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Nutrirse de la cultura popular: entrevista a Antonio Álvarez Morán

Antonio Álvarez Morán - Fotografía de Jessica Tirado Camacho
Antonio Álvarez Morán – Fotografía de Jessica Tirado Camacho

por José Luis Dávila

(Fotografías de Jessica Tirado)

José Luis Dávila: ¿Cómo ves la respuesta de la gente ante la exposición?

Antonio Álvarez Morán: Yo creo que muy buena porque, como se dan cuenta, el trabajo es figurativo y tiene mucho que ver con nuestra propia cultura, entonces es muy fácil, o por lo menos es probable, que la gente se conecte con lo que ve. Es una obra que no es indiferente a la gente común, todo mundo conoce a Sara García, todo mundo conoce a la abuelita, el tema de la batalla del Cinco de mayo, la china poblana es un elemento que también todo mundo ubica. Yo creo que nuestra obra tiene esta conexión que ha facilitado la relación con el público, que yo creo es importante y como que se ha perdido ese contacto de comunicación en el arte contemporáneo, se ha ido por otro lado y se ha vuelto una cosa muy difícil de entender y que “ha de ser bueno porque está en el museo”, pero no es el caso de nosotros. Creo que hay también calidad, es una manera bastante digna de hacerlo sin llegar a ser una obra muy corrupta o, digamos, comercial, sino que sí aporta algo, está proponiendo y tomando elementos que son fáciles de asimilar y que la gente se sienta identificada.

JLD: ¿Qué es para ti el neomexicanismo?

AAM: Hay diferentes maneras de entenderlo; inmediatamente a mí me hace pensar en el movimiento que hubo en los ochentas aquí en México de unos artistas retomando temas nacionales o de identidad cultural mexicana; como sabes siempre hay un movimiento, luego otro que se opone y uno más que se opone al anterior. Si analizamos el siglo XX en México vemos que después de la revolución se empieza a crear toda esta serie de murales y toda esta serie de obra, sobre todo los tres grandes: Orozco, Rivera y Siqueiros, digamos que los más importantes son ellos, y después llegan los 50’s, la ruptura, la generación que dice que no quiere más inditos ni más nopales ni más huaraches, que aboga ya por un arte más internacional, muchos de ellos hacen pintura abstracta, unos pocos figurativos pero ya con otra idea no nacionalista, sino rechazándola. Cuevas es un ejemplo clarísimo de eso. Luego viene la reacción contraria de esto, viene de nuevo el neomexicanismo, otra vez temas mexicanos y cosas que tienen que ver con la identidad. Fue más bien como un movimiento, como sabemos la cultura aquí en México está muy centralizada, lo que pasa fuera de la Ciudad de México no existe, nosotros no existimos, no somos importantes por no estar en la Ciudad de México, esto ha sido muy difícil para muchas personas. Bueno, se va abriendo un poquito más, hay otros lugares, pero en términos generales es terrible porque lo que se da fuera de la capital no se considera importante. Este movimiento neomexicano de los 80’s es principalmente de artistas que estaban en la ciudad de México, puedes pensar en Julio Galán, por ejemplo, o algunos de otros lados como Colunga de Jalisco. Sí fue como toda una serie de artistas sobre todo de la Ciudad de México y en los años ochentas. Yo en ese entonces estuve viviendo en los Estados Unidos, nunca he vivido en la Ciudad de México, he expuesto sólo dos veces allá de manera individual, no he tenido ese contacto, entonces, realmente no me considero como parte del movimiento neomexicano, creo que sí se podría justificar en relación al tipo de obra que hago, sí hay una conexión con lo mexicano, mas no como movimiento, no como grupo coherente. En realidad, en el trabajo de nosotros, puedes ver que sí hay paralelos, coincidencias entre los tres, cosas comunes, la paleta, el uso del color, el uso de algunos temas, ciertas técnicas, el uso del ensamblaje, etc. Pero tampoco es que nos pusimos de acuerdo, de manera natural surgió.

Antonio Álvarez Morán - Fotografía de Jessica Tirado Camacho
Antonio Álvarez Morán – Fotografía de Jessica Tirado Camacho

JLD: Sobre la dificultad para que la exposición se diera a conocer, ¿cómo ves que es en Puebla el futuro de arte y las exposiciones?, ¿es necesario el museo para que se genere interés en las personas?

AAM: Yo creo que sí, cualquier espacio es bueno, pero un museo obviamente tiene condiciones idóneas para poner una obra de arte; tampoco veo para nada mal los espacios públicos y llegar a la gente sin tener que esperar a que lleguen a ti, también es algo que hay que hacer, o espacios alternativos, lugares más inusuales, también hay que llegar a ellos y crear públicos. El arte es educación, hay que mostrar y mostrar, yo lo he estado haciendo ya por un montón de años y sí noto ya cada vez a la gente más interesada, eso me da mucho gusto, ha servido de algo todo esto.

