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Anécdotas

por César Huerta

Tengo en la mente, ya como si fuese una tela bastante delgada y transparente, el recuerdo de Don Pablito.

Hace unos días, fui a cortarme el cabello a la peluquería de siempre. Juanita, la peluquera, estaba tiñéndole el cabello a una señora de, calculo, unos 50 años de edad. Cuando Juanita terminó de embarrar el tinte por todo el cabello, la señora se levantó y fue a sentarse al otro lado del local, a esperar que el efecto de la pintura coloreara sus raíces. Era mi turno. Todo esto pasaba cuando llegó una amiga de la peluquera, y entre estas se hizo la conversación. Yo, aunque metido en mis pensamientos, sintiendo la máquina cortar mi cabello, escuché un nombre familiar: era más una anécdota que una inquietud, pero no pude evitar recordar.

La anécdota giraba en torno a la muerte de Don Pablito y cómo había sido su funeral: la hija de la amiga necesitaba ver el cuerpo para asegurarse de si quien yacía en el ataúd era el conserje al que conocía, pero la madre dudaba (porque creía que un cuerpo sin vida era un golpe demasiado fuerte para una niña). Al final, accedió y la llevó a ver el cuerpo; la hija lo reconoció. No dijo nada. Entonces, se hizo el silencio. No supe si fue el final de la anécdota.

 

 

Recuerdo, vagamente -porque de eso ya hace, más o menos, entre 8 y 12 años- que Don Pablito era uno de los conserjes de la primaria a la que asistía. Siempre fue un hombre mayor y muy delgado, o al menos eso parecía. Todos los días iba vestido igual (aunque a veces no nos diéramos cuenta): con una gorra pichi de color verde bandera, una camisa blanca que le quedaba grande, fajada en un pantalón de pana color café que le quedaba corto y que se sostenía a su cuerpo por un cinturón negro. A todos los niños nos trataba muy bien; era alguien dedicado a su trabajo, aun cuando este sólo fuera recoger basura o asear los sanitarios. También te dejaba pasar a la escuela por el zaguán que estaba en la parte de atrás cuando se te hacia tarde. A mí me dejó pasar dos veces.

Siempre me pareció una buena persona, a pesar de haberlo tratado muy poco. Lo vi durante seis años, y lo curioso es que el único día en el que no lo vi en la escuela (aparte de los fines de semana o días festivos), fue en el día de la graduación de mi generación. Jamás lo volví a ver. Don Pablito se convirtió en una sombra, un fantasma y, con más razón, ahora que me entero de que murió.

Desde la anécdota que trajo del pasado a Don Pablito, no pude evitar pensar en él, inerme, dentro del ataúd, con su gorra, su camisa y su pantalón que lo hacían inconfundible entre todos los niños y niñas de la primaria. La muerte, decía Ingrid Solana, es una manera de asimilar la igualdad: “Estamos cerca de los otros y ¿cuántas veces nos miramos?”. Estuve cerca de Don Pablito cerca de seis años; ¿cuántas veces lo miré?, ¿cuántas veces sólo le saludaba porque sí y no me daba cuenta de que podía haber vestido diferente ese día?

Roland Barthes escribió que “el fantasma (…) es una pequeña novela de bolsillo que uno lleva siempre consigo y que puede abrir en cualquier parte sin que nadie vea nada, en un tren, en un café, esperando una cita”, y, así como el recuerdo de Don Pablito puede ser un fantasma o una novela de bolsillo que duró seis años, con encuentros apenas remarcables, una anécdota puede ser una bofetada para la memoria, puede ser la aparición de un fantasma o anamnesis que te remite, con la intensidad que sólo tiene recordar el pasado, a una historia olvidada.

Tengo su imagen desgastada en la memoria. Es una fotografía, como la que inventó Morel en la isla ficticia que pensó Bioy Casares, en movimiento; pero ésta es borrosa, con colores tenues y mezclados, que recuperé al instante en el que escuché “Don Pablito murió”. Todo gracias a una anécdota, que también sirvió como resortera y me devolvió a los años en la primaria: me lanzó contra el recuerdo; me estrelló contra la imagen de Don Pablito en el ataúd, un ataúd que no existe, porque jamás lo vi, pero que sé, guarda, a lo lejos, la esencia del Don Pablito que abría las puertas de la escuela cuando se me hacía tarde.

