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Toxilandia

por Diana Romero

El despunte del autocuidado ha otorgado un lugar relevante a proteger el entorno que se habita psíquicamente; se promueve el deshecho de malas vibras e imposibilidades de desarrollo: un trabajo desagradable, un hogar asfixiante y una relación inestable. Pareciera que estas situaciones ajenas a uno se han vuelto opcionales, haciendo que el cambio constante y búsqueda de la satisfacción sea alcanzable con la sencillez de sacar de la vida aquello que repercute en la salud mental.

El punto en el que ha influido más es en las relaciones interpersonales, como amigos y pareja, aunque también repercute en la familia; si la persona que es próxima comienza a restringir las habilidades, gustos y preferencias del individuo, el consejo es dejarlo ir, ya que es un represor. Esta tendencia me parece descabellada cuando es llevada a los extremos como terminar una relación sólo porque nuestros gustos son diferentes, porque demostró su enojo de una manera que difiere con mi manejo de la ira, porque me ofendió diciéndome la verdad, porque tiene, desde su perspectiva, una visión del futuro que no compagina con la mía; situaciones que, en su mayoría, se pueden resolver conversando.

Imagen de archivo
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Hace años una conocida tuvo un bebé y se juntó con el padre de la criatura, una práctica usual ante la falta de compromiso que se respira. Año y medio después, regresó a casa de sus padres porque el chico siempre estaba trabajando, parecía de malas y las cosas ya no eran como antes; su madre le dijo que pensara en el futuro de la cría, que mientras permaneciera con ella, sus necesidades básicas serían cubiertas e impulsaría su desarrollo personal con alguna carrera universitaria, añadiendo que el yerno jamás le pareció adecuado para ella. Pasaron un par de meses y la chica volvió con el joven; al año tuvieron otro niño, y hasta ahora permanecen juntos. Antes de eso, la conversación entre mi madre y la de la conocida fue un tanto acalorada. Mi madre argumentó que debían enseñarles a los hijos que al final de cuentas ellos eligieron a su pareja y no pueden salir huyendo a la primera pelea; ella en veinte años de casada tuvo muchos conflictos pero se han resulto poco a poco por el nivel de compromiso con el amor que siente por mi padre; aunque entre todas las peleas de mis padres yo hubiera preferido su separación, ahora los entiendo.

Yo misma pasé por una relación que me permitió comprenderlo: el cariño que se forja por la pareja es inmenso; como dice Fromm, no amar porque se necesita sino necesitar porque se ama; es decir, la necesidad de sentir amor es nefasta a comparación a la necesidad por amor; las preposiciones “de” y “por” son importantes. Aprender a diferenciarlos es un tanto complicado, pero un par de años de terapia para dejar ir a la persona que más he amado me permiten entender que existen límites, los cuales se aclaran a través de las siguientes preguntas: ¿Qué quiero de esta relación? ¿Me está procurando mis necesidades? ¿Cómo me siento en esta posición? ¿Cómo está influyendo mi vida? ¿Los comentarios que hace son asertivos o hirientes? ¿Cuánto vale pare mí esa persona? ¿Me estoy autocuidando o descuidando? Estás preguntas podrán sonar absurdas, incluso sencillas, pero cuando se comienza a contestar con sinceridad, las respuestas nos darán una pista para tomar una decisión; por otro lado, si estas preguntas se toman a la ligera, siempre resultará que aquella persona nos hace daño y lo mejor es dejarla.

Imagen de archivo
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Actualmente, el índice de rupturas entre mi círculo se ha visto justificada bajo la palabra “tóxica”; resulta ser así porque la vida en común, los gustos, las decisiones y las discusiones afectan siempre al individuo; pienso que ese adjetivo se está utilizando de manera indiscriminada para nombrar a todo aquello que no está de acuerdo conmigo, además de que en cierto grado, y con ese parámetro, todos somos tóxicos para el resto. La justificación de la toxicidad de una persona facilita deshacerse de las responsabilidades y compromisos, y la verdad de la circunstancia, en ocasiones, es porque no estamos interesados en el nivel de compromiso que requiere una relación como hacer planes en pareja, compartir la privacidad y demás.

