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Anécdotas

por César Huerta

Tengo en la mente, ya como si fuese una tela bastante delgada y transparente, el recuerdo de Don Pablito.

Hace unos días, fui a cortarme el cabello a la peluquería de siempre. Juanita, la peluquera, estaba tiñéndole el cabello a una señora de, calculo, unos 50 años de edad. Cuando Juanita terminó de embarrar el tinte por todo el cabello, la señora se levantó y fue a sentarse al otro lado del local, a esperar que el efecto de la pintura coloreara sus raíces. Era mi turno. Todo esto pasaba cuando llegó una amiga de la peluquera, y entre estas se hizo la conversación. Yo, aunque metido en mis pensamientos, sintiendo la máquina cortar mi cabello, escuché un nombre familiar: era más una anécdota que una inquietud, pero no pude evitar recordar.

La anécdota giraba en torno a la muerte de Don Pablito y cómo había sido su funeral: la hija de la amiga necesitaba ver el cuerpo para asegurarse de si quien yacía en el ataúd era el conserje al que conocía, pero la madre dudaba (porque creía que un cuerpo sin vida era un golpe demasiado fuerte para una niña). Al final, accedió y la llevó a ver el cuerpo; la hija lo reconoció. No dijo nada. Entonces, se hizo el silencio. No supe si fue el final de la anécdota.

 

 

Recuerdo, vagamente -porque de eso ya hace, más o menos, entre 8 y 12 años- que Don Pablito era uno de los conserjes de la primaria a la que asistía. Siempre fue un hombre mayor y muy delgado, o al menos eso parecía. Todos los días iba vestido igual (aunque a veces no nos diéramos cuenta): con una gorra pichi de color verde bandera, una camisa blanca que le quedaba grande, fajada en un pantalón de pana color café que le quedaba corto y que se sostenía a su cuerpo por un cinturón negro. A todos los niños nos trataba muy bien; era alguien dedicado a su trabajo, aun cuando este sólo fuera recoger basura o asear los sanitarios. También te dejaba pasar a la escuela por el zaguán que estaba en la parte de atrás cuando se te hacia tarde. A mí me dejó pasar dos veces.

Siempre me pareció una buena persona, a pesar de haberlo tratado muy poco. Lo vi durante seis años, y lo curioso es que el único día en el que no lo vi en la escuela (aparte de los fines de semana o días festivos), fue en el día de la graduación de mi generación. Jamás lo volví a ver. Don Pablito se convirtió en una sombra, un fantasma y, con más razón, ahora que me entero de que murió.

Desde la anécdota que trajo del pasado a Don Pablito, no pude evitar pensar en él, inerme, dentro del ataúd, con su gorra, su camisa y su pantalón que lo hacían inconfundible entre todos los niños y niñas de la primaria. La muerte, decía Ingrid Solana, es una manera de asimilar la igualdad: “Estamos cerca de los otros y ¿cuántas veces nos miramos?”. Estuve cerca de Don Pablito cerca de seis años; ¿cuántas veces lo miré?, ¿cuántas veces sólo le saludaba porque sí y no me daba cuenta de que podía haber vestido diferente ese día?

Roland Barthes escribió que “el fantasma (…) es una pequeña novela de bolsillo que uno lleva siempre consigo y que puede abrir en cualquier parte sin que nadie vea nada, en un tren, en un café, esperando una cita”, y, así como el recuerdo de Don Pablito puede ser un fantasma o una novela de bolsillo que duró seis años, con encuentros apenas remarcables, una anécdota puede ser una bofetada para la memoria, puede ser la aparición de un fantasma o anamnesis que te remite, con la intensidad que sólo tiene recordar el pasado, a una historia olvidada.

Tengo su imagen desgastada en la memoria. Es una fotografía, como la que inventó Morel en la isla ficticia que pensó Bioy Casares, en movimiento; pero ésta es borrosa, con colores tenues y mezclados, que recuperé al instante en el que escuché “Don Pablito murió”. Todo gracias a una anécdota, que también sirvió como resortera y me devolvió a los años en la primaria: me lanzó contra el recuerdo; me estrelló contra la imagen de Don Pablito en el ataúd, un ataúd que no existe, porque jamás lo vi, pero que sé, guarda, a lo lejos, la esencia del Don Pablito que abría las puertas de la escuela cuando se me hacía tarde.

El recuerdo también se basa en anécdotas, y las personas que viven en ellas nunca serán olvidadas si es que, como Don Pablito, logran convertirse en fantasmas y se guardan sin un final. Así como el inicio del recuerdo, la anécdota y la muerte son, como escribió José Luis Dávila, un final esencialista.

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Muerte por pensamiento

Día de muertos
Día de muertos

por Enid Carrillo

Cuando te dicen que alguien muere, el mundo no se acaba. Al contrario, comienza. De una forma angustiante e inevitable, un nuevo mundo comienza cuando alguien muere. Se nos viene encima una vorágine de pensamientos para reflexionar en torno al sentido de la vida, a lo que hay después, a lo que sigue, a lo que nos encaminamos sin remedio y sin pausa: la muerte.

Hay tantas maneras de morir como maneras de vivir. Muchas veces creemos que la propia vida, con todo lo que eso significa es lo que le da sentido a la existencia. Si lo pensamos bien, si nos detenemos un poco, si miramos más de cerca, sabremos que ese es el papel de la muerte. Porque ella es permanente, la vida se acaba, pasa, muere. Nos acabamos, desaparecemos, nos hacemos polvo. Pero la muerte se quedará para siempre.

Ha estado aquí desde el principio, mucho antes que nosotros y nos confronta con nuestro miedo al infinito, a lo que no puede acabar porque no sabemos siquiera cuando comenzó. Y eso es para lo que estamos aquí, para desaparecer, frágiles y desnudos, destinados a la nada.

Si la vida no tuviera un final, entonces sí que nada tendría sentido. Es este límite de tiempo, este reloj de arena maldito, el que nos recuerda que hay que vivir, que hay que entregarse al dolor de respirar, de querer, de caminar, de pasar por la vida bajo el entendimiento de nuestra insignificancia. Sin querer más de lo que somos, sin apostar en nuestra contra.

