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Las imágenes que somos: sobre reGeneration3 en Museo Amparo

por José Luis Dávila

Las imágenes que somos están siempre atravesadas por la experiencia de los otros. Cada paso que damos es un click más del obturador, es una toma diferente de aquello que nos constituye. Estamos, pues, construidos de un collage armado por las miradas de los otros, incluso cuando estamos frente al espejo, porque recordemos que nosotros mismos también somos otro.

Es en esta construcción social que se inscribe la idea rectora de la nueva exposición del Museo Amparo, reGeneration³, la cual es una indagación sobre las formas en que nos representamos, las formas en que los sujetos se ven compuestos por imágenes de sí mismos y de sus contextos, imágenes intervenidas por todo lo que está fuera de ellos pero a la vez dentro, tan dentro que no se dan cuenta. Todas las obras expuestas manifiestan, entre otras cosas, los arquetipos que nos atraviesan históricamente y que están impregnados en nuestra piel, en nuestras costumbres.

Organizada por el Musée de l’Elysée, reGeneration³ es un esfuerzo por dar cuenta del trabajo de artistas jóvenes que plasman preocupaciones de actualidad por medio de diferentes usos de la imagen y sus procesos, tanto artísticos como sociales. De este modo, la muestra crea un recorrido por la idea de la transcripción y re-escritura de aquello que se encuentra dentro de la realidad y pasa por la lente de la cámara.

Esta exposición es, sin duda, una de las más importantes que se verán en Puebla durante este año y el primer bimestre del 2016, y que debe ser visitada más de una vez para poder apreciarla en su totalidad.

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Memes

Chichis pá la banda - Imagen pública
Chichis pá la banda – Imagen pública

Si la cultura existe, es porque existen pueblos que la van creando desde su propia cotidianidad, ya sea para mantenerse, para recrearse o innovarse de acuerdo a los cambiantes condicionamientos de la historia

Luis Fernando Botero

por Carolina Vargas

Han sido días fríos, medio locos, abundantes en recalentado, colmados de interminables listas sobre lo mejor y lo peor del año, como si haberlas padecido no fuera motivo suficiente. Se acabó un ciclo, comenzó otro así sucede desde que tenemos memoria y así seguirá y seguirá y seguirá…el eterno retorno, el equilibrio perfecto entre el cambio y la permanencia.

Un mundo surge, otro acaba y es precisamente desde que tuvimos conciencia del ello, el hombre ha ido modificando su entorno y ha buscado desde su cotidianidad plasmar esa transformación, generando formas de comunicación para expresarse. La cultura no es más que una respuesta dialéctica de la vida. La cultura vista como producción humana posibilita un acercamiento mucho más vital a los seres concretos que la generan.

Si bien es cierto que también somos depredadores, el instinto de supervivencia siempre nos hace ir hacia adelante. Es parte de nuestra naturaleza innovar, crear y construir. Vivimos dentro de un círculo creativo y para muestra un botón: la revolución digital, esto sólo por nombrar el caso más cotidiano. Es el ejemplo perfecto de cómo hemos ido cambiando al crear cosas nuevas que para bien o para mal modifican nuestro comportamiento, la manera en la que nos relacionamos y hasta la forma en la que percibimos el mundo; por esta razón la cultura siempre se nutre de la vida que le permite crear elementos simbólicos, entonces hablamos de algo que está en un cambio constante y que muchas veces es imperceptible.

Did you hear that? - Imagen pública
Did you hear that? – Imagen pública

La revolución tecnológica modificó nuestra forma de comunicarnos, nuestras capacidades creativas y las maneras de acceder, difundir y apropiarse de la información; pese a que en este momento no podemos hablar de una cibercultura democrática –es decir, al alcance de todos–, esta ha influido en la generación de ideas políticas, económicas y, por supuesto, sociales. Se ha creado todo un lenguaje en torno a ella y también ha sido un cambio dramático en la forma de cómo interactuamos, desde un simple mensaje de texto hasta una videollamada, las formas de conectarnos, el orden social, el lenguaje, nuestra relación con el medio ambiente, jamás volverán a ser la mismas.

