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Sobre la nación en tiempo Heterogéneo y la política de los gobernados

Por Gerson Tovar Carreón

Reflexionar sobre del concepto de nación en el mundo contemporáneo es una tarea compleja. Presentar las formas en las que los sujetos construyen su idea de nación y, al mismo tiempo, mostrar su relación con las estructuras dominantes bajo el contexto de las crisis actuales de los sistemas democráticos y políticos, significa mirar críticamente los parámetros y desarrollo de la democracia liberal actual.

Partha Chatterjee aborda la complejidad de esto en La nación en tiempo heterogéneo y otros estudios subalternos. El autor realiza un análisis de la modernidad en sociedades no occidentales como la India y sus experiencias, confrontando el sistema democrático y político. Para reflexionar sobre el tema, abordaré dos textos del autor. El primero es el epígrafe segundo del capítulo dos, titulado “La nación en tiempo heterogéneo. El segundo escrito será “La política de los gobernados, quinto epígrafe que conforma el tercer capítulo de la obra de Chatterjee.

La nación en tiempo heterogéneo

En este segundo epígrafe, Chatterjee se enfoca en el concepto: “política popular”. Para el autor, lo popular se encuentra en las funciones y actividades de los sistemas gubernamentales modernos. Además argumenta que su perspectiva implica, para su visión de lo “popular”, un tipo concreto de relaciones sociales entre gobierno y pueblo. Así, la política popular “crece a partir de las relaciones y es conformada por ellas” (p. 56). Asimismo, recurre a la experiencia de sociedades que no participaron en la evolución institucional de la democracia capitalista moderna para hacer una crítica al sistema y, en este apartado,  da una definición de política popular; revisa conceptos familiares de la teoría social como: sociedad civil y Estado, ciudadanía, afiliaciones universales e identidades particulares con el objetivo de elaborar una crítica.

Posteriormente, el autor discute la idea lineal de “vida moderna” en una  dimensión espacio-temporal homogéneo vacío y flexiona el concepto de nación y comunidad de Benedict Anderson  mediante el ideal universal del nacionalismo cívico. La nación moderna existe “en un tiempo homogéneo vacío y que el espacio social se distribuye en ese tiempo”. Esta tesis de Anderson resulta brillante para de demostrar “las posibilidades materiales de formas anónimas de sociabilidad de gran alcance, conformadas por la experiencia simultánea de la lectura de periódicos y diarios o por la experiencia de acompañar las vidas privadas de los personajes populares de ficción….” (p.59)

La “nación”, para Chatterjee, nunca moró en ese tiempo vacío y homogéneo que él define como “tiempo utópico del capitalismo“, comparándolo con la dimensión del “espacio real de la vida moderna en un tiempo denso y heterogéneo”, haciendo referencia al concepto de heterotopía de Foucault.

“El espacio-tiempo homogéneo y vacío es el tiempo utópico del capitalismo. Linealmente conecta el pasado, el presente y el futuro, y se convierte en condición de posibilidad para las imaginaciones historicistas de la identidad, la nacionalidad, el progreso, etc., con las que Anderson y otros autores nos han familiarizado. Pero el tiempo homogéneo y vacío no existe como tal en ninguna parte del mundo real. Es utópico. El espacio real de la vida moderna es una heterotopía […] El tiempo es heterogéneo, disparmente denso. No todos los trabajadores industriales interiorizan la disciplina de trabajo del capitalismo, e incluso cuando lo hacen, esto no ocurre de la misma manera. “(p.62)

Chatterjee hace referencia a Homi Habha para señalar esto dentro del marco de una temporalidad, asentando una ambivalencia con los dos planos temporales bajo los marcos pedagógico-nacional y la identificación permanente con la nación. Asimismo, el autor argumenta que no hay coexistencia entre  un tiempo moderno y un tiempo premoderno sino realidades muy heterogéneas y fragmentadas que “son los nuevos productos del encuentro con la propia modernidad” (p. 63).