¿Por qué nos lo tomamos tan en serio? Buscamos paliativos para defendernos de nuestra poca importancia, de la nimiedad de nuestro paso por el mundo, de lo pequeños que somos, de nuestro miedo a la extinción. Y queremos casas y coches y ropas y fotografías y fiestas y alcohol y sexo y comida. Tenemos enjaulada la conciencia, filosofando sobre nuestras decisiones, soplando más fuerte la arena de nuestro reloj maldito. Jugando a ser indestructibles. ¿Y si lo somos?

Muerte y tiempo
Muerte y tiempo

Y le hemos hecho a la muerte un ritual. La veneramos y nos reímos de ella, mientras podemos, mientras tenemos tiempo. Tantas veces respiramos que terminamos por acostumbrarnos a ello, por eso, cuando apenas el aire se nos va, nos sentimos tan frágiles, conscientes de que la muerte nos toca con una mano, en un suspiro, en una bocanada de aire en media carretera, en el fondo del mar, en un estornudo, en un orgasmo, en la tristeza contraída en el diafragma.

Somos humanos miedosos, temerosos de la ley de algún dios, o de las leyes de la física, o de la lógica, de la suerte, del azar. Tenemos miedo de la muerte y culpamos de todo eso a la vida.

¿Por qué?

Porque cuando alguien muere nos hacemos conscientes de nuestra finitud. Y sentimos ese dolor que nos rasguña por dentro, ese que no quisiéramos sentir cuando estamos al borde de la tierra sepultando a nuestras personas, preparándonos para el ritual de la muerte y los pies bajo tierra. Escuchando en el aire los murmullos de un adiós que durará para siempre, contemplando como la vida termina, como es que moriremos.

Y es un espejo que preferimos romper en pedazos, aun creyendo en la mala suerte. Aun creyendo en la mala vida.

Puedo estar equivocada. Y me gustaría. Pero mientras nos llega el momento, mientras nos espera el ritual del que no podremos escapar, mientras nos convertimos en el polvo que siempre fuimos, podemos reírnos de la muerte, tomarnos un tequila con ella, cantarle una canción, ofrecerle una luz, hacerle un camino de flores o escribirle un cuento, démosle sentido a este trance en el que nos toca respirar.

Y reír y cantar y escribir y llorar y creer y amar y doler porque un día, pronto, esto se va a terminar.

El ya de por sí podrido cadáver del rock

Marilyn Manson - Imagen pública
Marilyn Manson – Imagen pública

por José Luis Dávila

en respuesta a Gerson Tovar

Justo como en 1882, cuando Nietzsche escribe en La gaya ciencia que Dios ha muerto, Marilyn Manson en 1998 canta en el Mechanical animals que el rock ha tenido ese mismo destino. Que incluso está más muerto que la muerte. Han pasado diecisiete años desde entonces, diecisiete años tediosos en los que nacen y mueren grandes cantidades de proyectos musicales que no saben mantenerse en escena porque aún aspiran a hacer rock, pobres ilusos.

Yo no creo en el rock de, al menos, los últimos veinte años. Creo que ha habido pequeños destellos de genialidad, pero tan pocos que no son nada. Lo que es peor, aquellos que lo hacían subsistir han sido cambiados por los tiempos y el sutil encanto de la actualidad. El sonido crudo de la ciudad descarnada por el rasgueo sobre las cuerdas de la guitarra, marcada desde el amanecer por la marcha de la batería, noctambula en la profundidad del bajo, elevada a los cielos durante el grito de la voz contra lo establecido por la sociedad que no ve bien a quienes se manifiestan en música furiosa pero sencilla, sin pretensiones, sin poses, todo eso está extinto como los dinosaurios después del cometa, adaptándose a nuevos climas para no dejar de ser pero tampoco siendo ellos mismos.

Nietzsche - Imagen pública
Nietzsche – Imagen pública

El rock, lamento decirlo, nunca volverá, ni siquiera en forma de fichas. Ante este panorama, hay que voltear a otros lados, saber abrir los oídos y entender que ahora estamos en la era de los híbridos sonoros. Aquello que se llamó britpop abrió la puerta del bar con una patada y todos se voltearon a verlo. De ahí partimos ahora. El rock estaba decadente en ese entonces y el metal se estancó junto con él, tanto que las mismas bandas de hace treinta años son las que mejor crítica tienen ahora que su popularidad entró en el mainstream. Era necesario un sonido nuevo, revuelto, independiente de las concepciones anteriores. El último gran ícono, quizá discutiblemente, del rock fue Kurt Cobain, pero para cuando su muerte cimbró, ya había precedentes de que el fin de una era estaba cerca, ya estaban esas bandas de la cotidianidad sin ánimo, aceptada, desglosada en versos y expuesta en el escenario para ser contemplada sin afrentas sino con despreocupación y sarcasmo.

Long live rock n' roll - Imagen pública
Long live rock n’ roll – Imagen pública

Esas bandas no querían ser rock, querían una identidad propia. La crítica fue la que les encasilló, por necesidad de sustitución, por inseguridad ante las propuesta del futuro como una experimentación constante para reemplazar aquello que es irremplazable. Actualmente sufrimos las consecuencias de ese proceso de negación ante las nuevas perspectivas de hace años. Entiendo que muchas personas se confundirán al pensar en la gran cantidad de denominaciones que ahora se tienen y que usan como referencia al rock, pues tendemos a categorizar géneros a través de la necesidad de un rock al cual no queremos enterrar, al que aún nos aferramos y queremos tenerlo siempre cerca aunque ya apeste. No sabemos honrarlo. La culpa no es de las bandas actuales, es de nosotros por no ser más críticos y permitirles creer que pertenecen a eso que ya debería estar bajo tierra, no olvidado, pero sí homenajeado, con respeto y no con alquímicas intenciones para reavivarlo.

A los cadáveres hay que dejarlos en las tumbas y visitarlos para mostrarles respeto por sus acciones en vida. A los vivos hay que mostrarles los límites que tienen para evitar que se maten antes de tiempo, y para que no se pudran en vida como ya les pasa a muchos.

El día en que moriré

La muerte
La muerte

Por María Mañogil

El día en que yo muera, no quiero ningún funeral. Sé que no sirve de nada decir esto porque mi familia hará lo que le venga en gana. Y lo entiendo.

