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El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera

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Por Raúl Picazo

Un amor se convierte en ridículo cuando lo risible de las situaciones se desbordan como grasa en un cuerpo adiposo. El encuentro entre flujos opuestos, el choque de los cuerpos y la razón de las sospechas hacen que los amores caigan irremediablemente en la ridiculez. Encuentro en estas palabras una introducción simple para El libro de los amores ridículos,  de Milan Kundera, quien nos propone una ilustración cómica sobre el amor, la pasión y sus efectos.

En “Eduard y Dios” encontramos a una mujer desnuda, rezando un padre nuestro de rodillas. Frente a ella un hombre le ordena que no se detenga, que siga rezando mientras él observa, excitado. Esta imagen podría ser omitida de no ser porque la mujer es directora de un colegio comunista, y el comunismo, como se sabe, no admite la religión. “Hemos de recordar (para aquellos a quienes se les escapen las circunstancias históricas del relato) que, si bien a la gente no le estaba prohibido ir a la iglesia, la visita no estaba exenta de cierto peligro”.

“-¡Reza!

Como permanecía en silencio, gritó:

-¡Y en voz alta!

Y en efecto: aquella señora arrodillada, flaca, desnuda, empezó a recitar:

-Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga nosotros tu reino”.

Los relatos, a la par de las experiencias eróticas, contienen reflexiones sobre la naturaleza de las relaciones, sobre la razón, la ética y la moral. Todo esto con personajes que muestran lo importante de la libertad. Sobre todo la inteligencia, que es la base  de toda buena elección.

En “Que los muertos viejos dejen sitio a los muertos jóvenes” se habla de la edad, la confusión que atrapa a hombres y mujeres atados al tiempo, al cuerpo que se deteriora. Un hombre se encuentra con una mujer en el pueblo de su infancia, la mujer regresa a ese sitio y se topa con un hombre con el que tuvo que ver en algún momento de su vida. Él la invita a su departamento, conversan y recuerdan, se hacen de palabras, urden un montón mentiras sobre su pasado mientras una telaraña se va apoderando de sus pasiones.

Los relatos proporcionan tensión intelectual porque se transmiten conocimiento. Porque el amor es ridículo cuando no hay salida y lo único que se tiene es la nada, espacio donde interactúas con el otro; espejo donde encuentras insatisfacción y, de vez en cuando, placer y de risas.

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Consejos de Raúl para la eternidad

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Por Roberto Conde

-¡Deja eso, es mío!- dijo Raúl mientras me miraba fijamente a través de sus lentes redondos.

Aquellos lentes los había encontrado en la recámara de sus papás. Son como los un señor que cuelga de la pared del vecino de la silla de ruedas. Dice el vecino que ese señor era una estrella de rock, que lo mataron como dos años antes de que yo naciera. A mí no me gustan sus lentes, ni su pelo todo caído. Mamá asegura que se le llama pelo lacio, pero yo lo tengo chino, como ella. Le pregunté a mi mamá qué era una estrella de rock. Respondió que son personas que hacen una música bonita; a ella le gusta Queen. Me puso un disco de los que guarda debajo de la vitrina. Yo no me acerco mucho a la vitrina, en la parte de arriba hay una cabeza de payaso que me asusta. A veces, cuando mamá sale por la noche, siento que la cabeza se asoma por la puerta; aprieto muy fuerte los ojos, pero creo que la veo en la oscuridad de mis párpados. No me gusta, le pido a mamá que la tire. Ella menciona que es un recuerdo, con ella se acuerda de mi cumpleaños. Cuando la vi sobre el pastel, se me hizo bonita. Pero ya no, siento que al entrar a la casa el payaso siempre está esperándome. Cuando entro, corro muy rápido al cuarto de mamá. Ella duerme y me acerco con cuidado junto a su lado; cuando duerme, yo duermo, y el payaso de queda inmóvil en la vitrina, fuera de mis párpados.

Escuché a Queen, ahora sé qué es una estrella de rock. Yo pensaba que las estrellas sólo estaban en el cielo, y que de vez en cuando una de ellas se cansaba mucho y se dejaba caer. Lo digo porque una vez vi cómo una se caía del cielo, la vi desde la ventana. También pensaba que había una de ellas que estaba bien gorda, como Salomón, el niño al que pasamos a dejar en el transporte antes de mí. Ahora sé que se llama Luna. Yo creo que la estrella roja luego que se ve junto a ella debe tener calor.

-¿Sabías que a las estrellas se les puede matar?- cuestioné a Raúl, mientras él me quitaba mi jouils.

-¿Y cómo se las mata, si yo veo que están muy lejos y ni saltando las agarro?- me preguntó mientras movía mi jouils de un lado a otro.

