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La suave patria (Parte II)

López Velarde - Imagen pública
López Velarde – Imagen pública

por Marcos Solache

Para 1921, la situación de identidad nacional era de lo más confusa.

La Patria estaba devastada, desacomodada, los grandes terratenientes habían perdido grandes porciones de tierra, la clase marginada seguía siendo la explotada; mas dentro de todos estos cambios y regularidades, se asomaba la clase media baja, para dirigir al país.

Hacían falta ideas, un gran artista o pensador que diera la fórmula para la nueva Patria; que redondeara el pasado azteca, la época colonial, la turba antiporfirista, y las demandas revolucionarias.

Que pusiera todo el pasado ideológico demandado, y le diera una nueva veleta.

Una guía íntima.

 Esa es la propuesta de “La Suave Patria”; un concepto de nueva Nación, unida e interior.

Amar los paisajes, la flora, la fauna, todo la cornucopia generosa y variada que ofrece esta tierra; pero ahora desde adentro.

Un enfoque directamente espiritual.

En esta ocasión, y como su función lo amérita, López Velarde hace una pausa a la enumeración gráfica escénica del país, transportándonos en un breve y general recorrido, a la caída de Tenochtitlán.

Utiliza el ejemplo más representativo, el último tlatoani, el águila que desciende: Cuauhtémoc.

Esta sección se conforma de cuatro estrofas.

Abre con un dístico que introduce enalteciendo y justificando al antepasado, por eso abuelo, pero joven por haber sido asesinado a corta edad.

Comenzando la segunda estrofa, desde mi punto de vista, eyectan de orden los adverbios del primer verso; prescindibles quizá.

Continúa con el encuentro entre el blanco y el indígena; esta vez enalteciendo el nopal sobre el rosal.

            (…)

            a tu nopal inclinase el rosal;

            (…)

Lo que prosigue en esta segunda estrofa, es una imagen extraña, al insinuar que a la muerte del guerrero mexica, serán llenadas sus cenizas con responsos victoriales.

Cabe decir que el responso es un canto católico fúnebre, y la precisión de los intelectuales en el uso del latinismo victorial.

Como Octavio Paz lo anticipaba; López Velarde nunca fue un mexicano comprometido ni importado en nuestro pasado prehispánico, al grado, como ahora lo vemos, de insinuar una ceremonia católica fúnebre para la última gran imagen de Texcoco.

La tercera estrofa es un desliz para poder introducir la imagen de la moneda en la última.

Sobre esta difícil parte, que funciona como coyuntura hacia el final del Intermedio, vemos engendrarse en el borrador, un dístico anterior, alusivo a Cortés y al México castellanizado con j.

Creo que sale bien logrado el poeta, al eliminar lo anterior, y salvar en la línea la continuidad hacia la última estrofa.

Quizá vale comentar la comparación con los dirigentes-dioses romanos, en donde el Joven abuelo, sale altivo y gallardo, desnudo y bravo.

            (…)

            tu cabeza desnuda se nos queda,

            hemisféricamente de moneda.

            (…)

Cierto es que el perfil del héroe mexica, ha estado en diversas monedas, en distintas épocas.

Pero esto no es lo que interesa al poeta, sino la moneda espiritual en que se ha fraguado el dolor que sufrió agonizando.

López Velarde - Imagen pública
López Velarde – Imagen pública

Ahora bien, no es el dolor físico que le provoca reducir sus plantas a cenizas, sino como bien lo intuye el Jerezano, son los anómalos detalles que rodearon la caída.

                                   (…): la piragua

            prisionera, el azoro de tus crías

            el sollozar de tus mitologías,

            la Malinche, los ídolos a nado,

            (…)

Imágenes que directamente enmarcan el derredor devastado de la antigua Tenochtitlán, sitiada en noventa días.

Todo lo anterior terminó con la esperanza del mandatario azteca, pero López Velarde quiso darle una estocada más profunda, y por encima de todo, enaltece al amor y aquellas relaciones simbióticas que vitalizan, o en su ausencia, asesinan.

            (…), haberte desatado

            del pecho curvo de la emperatriz

            como del pecho de una codorniz.

Para Velarde, y el derecho poético con el que cuentan todos, fue la separación de Ichcaxóchitl, lo que mató a Cuauhtémoc.

 

Segundo Acto

Se cuenta que Jorge Luis Borges sabía de memoria “La Suave Patria”.

No es de sorprender, es un gran poema.

Quizá como en ningún otro, vemos el ideario de Velarde fijo, sabiendo premeditadamente el propósito de la composición completa.

Aquí no hay una exposición de sentimientos personales, sí internos, sí de incumbencia por ser la Patria el tema primoroso en cuestión, pero no de aquellos que desgarraron su vida entera.

Toda la madurez poética, estilística y estructural de López Velarde, está perfectamente sintetizada en esta obra.

El Segundo Acto, como es de esperarse, continúa las escenas encaminadas desde el Primero.

Las primeras tres estrofas enmarcan muy claramente acontecimientos de provincia.

La segunda por ejemplo, se dedica a la vestimenta del mujerío; con la blusa corrida hasta la oreja, y la falda bajada hasta el huesito.

Imágenes por demás hechas, a la mujer católica, piadosa y moral.

Subrayo el paralelismo de la falda hasta el huesito, con el poema ya comentado “El Sueño de la Inocencia”.

Así entonces, Ramón toma recuerdos de Jerez, para comenzar la última parte de su obra magna.

Como en la tercera estrofa; en donde muy colorida, y aunque parezca solemne escena, nos transporta a la madrugada de la mejicana, que muy apurada, con el tápalo lleno de dobleces, lleva el estreno que se pondrá en la mañana.

Antes de continuar de la provincia a la Capital, quiero comentar los símbolos interesantísimos que aparecen en la primera estrofa:

            (…)

            tus hijas atraviesan como hadas,

            o destilando un invisible alcohol,

            vestidas con las redes de tu sol,

            cruzan como botellas alambradas.