Si digo esto es porque, además de que no me gustan las iglesias y mucho menos que alguien tenga que meter dinero en un sobre para dárselo a un cura a cambio de que diga unas bonitas palabras dedicadas a mí, cuando ni siquiera me conoce, no me gustaría que personas a las que les caigo como una patada en el culo y que me desean lo peor, se acerquen a mi familia y a las personas que me quieren a decirles lo mucho que sienten mi pérdida.

Me parece un gesto muy hipócrita. De todas formas, cuando eso pase, no creo que me entere y por lo tanto, hagan lo que hagan, me da exactamente igual.

No es algo que me preocupe demasiado. Creo, no lo aseguro, que todos los que estamos en este mundo lo estamos por puro azar. No creo en el destino porque no me interesa creer en él; hacerlo me limitaría a conformarme y no soy conformista ni creo que lo sea nunca. Me gusta decidir y no responsabilizar de mis decisiones a nada ni a nadie (aunque a veces lo he hecho como todo bicho viviente).

Como siempre he dicho, todos creemos en lo que nos interesa creer y en lo que nos hace sentir mejor. A mí me hace sentir bien pensar que tengo elección propia y que mi vida no depende de la estrella que brillaba con mayor intensidad en el momento en que yo nací.

A veces quisiera creer lo contrario, pero siempre hay algo dentro de mí que me lo impide.

Aunque reconozco que sería muy bonito creer que el destino me tiene reservado algo bueno y que haga lo que haga recibiré ese premio algún día, no es eso lo que creo que vaya a pasar en mi vida.

Cuando hablo de vida hablo también de muerte. Eso que asusta tanto y que, sin embargo, forma parte del mismo proceso en el cual se nace.

En nuestra sociedad, se bromea con casi todo, menos con la muerte. Y quien lo hace se gana el título de “retorcido”.

Yo tengo por costumbre hacerlo y no parece que siente muy bien ese tipo de bromas. Por ejemplo, cuando voy a viajar en avión, suelo decir a quien me acompaña al aeropuerto o a quien me llama por teléfono para desearme un feliz viaje: “si se estrella el avión y quedo carbonizada no os esforcéis mucho en reconocer mi cadáver. Enterrad uno cualquiera que se parezca a mí y ya está”.

Por supuesto que esa broma resulta algo macabra si tenemos en cuenta que en el mismo avión que yo viajan cientos de personas más.

¿De verdad alguien cree que porque yo diga eso se va a estrellar el avión?, ¿o que yo deseo que se estrelle? Si eso sucediese después de que yo lo dijera, sería una casualidad como muchas otras.

La muerte
La muerte

LA TRANSFORMACIÓN DE LOS MUERTOS

La muerte siempre se ha considerado un tema tabú en muchas culturas y no sólo porque desconocemos todo sobre ella, exceptuando la parte que corresponde a las diferentes creencias religiosas; también porque se supone el fin de la vida en algunos casos y en otros todo lo contrario: el principio de otra también desconocida.

El miedo y el respeto hacia un mismo concepto lo convierte en algo intocable. Todos tenemos miedo a perder a nuestros seres queridos y algunos a su propia muerte, pero, con miedo o sin él, no nos vamos a librar de pasar por eso. Vivir con miedo no lo evitará; tampoco evadir el tema va a hacer que sigamos vivos eternamente.

La muerte es una transformación para todos los que la viven de cerca. Familiares y amigos del fallecido, por el dolor. Pero la mayor transformación la sufre quien se muere, no sólo en el sentido físico.

Cuando alguien muere se transforma, a ojos de los demás, en la persona más buena y merecedora de respeto del mundo, aunque en vida haya sido un ser despreciable.

Así que la muerte, sea como sea, no es tan mala. También tiene sus ventajas.

La primera es esta precisamente: convierte al peor monstruo en un santo, al menos mientras dura el entierro o la incineración, el funeral y los típicos rituales.

Yo nunca he visto una esquela en la que se pueda leer: “Rogad por el alma de un fulanito, que fue hijo de puta y nos jodió a todos los que pudo mientras duró su vida”.

Otra ventaja es que te envían muchas flores, aunque no puedas olerlas o fueses alérgico al polen. Incluso cuando en vida no te hayan regalado ni una simple sonrisa, después de muerto siempre habrá quien te llore (quizás alguien que no llegó ni a conocerte y que está escuchando la misa mientras se celebra tu funeral).

También hay otra ventaja que me parece muy importante y es que muchas personas desean su muerte y la esperan con impaciencia. No voy a nombrar los motivos que puedan llevar a eso, pero todos sabemos de sobra que puede haberlos y sabemos cuáles pueden ser.

Todo lo que aquí escribo puede resultar macabro e irrespetuoso para mucha gente que lo esté leyendo, pero como he dicho siempre, esto no es más que mi opinión personal y por supuesto que no estoy induciendo al suicidio a nadie. Tampoco estoy pensando en suicidarme yo; si así fuera no lo escribiría aquí porque no me considero idiota.

Hay muchas formas de quitarse la vida, pero sólo hay una, que yo sepa, infalible e indolora, sin opción a que nadie pueda evitarla y sin involucrar a nadie más que a uno mismo. Como entenderéis, no estoy tan loca como para explicarla. Pero hay otra forma de morir, no tan rápida y sí muy dolorosa. No está considerada

 un suicidio, pero es mucho peor. Es lo que veo hacer a muchas personas a mi alrededor a diario: dejarse morir porque sí, porque se han cansado de vivir o porque piensan que ya no hacen nada en este mundo.

Esas personas, simplemente, no hacen nada. Viven como robots, se alimentan para seguir respirando y que su corazón siga latiendo, pero están muertas por dentro.

Yo no le temo a la muerte ni mucho menos a los muertos. Conozco a muchas personas que se negarían rotundamente a aceptar un empleo en una morgue, aunque fuese limpiando. A mí no me importaría. Si bien es cierto que para trabajar junto a cadáveres se deberían tener unos mínimos conocimientos de anatomía (sobre todo por no pegarse un susto ante un movimiento o sonido imprevisto pero normal), no creo que habiendo sido informado sobre eso nadie debiera temer nada por quedarse en una habitación junto a una persona que acaba de fallecer. Al fin y al cabo, a mí me parece más fácil (no más agradable) tratar con muertos que con vivos. Los primeros no se quejan.

No me preocupa mi muerte, sólo me llama la atención igual que cualquier tema del que se desconoce casi todo. Y siento mucha curiosidad, aunque no tengo ninguna prisa por satisfacer esa curiosidad.