Le dije que para que se murieran las estrellas tenían que ser de rock. Cuando me preguntó cómo eran las estrellas de rock le dije que ellas usaban lentes como los suyos y que tenían pelo lacio. Menos Queen, que tenía el pelo corto y unos dientotes bien blancos. Las estrellas de rock no están en el cielo, te miran fijamente desde las paredes o desde los discos; y hacen un ruido que te pone a mover el pie, expliqué a Raúl, a la vez que le quitaba mi carrito de las manos. Él se enojó, me dijo que quería el carro, y me prometió que un día me iba a empujar de la azotea. Mamá advierte que no me suba a jugar allá, que puede ser peligroso. Pero a Raúl siempre le gusta jugar en la azotea. Nunca lo veo en otra parte, ni en el parque o en alguno de los patios. Cuando alguien sube a tender la ropa, Raúl siempre se esconde detrás de algún tinaco. Dice que no quiere que lo vean, porque pueden ir a decirles a sus papás que está arriba. A sus papás tampoco les gusta que Raúl juegue en la azotea. Nunca he visto a los papás de Raúl. A lo mejor es alguno de los que luego suben a tender.

La otra vez invité a Víctor a jugar a la azotea. Él no quería, decía que le daba miedo subir hasta arriba por esas escaleras de metal. Las escaleras son como la resbaladilla que está en el parque. Subes y bajas en círculos. Le dije a Víctor que no fuera puto (así me dijo mi papá que se les dice a los miedosos).  Me miró como triste, después se enojó y sentenció que no tenía nada de malo ser puto. Me gritó que hasta Queen era puto. Yo la verdad no creo que Queen le tenga miedo a algo, usa una capa roja y en la foto que me enseñó mi mamá tiene el puño cerrado, como si le fuera a pegar a alguien. Víctor subió lentamente por las escaleras, le costó mucho. Subía un escalón y se detenía, se agarraba bien fuerte del tubo y comenzaba a llorar.

–Pinche putito- le dije desde arriba.

Víctor se portó valiente y por fin pudo subir a la azotea. Cuando estuvimos arriba, llamé a Raúl. Pensé que estaría escondido detrás de uno de los tinacos. Pero Raúl no salió. Le dije a Víctor que Raúl era un niño todo “chele”, de pelo lacio, flaco y que siempre usa la misma playera de Batman. Víctor me preguntó qué era “chele”, entonces me acordé de que mi mamá me había dicho que ya no usara esas palabras, porque sólo se decían en la casa de mi abuela.

–En México se dice güero- respondí a Víctor.

Me preguntó que dónde se les dice chele a los güeros, le dije que en El Salvador. Víctor me miró de forma extraña, yo creo que pensó que le estaba inventando todo. Me dijo que él nunca había visto a ese niño llamado Raúl.

–Al único que he visto con algo de Batman es a ti. También te vi vestido de Robin y de Superman- mencionó Víctor con un gesto socarrón.

Me gusta Batman y los luchadores. Mi mamá me llevó a las luchas. Estuvieron en la esquina del parque. Yo iba emocionado, pensé que vería a Mascarita Sagrada y a Octagón; al Hijo del Santo o a Blue Panter. Pero no apareció ninguno de ellos, salieron el Cometa enmascarado y el Capitán Rodríguez. A ellos nunca los había visto en las luchas que pasan los domingos en la tele, ni en las revistas que de luchadores que mi mamá me compra. Creo que al Capitán Rodríguez ya lo había visto una vez en la esquina de la casa, en “El flamingos”, cuando entré a pedir calaverita a las señores borrachos. Mi mamá me advirtió que jamás volviera a entrar a ese lugar, ni a la pulquería que estaba en la otra esquina. Yo no sabía que se llamaba pulquería, siempre pensé que era un baño. También me prohibió que me volviera a disfrazar. Me dijo que yo no podía volar como Superman, que de no haberme escuchado bien cuando le dije “ahorita vengo, voy a volar” seguramente ya estaría muerto.

Le conté a Víctor que jugaba casi todas las tardes con Raúl en la azotea, yo le prestaba mis juguetes porque Raúl no tenía. Le expliqué que seguramente Raúl era muy pobre. A veces, yo lo dejaba con mis juguetes cuando mi mamá me gritaba para ir a comer. Cuando regresaba, Raúl ya no estaba, pero mis juguetes sí. Raúl era muy bueno, jamás se los llevaba. Víctor me miró con unos ojos muy raros, con los mismos ojos que hizo cuando subía por la escalera.

–Mi mamá dice que tú estás malito, que siempre te ve jugando solo en la azotea. Mejor ya me voy.

Tuve ganas de pegarle a Víctor, pero recordé que mi mamá me dijo que eso estaba mal y que no tenía que volverlo a hacer, sino me castigaría de nuevo. Raúl preguntó: “tu amigo ese, el que se llama Víctor, cree que estás loco ¿verdad?”

– No, piensa que estoy malito- repliqué.