Todo esto también ha sido tergiversado a conveniencia; de pronto la autonomía y libertad se han visto intercambiadas por el libertinaje. Entre menos explicaciones al prójimo más libre se siente uno, hacer lo que quiera cuándo, cómo y dónde quiera; lo digo porque me pasó. Si soy honesta, aunque sé que me estará leyendo, en un arranque de coraje pude llamarlo tóxico pero tras reflexionar, sé que había falta de compromiso de mi parte.

Algo tóxico es sencillo detectarlo a cierta distancia y con una perspectiva objetiva: durante la convivencia con alguien, el nivel de químicos que dispara nuestro cerebro entorpecen el raciocinio; la permanencia prolongada en situaciones tóxicas proceden a nublar la verdad y comienzan las justificaciones de las acciones del otro sobre las propias; no sólo de la pareja sino de los amigos y la familia; sin embargo, la mayoría de mis terapeutas me han preguntado si ellos son tóxicos realmente o me he empeñado en juzgarlos de tal manera para justificar el instinto de huida. Crueles planteamientos, dolorosas verdades.

Estoy a favor de la salud mental, y si es necesario sacar a alguien de nuestra vida por su nivel de interferencia en ésta, pues adelante, pero es un proceso de ruptura y duelo en caso de ser con alguien que hemos llegado a estimar demasiado; sin embargo, cada uno debemos responsabilizarnos, asumir nuestras razones y no justificarlas a través del adjetivo “tóxico”.

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El último beso

por Job Melamed

Hoy estaba tirado en cama, pensando en cierta chica que recientemente me ha pedido no la busque más, que le es demasiado difícil que juguemos a estar juntos sin estar. Hago notar que yo le dije desde el inicio que no quiero estar específicamente con alguien y que en estos momentos no quiero una relación monogámica, ya que me gusta salir con diferentes personas y estoy en una zona de confort muy placentera.

Pues bien, entre toda ésta situación me di cuenta que cada que debo separarme de alguien con quien salgo, con quien cojo, con quien platico o realice cualquier acto de parejas, siempre le pido un último beso; se ha convertido en un ritual,  para mí, despedirme de  estas personas de esa forma, con un beso de despedida, esos besos que pueden ser tan largos como desees o tan efímeros como la propia existencia.

Beso - Imagen pública
Beso – Imagen pública

Al pedirle vernos para el último beso, ella dijo que no. No entiende mi necesidad de cerrar el círculo por medio este ritual, de lo que me gusta denominar “una promesa”. Representa lo que no fue, no es y no será, pero es la promesa de la posibilidad, lo que pudo, lo que puede y lo que podría ser.

Sé qué quizá para muchos no tenga sentido, no lo entienden y no lo entenderán por mucho que lo explique, pero piensen en esto: ¿cuántas veces no han deseado poder tomar la mano de esa persona con la que rompen? ¿Cuántas veces no han querido decirle algo y no se atrevieron? ¿Cuántas veces han dejado escapar la oportunidad de besarle por última vez? Eso es lo que representa, todas esas veces que han querido, deseado hacer algo y no han podido, pero que pueden hacer con este último beso.

Nada más importa

Pareja - Imagen Pública
Pareja – Imagen Pública

por María Mañogil

Ayer me preguntaron si yo había sido infiel alguna vez. Yo respondí:

-”Define la palabra infiel, sino no te puedo responder”.

Mi interlocutora, como era de esperar, no supo darme la definición correcta de esa palabra y comentó que yo la estaba liando y al acabar la conversación dio por hecho que mi respuesta era sí y que no quería decirlo de una manera tan clara.

Yo me he molestado en buscar la definición en la RAE antes de empezar a escribir este texto. Me gusta estar informada de los temas sobre los que escribo además de dar mi opinión personal, ya que soy bastante aficionada a meter la pata mientras hablo y no me gustaría hacerlo también escribiendo. Aunque tampoco pasaría nada; con las palabras, cagarla la cagamos todos y no suele salir nadie perjudicado.

No voy a poner aquí ninguna de las definiciones de “infiel” porque sobre la que quiero hablar es a la que se refería mi amiga y la que, precisamente, es sólo una pequeña parte dentro de las tres que he encontrado (o así lo entiendo yo). Sólo quiero decir, antes de dejar el tema de las definiciones, que según la RAE, yo no me libro de ser infiel en ninguna de ellas, pero que mi amiga se equivocó al juzgarme. Eso pasa por utilizar una palabra sin saber su significado.

