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Liquidación: Imre Kertész

Imre Kertész-Imagen Pública
Imre Kertész-Imagen Pública

por Emanuel Bravo Gutiérrez

El descubrimiento de Auschwitz supuso para el mundo plantearse una de las grandes interrogantes sobre el progreso del hombre. No sólo violentó la forma en la cual concebía la idea del hombre, sino también de la misma idea de humanidad. Se hicieron grandes preguntas, preguntas solemnes y llenas de tragedia, “¿se puede seguir escribiendo poesía después de Auschwitz?”, quizá una de las más sonadas.

Michel Houellebecq afirma que sí se puede. Imre Kertézs en su novela “Liquidación” ayuda a comprender con más detenimiento esta afirmación y nos ayuda a dimensionar el precio que hay que pagar para seguir escribiendo después de Auschwitz.  La trama de su novela gira sobre varios ejes, el primero el de Keseru, un editor cuya editorial va en bancarrota. El suicidio de uno de sus escritores más importantes: B, le ha dado la oportunidad de buscar en medio de los despojos, manuscritos lo suficientemente interesantes para ser publicados.

La búsqueda  llevará a Keseru a indagar en el pasado de B, puesto que su nombre nos veda Imre constantemente. B es un niño de Auschwitz, un hijo de judíos húngaros que vivió uno de los episodios más oscuros de la historia de la Humanidad. Sin embargo, Auschwitz ronda el libro más como una sombra que como un escenario, es un pasado al que siempre se vuelve, al que se alude con palabras envueltas en enigmas.

Imre Kertész-Imagen Pública
Imre Kertész-Imagen Pública

No sólo la voz de Keseru y de B se encuentran explícitas en la novela, también la de otros personajes, oscuros al principio. La obra es un mosaico de  voces y también de estilos, pasa de la forma narrativa a la teatral y al verso libre:

“Es fácil morir

La vida es un gran campo de concentración

Instalado por Dios en la Tierra para los hombres

Y éstos lo desarrollaron para convertirlo

En un campo de exterminio para los hombres

Suicidarse es tanto como

Engañar a los vigilantes

Huir desertar dejar con un palmo de narices

A quienes se quedan” (pág. 77)

Es difícil resumir satisfactoriamente una obra tan profunda y pluridimensional, tan diversa en estilos, en géneros, en voces, en miradas, en tiempos. Pese a ello es fácil de leer, no resulta agotadora para el lector.

No se construye  una efigie a los desamparados, no hay sentimentalismo excesivo, no cae en el kitsch edulcorado que se nos presenta habitualmente cuando se habla del Holocausto judío. Las sombras se ciernen en el libro por medio de la tragedia de B, de sus días desolados, de sus amantes, de sus encuentros constantes con la locura sin llegar nunca al patetismo, aquí radica el talento de Kertész.

Imre Kertész-Imagen Pública
Imre Kertész-Imagen Pública

Imre Kertész, de nacionalidad húngara, ganó el premio Nobel de Literatura en el año de 2002 «por una redacción que confirma la experiencia frágil del individuo contra la arbitrariedad bárbara de la Historia». “Liquidación” es una obra que ejemplifica claramente este punto, así como en otras novelas, la más famosa y llevada al cine es: “Sin destino”. Su experiencia en Auschwitz a la edad de catorce años lo marcó para toda la vida, pero nos muestra que realmente es posible escribir después de los campos de concentración, aunque cada palabra, cada frase y cada párrafo no sean más que oscuros exorcismos para liberar el alma del hombre de los demonios de la Historia. 

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¿Y Si…?

MUJER CHATEANDO-IMAGEN PÚBLICA
MUJER CHATEANDO-IMAGEN PÚBLICA

Por María Mañogil

Ayer estuve hablando con una amiga a través de una red social, ya que no vivimos en la misma ciudad y la única forma que tenemos para comunicarnos es ésta. Compartimos experiencias, ideas, pensamientos…y también le pedí su opinión sobre un tema. En varias ocasiones, durante la conversación, me preguntó si la entendía y si se explicaba bien.

Esa es una buena pregunta cuando se habla a través de una pantalla de ordenador. Las palabras no suenan igual precisamente porque no se oyen, tan sólo se ven escritas y eso puede dar lugar a interpretaciones distintas al mensaje que se desea transmitir a través de ellas.