JLD: ¿Por qué crees que la gente se identifica con tu obra, la de Arturo y la de Liliana?

AAM: Porque nos nutrimos de la cultura popular, son temas que la gente conoce, con los que se puede relacionar. No es algo raro y que “quién sabe qué es, están bonitos los colores pero sabrá dios qué cosa es”, entonces en nuestro caso es más sencillo, hay complejidad también, pero sí hay cosas que se reconocen, que se pueden relacionar, con las que te puedes identificar, que puedes rechazar o te pueden atraer.

JLD: En tu obra resalta demasiado la figura de las monjas, ¿por qué?

AAM: Yo creo que es genético; yo no soy una persona religiosa como tradicionalmente sería, para nada, pero me causan una atracción irracional, animal, como que las huelo, las busco, las persigo, hablo con ellas, me fascinan, me atraen muchísmo. Una vez publicaron una declaración que hice de que soy una monja reencarnada, de hecho hay una pieza en este museo, en la exposición permanente, que es un retrato de una monja que se llamó Sor Antonia Álvarez, como yo, igual que el general Antonio Álvarez; es la ventaja de tener un nombre tan común, puedo encontrar de todo. Mi familia sí fue muy religiosa, cuando la guerra cristera fueron de los que escondieron imágenes, escondieron monjas, curas, celebraban culto a escondidas en su casa, de hecho una de las famosas monjas poblanas se llamó Sor María de Jesús Tomelí, apodada el Lirio de Puebla, llegó a venerable que es antes de ser beata, cuando murió se conservó la urna con los restos y los sacaban cada determinado tiempo, los probaban, los olían, había que hacer una determinada serie de pruebas, y esa urna estuvo escondida en la casa del hermano de mi bisabuelo, entonces hay una cosa que me viene genéticamente que no puedo evitar y, pues, en el arte los retratos de monjas coronadas me encantan. No sé, es algo natural, completamente absurdo, completamente anacrónico, me ha dado problemas porque a nivel religioso es muy mal visto, un tema tabú para el arte contemporáneo, porque, por un lado, con los más tradicionales y religiosos corres el riesgo de que te tachen de blasfemo e irreverente, y por el otro lado los conceptualistas, los del arte más elevado y más acá te ven como si fueras mocho: “¿por qué pintas santitos?, que feo ¿ya pa’ qué?” entonces siempre me ha causado problemas, lo de las monjas y los santos niños. Tengo muchos años pintando monjas y santos niños pero más en forma desde hace tres o cuatro años, pero ya tengo otras obras antecedentes. El museo de Santa Mónica desde chico me ha parecido de los lugares más fascinantes y hacía dibujos de eso. Lo misterioso es lo que más me atrae del catolicismo, todo el elemento mórbido de reliquias, huesos, muelas, todo eso. Hablábamos de realismo mágico y creo que un antecedente de ello son las vidas de monjas y santos, de repente están haciendo el mole acá y pasa San José en botas de charro, todo eso sucede normalmente, es como una realidad aparte, o que levita o las aventuras bilocación, que está en el convento y al mismo tiempo bautizando niños en Arizona, la monja española, Agreda. Toda esa magia y fantasía me atrae y me hace acercarme a este tema.

Antonio Álvarez Morán - Fotografía de Jessica Tirado Camacho
Antonio Álvarez Morán – Fotografía de Jessica Tirado Camacho

JLD: ¿Cuáles serían otros temas que consideres recurrentes o muy importantes para ti?

AAM: Esta exposición, de hecho, es un buen lugar para ver un poco de cada cosa: está toda la serie de Farándula cubista, lo que hice en el 2007, 2008, 2009, en relación a Picasso y las vedettes mexicanas, fue como una fusión de esos dos intereses. Siempre la cuestión popular, he hecho cosas con luchadores, de lugares populares, tienditas, cantinitas, esos son mis intereses.

JLD: ¿Cuáles son tus proyectos actuales?