            (…)

La imagen es hermosa, si comenzamos a poblarla desde las botellas alambradas, refractando los rayos del sol, con el leve olor a alcohol; todo eso compuesto sobre un tono mágico, al magnificar los envases como seres místicos: hadas.

La suave patria, manuscrito - Imagen pública
La suave patria, manuscrito – Imagen pública

Después de insinuar la pobreza de la Patria, quien vive al día, esperando el milagro de la lotería, esta vez igualada con la suerte de la sota moza; situación por más contemporánea en cualquier época; Ramón cambia abruptamente el escenario, y quiere raptar a la Nación, desde la Capital.

Antes de pasar por el mercado y ver a la vendedora de chía, en la cuaresma opaca, y subirse al garañón con matraca entre los tiros de policía, comentaré el dístico previo.

            (…)

            Te dará, frente al hombre y al obús,

            un higo San Felipe de Jesús.

            (…)

Leemos como enlaza la imagen del Palacio Nacional, al menester del patrono de la Ciudad de México, quien se cuenta, el día de su muerte, una higuera seca, reverdeció y dio frutos.

Ya con la Patria en ancas, desde las entrañas que no niegan asilo, el poeta comenta, a son del oficio, el análogo de todos los bardos mexicanos, con los cadáveres hechos poma, de los cuales no olvidamos sus cantos de ave; a quienes la juventud llora y la Suave Patria oculta.

Dentro de las muy peculiares cosas por las que se distingue este Segundo Acto, es porque es un sube y baja de emociones; después de la pensativa estrofa que acabo de comentar, entona la diversidad climática de México.

            (…)

            Si me ahogo en tus julios, a mí baja

            (…)

            frescura de rebozo y de tinaja,

            y si tirito, dejas que me arrope

            en tu respiración azul de incienso

            y en tus carnosos labios de rompope.

            (…)

Termina la encrucijada de imágenes, con un canto alto, que no podía ser de otras, sino de su grande tormento y pasión: las mujeres.

            (…), con bravío pecho

            empitonando la camisa, han hecho

            la lujuria y el ritmo de las horas.       

            (…)

Ciertamente es una imagen de prostitución, muy al estilo decoroso y temeroso del poeta, que nos deja saber que esa alegría y tristeza que viven estas duras mujeres, también forma parte del Himno no escrito de nuestro País.

Toda esta escenografía, termina con la petición más sincera hacia la Patria:

            (…)

            sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;

            (…)

Recordar o vivir una época de oro, es pedir la permanencia; aunque lo interesante de esta petición no es la solución en un tiempo, sino el redondeó de una historia cambiante, conservando todos los rasgos tradicionales, desde los indígenas, hasta los más modernos.

            (…)

            Sé igual y fiel;

            (…)

El mensaje principal está muy claro, pero López Velarde no nos iba permitir cerrar “La Suave Patria” sin tener una cara de duda.

Así, y como es de esperarse a través de varios ejemplos que he dado, el final de este poema es de los más herméticos, al punto de tener varias suposiciones, inclusive me atrevo a decir, todas vanas.

            (…); y un trono

            a la intemperie, cual una sonaja:

            ¡la carreta alegórica de paja!

Comentarios de peso sobre estos versos, tenemos por ejemplo el de José Emilio Pacheco quien afirma que la carreta alegórica de paja es la inexistente en el pasaje de Ruth.

Otros, como el del compilador de esta obra, José Luis Martínez, respaldado en la amistad del pintor Saturnino Herrán con el poeta, lo relaciona al tríptico del Bosco, “El Carro de Heno”.

Ciertamente más cercano a la escena por ser carreta que aunque se nombra de heno, por el color dorado, asimila a la paja.

Otros puntos en común, son el trono que representa la alta carreta a la intemperie, con una extraña escena de seres cantando, bajo la mirada de Cristo.

Parece más acertado, aunque ciertamente, en lo personal me parece abrupto creerlo del todo.

En el borrador tenemos la pista de que en el Primer Acto, específicamente en la séptima estrofa, escribe entre paréntesis “la carreta de paja”.

A esto lo envuelve una escena de mortaja, el trono, y el aire libre.

Vemos ya gran parte del final, desde antes de que se concibiera la mitad del poema.

En lo personal encuentro esta escena alegórica, muy propia del artista, indescifrable para los demás, y por esta cualidad, adaptable para todos.

Esa es la magia de la poesía, un escenario propio y diferente para cada par de oídos y par de corazones que la miren.

 

Bibliografía:

 

López Velarde, Ramón.  (1994). Obras, compilado por José Luis Martínez.  Serie de Literatura Moderna, Pensamiento y Acción. Fondo de Cultura Económica, México.

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Zozobra

Zozobra - Imagen pública
Zozobra – Imagen pública

por Marcos Solache

Que sea para bien…

Después de haber publicado la segunda edición de “La Sangre Devota”, la vida de López Velarde, se resume en cuatro años de mucha poesía.

Poco más de setenta poemas, más de las dos terceras partes de ellos, de origen completo en este corto tiempo.

Concluida la mitad de este periodo, sea pues el año 1919, publica su último libro en vida: Zozobra.

Este primer poema en cuestión, “Que sea para bien…”, es un recuerdo muy guardado de Fuensanta.

Por su alto tono profano, inclusive puedo suponer temor a publicarlo.

           Ya no puedo dudar… Diste muerte a mi cándida

            niñez, (…)

Lo comprueba el hecho de que la mujer, siempre fue para el poeta, una transposición religiosa.

Y quién sino Fuensanta, la que robó su niñez con olor a sacristía.

Aun el ultraje, y como claramente lo expresa el título, “Que sea para bien…”.

Esta expresión de sumisión ante lo perdido, o robado, demuestra humildad, uno de los valores más importantes que infunde la Iglesia Católica.

Así de nueva cuenta se comprueba que López Velarde, lleva la religiosidad a un plano profano, por colocar a la mujer como su dios cristiano.

Pero que todo sea para bien.

