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Citas a ciegas

por Diana Romero

La necesidad de encontrar alguien con quién compaginar abrió el paso a aplicaciones cuya finalidad es conectar a un par de personas para que se conozcan, conversen, salgan y amplíen sus relaciones sociales. Pero, ¿es ese el verdadero uso el que se le da?

No puedo hablar de un tema sin haberlo experimentado personalmente. Me inscribí en dos aplicaciones con un perfil completamente real, introduciendo gustos, metas, sueños, disgustos, incluso mi signo zodiacal. Mientras lo hacía, recordé que hace años, al principio del internet, era parecido. La diferencia era que entrabas a una sala de chat y conversabas con muchas personas al mismo tiempo; si te agradaba alguien, podían darse el correo personal y platicar en privado. Ahora las cosas son un poco más directas. Lees el perfil, observas sus fotos, valoras las posibilidades de simpatizar, le das un click favoreciendo al sujeto y esperas a que responda de manera positiva para poder interactuar por mensajes privados dentro de la aplicación. Si ambos coinciden en el interés, cuando han tomado alguna confianza, sueltan el número de celular para mandar mensajes más personales; las pláticas son variadas, pero siguen el mismo patrón convencional: ¿cómo te llamas?, ¿cuántos años tienes? ¿estudias o trabajas?, ¿de dónde eres?, ¿qué te gusta hacer? Preguntas básicas para romper el hielo, aunque esto es en los mejores casos, en otros, la plática va al grano y comienzan las fotos insinuantes para quedar en algún lugar e ir al punto. Ya depende de ti aceptar o rechazar.

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Hay un chico al que llamaré E. Iniciamos una conversación sencilla, convencional y decente, accedí a darle mi número de celular y después de meses de ser “amigos virtuales” decidimos conocernos; la experiencia fue buena en todos los sentidos. Salimos a un bar, convivimos un rato. Hablamos sobre los temas que ya habíamos abordado por mensajes pero en vivo fue diferente; era emocionante hablar de nuestros perros, de DBS, de tatuajes, de trabajo, de esas cosas comunes. Actualmente somos buenos amigos, aunque no voy a mentir, a punto de conocerlo evalué todas mis posibilidades de huida, avisé a mis amigos dónde iría y con quién, tal vez actuando con paranoia pero me sentí menos arriesgada.

Segunda persona. Resulta que A me mandó mensajes y fue un tipo agradable; un día me mandó un mensaje al celular con una foto mía caminando por la calle. Por razones naturales entré en pánico y le pregunté qué hacía por ahí, me contestó que su trabajo quedaba cerca; no podía creerlo, pero era posible, aunque dejé de salir a la tienda por un tiempo. Luego lo olvidé pero cada vez que él lograba vislumbrarme en la calle sólo me mandaba una foto mía caminando, con un pie de página estilo “no te saludo porque creo que es muy extraño y te puedo asustar”. ¡Tú crees que mandarme fotos mías en la calle no es de miedo!, pensaba cada vez que me escribía ¿Por qué no lo bloqueé? Sencillo, era alguien con quien hablar, perturbador, pero alguien. Un día entré a una tienda de autoservicio y justo saliendo de ahí llegó su mensaje diciendo “estabas delante de mí y no me viste”; con una mezcla de paranoia y curiosidad regresé, sabía que había mucha gente y podría gritar, un chico salió de la fila y fue a saludarme, asumí que era el tipo de los mensajes, quién más si no. Platicamos un rato. Resulta que su trabajo está a media cuadra de esa tienda, que me ha visto pasar a la hora de la comida pero le asustaba que lo estuviera acosando ¡Sorpresa! Yo también representaba una amenaza para él. Reímos un rato, conversamos y nos despedimos. Actualmente los mensajes se han reducido y nunca hubo una cita.

También me topé con más personas que sólo buscaban sexo, las fotos de desnudos no fueron ausentes, los caballeros mencionaban un lugar, esperaban que una llegara sin más, prometían una cita, un buen rato y condones. Suena bien cuando la persona quien te lo sugiere es alguien que ya conoces, pero de un desconocido es bastante dudoso; pensándolo fríamente no es tan diferente de ir de fiesta, ligarte al gerente, cantinero, mesero, cantante u otro asistente de tal evento e irte a la cama; todos somos una potencial amenaza entre nosotros mismos, sólo se trata de confiar a ciegas y lanzarte. Aunque lo sumamente vergonzoso es cuando alguien cercano arregla una cita para ti con alguien que de acuerdo a sus estándares es perfecto para ti, de antemano imaginas un desastre. ¿Qué les hace pensar que el resto elige mejor que yo lo que quiero?

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En otro bar que conozco existe un evento que se llama “Noche de chicas”; las mujeres van a conocer a los hombres, toman una copa, platican y si no les agrada pueden seguir con el siguiente o eso presume el cartel, yo me he reservado el derecho de ir, porque aunque soy bastante curiosa, me gustaría tener un cómplice para ayudarme si me meto en problemas.

Las razones que me dio un amigo para usarlo fue “es más fácil quedar con alguien de ir al motel, de esa manera porque sólo pides sexo, no una relación, además está el juego de la cacería y seducción, aunque sabes que terminarán en la cama es bueno tener entretenimiento, pero también puedes ir al grano, depende de la persona y situación”, ¡Suena súper cool! Pero prefiero el método antiguo, llegar a un lugar y mirar fijamente a alguien hasta que note que lo estoy mirando y se acerque a mí, bastante anticuado para el 2019 pero efectivo; el mismo amigo en ocasiones se ha quejado debido a que las chicas con las que ha quedado quieren asistir a lugares caros, restaurantes, el cine, el antro, el motel. Realmente no sé qué esperaba, es un lugar para venderse al mejor postor, el sexo es el producto, la persona con quien lo obtienes es el vendedor, la aplicación es el medio y el dinero, siempre el dinero.

Somos capaces de todo para tener atención, citas, alguien que nos acaricie, con suerte alguien que se quede después del coito, o si no, al menos en la cita ya fingió escucharte, diste tu lado vulnerable para recompensarlo con sexo. Aunque también es un juego de dominio, empoderamiento y libertad, una pantalla de todo al mismo tiempo que refleja la realidad, sin tapujos ni medidas. Un método adecuado para la época, aproximándonos a la humanidad tras un muro virtual.

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Toxilandia

por Diana Romero

El despunte del autocuidado ha otorgado un lugar relevante a proteger el entorno que se habita psíquicamente; se promueve el deshecho de malas vibras e imposibilidades de desarrollo: un trabajo desagradable, un hogar asfixiante y una relación inestable. Pareciera que estas situaciones ajenas a uno se han vuelto opcionales, haciendo que el cambio constante y búsqueda de la satisfacción sea alcanzable con la sencillez de sacar de la vida aquello que repercute en la salud mental.

El punto en el que ha influido más es en las relaciones interpersonales, como amigos y pareja, aunque también repercute en la familia; si la persona que es próxima comienza a restringir las habilidades, gustos y preferencias del individuo, el consejo es dejarlo ir, ya que es un represor. Esta tendencia me parece descabellada cuando es llevada a los extremos como terminar una relación sólo porque nuestros gustos son diferentes, porque demostró su enojo de una manera que difiere con mi manejo de la ira, porque me ofendió diciéndome la verdad, porque tiene, desde su perspectiva, una visión del futuro que no compagina con la mía; situaciones que, en su mayoría, se pueden resolver conversando.