AAM: Estaría bueno ver si se organiza la itinerancia de esta exposición, que sería bueno, todo mundo me lo ha sugerido, creo que es una muy buena exposición, y no lo digo porque sea mía, al menos la tercera parte, se ve muy bien junta, creo que está bien hecha, es una buena selección, vamos muy bien los tres artistas, hay muchos paralelismos rescatables y que hacen que funcione como grupo. Además de ver si puede seguir esta exposición en otro lado, estoy trabajando en una pequeña ampliación del mural de los poblanos, va a ser una pequeña ampliación al mural principal de los personajes de Puebla. Sigo pintando la serie de Engaño colorido, que es esta serie de las monjas, sigo trabajando en eso, también la serie de las fachadas de las iglesias de Cholula con los carteles de sonidero, con collage y pintura. Ayer salió, en una borrachera, un proyecto que ya tenía atoradísimo desde hace muchos años, pero según ya se armó ayer, a ver si es cierto que lo hacemos, es un video de título tentativo “Las monjas vampiras contra el hijo de Benito Juárez”, es un corto, ya empecé con el guion, debe de quedar para esta semana, la idea es hacerlo ya a corto plazo. Sigo dando clases en la Universidad de las Américas, en el departamento de artes plásticas, y pues seguirle.

Antonio Álvarez Morán - Fotografía de Jessica Tirado Camacho
Antonio Álvarez Morán – Fotografía de Jessica Tirado Camacho

JLD: Una última pregunta, ¿cuál es tu cuadro favorito de toda la exposición?

AAM: ¡Mi cuadro favorito!.. pues, a lo mejor el Santo niño cieguecito de la encáustica, ese me gusta mucho, tengo una relación muy personal con ese santo, me gustan mucho los de Cholula también, el mural nocturno de la plaza de San Pedro Cholula, entonces no sé si tenga un favorito. Me gustan también mucho los ensamblajes de las monjas, de esos el del Lirio de Puebla por la cuestión de la poblana con la que todavía siento una conexión más fuerte. El de Paty Smith, nada más que ya me cayó gorda, que vino a México el año pasado y el año antepasado; yo llegué con mi foto para que me la firmara pero pues no, toda una superstar imposible, supuestamente le dejé un sobre que sí le entregaron pero nunca me contestó ni nada, creo que soy uno más entre sus fans. Como lo que le pasó a Gironella con Madonna, que hizo toda una exposición y resulta que Madonna vino a un concierto cuando se estaba presentando la exposición en el D.F., y Gironella trató de hablar con ella para que fuera o algo pero no lo peló en lo absoluto. Qué se puede hacer.

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El arte es una casa: sobre una tarde con Liliana Amezcua

Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

por José Luis Dávila

No se puede vivir del arte. Es un hecho que al menos en México ser artista está ligado a la lucha constante para poder mostrar al público lo que se hace, e incluso cuando se logra algo así, los juicios mediante los que se valoran las piezas resultan las más de las ocasiones cortados por influencias de lo moderno, de lo hype, de lo bonito y actual (como si la actualidad del arte no residiera en la perspectiva desde la que se ve y se piensa). Ya no hablemos de vender, ni siquiera de itinerancia de la obra en otros espacios de otros estados, ni de otros países. Que el apoyo presupuestal no basta, que las becas se otorgan por nepotismo, que abundan las ideas y no hay suficientes espacios. Las razones por las cuales la producción artística se ve afectada son demasiadas, pero hay que decirlo, no son nuevas, existen desde años, siglos, atrás. Todos los artistas lo saben, está en el contrato consigo mismos que deberán encarar este tipo de cosas tan frustrantes. Y sin embargo, sin embargo, se sigue decidiendo hacer arte, porque si bien no se puede vivir del arte, se puede vivir en él.

Taller de Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Taller de Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

Liliana Amezcua ha hecho esa elección en la que el arte se convierte precisamente en parte de su vida. El arte es su casa, su hogar. Se desenvuelve en él, dentro de los márgenes del cuadro, en las páginas de las libretas que convierte en registros de su experiencia. El taller de Liliana es uno lleno, rebosante de colores, de afiches colgados en la pared, de tazas con tijeras y pinceles. Cuando se entra en ese estudio, salta la creatividad, se respira el polvo de las cosas viejas que guarda con cariño; son recuerdos de su padre y su abuelo. Pero más que recuerdos, quizá sean ideas trasvasadas, sensibilidades que la atan a esas memorias materiales donde la presencia de esos dos hombres no se borra. Asimismo, la presencia de Liliana, tan fuerte, tan enérgica, invade a su obra y va mucho más allá, porque a la vez la obra invade el espacio del museo para convertirlo en otra extensión de ella misma.