El poema cuenta con siete estrofas de metro irregular, aunque con rima clara.

Anotaré que lo moderno de López Velarde, aunque le pese al espíritu de Octavio Paz, quien por cierto lo consideró como un poeta medianamente grande, se debe a dos cosas:

La primera es que rompe con la convención del metro en muchos de sus poemas, aunque sin poderlo considerar como verso libre, ya que mantiene algunas nociones rígidas.

Por ejemplo, número de versos por estrofa, y en general no abandona el ritmo.

A lo anterior agregar la innovación en puntuación gráfica, al incrustar pausas cadentes en singulares versos.

En esta composición destaca el uso interno de tres puntos seguidos, o un doblete de guiones, realmente atinado.

Sobre esto repetir que tiene cortes abruptísimos en versos, esto para subrayar últimas palabras, o trastornar el ritmo.

Quizá lo segundo es que introduce un lenguaje metafórico con un considerable grado de abstracción personal.

Aunque nunca ha sido considerado un poeta culto, creo que tiene un manejo abundante de vocabulario.

Quizá en muchas veces no preciso, como lo demuestra en varias ocasiones José Emilio Pacheco.

Lo anterior lo convierte en un poeta de tiempo. Pero qué lo hace inmortal.

Ramón López Velarde - Imagen púbica
Ramón López Velarde – Imagen púbica

El sentimiento

Un punto a favor sobre la innovación de Velarde, y revisando un poco su correspondencia, me encuentro con que el último poema de Zozobra, “Humildemente”, por cierto el único de toda su poesía, dedicado a su madre y hermanas, figuras por todo importantísimas en su vida, fue hecho a deseo de los críticos.

Él mismo confiesa a Fernández Ledesma, que este poema es una creación limpia en técnica y brillantez, como para demostrar a los críticos, que él puede hacer que vean, lo que él quiere que vean.

Actitud de más soberbia del poeta, muy al contrario al perfil de valores que nos muestra en sus poemas.

Situación que nos aclara, que la poesía no es la verdad completa de una persona, por muy profunda y auténtica que sea.

Continuando el recorrido simbólico de este poema, me encuentro un par inscripciones altamente profanas.

El poeta no se detuvo en pequeñas comparaciones, sino que en esta ocasión es descarado a lo más.

            (…) Consumaste el prodigio

            (…), sustituir mi agua clara

            con un licor de uvas… (…)

Quién no recuerda el primer milagro del Nazareno, ahora en manos de Fuensanta.

Si bien todo es literario, subrayo todo, por jugar contra el Evangelista Juan, y pensar que él también poetizo al Hijo del Hombre; me parece que en esta ocasión hubo falta de respeto.

No solamente se queda en la Sagradas Escrituras, sino que abunda en la Tradición, y aventura.

            (…). Y mis ojos te ven

            apretar en los dedos – como un haz de centellas-

            éxtasis y placeres. (…)

 

Recordar aquí la imagen de la Virgen Inmaculada, extendiendo las manos, quizá ahí una ligera variación, pero manteniendo el haz de centellas, aunque profanando descaradamente que los que vienen de Fuensanta son de éxtasis y placeres, y sabido es que los que vienen de la Virgen son de caridad, fe y esperanza.

Las siguientes cuatro estrofas, dan un giro mórbido y oscuro, al colocar la imagen pálida de los últimos días de Josefa de los Ríos.

Ahora convertida en mujer volcánica.

            (…)

            Tu palidez volcánica me agrava.

                                    (…) ¿O, quizá,

            te quedaste dormida en la vertiente

            de un volcán, (…)

El final es un deseo por encontrarse en la vertiente de ese rostro cenizo, pero dador fulgurante de goce

Toda la poesía amorosa de Ramón, espera ser concluida en otro mundo, en lo que para él sería el Paraíso.

Como anotación final y quisquillosa, resalto una serie de sustantivos de la cuarta estrofa.

            (…); emoción, ave, sol…

Me llaman bastante la atención, porque es un estilo de enumeración que repite en el poema “La última odalisca” de 1919, mientras que “Que sea para bien…” está fechado en 1916.

Lo comento porque ciertamente, esta serie de palabras, refleja otro tono y madurez del poeta.

Quizá porque retocó este poema en los límites de la publicación de Zozobra.

 

Mendigo

 

Si bien, nunca se podrá alcanzar una idea completa y clara de lo que es una persona, puedo intuir, a través de diversos escritos, cualidades claras de Velarde.

Siempre he pensado que aquellas personas que leen por gusto, buscan un refugio alterno a la realidad, aunque su aportación, si bien importante, es realmente pasiva.

Efectivamente, aquellos que escriben, lo que sea y como sea que lo hagan, son factores activos en la transformación de la sociedad, y no porque sus escritos vayan a cambiar al mundo, sino porque están cambiando, radicalmente, ellos mismos.

Realmente no puedo imaginar un mundo donde todos sean escritores, porque sería un mundo mejor.

Sin más nostalgias, es muy clara la postura radical de Velarde.

Si bien sus poemas, no tienen ni vísperas revolucionarias, es muy claro, sobretodo en sus críticas y algunos otros escritos en prosa, su postura antigubernamental y en general pesimista del país.

Sobretodo después de que Carranza es asesinado, y Obregón se convierte en Presidente de la República; Velarde decide dejar su función auxiliar en Palacio de Gobierno, y así desentenderse completamente de las cuestiones burocráticas en sus últimos años.

Aprovecho para abundar que es injusto que se llame el Poeta de la Revolución Mexicana, cuando son muy claras dos cosas.

No es víctima directa de estragos de la guerra, y su referencia poética a este tiempo patriótico, es realmente muy poca, serán uno o dos los poemas que toquen suavemente el tema.

Algunos dirán que “La Suave Patria” lo vale todo para ser considerado como tal, pero esto lo discutiré en dos entregas más adelante.

Esto sin decir que su poesía fue personal, de sentimientos asfixiados, no de eventos políticos, ni mucho menos dadora de estandarte ideológico.

