquez

Aquí es donde estoy ahora, entre las sombras, amándote a ciegas, tentándote en el vacío. No te veo pero puedo sentirte hasta que te esfumas de entre mis brazos.

Continúo entre la bruma esperándote, imaginando cuando será nuestro próximo encuentro, pensando en el perecedero tiempo que nos despoja la oportunidad de poder vernos entre las tinieblas y con ello la desgracia de hundirnos bajo el infierno.

Pero, al caer contigo, ¿podré soportar las llamas? ¿Sostendrás mis manos entre las intensas oleadas del ardiente fuego? ¿Te quedarías conmigo hasta ser juzgados? Si tú permanecieras aquí a mi lado, las sombras se desvanecerían y te convertirías en la luz de mi amanecer; sin embargo, no estás aquí; si te espero jamás saldré de las sombras.

Aún permanezco con vida, puedo apartarme de este abismo y encontrar la libertad; entonces, cuando regreses no hallarás más que tu soledad.

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Otro día solitario contigo a mi lado

por Jorge Hernández Reyna

Perdóname, mi amor, estoy en ese momento que el pasado empezó a rasgar mi futuro, donde mis logros y fracasos alcanzaron mi realidad.

Si tuviera la opción de matarla a ella o a ti, yo me mataría; estaría tan dispuesto a romper con la duda, pero no porque no te quiera, sino por el miedo a que dudes de mí, del amor que te tengo. No quiero que pienses todo lo que tengo que decir, todo lo que ya te dije, y lo que te estoy diciendo; ya no quiero, ni puedo, ocultar la verdad escrita en mi piel, la mentira cayendo por mis heridas profundas, no quiero morir ni que tu mueras con dudas de esto.

Café y cigarro - Imagen pública
Café y cigarro – Imagen pública

Ella logró perjudicarme nuevamente con un simple saludo, con su encanto sexual, con sus deseos de verter su piel blanca en mis manos, sus senos sobre mi pecho, su corazón en mi alma, pero no quiero lo viejo, estoy harto de tal; el inicio ya es aburrido: quiero hacer llorar, quiero tomar, fumar, tener sexo sin consideración a la persona con quien estoy; quiero que entiendas, mi amor, te tengo a ti, pero no te quiero irrespetar, a ti no. Quiero olvidar lo que pasó ayer. Después de todo, te amo y no quiero amarte para mañana, quiero amarte para esta noche, y después no volver a ver tu rostro, seguir siendo ese hombre solitario el cual tomará ese café, solo un día más, pero acompañado contigo mi amor.

Fin

Playa - Imagen Pública
Playa – Imagen Pública

Por María Mañogil

Estuve en la playa, me senté sobre la fría arena y recorrí con mis manos toda la superficie que fui capaz de alcanzar sin tener que arrastrar mi cuerpo por aquella capa suave y amarillenta que me quemaba hace seis meses; ahora se había convertido en una lápida semi rígida hecha de minúsculos cristales húmedos y cuna mortal de cualquier atrevido que osara dormir sobre ella, al caer la noche.

La brisa que se movía alrededor de ella ni siquiera fue capaz de levantar uno de aquellos cristales, al menos en el lugar que yo elegí y adopté como mi hogar por unas horas. No se atrevió.

A lo lejos vi a un perro correr mientras su amigo humano le lanzaba una pelota que se dirigía hacia mí, pero que segundos antes de llegar a rozarme se detuvo como si un simple objeto tuviera la capacidad de pensamiento para temer a una mujer que mas que jugando con la arena estaba muriendo sobre ella. Quizás el objeto no me temía, sólo intentó respetar mi soledad en medio de aquel paisaje, como sacado del dibujo de un calendario representando al mes de enero en una ciudad de costa.

Cuando la pelota se detuvo a menos de un metro de mis pies, el perro que corría tras ella también lo hizo. El movimiento de su cola y la expresión de su mirada me aseguró que su actitud era amigable y aunque por un instante se relamió y giró  la cabeza buscando a su amigo, en un gesto de desconfianza, cuando tendí mi mano hacia a él para que la olisqueara se acercó de inmediato a saludarme y dejó que lo acariciara. Su amigo, desde lejos, lo llamó con un silbido y antes de recoger la pelota y salir corriendo hacia él, se quedó unos segundos mirándome y entendí que sus palabras, si hubiera podido pronunciarlas, habrían sido algo parecido a : lo siento, debo irme.

