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Delirios comunicativos I

El Principito y el zorro - Imagen pública
El Principito y el zorro – Imagen pública

por Andrea A. Rivas

Leyendo aquel fragmento de El Principito donde conoce al zorro, me encontré con que “Las palabras son la fuente de los malos entendidos.”, y recordé entonces uno de los principales delirios que me hacen la vida y que, además, me ha acompañado desde que puedo recordar.

Desde que tengo noción de las palabras, la lengua, y el lenguaje en general, me han parecido una cuestión fascinante y sobre todo, misteriosa. ¿De dónde salieron las palabras, quién decide que signifiquen tal o cual cosa y, en verdad todos entendemos lo mismo cuando escuchamos una palabra? Incluso más allá de esto, la percepción individual de la realidad me parece una cuestión sumamente inquietante: si un daltónico ve prácticamente iguales dos colores que para el resto son totalmente distintos, ¿quién dice que no hay mil millones de colores por ahí que los humanos somos incapaces de ver?

Cuando empecé a escribir la columna del día de hoy, intenté hacer un pequeño condensado explicando lo que es la lengua y por qué sabemos que no hay una relación directa entre palabra y objeto, sin embargo, mis colegas lingüistas ya lo saben y mis lectores de otras áreas, no estoy segura de que se sientan fascinados por toda la sarta de términos lingüísticos que planteé en las dos cuartillas que resumí la introducción de lo que quiero decir. Entonces me veo en la necesidad de contarles esto de una manera distinta y en más entregas de lo usual.

El sábado pasado empecé a dar clases. Tampoco voy a narrarles mi experiencia, y de hecho, no es de mi clase de la que voy a hablar. A mi amigo de palabras, corrector de textos y escuchador-compartidor de teorías sobre el universo, le tocó dar el tema de comunicación a su grupo; tema, cabe decir, que me vuelve loca. Y entonces me senté a escuchar como alguien con los mismos conceptos que yo, ideas similares e incluso palabras compartidas, daba una clase totalmente distinta a la que yo hubiera dado. La visión de dos personas que se encuentran dentro de un mismo universo y que comparten toda una serie de conocimientos previos y experiencias similares, incluso, siendo cercana, a veces parece abismal.

Comunicación fallida - Imagen pública
Comunicación fallida – Imagen pública

Y entonces regreso a El Principito. “Las palabras son la fuente de los malos entendidos”. En algún momento de mi vida creí que entre más palabras conociera y adoptara para mi léxico, mejor me daría a entender con las personas. Hoy no tengo idea. A veces pienso que entre más palabras conozco, aprehendo más conceptos, y mi visión del mundo no me permite comunicarme ni a mí misma mis ideas. Otras veces me parece que no es suficiente desmembrar y saber todos los diccionarios del español, sino también del inglés, del francés y todas las lenguas de la Tierra para tener un esbozo de lo que es el mundo. Las palabras nunca significan lo mismo, porque más allá de los conceptos, les damos una carga emotiva, las contextualizamos y creamos un caos en torno a ellas.

Pasa a veces que leo un libro y entiendo cierta situación, cierta palabra como nada, como lo que es en un diccionario. Y meses más tarde leo el mismo capítulo del mismo libro y es como leer una cosa totalmente distinta, otra historia, otra realidad. Las palabras y su disposición son las mismas, pero yo no. Mi mundo ha cambiado, mi concepto de las palabras también. Entonces nuestro mundo y realidad cambia y se re-hace todo el tiempo ¿o sólo soy yo? El hombre, finalmente, aprehende su realidad mediante las palabras. Así la crea y la re-crea.

Entonces, bicho-lectores, con el afán de ir poco a poco abriendo esta complejísima brecha comunicativa y darme a entender o entenderme para ustedes, la semana que entra, iré fragmentando todas estas preguntas e ideas, les contaré las bases de mis delirios y mi visión de esta etérea visión del mundo que tengo entre los dedos.

Les dejo un pequeño adelanto:

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¿Y Si…?

MUJER CHATEANDO-IMAGEN PÚBLICA
MUJER CHATEANDO-IMAGEN PÚBLICA

Por María Mañogil

Ayer estuve hablando con una amiga a través de una red social, ya que no vivimos en la misma ciudad y la única forma que tenemos para comunicarnos es ésta. Compartimos experiencias, ideas, pensamientos…y también le pedí su opinión sobre un tema. En varias ocasiones, durante la conversación, me preguntó si la entendía y si se explicaba bien.

Esa es una buena pregunta cuando se habla a través de una pantalla de ordenador. Las palabras no suenan igual precisamente porque no se oyen, tan sólo se ven escritas y eso puede dar lugar a interpretaciones distintas al mensaje que se desea transmitir a través de ellas.

