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Exvotos: fe y arte en el Museo Amparo

por José Luis Dávila

La fe es un motor en nuestro país. Desde la colonia hasta la actualidad, el catolicismo permea la sociedad mexicana, funciona como una especie de lugar ideológico que nos protege y nos anima, no importando realmente si se es creyente o no, porque debemos aceptar que la religión en la actualidad existe más bien como un vehículo de la moral que como un sistema mítico. Asimismo, como parte de la sociedad, la religión siempre ha dado frutos artísticos, directa o indirectamente relacionados a, precisamente, lo mítico y lo moral de ésta, dependiendo del caso.

Sin embargo, hay los cuales poseen intrínsecas las dos características, pues no están hechas por la interpretación de la religión por la religión, como en la mayoría de arte sacro, sino por la interpretación de la fe en una figura religiosa por parte del creyente. Tales son los exvotos, representaciones informales del agradecimiento por la ayuda divina en una situación de conflicto, de esas situaciones en las cuales se considera un milagro su resolución.

Al respecto, en el Museo Amparo, se encuentra la exposición Testimonios de fe, la cual reúne la colección que posee el mismo museo de estas piezas, una exposición que da cuenta de cómo nunca se deja atrás la necesidad de un pensamiento mítico-religioso que sostenga al creyente en momentos de crisis.

Pero, ¿por qué importarnos respecto a esto? Lo estéticamente trascendental de los exvotos se encuentra en que son objetos donde participa la capacidad de condensación de una sociedad entre la relación con sus preceptos diarios de creencias y la relación con sus costumbres de convivencia general. Pero mejor dicho de otra manera, los exvotos son imágenes que se ofrendan a una entidad que está en contacto con lo divino por no tener mejor manera de agradecer cualquier favor que se crea que ha venido de ésta a modo de viñeta narrativa que no necesita más que un espacio mínimo donde simbolizar la unión entre el donante y el donado.

Testimonios de fe es una muestra que no debemos perdernos, debido al gran detalle en la selección y la disposición curatorial, sin mencionar más de lo que ya se ha hecho el valor de las piezas para la comunidad, sobre todo en una ciudad eternamente barroca como nuestra Puebla.

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Mis pecados fueron saber y ser mujer

Retrato de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana
Retrato de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana

Por Marcos Solache

Introducción

Ser mujer, socialmente, nunca ha sido sencillo; no quiero decir que alguna otra condición sexual lo sea, pero no se puede negar que el sexo masculino sigue, y seguirá dominando el mundo y sus contrarios.

Ahora imaginemos a una mujer que se para enfrente, de igual a igual, contra un hombre, una sociedad, y un mundo entero; es imposible sostenerlo.

A Sor Juana la mató el hombre, y es un homicidio con el que cargamos todos de manera inconciente, al reprimir, quizá también inconcientemente, a las mujeres que nos quieren dar par, o nos muestran errores.

El sexo débil, el que molesta, el que da placer, el sexo que tentó al recto y lo hizo caer en el pecado mortal.

¿Acaso no fue Eva quien, indirectamente, sacó a Adán del Paraíso?, o mejor esta, ¿no fue Sor Juana quien mostró al arzobispo Aguiar y Seijas que una mujer era mucho más entera en conocimientos sacros, que el mejor teólogo jesuita de la época?.

Si Sor Juana hubiera sido hombre, que ciertamente hubo un intento de travestirse para poder acudir a la Universidad, nunca hecho al parecer; sin embargo, si lo hubiera sido, como Góngora o Lope, sacrílegos de muy poca reputación religiosa, quizá hubiera vivido treinta años más, escrito cientos de poemas más, y quizá igual o más reconocida de lo que es; mas quién hubiera hecho lo que ella, quién hubiera afianzado a la mujer en un lugar digno dentro del raciocinio humano, quién hubiera sido primero feminista que poeta.

Yo creo que nadie, como también creo que lo más sobresaliente de su vida es el haber sido de la forma que fue, siendo mujer.

Todo está con mesura

Mucho de lo que escribió Sor Juana, fue por encargo y para figurar ante la Corte y la Iglesia.

Ambos, los organismos más importantes de la época; acción entonces, que políticamente la dejaba muy bien parada tanto a ella, como al convento de San Jerónimo.

Parte de los encargos de la Corte, y quizá especialmente de las virreinas con las que convivió, fueron las puestas teatrales, resaltando por supuesto, el resaltadísimo auto sacramental del Divino Narciso, que bien valdría un comentario completo.