Éste es el problema que surge siempre cuando utilizamos el lenguaje escrito, y no me refiero a cuando leemos un libro, ahí todo es más fácil; el escritor se encarga de adornar su escritura con diversos detalles que nos ayudan a situarnos en el lugar, la época y las circunstancias de la historia que quiere contar. Eso no pasa con los mensajes de texto, ya sean a través de whatsapp o de cualquier otro medio y es que en ellos no utilizamos más que una serie de símbolos o frases cortas, que casualmente suelen ser siempre las mismas en todas las conversaciones, haciendo de nuestro lenguaje un lenguaje frío, impersonal y que más se asemeja a un telegrama que a una conversación en toda regla.

Con el teléfono pasa algo parecido. Escuchamos la voz de la otra persona unas milésimas de segundo después de que haya hablado, un espacio de tiempo imperceptible y que ayuda a alimentar el engaño de la “comunicación sin caras”. La comunicación entre dos personas, la auténtica, no se basa sólo en palabras, también en gestos.

Es verdad que las personas invidentes no disponen del sentido para detectar estos gestos, pero sí poseen otros, más desarrollados que los nuestros, que les hace poder entender, no sólo escuchar. Porque escuchar sin entender no es comunicarse y para poder entender a alguien es necesario saber ver más allá de las palabras que salen de su boca. Mirarse a los ojos, tocarse las manos o cualquier otro gesto que tenga lugar entre dos personas que estén conversando tendrá siempre más significado que todas las palabras que sean capaces de decirse durante el tiempo que dure la conversación. Las palabras engañan, los gestos no. Las palabras se pueden entender mal; un abrazo, una lágrima o una sonrisa en un momento determinado, es capaz de cambiar todo el sentido de una frase pronunciada, desde donde las palabras no son más que el medio para explicar un sentimiento y los sentimientos no siempre son explicables.

Todos estamos hechos de emociones y cada uno de nuestros instantes está guiado por una emoción. Intentar ponerle nombre a esa emoción es algo realmente peligroso porque nadie puede sentirla más que nosotros mismos e intentar explicarla a otros supone aceptar que corremos el riesgo de no ser entendidos. Si lo hacemos a través de un teléfono o (peor aún) a través de un mensaje de texto, nuestras emociones se pueden perder en el trayecto y a la  persona que nos escucha, no le llegarán más que palabras. Palabras que pueden ser ciertas o no.

Si pudiéramos siempre verles la cara a los demás o tocarles o escuchar con precisión el tono de su voz en cada momento cuando nos están hablando, sería mucho más fácil no equivocarnos al interpretar lo que nos dicen.

MUJER FRENTE A COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA
MUJER FRENTE A COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA

Cuando hablamos no estamos conversando. Podemos hablar solos o soltar una palabra como “joder” en un momento de enfado o de sorpresa y no dejará de ser nada más que una expresión, sin embargo, conversar significa mucho más que darle a la lengua y en ello están implicados todos nuestros sentidos, incluso los que no conocemos.

Si pudiéramos escucharnos a nosotros mismos tal y como nos escuchan los demás, nos daríamos cuenta que más de la mitad de lo que decimos no es lo que sentimos en realidad, que la mayoría de palabras que utilizamos sobran y que nos faltan otras que todavía no se han inventado.

Si pudiéramos vernos como nos ve la persona que nos escucha, comprenderíamos el motivo de muchos enfados y podríamos evitar el inicio de muchas discusiones innecesarias. Escuchar o leer lo que nos dice otro no nos asegura que lo estemos entendiendo porque quizás lo que leemos o escuchamos no corresponde a la emoción que quiere mostrar  (u ocultar). Cuando hablamos cara a cara con alguien es más difícil equivocarnos. Mirar a los ojos de la persona con la que conversamos no sólo es un gesto de “buena educación “que demuestra interés, también es una buena manera de decirle que no le vamos a engañar y que puede confiar en nosotros. Es por eso que nunca me ha gustado conversar con alguien mientras oculta su mirada tras unas gafas de sol (a menos que en verdad tenga el sol en frente y le deslumbre), ya que pienso que se está escondiendo o protegiéndose de mí.

Muchas discusiones empiezan en la sombra y mucho más en estos tiempos en los que la tecnología se ha convertido en parte de nuestras vidas. No nos queda más remedio cuando se trata de personas que viven lejos, pero ¿y las que tenemos cerca?, ¿y si en vez de discutir con ellas por teléfono o por whatsapp nos acercáramos hasta su casa y habláramos con ellas de frente, expresando con claridad todo lo que sentimos y explicando el motivo de nuestro enfado mirándoles a los ojos? Estoy segura de que la mayoría de las veces que hiciéramos eso evitaríamos discutir y, en caso de hacerlo, la discusión sería real y nos alejaríamos de esas personas con la certeza de que hemos dicho y oído todo cuanto debíamos sin escondernos.