La enajenación que va de la mano con todos estos avances ha marcado los primeros años del siglo XXI. Cada día nos cuesta más trabajo relacionarnos con otras personas sin pantallas ni teclas de por medio. Estamos expuestos a múltiples estímulos de carga audiovisual que enriquecen o adornan el lenguaje, dotándolo de nuevas interpretaciones. Pero toda esta revolución se gestó desde muchos años atrás y lógicamente al igual que el hombre han estado en constante movimiento. Desde 1976, Richard Dawkins desarrolló una hipótesis sobre la transmisión cultural a la que llamó “hipótesis memética de transmisión cultural” en su libro The Selfish Gene (El Gen Egoísta), acuñando el término “meme” y haciendo una analogía con los transmisores de la información genética, siendo definidos como unidades teóricas de información cultural, o la base mental de la misma. Como ya expuse, la cultura es producto de una construcción humana, así Dawkins plantea que hay rasgos de ella que se replican, por lo tanto los memes –en la hipótesis de Dawkins– se agrupan e incrementan las nuevas adquisiciones culturales dando como resultados un subproducto de las mismas.

Luis Miguel - Imagen pública
Luis Miguel – Imagen pública

Por naturaleza, los memes, como de cualquier otra manifestación de la cultura, evolucionan. El día de hoy tenemos memes informáticos, producto de la revolución tecnológica: una idea, concepto, expresión acompañado de apoyo audiovisual –imagen, video, sonido- que se difunden a través de internet de forma viral. Los hay de todos tipos y son usados como estrategias de marketing, bromas o mensajes muy concretos.

Si bien es cierto que a mucha gente no le gustan, el uso de memes informáticos cada día es más común, quizá porque las imágenes ya no son suficientes y el peso de las palabras siempre será determinante en nuestra forma de comunicarnos. El meme no es sólo un dicho adornado con imágenes, es el sincretismo de todo un bagaje cultural, una idea nutrida de muchísimas experiencias que da como resultado una idea/imagen muy concreta, incisiva, mordaz, y en muchos casos graciosa.

The orginal stimulus - Imagen pública
The orginal stimulus – Imagen pública

La cultura evoluciona, sus manifestaciones cambian, no olvidemos que muchas de las imágenes que acompañan a los memes las conocíamos desde antes y ahora tienen una interpretación distinta, porque así es el mundo y el hombre en su afán de crear siempre buscará nuevas formas para interpretarlo. No defiendo ni repruebo estas manifestaciones, pero algo sí es cierto: no será la última transformación que sufrirá nuestra forma de expresarnos. Los memes llegaron, no sé si para quedarse pero sí para influirnos y si no me creen, al cierre de esta columna sigo esperando impaciente el dictamen de la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) sobre el término más importante en español del año 2013, pues está “meme” entre los candidatos a competir. Suertea sus favoritos y que gane el mejor.

Mi propia, privada, Alejandría

Lisboa - Imagen pública
Lisboa – Imagen pública

por Jorge Arturo Soria

Algún aforismo previo que me viene a la mente: de destrucciones y construcciones está hecha la historia. La pública, sí, pero esencialmente aquel relato de los intersticios que es la vida privada. Reviso algunos artículos sobre el Terremoto de Lisboa de 1755 porque aquí me trajo la casualidad. Recuerdo. Para el viajero que se sienta a leer en el puerto, frente a la Praça do Comércio, resulta difícil y terrible imaginar, en medio de la serenidad de una tarde acompasada por el tintineo del tranvía, la potencia de las aguas oceánicas replegándose hacia el interior y dejando al descubierto, bajo la profundidad, los restos de naufragios y cargas perdidas, seguramente en los siglos de los grandes descubrimientos, mientras Lisboa se desmoronaba sobre sus siete colinas, como una mujer que muere de fiebre entre siete almohadas perfectamente inútiles para su salvación. Y con Lisboa se desmoronaban los palacios manuelinos, y los conventos, y el Terreiro do Paço se venía abajo con sus pinturas y sus azulejos y su inmensa biblioteca que ya nunca, nunca volverá (Lisboa, antigua y señorial, a ser morada feudal, a tu esplendor real…).