La política de los gobernados

En la tercera parte del libro, Chatterjee  define el concepto de la sociedad política a partir de su crítica al concepto de la sociedad civil, el cual fracasó como modelo estándar de la población  al fundamentarse la igualdad (legal) para todos. Un ejemplo que desborda la categoría de sociedad civil fue La Asociación para el Bienestar del Pueblo, una organización que violaba las leyes de propiedad y de las normas cívicas de conducta, el estado no podía reconocerla bajo el marco de la legalidad debido a la ocupación ilegal de terreno público; sin embargo, articularon su reivindicación de vivienda en términos de derechos, utilizando a la asociación “como instrumento colectivo para obtener sus reivindicaciones”. (p.133)

Chatterjee afirma que en los países poscoloniales no se ha podido realizar el ideal moderno de la relación entre el Estado y la sociedad civil. Además, la sociedad política según el autor está constituida por grupos poblacionales organizados en asociaciones locales, también representa a pobladores cuyas estrategias de sobrevivencia muchas veces transgreden la legalidad. Teniendo en cuenta que estos pobladores no son reconocidos por las instituciones públicas como parte de la sociedad civil pero, estando incluidos dentro de la jurisdicción del Estado.

En este punto, me gustaría introducir una categoría que ilumina muy bien la problemática sociedad política-civil. La gubernamentabilidad, explica Chatterjee, funciona como operante sobre el cuerpo social heterogéneo “actuando sobre múltiples grupos de población y desarrollando diversas estrategias. No hay espacio aquí para el ejercicio igualitario y uniforme de los derechos derivados de la noción ciudadana”. (p. 134) También, esta concepción pone en entredicho la noción de comunidad como elemento de la sociedad civil y de los grupos subalternos. Debido a la pluralidad étnica y política de estos grupos, la identidad comunitaria no existe. Sin embargo, crean relaciones de parentesco al defender sus intereses frente a la retórica política.

La gubernamentalidad es un elemento crucial para la política de los gobernados, debido a su carácter “empírica funcional” para definir y aplicar políticas públicas reinventado su identidad colectiva, dándole un carácter de moral comunitaria. Si bien, tanto sociedad civil como grupos subalternos luchan por la reivindicación de sus derechos, su mayor logro no es la lucha por sí misma o la resistencia, sino el resultado de las negociaciones políticas con el Estado.

Conclusión

Chatterjee critica y explica conceptos que conforman la democracia y la política liberal a partir de experiencias de movilizaciones exitosas, y algunas no tan exitosas, de pobres, marginados y excluidos para asegurar y conservar los beneficios de los programas gubernamentales dirigidos a la sociedad civil a través de las ONGs. Estas posibilidades de negociación, como ya he mencionado, llevan a la construcción de identidades políticas de los sectores subalternos dentro las sociedades contemporáneas. Éstas no necesariamente están involucradas en el desarrollo de la democracia liberal actual e implican una mayor participación de ellos en la definición de la forma en que son y serán gobernados. Chatterjee reemplaza la idea de la totalidad política de los derechos por la de variedad de los derechos sociales, mediante demandas concretas y particulares de colectivos cada vez más centrados política, social y moralmente.

Bibliografía

Chatterjee, P. (2008), “2. La nación en tiempo heterogéneo” y “5. La política de los gobernados” en  La nación en tiempo heterogéneo y otros estudios subalternos, Argentina, Siglo XXI.

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El príncipe y el mendigo

Felipe VI - Imagen Pública
Felipe VI – Imagen Pública

por María Mañogil

Ayer, mientras en muchos hogares se seguía en directo por televisión el acto de proclamación de Felipe VI como nuevo rey de España, en la mayoría de comunidades autónomas y a dos días de acabar el curso escolar, aún no se había decidido si los comedores de los colegios van a permanecer abiertos este verano. En algunas de ellas se deja la decisión en manos de los ayuntamientos, delegando así la responsabilidad de los presidentes a los alcaldes, costumbre muy arraigada en este país por nuestros políticos cuando se trata de resolver problemas urgentes que afectan a los sectores más necesitados, como ya hizo hace algunas semanas la defensora del pueblo al “recomendar” que se abrieran los comedores, ya que muchos niños españoles están haciendo su principal comida diaria allí (algunos la única). ¿De qué nos sirve tener un defensor del pueblo que “recomienda”, pero no garantiza que se cumplan los derechos constitucionales de los ciudadanos? De lo mismo que nos sirve un ministro de justicia que indulta a personas condenadas por delitos graves, o un ministro de educación que invita a los jóvenes a dejar los estudios, o una ministra de sanidad a la que no le importa cerrar hospitales y a la que parece no afectarle las palabras de su compañera (viceconsejera de sanidad) menospreciando a los enfermos crónicos.