Playa - Imagen Pública
Playa – Imagen Pública

Pasé por mi cara la mano con la que acaricié la suya para que su olor impregnara la parte de mí que quedó vacía mientras lo vi alejarse y a continuación tomé con ella un puñado de arena y lo dejé caer sobre mis piernas. Sólo entonces me percaté de que estaban desnudas, al sentir el frío punzante de los pequeños cristales clavándose en mis rodillas. Repetí la operación tres o cuatro veces, hasta que mis pies quedaron enterrados y dejé de sentirlos helados.

Después me tumbé boca arriba y mientras contemplaba un cielo azul grisáceo seguí jugando con la arena, acariciándola, arrastrándola y derramándola sobre mis piernas. No sé en que momento me quedé dormida porque no recuerdo haber notado esa sensación tan agradable de cuando estoy en la cama y llega el momento en que la conciencia y el submundo de los sueños se mezclan y el mayor deseo que tengo es que ese momento no se acabe nunca. Es ese estado en el que no estoy ni dormida ni despierta, sino todo lo contrario. Es ese instante que dura tan poco, pero por el que pasan tantas imágenes a la vez que no puedo distinguir si son reales, imaginarias o simples fotografías tomadas desde un ángulo que no pertenece a este mundo, al menos al mundo que conocemos y desde el cual dibujamos, escribimos o  aprendemos.

Entiendo que en la mayoría de técnicas de estudio aconsejen estudiar por la noche, justo antes de dormir y no por la mañana antes del examen. No sé mucho sobre las fases del sueño, pero estoy segura que es en esa precisamente donde se esconden las respuestas a todas las preguntas del universo.

Deseé con todas mis fuerzas que me venciera el sueño para poder hacer ese breve viaje allí mismo, en aquella playa, y que aunque sólo fuese por un instante y las olvidara segundos después, encontrara las respuestas que necesitaba sobre todo lo que había vivido en el último año, en mi infancia o en la mitad de lo que se supone debería durar mi vida. Pero ese deseo no se cumplió porque seguí despierta, jugando con la arena que se humedecía cada vez más.

Playa - Imagen Pública
Playa – Imagen Pública

Me levanté de repente cuando las primeras gotas de lluvia me golpearon los párpados y busqué al perro con su pelota en un intento idiota de que volviera corriendo hacia mí para dejar que lo acariciara de nuevo, pero allí ya no había nadie. Estaba sola en aquella playa.

Era primeros de enero. ¿Qué clase de loco puede tumbarse sobre la arena de una playa en un día nublado pretendiendo dormir sin morirse de frío?

Volví a arrastrar mis manos por el suelo de mi improvisado lecho y las llené de aquella especie de barro e intenté volcarlo de nuevo sobre mis piernas, pero sólo conseguí mancharlas de un hilo de pasta de color negruzco y el resto que quedó pegado entre mis dedos lo deslicé por mi pelo, alborotándolo. Sólo entonces me di cuenta de que seguía intacto, que no se había movido con el viento, que no lo noté sobre mis ojos ni sobre mi boca a pesar de que lo llevaba suelto. Que había permanecido quieto todo el tiempo antes de que empezara a llover, no así como los demás días del año en que la más ligera brisa hace que mi cabello se convierta en una máscara que tengo que ir apartando para poder mostrar mi rostro ante los demás.

Ese día nada se movió a mi alrededor. Nada se atrevió a tocarme porque yo ya no existía para nadie. Quizás ni siquiera el humano que pasó por allí me vio.

Cuando minutos más tarde dejó de llover, la único que sentí mojado fueron mis pies; el resto de mi cuerpo y también mi vestido, arromangado hasta la cintura, permanecía seco. Incluso en mi pelo no quedaban restos de esa especie de barro. Excepto en el pequeño espacio que dormitaba húmedo debajo de mí, en el resto de la playa la arena seguía estando seca, con ese color amarillento y brillante, más propio de los meses de verano que de primeros de enero.

Me agaché para tocarla y sentí cada uno de los millones de los microscópicos cristales que la formaban.

La dejé caer, esta vez sobre el suelo y comencé a caminar. Sólo entonces pude ver unas huellas de perro que se volvían pequeñas a lo lejos cuando miraba hacia atrás. Las mías no estaban.

Bajo el hielo

Profunda soledad - Imagen Pública
Profunda soledad – Imagen Pública

por María Mañogil

La soledad es muy mala, sobre todo esa soledad que se nos pega al cuerpo en las noches de verano y que, al igual que el calor, sale hirviendo por cada poro de nuestra piel, quemándola y dejando una llaga sobre ella, cuyo escozor nos desvela y nos indica el camino de entrada a las peores pesadillas, esas que empiezan mucho antes de dormir.