Me contestó que Víctor era muy menso, que no se había dado cuenta de que él se había escondido muy bien. Tan bien que ni yo lo había visto tampoco. Me dijo que se había escondido dentro del tinaco, como el chavo del ocho. Pensé que eso era lo que había pasado. Lo bueno es que hoy sí me va a conocer, para que no ande pensando que estás loco. Porque eso es en verdad lo que él piensa de ti. Además, no sé por qué quieres juntarte con él, ¿apoco ya no te diviertes conmigo?, cuestionó Raúl, a la vez que me quitaba otra vez el carro. Le expliqué que quería que lo conociera para que pudiéramos jugar los tres todas las tardes. Bueno, creo que ya viene. Le dijiste que hoy viniera a conocerme, ¿no? Raúl se quedó inmóvil mirando hacia la escalera. Comencé a escuchar los pasos que subían, muy lento.

–Es re puto- dijo Raúl, mientras me hacía señas para que fuera por Víctor.

Me acerqué a la orilla de la azotea y vi cómo Victor estaba apenas a la mitad de la escalera.

-Apúrate, Víctor. Ya está aquí Raúl. Traje mis jouils para que juguemos.

Víctor subió por fin a la azotea. Comenzó a respirar muy fuerte y me miró enojado. ¿Ya ves? Me engañaste otra vez. Estás solo acá arriba, dijo Víctor, y me dio una patada debajo de la rodilla. Me agaché porque me dolía mucho. Volteé y vi que Raúl ya no estaba. Sólo vi los coches en el suelo. Le dije a Víctor que teníamos que buscarlo, porque de seguro se había escondido dentro del tinado, como el chavo del ocho.

Mi mamá tiene razón, estás loco. Yo mejor me bajo. Se dio la vuelta para regresar a las escaleras. De repente, Raúl salió de atrás de uno de los tinacos y empujó a Víctor. Sólo vi cómo él intentó volar con los brazos. Escuché su grito y después un ruido muy fuerte, como el ruido que escuchas en tu cabeza cuando caes sin poner las manos. Me asomé por la orilla de la azotea y miré a Víctor acostado. La gente se iba juntando a su alrededor. Ahora sé que Víctor no era imaginario.

Personajes

Por María Mañogil

Los personajes de un relato no son el escritor. Pueden parecerse a él porque son sus creaciones. O pueden no parecérsele en nada, tal y como sucede con un hijo al que engendras. Llevan también algo de cada ser que los contempla. Ya sean dibujos escritos a renglones sobre un papel o garabatos incompletos a los que les falta alma. El alma la aporta quien los imagina, quien los proyecta fuera del libro donde descansan y son arrancados de él. La responsabilidad en lo que hacen esos personajes, de cómo se comportan y de lo que sienten, es a partes iguales del lector y de quien los ha creado.

He visto cómo algunos escritores han sido definidos, de una u otra manera, a través de sus personajes; rebatidos y corregidos desde la crítica por quienes gustan de adaptar el guión del libro a la vida cotidiana. Creo que se han olvidado de lo que les corresponde hacer a ellos mismos cuando deciden leer, que no es otra cosa que permitir trasladar  a los personajes del libro hacia el mundo exterior.

Leer no es repetir mentalmente las frases ya escritas. Es también entrelazar lo escrito con lo no escrito, extraer de cada página todo cuanto hay en ella y mezclarlo con el aire que se respira, con la vida terrenal, con la realidad.

He entendido introducirme en un mundo irreal a través de los cuentos como una forma de explicar que estoy involucrada de lleno en la lectura. Ahora sé que no es así y lo estoy desaprendiendo, porque lo que leo no puede moverse si yo no lo muevo a través de mis ojos. Si yo no camino, todo cuanto se encuentre impreso se quedará allí, atrapado en el fondo blanco de su mundo de dos dimensiones.

Por eso cuando leo me llevo ese mundo al mío. Porque la única forma de asegurarme de que he leído es mostrarle la vida a los hijos del escritor, que ahora también los míos. Liberarlos de entre las páginas y dejar que me acompañen durante mi estancia en la Tierra. Hacer que sientan lo que yo siento, compartir con ellos el tiempo y amarles por quienes son. Enseñarles otro universo que no conocen, permitir que aprendan de él y devolverlos después al cuento, más maduros que cuando los saqué de él.

He comprobado lo poco que se involucra uno en la historia si se limita a introducirse de manera superficial. Los personajes, los lugares, e incluso el tiempo en el que acontece, deben ser transportados hacia afuera y convertirse en nuestros compañeros inseparables a cada momento. Hasta que demos por finalizada la lectura y cerremos el libro para volver a vivir nuestra vida, en solitario. Así funciona leer. Lo demás es sólo repasar letras ya impresas con el puntero invisible de nuestra conciencia.