OFRECER NO ES DAR

Para saber si hemos sido infieles a nuestra pareja, primero deberíamos tener muy claro lo que entendemos por pareja y, sobre todo, lo que esté pactado dentro de la misma (sea de forma verbal o por escrito).

Cuando se empieza una relación de pareja, supongo que se ha tenido que pasar antes por una fase,  la de conocerse para saber qué es lo que cada uno quiere ofrecer al otro.

Ofrecer no es dar y esperar recibir algo a cambio, pues en ese caso sería intercambiar.

Ofrecer es acercar tu mano con un regalo en ella y esperar a que la otra persona decida si lo acepta o no.

Y en una relación sincera se ofrece lo que se quiere ofrecer, independientemente de que lo que ofrezca el otro sea mayor o menor que lo que ofrece el primero ,o que simplemente sea nulo, ya que nadie obliga a nadie. Si existe obligación no es una relación, es una sumisión y ya no hablaríamos de ofrecer, sino de exigir.

Tampoco podemos pretender que el otro acepte todo lo que le ofrecemos porque entonces estaríamos imponiendo y no ofreciendo.

A una pareja no se da nada, ni se cambia, ni se exige, ni se reclama; simplemente se ofrece.

Eso sí, lo que somos realmente no es una ofrenda. Eso ya viene incluido de fábrica y lo aceptamos sí o sí.

Si después de conocerlos no aceptamos tanto los defectos como las virtudes del otro, lo mejor es que cambiemos de pareja y no nos compliquemos más. A las personas no se las moldea, para eso está el barro.

Si digo que “supongo”que esto es así y no lo aseguro es porque mis relaciones de pareja han sido de todo tipo (la mayoría un desastre) y en alguna ocasión me he saltado esa fase de conocimiento mutuo. Me imagino que ese es uno de los motivos por los que han fracasado. Y porque he aprendido de todos esos errores para no volver a cometerlos en una futura relación, pero no los llegué a poner nunca en práctica.

Dicen que una pareja no pueden ser nunca amigos, pero yo no estoy de acuerdo. A partir de mi experiencia con este tema, no es que no puedan, DEBEN ser amigos.

Si dos personas no se conocen, si no conocen el uno del otro sus gustos, sus debilidades, sus miedos, sus expectativas…por muy bien que se lleven, su relación se convertirá en un tanteo en el que cada uno deberá jugar a las adivinanzas y a las apuestas con el otro.

No digo que no pueda funcionar una pareja que haya comenzado así, sólo que será mucho más difícil y más arriesgado. Y si no comienza así, por lo menos, a medida que pasa el tiempo, debe surgir esa amistad, basada por supuesto en la confianza, el pilar en el que se apoyan todas las relaciones, sean del tipo que sean.

Pareja - Imagen Pública
Pareja – Imagen Pública

LA INFIDELIDAD DENTRO DE LA PAREJA

Cuando ya tenemos claro qué entendemos por una pareja y le hemos ofrecido lo que queríamos ofrecer, podemos hablar de lo que es la infidelidad.

En nuestra sociedad monógama está mal visto y damos por hecho (a no ser que se haya pactado lo contrario entre las dos personas) que serle infiel a nuestra pareja está mal y que no debemos hacerlo.

Bueno, pues yo no estoy de acuerdo.

Cuando decidimos tener pareja no lo hacemos para convertirla en parte de nosotros ni para que nos complemente ni nos dé lo que nos falta. Para eso nos podemos apuntar a unas clases de baile, leer un libro que nos guste, masturbarnos (si lo que nos falta es sexo), comprarnos una tele nueva o lo que se nos ocurra, siempre que sea lo que creemos que necesitamos en nuestra vida para ser felices. Pero una pareja es alguien a quien elegimos y quien nos elige, no para ser más felices que estando solos, sino para compartir con ella esa felicidad que ya sentimos.

Por supuesto que la vida no es todo felicidad y que los momentos difíciles y dolorosos también se deben compartir antes que tragárselos y vivirlos en soledad, pero ni siquiera eso convierte a nuestra pareja en parte de nosotros. Nuestra pareja es una persona diferente, con ideas, gustos y opiniones diferentes y, sobre todo, con decisiones diferentes que a veces tomará con nosotros y otras veces no.

Mis decisiones, tenga pareja o no, las tomo yo. Eso sí, las consecuencias de mis decisiones también las asumo yo.

