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Animaciones, sueños, narraciones: entrevista a Ricardo Bernal

La semana pasada, por invitación de la Secretaría de Cultura y Turismo del Estado, el Mtro. Ricardo Bernal impartió el curso Animaciones del mundo; tuvimos la oportunidad de conversar con él y esto nos dijo:

José Luis Dávila: ¿Cómo es que pasaste  de  escribir a interesarte por la animación?

Ricardo Bernal: En realidad no es que haya pasado, no es que haya dicho ahora voy a pasar, es lo que se dio solito. Yo siempre he visto caricaturas, desde chavo -soy generación Tío Gamboín, ya sabes-, y hace como seis o siete años me dieron una invitación a un sitio que se llama Patio de butacas, es una escuelita de cine donde puedes bajar cosas, de ahí empecé a bajar animaciones y a verlas, recordé unas cosas que yo había visto de Japón y a juntarlas, armar discos y rolárselas a mis amigos; empecé a llenar mis horas de ver animaciones y me clavé. En Guadalajara, antes, cada año me invitaban a dar un curso de literatura: de terror, literatura fantástica mexicana, etc., entonces me hablaron y me pidieron dar un curso y dije: “¿por qué no te organizo una presentación de animaciones?” Por primera vez di Animaciones del mundo; fueron nueve semanas, un día a la semana, tres horas, y les encantó. Además, siendo profesor del Claustro Sor Juana, ahí empecé a dar cursos de las animaciones aparte de mis clases, e incluso mis clases de literatura las he estado aderezando con animaciones. Ahorita doy una materia en la escuela de escritores que se llama Introducción a los géneros narrativos y en los temas de pronto les digo que nos toca caricatura y los alumnos están felices, ¿por qué se conectan? Porque para que haya una buena animación tiene que haber una buena narrativa. En el caso de las animaciones no es como en el cine que filmas y puedes tener mucho material para editar, en la animación hacer un minuto es mucho, entonces la historia tiene que estar perfecta, tiene que estar bien cuidada.

JLD: ¿Cómo ha influido esta idea de la narrativa de la animación en tu misma obra?

RB: Tiene un rato que no escribo, pero tengo una bitácora en la que, cuando me acuerdo y cuando me da tiempo, escribo mis sueños. De pronto me dicen “¿A poco sueñas eso?” ¡Yo siempre he soñado así!, yo veo la vida como caricaturas, con todo respeto. Creo que el género narrativo más antiguo de todos son los sueños, es anterior a todo, entonces sí creo que haya una influencia porque a veces sueño caricaturas, sueño pantallas, sueño personajes. Ahorita estoy en eso, en la escritura de sueños. Pero si me pongo a ver mis propios cuentos y mi poesía, siempre hay mucha imagen, siempre hay cosas que creo que ya estaban desde antes.

Animaciones del mundo, póster
Animaciones del mundo, póster

JLD: En este sentido, ya hablando del curso de Animaciones del mundo, ¿cómo fue que recopilaste todo esto y cómo hiciste la selección para hacer este extracto que traes aquí?

RB: Lo primero fue escoger los países; ayer, por ejemplo, vimos Estados Unidos, Canadá y nada más, para Europa pues escogí las que más me gustan, hoy vamos a ver Suiza, de pronto cuando doy el curso le dedico a Francia una clase de cuatro horas, ahorita no nos va a dar tiempo de ver Francia más que unos veinte minutos, entonces lo más difícil para mí no es qué pongo sino qué quito; pienso “¡Chín! No van a ver esto”. Creo que lo que traigo son joyas, esto hace que el curso sea muchísimo más preciso y no tan extenso. Obviamente tuve que dejar fuera países; Argentina, España, ¡Japón!, que es todo un universo. Di un curso el año pasado que se llama Animaciones selectas de Japón, tenía entre mis alumnos, ya sabes, puro otaku; se quedaron así de “¿apoco esto se hace en Japón?” “¡Claro!” Esta vez voy a terminar con algo que a mí me encanta: una selección de comerciales animados; muchos dicen que la publicidad no es un arte pero concentrar en 10, 30 o 60 segundos toda una historia y toda una trama con atractivo visual para que la gente compre un producto es interesantísimo.

JLD: ¿Has considerado dentro de todo tu curso la idea de la animación comercial que vemos regularmente en cine?

RB: Sí, ayer vimos a Tex Avery, que eran animaciones que salían en el cine en los años cuarenta, y cerramos ayer con una de Pixar, pero lo voy mezclando porque a mí lo que me interesa es ver la animación independiente. Por ejemplo, John Humble y su mujer que empezaron a hacer animación experimental desde los cincuenta y de pronto eso hizo que esta influencia llegara a Disney; otro por ejemplo es UPA, que es un estudio norteamericano que empezó a buscar más cuestiones artísticas, de pronto influye a Disney, y tú ves La noche de las narices frías, como se llamó acá 101 Dálmatas, tiene una estética que Disney no había hecho en ese momento, si ves El libro de la selva, es una película bien hippie, que se estaban haciendo todas estas cosas en la animación independiente. Entonces sí hay un intercambio, Disney no era muy innovador pero era bueno para mejorar lo que ya estaba lo mejoraba y eso es bien interesante, porque ya que sabes de otra animación, incluso la animación comercial la puedes ver diferente.