En “El Mendigo”, abusa, como en casi toda su poesía, del papel egoísta para vaciarse cósmicamente.

Es una pieza brillante por su tono personal, sufrido, y como en pocos, metafórico.

            Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma

            de todos los voraces ayunos pordioseros;

            (…)

 

Me parece claramente que estamos frente a una confesión ante el Universo.

Muy pesimista, pero como cualquier pesimismo humano, rociado tenuemente de esperanza.

Recrea imágenes ya comentadas; como la espuma, eterna inexistente, o las cintilaciones de los luceros, explicativas de la intermitencia permanente, sea terrena o idílica.

Con cuatro estrofas largas, en esta ocasión no demuestra afinación estilística, más bien un vómito subyugado a su papel de mendigo en el amplio Cosmos, alargando la estancia en la gravedad universal carente de propósito.

Para embadurnarnos de esta pútrida sensación, abandona todo el poema en un escenario desértico: La Tebaida.

No pierde la similitud testamentaria, y esta vez hace uso de la tradición judía, y se coloca en la misma situación que el gran profeta Elías, sólo que a diferencia de este, Velarde es albureado por los cuervos que manda el Señor para alimentar al llevado en un torrente de fuego.

Interesante que agregue la flor y la mujer al alimento; y las defina como las cargas preciosas que su apetito no deja de saborear.

A todo este escenario, solamente una prueba ínfima, con el único propósito de seguir deseando.

            (…)

            y encima de mi sacro apetito no baja

            sino un pétalo, un rizo prófugo, una migaja.

            (…)

Aunque heteróclito, suave prueba de todo lo que desea el poeta.

Llama la atención que la mención final y nostálgica de la fuente, tonifica la despedida en el cadalso, digo yo, más deísta que de otra corriente religiosa.

Con esto volvemos a encontrarnos frente a un Velarde, como ya se había notado, fuertemente encaminado a deshacerse por cualquier medio de su raíz cristiana.

Para rematar “El Mendigo”, recibimos un fuerte y triste augurio en los tres últimos versos.

            (…)

            y la pródiga vida se derrama en falso

            festín y en el suplicio de mi hambre creciente,

            como una cornucopia se vuelca en un cadalso.

 Resumen poético de la filosofía Velardesca*, sobre el devenir de la existencia humana, cargada de bendiciones, como una cornucopia, aunque expuestas en un falso festín, con un hambre vacía y creciente.

Para que toda ilusión y hambre, terminen en la nulidad de la muerte.

*Algunos autores llaman a la corriente de Velarde, Velardesca, y otros Velardeana. A criterio del lector el gusto por nombrar de alguna especial manera.

Zozobra - Imagen pública
Zozobra – Imagen pública

Ánima adoratriz

Esteban Marcel, fue uno de los seudónimos que Velarde utilizó como firma en algunas notas políticas, consideradas por él de alto grado perturbador.

Sea dicho que el seudónimo es explícitamente afrancesado, y como recurso, cobardón claro.

López Velarde no fue perseguido político, ni sus notas levantaron una revolución.

Si acaso breves ofensas, o acidez consumada en el vericueto natural político periodístico de la época.

Todo quedó en una exageración, y por supuesto, en otra pista de la introspección del Zacatecano.

Razones y costumbres hay para suponer que la labor literaria va acompañada de timidez.

En el caso más leal porque se origina en la soledad e inconformidad a la realidad.

Esto en ocasiones, forma hombres o mujeres que prefieren esconder su realidad, porque encuentran en la realidad literaria un nombramiento distinto.

En ocasiones el seudónimo absorbe su vida entera, y el nombramiento literario desplaza el nombramiento civil.

Ejemplos hay muchos, y en lo personal los creo necesarios cuando vienen del lado místico; aunque a decir verdad, muchos son solamente por moda o admiración, siendo así, ridículos nada más.

En “Ánima adoratriz”, encontramos a un Velarde ensimismado, con un alto grado etéreo, personal, y a lo dicho, místico realmente.

Este poema tiene la firma de Ramón López Velarde, pero aquí aceptaría la de Esteban Marcel o Ricardo Wencer Olivares, porque realmente hay un desplazamiento claro de su poesía acostumbrada.

Once estrofas bien fincadas en rima y metro.

Cumpliendo todo y deseando ser para cualquiera, el poema total.

Lo logra o no, es relativo.

Quizá solamente anotar que la cuarta estrofa tiene una serie de enumeraciones locativas, más bien zafadas de la atmosfera total del poema.

Resaltar los tres importantes dísticos, aplicados como salidas de pausa, si bien no desfasadas, muy bien empleadas, sobretodo la primera y la tercera, ya que la segunda en realidad es un empalme encadenado a la primera.

Dos anotaciones sobre esta estructura:

La primera es que en el tercer dístico, utiliza el galicismo droláticas, ni siquiera registrado en el Diccionario de la Real Academia Española.

Aunque bien de amplio uso poético; en caso de Velare, reafirma su influencia francesa.

La segunda es que en Zozobra hay un poema dedicado a esta estructura, “Fábula Dística”, y subrayar que en “La Suave Patria” es bien acompasado, pero sobretodo no abusado en empleo.

Sin duda llamó profundamente la atención en el poeta, por su característica de inserción, y en mi punto de vista, compás alternativo.

Ahí otra pista moderna.

“Ánima adoratriz” es el camino a la huesa.

La última confesión.

Corriendo a ella, desangrado, esperando la crucifixión sobre un charco de sangre que no lavará.

Sin mirar atrás llegará a la casa de niño, dejando un camino rubí, pesimista de lo que ha hecho.

Fatalidad total.

Un poema realmente triste, y realmente genial.

            (…)

            Mi única virtud es sentirme desollado

            en el templo de la calle, en la alcoba y el prado.

            (…)

 

Aunque hay una ligera insinuación a la mujer en la primer estrofa, este poema se olvida en su mayor instante del fantasma castigador de su vida.