Lo que sí me preocupa es que pudiéndose evitar no se haga, porque, aunque a todos nos va a tocar probarla, hay medios para paliar el sufrimiento que causan las enfermedades, el hambre, los accidentes…

Pero eso es otro tema.

La muerte
La muerte

De lo que yo quería hablar es de que bromear sobre la muerte no provoca una muerte, ni se falta al respeto a nadie por ello.

Creo que el respeto se debe tener hacia los vivos en primer lugar, que nadie se convierte en buena persona cuando se muere y que las flores y los besos se deben dar en vida y no esperar a darlos agachándonos frente un ataúd mientras lloramos arrepentidos por no haberlo hecho antes, cuando sí era seguro que iban a ser recibidos.

La muerte no es el momento de decir te quiero; para eso tenemos toda la vida. Y si , por casualidad, yo muriera antes de que se publique este texto, no sería por haber hablado de ello. Sería, como digo, pura casualidad. Y por supuesto que debería publicarse de todos modos, sin ninguna contemplación ni sentimiento de faltarme a mí al respeto ni a mi familia.

La mayor ofensa que se puede hacer es callarse lo que se piensa y esa ofensa es con uno mismo, no con nadie más, ni vivo ni muerto.

Con la muerte en las manos (y sobre el escenario)

Con la muerte en las manos - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Con la muerte en las manos – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

Cada año lo recordamos: estamos ligados a esa consecuencia inevitable que es la muerte. Y cada año, sin falta, la sabemos aceptar, porque qué nos queda, ahí está y no se irá a menos que nosotros nos vayamos con ella. Por eso lo recordamos con fe en que haya algo más después de ese telón, lo recordamos con luto colorido, con vivaces cantos fúnebres, con bromas de carcajada macabra. Lo recordamos, pues, en todo su esplendor, desde todos los ángulos posibles.

Una de esas maneras para recordarlo es Con la muerte en las manos, una puesta en escena que mañana viernes tiene su última función en Rekámara Teatro, donde podrán ser testigos de cómo la patrona de todos nosotros, la gran señora de luto galante, tiene su expresión de diversas maneras, de lo trágico a lo cómico, de lo colorado a lo solemne, igualito a como es la vida.

No se pierdan la oportunidad de verla, es una gran manera de cerrar esta temporada de muertos y empezar a esperar la siguiente.

Comida y calle eran sus palabras favoritas

Por María Mañogil

Yo tenía un perro. Estaba conmigo desde chiquitito y dos meses antes de su quinto cumpleaños lo llevé al veterinario para que le practicaran la eutanasia.  Esa tarde de marzo entré allí con él minutos después de haberle dado tres pastelitos de chocolate, que devoró como si nunca me hubiese robado ninguno en casa, mientras estaba despistada.Entró muy feliz en la consulta, como siempre, saltando y saludando a los médicos, a los que conocía desde la primera vez que lo llevé en brazos a ponerle su primera vacuna. Le tomaron mucho cariño, era imposible no hacerlo. Mi perro era todo un personaje, tremendo… Era un amor y no me sorprende, porque la familia de donde procedía también lo es. No conozco a nadie que haya dejado tantas huellas a su paso como él, y no lo digo por todas las cosas que destrozó.

No sé si a todas las madres les pasará lo mismo, pero cuando nació mi primer hijo, uno de los primeros sentimientos nuevos que tuve, fue el de querer protegerlo hasta tal punto que cambiaría su sufrimiento por el mío, aunque para eso tuviese que renunciar a él. No imaginé ese día que, años más tarde, estuviese en la consulta de un veterinario, despidiéndome de un ser peludo que, sin ser mi hijo biológico, llevaba mis apellidos en su pasaporte.

La decisión de tener un perro es la misma que la de tener un hijo, aunque algunas personas no lo vean así. No compras ni vas a buscar a un animal; lo adoptas. Eso implica hacerte responsable no sólo de su alimentación y cuidado, también de cualquier decisión que le afecte en todo momento y durante toda su vida. Y las decisiones más difíciles no se toman a partir de los sentimientos; se toman “a pesar” de ellos.

Podría dedicar todo el tiempo que estoy escribiendo en hablar de la enfermedad de mi perro, pero sería muy triste. O convertir este texto en un relato precioso sobre él, contando cada recuerdo que guardo como un tesoro, cada anécdota divertida… Podría decir que era un buen perro, un poco trasto. Podría explicar que no era un perro guardián, que a cualquier desconocido le prestaba sus juguetes, que le encantaba nadar en la playa y que al escuchar la palabra “ducha” corría por toda la casa y se metía en la bañera, aunque la ducha no fuese para él.

Que “comida” y “calle” eran sus palabras favoritas y que tenía complejo de gato a pesar de que su tamaño era tres veces mayor que el de un gato (supongo que ese complejo se generó a causa del cariño que sentía por sus hermanos felinos), aunque eso sólo suponía un problema cuando intentaba caminar por el respaldo de los sofás, algo un poco complicado para un cuerpo de 30 kilos.

También podría hablar de su sensibilidad y su empatía con los demás, algo tan exagerado que lo podían percibir incluso las personas que no lo conocían. Mi perro era capaz de contagiarse de alegría o de tristeza, simultáneamente, dependiendo del estado de ánimo de la persona con la que se relacionara a cada instante. Si tuviese que hablar de él en este texto, debería decir que los momentos más felices y los más tristes de los últimos cinco años los pasé a su lado: las nocheviejas, los cumpleaños, las reuniones familiares y las excursiones a la montaña. Y también las desilusiones y las historias que me marcaron para mal.

No hay un sólo recuerdo que no evoque, en primer plano, su imagen. Si tuviese que dibujar, cuadro a cuadro, esos cinco años de mi vida, él formaría parte, sin duda, de todos los paisajes.

Mi perro no sólo era un perro, era especialmente el mío. Un día lo llevé al veterinario en vacaciones y el médico que substituía al suyo, a pesar de que leyó su nombre en el ordenador, se dirigió a él como “el perro”: -¡Que entre el perro! Yo respondí: -No es un perro, es mi perro y se llama Pancho. Yo nunca he escuchado a un médico llamar persona a una persona: -¡Que entre esa persona a mi consulta!