Ricardo Bernal y José Luis Dávila - Fotografía por Job Melamed
Ricardo Bernal y José Luis Dávila – Fotografía por Job Melamed

JLD: ¿Tú crees que la animación como texto narrativo de alguna manera tiene un valor literario?

RB: ¡Por supuesto!, igual que en el cine, de un buen guión puedes hacer una buena o una mala película pero de un mal guión no puedes hacer una buena película nunca, igual pasa con las animaciones. A mí no me gusta hablar de literatura, a mí me gusta hablar de narrativa, creo que la narrativa abarca más lo que yo busco en mis clases y todo porque la literatura como que encasilla mucho, todo es narración, los sueños son narrativos también.

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La bestia de París y otros relatos, de Marie–Luise Scherer

por Lo Hiancia Pez

Una de las características de las historias contadas por el periodismo es la forma. De lo anterior depende el interés que provoquen las acciones realizadas por los individuos y las masas: los motivos, las consecuencias, etc. Es fundamental saber escribir todo eso, es decir, narrar la historia, aludir lo probable —no lo posible—, tomar una postura. En muchas ocasiones la ficción ayuda, pero en otras no.

Las historias periodísticas de Marie–Luise Scherer difícilmente inducen sensaciones o emociones sino hasta que están muy avanzadas. Al llegar a este punto, intrigan, estimulan, seducen, generan una opinión; confrontan. ¿Qué pensar de la vida frívola, increíble, sin duda casi perfecta para sí mismo, de Thierry Paulin, el mataviejitas francés que puso en evidencia las deficiencias de la policía parisina? ¿Qué del surrealismo de André Breton —cuya eficacia como déspota generó una idea snob adorada todavía— frente a la garra vanguardista de Philippe Soupault —genio desencantado y solitario fiel a una forma de arte—? ¿Cómo comprender que el gran proyecto de llevar al cine el primer tomo de En busca del tiempo perdido tenga detrás un andar soso acompasado por los descendientes de aquella aristocracia? ¿Quién puede despreciar o respetarla moda que “ofrece el pretexto para un nuevo tema de conversación?”

En La bestia de París y otros relatos, la documentación, la historia, la entrevista y la crónica apenas son visibles. Schereres es una maestra en el uso de la retrospectiva, el resumen y el testimonio. Casi nunca entrecomilla ni reproduce diálogos. Es capaz de la reflexión no pedante y la especulación inteligente, impropias para el periodista poco dotado a la hora de narrar: “Alice Benaïm es la que sufre la muerte más cruel.[…] parece que los asesinos, aparte de la fría determinación, hubieran tenido intenciones de vengarse. Tal vez […] se pusiera a murmurar algo, quejándose de la invasión de gente de color”.

La autora domina las herramientas como la mejor de las modistas: “El creador de moda tiene el mismo problema que el diseñador de una cuchara. Necesita siempre un mango y un cuenco”.

El libro fue editado por Sexto Piso, en su serie “Realidades”, y traducido por José Aníbal Campos.

El africano, de Jean-Marie G. Le Clézio

Por Emanuel Bravo

El río de los recuerdos siempre es el más transitado, el más fascinante, el más profundo que haya atravesado hombre alguno, sabemos qué nos encontraremos, conocemos sus manglares, sus costas melancólicas y a pesar de ello, sentimos siempre que lo surcamos por primera vez, su superficie se vuelve agitada o tersa de acuerdo a la naturaleza de nuestra piel, una conclusión –y miles más- podemos sacar de esta travesía: no volvemos iguales, sus aguas nos bautizan con un nuevo nombre, su agua nos transforma en cada visita.

El escritor francés y ganador del Premio Nobel de la Literatura en 2008 Jean-Marie G. Le Clézio publicó en 2004 el libro de memorias titulado El africano. El autor recoge su infancia transcurrida en el continente africano y con ello extiende sus recuerdos a su padre, el cual sirvió como médico rural del Imperio Británico. El libro bien podría dividirse en los recuerdos de su padre antes de su nacimiento y sus memorias de niño, las dos conviven en perfecta simbiosis.

Le Clézio nos presenta un mundo salvaje, de una libertad infinita que duele, que consume los pulmones con sus raudos vientos, que fatiga los pies en las planicies inabarcables con la vista, en medio de pueblos con nombres de hechizos: “Kengawmeri, Mbiami, Tanya, Ntim, Wapiri, Ntem, Wanté, Mbam, Mfo, Yang, Ngonkar, Ngom, Ngu” y tantos otros. Las descripciones casi artesanales nos invitan a explorar un mundo casi virgen, no idealizado, ni mitificado, pero si recubierto de la fresca cal con la que se recubren los recuerdos.