El recuerdo también se basa en anécdotas, y las personas que viven en ellas nunca serán olvidadas si es que, como Don Pablito, logran convertirse en fantasmas y se guardan sin un final. Así como el inicio del recuerdo, la anécdota y la muerte son, como escribió José Luis Dávila, un final esencialista.

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Un triste cuento de navidad

Navidad - Imagen pública
Navidad – Imagen pública

por Gerson Tovar Carreón

Actualmente la “navidad” es una de las fiestas más celebradas en todo el mundo. Gracias a Coca-Cola y el capitalismo, esta festividad se ha incluido en los imaginarios de la gente con mal gusto. Además, es la época del año que acumula más capital: la gente se vuelve loca por comprar regalos de último hora, hay más trabajo para los desempleados frecuentes -como los filósofos-, y, lo más importante, se vende mucho alcohol. Esta época te incita a mirar a tus semejantes y no querer matarlos; también, representa el inicio del fin del año fiscal, lo que quiere decir que el próximo año habrá recortes a los presupuestos y aumento de impuestos.

Entonces, ¿cuál es el significado de la navidá? A mi juicio, e imagino que es un juicio genérico, el significado es que el hiperconsumismo le ha ganado terreno al comportamiento humano de reunirse en familia y celebrar un año más de vida y miseria. Esto último me recuerda que hace mucho tiempo no festejo estas fechas con mi familia; eso se debe a la muerte de mi abuela, la cual nunca me agradó. Después de este acontecimiento, toda mi familia se dio cuenta de su propia hipocresía y su falta de compatibilidad, o por lo menos eso pienso que sucedió. Agradezco no volver a ver personajes patéticos como el tío que se hace el chistoso y tiene la gracia de una papa o la tía impertinente y su clásica pregunta: “¿Cuándo te casas?”. Sucede hasta en las mejores familias.

Sin embargo, y dejando de lado los absurdos lazos de sangre, recuerdo dos experiencias decembrinas que me conmovieron y recuerdo con nostalgia. Primero les hablaré brevemente de la navidad con G, una mujer increíble, carismática y llena de vida. En una ocasión me invitó a pasar la fiesta con ella y su familia. Recuerdo la comida y el alcohol, pero, sobre todo, bailar con sus sobrinas. G tenía la fiesta en las venas, bailó con todos, hasta con mi hermano, un apático del baile. Pasé dos navidades con ella y han pasado dos desde que G no está, y la extraño.

Por otro lado, tengo el recuerdo de L, uno de los recuerdos que más me gustan por el hecho de sentirme incluido en una familia o algo parecido a una. Recuerdo el frío en mi cara, las risas de los niños, el aroma de la carne, el sabor del tequila en mis labios y la sonrisa de L. Sin embargo, no recuerdo más, sólo ese sentimiento de calidez, lo que podríamos llamar hogar. Mi memoria nunca ha sido buena, divago y mezclo recuerdos. Pero esa noche con L y su familia es de eso recuerdos que aprecias, pero sabes que son únicos y no volverán jamás.

Navidad - Imagen pública
Navidad – Imagen pública

Me desvié un poco sobre el significado de la navidad. Pienso que el mexicano ha sido acondicionado y guiado para que acepte esta festividad, pero la niega y le da otro significado sin que él mismo se dé cuenta. No es una contradicción, tampoco es que confunda el significado de esta “mágica” fecha, sino que encuentran en el engaño un valor. El deseo de reunir a la familia feliz, que imagino es el verdadero significado, es un engaño: no conozco familias felices, incluso no pienso que no existen. Sólo es un pastiche, una burla de lo que los medios a construido. Y eso me da esperanzas de entender porque la gente se forma para comprar regalos a gente que no quiere, con dinero que no quiere gastar, dinero que ganó en un lugar en el que no le gusta trabajar.