Taller de Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Taller de Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

Pero no sólo es en el arte donde Liliana demuestra su talento, sino que también en algo que muchos considerarían diametralmente opuesto: la química. Tiene a su cargo La Mireya, esa perfumería que su abuelo abrió allá por 1923 y que gracias a ella sigue funcionando luego de tres generaciones. Aunque no aprendió formalmente el oficio, su capacidad de observación le ayudó mucho a continuar esta tradición, a saber mezclar de forma adecuada las sustancias, justo como mezcla las imágenes necesarias, ni más ni menos, en sus collages. Es, pues, una alquimista completa, transforma la materia concreta y la espiritual, una a través de las reacciones entre los elementos químicos y la otra en la conjunción de los elementos que representan su vida para exponerlos a otros que se sientan identificados.

Taller de Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Taller de Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

También en su taller hay un par de carpetas con todos los diplomas, los reconocimientos, eso que a muchos les gusta portar como joyería intelectual, pero ella no, ella prefiere tener todos esos papeles a la sombra, y así ser más honesta con su trabajo, más abierta a incluirse en el mundo y poder retomar de ahí uno de los elementos fundacionales de sus piezas: la realidad social individual, una realidad cercana que cualquiera puede reflejarse al menos un poco en ella.

Liliana Amezcua, se podría decir mucho más sobre ella. Pero mejor que su obra sea la que hable, porque ver uno de sus cuadros es estar un poco en su casa y conversar con ella mientras se fuma un cigarro.

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Tradición/Transformación: sobre Éxtasis y Abundancia

Éxtasis y Abundancia - Fotografía por Jessica Tirado
Éxtasis y Abundancia – Fotografía por Jessica Tirado Éxtasis y Abundancia – Fotografía por Jessica Tirado

por José Luis Dávila

¿Cómo se crean las tradiciones? ¿Cómo cambian? Para ser mucho más justos, habría que empezar por saber qué cosa es una tradición. La tradición o la costumbre, o la usanza, o el arraigo, en fin, cuántas maneras no hay para nombrar a ese sentido de apropiación inculcado desde la infancia. Lo que nos rodea nos lo apropiamos, lo hacemos nuestro, interiorizamos sus características, desarrollamos un sentido de pertenencia a un lugar a través de vivirlo cada día, de experimentarlo en sus dimensiones, ya sea una calle, una ciudad, la casa a la que todas las noches regresamos para dormir.

Y luego de eso, hallar la forma de expresar lo que somos con esos elementos. Recomponernos en ellos y mostrarlos en lo que hacemos: en la forma en que hablamos con las personas, en cómo vemos una película, en el modo de saludar cuando recién se conoce a una persona, bien diferente a cómo lo hacemos con quienes se lleva años de trato. ¿Somos todo eso siempre o vamos cambiando de pieles a lo largo de la vida? Si aquello que nos apropiamos no muta cuando se le añade algo nuevo, no se transforma, entonces para qué queremos seguir caminando cuando de todos modos no avanzamos. Por otro lado, ¿avanzar es olvidar lo anterior? Olvidemos y tampoco habrá avance, porque cómo avanzar cuando no hay un lugar de dónde partir.

Antonio Álvarez Morán, Liliana Amezcua y Arturo Elizondo - Fotografía por Jessica Tirado
Antonio Álvarez, Liliana Amezcua y Arturo Elizondo – Fotografía por Jessica Tirado

Cuando se pone un pie dentro de las salas que albergan la exposición Éxtasis y Abundancia. El movimiento neomexicano en Puebla, albergada en San Pedro Museo de Arte, las anteriores son, entre muchas otras, cuestiones que saltan a la vista, porque es la vista aquello que no deja de maravillarse a cada paso sobre la duela, es la vista la que se colma de colores y formas representativas de lo que uno es en esta ciudad que se habita, en este país que se respira, pero sobre todo en esta cultura tan mestiza, más mestiza de lo que nos damos cuenta.

Éxtasis y Abundancia - Fotografía por Jessica Tirado
Éxtasis y Abundancia – Fotografía por Jessica Tirado

De la mano de Liliana Amezcua Álvarez, Antonio Álvarez Morán y Arturo Elizondo Amadorsalu, podemos encontrar la experiencia de la reconfiguración propia reflejándonos en sus obras, encadenadas y encadenando, tanto al pasado como al presente, para desentrañar lo que ellos son y también lo que fueron, acercando al espectador a ellos como artistas pero al mismo tiempo a la introspección sobre sí, sobre si eso en los muros, en los estantes, en todas las salas de la exposición, no es también parte de lo que él mismo está siendo y fue, y quizá será, preguntándose por la posibilidad de su identidad hecha de identidades emanadas de aquello con lo que interactúa sin darse cuenta.

Éxtasis y Abundancia es una muestra que no pueden dejar pasar, su valor está en las piezas y su construcción dentro del espacio del museo, en la forma en que se contacta con cada una, logrando acercarse un poco más a lo que es el otro que vive en uno mismo desde afuera.

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