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Release the kraken! (segunda parte)

Por E. J. Valdés

La breve mención del kraken en El espejo del rey (s. XIII) popularizó el mito de este monstruo en Noruega y regiones aledañas, pero su fama tardaría en esparcirse por el resto de Europa otros quinientos años. El responsable de esto fue el obispo danés Erik Pontoppidan, quien ofreció uno de los recuentos más populares de la criatura en su Versuch einer natürlichen Geschichte Norwegens (Historia natural de Noruega), publicada entre 1752 y 1753.

Este texto de corte científico abordaba con el detalle disponible en la época a algunas de las especies más representativas de las costas nórdicas, entre ellas al kraken y las serpientes marinas, a las cuales el autor consideraba tan reales como al resto de los animales. Aunque hoy es ampliamente considerado un trabajo de criptozoología más allá de un esfuerzo biológico, la Historia fue un parteaguas en lo que a monstruos marinos refiere: antes de su publicación, el kraken era una habladuría, un cuento de pescadores analfabetas, pero luego de ésta se dispararon dramáticamente los avistamientos de la bestia. Esto puede atribuirse a dos motivos: el primero es que Pontoppidan ofrece la primera descripción detallada del kraken, incluso haciéndolo parte de la Creación; el segundo tiene que ver con los testimonios de los que se valió para respaldar sus afirmaciones, compartidos muchos de ellos por personajes influyentes y respetados en la comunidad.

Pontoppidan menciona al kraken en el capítulo (o lámina) que dedica a los peces estrella (crustáceos y moluscos), el cual comienza hablando brevemente del calamar, la estrella de mar y las medusas. Si comparamos la extensión de los párrafos que dedica a estos animales con aquellos en los que habla del fantástico monstruo, resulta evidente el verdadero objetivo de este apartado. Es de notar que su kraken es considerablemente parecido al del siglo XIII y en nada asemeja a un pulpo. La traducción que les presento la hice a partir de la versión en inglés que apareció publicada en The London Magazine, or, Gentleman’s Monthly Intelligencer en 1755.

El sepia, pez tinta o calamar mide unas nueve pulgadas de longitud o un poco más. Tiene un cuerpo casi redondo, parece una pequeña bolsa y es obtuso en ambos extremos; aunque los he visto —dice el autor— casi puntiagudos de uno de ellos. La cabeza es lo más admirable de este pez, la cual cuenta con dos grandes ojos y una boca como el pico de un ave, sobre la cual se encuentran ocho largos brazos, o cuernos, como si de una estrella se tratase, y cada cuerno es octangular y está cubierto con un buen número de pequeñas bolas un poco más grandes que la cabeza de un alfiler. En la parte trasera de la cabeza hay otros dos de estos cuernos, el doble de largos que el resto y mucho más anchos hacia las puntas. A cada lado del cuerpo hay dos pequeñas membranas con las cuales el animal se cubre, enrollándolas, y se dice que puede saltar fuera del agua utilizando estas mismas membranas como alas. Cuando se la abre, apenas se encuentra carne bajo la piel; hay un hueso aplanado que corre todo a lo largo del cuerpo, parecido a la cuchilla de una navaja, el cual los boticarios conocen con el nombre de sepiae. La bolsa de piel está rellena de un fluido negro, el cual parece azul a través de la piel y puede utilizarse para escribir. Cuando se hallan en peligro, estas criaturas descargan este obscuro fluido para facilitar su escape, entintando el agua para hacerse invisibles a ojos de sus depredadores. Si este fluido cae sobre la mano, quema como un cáustico. Hasta mil especímenes jóvenes han podido observarse en el útero de una hembra, los cuales se abren paso devorando a la madre, que muere en el proceso.

Hay muchas especies de peces estrella en la costa de Noruega. En general consisten de un cuerpo redondo de aproximadamente dos pulgadas de diámetro y sin cabeza; desde esta parte central se extienden en todas direcciones, dependiendo de la clase, de cinco hasta diez puntas o extremidades como los rayos de una estrella; a lo mucho miden cuatro pulgadas de largo y están hechas de la misma sustancia que el cuerpo, el cual no es ni carne ni hueso ni cartílago, es quebradizo y al romperse cruje como el pan. Generalmente están cubiertos de carne colorida o piel amarillenta, y están afelpados por debajo, como el forro de terciopelo que se utiliza en la confección de prendas. En el centro de esta estrella hay una apertura y debajo de ella un espacio hueco, no más grande que una moneda de seis peniques, en el cual, se supone, están situados la boca y el recto. De esta apertura se desprenden varias hendeduras largas, como grietas, afelpadas todas ellas. Se mantienen en los lechos arenosos o en los costados de las rocas, por donde se arrastran y sirven de alimento a muchas especies de peces, gaviotas y ese tipo de aves.