Pero no hablo de esa soledad que le da nombre al placer de estar solo, me refiero a esa otra que es capaz de aniquilar en un segundo la tranquilidad del  momento que nos aparta del mundo exterior y que nos desconecta de todo, para acercarnos a la sensación pavorosa de sentirnos solos, completamente solos aunque tengamos a mil personas al lado.

A todos nos gusta estar solos en algún momento, es más, lo necesitamos. Podemos leer un libro o ver una película sin tener la obligación de ser educados, de responder a preguntas, de atender a nuestros semejantes. Estando solos nos convertimos en emisores y en receptores de nuestros pensamientos y no tenemos necesidad de dar explicaciones de ellos, ni siquiera cuando decidimos utilizar ese tiempo de soledad en perderlo. Estar solos es una forma de limpiarnos de los agentes externos que nos contaminan y quedarnos así, limpios por un rato, disfrutando de esa sensación de sumergirnos en nuestra bañera, imaginaria o no y chapotear en su interior, o quizás pisar descalzos uno de esos charcos enormes llenos de barro, dejarnos caer y revolcarnos en él, ensuciando lo que otros limpian de nosotros frotando, intentando despegar los restos de lo que en verdad somos.

Sentirse solo es muy diferente a estarlo. Es lo que nos conduce por caminos que ni hubiéramos imaginado que quisiéramos recorrer. Lo que nos lleva a hacer cosas que nos parecerían absurdas en otra situación, como contemplar ensimismados a los insectos que pasean por los rincones de nuestra casa. Es esa soledad la que nos incita a cometer locuras, o lo que es lo mismo, a materializar deseos, que en “estado normal” guardaríamos bajo llave por parecernos indecentes. O eso es lo que queremos creer porque creer otra cosa nos convertiría en monstruos.  No somos lo que queremos ser ni lo que aparentamos en sociedad; somos, entre otras cosas, lo que pensamos, sea bonito o feo. Somos lo que somos: ángeles o demonios, caballeros o monstruos, princesas o putas. Y si nos disfrazamos, es en esos momentos, en los que nos sentimos tan solos, cuando nos quitamos el disfraz. Más que quitarlo, nos lo arrancamos o nos lo dejamos arrancar por alguien, quizás por algún extraño.

Profunda soledad - Imagen Pública
Profunda soledad – Imagen Pública

Ese sentimiento de soledad, de sentirse desamparado, olvidado, ignorado o invisible, es el que nos abre o nos cierra las puertas a lo que queremos hacer, dependiendo de cómo hayamos grabado en nuestro cerebro esas lecciones de moral que tanto se empeñaron en enseñarnos. A veces por miedo a un castigo divino, a veces por rebeldía y por llevar la contraria, reprimimos nuestros instintos o nos dejamos llevar por ellos, eso sí, siempre amparándonos en que nos sentimos muy solos. Eso justifica cualquier pecado que cometamos o que pensemos

La soledad es muy mala para mí, sobre todo si es sábado por la noche y no tengo un euro en la cartera porque es final de mes. No es que el dinero aplaque esa soledad, pero ayuda, sobre todo porque me permite tomar un taxi y acortar la distancia desde mi casa hasta el garito al que decido ir para ser invitada a un vodka por algún idiota de esos que se apoyan en la barra y me miran el escote cuando me acerco, que me preguntan mi nombre y lo olvidan a los dos minutos porque ya llevan media botella de whisky.

Esos que no se dan ni cuenta que esa noche, al igual que las anteriores, a lo único que van a meter mano es al bolsillo del pantalón para sacar la cartera y subvencionar las copas de las mujeres que, como yo, no cobran su sueldo hasta dentro de una semana. De todas formas, con esa cantidad de alcohol en el cuerpo, sólo podrían aspirar, con suerte, a meter la llave en la cerradura de la puerta de su casa. Algunos ni eso.

Eran poco más de las doce cuando llegué al bar al que ya he ido otras noches acompañada por alguna amiga. Esa fue la primera vez que entré sola, pero no me importó, pensé que ya encontraría a alguien conocido que estuviera lo suficientemente sobrio para acompañarme a casa en su coche por la mañana. Las doce es una buena hora. Es la hora en que Cenicienta se despoja de su vestido de princesa y vuelve a cobrar la apariencia de mujer de barrio bajo, regresa a su casa, se pone el camisón y deja a su príncipe libre para que se apoye en la barra de cualquier bar y se emborrache mientras un grupo de chicas sedientas, que no se conocen entre sí, pero respetan su turno, le vacían la cartera.

