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Nacido en casa, el tejido que somos

por José Luis Dávila

Las formas que poco a poco se pintan con los movimientos de las hebras, que reflejan el mundo por medio del entramado de los sentidos, que evocan aquello que proviene del tejido que ya somos, todas se usan para que, por medio del telar curatorial, podamos apreciar los hilos que por cincuenta años ha usado el Taller Mexicano de Gobelinos.

 

En las salas del Museo Amparo es que podremos recorrer una muestra representativa de la producción de dicho taller, aglomerada bajo el título Nacido en casa, que se centra en la técnica del alto liso y se decanta en alusiones a la vida política y cultural de nuestro entorno, cuestionando discursos socio-artísticos por medio del dispositivo del tapiz, un elemento de oficio que se concibe popularmente como ornamento pero deviene en una apropiación polisémica desde las miradas de los artistas y las manos de los tejedores jaliscienses que conservan la tradición traída desde Europa, adaptándola a su contexto y visión, tanto de materiales como de colores y significados.

 

Así, es esta exposición un acercamiento a la valorización de los elementos textiles al mismo tiempo que un crisol –en el que se vierten las décadas de trabajo del taller que fuera iniciado por Carlos Ashida– con la intención de reconocer el porvenir que se vislumbra para el ejercicio del telar en el arte.

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La pintura especular de Albisua

por José Luis Dávila

Cada día, sin saber reconocerlo, nos buscamos en aquello que nos rodea, como si las cosas que componen al mundo pudiesen regresar la imagen que somos mientras pasamos frente a ellas, como si en ellas quedara la impronta de dicha imagen, sobrepuesta una y otra vez, en un juego especular para que al final se logre dar cuenta del paso de las edades, así marcando un sendero que conduzca, otra vez sin saber reconocerlo, a aquello que somos finalmente, es decir, al momento justo del ahora que se vive por tan sólo un instante y se transforma en otro y otro y otro, sin descanso pero sin reflexión del mismo proceso.

Sin embargo, cuando nos hacemos conscientes de dicho proceso es que hay, inequívocamente, oportunidad para construir un significado propio de cada paso que se ha dado, de cada vez que se ha tenido que adaptar algo o que desechar, un significado responsable de aquello que se ha vivido. Es bajo estos términos que Fernando Albisua presenta en Get Galería la exposición Laberinto de emociones: Espejo del alma, una muestra del trabajo que durante su carrera como artista ha desarrollado la presencia de la vivencia cotidiana transmutada en piezas que denotan cuestionamientos personales y hacen que el espectador se sienta implicado desde su experiencia; las obras de Albisua son, en este sentido, catalizadoras de la experiencia del otro, brindan la posibilidad de establecer un diálogo en el que la presencia del objeto no le dice al que la ve, sino que espera ser dicha por éste.

El punto cumbre de esta nueva exposición es, quizá, la presencia del compromiso del artista con su obra misma, el relato que se arma alrededor de la secuenciación de las piezas y la construcción del espacio que se logra como un recorrido de etapas y las decisiones que se tienen que tomar en ellas; como su título lo anuncia, la exposición es un espacio de búsqueda al centro, de hallazgo en la confusión y de encuentro con aquello que somos mientras lo somos, mientras el espejo nos puede devolver la mirada.

Espacio y ausencia: Cándida Höfer en México

por José Luis Dávila

Me gusta pensar en los lugares cuando están llenos. Me gusta pensar ahí porque, precisamente, están llenos. Es una dinámica extraordinaria. Las personas que transitan los espacios aportan sentidos nuevos con cada paso que dan. Pero también me gusta pensar ahí porque los imagino vacíos, porque entre el estruendoso y repetitivo cuchicheo se cierne un silencio implícito de la arquitectura, la piedra y el metal tienen una voz en h, una aspiración fonética que resulta fundacional para que llegue a haber la construcción de un lugar.

Es así que Cándida Höfer nos trae al Museo Amparo una exposición de eso, de la vacuidad del espacio mexicano que se presume siempre habitado, siempre repleto. Sus fotografías son un esfuerzo objetivista de apreciar la esencia primaria de los recintos que a diario concebimos como artificios funcionales, elementos que no apreciamos por la rapidez con la que los cruzamos.