Imagen de archivo
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Hace años una conocida tuvo un bebé y se juntó con el padre de la criatura, una práctica usual ante la falta de compromiso que se respira. Año y medio después, regresó a casa de sus padres porque el chico siempre estaba trabajando, parecía de malas y las cosas ya no eran como antes; su madre le dijo que pensara en el futuro de la cría, que mientras permaneciera con ella, sus necesidades básicas serían cubiertas e impulsaría su desarrollo personal con alguna carrera universitaria, añadiendo que el yerno jamás le pareció adecuado para ella. Pasaron un par de meses y la chica volvió con el joven; al año tuvieron otro niño, y hasta ahora permanecen juntos. Antes de eso, la conversación entre mi madre y la de la conocida fue un tanto acalorada. Mi madre argumentó que debían enseñarles a los hijos que al final de cuentas ellos eligieron a su pareja y no pueden salir huyendo a la primera pelea; ella en veinte años de casada tuvo muchos conflictos pero se han resulto poco a poco por el nivel de compromiso con el amor que siente por mi padre; aunque entre todas las peleas de mis padres yo hubiera preferido su separación, ahora los entiendo.

Yo misma pasé por una relación que me permitió comprenderlo: el cariño que se forja por la pareja es inmenso; como dice Fromm, no amar porque se necesita sino necesitar porque se ama; es decir, la necesidad de sentir amor es nefasta a comparación a la necesidad por amor; las preposiciones “de” y “por” son importantes. Aprender a diferenciarlos es un tanto complicado, pero un par de años de terapia para dejar ir a la persona que más he amado me permiten entender que existen límites, los cuales se aclaran a través de las siguientes preguntas: ¿Qué quiero de esta relación? ¿Me está procurando mis necesidades? ¿Cómo me siento en esta posición? ¿Cómo está influyendo mi vida? ¿Los comentarios que hace son asertivos o hirientes? ¿Cuánto vale pare mí esa persona? ¿Me estoy autocuidando o descuidando? Estás preguntas podrán sonar absurdas, incluso sencillas, pero cuando se comienza a contestar con sinceridad, las respuestas nos darán una pista para tomar una decisión; por otro lado, si estas preguntas se toman a la ligera, siempre resultará que aquella persona nos hace daño y lo mejor es dejarla.

Imagen de archivo
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Actualmente, el índice de rupturas entre mi círculo se ha visto justificada bajo la palabra “tóxica”; resulta ser así porque la vida en común, los gustos, las decisiones y las discusiones afectan siempre al individuo; pienso que ese adjetivo se está utilizando de manera indiscriminada para nombrar a todo aquello que no está de acuerdo conmigo, además de que en cierto grado, y con ese parámetro, todos somos tóxicos para el resto. La justificación de la toxicidad de una persona facilita deshacerse de las responsabilidades y compromisos, y la verdad de la circunstancia, en ocasiones, es porque no estamos interesados en el nivel de compromiso que requiere una relación como hacer planes en pareja, compartir la privacidad y demás.

Todo esto también ha sido tergiversado a conveniencia; de pronto la autonomía y libertad se han visto intercambiadas por el libertinaje. Entre menos explicaciones al prójimo más libre se siente uno, hacer lo que quiera cuándo, cómo y dónde quiera; lo digo porque me pasó. Si soy honesta, aunque sé que me estará leyendo, en un arranque de coraje pude llamarlo tóxico pero tras reflexionar, sé que había falta de compromiso de mi parte.

Algo tóxico es sencillo detectarlo a cierta distancia y con una perspectiva objetiva: durante la convivencia con alguien, el nivel de químicos que dispara nuestro cerebro entorpecen el raciocinio; la permanencia prolongada en situaciones tóxicas proceden a nublar la verdad y comienzan las justificaciones de las acciones del otro sobre las propias; no sólo de la pareja sino de los amigos y la familia; sin embargo, la mayoría de mis terapeutas me han preguntado si ellos son tóxicos realmente o me he empeñado en juzgarlos de tal manera para justificar el instinto de huida. Crueles planteamientos, dolorosas verdades.

Estoy a favor de la salud mental, y si es necesario sacar a alguien de nuestra vida por su nivel de interferencia en ésta, pues adelante, pero es un proceso de ruptura y duelo en caso de ser con alguien que hemos llegado a estimar demasiado; sin embargo, cada uno debemos responsabilizarnos, asumir nuestras razones y no justificarlas a través del adjetivo “tóxico”.

Nada más importa

Pareja - Imagen Pública
Pareja – Imagen Pública

por María Mañogil

Ayer me preguntaron si yo había sido infiel alguna vez. Yo respondí:

-”Define la palabra infiel, sino no te puedo responder”.

Mi interlocutora, como era de esperar, no supo darme la definición correcta de esa palabra y comentó que yo la estaba liando y al acabar la conversación dio por hecho que mi respuesta era sí y que no quería decirlo de una manera tan clara.

Yo me he molestado en buscar la definición en la RAE antes de empezar a escribir este texto. Me gusta estar informada de los temas sobre los que escribo además de dar mi opinión personal, ya que soy bastante aficionada a meter la pata mientras hablo y no me gustaría hacerlo también escribiendo. Aunque tampoco pasaría nada; con las palabras, cagarla la cagamos todos y no suele salir nadie perjudicado.

No voy a poner aquí ninguna de las definiciones de “infiel” porque sobre la que quiero hablar es a la que se refería mi amiga y la que, precisamente, es sólo una pequeña parte dentro de las tres que he encontrado (o así lo entiendo yo). Sólo quiero decir, antes de dejar el tema de las definiciones, que según la RAE, yo no me libro de ser infiel en ninguna de ellas, pero que mi amiga se equivocó al juzgarme. Eso pasa por utilizar una palabra sin saber su significado.

OFRECER NO ES DAR

Para saber si hemos sido infieles a nuestra pareja, primero deberíamos tener muy claro lo que entendemos por pareja y, sobre todo, lo que esté pactado dentro de la misma (sea de forma verbal o por escrito).

Cuando se empieza una relación de pareja, supongo que se ha tenido que pasar antes por una fase,  la de conocerse para saber qué es lo que cada uno quiere ofrecer al otro.

Ofrecer no es dar y esperar recibir algo a cambio, pues en ese caso sería intercambiar.

Ofrecer es acercar tu mano con un regalo en ella y esperar a que la otra persona decida si lo acepta o no.

Y en una relación sincera se ofrece lo que se quiere ofrecer, independientemente de que lo que ofrezca el otro sea mayor o menor que lo que ofrece el primero ,o que simplemente sea nulo, ya que nadie obliga a nadie. Si existe obligación no es una relación, es una sumisión y ya no hablaríamos de ofrecer, sino de exigir.

Tampoco podemos pretender que el otro acepte todo lo que le ofrecemos porque entonces estaríamos imponiendo y no ofreciendo.