El sol marino, o kers-trold, difiere del resto en cuanto a que sus extremidades despuntan en algo parecido a ramajes con pequeños retoños, y estos retoños se dividen a su vez en fibras mucho más finas, cada una enrollada, y todas ellas presentan pequeñas incisiones, de manera que se le podría denominar “cabeza de Medusa”.

La sea-trold u ortiga de mar es redonda como un plato, convexa en la parte superior y cóncava en la inferior; tiene numerosos ramajes por debajo y es rica en un veneno corrosivo, el cual los campesinos de Noruega utilizan para exterminar alimañas y lobos por igual.

La clasificación de perlas, o hilo de perlas, se compone de numerosas esferas, pequeñas como guisantes, que penden todas juntas; están compuestas de materia suave y viscosa como la ortiga de mar arriba descrita.

Pero el más grande de los peces estrella es aquel monstruo marino llamado kruken, kraken o krabben. “Bochart —dice nuestro autor—diría con razón en In mare multa latent: En el océano yacen ocultas muchas cosas. Entre las más grandiosas que se encuentran allí, ocultas a nuestros ojos o visibles apenas unos minutos, está el kraken. Esta criatura es la más grande y sorprendente de entre todos los animales de la Creación y, en consecuencia, bien merece la descripción más digna que su naturaleza permita de acuerdo a los sabios designios del Creador. Daré la misma a continuación, y quizá mucha más luz al respecto se reserve para la posteridad, pues según las palabras del hijo de Sirach: ‘¿Quién le ha visto que pueda relatarle? ¿Y quién puede magnificarlo como es? Hay ocultas cosas mucho más grandiosas que éstas, pues hemos visto apenas un poco de Su obra’”.

kraken

Nuestros pescadores unánimemente afirman, con mínimas variantes entre sus relatos, que cuando se adentran varias millas en el mar, particularmente en los calurosos días de verano, y por su ubicación (la cual deducen observando diversos puntos de tierra) esperan encontrar de ochenta a cien brazas de agua, a menudo sucede que no encuentran más de veinte o treinta, y en ocasiones incluso menos. Generalmente es en estos puntos donde hallan mayor abundancia de peces, sobre todo de bacalao y abadejo. Apenas han soltado sus líneas, dicen, cuando ya pueden tirar de ellas con los ganchos cargados de peces; así saben que el kraken se encuentra en el fondo. Mencionan que esta criatura es la causa de los innaturales bajíos mencionados arriba y previene su sondeo.

A los pescadores siempre les alegra encontrar estos lugares, considerándolos un recurso para capturar abundantes peces. En ocasiones hay veinte botes o más que arrojan sus líneas a una distancia moderada y lo único en que tienen que fijarse es que la profundidad sea la misma, lo cual saben gracias a sus líneas, o cuidar si acaso ésta se hace todavía menor. En este último caso advierten que el kraken se encuentra más cerca de la superficie y no pueden quedarse más tiempo; inmediatamente abandonan la pesca, cogen los remos y se alejan cuanto pueden. Cuando han alcanzado la profundidad usual del lugar y están fuera de peligro, recogen los remos y en cuestión de minutos ven al monstruo asomar por la superficie del agua; se muestra lo suficiente, aunque la totalidad de su cuerpo no aparece, el cual seguramente ningún ojo humano ha contemplado (exceptuando a los especímenes jóvenes, de los cuales se hablará más adelante). Su parte trasera o superior, que aparenta una circunferencia de una milla inglesa y media (hay quien afirma que es mucho más grande, pero yo elijo una cifra menor para tener mayor certeza), asemeja en un principio un número de pequeñas islas, rodeadas de algo que flota y fluctúa como algas marinas. Por doquier se pueden observar protuberancias como bancos de arena, en las cuales se retuercen numerosos peces pequeños hasta que caen de vuelta al agua. Por último, varias puntas brillantes, o cuernos, aparecen, los cuales se tornan más gruesos conforme más salen del agua y en ocasiones son tan altos como los mástiles de los navíos medianos.

Tal parece que estos son los brazos de la criatura, y se dice que si atraparan la más grande fragata la arrastrarían hasta el fondo sin problema. Luego que el monstruo ha estado en la superficie un tiempo, comienza a hundirse de nuevo lentamente, y entonces el peligro es tan grande como antes, pues el movimiento de su inmersión causa tal crecida en la marea y tal remolino que arrastra consigo cualquier cosa.

Aunque este animal puede compararse con las especies de pólipos o peces estrella, pareciera que aquellas partes que eleva a placer y llaman brazos son propiamente tentáculos o instrumentos sensoriales, llamados también cuernos. Mediante éstos se mueven a sí mismos y atrapan su alimento por igual.