En otras comunidades, en cambio, todavía se está discutiendo si la decisión de dejar abiertos los comedores escolares afectará psicológicamente a los niños y niñas que hagan uso de ellos (en este país se protege mucho el derecho a la intimidad del menor, pero se le deja sin comer). Es algo muy coherente con las patadas que se le está dando a la Constitución  y a los derechos humanos en los últimos años.

La verdad es que nada de lo que hace el gobierno me sorprende, nada va en contra del modelo que va siguiendo a las huellas del franquismo de hace 40 años.

TODO SIN EL PUEBLO, PERO JODIENDO AL PUEBLO

Hay momentos en los que, escuchando a nuestros políticos en televisión, me viene a la cabeza una frase que me suena del despotismo ilustrado, pero tergiversada por quienes intentan imponernos a la fuerza un régimen en el que el pueblo, además de no tomar decisiones, es el único responsable de su propia decadencia. Pero no hemos retrocedido tres siglos, aún no. Sólo llevamos perdidos en derechos unos 30 años, aunque esos 30 años, perdidos en los últimos 3, me hacen pensar que vamos a una velocidad bastante considerable. Va siendo hora de echarle el freno.

Felipe VI - Imagen Pública
Felipe VI – Imagen Pública

EL PRÍNCIPE

Me encantan los cuentos, menos los que me cuentan con la intención de que crea que son verdad.

Ayer escuché uno, era el discurso (muy elaborado, todo hay que decirlo), del que hoy es el nuevo rey de mi país, un tío muy guapo que veranea desde niño, junto a su familia, en la misma ciudad en la que yo vivo. No he tenido el gusto de conocerlo porque no hemos coincidido nunca en ningún lugar a los que solíamos ir los jóvenes en esa época.

Como no lo conozco personalmente, hablaré de él con respeto. Todas las personas, de entrada, me merecen el mismo respeto.

EL MENDIGO

El chico que dormía todas las noches en el cajero al que yo voy a sacar dinero (cuando tengo), también es muy guapo. Si no fuese por la barba, un poco más descuidada y el pelo más largo, diría que se parece un poco a Felipe. Algo más joven que él y un poquito más bajo, creo.

Hace tiempo que no duerme allí porque ahora cierran el cajero y sólo se puede utilizar el que está en la parte exterior del banco. Me imagino que lo cierran para que los chicos guapos que duermen en los cajeros no puedan entrar y así ahorrarles la multa que están poniendo a las personas que, como a ellos, les gustaría dormir en una cama mullidita, con sábanas limpias y una almohada anatómica, en una habitación con vistas a la montaña, con calefacción y si puede ser con un baño en suite, para no tener que salir a la calle en plena madrugada para mear entre dos coches aparcados o en un árbol. Como digo, todas las personas merecen el mismo respeto. Todas. Felipe no se merece más respeto que el chico del cajero, ni tampoco menos.

No siento que esté faltando al respeto a nadie si digo que Felipe podría no haber nacido en las condiciones en las que nació, ni ser hijo de quien es. Eso sólo fue cuestión de azar y por lo tanto, no creo que el hecho de que él pueda dormir en una cama y no se vea obligado a hacerlo en un cajero sea algo que se haya ganado con esfuerzo y trabajando y el cargo que ocupa hoy, si bien ha estado recibiendo la formación adecuada para desempeñarlo desde que era niño, no lo merece más que cualquier persona que está durmiendo en la calle y buscando comida en las basuras.

 EL PUEBLO

Las circunstancias no hacen a las personas, somos las personas las que hacemos (a veces por ignorancia) diferencias entre unos y otros y fomentamos esas diferencias con nuestra actitud, a veces sin darnos cuenta y dejándonos llevar por costumbres absurdas a las que seguimos aferrados porque nos resulta más cómodo que cambiarlas.

La monarquía es el más claro ejemplo de desigualdad social. Hay millones, pero éste es el más descarado de todos. Y no digo que mantener una monarquía sea lo peor que haya en este país, ni lo más caro, porque no lo es, pero de todas las parafernalias que estamos pagando con nuestros impuestos, ésta es la única que no hemos elegido nosotros y que nos venía de serie (en ocasiones por cortesía de un dictador).