LOS CIGARRILLOS DEL EX FUMADOR

Mi amiga piensa que yo respondí a su pregunta con un sí, pero se equivoca. Si no estoy de acuerdo con lo de que “debemos ser fieles” es porque no existe ninguna obligación de serlo.

Por poner un ejemplo:

Si mi pareja se acuesta con otras personas es su decisión, no la mía. Y la ha tomado él o ella.

El día que yo me entere de eso, será mi decisión mandarla a la mierda y  tendrá que asumir las consecuencias de la decisión que tomó y aceptar la mía.

Yo dejé de fumar llevando un paquete de cigarrillos en mi bolso. No lo tiré a la basura.

Los cigarrillos siguen ahí y el día que yo decida fumarme uno lo haré porque lo habré decidido, no porque el tabaco esté al alcance de mi mano, ya que ahora también  lo está y no lo he hecho.

No se trata de fuerza de voluntad, sino de capacidad para decidir. Nadie me obliga a fumar ni nadie me lo impide. Conozco las consecuencias de volver a fumar y las asumiré en el momento en que vuelva a encender un cigarrillo.

Ser infiel o no serlo es una decisión personal, igual que fumar.

Las consecuencias no son las mismas, claro, pero el ejemplo sirve.

Pareja - Imagen Pública
Pareja – Imagen Pública

EL CORNUDO Y EL CORNEADO

Tener una pareja a la que se adora y con la que se es feliz y decidir serle infiel con el riesgo de perderla, es ser idiota.

Tener una pareja con la que no se es feliz y necesitar tener sexo con otras personas para compensar, pero seguir con esa pareja, es ser idiota.

Ser infiel y sentirse bien haciéndolo, debería ser genial para quien lo hace.  Hacerlo para después sentir remordimientos, es equivalente a limarle los cuernos a un toro, bajarse los pantalones y dejar que te los clave en el culo.

¿Quién lo pasa peor entonces, el cornudo que no se entera de nada o el corneado que tiene que andar escondiéndose para que no lo descubran y encima se siente culpable por haberlo hecho?

¿No sería más fácil no tener pareja y así poder disfrutar, quien quiera, de ir cambiando de amante cuando le apetezca sin que nadie se sienta engañado?

Cuando alguien desea tener una relación liberal y poder acostarse con quien quiera, además de con su pareja, debería ofrecerlo al iniciar la relación. Quizás la otra persona lo acepte y ofrezca lo mismo y entonces sería una buena relación.

Todo lo que se haga a partir de la sinceridad, del diálogo y con el consentimiento de las dos partes, por mal que le parezca a los demás, estará bien. Pero cualquier relación que se base en el engaño está destinada al fracaso, al igual que la que se base en la desconfianza.

Habría que preguntarse qué es más preocupante, si cometer una infidelidad hacia nuestra pareja o cometerla hacia nosotros mismos compartiendo nuestra vida con una persona que no nos satisface sexualmente o con la que no nos sentimos bien o en la que no confiamos.

EL DETECTIVE PRIVADO

Hace unos días me he visto envuelta en una historia sin tener nada que ver en ella.

Una pareja se ha roto, según la apreciación de una de las partes, por mi culpa.

Lo único que hay mío en esa historia son unos mensajes privados que intercambié con un buen amigo, que fue mi pareja hace más de veinte años y con el que me llevo genial.

Unos mensajes que pertenecen a mi intimidad, que son parte de mis recuerdos y de los de ese amigo y que nadie debería haber leído más que nosotros, pero que alguien leyó para intentar descubrir una supuesta infidelidad que nunca se dio.

Leer los mensajes privados de otra persona sin su permiso es como leer sus cartas y eso es un delito.

Cuando esa acción la realiza alguien en quien confías, además de un delito se convierte en un motivo para no volverle a mirar a la cara, que es lo que hizo mi amigo con esa persona.

No había ningún indicio de infidelidad en esos mensajes, pero eso ya no importa. Nadie tiene el derecho a invadir la intimidad de nadie, tampoco la de su pareja.

No me importa que mis hijos me vean desnuda, pero no me haría ninguna gracia que entraran a mi habitación mientras yo estoy dentro con la puerta cerrada y sin haber llamado antes, esté sola o acompañada. Por eso yo tampoco lo hago.