Ni perro no era un perro, era una bola de pelo de color crema con una nariz enorme y unos ojos pequeños y expresivos. Pero como digo, no es de él de quien quiero hablar.

Yo quería hablar de lo que llamamos amor, eso por lo que parece que vivimos todos y cuya búsqueda se ha convertido en una prioridad para muchos, además de en la desesperación de otros al no encontrarlo o al fracasar mil veces en el intento. Eso que es el tema principal de la mayoría de canciones que escuchamos, de las películas que vemos y de todo cuanto nos rodea. Lo que se supone que nos hace las mejores personas al encontrarlo y también las más desgraciadas cuando lo perdemos. Si el amor sólo fuese eso, sería más peligroso que el odio.

Mi concepto de amor no pasa por las fases del flechazo, de la aceptación, del cariño, de la desilusión y de la ruptura porque yo no creo en ese tipo de amor efímero, que te llena un día y te vacía al siguiente. Mi teoría sobre el amor eterno, que se busca y que se encuentra, es que es una solemne tontería, igual que podría serlo para alguien el intentar escribir sobre amor y empezar el texto hablando de un perro.

Yo no sé si lo que sentía mi perro era amor. No sé hasta que punto los sentimientos de los animales puedan ser similares a los nuestros, pero sé que cuando yo llegaba a casa después de haberme ausentado cinco minutos, él saltaba sobre mí como si hubiésemos estado años sin vernos. Sé, también, que me enseñó algo que yo no fui capaz nunca de enseñar a nadie, a confiar. Él confiaba en mí y estoy segura de que sabía que todo cuanto yo hiciera no era por fastidiarlo, como dejarlo sin comer cuando estaba malito del estómago por haberse tragado alguna piedra o cuando lo reñía después de haberse comido parte de un teléfono móvil o haber roto la pared del pasillo, seis pares de chanclas y cinco peluches.

No me guardó nunca ningún rencor por ello, ni yo a él cuando se comió la montura de mis gafas. Al menos pude rescatar los cristales y no tuve que salir corriendo al veterinario de guardia por una perforación de estómago.

Cuando empecé a relajarme y a confiar en él, él dejó de romper y de comer objetos. Así aprendí que hasta que no confías en alguien no puedes ver como se comporta y no al revés, que es lo que piensa todo el mundo. Esperar resultados para poder confiar es un error. Para ver los resultados hay que confiar primero, ya que la confianza no se gana, se entrega. Y ese acto debe ser mutuo, de lo contrario no sirve de nada.

El amor entre las personas fracasa muchas veces por eso. Creemos que la confianza se rompe cuando ni siquiera ha empezado a existir. El amor no necesita de ninguna demostración porque no es ninguna prueba. Es un sentimiento y los sentimientos no necesitan probarse, se sienten y se confía en que la otra persona siente lo mismo. Para mí, esa es la única forma de amar y no otra. Todo lo demás que se parezca, debe ser otra cosa, pero no amor. Intentar retener a alguien a tu lado el mayor tiempo posible, aunque eso suponga alargar su sufrimiento antes de un desenlace inevitable, no es amor, es puro egoísmo. Es como desear que los hijos no se independicen nunca para no sentirse solo.

Yo ya sabía a la soledad que me enfrentaba antes de entrar esa tarde de marzo en la consulta del veterinario para firmar el documento que sentenciaba a muerte a mi perro. Y lo supe mientras, con una caricia y un beso sobre su nariz, me fui despidiendo de él hasta que se quedó dormido para siempre.

Y lo supe más aún cuando entendí que iba a salir de allí sin él y que a mi vuelta a casa pasaría por el parque donde juegan y corren los perros y que recordaría a Pancho en el mismo parque revolcándose en las charcos los días de invierno y dejando que me abrazara aunque me llenara de barro, con esa ternura con la que sólo sabía abrazarme él.

No volver a sentir un abrazo suyo no sería sólo la más grande prueba de amor que le pude dar. En el caso de que el amor se pudiera probar, sería la única. 

La muerte viva: sobre 13 calacas y dos muertos

13 Calacas y dos muertos - Fotografía por Jessica Tirado
13 Calacas y dos muertos – Fotografía por Jessica Tirado

por Emanuel Bravo Gutiérrez

No existe mayor certeza en la vida que la de la muerte. Al final de nuestros caminos, al final de nuestros días encontramos ese callado reposo, ese sueño prolongado que languidece nuestra carne, silencia nuestra alegría y nuestro sufrimiento, nos devuelve al polvo de donde una vez salimos. Blancos huesos que parecen columnas de ceniza, barrotes pálidos de un alma que ha huido a una eternidad ignota.

Pero mientras respiremos, mientras nuestros corazones aún palpiten sólo nos queda imaginar las moradas de la muerte. Este es el caso de Malasmuerte, alias El Paquito, alias Francisco Javier Galván Olivares, y Muerto, alias Zaratustra, alias Juan José Lueza Ruiz. De este modo, su exposición, 13 Calacas y dos muertos, nos presenta una nueva lectura a este tema tan recurrente en el arte.

Malasmuerte, Zaratustra y Carlos Landini - Fotografía por Jessica Tirado
Malasmuerte, Zaratustra y Carlos Landini – Fotografía por Jessica Tirado

Entramos a la sala y el ambiente nos traslada a las profundidades de un universo lúgubre, de un mundo vedado para los vivos; atravesamos sus puertas de mármol funerario. El blanco y el negro, protagonistas indiscutibles, guían nuestra vista por obras gráficas y arte-objetos; la dualidad vida-muerte llega de forma inevitable a nuestra mente.

Cada obra es una experimentación, cada obra es una invocación, un acto adivinatorio, una ritual secreto, un conjuro, una burla, una oda, un homenaje, un hallazgo accidental y una búsqueda continua por representar la muerte en todas sus facetas, desde el punto de vista biológico, hasta como un placer exclusivo de los mortales, un placer vedado a los dioses, a los ángeles y quizá también a los vampiros.