Además de estas extremidades, el Creador ha dado a esta criatura un aroma penetrante y singular, el cual emite en momentos determinados y mediante el cual engaña y atrae a otros peces. Este animal tiene otra extraña propiedad, relatada por los pescadores más experimentados: observan que, durante algunos meses, el kraken o krabben únicamente se alimenta, mientras que en otros libera sus excrecencias. Durante esta evacuación la superficie del agua adquiere el color del excremento y se la ve gruesa y turbia. Se dice que esta fangosidad resulta muy agradable al olfato y gusto de otros peces, de manera que nadan de muchas partes hacia ella, manteniéndose por encima del kraken. Éste entonces abre sus cuernos o brazos, atrapa y engulle a sus huéspedes y, después de un tiempo, los convierte, mediante la digestión, en carnada para otros peces de la misma especie.

Aquí relato lo que tantos afirman, pues yo no puedo dar fe de nada en este respecto como hago con la existencia de esta sorprendente criatura; aunque debo decir que yo nada contrario a la naturaleza encuentro en esto. Puesto que difícilmente tendremos oportunidad de examinar a este enorme animal con vida, me alarma sobremanera que nadie haya aprovechado para hacerlo cuando, de acuerdo al siguiente testimonio, se tuvo la oportunidad, quizá irrepetible, de tener a la mano un ejemplar entero ya muerto. El señor reverendo Friis, asesor consistorial, ministro de Bodoen en Noruega y vicario del consejo para la promoción del conocimiento cristiano, me compartió hacia el final de aquel año este relato, cuando se encontraba en Bergen, el cual reproduzco a su crédito: En el año de 1680, un kraken (quizá un espécimen joven y descuidado) llegó a las aguas que corren entre las rocas y colinas de la parroquia de Alstahaug. Esto a pesar de que la usanza de esta criatura es permanecer siempre a muchas leguas de tierra y, por ende, morir allí. Sucedió que sus largos brazos, o antenas —que la criatura parece utilizar como un caracol— quedaron atrapados en unos árboles plantados muy cerca del agua, los cuales bien pudieron haber sido arrancados desde la raíz; pero además de esto (según se descubrió más tarde), el animal se atascó entre las grietas de las rocas y quedó atrapado de manera tan desafortunada que no pudo soltarse y murió y comenzó a podrirse allí mismo. El cadáver, que era largo y abarcaba gran parte del canal, hacía imposible el pasar por allí a causa de su insoportable peste.

 No se sabe que el kraken cause gran daño exceptuando las vidas que ha reclamado de aquellos que no se han puesto a salvo durante sus inmersiones. Solamente me enteré de un incidente estando en la diócesis de Agerhuus, el cual sucedió hace unos años cerca de Fridrichstad. Dicen que dos pescadores, accidentalmente y para su gran sorpresa, terminaron en un punto en el agua como los que se han descrito ya, lleno de un limo grueso, como si fuese aquello un pantano. Inmediatamente se propusieron salir de aquel lugar, mas no tuvieron tiempo de virar lo suficientemente rápido para salvarse de uno de los cuernos del kraken, el cual aplastó el casco del bote y ellos a duras penas lograron salvar la vida con todo y que el clima estaba apacible, pues estos monstruos jamás asoman en otras condiciones.

Encuentra la primera parte de este apunto en Pillaje Cibernético.

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Fin

Playa - Imagen Pública
Playa – Imagen Pública

Por María Mañogil

Estuve en la playa, me senté sobre la fría arena y recorrí con mis manos toda la superficie que fui capaz de alcanzar sin tener que arrastrar mi cuerpo por aquella capa suave y amarillenta que me quemaba hace seis meses; ahora se había convertido en una lápida semi rígida hecha de minúsculos cristales húmedos y cuna mortal de cualquier atrevido que osara dormir sobre ella, al caer la noche.

La brisa que se movía alrededor de ella ni siquiera fue capaz de levantar uno de aquellos cristales, al menos en el lugar que yo elegí y adopté como mi hogar por unas horas. No se atrevió.

A lo lejos vi a un perro correr mientras su amigo humano le lanzaba una pelota que se dirigía hacia mí, pero que segundos antes de llegar a rozarme se detuvo como si un simple objeto tuviera la capacidad de pensamiento para temer a una mujer que mas que jugando con la arena estaba muriendo sobre ella. Quizás el objeto no me temía, sólo intentó respetar mi soledad en medio de aquel paisaje, como sacado del dibujo de un calendario representando al mes de enero en una ciudad de costa.