Y mientras eso pasa, les comento que escribí este texto mientras escuchaba via spotify a los Beatles; sé que es de mal gusto, pero finalmente podrán escuchar al cuarteto de Liverpool vía streamain’. Una señal más de que con dinero hasta baila el perro. Feliz navidad, beban, coman y olviden.

 

Huelga sentimental

CLOSED-IMAGEN PÚBLICA
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por Carolina Vargas

Estoy sumamente confundida, creo que eso de las relaciones humanas no es lo mío. La verdad es que siempre he sido muy huraña, tengo pocos amigos, he tenido pocas relaciones de pareja y para una mujer de mi edad y en esta época, creo que también he tenido pocos compañeros sexuales.

Admito que soy muy neurótica, prefiero no hacer referencias físicas o estéticas sobre mí,  porque soy mi peor enemiga y no me tengo piedad, pero independientemente de eso, admito que durante mucho tiempo tuve serios problemas de autoestima, no soy una mala persona ni padezco nada contagioso ni incurable, por lo que en términos simples y muy generales creo que no difiero mucho del común de los mortales, por lo que supongo no soy la única a la que le cuesta trabajo relacionarse con otras personas ¿o será solo un asunto de neuróticos?

Hace muchos años estuve profundamente enamorada de un hombre con el que tuve una relación de siete años, fue mi primer amor. Debo confesar que el principal motivo por el que todo aquello se fue al carajo fueron los celos, al principio eran los celos de él hacia mí, después el torbellino de Otelo nos envolvió a los dos, lo que convirtió el idilio en un infierno.

Me prometí nunca caer en el negro abismo de los celos, ni permitir que nadie de ese inframundo arrastrara mi alma de regreso. Algunas veces lo he cumplido, de otras no he salido tan bien librada pero lo que si tengo muy claro es que el que busca encuentra, si no encuentras la evidencia encuentras el pretexto…así de simple y yo me he prometido vivir en paz. Quizá por lo esa razón es que nunca he querido verle la cara a nadie, por muy mierda que se porten conmigo, eso de hacerme pendeja y salir o coger con varios al mismo tiempo, nomás no se me da, pero igual cuando alguien desconfía de ti, así pasen las 24 horas del día juntos van a desconfiar y a ponerse celosos hasta del espejo.

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Pienso en mis relaciones y en todas, mis ex novios han tomado la decisión de sepultarme y hacer como si mi paso por su vida jamás hubiera ocurrido, todas han terminado mal,  incluso cuando escucho decir a alguien “quedamos como amigos” nunca he entendido a cabalidad como puede ser posible, yo alguna vez lo intenté y de una manera muy sutil me mandaron al carajo. Como se puede remendar un trapo completamente deshilachado.

Respecto a mis amigos, pues tengo muy pocos, no me quejo es algo que yo he decidido, desde niña fui muy selectiva para hacer amistad con alguien, prefería estar sola a compartir mi tiempo con personas que me hicieran sentir incómoda o que no me aportaran nada. Justo ahora me encuentro en casa, en familia, en la tierra que me vio nacer y crecer, por razones de la vida yo vivo lejos y sola y en esta visita, desafortunadamente no he podido reencontrarme con mis amigos, muchos de ellos hicieron lo mismo que yo y abandonaron el terruño para echar raíces en otros lados, por lo que acá en mi tierra me quedan muchos menos brothers que en mi sitio actual.

De mi familia puedo decir que siempre he sido la niña rara en una familia de raros. Mi caso no es excepcional, creo que a todos nos ha pasado lo mismo. Después de muchos años de conflicto, puedo decir que llevo una buena relación con mi madre ha sido la única persona incondicional conmigo, solo tengo una hermana y desde que nació le prometí que la cuidaría y la amaría toda la vida, promesa que he cumplido hasta hoy; tengo un abuelo que me adora, una de las personas que más quiero en este mundo y quien siempre ha sido un misterio para mí. Con el resto de la prole no tengo mayor problema, puedo decir que nos prodigamos  mucho afecto, pero me he desconectado muchísimo, me cuesta mucho trabajo ser ese pariente que llama una vez a la semana.

