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Sed de amor, de Yukio Mishima

Por Emanuel Bravo Gutiérrez

Yukio Mishima es, sin duda alguna, uno de los más grandes escritores japoneses. Su obra explora la profundidad más oscura de las almas, la pasión más amarga y la violencia tempestuosa con elegancia y belleza. Lo anterior es virtud en una cultura obsesionada con la belleza frágil y etérea, efímera a los monstruosos terremotos y vientos que todo lo desaparecen entre sus dientes.

Sed de amor nos acerca a la vida rural de Etsuko, una mujer que, tras la muerte por una fiebre tifoidea de su esposo, decide irse a viajar a Maidemmura para vivir en la casa de su suegro. Éste es el patriarca de una pequeña familia terrateniente del Japón de la posguerra. La novela inicia con la pasión que siente su suegro Yakichi por Etsuko y la pasión de Etsuko por un joven sirviente de la casa llamado Saburo. Pero no nos dejemos engañar por este apacible triángulo amoroso en el campo que llega a tener tintes abúlicos. Mishima logra explorar los celos más amargos y las pasiones más desenfrenadas:

“Su pasión era una prueba, sorprendente por su autenticidad, de la ilimitada pasión de los hombres por torturarse a sí mismos. Era, como tal, una pasión consumida generosamente en la destrucción de sus propias esperanzas, un modelo a escala de la existencia humana, quizá demasiado rectilíneo, quizá demasiado arqueado. Las pasiones tienen forma y a través de las formas, se convierten en culturas biológicas en cuyo seno las vidas humanas pueden desarrollarse en plenitud.”

Desde el amargo resentimiento que guardó Etsuko por Ryosuke, su esposo, al que lo ve morir con un regocijo siniestro, hasta la indiferencia inexpugnable del joven Saburo y la melancolía fatal del anciano Yakichi:

“No pedir nada, significa que se ha perdido la libertad de elegir o rechazar. Una vez se ha llegado a esta decisión, no hay más remedio que beber lo que sea, incluso agua de mar.”

Todo ello adosado en una narración sosegada, aparentemente frágil y delicada, acompañada de descripciones de campos de bambú y rituales cotidianos. Un mundo donde un gesto, una palabra logran transformar la vida de una manera irremediable, pero también donde un silencio prolongado más allá de la cuenta grita más que todas las palabras de amor desesperadas.

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Flores sin Sol

 

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Por E. J. Valdés

Flores sin Sol es el debut literario de María Elena Ortega, escritora hidalguense. La autora estrenó la colección Los Elementales, dedicada a la ficción, en la Editorial Elementum. Este esbelto encuadernado reúne diez relatos que tienen como común denominador a personajes cuyas vidas se han marchitado, que viven en el abandono, a la sombra de los demás, o condenados a existir como instrumentos de terceros.

Se trata de un libro de narrativa bien lograda que nos lleva a antiguas casas ensombrecidas por altos y modernos edificios, a habitaciones donde duermen los embaucados por el misticismo, a vecindades donde se aglomeran la culpa y los secretos, a restaurantes donde se reúne la falsa aristocracia, a oficinas donde el chisme es el pan de la burocracia, a departamentos donde los perros nunca paran de ladrar, y a las vidas que iluminan —pero, sobre todo, ensombrecen— estos y otros lugares. Y asomar y deambular por estos senderos de letras es una experiencia de lo más grata toda vez que la pluma de la autora es de esas que con muy poco nos dicen mucho; de esas que en un enunciado proyectan dónde, con quién y en qué circunstancias nos encontramos, o que con una metáfora o la revelación de un detalle lo pueden cambiar todo. Y eso se agradece.

Flores sin Sol presenta historias breves pero bien escritas, con personajes y ambientes tan texturizados que, de pronto, uno comparte la desolación que embarga a los moradores de estas páginas. Destacan los relatos “Malas vibras” y “Curiosidad femenina”, ambos de finales imprevistos que dan tremendos giros a la lectura.

Les recomiendo ampliamente éste y el resto de los títulos de Elementum; los dejarán con un muy buen sabor de boca (y quizá con un poco de hambre literaria).