Wo-od: el diseño inteligente de Patrick Schneider

Patrick Schneider - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Patrick Schneider – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

por José Luis Dávila

Piensen en madera. Piensen en todo lo que les rodea que está hecho de madera. Seguramente, no digan que no, lo dan por sentado, que la existencia de esos objetos son sólo para obedecer a fines utilitaristas: mesas, sillas, bancos, juguetes, determinados por sus capacidades materiales: la madera como elemento primario de la producción está fuera del alcance creativo para muchos, como si únicamente sirviese para dar a luz elementos inertes que se usan dentro del hogar con un fin univoco. Pero, ¿cómo eso? La madera es uno de los materiales más versátiles que la mente puede usar, no por nada es que la mayoría de lo que amuebla nuestras casas está hecho de ella, sin embargo, eso mismo le ha causado un mal. Tan cotidiana la tenemos que dejamos de prestarle atención.

Afortunadamente, no piensa así Patrick Schneider –arquitecto, ebanista y diseñador–, quien evoca a la madera con respeto y admiración, haciendo de ella un motivo para la creación y concreción de nuevas miradas sobre la funcionalidad de los objetos, pasando de estantes a sillas, de juguetes a mesas de trabajo, todo ello en busca de revivir la ebanistería en México, una habilidad creativa que se ha olvidado. Las ideas de Patrick están encaminadas a lograr armonía entre uso, función y estética, tres elementos que sabe combinar muy bien para resultar en la comodidad del usuario final de sus creaciones. Porque eso son, creaciones, no meros accesorios de uso cotidiano sino artefactos concebidos para satisfacer las necesidades no exploradas por lo común, anclados en la idea del diseño ergonómico, ideales para todo público, desde oficinistas de ocho horas en la misma postura sobre el mismo escritorio hasta  amas de casa que necesitan un descanso.

La palabra más adecuada para el trabajo de Patrick Schneider es comodidad. Cada una de sus ideas, sean propias o rediseños de algo que ha visto y sabe que puede mejorar, redefine ese concepto, llevándolo a adaptarse a cualquier contexto en el que se inserten sus muebles, desde oficinas hasta casas, pues la cualidad de éstos es el rendimiento sobre la persona que lo usa, no sobre el espacio que usa el mueble, dando mejores resultados para cualquier caso en que sea usados.

Sumado a todo eso, Patrick también trata de despertar el desarrollo de la ebanistería en otros, ofreciendo talleres en los cuales está al pendiente de cada alumno que llega a él, considerando que una formación completa no está sólo en lo formal académico, sino también en lograr que haya complementación con las habilidades más practicas.

En fin, Patrick Schneider, y su marca wo-od, es una forma extraordinaria de acercarse a la producción de diseño inteligente en Puebla, un diseño que es para todos y busca ampliarse en el uso cotidiano de las personas, que busca expandirse para demostrar que es posible cubrir cada una de las necesidades que los muebles y objetos de madera cumplen sin dejar de lado el aspecto íntimo y estético de la madera, combinándolo a la perfección, algo que es de gran valor en estos días y lo será siempre.

Brujería

por Enid Carrillo

Despierta, es importante que estés vivo. Camina, corre o arrástrate hasta la cocina, lleva contigo todo el peso del mundo y los vestigios de lo que soñaste ayer. Abre las hornillas de la estufa y mira a ese fuego coquetearle a tus ojos. Con las pupilas incendiadas toma la greca.

En su caldera pon un poco de agua, sí, esto es brujería; no tapes la válvula y dale su tiempo. Pon en la coladera tres cucharadas de polvo. No lo aprietes, que se amarga. Deja que el calor haga lo suyo. Quédate cerca.

Deja que el olor te intoxique los pulmones. Toma una taza y sirve la mitad, acerca tu nariz; huele.

Bebe como si estuvieras a punto de encontrar las respuestas de la vida. Disfruta mientras alguna canción te inunda los oídos. Vive ese ritual  y siente el paso de la ansiedad hacia la calma; bebe y prepárate para este día, tómalo con todo su caos y su desastre.

Segundo Encuentro Cultural Internacional del Elote y el Maíz, Zacatlán 2015

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Staff Cinco Centros

El día de ayer, se presentó la segunda edición del Encuentro Cultural Internacional del Elote y el Maíz, Zacatlán 2015, el cual se llevará a cabo del 16 al 18 de octubre.

Este encuentro es posible gracias al esfuerzo de asociaciones civiles y colectivos ciudadanos, además de contar con el apoyo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).

En esta ocasión, el foro propone una discusión en torno al maíz transgénico, el cual pone en peligro a las especies del maíz natural. De esta manera, se busca crear conciencia ciudadana para defender uno de los alimentos tradicionales de México.

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Roberto Quintero Nava, jefe de la Unidad Regional de Culturas Populares en Puebla, dijo que el maíz es un ícono de la agricultura, por lo que no se puede permitir que los intereses de empresas extranjeras lo pongan en peligro.