Es el momento del llamado a la otra vida, y quiere hacerlo por medio de su más grande pasión: la poesía.

            (…), mi corazón se inmola

            para hacer un empréstito sin usuras aciagas

            (…)

Fue costumbre de Ramón, acompañar sus poemas de preguntas, y este no es excepción.

Su poesía nació como una cuestión sobre el porqué le sería imposible alcanzar el amor, el reconocimiento.

Sobre por qué él, el destinado a ser abogado, político, o cualquier puesto de noble estirpe, tiene que ser un desgraciado poeta.

            (…)

            ¿Qué brújula se imanta de mi sino?

            (…)

            ¿Qué lecho esquimal pide tibieza en su tramonto?

            (…)

Aun aturdido de dudas, el poeta está listo y pronto para la hora de partir, que dicho sea de paso, será en dos prontos años.El presagio de la granada desgranada por la ánima adoratriz, se convertirá en triste realidad.

Aunque nunca considerado un amante voraz y palaciego de la vida, sí consiente de que ella es grandiosa.

El poeta se deja caer, y con él su legado.

Un legado en la mayor parte de veces hecho para agradar y alcanzar lo que el trabajo natural no le dio.

Pero otras, como en este y algunos más, con vivos destellos personales, sufrientes, y por eso: máximos.

            (…), se derrumbe en la huesa

            el burlesco legado de una estéril pavesa.

Ramón López Velarde - Imagen púbica
Ramón López Velarde – Imagen púbica

La última odalisca

Hasta ahora no he mencionado la influencia de arabismos en la poesía de Velarde.

Si bien, es por más decir que de manera antonomástica, el castellano está súbitamente influenciado por esta cultura, no solamente en vocabulario.

Recordar que Don Quijote instruye a Sancho en el uso de arabismos, con atención en las palabras que inician con la letra zeta.

Sin ahondar en lo replegada que está la obra magna de Cervantes con la cultura árabe, bástese recordar que el escriba de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, es el musulmán Cide Hamete Benengeli.

Así decir que si Velarde escogió el francés por gusto, el árabe está bien mezclado con el idioma castellano.

Y como dije, no solamente de palabras, sino con la cultura entera.

El título se debe entonces, a la tradición de la odalisca, concubina al servicio del harén del Califa.

Si bien el uso de esta palabra no expresa la sustancia del poema, vale la pena rescatarla, por la influencia mencionada, y por el ligero rubor erótico que imprime en esta composición.

Uno de los motivos por el que elegí este poema, es porque va encadenado con “Ánima adoratriz” en el sentimiento de partida.

Son los dos poemas de Zozobra que encuadran el encuentro del poeta con la muerte.

Mencionar que debido a que ambos son del año 1919, es posible que hayan sido concebidos en tiempos creativos muy cercanos.

Sobra decir que la confianza en Velarde a estas alturas es ciega, ya que aunque es uno de los poemas más largos de la colección, está muy bien logrado en rima y metro.

Quizá solamente debo subrayar que técnicas antes experimentadas, ahora son consolidadas y acostumbradas.

Como destacados; alargar el número de versos en la última estrofa, los tres puntos inmersos en versos cortos, la enumeración sustantiva que por posición convierte en adjetivación contextualizada.

Agrego un comentario a la última característica, porque en lo personal me parece el máximo alcance moderno de la poesía de Velarde.

 Un poema dela siguiente colección, “El son del corazón”,específicamente, “Anna Pavlowa”, tiene en la primera estrofa una caída vertical increíble, como si aquellas tres primeras palabras que son los tres primeros versos, fueran los tres primeros dedos de una pierna de la bailarina.

Así se entiende que la evolución de un poeta, cuando es auténtica, y mucho más cuando es innovadora, es muy lenta, y en muchas ocasiones temerosa al grado de nunca poderse concretar.

Si Velarde hubiera vivido treinta años más, estoy seguro que hubiera aportado más a la poesía mexicana, que toda la que se hizo en el segundo cuarto del siglo XX.

Continuando ahora con las imágenes de este poema, debo recalcar que cualquiera que desee abordar el tema de la muerte, debe de empezar por el de la vida.

En este caso Velarde quiso contrastarlos con el placer y la enfermedad, el harén y el hospital.

            (…)

            soy un harén y un hospital

            colgados juntos de un ensueño.

            (…)

Aunque cansado del peso de los cuerpos universales que se han unido con su vida, y consciente de la suspensión de la cuerda de éter, hilo escuálido de seda, a la que está unida la existencia.

 Goza…

Pero a sabiendas que cada año en su cabeza se pintan más canas.

 Padece…

Por lo tanto, el poema está lleno de contrapuestos:

            (…)

            Voluptuosa Melancolía:

            (…)

            el Placer su caligrafía

            y la Muerte su garabato,

Y así, después de que la Lujuria tocó a rebato, las paisanas, esbozadas como las odaliscas, corren tras los cabellos de Absalón,

            (…)

            un día, al entreabrir los ojos,

            antes que muera estaré muerto!

            (…)

Sin palabras, sin salmo que recitar, el poeta esperará a la ánima adoratriz, para llevárselo al Paraíso.

Sabiendo que ante la poderosa muerte, no hay victorias opulentas que hagan eficaz la partida.

Todo queda superfluo y estorboso.

Sin sentido.

Una vida más, arruinada por la incongruente existencia.

Pero antes de partir, el poeta tiene la súplica de perder toda suspicacia y agudeza que caracterizan a cualquier buen creador.

Porque perder la razón en la caída, es mejor que verse caer.

            (…)

            hazme humilde como un pelele

            a cuya mecánica duele

            ser solamente un hospital!

 

 

 

Bibliografía:

 

Ramón López Velarde, compilado por José Luis Martínez. (1994). Obras. México: Fondo de Cultura Económica. Serie de Literatura Moderna, Pensamiento y Acción.

La sangre devota

 

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LÓPEZ VELARDE – IMAGEN PÚBLICA

por Marcos Solache

En el piélago veleidoso.

