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¿Por qué buscamos amor?

Amour/Love - Imagen pública
Amour/Love – Imagen pública

por José Luis Dávila

Me cuesta trabajo pensar que muchas personas de mi edad, o contemporáneas, todavía piensan en las relaciones de pareja como un factor de peso para el éxito en la vida. Me hace preguntarme si de verdad vale la pena todo el esfuerzo que requiere sostener emocionalmente a otra persona. No digo que no sea importante tener una pareja, alguien con quien compartir la vida de forma profunda, más profunda de lo que la amistad se limita, alguien en quien depositar confianza, seguridad, paz mental, todo eso que se suele depositar. Yo lo he hecho, con frecuencia. Y he dejado que lo hagan conmigo. No estoy en contra de que se busque tener una vida en pareja, aun cuando todas mis relaciones se puedan clasificar como patrones de conducta, según algunos de mis amigos, que llegarían siempre al mismo fin. Desastres anticipados, pues.

Si no estoy contra ello, entonces ¿por qué me resulta extraño que las personas busquen amor? El asunto es que hay algo que nos inculcan desde pequeños, algo en las personas que nos rodean: parte de la felicidad viene de la vida en pareja, lo vemos con nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros tíos, lo vemos en todas las personas mayores que nos rodean, y mientras vamos creciendo, tendemos a crear un ideal al respecto, uno propio en la mayoría de los casos, aunque haya quien culpe a los medios por dar falsas ideas del amor, diciendo que, por ejemplo, todas esas historias felices en las que los problemas de la pareja principal siempre se resuelven al final, afectan a los modelos que proyectamos para nuestra vida, pero creo que quienes afirman eso están tratando de evadir la responsabilidad que tienen ellos y sus circunstancias en sus fracasos amorosos.

500 days of Summer - Imagen pública
500 days of Summer – Imagen pública

Asimismo, evadimos que esas personas que vimos amarse mientras crecíamos, también tenían problemas en sus relaciones, muchos más problemas de los que alcanzamos a ver. De suerte que cuando empezamos a acercarnos a otros con la intención de tener una relación, estamos ya negando la posibilidad del fracaso. Bueno, a nadie le gusta fracasar, pero hay veces en las que fracasar es otra de las formas del triunfo; una forma retorcida, si se quiere. Es cliché decir que cada fracaso es un paso de experiencia. La practica hace al maestro, errar es de humanos, toda esa basura que nos creemos para sentirnos mejor. La verdad es que no, que el triunfo no está en aprender de la relación, porque aprender de una relación es ensimismar la experiencia, es decir, no se puede aprender nada de una situación en la que se es parte activa y contemplativa al mismo tiempo, porque inevitablemente, cuando una relación termina, tratamos de justificarnos, desbordar en el otro algunas de las fallas propias, o exagerar los defectos ajenos. El triunfo está en haber aprendido de la pareja (o ex pareja en este punto), en saber que aparte de todo lo que pudo representar sentimentalmente, también es un individuo que al estar tan en contacto con nosotros, nos dejó ser parte de cómo experiencia el mundo, y tener la capacidad de respetar esas perspectivas, y sumarlas a la polifonía que de por sí ya somos –porque lo quieran o no, somos el conjunto resultante de otras voces filtras en nuestra voz–, es verdaderamente valioso.

Eso último es algo que no solemos atender. Por una u otra razón, termínanos haciendo lo primero, evitando la responsabilidad, alejándonos todo lo posible de la experiencia, esperando que llegue una nueva oportunidad con alguien más, en quien confiaremos que haga las cosas bien porque, obvio, nosotros siempre nos esforzamos en ser lo mejor que se pudo encontrar en la vida. Entonces es una buena pregunta, ¿por qué buscamos amor? Si no lo sabemos manejar, no queremos asumir las consecuencias que provienen de él, no nos gustan las obligaciones que se contraen cuando se tiene. “Lo buscamos por lo que nos hace sentir”, podría decirse, pero una respuesta en ese tono quizá no sea muy sincera, tomando en cuenta que las más de las veces no se sabe lo que se siente. A todo esto, antes de ponernos a buscarlo, ¿acaso sabemos lo que es el amor?, ¿en verdad buscamos amor? Veo que lo que en verdad estamos cazando es la pasión, los instantes en los que las emociones se disparan. Si eso es lo que entendemos por amor, tal vez estemos equivocados, porque entonces no queremos compartir ni ser para alguien más, ni que se otro comparte o sea para nosotros, sino que sea de nosotros, y ser de esa persona, que significa algo completamente distinto, pero sin duda es más fácil de controlar. Puede ser que el amor es tan aterrador que elegimos ponerle ese nombre a esta otra experiencia, para engañarnos un poco, para no darnos cuenta que a veces por más que se busque algo, simplemente no seremos capaces de encontrarlo. Al menos no como lo queremos que sea.