Felipe VI - Imagen Pública
Felipe VI – Imagen Pública

EL DISCURSO DEL REY

Nosotros somos partícipes y cómplices de la desigualdad que estamos viviendo cuando estamos contemplando emocionados por televisión la entrada de los futuros reyes al congreso, el paseíto en coche hasta el palacio real, comentando con nuestra abuela lo monas que iban las nenas y lo bien que se portaron durante el discurso de su papá. Discurso que yo he escuchado justo antes de empezar a escribir este texto.

Me parece un insulto que se pronuncien frases como: “En España hay cabida para todos”, mientras estoy viendo las fotos de las detenciones que se llevaron a cabo ayer de las personas que portaban una bandera republicana. Igual de patético me parece hacer referencia a las familias afectadas por la crisis, intentando mostrar solidaridad con ellas mientras, para su propia proclamación se está gastando una cantidad escandalosa de dinero que podría ir destinada a esas familias. Y lo más patético de todo es que haya gente que no vea eso. O estamos todos ciegos o es que nos hemos creído el cuento.

Solidarizarse con el pueblo no es soltar un discurso y  hablar bien, es estar al lado del pueblo y escuchar lo que tiene que decir.

Solidaridad es hablar desde la habitación de un hospital, junto a esas personas que tienen cáncer y llevan meses en lista de espera para una operación, no en el congreso, con su padre al lado, al que se le practica una operación de cadera toda las veces que lo necesita sin tener que esperar.

Solidaridad es no aceptar un sueldo para su hija de 8 años mientras haya miles de niños pasando hambre. A mí no me vale que se solidaricen conmigo saludando desde el balcón de un palacio. Eso es soberbia.

LA POBREZA

De todos los delitos que conozco, la pobreza es el que se paga con una mayor condena. Sí, ser pobre es un delito. No creo que en ningún artículo del código penal se hable sobre eso,  pero en la práctica es así. Cualquier persona que lea los periódicos o que salga a la calle corroborará lo que estoy diciendo.

Además de estar castigada, la pobreza ya es de por sí un castigo que, tal y como están las cosas ahora, se arrastrará durante muchos años, incluso cuando ya se haya conseguido salir de ella. Algunas personas lo arrastrarán toda su vida, porque, al igual que una hipoteca, ser pobre genera una deuda con el estado que se debe seguir pagando aunque ya no se tenga con qué pagar.

En este país ponen multas por todo: por buscar comida en los contenedores de la basura, por dormir en un banco del parque, por pegar carteles en la calle pidiendo trabajo, por vender clínex en un semáforo… No se puede hacer nada que vaya en contra del sistema, pero cuando el sistema no sólo no garantiza que el pueblo coma, que tenga un lugar donde dormir y que tenga un puesto de trabajo, sino que además lo dificulta ¿no debería ser el pueblo quien decidiera un cambio en el sistema?

Hasta eso está prohibido. Salir a la calle a reclamar nuestros derechos también está penado, igual que alegrarse de la muerte de alguien. No digo que esto último esté bien desde el punto de vista ético, pero que opinar se haya convertido en algo delictivo me parece demasiado retrógrado para que esté pasando en el siglo XXI, cuando la libertad de expresión ya hace mucho que está considerada un derecho constitucional.

Felipe VI - Imagen Pública
Felipe VI – Imagen Pública

EL FINAL DEL CUENTO

El cuento de Mark Twain (del cual tomo prestado el título) tiene un final muy feliz, pero sólo si tenemos en cuenta a los dos protagonistas. Los demás mendigos que ni se mencionan seguirán siendo mendigos, los sirvientes seguirán siendo sirvientes y el rey seguirá asomándose al balcón de palacio a saludar a sus súbditos, que le aplaudirán muy contentos, enfermos de  ignorancia ante la desigualdad social que padecen y aceptando como algo natural que su rey debe seguir siendo rey por derecho divino y porque es de sangre azul.

Esto no deja de ser un cuento y no nos engañemos, la sangre que corre por las venas de los reyes es roja, igual que la nuestra.

Si no empezamos a entender que los privilegios otorgados a unos cuantos se pagan con los derechos de todos los demás, tenemos un grave problema de identidad. Acabaremos asumiendo la condición de mendigos y aceptaremos los pocos derechos que nos den a cuenta gotas como limosna, no como algo que nos merecemos y que nos han robado.