ROMPIENDO LA COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA
ROMPIENDO LA COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA

Tampoco se trata de ir a buscar a alguien para iniciar una pelea, física o verbal (eso sólo lo hacen los idiotas) y en este caso sí sería mejor hablar por teléfono para evitar conflictos, pero dos personas con la madurez suficiente para comunicarse deberían ser capaces de hacerlo de una manera natural, ¿y qué hay más natural que hablar cara a cara? 

Nos hemos acostumbrado a contarle nuestros cosas más íntimas a un ordenador, a expresar lo que sentimos moviendo los dedos sobre un teclado y nos hemos olvidado un poco de lo que es el contacto visual, el olor, el tacto  y todas esas sensaciones que tenemos al estar cerca de los demás y que nos producen placer, como puede ser una sonrisa, una caricia o un beso.

¿Cuántas veces el gesto de una persona nos ha hecho darnos cuenta de lo equivocados que estábamos con respecto a ella?, ¿a alguien no le ha pasado esto alguna vez?, ¿y si la persona que nos está levantando la voz y que nos empieza a caer mal sin conocerla está a la vez sonriendo y resulta que esa es su manera de hablar? Si no pudiéramos ver esa sonrisa en su rostro pensaríamos que está enfadada con nosotros y quizás no lo esté. Las apariencias engañan y más cuando no queremos ver más que lo que miramos.

Más allá del horizonte que contemplamos a lo lejos hay más mundo; las personas también tienen un horizonte y más allá de él hay más sentimientos, además de los que muestran. Sólo hay que querer verlos.

Si antes de juzgar a alguien por algo que nos ha dicho, analizáramos la situación (su situación) y nos pusiéramos por un momento en su lugar, descubriríamos que no es tan diferente a nosotros y que su manera de actuar no es tan distinta a la nuestra en circunstancias similares. Pero no lo hacemos y eso nos lleva a enfadarnos con los demás, cuando en realidad con quien deberíamos enfadarnos es con nosotros mismos.

El rencor también es otro de los atenuantes que hacen que las relaciones entre las personas  se rompan. La falta de capacidad para perdonar los errores (o lo que nosotros creemos que son errores) de los demás, nos convierte en jueces y verdugos y nos obliga a estancarnos en el pasado, de tal forma que, a veces ni siquiera somos capaces de recordar el motivo por el que empezamos a sentir ese rencor. En la mayoría de casos no será un motivo tan grave como el sufrimiento que causamos y nos causamos al no saber perdonar.

El rencor sólo sirve para alimentar a un monstruo invisible que sólo vive en nuestro interior. Deberíamos tener más memoria cuando se trata de recordar lo bueno que hacen los demás por nosotros, pero por desgracia, esto último lo olvidamos rápido.

¿Cuántas personas habrán pasado por nuestra vida sin dejar rastro porque la primera impresión que tuvimos de ellas no fue la mejor?, ¿y si esas personas tenían mucho que ofrecernos y no les dimos la oportunidad de hacerlo?, ¿y si en el momento en que las conocimos tenían algún problema y no pudimos ver cómo eran en su interior?, ¿y si las personas de las que ahora desconfiamos son las que más se preocupan por nosotros?

CHARLA DE CAFÉ-IMAGEN PÚBLICA
CHARLA DE CAFÉ-IMAGEN PÚBLICA

Yo he aprendido hace poco a hacerme esta pregunta: ¿y si? Hace unos meses me  limitaba a ver lo que mis ojos me enseñaban y a creer en lo que me decían como si el sentido de la vista y el del oído fueran los únicos que poseo, hasta que descubrí que lo que de verdad debo creer es lo que me dicen todos los sentidos a la vez, incluido ese sentido que todos tenemos y que nos hace sentir cosas que nadie es capaz de percibir.

Ahora, cada vez que siento que alguien me ha defraudado o que no está haciendo lo correcto, me hago esa pregunta y siempre encuentro mil respuestas a ella. Es imposible adivinar lo que otros piensan mediante suposiciones, pero tampoco es necesario hacerlo. Se puede imaginar y todo lo que se imagina se puede soñar y todo lo que se sueña puede ser real. Igual de real que una mirada, una sonrisa o un beso.