Me gusta la imagen y me conmueve: tesoros y naufragios salen a la superficie, pero su revelación en medio del terremoto no es un prodigio sino una imagen de horror, aunque, ¿quién ha dicho que el prodigio no es, no digamos también horror, sino necesariamente horroroso? Mientras pienso estas cosas, como un barco ebrio que busca alguna dirección, coloco frente a mis ojos el mapa de Lisboa en el Civitates Orbis Terrarum de 1572, y publicado nuevamente por Taschen en una preciosa edición con estuche para gente frívola como yo, que hojea sus libros nuevos con guantes y cubrebocas para no ensuciarlos. Nada hay de aquella Lisboa que pueda mirarse ahora desde el teleférico. Aquella Lisboa se ha ido y no volverá, su añoranza es la saudade que, me aventuro a pensar, vino por primera vez incrustada en los maremotos que acabaron de destruir la ciudad luego de los incendios, de las réplicas sísmicas y del horror, por supuesto, porque el miedo destruye tanto más que cualquier desastre natural, quizá porque en sí mismo, el horror es un cataclismo. Y sin embargo, quedó algo de aquella Lisboa en un mapa antiguo, y en los libros, que guardan la memoria de otros libros y otros textos no precisamente librescos, como las pinturas de Tiziano en el palacio de los reyes lusos, que ya sólo puede uno imaginar, de noche, por supuesto, antes de dormir, si le da la gana, en esas horas que no se destinan sino para pensar en los hubieras, en lo que podrá ser, en lo que se ha ido.  

Horror. Destrucción. Incendio. Biblioteca. Lentamente se desgranan las palabras, el barco parece tener alguna dirección, pero antes de atracar en mi puerto se asoma al puerto de Alejandría. Así es la mente de vez en cuando: viajando sola corre el riesgo de llegar a lugares insospechados. Pienso en nuestro cerebro como un orbe astral laberínticamente arrugado, donde cada neurona es una ciudad y una estrella.  A veces, esas ciudades no tienen nombres que alguien fuera de nosotros pueda reconocer. Y, a veces, las ciudades de nuestro cerebro tienen el mismo nombre de las ciudades terrestres, aunque de esas veces, unas no son exactamente las mismas ciudades, y otras sí.

Oscuridad craneal. Oscuridad nocturna. Sinapsis. Luz. Mediterráneo. Faro.

Alejandría - Imagen pública
Alejandría – Imagen pública

Entre los tesoros que la humanidad perdió sin disculpa alguna, están, por supuesto, los códices mesoamericanos que quemaron los españoles, muchos de ellos en el Auto de Fe de Maní de 1580 (había que decirlo antes, por el puro hábito gustoso de destruir el eurocentrismo, aunque por cierto las presentes divagaciones pecan de eso mismo) y también, cómo no, la Biblioteca de Alejandría. Y con esto que digo hagamos de cuenta que los que se escandalizaban de la brutalidad de un dictador que quemó una Biblioteca para asegurarse una ciudad, volvieron a repetir lo mismo con los Otros. Y al hacerlo a los Otros, se lo hicieron a sí mismos. Aforismo: la historia es una repetición, en lo público y lo privado, de la destrucción de la memoria.   