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La fe

Fe - Obra de Luis Bonilla
Fe – Obra de Luis Bonilla

por María Mañogil

Hace muchos años vi una película (no importa el nombre) basada en un libro que había leído unos meses antes. A pesar de que, como suele pasar, la película estaba incompleta comparada con el libro, hubo una conversación en ella entre los dos protagonistas, que no recuerdo haber leído en el libro y que me impactó bastante, no sólo por el tema sobre el que estaban hablando, más bien por el mensaje que me llegó a través de la última palabra que se pronunció en dicha conversación.

Los protagonistas, (una científica y un sacerdote) debatían amigablemente sobre la existencia de Dios. En un momento dado, ella afirmó que, como científica, se veía obligada a creer sólo en aquello que, mediante la ciencia, era capaz de probarse. Él le hizo una
pregunta: “¿Querías a tu padre? “. La científica, cuyo padre había fallecido siendo ella una niña y al que se había sentido siempre muy unida, le respondió, con lágrimas en los ojos y agachando la cabeza, que sí. Entonces el sacerdote le dijo: “Pruébalo”.

Si he querido relatar esto es porque, a pesar de que yo me decanté por estudiar algo relacionado con la rama de ciencias y mi curiosidad me lleva a investigar las razones de todo (o casi todo), también es cierto que no todo se puede probar. Quizás hay cosas que no se van a poder demostrar nunca.

Como digo, siento curiosidad por casi todo. Ese “casi” no incluye, por ejemplo, la existencia de vida en otros planetas, no porque no sienta curiosidad por ello ni porque no me importe; más bien porque me importa. ¿Qué hacemos enviando satélites a Marte y gastando tanto dinero para comprobar si hubo vida o no? ¿Qué estamos buscando? ¿Un planeta en el cual poder vivir cuando nos hayamos terminado de cargar el nuestro? Mejor podíamos destinar ese dinero a intentar conservar las especies que no hemos conseguido aún exterminar… Si hay vida en otro planeta no será desde luego en nuestro sistema solar, por lo tanto no nos podemos comunicar hoy en día con seres que habitan a millones de años/luz de nosotros y que, además, podrían ser desde bacterias hasta dinosaurios. Observemos desde lejos, hasta donde nos llegue la vista y dejemos en paz a quienes no tenemos ningún derecho (en caso de que existan) a molestar.

La interpretación

Yo nunca he hablado, o al menos de una manera directa y en redes sociales o con personas que no conozco, sobre mis creencias religiosas. Si bien es cierto que he dejado caer algunos comentarios que podrían dar una ligera idea de cuales son, también he dejado caer otros, en otras ocasiones, que pueden confundir e incluso llegar a dar una idea contraria de mis creencias a quien me esté escuchando o leyendo. No lo hago a propósito; simplemente, si bien las personas más allegadas a mí saben lo que yo pienso sobre el tema, no es algo que me parezca trascendente en una conversación, ya que a mí me importa bien poco también en qué creen o dejan de creer los demás.

 La creación de Adán, de Miguel Ángel - Detalle
La creación de Adán, de Miguel Ángel – Detalle

Hace unas semanas y aprovechando que empecé a escribir esta columna, me molesté en hacer una prueba: pregunté a algunas personas que apenas me conocen si creían que yo era atea o creyente. Antes de hacer la pregunta, añadí uno de los dos comentarios que elegí para comprobar de qué manera se puede interpretar una misma idea, dependiendo de lo que se diga antes. No me equivoqué. Las personas a las que les dije que yo creía en Dios igual que en el amor me respondieron que yo creía en Dios (claro, todo el mundo sabe que existe el amor). A quienes les dije que creía en Dios igual que en los gnomos soltaron una carcajada y me respondieron que era atea. ¿Quién puede creer en los gnomos? Nadie los ha visto. Al amor tampoco.