Jugar a los detectives está muy bien, pero cuando somos pequeños. De mayores, si disponemos de la madurez suficiente, lo más sensato es preguntar lo que queramos saber a las personas que han depositado su confianza en nosotros.

Y si no confiamos en ellas lo mejor que podemos hacer es alejarnos y buscar a otras.

Yo seguiré tomando mis decisiones y no me traicionaré nunca a mi misma teniendo relaciones sexuales con una persona mientras estoy deseando tenerlas con otra, sea ahora mi pareja o no.

Nadie me obliga a ser fiel, pero lo soy conmigo y, como dice una canción que me encanta y a la cual he robado el título de este texto, “Nothing else matters”. Nada más importa.

Por si la queréis escuchar, os la dejo:

Ex’s

Ex's - Imagen pública
Ex’s – Imagen pública

por José Luis Dávila

Todas mis ex han terminado por tratar de omitir mi existencia. No creo que eso esté mal, es quizá parte de un proceso de duelo necesario para poder pasar a algo nuevo, a lo que sigue, para poder desprenderse de todas aquellas cosas que ataban sus sentimientos, evitando que lograran una vida plena en ese “después de” que todo rompimiento implica. Es algo que todos llegamos a necesitar. Sin embargo, es curioso que ninguna de ellas deja de lado a ningún otro ex, por mal que las haya tratado, o al menos no dejan de lado a la mayoría de sus ex. Dos o tres casos hay en los que se llevan perfectamente bien con todos aquellos hombres con los que algo tuvieron que ver, pero no conmigo.

Sí, me hace sentir muy bien. Resulta que de poco en poco, mi ego se alimenta de ese tipo de cosas, aunque sé bien que no es lo ideal. Debería sentirme mal por saber que la gente trata de elidirme, de arrancarme de su experiencia como se arranca una costra. La cosa es que la costra de todos modos deja una marca que tarda demasiado en borrarse, e incluso hay marcas que nunca se borran.

¿Es pretencioso escribir sobre esto? Definitivamente. Lo es, no lo niego, como no niego que tampoco es el punto de lo que quiero aclarar, pero es un inicio. Así como les pasa a mis ex, nos pasa a todos, que buscamos el modo para matar algo en nosotros sin la necesidad de matarnos nosotros. Momentos vergonzosos, heridas emocionales, eventos traumáticos, conversaciones estúpidas, errores que nos ponen como unos tontos frente a otros. Muchas cosas existen de las que uno se llega a arrepentir.

Ex's - Imagen pública
Ex’s – Imagen pública

La clave, dicen algunos, es que nunca hay que arrepentirse de lo que se ha hecho, sino de lo que uno se queda con las ganas de hacer. Hace unos meses conocí a la mesera de un restaurante de comida china, se me acercó a conversar sobre el libro que notó en mi mesa. Oye, disculpa, ¿me dejas ver tu libro?, me dijo, iniciando una charla sobre la literatura y el crimen organizado. Me terminó recomendando Zero zero zero, de Roberto Saviano. Lo había leído en italiano y le encantó. En el reverso del papel en que me anotó el título y autor, estaba su número de celular. Era bonita, no deslumbrante, pero seguro que merecía una llamada. Y no lo hice, a pesar de tener ganas de saber que pasaría. Me di el argumento más sencillo del mundo: tengo novia, no debería estar saliendo con otras chicas si sé que no es algo de mera amistad. Puedo ser capaz de muchas cosas, pero hay que tener uno o dos principios en la vida. Recientemente vi que se ha publicado una traducción de ese libro, y cuando leí al respecto, recordé a la chica, a la nota, a la posibilidad que no exploré. No me siento arrepentido de ello, no creo que haya ninguna lógica aceptable que pueda hacerme sentir arrepentido por no haberle llamado, aun cuando mes y medio luego de conocer a esa chica mi relación había terminado. Y es que, por qué arrepentirse de lo que no se hace, si por lo general hay motivos muy válidos para no hacerlo.

