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Hablando de mujeres…

Irene Adler, en Sherlock - Imagen pública
Irene Adler, en Sherlock – Imagen pública

por Andrea Rivas

Mirando Sherlock, la serie británica basada en los trabajos de Arthur Conan Doyle, me encontré sumamente contrariada por la adaptación realizada al personaje de La Mujer. La Irene Adler contemporánea refleja, en mi opinión, el estereotipo de mujer perfecta sobre el cual las mujeres nos vemos reflejadas [opacadas].

Inteligente como la de Conan Doyle, sí, misteriosa, aparentemente accesible, con una sonrisa siempre, sensual, ah…, terreno complicado. Irene Adler, la mujer que le hace frente al gran Sherlock Holmes, no puede ser una gordita de mente prodigiosa, no. La mujer que representa el ideal, es una mujer que descubre los secretos de los hombres más poderosos de la tierra quitándose la ropa. Así de fácil la tenemos. La puerta al éxito: naked time.

Lo primero que vino a mi mente fue que, según los tantísimos personajes ficticios, los estándares opinan que una mujer, sin importar su grado de inteligencia, no puede superar a un hombre, ganar la partida, si no es por medio de su cuerpo.

Inicialmente lo taché como algo denigrante, claro. ¿Es el único modo? ¿Importan acaso las horas de estudio, la astucia, la inteligencia superior, si las tetas no son suficientemente grandes y la falda suficientemente corta? Sin embargo, ¿qué vemos aquí? ¿Es el hombre un ser tan primitivo, tan imbécil que para vencerlo sólo es necesario quitarse la ropa? Porque Irene Adler es capaz de conseguir cualquier secreto extra-secreto y ultra-confidencial con su trabajo de dominatriz…

Irene Adler, en Sherlock - Imagen pública
Irene Adler, en Sherlock – Imagen pública

La imagen de la mujer es sumamente controvertida -de más está afirmarlo-, y últimamente he encontrado miles de ejemplos de esto. ¿Han visto en Youtube aquel comercial de toallas sanitarias..? A varios actores se les pide que realicen diversas acciones “como niña”, “corre como niña”, les dicen. E incluso las mujeres responden corriendo de ese modo que ya conocemos, dando saltitos y agitando las manos de manera ridícula. Más tarde un niño admite que decir “como niña” es, definitivamente, un insulto.

La figura de la mujer delicada ha sido mancillada de tal manera que el estereotipo ahora resulta a favor de la mujer “ruda”, independiente, autosuficiente que sabe valerse por sí misma, que piensa, que opina, que no se calla y no se deja, y se muestra siempre detrás de una mirada inteligente y segura. Y de un cuerpo que siga haciéndole el favor a los hombres. Porque esas campañas en contra del bullying a las mujeres imperfectas, esas páginas como Suicide Girls que rezan consignas como “What some people think makes us strange or weird we think is what makes us beautiful” y que podrían hacernos creer que, en verdad está haciéndose real el hecho de romper con los estereotipos de la mujer ideal, en realidad sólo están poniendo nuevos estereotipos: el de la mujer que he mencionado antes, ésa que sabe ser agresiva y que parece autosuficiente, pero que sigue dispuesta y con los brazos -y piernas- abiertos a cualquiera que admire su “verdadera” belleza.

“Me gustan las mujeres fuertes e independientes. Las mujeres que, a pesar de su fortaleza, no pierden nunca su feminidad y no utilizan su belleza como instrumento”, dice Mario Testino, uno de los más importantes fotógrafos de modas.

Por supuesto que a Testino no le gusta que las mujeres usen su belleza como instrumento, porque en ese caso tendríamos miles de casos como el de Irene Adler, mujeres usando su cuerpo para destruir al hombre. -Con las que hay, basta y sobra-. Mejor puede él, Testino, junto con toda la industria de la moda, usar la belleza de las mujeres para continuar con un maravilloso aparato capitalista. Mejor él a ellas, claro.

Belleza, por cierto, contaminada terriblemente por las mismas empresas empeñadas en vendernos, a nosotras, vanidosas, ocho millones de cosas para hacernos más bellas, más delgadas, más atractivas, más… bah. ¿Han visto las fotografías de Jennifer Lawrence sin photoshop? ¿A quién engañan? Es novecientas veces más guapa sin esas costillas inventadas. La cosa es que nos han convencido de ser rudas, y además enseñar las costillas. Suficientemente listas, pero no tanto como para ganarle a Sherlock sin quitarnos la ropa.

Cigarette holder 1961 - Imagen pública
Cigarette holder 1961 – Imagen pública

Podría explorar el tema hasta el fin de los tiempos, quejarme de las injusticias contra la mujer, del abuso de la imagen agresiva que no le va a todas -a algunas les gusta ser rosas y qué le vamos a hacer-, lo absurdo de quejarse sólo del estereotipo femenino y no hablar del masculino, y concluir diciendo que lo importante es ser uno mismo. Pero seamos realistas, a estas alturas del juego, ¿qué es ser uno mismo? Si hubiésemos nacido en 1800, ¿en serio seríamos tan “rudas”? Quién sabe de qué modo nos configura el mundo y hasta dónde nos dejamos configurar. La invitación es la misma de cada semana: reconfigurar lo que nos envuelve. Frente a las imágenes, frente al maquillaje, frente a aquellas playeritas de Jack Daniels que gritan que somos mujeres y también sabemos tomar whiskey -it’s not scotch, it’s not bourbon, it’s Jack- y frente al universo entero que nos dice qué somos, cómo debemos actuar y a dónde debemos ir, tengamos la capacidad de decir sí quiero, me encanta ese esmalte chillón o no, no lo haré, no voy a maquillarme así; pero más allá, mucho más allá, hay un universo de significados que desmembrar y rehacer para asir lo que sea que queramos interpretar como femenino antes de levantar la cara y decir “soy una mujer” o exclamar “no, no quiero serlo, al carajo con esto…

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