Me causa conflicto el tratar con otras personas, esa es la única verdad, me cuesta trabajo la convivencia y aunque trato de brindarme a otros, si siento que las cosas no funcionan huyo lo más pronto posible para que no me hagan daño, ya sé que es una actitud muy cobarde, pero incluso cuando me he quedado siento que no ha valido la pena porque termino muy maltrecha e ignorada por el ex novio en turno. En el caso de los amigos ahí los resultados han sido variopintos, quienes han sabido comprender se han quedado, por lo que valoro muchísimo su afecto incluso a los que se han ido los recuerdo con cariño y añoranza. Mi familia…pues diría que tengo la cena navideña o de fin de año para ponerme al día, pero hace años que eso no sucede, por lo que a mi madre la llamo a diario y de alguna manera ella me pone al tanto.

CLOSED-IMAGEN PÚBLICA
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No quisiera ser como esa canción que dice “yo quiero tener un millón de amigos” quisiera poder establecer mejores relaciones con las personas que ya están en mi vida, porque sinceramente como puedo aspirar a conocer gente nueva si mis relaciones actuales no están tan bien como yo quisiera. Y no es hacerle a la chillona o ponerme de víctima, lo escribo porque creo que soy más elocuente de esta manera que hablando, quisiera que mientras tecleo estas líneas se me revele una posible solución, poder leer todo esto como si fuera la voz de una tercera persona y analizarlo con cabeza fría, es quizá mi manera de ayudarme, porque en verdad me interesa dejar el azote sentimental y poder relacionarme de una manera más sana sin tener que recurrir a un libro de autoayuda…

Frozen: La apuesta de Disney por el cambio

Frozen - Imagen pública
Frozen – Imagen pública

por Jessica Tirado Camacho

Frozen: Una Aventura Congelada presenta la historia de dos hermanas princesas de algún país nórdico que llevan una relación de amistad muy buena; Elsa, la mayor, tiene el poder “mágico” de generar y controlar el hielo, mientras que la menor, Anna, alegre y traviesa, sabe cuán divertido puede ser tener una hermana así.

Sin embargo, un accidente hace que Elsa tenga que esconder sus crecientes poderes de su hermana y del mundo, convirtiéndose así en un secreto custodiado por los padres y sufrido por la niña, incapaz de controlar sus sentimientos y por ende su magia. Así, las puertas del palacio son cerradas, convirtiéndolo en una gran matrushka donde todos viven en un aislamiento personal que empeora cuando en los reyes mueren, ya que las niñas terminan de crecer completamente solas, hasta que sus obligaciones como herederas las obligan a salir al mundo. Entonces empezarán a mostrar todos sus deseos para finalmente demostrar de qué están hechas: Elsa vive con el eterno miedo de que su poder sea un peligro para su reino y Anna busca desesperadamente amar y ser amada.

El segundo acto comienza cuando las dos hermanas enfrentan sus miedos e ilusiones, así como el lado negativo del poder de Elsa es revelado, por lo que huye a la montaña donde cree que no va a dañar a nadie, sin darse cuenta que ha dejado a su reino hundido en un invierno para el que no estaba preparado. Ante esto, Anna se siente culpable, y decide que está obligada a buscar a su hermana y arreglar sus diferencias.

En el camino, Anna se encontrará con Kristoff, un vendedor de hielo que de seguir así el clima, perderá toda fuente de ingresos. Él es la voz de la razón en la película, puesto que la princesa está regida totalmente por el corazón y la intuición, era necesario tener un personaje secundario que mostrará el otro lado de la moneda: es feliz viviendo en soledad, su único compañero es un reno con el que puede “platicar” y compartir todas sus cosas, para equilibrar el relato.

Frozen - Imagen pública
Frozen – Imagen pública

De ahí en adelante, la soledad pasa de ser un valor negativo a uno aparentemente positivo; Elsa encuentra en ella la libertad y la aceptación de sí misma, lo que complica los planes de su hermana de regresarla al reino y vivir como una familia. Así, el arco dramático irá subiendo y bajando cada vez con más intensidad, regalándonos una excelente película.