A una pareja no se da nada, ni se cambia, ni se exige, ni se reclama; simplemente se ofrece.

Eso sí, lo que somos realmente no es una ofrenda. Eso ya viene incluido de fábrica y lo aceptamos sí o sí.

Si después de conocerlos no aceptamos tanto los defectos como las virtudes del otro, lo mejor es que cambiemos de pareja y no nos compliquemos más. A las personas no se las moldea, para eso está el barro.

Si digo que “supongo”que esto es así y no lo aseguro es porque mis relaciones de pareja han sido de todo tipo (la mayoría un desastre) y en alguna ocasión me he saltado esa fase de conocimiento mutuo. Me imagino que ese es uno de los motivos por los que han fracasado. Y porque he aprendido de todos esos errores para no volver a cometerlos en una futura relación, pero no los llegué a poner nunca en práctica.

Dicen que una pareja no pueden ser nunca amigos, pero yo no estoy de acuerdo. A partir de mi experiencia con este tema, no es que no puedan, DEBEN ser amigos.

Si dos personas no se conocen, si no conocen el uno del otro sus gustos, sus debilidades, sus miedos, sus expectativas…por muy bien que se lleven, su relación se convertirá en un tanteo en el que cada uno deberá jugar a las adivinanzas y a las apuestas con el otro.

No digo que no pueda funcionar una pareja que haya comenzado así, sólo que será mucho más difícil y más arriesgado. Y si no comienza así, por lo menos, a medida que pasa el tiempo, debe surgir esa amistad, basada por supuesto en la confianza, el pilar en el que se apoyan todas las relaciones, sean del tipo que sean.

Pareja - Imagen Pública
Pareja – Imagen Pública

LA INFIDELIDAD DENTRO DE LA PAREJA

Cuando ya tenemos claro qué entendemos por una pareja y le hemos ofrecido lo que queríamos ofrecer, podemos hablar de lo que es la infidelidad.

En nuestra sociedad monógama está mal visto y damos por hecho (a no ser que se haya pactado lo contrario entre las dos personas) que serle infiel a nuestra pareja está mal y que no debemos hacerlo.

Bueno, pues yo no estoy de acuerdo.

Cuando decidimos tener pareja no lo hacemos para convertirla en parte de nosotros ni para que nos complemente ni nos dé lo que nos falta. Para eso nos podemos apuntar a unas clases de baile, leer un libro que nos guste, masturbarnos (si lo que nos falta es sexo), comprarnos una tele nueva o lo que se nos ocurra, siempre que sea lo que creemos que necesitamos en nuestra vida para ser felices. Pero una pareja es alguien a quien elegimos y quien nos elige, no para ser más felices que estando solos, sino para compartir con ella esa felicidad que ya sentimos.

Por supuesto que la vida no es todo felicidad y que los momentos difíciles y dolorosos también se deben compartir antes que tragárselos y vivirlos en soledad, pero ni siquiera eso convierte a nuestra pareja en parte de nosotros. Nuestra pareja es una persona diferente, con ideas, gustos y opiniones diferentes y, sobre todo, con decisiones diferentes que a veces tomará con nosotros y otras veces no.

Mis decisiones, tenga pareja o no, las tomo yo. Eso sí, las consecuencias de mis decisiones también las asumo yo.

LOS CIGARRILLOS DEL EX FUMADOR

Mi amiga piensa que yo respondí a su pregunta con un sí, pero se equivoca. Si no estoy de acuerdo con lo de que “debemos ser fieles” es porque no existe ninguna obligación de serlo.

Por poner un ejemplo:

Si mi pareja se acuesta con otras personas es su decisión, no la mía. Y la ha tomado él o ella.

El día que yo me entere de eso, será mi decisión mandarla a la mierda y  tendrá que asumir las consecuencias de la decisión que tomó y aceptar la mía.

Yo dejé de fumar llevando un paquete de cigarrillos en mi bolso. No lo tiré a la basura.

Los cigarrillos siguen ahí y el día que yo decida fumarme uno lo haré porque lo habré decidido, no porque el tabaco esté al alcance de mi mano, ya que ahora también  lo está y no lo he hecho.

No se trata de fuerza de voluntad, sino de capacidad para decidir. Nadie me obliga a fumar ni nadie me lo impide. Conozco las consecuencias de volver a fumar y las asumiré en el momento en que vuelva a encender un cigarrillo.

Ser infiel o no serlo es una decisión personal, igual que fumar.

Las consecuencias no son las mismas, claro, pero el ejemplo sirve.

Pareja - Imagen Pública
Pareja – Imagen Pública

EL CORNUDO Y EL CORNEADO

Tener una pareja a la que se adora y con la que se es feliz y decidir serle infiel con el riesgo de perderla, es ser idiota.

Tener una pareja con la que no se es feliz y necesitar tener sexo con otras personas para compensar, pero seguir con esa pareja, es ser idiota.

Ser infiel y sentirse bien haciéndolo, debería ser genial para quien lo hace.  Hacerlo para después sentir remordimientos, es equivalente a limarle los cuernos a un toro, bajarse los pantalones y dejar que te los clave en el culo.

¿Quién lo pasa peor entonces, el cornudo que no se entera de nada o el corneado que tiene que andar escondiéndose para que no lo descubran y encima se siente culpable por haberlo hecho?

¿No sería más fácil no tener pareja y así poder disfrutar, quien quiera, de ir cambiando de amante cuando le apetezca sin que nadie se sienta engañado?

Cuando alguien desea tener una relación liberal y poder acostarse con quien quiera, además de con su pareja, debería ofrecerlo al iniciar la relación. Quizás la otra persona lo acepte y ofrezca lo mismo y entonces sería una buena relación.

Todo lo que se haga a partir de la sinceridad, del diálogo y con el consentimiento de las dos partes, por mal que le parezca a los demás, estará bien. Pero cualquier relación que se base en el engaño está destinada al fracaso, al igual que la que se base en la desconfianza.

Habría que preguntarse qué es más preocupante, si cometer una infidelidad hacia nuestra pareja o cometerla hacia nosotros mismos compartiendo nuestra vida con una persona que no nos satisface sexualmente o con la que no nos sentimos bien o en la que no confiamos.

EL DETECTIVE PRIVADO

Hace unos días me he visto envuelta en una historia sin tener nada que ver en ella.

Una pareja se ha roto, según la apreciación de una de las partes, por mi culpa.

Lo único que hay mío en esa historia son unos mensajes privados que intercambié con un buen amigo, que fue mi pareja hace más de veinte años y con el que me llevo genial.

Unos mensajes que pertenecen a mi intimidad, que son parte de mis recuerdos y de los de ese amigo y que nadie debería haber leído más que nosotros, pero que alguien leyó para intentar descubrir una supuesta infidelidad que nunca se dio.

Leer los mensajes privados de otra persona sin su permiso es como leer sus cartas y eso es un delito.

Cuando esa acción la realiza alguien en quien confías, además de un delito se convierte en un motivo para no volverle a mirar a la cara, que es lo que hizo mi amigo con esa persona.