Empecemos al poeta jerezano, Ramón López Velarde, con uno de los poemas que seguramente lo inspiró para determinar la necesidad de compilar, en “La Sangre Devota”, lo que con apenas 28 años, no sería más que el inicio del destellante y fugaz incendio de su corta, pero bastante sustanciosa, poesía.

En la primera parada, Velarde nos da una pista, de la suma influencia que tuvo el poeta de Les Fleursdu Mal, al usar el galicismo veleidad.

No solamente era la moda leer a Baudelaire, sino el gusto por la poesía del dolor y el sentimiento expuesto.

Aun la corriente, el Mexicano no se ata, y más bien se convierte en un veleidoso literario; ya que sería su costumbre jugar con el diccionario, a veces siendo el provinciano despistado, y otras un draconiano Gongorino.

Aunque siempre poniendo de enfrente el sentimiento, la imaginación, el dolor, y por supuesto, el amor.

Lo anterior sin dejar atrás, lo católico, hogareño, y a veces rompiendo la leal práctica, con la funesta exageración.

Si bien tiene algunos poemas de mediana extensión, digamos que, como en este, descubrimos a un poeta sucinto.

Lo que pueden decir las palabras precisas, no tienen porque hacerlo las cuartillas engorrosas.

Dos estrofas de ocho versos cada una, conforman, quizá el poema más abstracto en escenario del poemario en cuestión.

No voy a detallar metro ni rima, ya que en lo personal no lo creo corazón de ningún estilo de poesía.

Aunque sí voy a mencionar su puntuación y espacio.

Comenzando así con una experimentación.

Acorta el primer respiro de cada estrofa, inclusive con tres puntos la primera, para contundir la idea.

Estira algunos versos, al no puntuar su final, para enfatizar acciones principales.

Aunque en lo personal creo que es un mal uso de la puntuación, ya que parece que aprieta las sílabas para remarcar la rima, aunque no lo asfixia, porque libera un poco el metro.

En cada estrofa hay un punto y aparte, que no pasaría nada si divide el poema en cuatro estrofas.

De nuevo subrayo su placer por el número cabalístico con que tiene que cerrar cada intervención.

 Aun mis pequeñas anotaciones, debo confesar que este es el primer poema que da una cadencia escalonada, a su acostumbrada y eterna formación vertical.

Ahora menciono, su mayor importancia, el simbolismo metafórico del que está lleno este viaje al piélago.

A esta edad ya se consideraba un poeta petulante, pero dada su formación católica, siempre reculó al arrepentimiento y la humillación.

Aunque pirata, perdió el flanco de plata de la última sirena.

Navegación sin barco, anacrónica, producto de un devaneo, que pronto confesará como un real mareo; nos hacen concluir la triste bella mentira del poema.

Lo veremos al final como un naufrago sin isla, arraigado a la nostalgia de la silenciada Fuensanta, y a la invisible Cruz.

Retoca previo al final, con abstracción pura:

 (…)

Mas no guardo rencor

            a la inestable eternidad de espuma

            y efímeros espejos.

            (…)

 Y concluye en la misma línea imaginaria:

 

(…)

me sentí, en alta mar,

            más de viaje que nunca y más fincado

            en la palma de aquella mano impar.

           

 Pensar que la espuma es eterna, como la ola del mar, es tan cierto como asegurarla una huella inestable, que viene y se va.

 Efímero espejo.

 El viaje termina, aunque veleidoso, siempre en el fondo del mar.

Es pues el coloso salado, quien absorbe al poeta, lo lleva a fincarse en su pasión, que desarrolla con la mano impar.

Aquí me aventuro a pensar que Velarde era zurdo. Aventura he dicho, porque no encontré que fuera diestro, ni lo contrario.

Si lo anterior parece muy vano, también vale pensar que la mano impar es porque siempre cargará con la frustración de haber sido capellán y no poeta, creyéndose un impuro, izquierdo, no par con la única católica creencia.

La Sangre Devota
LA SANGRE DEVOTA – IMAGEN PÚBLICA

 Boca flexible, ávida…

 Estamos frente a un poema que fue parteaguas en el estilo poético Velardeano. Sobretodo porque seguramente fue parte de la semilla que sembrará el impulso del siguiente y último libro en vida, “Zozobra”.

Aunque en la siguiente entrega se hablará de él, por ahora puedo decir que “Zozobra”, está consagrado de principio a fin, a la figura mística de la mujer, sea Margarita, o sea Josefa, o Genoveva, o María, o sea cualquier otra escondida.

 Hablemos aquí, de uno de los más grandes amores del Zacatecano.

Fuensanta, como él poetiza a Josefa de los Ríos. Dicho sea de paso, muere justamente poco después de la publicación de “La Sangre Devota”, y precisamente la segunda edición de 1917, la dedicará no solamente a los espíritus iniciales a quien está consagrada la obra, sean Gutiérrez Nájera y Othón, sino a la peculiar, delicada, refinada, y enfermiza Fuensanta.

Ocho años mayor que el poeta, no serán losa para que el capellán frustrado, como él se denomina, la coloque como un amor profano, igualando su existencia con la de la Virgen María, o más grave aún, como una epifanía cristológica.

En “Boca flexible, ávida…”, somos transportados a su hogar, Jerez.

Estamos en el acontecimiento más importante de la semana, la Liturgia cenital de los Domingos.

De pronto, y continuando la secuencia del Evangelio, aparece el agudo perfil, la cabellera tormentosa, la boca flexible, ávida de lo concienzudo.

Aquí rescatar la figura de Fuensanta como una mujer extremadamente piadosa, al grado de imitar en lo primeriza a Santa Teresa de Ávila, el llanto sobre la Palabra, o sobre la figura en la Pasión.

Este poema es pues, un descriptivo de cómo el fallido amoroso poeta, retrata lo que para él vale el encuentro religioso.

Los labios de aquella mujer serán los articuladores de los besos prolijos, o de la sílaba lenta de un minucioso idilio.