Gnomos

Yo no he visto nunca ningún gnomo, por lo tanto no creo en ellos. No sé quien desordena siempre mi armario, sólo sé que por más que lo ordene no sirve de nada; al cabo de dos días soy incapaz de encontrar cualquier pieza de ropa que busque. Se desordena solo porque no creo que sea tampoco ningún duende o ningún espíritu, ya que como nunca he visto ninguno, no creo en ellos.

Tampoco he visto ningún ácaro (sólo en televisión, dibujado en algún libro o en fotografías tomadas a través de un microscopio), pero esos sí que existen. Mi casa está llena de ellos y la vuestra también. Gracias a la tecnología se ha podido probar, aunque antes de que Janssen inventara el microscopio nadie los había visto. Si alguien se los hubiera inventado en el siglo XV, les hubiera puesto un nombre y los hubiera descrito o dibujado para crear una historia, habría sido un libro de fantasía, ciencia ficción o como se le quiera llamar.

Con esto no quiero decir que los gnomos existan, sólo que no todo lo que no somos capaces de ver o de demostrar no existe. Yo no puedo demostrar el amor; puedo estar fingiendo y hacer creer a muchas personas que ese sentimiento que les profeso es real, cuando quizás lo único que me mueva a expresarlo sea algún tipo de interés, pero si les estoy mintiendo no hay forma de que ellas lo sepan. No hay nada que pueda medir o demostrar el amor, tan solo es cuestión de fe.

Todos creemos en algo, por ejemplo en eso: en el amor. Dicen que el ser humano tiene la necesidad de inventarse algo en lo que creer para poder sobrellevar mejor el tener constancia de su propia muerte y de la de sus seres queridos. Quizás los animales también tengan esa necesidad, no lo sabemos con certeza… No importa que necesidad tengamos, si no molesta a nadie satisfagámosla. Cada quien puede creer en lo que le apetezca, mientras no se demuestre lo contrario siempre tendrá razón.

Quien cree en Dios tiene razón, y quien no cree también. Las creencias religiosas de una persona no definen a la persona, es su actitud hacia los demás y hacia uno mismo lo que hacen a alguien ser quien es.

El respeto hacia los demás

En el círculo en el que me relaciono habitualmente hay aproximadamente un 60 % de personas que son creyentes y el otro 40 % no lo son. A veces hablamos de esto y cada uno da su opinión y sus razones, pero nunca nadie ha intentado convencer a los demás. La fe es algo personal. He de decir que no encuentro ninguna diferencia en cuanto a actitudes de solidaridad, respeto y tolerancia entre este grupo de gente, que son mi familia y mis amigos más próximos, con respecto a las creencias de los que no opinan como ellos.

Yo no soportaría que nadie me impusiera lo que debo y no debo creer. Tampoco pregunto a quien acabo de conocer, ya que a mí tampoco me gusta que me pregunten, a no ser que salga el tema en alguna conversación. Preferiría que me preguntaran mi signo del zodiaco, ya que eso daría más pistas sobre mí (siempre que la persona que me pregunte crea en la astrología). Mis creencias religiosas no van a dar ninguna información a nadie de como soy.

Pienso que la necesidad de creer en algo o no creer lo decide cada persona individualmente, a pesar de lo que nos hayan enseñado desde pequeños o de la cultura de cada país. Cuando somos adultos, todos somos libres de decidir (aunque intenten imponernos las ideas de otros) lo que debemos pensar. Otra cosa muy distinta es lo que nos obliguen a hacer, pero a pensar aprendemos nosotros mismos y una de las cosas que no se pueden enseñar, por muchas clases de religión que quieran darnos, es a tener fe en algo. 

Mi texto acaba aquí porque me espera mi hada madrina, quien me arropa cada noche cuando me voy a dormir. Ahora, después de esta frase, pensad en si soy atea o creyente. Penséis lo que penséis, estaréis en lo cierto.