No había ningún indicio de infidelidad en esos mensajes, pero eso ya no importa. Nadie tiene el derecho a invadir la intimidad de nadie, tampoco la de su pareja.

No me importa que mis hijos me vean desnuda, pero no me haría ninguna gracia que entraran a mi habitación mientras yo estoy dentro con la puerta cerrada y sin haber llamado antes, esté sola o acompañada. Por eso yo tampoco lo hago.

Jugar a los detectives está muy bien, pero cuando somos pequeños. De mayores, si disponemos de la madurez suficiente, lo más sensato es preguntar lo que queramos saber a las personas que han depositado su confianza en nosotros.

Y si no confiamos en ellas lo mejor que podemos hacer es alejarnos y buscar a otras.

Yo seguiré tomando mis decisiones y no me traicionaré nunca a mi misma teniendo relaciones sexuales con una persona mientras estoy deseando tenerlas con otra, sea ahora mi pareja o no.

Nadie me obliga a ser fiel, pero lo soy conmigo y, como dice una canción que me encanta y a la cual he robado el título de este texto, “Nothing else matters”. Nada más importa.

Por si la queréis escuchar, os la dejo:

Compartir la creatividad: Entrevista a Maruch Sántiz Gómez

Maruch Sántiz Gómez - Fotografía de Jessica Tirado Camacho
Maruch Sántiz Gómez – Fotografía de Jessica Tirado Camacho

Este sábado se inauguró la exposición América Latina: Fotos + Textos, durante el recorrido tuvimos la oportunidad de conversar brevemente con Maruch Santiz Gómez, quien es una de las 71 artistas que la integran.

Maruch es originaria de Cruztón, Chiapas y actualmente vive en San Cristóbal de las Casas. En esta muestra que alberga el Museo Amparo, en conjunto con la Fundación Cartier, se presenta su serie Creencias, un cruce entre objetos arraigados en la cultura tradicional de la región a la que pertenece y textos en tzotzil sobre los usos e interpretaciones que se les da, con lo que genera una fuerza identitaria que pocos logran, además de que las imágenes evocan el día a día de una comunidad en cambio y la relación que sostienen pasado y presente en los objetos respecto a los textos.

Maruch Sántiz Gómez y José Luis Dávila - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Maruch Sántiz Gómez y José Luis Dávila – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

José Luis Dávila: ¿Cómo sientes que se recibe el arte en comparación con San Cristóbal?

Maruch Sántiz Gómez: Aquí veo otro ambiente, bastante organizado en esta galería; además, aquí valoran el trabajo de los artistas: está muy lleno, con la gente viendo y escuchando. No es igual que en San Cristóbal, allá es un poco más cerrado. Siempre es importante que se tome en cuenta al arte, porque es parte de la vida también. Es bien difícil ser artista pues muchas veces no hay apoyo y uno quiere trabajar o realizar sus creaciones, pero no hay. Tampoco se vende y es nada más para mostrar al público. A mí me interesa compartir la experiencia de dónde viene la información y creatividad de cada artista y cada obra.

Serie Creencias, texto perteneciente a Cristal - Fotografía de Jessica Tirado Camacho
Serie Creencias, texto perteneciente a Cristal – Fotografía de Jessica Tirado Camacho

JLD: ¿Cuál crees que es la importancia social del arte y cómo influyen las políticas para mejorar el lugar del arte en San Cristóbal?

MSG: Muchas veces en política todo es sobre el dinero y no sabemos cómo se gaste el dinero. Realmente me gustaría que los jóvenes aprendan sobre el arte, que se quiebren un poco la cabeza, porque no es fácil; tiene uno que rascar, tiene uno que buscar la información, tiene que pensar un poco, porque sin eso no hay creatividad. Si a todos les interesa en dinero, no habría nada de creatividad, pero si uno, por su propia intención, hace un buen trabajo, creo que vale la pena para mostrar quién es la persona y que está luchando para su vida.

JLD: ¿Cómo ves el futuro del arte en San Cristóbal?

MSG: Para mí es difícil, por ejemplo, tengo una exposición allá pero casi no hay visitantes; falta crecer mucho.

Serie Creencias, texto perteneciente a Mora - Fotografía de Jessica Tirado Camacho
Serie Creencias, texto perteneciente a Mora – Fotografía de Jessica Tirado Camacho

Yo no soy un premio que hay que ganar

Princesas - Imagen pública
Princesas – Imagen pública

por Andrea Rivas

Cuando era niña construyeron el segundo piso de la casa donde vivía. Al subir a conocer mi nueva recámara, me encontré con que era la más cercana a la puerta que daba a un balcón. Salí a asomarme y mi mamá, emocionada por las mejoras a nuestra casa, me dijo algo como: imagínate, cuando seas grande, algún galán va a traerte serenata para que te asomes desde tu balcón de princesa. Y yo lo imaginé todo.

Luego de ver Aladdin cinco billones de veces y escuchar a la princesa Jasmine decir, indignada “yo no soy un premio que hay que ganar!” y recordar los constantes “esta niña está bien bonita, va a tener un chorro de galanes” me vienen algunas ideas a la cabeza.
La primera: la idea de que tantas niñas crezcan pensando en tener “un chorro” de galanes no me parece la más sana del mundo. Y es que, por un lado, ¿qué somos? ¿la carnada, el hueso que hay que perseguir? y como Jasmine, ¿el premio que hay que ganar? El supuesto ideal de tener a toda una manada de chicos mu-rién-do-se por ti, deseando besar el suelo que pisas y dispuestos a matar dragones y atravesar la galaxia para encontrarse con tu maravillosa presencia, implican que: necesitas tener una presencia maravillosa. Verte como princesa de Disney, comportarte como dama, tener la mente de un genio, además humor, seguramente habilidades gastronómicas; o más cercanos a estas épocas: habilidades con el control del Xbox, conocimientos en campos de zombies y “cosas de chico”, capacidad de parecer sexy en cualquier tipo de ropa, no hablar demasiado de “cosas de mujeres” pero ser suficientemente femenina, blah, blah. Porque ser una misma, no es suficiente. Nunca. No podemos ser carnada eficiente si no cumplimos los requisitos del depredador.

Jasmine - Imagen pública
Jasmine – Imagen pública

La segunda: Ojalá cuando se le dice a una niña que va a tener una lluvia de pretendientes alguien le avisara que más que un presagio alegre sobre un futuro posible, es una advertencia. Y de esta idea surgen dos ideas más: por un lado, mi dramatismo me permite afirmar que es sinceramente terrible la idea siquiera, de tener “un chorro de galanes” a los cuales decir: “perdón, pero es que ahorita estoy concentrada en mi carrera”, “te quiero, pero como amigos”, “es que acabo de salir de una relación muy larga y quiero tiempo para mí…” y demás maravillosas palabras que, en el 90% de los casos, significan simplemente: NO. Y lo terrible no es decirle que no a lo que no se quiere, sino que “eso” a lo que decimos “no” son personas, humanos. Algunos de ellos quizá sufran una verdadera desilusión. Algunos, quizá, en verdad lo sientan en el alma… Pensarlo es suficiente para querer salir a las calles vestida como pordiosera para no ser la causa del corazón roto de nadie… (aunque pensándolo así, ¿qué sería de la poesía sin el “no” y la friendzone y…? En fin).