No por ello, este libro se vuelve en un libro que explora el exotismo del continente africano, sino que es un libro sobre la formación, sobre el crecimiento, a lo cual Le Clézio es bastante claro: “Para mí, esos objetos, esas maderas esculpidas y esas máscaras colgadas en las paredes en absoluto eran exóticas. Eran mi parte africana, prolongaban mi vida y, de cierta manera, la explicaban. Y antes de mi vida, hablaban del tiempo en que mi padre y mi  madre habían vivido allí, en ese otro mundo donde habían sido felices…”

Leemos un África cercana, llena de vida que no es tan distinta a la nuestra. Más aún, la postura del autor no es en absoluto superior sobre su condición de europeo colonial. África no es un lugar extraño, es un hogar arrebatado, tanto para el padre del autor como para Le Clézio mismo. Por ello, su prosa está tan llena de vida para su primer hogar: “Todo está tan lejos y tan cerca. Una simple pared fina como un espejo separa el mundo de hoy del mundo de ayer. No hablo de nostalgia. Esa pena desamparada nunca me causó placer. Hablo de sustancia, de sensaciones, de la parte más lógica de mi vida”.

Una obra que vale la pena leer y releer, sus palabras despiden un aliento orgánico y húmedo que contagia fácilmente al lector. El libro cuenta además con varias fotografías tomadas por el padre del autor en su recorrido por el continente, sin duda alguna, los mejores años de su vida.

Suite francesa

Irène Némirovsky - Imagen Pública
Irène Némirovsky – Imagen Pública

por Emanuel Bravo

Los rayos del sol atraviesan las altas ventanas de una casa en la comuna de Issy-l’Évêque al oeste de Francia. Una tarde calurosa del 12 de julio de 1942, una mujer de mirada lánguida y cabello corto mira de reojo su jardín plantado de groselleros. La placidez de aquel pequeño lugar la hace olvidarse por un momento de la guerra. Cierra  los ojos y por un instante logra dejar de lado que el ejército nazi marcha sobre media Francia, olvida el fragor de los cañones, los saludos marciales, las transmisiones de radio de la BBC, respira aliviada y su mente borra el recuerdo de la Orden de presencia obligatoria para los ciudadanos soviéticos expedida por el gobierno alemán, olvida, olvida su condición de apátrida, de judía. Por un breve lapso respira y siente en sus venas la vida que fluye ignorante de guerras, batallas e imperios.

El sol veraniego resplandece sobre las colinas, sobre la lejana torre de piedra y los pétalos del jardín. La mujer vuelve a su escritorio, toma su pluma estilográfica y continúa su labor, sobre legajos de papel de baja calidad imprime sus palabras azules, esas frases que han ido construyendo una novela monumental, digna de los tiempos tan convulsos que transcurren. Escribe de la misma manera, serena y con el mismo ritmo hasta el término de la tarde. Ella no lo sabe, pero lo presiente, aquellos son sus últimos momentos de libertad. La tarde del siguiente día la detendrán y será conducida como prisionera a Pithiviers, posteriormente será trasladada a un campo de concentración en Auschwitz. Pero en ese momento, en esa tarde de largos silencios, el principal pensamiento de la mujer es el de continuar su gran obra. Tiene pensada una novela tan grande como Guerra y Paz, tendrá cinco partes, de las cuales lleva dos y ligeros esbozos argumentales de la tercera, no se detiene, cualquier acontecimiento puede interrumpir esta labor. Ella daría todo para conocer el desenlace de la guerra, la incertidumbre la mata un poco más cada día. El sol lame sus últimos pasos, la oscuridad ha ganado terreno, es suficiente por hoy, se dice. La novelista se llama Irène Némirovsky, su manuscrito, que es guardado en una maleta, tendrá un destino lleno de peripecias, de hechos igualmente novelescos y verá la luz hasta el lejano año del 2004, su nombre será “Suite francesa” y provocará el día de su publicación un sismo en el mundo editorial. Pero por ahora, todo es calma ilusoria. La guerra no ha hecho más que empezar…

Irène Némirovsky - Imagen Pública
Irène Némirovsky – Imagen Pública

“Suite francesa” es una novela que relata los duros días de la ocupación alemana en Francia en los días de la Segunda Guerra Mundial. Irène Némirovsky entreteje decenas de historias para conformar un gran fresco, una obra monumental que no sólo expone las circunstancias de un hecho histórico, sino que describe al hombre en situaciones extremas, exento de cualquier protección, de cualquier coraza que deforme su imagen.     

Irène Némirovsky sabe sobreponerse a su tiempo, ser objetiva pese a los tiempos que transcurren, su trabajo es la escritura y por ello su escritura está exenta de cualquier postura política, su pluma es justa, su prosa no favorece a ninguno, los pinta con el mayor realismo posible. No crea a monstruos a partir de los soldados alemanes ni a los vencidos adorna con frases de mártir, Irène Némirovsky aprendió de Tolstoi que debajo de los ropajes, de los uniformes, de las joyas y los harapos, hay corazones que palpitan, aman, sienten, odian, recuerdan y guardan prejuicios y pasiones por igual.

Pese a ser una obra inconclusa, las dos partes de la novela son autosuficientes, se bastan a sí mismas. La versión en español que corre a cargo del sello editorial Salamandra trae consigo  notas de Iréne sobre la novela y la correspondencia relacionada a la autora durante sus últimos años de vida.