En los tiempos modernos, las animaciones Disney ya no tienen la misma aceptación en una sociedad aburrida de princesas en aprietos y galantes príncipes dispuestos a pelear contra dragones para salvarlas; simplemente ese cliché ya fue, lo interesante es que en los últimos años hemos estado viendo cierta transformación gradual en las historias.

Tal vez las primeras luces de esta búsqueda las podemos encontrar en La sirenita (1989), cuando los movimientos feministas tuvieron eco en Disney, y Ariel, aunque aún sigue la premisa de querer casarse y vivir felices para siempre, no es una princesa pasiva, va en busca del príncipe, casualmente (al igual que Frozen con Reina de las nieves) esa película es adaptación de un relato de Hans Christian Andersen, y las coincidencias no terminan ahí: Chris Buck, uno de los directores de Frozen, fue parte del departamento de arte de La sirenita y de Pocahontas (1995), donde también fue guionista, en la cual Disney vuelve a presentar no sólo una princesa audaz, sino que es totalmente independiente. A pesar del éxito de estas cintas, el camino de las nuevas princesas Disney se olvidó hasta La princesa y el sapo (2009), en la que encontramos la primera protagonista de color que hondea con orgullo las virtudes de la mujer moderna. Después de esto nada sería igual, la antigua fórmula seguirá operando en las filas de Disney pero cada vez se nota más la búsqueda de lo nuevo, tal es el caso de Enredados (2010), que tiene elementos de ambas formas narrativas, además de pasar a segundo plano la historia romántica. Tal vez, tratando de seguir la nueva tendencia, junto con Pixar trajo la desastrosa Valiente (2012), la cual simplemente es incapaz de cuajar una historia coherente sin la zona de confort que representa tener una pareja romántica; sin embargo, ese mismo año llegó ¡Rompe, Ralph! (segunda mitad de 2012) y cambió todos los arquetipos/estereotipos y clichés (sí, son cosas diferentes) que se tenían de la historia Disney perfecta, eliminando por completo la historia romántica.

Ahora con Frozen, escrita y co-dirigida por Jennifer Lee, también guionista de ¡Rompe, Ralph!, encontramos una historia con elementos románticos en segundo plano, dejando toda la carga dramática al amor familiar, con lo que puede verse el progreso en el manejo de la nueva “fórmula” que se está cocinando en las películas Disney.

Cuando un guionista escribe una historia siempre piensa en un concepto que gobierna toda la narración, en este caso los dos grandes temas de Frozen son la soledad y el amor familiar; todos los personajes presentan un punto de vista diferente (regularmente opuestos entre sí) pero que se complementan como un todo.

La soledad no es la misma para Elsa, que se esconde por temor a dañar pero que al mismo tiempo descubre en ella la posibilidad de sentirse libre y la posibilidad de aceptarse así misma sin que los otros la juzguen (valor negativo que pasa a positivo), que para Anna, pues es más un castigo que no puede comprender y del que quiere salir sin reparar en los peligros que pueda traer el confiar en cualquier extraño (valor negativo que pasa a más negativo), y finalmente  para Kristoff, que como personaje secundario presenta la parte opuesta (valor positivo).

Frozen - Imagen pública
Frozen – Imagen pública

La primera parte puede resultar un poco pesada al espectador que no esté acostumbrado a la ópera, puesto que las canciones tienen mucha fuerza en la interpretación y al mismo tiempo la imagen está muy cargada de información, pero esto sólo es en el primer acto, después la narrativa empieza a hacerse más densa y los personajes dejan de cantar para actuar y hablar. Frozen es para aquellos que busquen una historia fresca y poco menos predecible que sus hermanas Disney.

Como dato extra, si bien está muy lejanamente basada en la narración que leemos en Reina de las Nieves de Hans Christian Andersen, la esencia principal fue conservada, lo que nos habla muy bien del análisis interpretativo Jennifer Lee, de la cual espero sigamos viendo trabajos nuevos.