Cándida Höfer en México - Fotografía por Job Melamed
Cándida Höfer en México – Fotografía por Job Melamed

Es, pues, una forma de acercarse a aquello que creíamos conocer y que en la frontalidad de las imágenes devela detalles de los que el ojo cotidiano no se percata; una exposición de la presencia del espacio en la ausencia de los que lo armamos.

La mirada a la soledad de Ortíz Bretón

Multitus, soledad y verdad, exposición de Eugenio Ortíz Bretón - Fotografía por Job Melamed
Multitus, soledad y verdad, exposición de Eugenio Ortíz Bretón – Fotografía por Job Melamed

por José Luis Dávila

De pronto nos damos cuenta, habitamos no-lugares que antes parecían atestados y ahora se sienten fuertemente solos. Estamos ahí, en medio, en el lado oscuro de la colectividad, ese lado que es consciente de los otros en contraposición -decir “contra posición” es quizá más entendible- a uno mismo, a ese que se ve naufragado en el océano de ojos y bocas, que es arrastrado por la corriente tropical de las respiraciones y la nórdica de los pasos, cuando da el verde del semáforo y seguimos en la ciudad, gris, enorme e inconclusa. Una ciudad lista para recibir a alguien más, para mostrarle su verdad, la de la ciudad y la de sí, porque es en la crisis ante la vastedad de las estructuras que nos encontramos con nuestra propiedad, con eso que podemos ser en medio de todos al tiempo que en soledad. Así justo se siente la obra de Eugenio Ortíz Bretón, una introspección e introyección de una etapa que todos hemos surcado de una u otra manera.

Bajo el título de Multitud, soledad y verdad, la exposición que se muestra en La Galería Lazcarro es una oportunidad para entender ese sentimiento que salta cuando, de a poco, nos damos cuenta del falso imperio que es el acompañamiento fortuito del ruido en las calles y las personas que la cruzan; en otras palabras, de establecer el momento en que nos cuestionamos cómo vemos al otro y cómo el otro nos ve en ese contexto salvaje que es la multitud.

Multitus, soledad y verdad, exposición de Eugenio Ortíz Bretón - Fotografía por Job Melamed
Multitus, soledad y verdad, exposición de Eugenio Ortíz Bretón – Fotografía por Job Melamed

Así pues, las obras de Ortíz Bretón son un punto de inflexión que vale la pena revisar en este sentido, exploran su respuesta y su visión personalísima respecto al problema del sí rodeado por aquello de lo que forma parte pero en lo que su inclusión se presume como un atisbo de inercia en tensión, a punto de reventarse para dar paso al ser que se asume como parte individualmente del grupo, y no solamente como agente del mismo.

Estructuras de identidad, miradas que construyen

por José Luis Dávila

De pequeño tenía esta costumbre, quizá entonces poco orientada pero sí bastante necia, de juntar imágenes; ponerlas todas en una caja de zapatos para verlas de cuando en cuando, imaginar cosas sobre ellas, de la polaroid en la boda de mi tío al accidente recortado del periódico, momentos propios y ajenos que me resultaban de particular interés, pues a partir de éstos lograba pasar horas determinando cómo estaban hechos, qué tenían dentro, cómo habían sido tomados. Mi breve colección se perdió en los años de la adolescencia por cuestión de una inadvertida limpieza materna que los pensó más bien como papeles inservibles, rescatando sólo las fotos que le parecieron importantes. Su mirada, pues, argumentó contra la mía; ella buscaba pragmatismo mnemotécnico mientras que yo estaba asentándome desde una orilla mucho más estética, buscando una identidad propia en los rostros de los desconocidos que guardaba.