Éste es el problema que surge siempre cuando utilizamos el lenguaje escrito, y no me refiero a cuando leemos un libro, ahí todo es más fácil; el escritor se encarga de adornar su escritura con diversos detalles que nos ayudan a situarnos en el lugar, la época y las circunstancias de la historia que quiere contar. Eso no pasa con los mensajes de texto, ya sean a través de whatsapp o de cualquier otro medio y es que en ellos no utilizamos más que una serie de símbolos o frases cortas, que casualmente suelen ser siempre las mismas en todas las conversaciones, haciendo de nuestro lenguaje un lenguaje frío, impersonal y que más se asemeja a un telegrama que a una conversación en toda regla.

Con el teléfono pasa algo parecido. Escuchamos la voz de la otra persona unas milésimas de segundo después de que haya hablado, un espacio de tiempo imperceptible y que ayuda a alimentar el engaño de la “comunicación sin caras”. La comunicación entre dos personas, la auténtica, no se basa sólo en palabras, también en gestos.

Es verdad que las personas invidentes no disponen del sentido para detectar estos gestos, pero sí poseen otros, más desarrollados que los nuestros, que les hace poder entender, no sólo escuchar. Porque escuchar sin entender no es comunicarse y para poder entender a alguien es necesario saber ver más allá de las palabras que salen de su boca. Mirarse a los ojos, tocarse las manos o cualquier otro gesto que tenga lugar entre dos personas que estén conversando tendrá siempre más significado que todas las palabras que sean capaces de decirse durante el tiempo que dure la conversación. Las palabras engañan, los gestos no. Las palabras se pueden entender mal; un abrazo, una lágrima o una sonrisa en un momento determinado, es capaz de cambiar todo el sentido de una frase pronunciada, desde donde las palabras no son más que el medio para explicar un sentimiento y los sentimientos no siempre son explicables.

Todos estamos hechos de emociones y cada uno de nuestros instantes está guiado por una emoción. Intentar ponerle nombre a esa emoción es algo realmente peligroso porque nadie puede sentirla más que nosotros mismos e intentar explicarla a otros supone aceptar que corremos el riesgo de no ser entendidos. Si lo hacemos a través de un teléfono o (peor aún) a través de un mensaje de texto, nuestras emociones se pueden perder en el trayecto y a la  persona que nos escucha, no le llegarán más que palabras. Palabras que pueden ser ciertas o no.

Si pudiéramos siempre verles la cara a los demás o tocarles o escuchar con precisión el tono de su voz en cada momento cuando nos están hablando, sería mucho más fácil no equivocarnos al interpretar lo que nos dicen.

MUJER FRENTE A COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA
MUJER FRENTE A COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA

Cuando hablamos no estamos conversando. Podemos hablar solos o soltar una palabra como “joder” en un momento de enfado o de sorpresa y no dejará de ser nada más que una expresión, sin embargo, conversar significa mucho más que darle a la lengua y en ello están implicados todos nuestros sentidos, incluso los que no conocemos.

Si pudiéramos escucharnos a nosotros mismos tal y como nos escuchan los demás, nos daríamos cuenta que más de la mitad de lo que decimos no es lo que sentimos en realidad, que la mayoría de palabras que utilizamos sobran y que nos faltan otras que todavía no se han inventado.

Si pudiéramos vernos como nos ve la persona que nos escucha, comprenderíamos el motivo de muchos enfados y podríamos evitar el inicio de muchas discusiones innecesarias. Escuchar o leer lo que nos dice otro no nos asegura que lo estemos entendiendo porque quizás lo que leemos o escuchamos no corresponde a la emoción que quiere mostrar  (u ocultar). Cuando hablamos cara a cara con alguien es más difícil equivocarnos. Mirar a los ojos de la persona con la que conversamos no sólo es un gesto de “buena educación “que demuestra interés, también es una buena manera de decirle que no le vamos a engañar y que puede confiar en nosotros. Es por eso que nunca me ha gustado conversar con alguien mientras oculta su mirada tras unas gafas de sol (a menos que en verdad tenga el sol en frente y le deslumbre), ya que pienso que se está escondiendo o protegiéndose de mí.

Muchas discusiones empiezan en la sombra y mucho más en estos tiempos en los que la tecnología se ha convertido en parte de nuestras vidas. No nos queda más remedio cuando se trata de personas que viven lejos, pero ¿y las que tenemos cerca?, ¿y si en vez de discutir con ellas por teléfono o por whatsapp nos acercáramos hasta su casa y habláramos con ellas de frente, expresando con claridad todo lo que sentimos y explicando el motivo de nuestro enfado mirándoles a los ojos? Estoy segura de que la mayoría de las veces que hiciéramos eso evitaríamos discutir y, en caso de hacerlo, la discusión sería real y nos alejaríamos de esas personas con la certeza de que hemos dicho y oído todo cuanto debíamos sin escondernos.

ROMPIENDO LA COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA
ROMPIENDO LA COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA

Tampoco se trata de ir a buscar a alguien para iniciar una pelea, física o verbal (eso sólo lo hacen los idiotas) y en este caso sí sería mejor hablar por teléfono para evitar conflictos, pero dos personas con la madurez suficiente para comunicarse deberían ser capaces de hacerlo de una manera natural, ¿y qué hay más natural que hablar cara a cara? 