Por ahora solamente me ocupo de una loa, no precisamente la que se incluye en la dicha obra.

La loa es una composición breve, anteriormente en verso, hoy inclusive puede ser un monólogo, con la importante característica de escenificarse antes del primer acto; una especie de prólogo recitado, y muchas veces acompañado de música.

En el caso que comentaré, Sor Juana hace cinco cuartetos en octosílabos.

Por ahora esta es muestra de la diversidad de la poetisa, faltando que el lector se interese por los romances, las redondillas, los villancicos, los epigramas, y por supuesto, la obra magna: Primero Sueño.

Regresando a esta loa, comenzaré por escribir que el propósito es mostrar la perfecta Obra de Dios, la que está con tal mesura y orden, en perfecto eslabón, que el concierto que da el mundo, es armoniosamente ideal, donde no sobra ni átomo al aire, ni centella al fuego.

La tercera estrofa, en esta escena reiterativa sobre la perfección del mundo, esboza ligeramente una de las razones por las que Bruno fue quemado, Galileo abjurado, y Copérnico comprometido a medias.

            (…)

            Que con esférica forma

            a la Tierra el mar rodea,

            (…)

Aunque no dice categóricamente que la Tierra es redonda, sí es muy claro que el mar, que lo rodea, lo es.

Lo anterior demuestra que Sor Juana siempre tuvo interés por cuestiones de ciencia, lo más actualizada que pudo, aunque dada la época y situación de ser colonia española, nunca estuvo al día.

Cuando mi error y tu vileza veo

A continuación comentaré un soneto, con la confesión de que mi primer encuentro con Sor Juana ha sido a través de ellos, y no de otras y muy diversas composiciones que practicó.

Quizá lo que decía Eliot sobre los grandes poetas sea parcialmente cierto; ya que para serlo, han de ser excelentes, diversos y abundantes.

Sor Juana cumple con todo, aunque como es obvio, la abundancia no está llena de excelencia, mas si se tiene una visión crítica y propia de la obra, se podrá destilar de ella, lo excelente.

Desde mi muy personal punto de vista, y en vía de adentrarme más y seriamente a su obra, creo que sus sonetos son una de las formas más en molde. El soneto le iba muy bien a su lenguaje, intelecto, y propósitos.

Este soneto, de corte pasional, aunque mediano en sentimiento, será porque aparece el nombre Silvio y no el Lysi, expone uno de los temas predilectos y más versados de su poesía: el desplante del hombre hacia la mujer.

Aquí valdría apuntar la famosísima redondilla, sátira filosófica, que incluso aparece como leyenda en los billetes de doscientos pesos:

            Hombres necios que acusáis

            a la mujer sin razón,

            (…)

Famosos versos que, como vemos, hasta el momento han sido la primera moneda de presentación para inmortalizar a la poetisa; que sin embargo surgen como una fuerte respuesta a la actitud masculina, a quien tanto se entregó, al menos verbalmente, en muchos otros poemas.

En general la estructura del soneto le quedó a Juana Inés, como proemio de formas más largas; ya que gran parte de estas composiciones gozan de solidez y redondez, pero en casos como este, de precipitación final, aunque no pierden la fuerza ni hilaridad con la que comienzan.

Sería muy arriesgado decirlo, pero me parece que la extensión ideal de Sor Juana, está entre el soneto y la libertad que presenta la silva o el romance; sin embargo no una libertad tan extensa, ya que caería en el intento, muchas veces infructífero, de levantar poemas que van cayendo naturalmente, porque dicho sea de paso, la estructura de cualquier poema es la caída, con un pequeño retuerzo vivaz en el final.

Regresando específicamente a esta composición, debo empezar diciendo que el núcleo es una experiencia que parece fundarse en la imprudencia en palabra de mujer.

Todo gira alrededor de la búsqueda, no del perdón del hombre, y el entendimiento íntimo que imposibilita a la mujer a dejarlo a un lado.

            Contemplo mi error y tu vileza veo,

            contemplo, Silvio, de mi amor errado,

            (…)

 Un golpe de frente contra la pared, sabiendo del error y la vileza masculina; mas de todo aquello, lo más fuerte es el deseo de seguir pensándolo.

Los tercetos, caen en un profundo razonamiento, sin perder el toque intelectual más que sensible, del porqué, si ese amor es infame, no se niega, o mejor aún, se aparta.