Cuando algo se siente hay que expresarlo, pero no necesariamente tiene que ser expresado en palabras, ya que las palabras no lo dicen todo. La mejor manera de hacerlo es dejar que todo fluya, sin forzarlo, pero también sin ocultarlo.

Deberíamos empezar a romper las barreras que nos apartan de los demás y eso sólo lo podemos hacer eliminando las palabras que sobran y mirándonos a los ojos. Hablando menos y escuchando más, pero no con los oídos, sino con el corazón. Al fin y al cabo los sentimientos nos salen de algún rincón que desconocemos y todos tenemos rincones sin explorar. Dejemos que los exploren y olvidemos las tonterías y los prejuicios, que esos no nos van a dar la felicidad y la próxima vez que dudemos de alguien, que nos enfademos con alguien o que queramos decirle algo a alguien, si la distancia nos lo permite, que no sea a través de un  ordenador ni de un teléfono, que los cables y el wi-fi no son  buenos consejeros para el amor y la amistad y, aunque es cierto que muchas relaciones nacen de esa manera, también están expuestas a morir del mismo modo.

Mujeres mexicanas en los años veinte ¿una generación de vanguardia?

Mujeres de 1920 - Imagen pública
Mujeres de 1920 – Imagen pública

por Fátima M. García de Loera

La búsqueda de las mujeres en México es difícil, pero resulta más complicado cuando lo que se indaga versa sobre descubrir si cierto conjunto de mujeres formó parte de un grupo de vanguardia muy activo durante los años veinte, y la cuestión se convierte más peliaguda cuando se incluye la pregunta ¿estas mujeres marcaron pautas para transformar a generaciones posteriores?

La primera vía para llegar a una respuesta es acompañarse de una teoría, donde se puntualicen los conceptos de la investigación, por lo que se utilizó la teoría de las generaciones propuesta por José Ortega y Gasset. La forma en la que se presenta el escrito está dividida en dos secciones: la generación de 1881 marcará las pautas teóricas y explicará algunos conceptos; mientras, en el apartado de la generación de 1896 se analizará por qué las mujeres de élite irrumpieron en la década de los veinte.

El escrito se debe al curso Método de las Generaciones, impartido en la Maestría en Historia del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades Alfonso Vélez Pliego de la BUAP, en donde se reflexionó a Ortega. Me he tomado la licencia de prescindir, sólo por esta vez, del aparato crítico y la metodología de citas que caracteriza a los historiadores para que la comprensión sea más fácil y las lecturas utilizadas aparecerán en la bibliografía final, por lo que las ideas del filósofo español aparecerán en cursivas.

Mujeres de 1920 - Imagen pública
Mujeres de 1920 – Imagen pública

ΔLa iniciación:generación 1881 (1874-1888)

• Virginia Woolf (1882)
• Elena Arizmendi (1884)
• Esperanza Iris (1886)

La carga teórica de este escrito la realizó el filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1953) cuando apuntó su idea de las generaciones como una forma de comprender el pasado y analizó cómo el hombre se comprende a sí mismo; Ortega definió a una generación como un cuerpo social integro con su minoría selecta y su muchedumbre, que ha sido lanzado sobre el ámbito de la existencia con una trayectoria vital determinada; es decir las generaciones son las variaciones de la sensibilidad vital.

Para él, la vida humana es el objeto de la Historia y el hombre es un constructor nato de sus universos, lo que significa que existe una variación continua en las vidas humanas y es a través de la Historia que intentamos la comprensión de las variaciones que sobreviven en el espíritu humano aunque estas variaciones no siempre tengan el mismo rango. Por lo que la primer tarea del historiador debe ser buscar la “sensibilidad vital” y el espíritu del tiempo para poder comprender una época.

Una vez que quedó definido el concepto de generación como una variación de la sensibilidad vital y el reflejo del espíritu de su tiempo, cabe destacar que existen dos tipos de generaciones: las pacificasen donde el pensamiento se considera a sí mismo como desarrollo de ideas– y las beligerantesel pasado es algo urgente de cambiar desde su raíz. Esto significa que cada tiempo el hombre busca cambiar sus conceptos, situación que se inserta en el México de inicios de siglo.

