Archivo de la etiqueta: Nieve

Un poema

Nieve
Nieve

Por Gilberto Blanco

Nieve en su piel

Otra vez para Abbi

Señorita con nieve en su piel

Y en sus ojos dos gotas de miel:

 

A veces los recuerdos

Nos llegan con tormentos

Con lágrimas y nostalgia

De una vida ya pasada,

Olvidada o abandonada

Por el aplastante paso del tiempo

Juez supremo de nuestra mente y cuerpo.

 

Sin embargo la vida,

Esa extraña melodía

Que nos deja ver un nuevo día,

También nos da la oportunidad

En aquellos días de añoranza

De volver a soñar, recordar y disfrutar

De aquellas sonrisas, amistades y andanzas

Que nos llenaron de cientos de esperanzas.

 

Nos da la oportunidad de revivir

A personas que en el camino se adelantaron,

O de volver a reír

Con los amigos que se separaron

De nuestro camino del destino.

 

¿Acaso no es hermoso

Repetir aquél primer beso,

Primer caricia, o el primer verso?

 

En verdad le digo

Señorita de labios sabor frambuesa,

Dentro de todo el dolor de extrañar

Si cierra los ojos podrá encontrar

Una rara y misteriosa belleza

Aquél placer de la travesura infantil,

O quizá un amor juvenil,

Las amigas hoy desconocidas

Que sin embargo le llenaron

De alcohol y risas unos días.

 

Y si acaso el dolor de las heridas,

Que el tiempo cura pero no sutura

Le duelen más que esa aventura

A la que llamamos torpemente vida,

Recuerde usted,

Señorita de piel sabor durazno,

Que si fue feliz en su momento

Debería serlo ahora al recordar ese sentimiento.

 

Mas si el recuerdo es algo poco grato,

Y a su memoria no le causa agrado,

Sepa usted que no hay mejor alegría,

Que la que viene después de la melancolía,

Porque sólo así se es plenamente consciente

De que ser feliz sólo es para el valiente

Que supera con esmero

Ese veneno del recuerdo.

Y yo sé que usted,

Señorita, cuya lengua reptante

Agita mi corazón palpitante,

Es no sólo valiente,

Es usted una guerrera, que saldrá triunfante.

 

Y si acaso este poema

Esta rima

Esta estrofa

No la llena, no la anima,

Señorita con belleza de valquiria,

Le ofrezco a usted, mi simple compañía,

Acompañada de un tierno beso,

Que le mando junto a este verso,

Para calmar su agonía,

Con mi amor y mi mano amiga.

 

Porque sepa usted,

Señorita ojos color de miel,

Y de blanca, suave y deliciosa piel,

Que un día lo prometí y sigo fiel,

Con mi amistad y compañía,

Más ahora le brindo mi corazón sincero

Y un amor verdadero

Jamás perecedero.

Anuncios

Nieve, de Orhan Pamuk

Estambul - Imagen Pública
Estambul – Imagen Pública

por Emanuel Bravo

Cuando elegí Nieve de Orhan Pamuk como mi siguiente novela, tuve en mi mente el recuerdo de la primera novela que leí de este autor: Me llamo Rojo, una obra de tintes históricos que se desarrollaba en la Estambul del antiguo Imperio Otomano. Francamente no me esperaba encontrarme con una novela tan diferente, tan diametralmente distinta.

La novela inicia con Ka,  un melancólico poeta exiliado en Alemania que vuelve después de varios años a su Turquía natal para cubrir una nota en torno al suicidio de varias jóvenes en la localidad de Kars. Cabe apuntar desde este momento que etimológicamente el nombre de Kars derivaría del georgiano “kari”, que significa “la puerta”, o del nombre armenio “hars”, que significa “novia”; no de la palabra turca “kar” (nieve), cosa que he notado que todos los reseñistas confunden, el juego de palabras, sin embargo,  llega a ser inevitable.

¿Quién es el protagonista en esta novela?, desde luego Ka, el poeta que apátrida que se siente identificado con la Turquía de Atatürk, la Turquía occidental en la que prima la razón. El siguiente protagonista es Kar o la nieve, no sólo lleva el nombre de la novela, sino que da el tono general de toda la obra, la melancolía de la nieve cayendo con la velocidad de la harina cernida, la nieve que cubre los caminos de la pequeña ciudad durante los tres días que ocupan la atención de toda la obra. Y desde luego Kars, la ciudad perdida en la frontera de Armenia, la ciudad que sirve de microcosmos para exponer todas las ideas en torno a Occidente y Oriente, no sólo encontramos a radicales musulmanes, atatürkistas, laicos, rebeldes kurdos, etc, etc. Kars es la ciudad que flota en medio del paisaje nevado, atemporal y decadente, el escenario donde se lleva a cabo uno de los dramas políticos, religiosos, románticos y filosóficos más mórbidos de la literatura ¿occidental?, ¿oriental?  Porque si algo sabemos de la literatura de Pamuk es este conflicto que se da a partir de su nacionalidad turca, nacer en el país que comparte dos continentes, dos concepciones de vida tan distintos, tan contradictorios, dilema que aparece también en  Me llamo Rojo y El castillo blanco.

Varios amigos me habían comentado que para leer esta novela había que conocer un poco de la historia de Turquía para poder conocer la dimensión de los hechos que se están llevando a cabo, lo cual en parte es cierto, pero también debo agregar que Nieve no sólo es una novela política, es también una de las historias de amor más desgarradoras que he leído en los últimos meses. Nieve en su llaneza, en su realismo más típico y lineal, ofrece un tono onírico, poético y una complejidad hasta contradictoria, todo nuestro drama se desarrolla en sólo tres días, pero ofrece tantos hechos como para abarcar años y como apunta Rafael Lemus en su reseña: “No es una novela fija, de una pieza, sino, apenas perceptiblemente, híbrida. Es una obra inestable. Nada se afianza: ni el clasicismo ni el melodrama, ni el juego metatextual ni la aridez didáctica. Hay un poco de todo, como si se probaran a la vez varios ingredientes.”

Nieve - Imagen Pública
Nieve – Imagen Pública

La melancolía más profunda habita desde su primera página, hasta la última, una nostalgia inabarcable, propia de las novelas de Turgueniev, que el mismo Ka leía a todas horas y con las que pretende ser descendiente. Ka es Kar y también Kars, el poeta, la nieve y la ciudad son elementos inseparables, aunque a ratos nuestro poeta reniegue de ello, sabe que la nieve habita en su alma, sabe que él habita en una única ciudad aunque intente ser occidental y renegar su parte oriental, aunque trate de huir de la misma, todas las ciudades para él serán sólo una, todas lo llevan a ella, Kars lo ha sellado el inconfundible signo de la fatalidad. Los momentos de mayor belleza son aquellos en los que estos tres elementos se encuentran fuertemente alineados, me refiero a los momentos en los que Ka escribe poesía, sus poemas surgen como epifanías, certezas de la muerte, de la vida, de la belleza, del amor, del dolor, de Dios y su ausencia, de tantas cosas que a primera vista parecen ser diferentes.

“¿Hasta qué punto puede uno oír en su corazón la voz de otro?” nos pregunta el narrador casi al final de la novela, ¿qué tanto podremos comprender sobre el otro? sobre su dolor, sobre su felicidad, sobre su identidad, sobre Oriente y sus problemas; eso dependerá de cada lector, porque al final, quizá eso sea lo más importante que podremos hacer con ellos, llevarlos dentro de nosotros para que no se pierdan en la tormenta de nieve de nuestros sueños, donde sólo nieva una vez.