            (…)

            Yo bien quisiera, cuando llego a verte,

            viendo mi infame amor, poder negarlo,

            (…)

Interesante que la advertencia de esa negación, provenga de la razón y no del sentimiento, ya que parece que Sor Juana intentaba, debido a su vocación científica, a racionalizarlo todo, en veces tan soberbia, que anula la influencia de Dios.

Aunque en sus obras se lea como una mujer de esta altivez, no olvidemos que en el final de su vida, tuvo que doblar las manos y abjurar a media lengua todo lo que creía.

Una buena pregunta sobre lo anterior sería, si en los últimos años hubo dignidad o no; difícil contestarlo, aunque a sabiendas de que estos hechos la llevaron a diezmarla en cuerpo, no sorprende que haya sido también en espíritu, que es donde se conserva esta fuerza vital.

El último terceto advierte, como muchos de sello profano, la trasposición de un amor que pudo vivir Sor Juana, inclusive con la misma Condesa de Paredes.

            (…)

            porque el gran delito de quererte,

            sólo es bastante pena, confesarlo.

El amor es lo más sublime a lo que puede aspirar el ser humano, podría decirse inclusive, que el amor es lo menos humano que tenemos al alcance; por eso parecen absurdas todas esas leyes morales e intentos de posesión que damos a todas las cosas y estados, creyendo también que el amor lo podemos poseer en una persona y a todo tiempo.

El complejo sexual de Sor Juana, como ella toda, es evidente, y no tengo el alcance para enmarcarlo; mas escribiré lo obvio:

El amor que profesó a María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, fue el más auténtico, genuino y elevado que le ofreció la vida.

 Cuando la Marquesa de la Laguna tuvo que regresar a España, imagino que Sor Juana, de alguna manera supo que su corazón se quedaría huérfano por siempre de amor, debido a que había puesto una cota muy alta en su sentir.

Seguro este fue el tiempo para autentificar los versos anteriores; ya que no hubiera sido mucho el que ambas permanecieran el resto de su vida juntas, pero era imposible, porque su amor no podía confesarse.

Inés, yo con tu amor me refocilo

Termino mi primer aborde, muy somero por cierto; no sin antes incluir un soneto de corte muy variado, se dice sátiro burlesco, y yo le agregaría: picarón.

La variedad poética en la poetisa nacida en lo que hoy es Estado de México, es indiscutible, tal como lo demuestra esta composición, que por cierto pierde toda seriedad de monja católica.

Esto concluye que Juana Inés tenía sentido del humor; en su vida habían risas y juegos, alegría para poder jugar con las palabras, cumplir con las normas compositivas, y no siempre hacer de la poesía un medio serio y profundo, sino también un espacio lúdico para cualquier lengua.

El soneto tiene como presa de corazón a Inés, de la cual se podría pensar, en acto muy narcisista, que alude a la monja jerónima perseguida por sí misma.

El hispanista alemán Ludwig Pfandl, escribió que la personalidad de Sor Juana se inclinaba hacia lo maníaco depresivo, masculino y narcisista.1

Comentario muy fuerte y me parece poco aguzado; ya que parece dejar a venda científica la capacidad de juzgar a alguien de manera determinista, sobretodo, y únicamente, apoyándose en sus textos.

Aunque este poema hace pensar, efectivamente en el narcisismo de Sor Juana, no lo creo del todo tal; pero sí decir que todas las personalidades de creación artística, en grados, lo tienen.

Unos de los mayores narcisistas, sin duda fue Salvador Dalí.

Interesante que esta composición emplee palabras muy populares de la época, ya que precisamente, la dirección de este poema, es hacia la gente que se divertía con composiciones burlescas, y si se me permite una dirección más fina, hacia las mujeres de libido extenso y algo expuesto. El final de este poema, quizá sonrojó a mismas virreinas.

Este soneto es una persecución en pasado, con muchos estados; los hay de contemplación, de celos, de gracia, de enojo y de angustia.

Todos, finalmente graciosos, y con el tanteo de rematar las risas en el último terceto:

            (…)

            y espero, Inés, que entre esto y entre aquello,

            tu amor, acompañado de mi vino,

            dé conmigo en la cama o en el coso.

Parece que la última palabra detiene lo desenfrenado que cayó la práctica de embriagarse y follarse a Inés; que por cierto, denota a conclusión que la misma Sor Juana reparó en sus propias palabras.

Conclusión

Averiguar que la monja jerónima silenció sus más verdaderos pensamientos, me parece hasta cierto punto, tan obvio como necesario.

Al principio de este texto, he dado muestras de ello.