Así como no creo necesario arrepentirse de este tipo de cosas, tampoco creo que sea necesario tratar de evadir la realidad de la experiencia que hemos vivido. Digo, el ejemplo de mis ex es bastante práctico para estos fines: al tiempo que niegan a la persona con la que compartieron diversos momentos de su vida, niegan entonces lo que aprendieron en el camino. No es que yo sea alguien de quien se pueda aprender mucho, pero estoy seguro de que algo aporté a sus perspectivas. Mi más reciente ex coincide con todas las anteriores en que soy el Anticristo, para ellas lo soy porque manipulo a las personas. Todas me han acusado de esto, pero sé bien como defenderme, demostrando algo muy sencillo. Todos influimos unos en otros, somos permeables a las miradas de quienes nos rodean, por lo que nos vamos moldeando de acuerdo a qué tanto de influencia gotea sobre las cabezas de nuestros inconscientes, cuando tratan de dormir y ese sonido molesto los hace tener que levantarse para arreglar el problema como se arregla casi siempre, colocando un balde debajo de la filtración, un balde que se llenará y desparramará. Lo que ellas llaman “manipulación”, lo conozco como un simple contacto humano. Si alguien se expone a radiación, el daño será más grave a mayor tiempo de exposición, es obvio.

Entretejimiento de miradas - Imagen pública
Entretejimiento de miradas – Imagen pública

Hay que tomar todo esto de manera sencilla. Somos seres intertextuales, incidiendo unos en otros, entretejiéndonos, hilvanándonos, bordándonos con las imágenes que recuperamos de lo vivido. Cuando nos damos cuenta de ello, tenemos la posibilidad de aceptarlo como un proceso natural o espantarnos y salir corriendo, considerarlo una invasión de los demás en nuestro espacio privado, lo cual genera muchos malentendidos.

Me gusta pensar que, entonces, no soy un manipulador, sino que por el contrario, todas mis relaciones han sido de provecho, pues tanto hubo de entendimiento entre ambas partes, que al final se hicieron insostenibles por los dos lados debido al espanto que es saberse influidos de esa manera por alguien, pues pocas veces aceptamos que otro llega a ser parte de nosotros.

¿Por qué buscamos amor?

Amour/Love - Imagen pública
Amour/Love – Imagen pública

por José Luis Dávila

Me cuesta trabajo pensar que muchas personas de mi edad, o contemporáneas, todavía piensan en las relaciones de pareja como un factor de peso para el éxito en la vida. Me hace preguntarme si de verdad vale la pena todo el esfuerzo que requiere sostener emocionalmente a otra persona. No digo que no sea importante tener una pareja, alguien con quien compartir la vida de forma profunda, más profunda de lo que la amistad se limita, alguien en quien depositar confianza, seguridad, paz mental, todo eso que se suele depositar. Yo lo he hecho, con frecuencia. Y he dejado que lo hagan conmigo. No estoy en contra de que se busque tener una vida en pareja, aun cuando todas mis relaciones se puedan clasificar como patrones de conducta, según algunos de mis amigos, que llegarían siempre al mismo fin. Desastres anticipados, pues.

Si no estoy contra ello, entonces ¿por qué me resulta extraño que las personas busquen amor? El asunto es que hay algo que nos inculcan desde pequeños, algo en las personas que nos rodean: parte de la felicidad viene de la vida en pareja, lo vemos con nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros tíos, lo vemos en todas las personas mayores que nos rodean, y mientras vamos creciendo, tendemos a crear un ideal al respecto, uno propio en la mayoría de los casos, aunque haya quien culpe a los medios por dar falsas ideas del amor, diciendo que, por ejemplo, todas esas historias felices en las que los problemas de la pareja principal siempre se resuelven al final, afectan a los modelos que proyectamos para nuestra vida, pero creo que quienes afirman eso están tratando de evadir la responsabilidad que tienen ellos y sus circunstancias en sus fracasos amorosos.

500 days of Summer - Imagen pública
500 days of Summer – Imagen pública

Asimismo, evadimos que esas personas que vimos amarse mientras crecíamos, también tenían problemas en sus relaciones, muchos más problemas de los que alcanzamos a ver. De suerte que cuando empezamos a acercarnos a otros con la intención de tener una relación, estamos ya negando la posibilidad del fracaso. Bueno, a nadie le gusta fracasar, pero hay veces en las que fracasar es otra de las formas del triunfo; una forma retorcida, si se quiere. Es cliché decir que cada fracaso es un paso de experiencia. La practica hace al maestro, errar es de humanos, toda esa basura que nos creemos para sentirnos mejor. La verdad es que no, que el triunfo no está en aprender de la relación, porque aprender de una relación es ensimismar la experiencia, es decir, no se puede aprender nada de una situación en la que se es parte activa y contemplativa al mismo tiempo, porque inevitablemente, cuando una relación termina, tratamos de justificarnos, desbordar en el otro algunas de las fallas propias, o exagerar los defectos ajenos. El triunfo está en haber aprendido de la pareja (o ex pareja en este punto), en saber que aparte de todo lo que pudo representar sentimentalmente, también es un individuo que al estar tan en contacto con nosotros, nos dejó ser parte de cómo experiencia el mundo, y tener la capacidad de respetar esas perspectivas, y sumarlas a la polifonía que de por sí ya somos –porque lo quieran o no, somos el conjunto resultante de otras voces filtras en nuestra voz–, es verdaderamente valioso.