13 Calacas y dos muertos - Fotografía por Jessica Tirado
13 Calacas y dos muertos – Fotografía por Jessica Tirado

Nos topamos con obras que nos hacen recordar las vastas soledades y los macabros personajes de Zdzislaw Beksinski, contemplamos una maravillosa reinterpretación de la Mona Lisa, de Da Vinci, e Hijo del Hombre, de Magritte. La escultura El señor de las moscas se encuentra a la mitad de la sala: un armatoste de madera e hilo, habitado por cráneos, huesos, hechizos grabados en distintas lenguas, símbolos mágicos y complicados patrones ancestrales. Un torso negro habitado por una mariposa nocturna, cubierto por poemas en tinta escarlata, la muerte en las profundidades del mar, esqueletos de peces, un cráneo con largos tentáculos trata de capturarnos…

Pero no todo es amenaza continua ni miedo reverente; si algo caracteriza a la concepción de la muerte desde el punto de vista mexicano, es la vitalidad. En pocos países la muerte está tan llena de vida. La obra de estos artistas hace palpitar los huesos, incluso en los rostros monocromos reconocemos los colores que habitaron sus días, reconocemos las emociones congeladas y los gestos petrificados de la existencia, porque, al final, no hay certeza más firme en la muerte que la de la vida.

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La exposición se encuentra en la calle 17 sur 3105 colonia Volcanes y permanecerá hasta el 31 de julio.

La solemnidad de cosas así

Funeral - Imagen pública
Funeral – Imagen pública

por José Luis Dávila

Murió joven el padre de un amigo cercano que se me ha vuelto lejano en tiempos recientes por razones que desconozco. Cuando digo “murió joven”, no quiero decir que murió con poca edad (porque tengo entendido que ya rozaba el medio siglo), más bien lo que expreso es que murió como no se quiere morir: sin ver el futuro de sus hijos, demasiado joven para ello.

Cuando asistí al funeral entero, desde el velorio hasta el descenso a la fosa que hoy lo alberga, el silencio no purificó absolutamente nada. Por el contrario, fueron quienes más lloraron los que se sintieron en paz con la partida. Digo esto porque yo callé, igual que los demás amigos que éramos como hermanos y poco a poco nos fuimos disolviendo. Quizá fue nuestro silencio la forma de agradecerle a la muerte que nos haya vuelto a unir, y dejamos que se apoderara del terreno en que estábamos parados para hacer su hogar un momento, mientras todos trataban de erradicarla con pésames cliché y palabras de aliento vagas. Lo terrible de la muerte, dice la hija de Kurt Wallander en La Quinta Mujer, es que dura demasiado, y creo que tiene razón, porque cuando hemos pasado todo el tiempo en contacto con otros, siempre emitiendo sonidos, mantenerse callados es bastante difícil.

Sin embargo, no sé mis amigos de ese entonces pero yo siempre he callado cada vez que hay una muerte, porque la muerte es eso, un silencio que debe ser respetado precisamente por ser el último de los silencios. Un silencio que nos toma de la mano a cada uno en nuestro momento, llevándonos fuera de todo, reintegrándonos al grito ahogado que somos desde que nacemos.

Cementerio - Imagen pública
Cementerio – Imagen pública

Por eso no sé qué decir cuando alguien muere. Las palabras sobran. De hecho, todo sobra. Sobra la carne que son los que se quedan y sobra la carne que se va. Los lamentos rompen el aire cuando se anuncia el deceso. El llanto explota en cada lágrima que toca el fin de la mejilla por la que resbala, igual que estalla algo en el interior de quien se duele. Pero todo ese ruido está para encubrir la solemnidad de las cosas ya que realmente no sabemos hablar la muerte, sólo la fabulamos.

El silencio, repito, no purifica nada. El sonido sí. Aunque, ¿de verdad hay necesidad de purificar algo? La purificación ante la muerte del otro conduce generalmente al olvido. Cuando uno libera todo lo que el duelo conlleva, queda el vacío, una especie de orfandad por la persona que ha fallecido. Nos liberamos, nos purificamos, para avanzar, para ir hacia adelante cargando nada más que la ligereza de los fantasmas que es aquél que está en la tumba, fantasmas que no pueden tocarnos cuando los necesitemos.

Funeral - Imagen pública
Funeral – Imagen pública

Al contrario, el silencio llena el corazón con la nada, una nada que está atestada de presencia. Creo que la nada y el vacío no son lo mismo; mientras la nada integra una experiencia en la que la soledad propia cobija y se mantiene en contacto con la soledad del mundo, el vacío sólo sirve para permanecer a la deriva, errabundo y sin ataduras que provoquen pulsión alguna. En la nada se es, en el vacío se está.

En este sentido, el silencio siempre tiene ausente a la ausencia. Tal vez sea que haya que aprender un poco más del lenguaje y desandar el camino de la lengua para comprender cómo es que ese que parte realmente permanece en el silencio que rodea a todo el acto funerario. Y una parte de ese silencio, cuando lo sabemos apreciar, se funde con nosotros, dejando presencias que no se olvidan nunca en vez de fantasmas que se difuminan en el aire como el humo de un cigarrillo al salir de la boca de un hombre que espera, solo, sentado en una banca, a que llegue alguien que lo saque de sí para mostrarle otra perspectiva de las mismas cosas que siempre lo han rodeado, para mostrarle la solemnidad de cosas así, cosas como la importancia del silencio ante la vastedad de la muerte a modo de diálogo entre él y todo aquello que lo habita.

Es espera de la muerte roja

MÁSCARA ROJA-IMAGEN PÚBLICA
MÁSCARA ROJA-IMAGEN PÚBLICA

Por Andrea Garza Carbajal

La peste hace varios años dejó de ser amenaza para las personas. Las epidemias continúan, aunque son lejanas las épocas en que consumían la mitad de Europa o exterminaban a nuestras poblaciones nativas, incapaces de generar defensas contra los virus de sus colonizadores. Los estragos han disminuido, al menos, en el mundo globalizado. Pero a veces, cuando los gobiernos dan voz de alerta porque algunos pollos están contaminados con una gripe mortal, o comer ciertas vacas puede ser letal, o un aparente resfriado es capaz de provocar rápidamente la muerte, esa vieja memoria inherente a nosotros pero que no es nuestra, como si una vieja cicatriz fuera heredada, nos susurra una advertencia desagradable; que eso que amenaza ya pasó muchos años atrás, y podría repetirse. Entonces quizá pensemos en muros sinuosos y extraños salones de colorido extravagante, en bizarras fiestas. Una fortaleza de diversiones extrañas. Una fortaleza de salud y dicha donde no tendríamos lugar, pues sería reducto de poderosos y ricos. La contemplaríamos desde afuera, sufriendo con el resto, los estragos de la muerte roja.