Eso no la diferenció de cualquier otro ser humano, Sor Juana buscó el poder y la fama, y en buena medida tuvo ambos.

Entre todos estos agrados y palmares, sembró fuertes y encarnados enemigos, los cuales, en mayor parte por envidia y complacencias reprimidas, tuvieron la satisfacción de verla morir.

Situación también, muy en acuerdo con el negro sentir humano.

Mas, ¿cuál es el mayor valor de su obra? Aquel papelillo que llaman El Sueño”, que por cierto, en sus palabras fue el único que escribió por voluntad y gusto propio; no lo creo, y no del todo.

Lo que más vale de la obra de Sor Juana, es la perseverancia en ella.

Si de toda su obra, podemos reducir a la excelencia unos cuantos poemas, suficiente; pero conservemos más el ardor con el que, por cualquier medio, deseó conocer el mundo, saber de él; entenderlo a la medida, y amoldar la palabra para poder llegar a emparejar lo que sentía con lo que quería expresar.

El gran valor de Sor Juana, es que como cualquier ser humano, tuvo dudas, miedos, deseos y esperanza; pero de todos ellos, hizo un solo y verdadero camino de salvación: la poesía.

Bibliografía:

1.- Octavio Paz. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Editorial Seix Barral. 12 da Reimpresión. México. 1998.

La fe

Fe - Obra de Luis Bonilla
Fe – Obra de Luis Bonilla

por María Mañogil

Hace muchos años vi una película (no importa el nombre) basada en un libro que había leído unos meses antes. A pesar de que, como suele pasar, la película estaba incompleta comparada con el libro, hubo una conversación en ella entre los dos protagonistas, que no recuerdo haber leído en el libro y que me impactó bastante, no sólo por el tema sobre el que estaban hablando, más bien por el mensaje que me llegó a través de la última palabra que se pronunció en dicha conversación.

Los protagonistas, (una científica y un sacerdote) debatían amigablemente sobre la existencia de Dios. En un momento dado, ella afirmó que, como científica, se veía obligada a creer sólo en aquello que, mediante la ciencia, era capaz de probarse. Él le hizo una
pregunta: “¿Querías a tu padre? “. La científica, cuyo padre había fallecido siendo ella una niña y al que se había sentido siempre muy unida, le respondió, con lágrimas en los ojos y agachando la cabeza, que sí. Entonces el sacerdote le dijo: “Pruébalo”.

Si he querido relatar esto es porque, a pesar de que yo me decanté por estudiar algo relacionado con la rama de ciencias y mi curiosidad me lleva a investigar las razones de todo (o casi todo), también es cierto que no todo se puede probar. Quizás hay cosas que no se van a poder demostrar nunca.

Como digo, siento curiosidad por casi todo. Ese “casi” no incluye, por ejemplo, la existencia de vida en otros planetas, no porque no sienta curiosidad por ello ni porque no me importe; más bien porque me importa. ¿Qué hacemos enviando satélites a Marte y gastando tanto dinero para comprobar si hubo vida o no? ¿Qué estamos buscando? ¿Un planeta en el cual poder vivir cuando nos hayamos terminado de cargar el nuestro? Mejor podíamos destinar ese dinero a intentar conservar las especies que no hemos conseguido aún exterminar… Si hay vida en otro planeta no será desde luego en nuestro sistema solar, por lo tanto no nos podemos comunicar hoy en día con seres que habitan a millones de años/luz de nosotros y que, además, podrían ser desde bacterias hasta dinosaurios. Observemos desde lejos, hasta donde nos llegue la vista y dejemos en paz a quienes no tenemos ningún derecho (en caso de que existan) a molestar.

La interpretación

Yo nunca he hablado, o al menos de una manera directa y en redes sociales o con personas que no conozco, sobre mis creencias religiosas. Si bien es cierto que he dejado caer algunos comentarios que podrían dar una ligera idea de cuales son, también he dejado caer otros, en otras ocasiones, que pueden confundir e incluso llegar a dar una idea contraria de mis creencias a quien me esté escuchando o leyendo. No lo hago a propósito; simplemente, si bien las personas más allegadas a mí saben lo que yo pienso sobre el tema, no es algo que me parezca trascendente en una conversación, ya que a mí me importa bien poco también en qué creen o dejan de creer los demás.