Vaya, es que la situación se plantea como:

-Eres tan maravillosa que voy a ponerte todos los tipos de dulces en una vitrina. Todos mueren porque te los comas y todos son gratis. Puedes elegir uno y solo uno. Ahí están, mijita, felicidades.

-Oye, tía, elegí estos Totis, pero la Tutsi Pop está llorando, no quiero que llore, ¿por qué está triste?

-Déjala, hija, que llore. Que sufra, tú estás guapísima y estás para que te rueguen, no para preocuparte por la Tutsi Pop. Que se comporte como caramelo macizo, parece chicloso…

Y por otro lado -y hablo sólo de los extremos- hay mujeres cuyo ego es alimentado fastuosamente y que reciben, encantadísimas, las miradas y corazones de cualquiera que las contemple, así, sin dar nada, sin preguntarse nada. Qué bonita soy, sufre. El problema habla solito.

Princesas - Imagen pública
Princesas – Imagen pública

Pero es que ¿de dónde salió semejante idea? Me parece un problema real. Vivimos en una sociedad complicada y es posible que ninguno de los adultos que miran a una pequeña coqueta, inteligente, de cabello bonito o carácter risueño y le afirman: “cuando crezcas se van a pelear por ti”, esté consciente de todo el peso que está depositando sobre los hombros de esta pre-mujer. Es posible que no se percate de que la está cosificando, al igual que al otro y a todos los que, aparentemente, están destinados a pelearse el corazón -o nalgas, o atención, o favor- de la niña que, en vez de imaginarse siendo el centro de la mirada de los futuros galanes, debería saltar en el lodo y no sé, ser una niña y preocuparse por elegir entre un Carlos V y un Lucas, lejos de las luchas de ego, los ideales de princesas y la búsqueda de toda esa innecesaria atención.

Podría escribir cosas así hasta el infinito, sin embargo la idea es esta: las mujeres no somos un premio que hay que ganar; los pretendientes no son elementos estáticos en una vitrina. Y a las niñas, ¿qué..? Dejemos ser. Esas ideas para las novelas, esto aquí, somos personas, esto que se mueve, es un corazón…

Huelga sentimental

CLOSED-IMAGEN PÚBLICA
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por Carolina Vargas

Estoy sumamente confundida, creo que eso de las relaciones humanas no es lo mío. La verdad es que siempre he sido muy huraña, tengo pocos amigos, he tenido pocas relaciones de pareja y para una mujer de mi edad y en esta época, creo que también he tenido pocos compañeros sexuales.

Admito que soy muy neurótica, prefiero no hacer referencias físicas o estéticas sobre mí,  porque soy mi peor enemiga y no me tengo piedad, pero independientemente de eso, admito que durante mucho tiempo tuve serios problemas de autoestima, no soy una mala persona ni padezco nada contagioso ni incurable, por lo que en términos simples y muy generales creo que no difiero mucho del común de los mortales, por lo que supongo no soy la única a la que le cuesta trabajo relacionarse con otras personas ¿o será solo un asunto de neuróticos?

Hace muchos años estuve profundamente enamorada de un hombre con el que tuve una relación de siete años, fue mi primer amor. Debo confesar que el principal motivo por el que todo aquello se fue al carajo fueron los celos, al principio eran los celos de él hacia mí, después el torbellino de Otelo nos envolvió a los dos, lo que convirtió el idilio en un infierno.

Me prometí nunca caer en el negro abismo de los celos, ni permitir que nadie de ese inframundo arrastrara mi alma de regreso. Algunas veces lo he cumplido, de otras no he salido tan bien librada pero lo que si tengo muy claro es que el que busca encuentra, si no encuentras la evidencia encuentras el pretexto…así de simple y yo me he prometido vivir en paz. Quizá por lo esa razón es que nunca he querido verle la cara a nadie, por muy mierda que se porten conmigo, eso de hacerme pendeja y salir o coger con varios al mismo tiempo, nomás no se me da, pero igual cuando alguien desconfía de ti, así pasen las 24 horas del día juntos van a desconfiar y a ponerse celosos hasta del espejo.

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Pienso en mis relaciones y en todas, mis ex novios han tomado la decisión de sepultarme y hacer como si mi paso por su vida jamás hubiera ocurrido, todas han terminado mal,  incluso cuando escucho decir a alguien “quedamos como amigos” nunca he entendido a cabalidad como puede ser posible, yo alguna vez lo intenté y de una manera muy sutil me mandaron al carajo. Como se puede remendar un trapo completamente deshilachado.

Respecto a mis amigos, pues tengo muy pocos, no me quejo es algo que yo he decidido, desde niña fui muy selectiva para hacer amistad con alguien, prefería estar sola a compartir mi tiempo con personas que me hicieran sentir incómoda o que no me aportaran nada. Justo ahora me encuentro en casa, en familia, en la tierra que me vio nacer y crecer, por razones de la vida yo vivo lejos y sola y en esta visita, desafortunadamente no he podido reencontrarme con mis amigos, muchos de ellos hicieron lo mismo que yo y abandonaron el terruño para echar raíces en otros lados, por lo que acá en mi tierra me quedan muchos menos brothers que en mi sitio actual.

De mi familia puedo decir que siempre he sido la niña rara en una familia de raros. Mi caso no es excepcional, creo que a todos nos ha pasado lo mismo. Después de muchos años de conflicto, puedo decir que llevo una buena relación con mi madre ha sido la única persona incondicional conmigo, solo tengo una hermana y desde que nació le prometí que la cuidaría y la amaría toda la vida, promesa que he cumplido hasta hoy; tengo un abuelo que me adora, una de las personas que más quiero en este mundo y quien siempre ha sido un misterio para mí. Con el resto de la prole no tengo mayor problema, puedo decir que nos prodigamos  mucho afecto, pero me he desconectado muchísimo, me cuesta mucho trabajo ser ese pariente que llama una vez a la semana.

Me causa conflicto el tratar con otras personas, esa es la única verdad, me cuesta trabajo la convivencia y aunque trato de brindarme a otros, si siento que las cosas no funcionan huyo lo más pronto posible para que no me hagan daño, ya sé que es una actitud muy cobarde, pero incluso cuando me he quedado siento que no ha valido la pena porque termino muy maltrecha e ignorada por el ex novio en turno. En el caso de los amigos ahí los resultados han sido variopintos, quienes han sabido comprender se han quedado, por lo que valoro muchísimo su afecto incluso a los que se han ido los recuerdo con cariño y añoranza. Mi familia…pues diría que tengo la cena navideña o de fin de año para ponerme al día, pero hace años que eso no sucede, por lo que a mi madre la llamo a diario y de alguna manera ella me pone al tanto.