Nos hemos acostumbrado a contarle nuestros cosas más íntimas a un ordenador, a expresar lo que sentimos moviendo los dedos sobre un teclado y nos hemos olvidado un poco de lo que es el contacto visual, el olor, el tacto  y todas esas sensaciones que tenemos al estar cerca de los demás y que nos producen placer, como puede ser una sonrisa, una caricia o un beso.

¿Cuántas veces el gesto de una persona nos ha hecho darnos cuenta de lo equivocados que estábamos con respecto a ella?, ¿a alguien no le ha pasado esto alguna vez?, ¿y si la persona que nos está levantando la voz y que nos empieza a caer mal sin conocerla está a la vez sonriendo y resulta que esa es su manera de hablar? Si no pudiéramos ver esa sonrisa en su rostro pensaríamos que está enfadada con nosotros y quizás no lo esté. Las apariencias engañan y más cuando no queremos ver más que lo que miramos.

Más allá del horizonte que contemplamos a lo lejos hay más mundo; las personas también tienen un horizonte y más allá de él hay más sentimientos, además de los que muestran. Sólo hay que querer verlos.

Si antes de juzgar a alguien por algo que nos ha dicho, analizáramos la situación (su situación) y nos pusiéramos por un momento en su lugar, descubriríamos que no es tan diferente a nosotros y que su manera de actuar no es tan distinta a la nuestra en circunstancias similares. Pero no lo hacemos y eso nos lleva a enfadarnos con los demás, cuando en realidad con quien deberíamos enfadarnos es con nosotros mismos.

El rencor también es otro de los atenuantes que hacen que las relaciones entre las personas  se rompan. La falta de capacidad para perdonar los errores (o lo que nosotros creemos que son errores) de los demás, nos convierte en jueces y verdugos y nos obliga a estancarnos en el pasado, de tal forma que, a veces ni siquiera somos capaces de recordar el motivo por el que empezamos a sentir ese rencor. En la mayoría de casos no será un motivo tan grave como el sufrimiento que causamos y nos causamos al no saber perdonar.

El rencor sólo sirve para alimentar a un monstruo invisible que sólo vive en nuestro interior. Deberíamos tener más memoria cuando se trata de recordar lo bueno que hacen los demás por nosotros, pero por desgracia, esto último lo olvidamos rápido.

¿Cuántas personas habrán pasado por nuestra vida sin dejar rastro porque la primera impresión que tuvimos de ellas no fue la mejor?, ¿y si esas personas tenían mucho que ofrecernos y no les dimos la oportunidad de hacerlo?, ¿y si en el momento en que las conocimos tenían algún problema y no pudimos ver cómo eran en su interior?, ¿y si las personas de las que ahora desconfiamos son las que más se preocupan por nosotros?

CHARLA DE CAFÉ-IMAGEN PÚBLICA
CHARLA DE CAFÉ-IMAGEN PÚBLICA

Yo he aprendido hace poco a hacerme esta pregunta: ¿y si? Hace unos meses me  limitaba a ver lo que mis ojos me enseñaban y a creer en lo que me decían como si el sentido de la vista y el del oído fueran los únicos que poseo, hasta que descubrí que lo que de verdad debo creer es lo que me dicen todos los sentidos a la vez, incluido ese sentido que todos tenemos y que nos hace sentir cosas que nadie es capaz de percibir.

Ahora, cada vez que siento que alguien me ha defraudado o que no está haciendo lo correcto, me hago esa pregunta y siempre encuentro mil respuestas a ella. Es imposible adivinar lo que otros piensan mediante suposiciones, pero tampoco es necesario hacerlo. Se puede imaginar y todo lo que se imagina se puede soñar y todo lo que se sueña puede ser real. Igual de real que una mirada, una sonrisa o un beso.

Cuando algo se siente hay que expresarlo, pero no necesariamente tiene que ser expresado en palabras, ya que las palabras no lo dicen todo. La mejor manera de hacerlo es dejar que todo fluya, sin forzarlo, pero también sin ocultarlo.

Deberíamos empezar a romper las barreras que nos apartan de los demás y eso sólo lo podemos hacer eliminando las palabras que sobran y mirándonos a los ojos. Hablando menos y escuchando más, pero no con los oídos, sino con el corazón. Al fin y al cabo los sentimientos nos salen de algún rincón que desconocemos y todos tenemos rincones sin explorar. Dejemos que los exploren y olvidemos las tonterías y los prejuicios, que esos no nos van a dar la felicidad y la próxima vez que dudemos de alguien, que nos enfademos con alguien o que queramos decirle algo a alguien, si la distancia nos lo permite, que no sea a través de un  ordenador ni de un teléfono, que los cables y el wi-fi no son  buenos consejeros para el amor y la amistad y, aunque es cierto que muchas relaciones nacen de esa manera, también están expuestas a morir del mismo modo.