Eso último es algo que no solemos atender. Por una u otra razón, termínanos haciendo lo primero, evitando la responsabilidad, alejándonos todo lo posible de la experiencia, esperando que llegue una nueva oportunidad con alguien más, en quien confiaremos que haga las cosas bien porque, obvio, nosotros siempre nos esforzamos en ser lo mejor que se pudo encontrar en la vida. Entonces es una buena pregunta, ¿por qué buscamos amor? Si no lo sabemos manejar, no queremos asumir las consecuencias que provienen de él, no nos gustan las obligaciones que se contraen cuando se tiene. “Lo buscamos por lo que nos hace sentir”, podría decirse, pero una respuesta en ese tono quizá no sea muy sincera, tomando en cuenta que las más de las veces no se sabe lo que se siente. A todo esto, antes de ponernos a buscarlo, ¿acaso sabemos lo que es el amor?, ¿en verdad buscamos amor? Veo que lo que en verdad estamos cazando es la pasión, los instantes en los que las emociones se disparan. Si eso es lo que entendemos por amor, tal vez estemos equivocados, porque entonces no queremos compartir ni ser para alguien más, ni que se otro comparte o sea para nosotros, sino que sea de nosotros, y ser de esa persona, que significa algo completamente distinto, pero sin duda es más fácil de controlar. Puede ser que el amor es tan aterrador que elegimos ponerle ese nombre a esta otra experiencia, para engañarnos un poco, para no darnos cuenta que a veces por más que se busque algo, simplemente no seremos capaces de encontrarlo. Al menos no como lo queremos que sea.

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BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA
BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA

Por Abraham Ibáñez

-Me gustaría que una mujer con esos años y esos ojos me concediera la siguiente pieza. Dijo él con el tufo de cervezas, resabio de horas atrás en bares donde había escondido luego del trabajo para evitar la casa y el tedio, el cansancio. Ella lo invitó a sentarse. Suponía que esa noche él no, y la disposición mutua para encontrarse de nuevo en aquel sitio invitaba a pensar la coincidencia: un destino que pareció irrevocable durante el instante en el que lo vio medio perdido, dirigiéndose a la mesa donde ella bebía sola mientras los demás bailaban ensimismados, egoístas del ritual, dejándose, olvidando soledades entre la multitud.

-¿Whisky? Preguntó ella, mirando siempre el traje viejo, pensando en los orígenes de una luz apenas desparramada en aquel rincón.

Él asintió y sacó el cigarrillo. El aroma en la boca no le permitía aclararse el sabor que la música iba dibujando en la cara de los amantes que conversaban en las mesas contiguas.  

Tratarían de conversar con ese silencio prolongado entre los treinta centímetros que los separaban. Una mirada apenas iría a descubrir que tal vez no era ésa la primera vez que se encontraban tan solos, abandonados.

BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA
BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA

Afuera la noche se hacía sola. En la mesa la botella verde contrastaba con la opacidad de las voces. Desde una mano el remanente de un cigarrillo caía desperdigándose en la alfombra. Él la tomaría del brazo y ella se dejaría llevar. Los pasos tambalearían; ya no serían los mismos cuerpos que veinte años atrás se habrían encontrado por primera vez en una farra sin nombre. La música sonaba igual. Los vestidos darían vueltas en el aire, adaptados al entorno de cortinas rojas, de lunas y candiles flotando encima de la pista con destellos de suntuoso añejamiento. Los ojos se encontrarían irremediables: una sonrisa lacónica se trazaría en ambas bocas, de frente. Procurarían no hablar y desviar las pupilas.

De nuevo la mesa y una coquetería olvidada. Ella se cruzaba de piernas. Él se ajustaba el saco y la camisa.