Cuando el portero me abrió la puerta no miré hacia la barra. Llevaba media hora andando y aunque la temperatura había bajado en los últimos días y el calor no era tan sofocante como las noches anteriores, sentí el sudor resbalando por mi cuello e imaginé mi cara manchada de negro con chorreones de rímel y recordé que un amigo me había comparado con un mapache unos meses atrás, un día de esos en los que lloré por algo, cuando todavía existían cosas capaces de hacerme llorar, así que me dirigí al cuarto de baño para que el espejo me dijera si estaba en condiciones de mostrar mi cara al idiota que iba a pagar aquella noche mis copas.

Profunda soledad - Imagen Pública
Profunda soledad – Imagen Pública

Entré en el baño y saludé a tres chicas que se reían a carcajadas mientras una cuarta remojaba su melena en el lavabo. Ninguna respondió a mi saludo. Le di un par de golpecitos suaves en el hombro a una de ellas para pedirle que se apartara y me acerqué al espejo tanto como pude para comprobar que no había ningún resto de pintura negra alrededor de mis ojos.

Parece que el sudor no es tan poderoso como las lágrimas para hacer que el rostro de una mujer se convierta en cuestión de minutos en el de un animal salvaje.

Recordé el comentario de mi amigo cuando me llamó mapache y le odié por ello. Después lo olvidé por completo y no lo volví a recordar hasta que, a la mañana siguiente, limpié dos enormes manchas negras que rodeaban mis ojos, frente al espejo de un cuarto de baño que no era el mío. Pero eso fue horas más tarde.

Antes tuve que mirar a un lado y al otro en el bar y buscar a un compañero complaciente de esos de usar y tirar, de esos desechables, pero resistentes a la vez, como el papel de cocina que anuncian en televisión, que absorbe mucho y molesta poco en el cubo de la basura. Y sobre todo calladito, ya que no me apetecía estar escuchando toda la noche la historia del típico hombre casado que no se separa de su mujer por sus hijos adolescentes, que no aparecen por casa más que para pedir dinero y a los que les importa bien poco con que fulano se acuesta su madre o en que prostíbulo se desfoga papá.

Tampoco tenía ganas de aguantar el rollo estudiantil de segundo año de administración de empresas, ese que suelta el chico que se hace fotos con el móvil al lado de una mujer madura para enseñárselas a sus compañeros de clase mientras les presume el cuento de “mujer extenuada después de una noche loca conmigo”, versión manipulada de “eyaculó antes de que me quitara el sostén”.

No, no me apetecía que me contaran su vida (si hubiese querido mantener una conversación más o menos interesante habría esperado a la tarde del lunes porque a la biblioteca de mi barrio también acuden hombres), así que intenté acertar esta vez y le lancé una sonrisa al que le vi más cara de panoli y con la mirada perdida en la copa. Ni demasiado viejo ni demasiado joven. Ni guapo ni feo. Me devolvió la sonrisa y lo demás fue muy fácil.

Cuando el imbécil de la barra pagó mi segundo vodka, un pinchazo en el estómago me recordó que no había cenado y a él le pareció bien la idea de invitarme a cenar a un local de esos de comida rápida. Cualquier excusa le habría parecido perfecta para salir del bar conmigo, ya que eso aumentaba las posibilidades de que acabáramos en la cama de algún hostal o donde quisiera llevarme.

Profunda soledad - Imagen Pública
Profunda soledad – Imagen Pública

Me pregunté porqué no recurriría a contratar los servicios de una prostituta, si disponía de dinero suficiente para pagar mis copas, las suyas, invitarme a cenar, pagar una habitación y el taxi que me llevaría a casa a la mañana siguiente, pero imaginé que debía ser denigrante para él y para cualquier hombre tener que pagar por algo que se supone que todo el mundo merece y que no le resultaría agradable tener que renunciar a involucrarse en el juego de la seducción, al riesgo también de ser rechazado, al no saber qué va a pasar… al fin y al cabo, la emoción es lo único que nos mantiene vivos cuando todo a nuestro alrededor se muere y pagar por todo sin lucharlo sería una forma más de sentir que se está muerto, como todo lo demás.