La muerte roja presenta los siguientes síntomas:

–          Dolores intensos

–          Mareos

–          Sangre emanando de los poros

–          Manchas púrpuras en rostro y cuerpo

–          La disolución del Ser

Para cualquiera que presente estos síntomas no habrá salvación, en media hora estará muerto, pero sabrá, entre los estertores, cuál fue la causa. Si esta idea no es capaz de sobrecoger a quien la lea, tal vez la imagen de una siniestra figura, en la fiesta de disfraces más bizarra, atravesando cada salón ante los ojos de atemorizados asistentes, lo sea. O probablemente no. En realidad, para que algo así pueda llegar a generar terror se necesitaría transitar por los salones de anormal iluminación, escuchar el delirante tañido del reloj de ébano, asistir a una fiesta de disfraces demenciales, para que la última aparición adquiriese el cariz más perturbador. Eso es algo que Edgar Allan Poe entendía bien y dominaba

Durante algún tiempo, la visión de sufrimiento y miseria, acompañó el gusto por la obra de Poe. Delirante por el alcohol, con ataques nerviosos, añorando a su fallecida esposa y muriendo en circunstancias poco claras, parece un personaje romántico, cuya vida y obra marchan en perfecta concordancia. Sin embargo, el conocer su vida no parece necesario para apreciar su obra. Después de todo, lo hechos más conocidos de cualquier personaje, a veces son complementados por suposiciones o difuminados por la idealización. En ocasiones, tergiversados deliberadamente. Poco después de su muerte, Poe fue bastante desacreditado por Griswold, el editor encargado de difundir su obra, en la especie de biografía que prologaba la misma. Se dice que en ella presentó una versión exagerada en partes y totalmente falsa en otras de disipación y mezquindad en la vida de Poe, por la animadversión que sentía hacia el escritor, originada muchos años atrás por una crítica hecha a su trabajo de editor y compilador. Se ignora por qué alguien que sentía tal enemistad hacia Poe sería elegido como su albacea literario.

MÁSCARA ROJA-IMAGEN PÚBLICA
MÁSCARA ROJA-IMAGEN PÚBLICA

Baudelaire lo defenderá de forma exaltada, tratando de mostrar su calidad humana y disipar la versión de Griswold por la que sus compatriotas norteamericanos parecían juzgarlo más que por la calidad de su obra

Tal vez podamos entenderlo, en esta época, en ciertos estratos donde la frivolidad rezuma por los poros (como una peste), se trata de tener trascendencia más por el estilo de vida que por las obras generadas. Tal vez conozcamos muchos ejemplos al respecto. Todos ellos, a la larga, olvidables. Se quiso desacreditar la obra de Poe a través de su vida. El efecto fue contrario, y la atención llegó con la morbosidad. Después, cuando esas ediciones fueron sustituidas por otras, y la vida de Poe fue contada sin la intención de desprestigio, una visión romántica y misteriosa incrementó el atractivo de su obra. Hay vicios que no se quitan, no importa los años que pasen. Desde luego, la vida de los escritores puede ser apasionante, sus traspiés y debilidades, algo capaz de conmovernos, sus aciertos y talento, un ejemplo. Encontrar en sus obras huellas de esa vida, no cambiaría su valor, aunque tal vez modificaría nuestra apreciación. La admiración o el gusto, por no decir enamoramiento, es lo que a veces genera la mitificada figura de Poe. Entonces, nos parecemos a lo que tanto criticó Baudelaire, a los contemporáneos que juzgaban su obra a través de su vida. Ello se repetirá, de manera contagiosa, con otros escritores y artistas. 

EDGAR ALLAN POE-IMAGEN PÚBLICA
EDGAR ALLAN POE-IMAGEN PÚBLICA

Es innecesario hablar de la vida de Poe, para apreciar su manejo del relato corto. En “La máscara de la muerte roja”, a través de breves descripciones va creando la atmósfera (clave del relato) que culminará con la aparición final. Las descripciones son imágenes poderosas, que además de crear atmósfera y generar tensión en el lector, cumplen una función más. Es por ellas que conocemos la personalidad del príncipe Próspero. La decoración elegida por él, refleja una mente poblada por los mismos pasillos torcidos e iluminación siniestra. La atmósfera se vuelve una extensión de la mente del príncipe. Sin necesidad de descripciones profusas o detalladas. No son necesarias para incidir en el miedo de las personas. A la mención inicial del príncipe como “feliz, intrépido y sagaz”  sigue su decisión de abandonar a un pueblo agonizante para encerrarse en una fortaleza donde la peste no lo alcance a él ni a sus amigos y puedan entregarse a licenciosas diversiones. El tono irónico, que hace hincapié en la  naturaleza del príncipe, se vuelve fundamental para el resto de los sucesos.

Entonces regresamos a ser meros espectadores de la fortaleza del príncipe Próspero, esperando la llegada de la muerte roja. Y la ficción, pareciera un presagio de inverosímiles futuros. Pero no hay de qué preocuparse, nosotros no conocemos la muerte roja. Podemos olvidarnos de cuestiones tan desagradables como la sangre y el fin inesperado, substraernos del sufrimiento, del miedo que significa la continua amenaza, las reacciones violentas, el peligro inminente. La desesperación y  el exterminio. Así es, ese tipo de terror no es el que nos corresponde, permanece muy lejano, como una pintoresca pesadilla y un buen relato.

Al mundo olvida, por el mundo olvidada

Abelardo y Eloísa-Especial
Abelardo y Eloísa-Especial

por Andrea Garza Carbajal

No es nada nuevo. Un hombre brillante, un filósofo y teólogo, se enamora. La joven no es sólo atractiva físicamente, se distingue por su inteligencia y un grado de preparación poco común para las mujeres de la época. Ella es custodiada por un tío, al que el filósofo engaña, pidiéndole una habitación en su casa con diversos pretextos y ofreciendo a cambio, además de la renta, servir como tutor de su sobrina; su verdadera intención es seducirla. El tío no sospecha, es bien conocida la continencia que guarda este filósofo/teólogo, que para su profesión no es forzoso pero se considera correcto. Ello no impide que inicie un intenso romance con la joven. La pasión se vuelve el centro de sus vidas. Ella se embaraza. Se celebra un matrimonio secreto. Pero tras algunas confusiones, el tío que aún se siente agraviado, decide vengarse mandando a castrar al filósofo. Éste le pide a su esposa que tome los hábitos, y él, de la misma forma ingresa a un monasterio. Tras la abrupta separación lo que queda para ellos es una escasa correspondencia y los recuerdos que vagan entres sombríos espacios de monasterios y el solitario y penoso camino de quien busca la trascendencia y rectitud.