-Tantos años, ¿eh? Insinuaba él, con los ojos perdidos entre las piernas de los bailarines a lo lejos.

-No tantos. (No somos tan viejos) Quiso pensar ella mientras se estiraba para acariciarse despacio la pantorrilla, comprobando la amplitud de sus carnes mientra él bajaba la mirada a sus pies. Se imaginaban al mismo tiempo en tantos lados, haciendo tantas cosas; vidas impensables en el camino que habían decidido tomar en algún punto, ahora lejano y ya vuelto una línea dibujada a dos manos, a cuatro, a través de tantos pasos con el mismo ayer en común. Si tal vez, si hubiera, puede que…

Otro cigarrillo y copa con hielos renovados. El fulgor de sus manos los arrastraba de nuevo al baile. Se sincronizaban aquellos movimientos obligados, los mareos, las náuseas ignoradas después de tantos giros. El beso inminente, la caricia en la espalda y el arrebato de la inercia. Ya no pensaban. Ya no pensaban pensar. Se estrujaban los alientos y los respiros cortados por una danza que disminuía su ritmo.

Escondidos entre el vaivén de la elegancia simulada. Revueltos en un montón de zapatos lustrosos, escotes recatados y palabras escuetas. Los besos seguían hirviendo con el azoramiento de testigos santurrones. Los murmullos se empezaban a distinguir. Ellos, reservados para sí mismos, se querían en una gravedad que los arrastraba a su abismo personal: las manos, la piel: buscar bajo las ropas los veinte años de un sagrado matrimonio basado en contar cada día, cíclicamente con los calendarios, y no a través de esa linealidad con el tacto y las caricias

El murmullo se tradujo en silencio. Los presentes empezaron a carraspear las gargantas. Molestos, algunos pasaron a sus mesas; otros simplemente se santiguaron y huyeron con el espanto en el rostro.

-¡Seguridad, hagan algo por dios! Gritó una anciana que se tapaba los ojos, pero no la boca, dejando ver los dientes amarillos y la lengua asqueada y blanquecina del licor.

BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA
BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA

Los retiraban de la pista entre sonrisas joviales. Los nuevos amantes se sintieron fugitivos del perdón ajeno. La botella se iba vaciando mientras un último tango invitaba a las piernas a ser parte del festejo. Se besaban otra vez, otra vez las manos en sus espaldas. Él se dejaba caer pero ella se mantenía en pie, recordando la hora, las obligaciones. Las bocas se separarían en un soplo inmediato. La inconsciencia de él asistía a la costumbre del alcohol; lo dejaba tendido, desencontrado en sus manos vacías. Ella recogía su bolso y salía contenta, repleta de olvido, imaginando lo que el mañana sustituiría con las responsabilidades de siempre.

Al día siguiente la despedida y el quehacer cotidiano resumirían la noche en un simple conteo, en un retorno que con los días de la semana iría quedando atrás, atado a la burocracia familiar y a la prontitud de un trámite llamado amor. El escape quedaría manchado por la resaca, hundido en los alientos que habrían de esperar vivir otro año para acordarse de respirar.

En las rocas (las cortinas)

Cortinas - Imagen pública
Cortinas – Imagen pública

por Eims Miranda

Una desgarradora lagrima
resbaló por tu camisa;
yo miraba al suelo,
miraba las cortinas;

y nos decimos mutuamente
“Madonna ha sacado un nuevo video”
y es todo
ya no hay nada, te decía:
sobra tanto hielo en la cocina,
tanto hielo en el baño del bar;
tantas lagrimas recogidas
en el cenicero, en el desván;

las lechugas están frescas en la ensalada César
y parece todo tan excelente
que nada más podría desear
sólo rueda el aire frío
en las cornisas
las cortinas danzan, viven, vienen y van.

Un mudo grito
filtraba tus pupilas
creando tormentas;
lo noté, en tus parpados se batían
la dialéctica del “ya no puedo”, “¿¡por qué me miras!?”

y encendí un cigarrillo
y miraba las cortinas
se asomaba el olvido
en forma de ventisca.

Donde se exige el fuego
ya no siento agonía
ya no siento ganas
ya no siento ni risa.

En las rocas derretidas
se reflejaba mi sonrisa;
derramaba el vaso una sola gota,
resbalando por tu camisa
hasta que dije por siempre
“¡ya no te quería!”