Llevará hasta la muerte esta creencia, olvidándose de los sacerdotes que son los únicos facultados para otorgar la extremaunción, y será ella, Fuensanta, la única quien pueda persuadirlo en la agonía, a que diga Amén.

Antes de comentar la estructura de dicho poema, remarcaré la atención que para el poeta es primordial; mezclar la experiencia amorosa, con la religiosa.

Lo anterior, a la vista discreta pero nada subjetiva, lo convierte en el profano más arrepentido, pero también menos temeroso y en extremo comprometido con su palabra y experiencia.

En lo personal puedo resumir el crecimiento poético de Velarde, como la negación de su catolicismo.

Algunos lo definen como un poeta católico. Yo creo que es un anticristo muy sutil para la Iglesia.

De ahí su constante sufrimiento, inestabilidad emocional; pero gracias a eso funesto, su gran poesía.

Comentando la estructura, tenemos dos estrofas irregulares.

Aquí no hay metro, aunque no puede resistir a la rima consonante que lo caracteriza.

Parecido a “En el piélago veleidoso”, en cuanto al manejo de puntuación.

De nuevo acorta versos sin puntuación gráfica con el propósito de resaltar una acción.

Innova con el punto y coma que hila descripciones, y alarga el final del poema, uniendo un enunciado a tres puntos, que cualquiera daría como final de un verso.

Tomo la muy interesante sección de los versos 14 al 18, como un gran ejemplo de un hueco poético, ya que esta parte está desfasada en espacio y tema con la concurrencia mágica anterior; a continuación transcrita:

 (…)

Figura cortante y esbelta, escapada

            de una asamblea de oblongos vitrales

            o de la redoma de un alquimista:

            (…)

Resalto que la sección mencionada, está flanqueada por dos puntos y un punto y coma. Lo que sin duda apoyan mi comentario sobre el sentido fuera de espacio y tema de la sección.

Como detalle quisquilloso, este es el primer lugar en que utiliza la palabra zozobra. Que sin duda será la significación que le dé a su encuentro con la mujer.

 (…)

            al ver, con zozobra,

            tus ojos nublados en una secuencia

            de Evangelio, (…)

 Para terminar tomaré de nuevo el tema del final de este poema, que como en “El piélago veleidoso”, ya anticipo que son muy característicos, al punto de ser abstractos a lo más, incluso desfasados completos de la composición primigenia de cada poema.

            (…) Como los dedos rosados

            de un párvulo para la torre baldía

            de naipes o de dados.

Se sabe que es la mujer, inocente, párvula, quien aniquila su filosofía petulante, pero también conciente de lo baldía que es aquella torre de conocimiento en que está expuesto el sumo saber del que alardea.

Por eso concluye que cae, los dedos rosados, tiran toda posible convicción en pensamiento.

Como anotación quisquillosa, creo que termina por colocar la palabra dados, únicamente para cerrar la doble rima tanto con dedos como con rosados.

De nuevo se olvidó del sentido del poema, para poder completar las injustas normas poéticas.

Tanto Ramón, como el que se considere el más grande poeta, serán primero humanos, estilos que deben criticarse, y deben saberse como nuca satisfactorios para todos.

Aunque si cumplen con el primer propósito de la poesía, que es perturbar, habrán de permanecer tranquilos en la eternidad.

 

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LÓPEZ VELARDE – IMAGEN PÚBLICA

 

 

¿Qué será lo que espero?

La presencia inmanente de Fuensanta, en “¿Qué será lo que espero?”, es innegable.

Ahora tenemos un recuerdo de momentos que quizá pasaron juntos.

Sabiendo que en las vacaciones Ramón regresaba a Jerez, y en ese aire vacacional, puede invocar al objeto de devoción, a veces mirándolo, escuchándolo, pero la mayor parte, seguramente, en ficciones y palabras, que pronto después se convertirán en poemas.

Tal vez, este poema sea, en la colección de “La Sangre Devota”, el más largo conservando el tono poético, ya que hay otros de mayor extensión que parecen narraciones en verso.

Aquí tenemos cinco estrofas. Todas ellas de metro variable, sobretodo sorprende la segunda, ya que es considerablemente amplia en comparación con las otras.

Repite la importancia de la rima en su composición, así como la manutención de tipo consonante, aunque experimenta en pares especiales la inclusión de rima asonante.

En puntuación el poeta no ha evolucionado, mantiene los puntos y comas que realmente evidencian las pausas.

Aunque lo que no sigue siendo muy acorde, es por qué termina versos que cortan idea con el sucesivo.

Ramón definía su búsqueda poética, como una búsqueda de quimeras.

Voces espectrales que recibía a susurros de la mujer, quién es la guía de su misticismo.

La frágil Fuensanta, y el recuerdo del terruño, hacen imperdible el camino al seno de la mujer, que tanto, y tan bien, inspiró al poeta.

Pero entre este mundo ficticio, hay un golpe de realidad, ya que el poeta se pregunta y en modo de tranquilidad, autosupone un par de posibilidades.

Toda la cuestión es si sus esperanzas, en realidad esperan algo de ella. O como sintetiza el título, ¿Qué será lo que espero?.

 Las suposiciones no son muy alentadoras.

           (…) Quizá el suspiro

            de tu propio existir; quizá la vaga

            anunciación penosa de tu rostro;

            la cadencia balsámica

            que eres tú misma, incienso y voz de armónium

            en la tarde llovida y encalmada…

            (…)

 Como vemos, está detallada la etereidad del ser perseguido. Al punto, como antes ya se dijo, de otorgarle matices de religiosidad suprema.

 (…)

            Si vas dentro de mí, como una inerme

            doncella por la zona devastada

            en que ruge el pecado, y si las fieras

            atónitas se echan cuando pasas;

            (…)

Los primeros dos versos de la sección anterior, denotan la eterna relación del pecado y lo purificador. La sencillez de la doncella al estar desarmada, pero aun así con la plena posibilidad de enclavar sanación en la zona que ruge el pecado.