No  pertenece a la ficción. Los amores de estos dos personajes se sitúan en la Francia del siglo XII. Las aportaciones que pudiera haber dado el protagonista a la filosofía y teología a veces resultan menos célebres que la historia de amor, que al haber sido truncada, resulta más impactante. No sólo por la imposibilidad de estar juntos. La renuncia fue casi total. El amor, la maternidad, la sexualidad, el prestigio. De las pocas cosas que a ambos les quedó como refugio de problemas y soledades, más allá del estudio y la devoción religiosa, fueron los recuerdos de aquellas horas en que Abelardo era para Eloísa y Eloísa para Abelardo.

Eloísa amaba a Abelardo. La gran admiración que le despertaba, hizo insistir de manera fervientemente en que no se casasen a pesar del embarazo. Quería conservar la  buena fama de Abelardo y sentir además, que su amor era auténtico y no un deber como se le representaba el matrimonio. Creía que la vida conyugal no era propia de un filósofo y que la relación no se desgastaría al permanecer en el papel de concubina. La joven estaba dispuesta a cualquier tipo de sacrificio. Por lo único que accedió a tomar los hábitos fue para complacer a su esposo, pues sentía una gran devoción por él.

Abelardo y Eloísa-Especial
Abelardo y Eloísa-Especial

Las cartas de Eloísa sirvieron de inspiración para un poema creado algunos siglos después por Alexander Pope titulado Eloisa to Abelard. En él, Eloísa recurre a los recuerdos constantemente anhelando a su vez, el olvido. Los momentos de romance que tuvieron en contraste con la separación brutal, la promesa de amor que aún prevalece, las dudas de si es correspondida o no, son una constante en ambos textos. Quizá lo que más impactó al poeta sea la honestidad y la elocuencia para referir su amor. Fue escrita únicamente para Abelardo, la intimidad y sinceridad estremece al lector, que se vuelve un intruso,  pero que a la vez, confidente e incluso reflejo de cualquiera de las circunstancias que refiere, porque quién no amó alguna vez con tal intensidad o sintió su amor amenazado, quién no recurre a veces a los recuerdos de un buen amor cuando necesita refugiarse en algo, quién no ha dudado alguna vez de éste, o si nada de ello ha ocurrido, entonces a quién no le gustaría amar y ser amado de esa manera. Una o varias circunstancias se sienten vivamente como las escribe Eloísa, por ello quizá sean sus cartas las que más conmueven a Pope  para componer el poema. De éste un fragmento:

“How happy is the blameless vestal’s lot

The world forgetting, by the world forgot

Eternal sunshine of the spotless mind!

Each pray’r accepted, and each wish resign’d”

 

“¡Que dichosa es la suerte de la vestal inocente!

Al mundo olvida, por el mundo es olvidada

¡Eterno resplandor de una mente sin recuerdos!

Cada plegaria aceptada, y cada deseo abandonado”

Alexander Pope

Estos versos que pueden resultar conocidos, son usados en el filme Eterno resplandor de una mente sin recuerdos del cual se habló en la columna anterior. En ellos hay una continuidad, los versos citados en una película del siglo XXI son de un poema del siglo XVIII, inspirados en una epístola de seis siglos atrás. De esta forma la carta de Eloísa escrita en los solitarios recintos de un convento, sigue influyendo a quien escribe este texto, el espectador de una película, el lector de un poema, rebasando el efecto causado al destinatario original de la carta. Tan sólo Abelardo supo lo que sentía en aquellos momentos en que leía esas líneas, tan sólo él podría entender en su entera dimensión lo que era ser Abelardo, el esposo castrado de Eloísa, y ser amado por ella de esa manera. Por nuestra cuenta, conociendo su historia, leyendo las cartas, tal vez nos conmovamos, pero nunca podrá ser completamente entendible la perspectiva de ambos, será una nueva, la nuestra, la que despierte emociones con sus particularidades y los elementos comunes a todos.

El tema del olvido trasciende los versos, rebasa a las epístolas volviéndose ambiguo. El sentimiento es captado en nuevas formas porque el contexto cambia. A veces es rastreado, a veces no. Para efectos del filme, el poema no podría ocupar el papel central a pesar de darle el título porque el contexto es diferente y tan sólo se puede extraer un parte o adaptarlo para hacerlo encajar en la historia sin desvíos, aunque los paralelismos podrían enriquecer la visión del espectador. El poema, por su parte, es una forma bastante más cercana al origen. Sin embargo, el lector podría quedarse únicamente en éste, al igual que en el filme y ello no restaría valor a la apreciación de cualquiera de los dos. Al estar en nuevos contextos, el original podría ser olvidado, ya que tan sólo se consideraría al referente más inmediato. De esta forma, la epístola de Eloísa, sus sentimientos más honestamente expresados serían tapados por producciones no menos valiosas, pero que a fin de cuentas, podrían lanzarla al olvido.

Tumba de Abelardo y Eloísa
Tumba de Abelardo y Eloísa

O por el contrario, cada uno de estos nuevos contextos estaría remitiendo constantemente al original, volviéndose fácil para el espectador o lector acudir a éste. Con cada nueva forma, la historia de la pareja, las epístolas de Eloísa, serían enriquecidas perpetuando su vigencia, volviéndose imposible olvidar. Es cuestión de perspectiva. Pero pareciera que olvido y recuerdo estuviesen en una constante oscilación ocupando sus lugares respectivos, acrecentando, disminuyendo o complementándose.

No es nada nuevo. Muchos siglos atrás, la monja de un convento apartado, recuerda sacrificios hechos por amor, refugiándose en el breve tiempo de la dicha vivida. Aún entonces, ese amor no ha desaparecido y sigue tan intenso como siempre, llenando las horas necesarias, pero esta vez, mezclado con angustia, porque sabe que aquellos  momentos no regresarán jamás.