Quintero Nava argumentó que si este tipo de organizaciones se hubieran dado hace treinta años, no habría problemas para defender al maíz de las industrias transgénicas.

Por su parte, Mari Carmen Olvera dijo que es necesario dar a conocer estos eventos en la ciudad, para que la gente de la capital sepa los problemas por los que atraviesan los municipios del norte del estado.

Olvera concluyó diciendo que es necesario sumar esfuerzos para proteger el maíz, porque los amigos son más necesarios que el dinero.

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Colores en la obscuridad

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Por E. J. Valdés

No obstante todo el trabajo que tengo encima, desde que comenzó el año tuve claro que había un concierto que no podía perderme y sobre el cual, pasara lo que pasara, no dejaría de escribir: el de Tarja Turunen en el Teatro Metropólitan, promocionando su más reciente álbum, Colours in theDark.

Casi nadie lo sabe, pero la música de la soprano finlandesa, en especial su primer lanzamiento como solista, es muy importante en mi historia personal, y aunque casi nadie sabe el porqué y no pienso hablar de ello en este momento, este hecho me ha llevado a verle en vivo en sus tres últimas giras, una de ellas la fabulosa Beauty and the Beat, que realizó junto con Mike Terrana de Rage. Tarja es sin duda la voz femenina más influyente en el metal contemporáneo y lo deja claro cada que pisa el escenario y estremece al público canción tras canción; si me lo preguntan, fue Nightwish quien perdió más luego de la ruptura, pues ni siquiera Floor Jansen tiene la potencia vocal para ejecutar satisfactoriamente algunos de los éxitos de la banda. Eso sí: Tarja perdió el derecho a interpretar algunas magníficas piezas como “Ghost Love Score”, la cual me encantaría escuchar en directo con su voz algún día. El repertorio de Tarja en solitario, sin embargo, es tan bueno que ha logrado consolidarse como un acto viable totalmente independiente a Nightwish y, tanto en el estudio como sobre el escenario, cuenta con estupendos músicos, entre ellos Max Lilja, ex integrante de Apocalyptica, quien la ha acompañado en el violonchelo en las dos últimas giras (y también ha desarrollado una curiosa carrera como solita).

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Si comparamos este concierto, el primero en Latinoamérica de la gira Colours in the Road, con los otros a los que he tenido oportunidad de asistir, puedo decir que comenzó muy prendido pero decayó bastante tras la primera mitad. Esto lo atribuyo, en primer lugar, a que Tarja jugó sus mejores cartas demasiado pronto (uno de los primeros temas fue “I Walk Alone”, el cual quedaría mucho mejor como encore), y en segundo a que el público, cuando menos al frente del teatro, estaba inexplicablemente apagado. No quiero decir que no hayamos disfrutado el concierto, pues hubo un par de canciones que incluso nos pusieron a saltar, es sólo que aquello era tal mar de cámaras de bolsillo y teléfonos celulares que muchos de los asistentes se lo pasaron más ocupados grabando y tomando fotografías que prestando atención a la música. No obstante la intensidad que cobrara la música, estas personas apenas movían la cabeza, y en ocasiones no alzaban el puño o aplaudían incluso si Tarja nos instaba a hacerlo, cosa que encuentro tristísima. En lo particular, me tocó estar en medio de dos idiotas que se pasaron el concierto entero con el celular frente a la cara, quietecitos para que no “saliera movido” su video y calladitos para que sus propios gritos no ensuciaran la grabación. Si me lo preguntan, es ésa una de las maneras más estúpidas que se me ocurren de desperdiciar un boleto preferente, pero cada quien… Y algo que se agradece enormemente es que Dilemma prohibió la entrada de tablets y selfiesticks al teatro, y cuando menos en el área que me encontraba nadie quiso pasarse de listo. Eso sí: abundaron los ridículos que se toman selfies con el escenario.

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Tras cerrar el setlist, la banda regresó al poco tiempo para dos encores que se sintieron bastante más intensos que toda la media hora anterior, de modo que la velada cerró exitosamente con todo y que no tocaron “My Little Phoenix”, que es de mis favoritas y siempre me afloja las de cocodrilo. Por más que el público pidió otra canción cuando se encendieron las luces del teatro, abarrotado, la banda no salió una tercera ocasión.

Si bien el concierto no estuvo mal, debo confesar que disfruté más el de la gira What Lies Beneath, el cual hizo enloquecer al teatro Esperanza Iris, que es mucho más pequeño que el Metropólitan (ojalá la gira siguiente se presentara allí otra vez). Cabe señalar que al final del evento, entre gritos y aplausos, Tarja anunció que ya trabaja en un nuevo material discográfico para el cual “falta poco”. Estaremos al pendiente.