Se dice que, entre los tesoros perdidos en la Biblioteca, estaban las Pinakes de Calímaco de Cirene, un catálogo comentado de todas las obras contenidas en la institución erudita que, técnicamente, estaba conformada por dos Bibliotecas: la principal de las cuáles fue destruida por el incendio involuntario de Julio César, y la segunda, la del Templo de Serapis, lentamente corroída por las guerras de religión y el espolio y las ventas oportunistas  (podríamos hacer una teoría de la destrucción de las Bibliotecas: las bibliotecas que, por ejemplo, acaban malbaratadas en alguna librería de viejo en la 4 Norte, o en el bazar de algún mercachifles en Jerusalén, que para el caso es lo mismo, y el otro gran conjunto que es alimento de flamas, por accidente, o por infame e inflamable consciencia de sus agentes, como las grandes bibliotecas de Mesoamérica, o las destruidas por el emperador Qin Shing Huan en China, para eternizar su memoria sobre el olvido de sus antecesores, aunque en realidad perpetuaba la disolución de su imperio, y la de su propio cerebro bebiendo mercurio y quemando libros).

Pinakes, tablas, es una palabra con connotación más bien pictórica (recordemos que la pintura en la antigüedad era sobre tabla, cual los retratos de El Fayum) pero Calímaco tuvo la virtud original de trasladar la metáfora pictórica hacia el comentario textual: hablar de libros, creaba, al mismo tiempo, una imagen de los libros. Su catálogo razonado de la Biblioteca de Alejandría era, pues, al mismo tiempo, una galería imaginaria de pinturas al temple. Y, sin embargo, ni el catálogo sobrevivió. Si tan sólo hubiese sobrevivido el catálogo-galería.

Biblioteca de Alejandría - Imagen pública
Biblioteca de Alejandría – Imagen pública

Estas cosas tontas me atormentan de vez en cuando, porque en el fondo, me atormentan algunas más íntimas.

Cuando tenía quince años, escribí doscientos poemas para un amor prohibido, porque todo amor no correspondido es, casi siempre, un amor prohibido. Eran, seguramente, poemas de mala factura pero constituían mi hilo de Ariadna en uno de los descubrimientos fundamentales de la vida adulta: el deseo. Testimonio y cartografía de la intimidad, nuestros diarios, poemas y malos cuentos son, casi siempre, los evangelios que relatan eso que percibimos como el milagro de estar.

Y, sin embargo, cuando mis poemas fueron descubiertos, decidí destruirlos. Uno, a uno, a los impresos los hice pasto de llamas, y a los virtuales, alimento para la papelera de reciclaje. No sobrevivió ni la lista. Recuerdo los temas de algunos, los mejores tal vez, que nada tenían de erótico: la descripción de un retrato de Mariana de Austria pintado por Velázquez, una imitación de Carmina Burana utilizando como referencias las tabernas de aquella primera juventud, uno que describía el Concierto de Aranjuez, un par de reseñas de los libros comprados en aquel tiempo y que ahora probablemente no tengo. Satisfecho entonces, ahora me remuerde la pérdida, ¿qué sentía aquél que fui? Y, sobre todo, ¿cómo lo sentía?

Biblioteca íntima - Imagen pública
Biblioteca íntima – Imagen pública

Uno reproduce en la vida íntima los grandes acontecimientos del mundo, que son grandes precisamente porque quienes los vivieron en la intimidad, luego, por azar, se han vuelto ilustres. O bien lo eran mientras vivían. Entretanto, escribo de vez en cuando las Pinakes de mi incipiente biblioteca actual, en espera de hallazgos para después, o pinto, si es posible, imágenes que me asaltan de pronto: imágenes absurdas, por ejemplo, como las de dos ciudades dispares que se vuelven una sola en la memoria. La Lisboa que conozco, reconstruida en su destrucción, restituida en los libros y las pinturas perdidas en un terremoto cuyo primigenio horror conozco del mismo modo; y la Alejandría que no conozco, pero que añoro, porque todos hemos perdido bibliotecas preciosas, las que juntamos en bazares de libros pacientemente, o las que escribimos y de las que luego abjuramos, por los cataclismos personales que son el pudor y el miedo. Nuestras propias, privadas, Alejandrías.