 La creación de Adán, de Miguel Ángel - Detalle
La creación de Adán, de Miguel Ángel – Detalle

Hace unas semanas y aprovechando que empecé a escribir esta columna, me molesté en hacer una prueba: pregunté a algunas personas que apenas me conocen si creían que yo era atea o creyente. Antes de hacer la pregunta, añadí uno de los dos comentarios que elegí para comprobar de qué manera se puede interpretar una misma idea, dependiendo de lo que se diga antes. No me equivoqué. Las personas a las que les dije que yo creía en Dios igual que en el amor me respondieron que yo creía en Dios (claro, todo el mundo sabe que existe el amor). A quienes les dije que creía en Dios igual que en los gnomos soltaron una carcajada y me respondieron que era atea. ¿Quién puede creer en los gnomos? Nadie los ha visto. Al amor tampoco.

Gnomos

Yo no he visto nunca ningún gnomo, por lo tanto no creo en ellos. No sé quien desordena siempre mi armario, sólo sé que por más que lo ordene no sirve de nada; al cabo de dos días soy incapaz de encontrar cualquier pieza de ropa que busque. Se desordena solo porque no creo que sea tampoco ningún duende o ningún espíritu, ya que como nunca he visto ninguno, no creo en ellos.

Tampoco he visto ningún ácaro (sólo en televisión, dibujado en algún libro o en fotografías tomadas a través de un microscopio), pero esos sí que existen. Mi casa está llena de ellos y la vuestra también. Gracias a la tecnología se ha podido probar, aunque antes de que Janssen inventara el microscopio nadie los había visto. Si alguien se los hubiera inventado en el siglo XV, les hubiera puesto un nombre y los hubiera descrito o dibujado para crear una historia, habría sido un libro de fantasía, ciencia ficción o como se le quiera llamar.

Con esto no quiero decir que los gnomos existan, sólo que no todo lo que no somos capaces de ver o de demostrar no existe. Yo no puedo demostrar el amor; puedo estar fingiendo y hacer creer a muchas personas que ese sentimiento que les profeso es real, cuando quizás lo único que me mueva a expresarlo sea algún tipo de interés, pero si les estoy mintiendo no hay forma de que ellas lo sepan. No hay nada que pueda medir o demostrar el amor, tan solo es cuestión de fe.

Todos creemos en algo, por ejemplo en eso: en el amor. Dicen que el ser humano tiene la necesidad de inventarse algo en lo que creer para poder sobrellevar mejor el tener constancia de su propia muerte y de la de sus seres queridos. Quizás los animales también tengan esa necesidad, no lo sabemos con certeza… No importa que necesidad tengamos, si no molesta a nadie satisfagámosla. Cada quien puede creer en lo que le apetezca, mientras no se demuestre lo contrario siempre tendrá razón.

Quien cree en Dios tiene razón, y quien no cree también. Las creencias religiosas de una persona no definen a la persona, es su actitud hacia los demás y hacia uno mismo lo que hacen a alguien ser quien es.

El respeto hacia los demás

En el círculo en el que me relaciono habitualmente hay aproximadamente un 60 % de personas que son creyentes y el otro 40 % no lo son. A veces hablamos de esto y cada uno da su opinión y sus razones, pero nunca nadie ha intentado convencer a los demás. La fe es algo personal. He de decir que no encuentro ninguna diferencia en cuanto a actitudes de solidaridad, respeto y tolerancia entre este grupo de gente, que son mi familia y mis amigos más próximos, con respecto a las creencias de los que no opinan como ellos.

Yo no soportaría que nadie me impusiera lo que debo y no debo creer. Tampoco pregunto a quien acabo de conocer, ya que a mí tampoco me gusta que me pregunten, a no ser que salga el tema en alguna conversación. Preferiría que me preguntaran mi signo del zodiaco, ya que eso daría más pistas sobre mí (siempre que la persona que me pregunte crea en la astrología). Mis creencias religiosas no van a dar ninguna información a nadie de como soy.

Pienso que la necesidad de creer en algo o no creer lo decide cada persona individualmente, a pesar de lo que nos hayan enseñado desde pequeños o de la cultura de cada país. Cuando somos adultos, todos somos libres de decidir (aunque intenten imponernos las ideas de otros) lo que debemos pensar. Otra cosa muy distinta es lo que nos obliguen a hacer, pero a pensar aprendemos nosotros mismos y una de las cosas que no se pueden enseñar, por muchas clases de religión que quieran darnos, es a tener fe en algo. 

Mi texto acaba aquí porque me espera mi hada madrina, quien me arropa cada noche cuando me voy a dormir. Ahora, después de esta frase, pensad en si soy atea o creyente. Penséis lo que penséis, estaréis en lo cierto.