La soledad, cuando no la elegimos, nos hace vulnerables, débiles, mezquinos. Nos obliga, nos destroza y nos coarta, dejándonos desnudos de empatía y de compasión. Yo no sentí ninguna de esas cosas  por aquel hombre y tampoco las fingí. 

No sé porqué ni cuándo cambié mis planes de cenar e inventarme una excusa para irme a casa. Supongo que me deje llevar por la apatía que derivó de las ganas de querer dominar, de querer ser más que alguien y de tomar a quien me pareció más débil que yo para utilizarlo a mi antojo. Nadie es inmune a esa apatía y desgana que sobreviene cuando, dejando atrás la sensación de superioridad, llega de puntillas el miedo, que es lo que se esconde detrás de cualquier cosa que hagamos sin que interfiera ningún sentimiento.

Recordé mis años de adolescente cuando lo que más valoraba en un encuentro sexual era el intercambio de cariño, pero no fui capaz de recordar en qué momento ni en qué lugar se me perdieron esos valores. Supongo que me cubrí con una capa de hielo para no quemarme y ese hielo se quedó pegado a mi piel, como otra capa más que consiguió aislar mi cuerpo de eso que llaman alma. De vez en cuando se desprendía, sólo de vez en cuando, y entonces era capaz de sentir algo parecido al placer.

A la mañana siguiente reconocí al mapache en el espejo y antes de limpiar mis ojos volví a sentir ganas de llorar, pero pensé que ya lloraría en casa mientras me sumergía en una bañera llena de espuma, o mientras la soledad, la que duele, me envolviera con recuerdos y con la nostalgia de las risas de una niña, chapoteando en los charcos y con la cara cubierta de barro.

Blue mood

SOLEDAD
SOLEDAD

por Carolina Vargas

Tenía muchísimas ideas para la columna de esta semana, lo juro. Desde la crónica de un espectáculo al que asistí por primera vez en mi vida, un accidente en el baño que me dejó un par de moretones, el cumpleaños de un gran amigo, la escuela para padres a la que el juzgado me está obligando a ir, en fin…ideas muchas pero inspiración muy poca.

Tengo que decirlo, ya lo asumí y lo acepte…estoy deprimida. Podría enumerar un montón de  razones para justificar mi depresión, pero no lo creo necesario.

He luchado durante meses para no caer en el abismo de mi depresión, he intentado hacer varias cosas para no sentirme mal y creo que lo he logrado, aunque creo que lo ideal sería intentar algo nuevo, para darle un poco de sabor al caldo.

No quisiera utilizar este espacio como confesionario, puesto que la generosidad de mis editores me ha permitido compartir algunas de mis ideas y creaciones, no quisiera abusar de ello, las razones por las que hacemos Cinco Centros, son otras. Así que no daré muchos detalle, tampoco diré que paso días enteros llorando y maldiciendo mi suerte, mis depresiones no funcionan de ese modo, digamos que estoy en una etapa de hastío profundo, me ha invadido el tedio y la costumbre, quiero desparasitarme pero no sé cómo.

SOLEDAD
SOLEDAD

Ahora mismo, estoy tecleando estas líneas en la más absoluta soledad, solo se escucha el rumor de la calle, el viento juega con mis cortinas, checo mi bandeja de correo cada minuto en espera de alguna buena noticia, lo mismo hago con mi celular. Mi soledad me acompaña y creo que a fuerza de vernos tanto nos hemos hecho buenas amigas, por lo que pensándolo bien, no estoy tan sola como yo creía.

Sin dramas, ni lágrimas cierro estas incongruentes líneas, pidiendo a usted amable lector me comparta su remedio contra el hastío, sé que esto es temporal, quizá solo sea cosa de un día, pero no quiero dejar de escribir y tenía que contar algo…

No les comparto mis razones por las que me encuentro así, pido únicamente que si alguien por ahí tiene una sugerencia para superar estos baches, la agradeceré y archivaré en mi kit de supervivencia.

Avisos parroquiales

  • Ya se acerca mi cumpleaños y espero que me hagan llegar sus felicitaciones a través de las redes o por medio de la redacción de Cinco Centros.
  • Si alguno de ustedes ha vivido fuera de México, agradecería su colaboración respondiendo a unas cuantas preguntas. Todas las respuestas son confidenciales y el material lo necesito para una próxima entrega que se publicará en este espacio.
  • Se acercan las vacaciones y yo no tengo planes…así que soy materia dispuesta.