Los últimos versos de la parte transcrita, quizá con un tono más bíblico.

Recuerdan el pasaje del profeta Daniel encerrado en la jaula con los leones a sus pies. O más perturbador aún, la escena del Apocalipsis en que la Virgen somete al demonio.

Definitivamente la mujer siempre fue una imagen para Velarde. Estuvo muy alejado de la experiencia real, de sobreponer la carne con la carne de ella.

De ahí que su erotismo sea prácticamente nulo.

Lo anterior no demerita su coordinación espiritual, y repito, el posicionamiento de la mujer terrenal, como un rehacimiento de la Asunción.

 (…)

            si mi voto es que vivas dentro de una

            virginidad perenne y aromática,

            (…)

Esto será porque la mujer siempre fue un recuerdo de lo que persiguió en el Seminario de Guadalupe.

(…)

            Y de ti y de la escuela

            pido el cristal, pido las notas llanas,

            (…)

No basta repetir que los finales de los poemas Velardeanos, siempre caen en el desconcierto.

Me aventuro a decir que le costaba bastante esfuerzo cerrar sus obras, o al menos en algunos de ellos se nota claramente.

 Este, aunque muestra un desfasamiento, agrada mucho la invocación vocal.

            (…)

            ¡ara mansa, ala diáfana, alma blanda,

            fragancia casta y ácida!

 En primera instancia recuerdan una letanía acompañada por el armónium mencionado.

 Lo cual remarca de manera increíble, la retentiva en la memoria religiosa/mujeril del poeta.

Sobretodo por la palabra ara, que la coloca como espacio noble de sacrificio.

 Un último apunte que hasta el momento había extraviado.

Es recurrente en los poemas de Velarde, el uso de las siguiente imágenes: naranjo, azahar, limón, cítrico, ácido en este caso, como escenario olfativo o visual del Paraíso.

De ahí que no sorprenda que la fragancia de Fuensanta, que emana del pecho, sea de limón, casta y ácida.

 

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LÓPEZ VELARDE – IMAGEN PÚBLICA

 

Y pensar que pudimos…

No puedo negar el placer que siento al leer este poema.

Sin duda no sólo es mi favorito de la recopilación en “La Sangre Devota”, sino también un ejemplo de diligencia y cariño del poeta mismo.

 Revisando un poco el taller de creación Velardeano, me encuentro con que “Y pensar que pudimos…” de 1916, tuvo su génesis con “Rumbo al olvido” de 1912.

Habrá que comentar de este primer ensayo, la manutención de versos completos, pero sobretodo, la eliminación de estrofas, que bien ahora, me parecen de más.

Así como decir, que prácticamente el poema en cuestión, se encuentra embebido en su totalidad, en el anterior.

Repito; la cuestión primaria poética fue eliminar lo que abruptamente ejecuta a la salida de la línea conductora.

Lo que no se puede discutir, es que el tema y sentimiento del olvido, del creer que pudieron ser algo más, o algo realmente, está presente y muy afianzado, para poder ser destilado posteriormente.

El poema cuenta con cuatro estrofas.

Las primeras tres, iguales en composición; pero la última con tres versos más.

La adición forzada de la mencionada última estrofa, se da en el cuatro verso con la inclusión de la conjunción copulativa “y”.

En lo personal disgrega la simetría y desequilibra notablemente el poema.

Situación realmente puesta por el gusto de la última frase, más que por la norma a que muchas veces se sometió el poeta.

Las últimas tres estrofas, inician con “Y pensar que pudimos”.

Lo que en realidad convierte al poema en un sinóptico del mismo sentimiento.

De manera análoga podríamos decir que es como si hubiese puesto la idea de lo perdido en el centro, y reflejarla en cuatro espejos.

En puntuación podemos resaltar que todas las estrofas terminan con tres puntos, lo que refuerza mi comentario sobre que cada una es en realidad sinóptica del olvido.

La vida amorosa de José Ramón Modesto López Velarde Berumen, siempre se suscitó en un plano ideal, fuera del mundo físico.

Quizá la estrofa más representativa de esto, es la primera.

 Y pensar que extraviamos

            la senda milagrosa

            en que se hubiera abierto

            nuestra ilusión, como perenne rosa…

            (…)

Sin duda es la expresión de una oportunidad perdida, de un recuerdo que por más que trate de soslayar, no podrá evitar la frustración de que tuvo en frente, el espacio y la persona, para poder:

(…), deslizarnos,

            valsando un vals sin fin, por el planeta…

            (…)

Como lo menciona en “El piélago veleidoso”, su vida se puede resumir en nostalgia y arraigo a la misma.

Poniendo seriamente el ejemplo de Velarde, creo que la única diferencia entre una persona que no escribe con la pasión que lo hace un poeta, no es la falta de experiencia o vida, sino simplemente el valor o el miedo, a no aceptar que somos solamente nostalgia y arraigo a ella.

Para no prefigurar los finales de los poemas de Velarde, habrá que decir que en este más que un desfasamiento, hay un capricho.

Sentía tan necesario y útil el colocar lo siguiente:

            (…) y en una suave

            conjunción de existencias,

            ver las cintilaciones del Zodíaco

            sobre la sombra de nuestras conciencias.

Habrá que decir, que parte de su revolución interna contra de la Iglesia Católica, se da por su afición a la Astrología, corriente bien sabida como condenada por el dogma católico.

Aún así, y como un pecador, el nacido bajo el signo de Géminis, según la carta, muy buen tiempo para el artista o el inventor, lanza un deseo subconsciente.

Existir bajo la luz de las cintilaciones del Zodíaco, aunque esto no parezca presente, sino más bien, como él siempre lo deseó, un sueño sin tiempo.

 

 

Bibliografía:

 

Ramón López Velarde, compilado por José Luis Martínez. (1994). Obras. México: Fondo de Cultura Económica.Serie de Literatura Moderna, Pensamiento y Acción.