Vida y destino, de Vasili Grossman

Por Emanuel Bravo Gutiérrez

Durante la época de la Unión Soviética muchos libros fueron censurados. Cientos de ellos se perdieron para siempre, no sabemos qué líneas desaparecieron en medio de la vista inquisidora de sus férreos lectores, cientos de novelas, cientos de poemas nunca vieron la luz; sin embargo existe una curiosa excepción. Para nuestra gran fortuna, una de las más grandes novelas del siglo XX escapó de un terrible destino, me refiero a la novela del escritor Vasili Grossman, Vida y destino.

Nos situamos en la época de la Segunda Guerra Mundial, los nazis avanzan sobre la Unión Soviética. Hitler alienta a sus ejércitos a conquistar Europa. Los campos de concentración se vuelven gradualmente campos de exterminio. La población soviética sufre el terror desenfrenado de Stalin. Los gulags se llenan de prisioneros y mientras tanto las tropas continúan su avance hasta llegar a una ciudad situada a las orillas del Volga y cuyo nombre resonaría con la fuerza de un huracán en la historia del siglo XX: Stalingrado. Sobre esta ciudad se decidirá el rumbo de la Segunda Guerra Mundial, sobre esta ciudad se librará la batalla más grande de la Historia de la humanidad.

En este gran escenario, Vasili Grossman desarrolla la épica de un pueblo construido a partir de decenas de historias. Me es difícil resumir un solo argumento, ya que en esta novela existen demasiados; son cientos los héroes que circulan por estas páginas. Soldados, generales, amas de casa, viudas hacinadas en diminutos departamentos, ancianas campesinas que viven en condiciones miserables en medio de la estepa calmuca, escritores confinados en campos de trabajo forzados, locos, científicos empeñados en encontrar respuestas atemporales, jóvenes enamorados con ese amor fatal y trágico que sólo existe en la guerra, padres preocupados por sus hijas, niños y ancianos. La novela de Vasili Grossman parece querer plasmar entre sus páginas a todos los personajes implicados en este gran drama.

El tema de la novela es la vida, la vida en sus condiciones más extremas, la vida como manifestación de la libertad frente a los totalitarismos, sea el fascismo o el régimen estalinista que en aquel momento sufría la Unión Soviética. Leemos entre sus páginas fragmentos como el siguiente:

“Cada día, cada hora, año tras año, es necesario librar una lucha por el derecho de ser un hombre, ser bueno y puro. Y en esa lucha no debe haber lugar para el orgullo ni la soberbia, sólo para la humildad. Y si en un momento terrible llega la hora desesperada, no se debe temer a la muerte, no se debe temer si se quiere ser un hombre”.

Ante todo, la novela de Grossman es un sorprendente canto a la vida, al destino, a la libertad de ser un hombre en medio de las condiciones más despiadadas, más inhumanas, más crueles. Esta idea moldea la novela en cada uno de sus numerosos capítulos, episodios donde se constata esa vida poderosa incapaz de ser aniquilada.

Vasili Grossman une la fuerza de una crónica con la belleza del relato. No sólo es la novela épica de una época, no sólo es la epopeya de un pueblo en lucha por su libertad, también es un relato íntimo del alma humana. No sólo se nos relatan la gloria de las batallas, el pensamiento de los estrategas o el valor de los soldados, Grossman, al igual que Chejov o Dostoievski, nos hace sumergirnos en la mente y vida de sus creaciones. Desde la madre que ve impotente la tumba anónima de su hijo. El niño que nos lleva de la mano hasta el final de una cámara de gas. El honesto amor de un general nazi por una anónima mujer rusa. La anciana que ve pasar las generaciones entre sus manos o el dolor impotente de un hombre que no puede estar con la mujer que ama.

Al igual que Tolstoi, Grossman hace latir la vida misma entre las páginas de su obra, pues los grandes dramas se hilvanan de cientos de historias, de pequeños momentos. No es extraño que esta novela se le considere La Guerra y Paz del siglo XX.

Parafraseando a Antonio Muñoz Molina, existen obras que “nos devuelve la conciencia del poderío de la novela como forma suprema de narración del mundo”. Éstas parecen contarnos todo, de tal manera que no dejan en paz al lector hasta que su lectura está concluida, que a pesar de estar poblado de cientos de personajes, cada una de sus historias nos deja huella. Un profesor me habló de ella como una obra “excesiva”, y en efecto lo es, porque parece desbordarse dentro de sus líneas y atisbar a través de ellas como se entretejen la vida y el destino de todos los hombres.

El equilibrio

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Por María Mañogil

“Si no puedo encontrar el punto intermedio entre las dos cosas, prefiero creerme más de lo que soy que creerme menos. Por algo estoy convencida de que creer en algo es el primer paso para conseguirlo”. María Mañogil (Escritora).