Comedias románticas al 2×1: Don Jon y Her

Her/Don Jon
Her/Don Jon

por Jessica Tirado

→Don Jon

La película cuenta la vida de Jon, un don Juan moderno, con una vida definida por sus noches de fiesta y conquista, su familia, sus pertenecías y, sobre todo, su gusto por la pornografía. Una de tantas noches conoce a Barbara, la mujer ideal, aunque para él, ella es una conquista más.

Tras un noviazgo tradicional de un mes en el que ella le hace cumplir con varios caprichos, por fin logra tener sexo con ella, pero no puede dejar de ver pornografía. Barbara, caprichosa y egoísta, no está dispuesta a perdonarle que él no pueda dejar su insano gusto y lo deja; entonces Jon conoce a Esther, una compañera de su clase nocturna de la universidad. Al principio su relación es pasivo-agresiva, pero esa mujer madura le enseñará a Jon muchas cosas sobre la vida, el amor y el sexo.

Don Jon - Fotograma
Don Jon – Fotograma

Escrita, dirigida y protagonizada por Joseph Gordon-Levitt (Looper, 2009), casos como este es muy difícil saber si es un buen o mal debut como director, pues es claro que no se puede estar frente y detrás de cámara sin descuidar uno de los dos; ya el tiempo nos dirá si vale la pena como director, mientras tanto su atrevido Don Jon deja satisfechos a todos los fans de Scarlett Johansson.

Her - Fotograma
Her – Fotograma

→Her

En Los Angeles del futuro, donde las personas interactúan sólo por medio de dispositivos móviles, Theodore, un escritor de cartas de amor por encargo, después de la separación con su esposa vive en absoluta soledad, por lo que compra un sistema operativo inteligente llamado Samantha, que le permite compartir su monótona vida con “alguien”. Theodore no tarda nada en enamorarse de Samantha, pero con ello conoceremos las razones de su soledad y lo triste de su causa.

Her es el debut de Spike Jonze como guionista independiente; en esta película nos regala una tragedia moderna, llena de encanto pero también de contradicciones, como toda buena historia romántica. Aunque aún no se estrena en carteleras poblanas, se puede encontrar el guión en la red, y leerlo puede ser buena idea.

Don Jon - Fotograma
Don Jon – Fotograma

Estas dos películas son muy diferentes entre sí, sin embargo, ambas tienen un personaje que es una entidad de paso para los que le rodean: Esther, de Don Jon, y Theodore, de Her, son personajes imposibles. La primera es apenas un esbozo, sabemos que vive en depresión porque su esposo y su hijo murieron en un accidente, ella no busca el amor pero entiende perfectamente cómo opera una relación sentimental constructiva, sabe que en cuanto Jon aprenda todo lo que pueda de ella, va a dejarla y hacer su vida con alguien más; por otro lado, el trabajo de Theodore le exige tener una hipersensibilidad a las formas del amor, de sus clientes sólo conoce fotos y uno que otro correo electrónico, él se encarga de construir el amor para otros.

Her - Póster
Her – Póster

Tal vez buscamos amar porque es el único sentimiento que no podemos explicar; mucho hay de estudios a nivel cerebral, psicológico y químico, pero al final amar es como lo plantean en Her, una locura socialmente aceptada; en realidad no es algo que el ser humano quiera entender, sólo queremos sentirlo, por eso Esther y Theodore son “anómalos”, seres imposibles que saben qué hacer, cómo hacerlo, qué decir, son tan perfectos y su amor tan puro que cualquiera que este con ellos, será capaz de sanar heridas pasadas y crecer como persona, pero una vez que el otro madure y haya aprendido todo lo que se puede aprender de una persona así, los dejarán.

Her - Fotograma
Her – Fotograma

¿Existen estas “personas de paso”? Puede ser una exageración del cine, un deseo de quien escribe, tal vez son una negación personal, porque en el fondo nadie quiere que en la búsqueda del amor se termine siendo una Esther o un Theodore. Al final, la vida se trata de altas y bajas, pero estos personajes son constantes, tienen defectos pero su vida es perfecta, no cambia. Lo normal para una persona es sufrir por amor, toda clase de amor: la muerte de un ser querido, la despedida de un amigo, que te corran de un trabajo que amas, pelear con alguien importante de la vida, es parte de ser humano. Habrá personas que nos vean como uno de estos seres imposibles, que aprendan de nuestra forma de ver la vida, pero al final nosotros también seguiremos con nuestra vida buscando amar y ser amados.