CLOSED-IMAGEN PÚBLICA
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No quisiera ser como esa canción que dice “yo quiero tener un millón de amigos” quisiera poder establecer mejores relaciones con las personas que ya están en mi vida, porque sinceramente como puedo aspirar a conocer gente nueva si mis relaciones actuales no están tan bien como yo quisiera. Y no es hacerle a la chillona o ponerme de víctima, lo escribo porque creo que soy más elocuente de esta manera que hablando, quisiera que mientras tecleo estas líneas se me revele una posible solución, poder leer todo esto como si fuera la voz de una tercera persona y analizarlo con cabeza fría, es quizá mi manera de ayudarme, porque en verdad me interesa dejar el azote sentimental y poder relacionarme de una manera más sana sin tener que recurrir a un libro de autoayuda…

Ex’s

Ex's - Imagen pública
Ex’s – Imagen pública

por José Luis Dávila

Todas mis ex han terminado por tratar de omitir mi existencia. No creo que eso esté mal, es quizá parte de un proceso de duelo necesario para poder pasar a algo nuevo, a lo que sigue, para poder desprenderse de todas aquellas cosas que ataban sus sentimientos, evitando que lograran una vida plena en ese “después de” que todo rompimiento implica. Es algo que todos llegamos a necesitar. Sin embargo, es curioso que ninguna de ellas deja de lado a ningún otro ex, por mal que las haya tratado, o al menos no dejan de lado a la mayoría de sus ex. Dos o tres casos hay en los que se llevan perfectamente bien con todos aquellos hombres con los que algo tuvieron que ver, pero no conmigo.

Sí, me hace sentir muy bien. Resulta que de poco en poco, mi ego se alimenta de ese tipo de cosas, aunque sé bien que no es lo ideal. Debería sentirme mal por saber que la gente trata de elidirme, de arrancarme de su experiencia como se arranca una costra. La cosa es que la costra de todos modos deja una marca que tarda demasiado en borrarse, e incluso hay marcas que nunca se borran.

¿Es pretencioso escribir sobre esto? Definitivamente. Lo es, no lo niego, como no niego que tampoco es el punto de lo que quiero aclarar, pero es un inicio. Así como les pasa a mis ex, nos pasa a todos, que buscamos el modo para matar algo en nosotros sin la necesidad de matarnos nosotros. Momentos vergonzosos, heridas emocionales, eventos traumáticos, conversaciones estúpidas, errores que nos ponen como unos tontos frente a otros. Muchas cosas existen de las que uno se llega a arrepentir.

Ex's - Imagen pública
Ex’s – Imagen pública

La clave, dicen algunos, es que nunca hay que arrepentirse de lo que se ha hecho, sino de lo que uno se queda con las ganas de hacer. Hace unos meses conocí a la mesera de un restaurante de comida china, se me acercó a conversar sobre el libro que notó en mi mesa. Oye, disculpa, ¿me dejas ver tu libro?, me dijo, iniciando una charla sobre la literatura y el crimen organizado. Me terminó recomendando Zero zero zero, de Roberto Saviano. Lo había leído en italiano y le encantó. En el reverso del papel en que me anotó el título y autor, estaba su número de celular. Era bonita, no deslumbrante, pero seguro que merecía una llamada. Y no lo hice, a pesar de tener ganas de saber que pasaría. Me di el argumento más sencillo del mundo: tengo novia, no debería estar saliendo con otras chicas si sé que no es algo de mera amistad. Puedo ser capaz de muchas cosas, pero hay que tener uno o dos principios en la vida. Recientemente vi que se ha publicado una traducción de ese libro, y cuando leí al respecto, recordé a la chica, a la nota, a la posibilidad que no exploré. No me siento arrepentido de ello, no creo que haya ninguna lógica aceptable que pueda hacerme sentir arrepentido por no haberle llamado, aun cuando mes y medio luego de conocer a esa chica mi relación había terminado. Y es que, por qué arrepentirse de lo que no se hace, si por lo general hay motivos muy válidos para no hacerlo.

Así como no creo necesario arrepentirse de este tipo de cosas, tampoco creo que sea necesario tratar de evadir la realidad de la experiencia que hemos vivido. Digo, el ejemplo de mis ex es bastante práctico para estos fines: al tiempo que niegan a la persona con la que compartieron diversos momentos de su vida, niegan entonces lo que aprendieron en el camino. No es que yo sea alguien de quien se pueda aprender mucho, pero estoy seguro de que algo aporté a sus perspectivas. Mi más reciente ex coincide con todas las anteriores en que soy el Anticristo, para ellas lo soy porque manipulo a las personas. Todas me han acusado de esto, pero sé bien como defenderme, demostrando algo muy sencillo. Todos influimos unos en otros, somos permeables a las miradas de quienes nos rodean, por lo que nos vamos moldeando de acuerdo a qué tanto de influencia gotea sobre las cabezas de nuestros inconscientes, cuando tratan de dormir y ese sonido molesto los hace tener que levantarse para arreglar el problema como se arregla casi siempre, colocando un balde debajo de la filtración, un balde que se llenará y desparramará. Lo que ellas llaman “manipulación”, lo conozco como un simple contacto humano. Si alguien se expone a radiación, el daño será más grave a mayor tiempo de exposición, es obvio.

Entretejimiento de miradas - Imagen pública
Entretejimiento de miradas – Imagen pública

Hay que tomar todo esto de manera sencilla. Somos seres intertextuales, incidiendo unos en otros, entretejiéndonos, hilvanándonos, bordándonos con las imágenes que recuperamos de lo vivido. Cuando nos damos cuenta de ello, tenemos la posibilidad de aceptarlo como un proceso natural o espantarnos y salir corriendo, considerarlo una invasión de los demás en nuestro espacio privado, lo cual genera muchos malentendidos.

Me gusta pensar que, entonces, no soy un manipulador, sino que por el contrario, todas mis relaciones han sido de provecho, pues tanto hubo de entendimiento entre ambas partes, que al final se hicieron insostenibles por los dos lados debido al espanto que es saberse influidos de esa manera por alguien, pues pocas veces aceptamos que otro llega a ser parte de nosotros.

¿Por qué buscamos amor?

Amour/Love - Imagen pública
Amour/Love – Imagen pública

por José Luis Dávila

Me cuesta trabajo pensar que muchas personas de mi edad, o contemporáneas, todavía piensan en las relaciones de pareja como un factor de peso para el éxito en la vida. Me hace preguntarme si de verdad vale la pena todo el esfuerzo que requiere sostener emocionalmente a otra persona. No digo que no sea importante tener una pareja, alguien con quien compartir la vida de forma profunda, más profunda de lo que la amistad se limita, alguien en quien depositar confianza, seguridad, paz mental, todo eso que se suele depositar. Yo lo he hecho, con frecuencia. Y he dejado que lo hagan conmigo. No estoy en contra de que se busque tener una vida en pareja, aun cuando todas mis relaciones se puedan clasificar como patrones de conducta, según algunos de mis amigos, que llegarían siempre al mismo fin. Desastres anticipados, pues.

Si no estoy contra ello, entonces ¿por qué me resulta extraño que las personas busquen amor? El asunto es que hay algo que nos inculcan desde pequeños, algo en las personas que nos rodean: parte de la felicidad viene de la vida en pareja, lo vemos con nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros tíos, lo vemos en todas las personas mayores que nos rodean, y mientras vamos creciendo, tendemos a crear un ideal al respecto, uno propio en la mayoría de los casos, aunque haya quien culpe a los medios por dar falsas ideas del amor, diciendo que, por ejemplo, todas esas historias felices en las que los problemas de la pareja principal siempre se resuelven al final, afectan a los modelos que proyectamos para nuestra vida, pero creo que quienes afirman eso están tratando de evadir la responsabilidad que tienen ellos y sus circunstancias en sus fracasos amorosos.

