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Nadie

por Robert Walser
Traducción de E. J. Valdés

Érase una vez alguien llamado Nadie. Era miembro de una cofradía de ladrones, tenía una alegre predisposición para ordenar los asuntos financieros de los demás y al momento de robar era un maestro infalible. Podría decirse que entendía el robo de raíz y que su ocupación favorita era la limpieza. Su principal virtud era en una inusual predilección por visitar a los ricos a media noche. Él sentía un peculiar interés por aquellos que forcejeaban con el tamaño de sus ingresos. Su más constante preocupación era aliviarlos de la tremenda carga, de modo que a través de sus prácticas aminoraba sus molestias, les quitaba un peso de encima y disminuía su sufrimiento. La distribución equitativa era su ideal. Había un tal señor Lovengood a quien Nadie hizo una amable y muy exitosa visita. Con ella menguó sus problemas y le ayudó a respirar más tranquilo. Pero el señor Lovengood no sabía apreciar una broma como ésa; él conocía la identidad del ladrón y acudió de inmediato a la jefatura de policía para reportarlo. “Anoche”, dijo, “entraron a mi casa. Fue Nadie. Lo sé”. “Bien”, le contestaron, “si nadie lo hizo no podemos ayudarle. ¿Por qué acudió a nosotros si nadie entró a su casa?”. El señor Lovengood, presa de un considerable alivio tras ser despojado de toda suerte de preocupaciones financieras, tuvo que retraerse. “Nadie estuvo en mi casa. Nadie me robó, estoy seguro de ello”, repitió una y otra vez, pero nada consiguió con todo ese parloteo. Puesto que él mismo dijo que nadie le había robado, así debía ser, por ende todo estaba en orden. El señor Lovengood quedó bastante indignado, aunque cuando menos debía sentirse satisfecho. El ladrón disimuló sus carcajadas tras la manga, no obstante, en una ocasión lo aprehendieron, por así decirlo, y lo encerraron. Entonces su risa se desvaneció.

(1917)

Robert Walser - Imagen pública
Robert Walser – Imagen pública
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El hombre

de Robert Walser
traducción por E.J. Valdés

Este texto es propiedad del Robert Walser Center, en Berna, y de la editorial Suhrkamp Verlag. Se reproduce sin más intención que difundir la obra de Walser entre los lectores de habla hispana.

En una ocasión me senté en un restaurante de la Viehmarktplatz. A veces caballeros sofisticados se sientan allí, pero no deseo hablar sobre caballeros sofisticados. Los caballeros sofisticados no son muy interesantes. Buscan ser entretenidos sin que ellos mismos lo sean. En la esquina estaba sentado un hombre de mirada abierta, amable y jovial. Sus ojos parecían yacer en una insondable distancia, en lugares ajenos a la Tierra. De inmediato empezó a tocar una suerte de flauta, y todos los presentes en el fino restaurante dirigieron la mirada hacia él y escucharon su música. El hombre permaneció allí sentado, sus alegres ojos como los de un niño grande, robusto y bien humorado. Una vez concluyó el concierto de flauta, siguió con un clarinete, el cual tocó con el mismo virtuosismo. Tocaba melodías muy sencillas pero de manera excelente. Después de eso, cantó como un gallo, ladró como un perro, maulló como un gato y mugió como una vaca. Era obvio que se deleitaba en los varios sonidos que realizaba a la perfección, pero lo mejor estaba por venir, pues entonces sacó una rata de una cesta que mantenía bajo la mesa y la mimó cual si fuera un buen niño. Dio a la rata a beber un poco de su cerveza, clara evidencia de que las ratas gustosas beben cerveza. Además de esto, colocó al animal, por el cual las personas sensatas sienten un disgusto definitivo, en el bolsillo de su abrigo y, para terminar, lo besó en el puntiagudo hocico mientras reía, feliz. Sin lugar a dudas era extraño este hombre de ojos claros y relucientes, mirada pensativa y perdida. Era amante de la música y amigo de los animales. Muy extraño era. Me causó una profunda y duradera impresión. Y no sólo eso: hablaba un magnífico francés.

[1914]