Sí, escritora. Y esa palabra escrita entre paréntesis corrobora la frase anterior y le da el apoyo necesario para demostrar que lo que está escrito en ella es totalmente cierto, ya sea que el resto del mundo crea que soy escritora o no. La frase, al fin y al cabo, es mía y lo que expreso en ella es lo que creo y no una simple opinión que se pueda debatir porque nadie está en condiciones de hacerlo cuando se trata de mis preferencias y de mis decisiones. En este caso, yo elijo ser vanidosa antes que ser humilde y decido tener un concepto de mí tirando hacia lo alto y no hacia lo bajo, porque menospreciar lo que hago no cabe dentro de las “ buenas cualidades”.

Yo dedico muchas horas del día a escribir y no es nada fácil porque no se trata sólo de tener una idea sobre lo que escribir, también hay que transmitirla de forma que se entienda.

Si escribo una carta a un amigo es muy fácil. Sé las palabras que debo utilizar porque conozco a mi amigo, pero en el caso de escribir sin saber a quién va dirigido el texto es correr el riesgo de que se entienda lo contrario a lo que está escrito, como ya me pasó una vez en la que escribí sobre la incoherencia y me llamaron incoherente, u otra en la que publiqué un relato y lo confundieron con mi vida privada.

Así que gasto gran parte de mi tiempo en escribir y en tratar de hacerlo lo mejor que puedo, me salga mejor o peor, al igual que hago cuando trabajo cobrando un sueldo.

Si hoy consigo que una sola persona me llame pretenciosa, engreída o cualquier otro adjetivo similar que tenga que ver con la vanidad y la pedantería, sabré que he escrito correctamente y que he utilizado las palabras adecuadas. Aunque empiecen a llover consejos sobre valores éticos que ni necesito ni voy a aceptar, porque aquí la única que tiene derecho a juzgarme y a valorarme soy yo.

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Los valores sociales

Cuando alguien a quien quiero hace algo que está bien, ya sea que le haya dedicado su tiempo y esfuerzo o simplemente haya sido espontáneo, yo lo voy divulgando y presumiendo por todos lados y nadie me ha criticado por ello. ¿Por qué entonces no debería presumir lo que hago yo si también soy alguien a quien quiero?, ¿de dónde ha salido esa idea absurda de que presumir y enorgullecerse de los éxitos o los méritos de otros, incluso exagerándolos, es moralmente correcto y hacer lo mismo con los propios está mal?

Considero que sentirse superior a los demás por algún motivo y en algunos momentos no es nada malo (todos nos sentimos superiores a un insecto porque lo pisoteamos y no nos importa); hacerlo constantemente y sin importar el motivo ya no me parece normal y probablemente detrás de ese comportamiento se esconde algún tipo de problema mental, aunque tampoco lo aseguro porque no soy psiquiatra.

Cualquiera de los dos casos no es el mío porque yo no me comparo con nadie ni quiero superar a otros. La competitividad es conmigo misma y por lo tanto, no afecta a nadie más que a mí.

Situaciones como ésta las veo a diario: Una amiga le dice a otra lo bien que le sienta un vestido, lo guapa que es y el tipazo que tiene. Ahora me imagino que es la chica que luce el vestido la que dice que le sienta muy bien, que se considera muy guapa y que tiene un cuerpazo de muerte. El concepto que se tuviera de ella cambiaría automáticamente porque nadie puede tener una opinión tan buena sobre sí mismo y decirlo en público, sin ser acusado de ególatra.

Esa persona sería tachada por ser creída, engreída o prepotente y rechazada por una sociedad en la que las virtudes de alguien sólo lo son cuando se les atribuyen desde fuera y varían en función de la “rebaja” y el “menosprecio” que haga uno mismo sobre ellas, llegando incluso a desaparecer y convertirse en defectos por el simple hecho de ser admitidas por el que las posee.

Por supuesto que el aspecto físico no lo considero ningún mérito de nadie, pero es un buen ejemplo para poder entender que reconocer méritos ajenos, aplaudirlos y gritarlos está bien visto por una sociedad hipócrita que muchas veces hace uso de la adulación sólo para quedar bien con los demás, pero que castiga injustamente a quienes la usan consigo mismos, como si fuese un delito mirarnos a un espejo y vernos guapos o, con mayor motivo, presumir por algo que hemos hecho bien, aunque lo estemos exagerando porque eso nos motiva a seguir haciendo lo mismo y mejor.

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El deseo de autosuperación manifestado a través de acciones que están socialmente integradas, aunque de forma equivocada, en un grupo de defectos como soberbia, arrogancia o prepotencia, está mal visto sólo por quienes se sienten aludidos al ubicarse ellos mismos en el lado contrario: en el del fracaso, y ven en la vanidad un defecto real porque se sienten amenazados al creer erróneamente que el “sentirse importante” de otros los hace insignificantes a ellos, cuando no es verdad.

