Archivo de la etiqueta: Salvador Álvarez

Remedio infalible

Por E. J. Valdés

Para Salvador Álvarez

Mi segundo libro, Cuentos de un hombre solo, distó de ser exitoso, pero tras su publicación comenzaron a correr ciertos rumores sobre mi persona, y es que algunos de los relatos que escribí fueron tomados demasiado en serio. Así, sin que yo me lo propusiera, me hice de una reputación de individuo lóbrego, infeliz, disfuncional y solitario. Y no es que tales calificativos me fuesen ajenos; sólo que el público infló la cuestión a proporciones absurdas. De hecho, derivado de esta súbita fama se suscitó un evento que la televisión justo devolvió a mi memoria y deseo compartir.

Una tarde en la que fui al supermercado se acercó un hombre y me preguntó si acaso yo era Erasmo Valdés. Un tanto emocionado porque alguien me había reconocido, confirmé mi identidad, a lo que él se dijo encantado de conocerme y quiso saber si podía concederle unos minutos. Puesto que no tenía otra cosa por hacer, se los otorgué y escuché.

El hombre era representante de una empresa llamada Productos Psicosociales y promovía un servicio que, creía, era ideal para mí: “El antídoto a la soledad”. Me explicó: dado que la soledad y la depresión eran males con una penetración cada día mayor en la sociedad, su empresa había diseñado una serie de programas orientados a apoyar a las personas que atravesaban por este tipo de situaciones. Por una módica cantidad —una módica cantidad de cuatro cifras—, podía suscribirme al servicio básico. ¿En qué consistía? Bien, éste me daba derecho a recibir, tres veces a la semana, una llamada en la que un ejecutivo de Productos Psicosociales preguntaría cómo me encontraba y sostendría conmigo una charla de entre cinco y doce minutos. Si así lo deseaba, este ejecutivo podía fingir ser mi amigo o un familiar lejano sin costo adicional. Eso no era todo: si optaba por el siguiente paquete no solamente habría una cuarta llamada, sino que mi interlocutor terminaría cada una de nuestras conversaciones con una de las siguientes frases: “te extraño”, “eres una gran persona” o incluso “te quiero”. Ahora, si acaso podía permitirme una tarifa más elevada, cambiarían al ejecutivo por una chica que se haría pasar por mi novia —incluso yo podía elegir su nombre— y durante noventa minutos a repartir entre siete días me proferiría un afecto de lo más convincente. Debía considerar, no obstante, que cualquier intercambio erótico o semierótico tenía costo adicional. La contratación de este último paquete, me dijo el hombre, tenía una oferta muy atractiva en ese momento: sin que yo tuviera que pagar más, un empleado de Productos Psicosociales acudiría a mi domicilio una vez por semana para darme un abrazo y dedicarme unas palabras de aliento. Por sí solo, ese servicio se cotizaba en más de cinco mil pesos mensuales. Sólo un tonto dejaría pasar semejante oportunidad, subrayó.

Una vez me explicó los métodos de pago y los esquemas de financiamiento que ofrecían, el hombre se sacó del bolsillo un formato que debía llenar para que me otorgaran un mes de prueba del “servicio básico” sin costo, aunque con una tarjeta de crédito de por medio. ¿Me creerían si les dijera que cuando lo rechacé se mostró en sumo desencajado? Y vaya que insistió.

—Pero si usted es un hombre solo y triste. ¡Necesita de nuestros servicios!

Eso último colmó mi paciencia, así que, tras desearle un buen día, fui con mi carrito al área de cajas. Para mi buena fortuna el hombre desistió de seguirme, pues de lo contrario le habría clavado el puño en la regordeta nariz.

¿En qué mente cabe que alguien pagaría por semejante estupidez?

Bien, ojalá no lo hubiese preguntado, pues aquello que vi en la televisión y trajo este desagradable episodio de regreso era justo un comercial del antídoto para la soledad, con todo y testimonios de clientes que se decían mucho más felices consigo mismos tras probarlo…

¡Dios! Son esas cosas las que restan coherencia al mundo.

Anuncios