500 days of Summer - Imagen pública
500 days of Summer – Imagen pública

Asimismo, evadimos que esas personas que vimos amarse mientras crecíamos, también tenían problemas en sus relaciones, muchos más problemas de los que alcanzamos a ver. De suerte que cuando empezamos a acercarnos a otros con la intención de tener una relación, estamos ya negando la posibilidad del fracaso. Bueno, a nadie le gusta fracasar, pero hay veces en las que fracasar es otra de las formas del triunfo; una forma retorcida, si se quiere. Es cliché decir que cada fracaso es un paso de experiencia. La practica hace al maestro, errar es de humanos, toda esa basura que nos creemos para sentirnos mejor. La verdad es que no, que el triunfo no está en aprender de la relación, porque aprender de una relación es ensimismar la experiencia, es decir, no se puede aprender nada de una situación en la que se es parte activa y contemplativa al mismo tiempo, porque inevitablemente, cuando una relación termina, tratamos de justificarnos, desbordar en el otro algunas de las fallas propias, o exagerar los defectos ajenos. El triunfo está en haber aprendido de la pareja (o ex pareja en este punto), en saber que aparte de todo lo que pudo representar sentimentalmente, también es un individuo que al estar tan en contacto con nosotros, nos dejó ser parte de cómo experiencia el mundo, y tener la capacidad de respetar esas perspectivas, y sumarlas a la polifonía que de por sí ya somos –porque lo quieran o no, somos el conjunto resultante de otras voces filtras en nuestra voz–, es verdaderamente valioso.

Eso último es algo que no solemos atender. Por una u otra razón, termínanos haciendo lo primero, evitando la responsabilidad, alejándonos todo lo posible de la experiencia, esperando que llegue una nueva oportunidad con alguien más, en quien confiaremos que haga las cosas bien porque, obvio, nosotros siempre nos esforzamos en ser lo mejor que se pudo encontrar en la vida. Entonces es una buena pregunta, ¿por qué buscamos amor? Si no lo sabemos manejar, no queremos asumir las consecuencias que provienen de él, no nos gustan las obligaciones que se contraen cuando se tiene. “Lo buscamos por lo que nos hace sentir”, podría decirse, pero una respuesta en ese tono quizá no sea muy sincera, tomando en cuenta que las más de las veces no se sabe lo que se siente. A todo esto, antes de ponernos a buscarlo, ¿acaso sabemos lo que es el amor?, ¿en verdad buscamos amor? Veo que lo que en verdad estamos cazando es la pasión, los instantes en los que las emociones se disparan. Si eso es lo que entendemos por amor, tal vez estemos equivocados, porque entonces no queremos compartir ni ser para alguien más, ni que se otro comparte o sea para nosotros, sino que sea de nosotros, y ser de esa persona, que significa algo completamente distinto, pero sin duda es más fácil de controlar. Puede ser que el amor es tan aterrador que elegimos ponerle ese nombre a esta otra experiencia, para engañarnos un poco, para no darnos cuenta que a veces por más que se busque algo, simplemente no seremos capaces de encontrarlo. Al menos no como lo queremos que sea.

Facepuke

Usuarios de Facebook  Imagen pública
Usuarios de Facebook Imagen pública

por Carolina Vargas

En el año 2009, después de mucho resistir, sucumbí a la tentación de las redes sociales y abrí una cuenta en Facebook. Debo decir que durante años recibí en mi correo infinidad de invitaciones para unirme a Myspace, Hi5, Metroflog y otros nombres intrascendentes que llevan años borrándose de mi recuerdo.

Al principio no entendí muy bien el furor que causaban las redes, o mejor dicho, no sabía muy bien que rollo con ellas. La verdad es que tampoco me detuve a reflexionarlo mucho tiempo, y un día me dije “¿por qué no?”.

Desde el principio tuve muy claro que debía defender a como diera lugar mi privacidad, sin importar lo que me dijeran, jamás usaría mi nombre real, así que me fabriqué un avatar, adopté una nueva identidad, llené el formulario y unos cuantos clicks después ya era un militante más de la larga lista del apocalipsis zombiefacebookero.

Recuerdo que por aquel entonces mandaba regalitos a los muros de mis amigos, frases, test, aplicaciones variopintas, en fin, la industria del ocio cibernético en todo su esplendor. Lo admito, me divertía mucho, pero creo que el secreto para poder sobrellevar dos identidades, es que al menos una de ellas no me la tomo en serio, a diferencia de mi yo real que resulta muy dramática para casi todo. Mi avatar en Facebook tiene casi 800 amigos, 5 stalkers confesos, varias relaciones filiales nacidas más por el cariño que por el parentesco o la sangre; mi avatar vive en Corleone, habla esperanto y en algún momento de su vida trabajó como ángel de Victoria’sSecret, tiene apasionados romances con David Gandy, Marlon Moreno, Jean Dujardin, Sergio Rubini, RomainDuris, Brad Pitt, Robert Downey Jr. Dita Von Teese, MonicaBelucci y Scarlett Johansson.

Facebook - Imagen pública
Facebook – Imagen pública

Yo no tengo tantos amigos, me sobran dedos para contarlos, lo cual agradezco profundamente porque creo que para ser buen amigo hay que darlo todo, por esa razón mi círculo es muy pequeño; stalkers inconfesos tengo muchos más de los que pensaba, hermanos del alma sólo uno, prefiero los juegos en solitario sobre todo si se necesita lápiz y papel; amoríos virtuales ¡ja! qué cosa tan absurda, prefiero mil veces un roce de manos, una sonrisa y la calidez de unos labios honestos que la foto más hot de David Gandy. En pocas palabras, prefiero mi vida real, así la pase rascándome la panza todo el día, acostada boca arriba, mirando el techo, comiendo galletas, pensando en la inmortalidad del cangrejo y amenizando el momento alguna invaluable joya de mi acervo musical.

A estas alturas de la columna la mayoría se preguntará: ¿y eso a mí que me importa? Un debraye más de una adicta a las redes sociales… ¡Que profundidad! La verdad es que mi cibercorazón se rompió hace unos días, cuando la Kurá revisó su bandeja de entrada y tenía como 10 inbox, con recados de amigos y familiares, en los que se me reclamaba, entre otras cosas, por no haberme conectado durante días a Facebook. De ahí me surgieron varias dudas razonables, la primera, ¿desde cuándo tengo que pasar lista de asistencia con Mark Zuckerberg? Segunda, ¿realmente soy tan predecible y patética como para que mi vida gire alrededor de lo que Kurá hace, dice o postea? Tercera, ¿Kurápani Technicolor ya se comió a su alter ego? ¿La actividad cibernética de Kurá es lo único que vale en mí día a día?