Lástima me da quien no se siente importante él mismo, porque tampoco puede importarle nadie más a pesar de llamarse humilde. Ser humilde no es ninguna virtud cuando se confunde con lo opuesto a valorarse por encima de lo que uno es, siempre que no se valore siempre a los demás por debajo.

“Quien no ama su propia vida, poco posee para entregar a los demás”. -Juan Miguel Juliá

Yo no confío en nadie que aplauda lo que yo hago si no es capaz de aplaudirse a si mismo. Su aplauso es falso.

Como entiendo en la frase del escritor, nadie puede dar lo que no posee. Por tanto, quien no reconoce en sí mismo lo bueno que es en algo, si no acepta elogios, si se subestima refugiándose en el falso mito de la humildad, no puede ver tampoco nada bueno en lo que haga otro. Cualquier comentario, por bonito que sea, no deja de ser un comportamiento impuesto por aparentar sentir y no por sentir realmente.

Yo siento de verdad cuando le digo a alguien lo genial que me parece, cuando se lo cuento a otras personas y cuando ventilo esa genialidad por todo donde voy, cuando cito una frase suya en alguno de mis textos y cuando lo nombro delante de quien no lo conoce.

Se me llena la boca y me siento muy orgullosa haciéndolo, sobre todo cuando es una de esas personas que me encantan porque además de hacer algo bien no tienen ninguna contemplación en reconocerlo públicamente y hacen alarde de ello con esa vanidad que a la mayoría les parece un gran defecto y yo sin embargo, amo.

Y si lo amo en otro, ¿cómo no lo voy a amar en mí?

Como me han dicho en varias ocasiones, soy engreída, presumida y pedante, con todo lo que eso conlleva. Con la forma de expresarlo y la cara de asco que pone quien pronuncia esas palabras desde el desprecio, sin saber que yo las recibo como piropos y no como insultos.

Qué mundo más raro es éste en el que vivo que por un lado intentan subirte la autoestima y por el otro te hablan de humildad como si fuese un sinónimo de “no te creas más de lo que eres” y esa fuese la única forma de vivir en él, no rebasando nunca los límites de nada y estando siempre buscando un equilibrio que nadie tiene y todos creen tener.

Reconocer todo lo bueno que tengo y lo que sé hacer bien no significa que no sepa ver también lo que hago mal, pero si esto último no lo voy difundiendo por ahí es porque ya se encargan otras personas de hacerlo y me ahorran el trabajo. Así que seguiré dedicándome a presumir lo que haga, así como lo que hagan otros que yo crea que merecen que se les presuma. Lo haré porque me da la gana. En palabras de José Luis Dávila: “Lo hago porque pinches puedo”.

La bestia de París y otros relatos, de Marie–Luise Scherer

por Lo Hiancia Pez

Una de las características de las historias contadas por el periodismo es la forma. De lo anterior depende el interés que provoquen las acciones realizadas por los individuos y las masas: los motivos, las consecuencias, etc. Es fundamental saber escribir todo eso, es decir, narrar la historia, aludir lo probable —no lo posible—, tomar una postura. En muchas ocasiones la ficción ayuda, pero en otras no.

Las historias periodísticas de Marie–Luise Scherer difícilmente inducen sensaciones o emociones sino hasta que están muy avanzadas. Al llegar a este punto, intrigan, estimulan, seducen, generan una opinión; confrontan. ¿Qué pensar de la vida frívola, increíble, sin duda casi perfecta para sí mismo, de Thierry Paulin, el mataviejitas francés que puso en evidencia las deficiencias de la policía parisina? ¿Qué del surrealismo de André Breton —cuya eficacia como déspota generó una idea snob adorada todavía— frente a la garra vanguardista de Philippe Soupault —genio desencantado y solitario fiel a una forma de arte—? ¿Cómo comprender que el gran proyecto de llevar al cine el primer tomo de En busca del tiempo perdido tenga detrás un andar soso acompasado por los descendientes de aquella aristocracia? ¿Quién puede despreciar o respetarla moda que “ofrece el pretexto para un nuevo tema de conversación?”

En La bestia de París y otros relatos, la documentación, la historia, la entrevista y la crónica apenas son visibles. Schereres es una maestra en el uso de la retrospectiva, el resumen y el testimonio. Casi nunca entrecomilla ni reproduce diálogos. Es capaz de la reflexión no pedante y la especulación inteligente, impropias para el periodista poco dotado a la hora de narrar: “Alice Benaïm es la que sufre la muerte más cruel.[…] parece que los asesinos, aparte de la fría determinación, hubieran tenido intenciones de vengarse. Tal vez […] se pusiera a murmurar algo, quejándose de la invasión de gente de color”.

La autora domina las herramientas como la mejor de las modistas: “El creador de moda tiene el mismo problema que el diseñador de una cuchara. Necesita siempre un mango y un cuenco”.

El libro fue editado por Sexto Piso, en su serie “Realidades”, y traducido por José Aníbal Campos.