Las mujeres a las que nos referimos forman parte de la élite económica del ámbito nacional, sin embargo eso no es lo que se pone en duda, ya que según Ortega y Gasset la élite es el elemento de una generación que crea las ideas y las manifestaciones en la ciencia y en las artes, por lo que las mujeres a las que se hace referencia en este escrito son creadoras de ideas, sobre todo en las artes; por ejemplo, una mujer que se reconstruyó a sí misma y se armó una vida independiente se lee en la autobiografía novelada de Elena Arizmendi (2012)

Se pude afirmar que estas mujeres formaron parte de la élite en el modo que lo entiende Ortega y Gasset, y sobre todo se debe entender a estas dos generaciones de mujeres como un grupo puntero, agentes de cambio para generaciones posteriores. Estas aseveraciones se pueden descubrir a través de lo que escribieron ellas mismas.

Tina Modotti - Imagen pública
Tina Modotti – Imagen pública

ΔLas desobedientes: generación 1896 (1889-1903)

• Carmen Mondragón “Nahui Ollin” (1893)
• Lupe Marín (1895)
• Tina Modotti (1896)
• Amalia de Castillo Ledón (1898)
• Antonieta Rivas Mercado (1900)
• Nellie Campobello (1900)
• María Izquierdo (1902)

Una generación es un cuerpo que se compone de una élite y una masa; la primera crea las ideas y las manifestaciones de ciencias y artes, son élites intelectuales, mientras que la masa es un cuerpo inerte porque se deja llevar y se mueve más lento. Las mujeres a las que aquí nos referimos forman parte de la élite, no sólo intelectual sino en su mayoría fueron educadas como élite porfiriana, y de esa manera pudieron adquirir conocimientos de otras naciones y posteriormente adaptarse de manera creativa a su realidad.

El entusiasmo, la apertura y la educación como élite porfiriana fueron algunas de las características que permitieron que las mujeres de esta generación irrumpieran en escena, ya que se develaron como mujeres listas, cultas y capaces de formular teorías o de exponer sus ideas como es el caso de Antonieta Rivas Mercado, Amalia de Castillo Ledon y Nellie Campobello. Sin embargo, ¿cuál es el estereotipo de las mujeres de la posrevolución?

Las mujeres de esta generación rompieron esquemas, no tuvieron miedo de enfrentarse y chocar contra diversas “catedrales” y ella mismas construyeron sus propios espacios de desarrollo; como el caso de Antonieta Rivas Mercado y su apuesta por el Teatro Ulises. Estas mujeres irrumpieron en los espacios masculinos y se descubrieron como intelectuales, inteligentes y sobre todo mujeres de acción; ellas rompieron todos los esquemas de un típica “señorita porfiriana”.

Estas mujeres fueron desobedientes (1) en todos los sentidos, en inicio por ser en su mayoría mujeres que escriben y traducen, mujeres que retratan desde su perspectiva la realidad y que crean su propio estilo. También desobedecieron en el ámbito sexual al mostrarse y proponerse como un objeto de deseo (los desnudos de Carmen Mondragón). Ellas impulsaron un tipo de relaciones modernas en donde se buscó la igualdad y la libertad.

Mujeres de 1920 - Imagen pública
Mujeres de 1920 – Imagen pública

ΔConclusión

De nuestro presente gravitan otros presentes de las generaciones pasadas, es decir el presente está hecho de otros pasados ya que cada generación lleva en si misma a otras sería el resumen de lo que se analizó en este escrito, donde se tiene a las primeras mujeres que intentaron romper esquemas, sin embargo, no logran romper “la catedral”. Posteriormente se encuentra la generación de las desobedientes que rompieron esquemas y “catedrales”, muchas veces quizás sin darse cuenta, ya que la idea de emancipación total no surgió de esta generación, al menos no para la década de los veinte.

ΔBibliografía

Arizmendi, E. (2012). Vida incompleta. Ligeros apuntes sobre mujeres de la vida real. México: CONACULTA.
Cano, G. (2010). Se llamaba Elena Arizmendi. México: Tusquets.
Ortega y Gasset, J. (1967). En torno a Galileo. España: Revista de Occidente.
Ortega y Gasset, J. (1976). Ideas y Creencias. España: Espasa-Calpe.
Ortega y Gasset, J. (2005). El tema de nuestro tiempo. En Obras Completas (págs. 557-616). España: Taurus.

 1 El adjetivo lo tomó prestado del libro Las Desobedientes. Mujeres de Nuestra América que recoge biografías  que rescatan el acontecer histórico y el quehacer vital de mujeres hispanoamericanas que marcaron su momento y su medio por haberse enfrentado a las reglas establecidas o a las injusticias sociales que las marginaban.