Me sorprendió mucho que se me asumiera de esa forma, supongo que yo tengo la culpa, por qué efectivamente, Kurá revolotea demasiado por el ciberespacio, y aquí hay que aclarar una cosa, si bien es cierto que mi cuenta en Facebook tiene mucha actividad, yo nunca me la he tomado en serio, así como la hice la puedo desaparecer, pero ir al súper, lavar ropa, cocinar, limpiar el piso, escribir esta columna, dedicar tiempo a mis lecturas, escribir, reseñar, atender mis citas en el juzgado, salir con amigos, mis largos paseos por el jardín de San Francisco y los portales, las chelas en el barrio del artista, las tardes con Jano, mis horas de entrega a ver cine de culto, escribir para mi hijo y las largas charlas con su retrato, rascarme la panza, hacer memes, las fotos, mirar la ciudad nacer y morir desde la azotea, las mañanas de Skype con mi mamá, el whatsapeo, las visitas a las librerías, las noches de café y vino tinto mientras escucho boleros, los tangos, las espirales de mis cigarrillos, el Tesoreo intenso, el Periquita style, los sábados vagabundeando en los Sapos…todo eso no puede, ni debe desaparecer de mi vida, por eso no me explico la razón del asombro que mi ausencia en Facebook produjo en muchos de mis amigos, de los reales, y en un tanto más de parientes y contactos.

Facebook - Imagen pública
Facebook – Imagen pública

Así que aclaremos, soy una persona con responsabilidades, vicios, ocio y esa sana costumbre de la procrastinación tan propia de nuestra especie, tengo una vida y aunque no lo parezca también una agenda que debo cumplir, plazos que llegan y fechas que se cumplen, todo eso mucho más importante que cualquier tontería que tenga yo que postear. Para todos aquellos que quieran verme 24/7 lamento decirles que es imposible, pero no me cierro ante la idea de ir por un café, una llamada telefónica, beber una cerveza en los balcones de Yelao o simplemente planear un encuentro en cualquier calle de esta ciudad, a horas adecuadas, por supuesto, porque no tengo coche y el transporte público es pésimo. Si alguien verdaderamente quiere saber de mí, me puede llamar y es bienvenido a mi humilde cueva en conocida y transitada avenida del centro de esta ciudad, de la misma manera que yo, cuando quiera saber de alguno de ustedes, probablemente se lleven una grata sorpresa al atender el teléfono y descubrir que les estoy llamando. Con esto no digo que deje en el olvido a mi querida Kurá, sencillamente ella tiene su espacio y yo el mío, y últimamente yo he necesitado mucho más hacerlo efectivo. Si no me ven en línea, no se preocupen, estoy bien y respiro, quizá por esta última razón es que Kurá se va de vacaciones un tiempo, para despejarse de mí. Por mi parte, seguiré como hasta ahora, llevando una existencia de bajo perfil para poder diluirme en las mieles del anonimato peatonal.

Por supuesto que Kurápani Technicolor y yo tenemos muchas cosas en común, pero ella existirá hasta que yo quiera, me aburra de la red o deje de pagar la cuenta telefónica y/o elimine el programa de mi celular. A la Kurá le debo miles de máscaras que he tenido que usar para seguir manteniendo el anonimato de mi vida y bajo perfil, porque como lo he dicho antes, soy una persona simple.

¿Por qué armamos drama?

Keep calm and don't be such a drama queen - Imagen pública
Keep calm and don’t be such a drama queen – Imagen pública

por José Luis Dávila

Fíjense bien en la elección de palabras, “armar drama” no es “hacer drama”, como antes de empezar a escribir estuve pensando. La diferencia está en que aquello que se arma no nace de nosotros sino que tomamos las piezas convenientes para ello de algo externo y por lo tanto regularmente resulta demasiado artificial, mientras que cuando “hacemos” estamos proyectándonos en el proceso tanto como el producto de ese hacer.

Y sin embargo, armar drama es mucho más común que hacer drama, pero si bien la pregunta que tengo es “¿por qué?”, la respuesta no está en quien lo arma sino en quien lo contempla, es decir en el “¿para qué?”; una pregunta que se responde en la respuesta de otra, siempre es una pregunta que trata de unir todos los puntos sueltos en el trazo del problema. Quizá se debería obviar la respuesta, porque no hay mucho misterio en ella: armamos drama porque sabemos que quien lo especte es susceptible de convertirse también en alguien que lo expecte.

Cuando a uno le arman drama hay dos vías de acción, o lo convierte en un mero espectáculo del cual se puede hasta hacer burla y darle la importancia que merece, o caer en el juego del otro y tener una expectativa sobre el asunto, lo que pone en juego una relación de poder que todos notamos pero muy pocos somos capaces de evitar. Si se tiene esa expectativa, ese interés, de una u otra manera se llega a tomar tanto en cuenta el drama que nace preocupación al respecto, una preocupación genuina que para nada cuestiono en sinceridad porque, vamos, cuando actuamos como idiotas es cuando somos más sinceros.

Drama Queen - Imagen pública
Drama Queen – Imagen pública

Por el contrario, cuando uno arma drama, lo peor que se puede hacer es parecer idiota, porque entonces nadie se va a interesar por nosotros, nadie va a generar una expectativa, por lo tanto, cuando se arma drama hay que elegir con precisión sus componentes. Un poco de paranoia, algo de estrés, ansiedad, soberbia, despecho, en fin, todos esas bonitas herramientas que de las que nadie puede prescindir en esta vida (porque, admitámoslo, aquellos que crean que esto de armar drama es cosa de género, les tengo una gran verdad: todos somos una vieja histérica al menos una vez en la vida). Armar drama es un arte de reacción: se necesita, creatividad, inventiva, talento, y mucha, mucha, dedicación para conseguir la pieza perfecta que impacte al público como se quiere.

Una de las mejores habilidades que se pueden cultivar es aprender a diferenciar entre esas dos formas de actuar, algo que me parece bastante complicado, dado que para ello hay que entrenar con situaciones en tiempo real, mismas que siempre corren el riesgo de salirse de control, más que nada porque lo interesante entre hacer y armar drama es que de uno se puede pasar a otro en cualquier instante.

Drama Queen - Imagen pública
Drama Queen – Imagen pública

Entonces, ¿hacemos drama para subyugar al otro, para demostrar algo ante él sin que tenga la posibilidad de actuar a su favor, o al menos en su defensa? Sí y no. Sí, porque la intención final es esa, el acto de la construcción del drama desemboca en avasallar al otro. Pero no, porque armamos drama como la única forma que conocemos de establecer un circuito comunicativo en el que seamos escuchados con seguridad, y eso proviene de la dinámica intersubjetiva a la que estamos atados desde que empezamos a conocer cómo interactúan las personas mayores.

Aunque, la verdad es que no importa por qué armamos drama, ya que cualquiera que sea su origen, y lo sepamos o no, difícilmente evitaremos armar o ser víctima de uno, pues armar, y también hacer, drama nace de la pasión creadora que mueve todo progreso, de forma directa o indirecta. El mundo sería muy aburrido sin esa cuota de drama, que aunque innecesario, siempre es divertido para alguien, generalmente para quienes no están envueltos en el drama.