Cuando la pelota se detuvo a menos de un metro de mis pies, el perro que corría tras ella también lo hizo. El movimiento de su cola y la expresión de su mirada me aseguró que su actitud era amigable y aunque por un instante se relamió y giró  la cabeza buscando a su amigo, en un gesto de desconfianza, cuando tendí mi mano hacia a él para que la olisqueara se acercó de inmediato a saludarme y dejó que lo acariciara. Su amigo, desde lejos, lo llamó con un silbido y antes de recoger la pelota y salir corriendo hacia él, se quedó unos segundos mirándome y entendí que sus palabras, si hubiera podido pronunciarlas, habrían sido algo parecido a : lo siento, debo irme.

Playa - Imagen Pública
Playa – Imagen Pública

Pasé por mi cara la mano con la que acaricié la suya para que su olor impregnara la parte de mí que quedó vacía mientras lo vi alejarse y a continuación tomé con ella un puñado de arena y lo dejé caer sobre mis piernas. Sólo entonces me percaté de que estaban desnudas, al sentir el frío punzante de los pequeños cristales clavándose en mis rodillas. Repetí la operación tres o cuatro veces, hasta que mis pies quedaron enterrados y dejé de sentirlos helados.

Después me tumbé boca arriba y mientras contemplaba un cielo azul grisáceo seguí jugando con la arena, acariciándola, arrastrándola y derramándola sobre mis piernas. No sé en que momento me quedé dormida porque no recuerdo haber notado esa sensación tan agradable de cuando estoy en la cama y llega el momento en que la conciencia y el submundo de los sueños se mezclan y el mayor deseo que tengo es que ese momento no se acabe nunca. Es ese estado en el que no estoy ni dormida ni despierta, sino todo lo contrario. Es ese instante que dura tan poco, pero por el que pasan tantas imágenes a la vez que no puedo distinguir si son reales, imaginarias o simples fotografías tomadas desde un ángulo que no pertenece a este mundo, al menos al mundo que conocemos y desde el cual dibujamos, escribimos o  aprendemos.

Entiendo que en la mayoría de técnicas de estudio aconsejen estudiar por la noche, justo antes de dormir y no por la mañana antes del examen. No sé mucho sobre las fases del sueño, pero estoy segura que es en esa precisamente donde se esconden las respuestas a todas las preguntas del universo.

Deseé con todas mis fuerzas que me venciera el sueño para poder hacer ese breve viaje allí mismo, en aquella playa, y que aunque sólo fuese por un instante y las olvidara segundos después, encontrara las respuestas que necesitaba sobre todo lo que había vivido en el último año, en mi infancia o en la mitad de lo que se supone debería durar mi vida. Pero ese deseo no se cumplió porque seguí despierta, jugando con la arena que se humedecía cada vez más.

Playa - Imagen Pública
Playa – Imagen Pública

Me levanté de repente cuando las primeras gotas de lluvia me golpearon los párpados y busqué al perro con su pelota en un intento idiota de que volviera corriendo hacia mí para dejar que lo acariciara de nuevo, pero allí ya no había nadie. Estaba sola en aquella playa.

Era primeros de enero. ¿Qué clase de loco puede tumbarse sobre la arena de una playa en un día nublado pretendiendo dormir sin morirse de frío?

Volví a arrastrar mis manos por el suelo de mi improvisado lecho y las llené de aquella especie de barro e intenté volcarlo de nuevo sobre mis piernas, pero sólo conseguí mancharlas de un hilo de pasta de color negruzco y el resto que quedó pegado entre mis dedos lo deslicé por mi pelo, alborotándolo. Sólo entonces me di cuenta de que seguía intacto, que no se había movido con el viento, que no lo noté sobre mis ojos ni sobre mi boca a pesar de que lo llevaba suelto. Que había permanecido quieto todo el tiempo antes de que empezara a llover, no así como los demás días del año en que la más ligera brisa hace que mi cabello se convierta en una máscara que tengo que ir apartando para poder mostrar mi rostro ante los demás.

Ese día nada se movió a mi alrededor. Nada se atrevió a tocarme porque yo ya no existía para nadie. Quizás ni siquiera el humano que pasó por allí me vio.

Cuando minutos más tarde dejó de llover, la único que sentí mojado fueron mis pies; el resto de mi cuerpo y también mi vestido, arromangado hasta la cintura, permanecía seco. Incluso en mi pelo no quedaban restos de esa especie de barro. Excepto en el pequeño espacio que dormitaba húmedo debajo de mí, en el resto de la playa la arena seguía estando seca, con ese color amarillento y brillante, más propio de los meses de verano que de primeros de enero.

Me agaché para tocarla y sentí cada uno de los millones de los microscópicos cristales que la formaban.

La dejé caer, esta vez sobre el suelo y comencé a caminar. Sólo entonces pude ver unas huellas de perro que se volvían pequeñas a lo lejos cuando miraba hacia atrás. Las mías no estaban.