Estructuras de identidad, colección Walter - Fotografía por Job Melamed
Estructuras de identidad, colección Walter – Fotografía por Job Melamed

Pensé en todo esto al verme frente a Estructuras de identidad, en el Museo Amparo, una exposición que surge de revisar profundamente la colección Walter para presentarnos salas armadas en torno a la idea de quién se es, de cómo se es, de qué lugares habitamos y qué tipo de espacio construimos en ellos. Su valor se encuentra, creo, en la manera de concatenar diversas miradas sobre un mismo tema, miradas que cuentan a los demás desde sus cuerpos y poses pero, sobre todo, cuentan un dentro-fuera de la imagen que hace cuestionar la apropiación de la identidad en el contexto de cada una, de la toma natural en el metro a la impostura de una sesión específica.

Quizá sea esta una de las exposiciones más interesantes que pueda haber antes de terminar el año, ya que apela al descubrimiento de uno mismo en el otro que se encuentra retratado, impulsa a preguntarse de sí las técnicas que se tienen para ser y no ser, para construirse en medio del ruido que aterra a cualquiera cuando se está buscando en imágenes ajenas, que se está coleccionando de a poco y entendiéndose cada que abre la caja de zapatos que es la memoria.

Lectura sobre Lecturas: Arte contemporáneo mexicano en el Museo Amparo

Lecturas de un territorio fracturado - Fotografía por Job Melamed
Lecturas de un territorio fracturado – Fotografía por Job Melamed

por José Luis Dávila

De a poco, desde hace años, me fui inmiscuyendo en el arte contemporáneo a modo de espectador y, más tarde, cuando consideré haber adquirido el conocimiento mínimo necesario para pasar a la acción de expresar las razones de mi gusto, empecé a escribir sobre los museos que visitaba, los artistas, las experiencias con la pieza y las personalísimas reflexiones que, aunque redunde, me provocaban las reflexiones de los otros. Y mientras más veía, más quería pensarlo, comentarlo, apropiarlo. Porque, en gran medida, para eso es el arte: entender en uno algo que se genera desde la obra con el fin de cuestionar lo que nos rodea y establecernos desde un punto crítico.

Quizá esa sea la razón que más me atrajo. Mucho más cuando hay arte mexicano que se ocupa de desarrollar ese tipo de cuestionamientos sobre la identidad, la violencia, las convenciones sociales y morales, las creencias religiosas, o incluso del mismo acto creativo. El arte contemporáneo mexicano es una geografía híbrida que debe ser explorada a fondo, meticulosamente, con el interés que merece. Por ello, creo que es un gran logro la nueva muestra Lecturas de un territorio fracturado, la cual expone parte de la colección del Museo Amparo en un esfuerzo por dilucidar los cómos y qués que provienen desde la década de los 90’s y se topan con la actualidad.

Lecturas, curada por Amanda de la Garza y Cecilia Delgado, encuentra su hilo conductor en la concatenación de estilos y crea pasajes que se cuentan a sí mismos dentro de las salas, puentes que se establecen no para conectar tiempos ni lugares, sino ideas que se concretan en la experiencia de aquél que los recorre.

Es, pues, un ensayo hecho exposición, una argumentación sobre las preguntas que el arte arroja en México y posibilita conclusiones latentes, aunque no unívocas, que buscan ser desentrañadas. Una exposición para debatir y comentar, para acercarse al arte contemporáneo mexicano con la curiosidad justa que me recordó los motivos por los cuales me he quedado en esta línea de gusto estético y que, estoy seguro, despertará el gusto de todos los que se acerquen a ella.

La posibilidad de detenerse: entrevista a Juan Fernando Herrán

Ni héroes, ni mártires, de Juan Fernando Herrán - Fotografía por Job Melamed
Ni héroes, ni mártires, de Juan Fernando Herrán – Fotografía por Job Melamed

Ni héroes, ni mártires, de Juan Fernando Herrán, se encuentra en el Museo Amparo y durante la inauguración tuvimos la oportunidad de platicar con el artista sobre sus obras y el sentido social y reflexivo que contienen.

José Luis Dávila: Después de ver la exposición surgen muchas preguntas, de entre ellas la que resalta es si para ti, como artista, el arte es, hacia la violencia, un vehículo de denuncia o un punto de reflexión.

Juan Fernando Herrán: Punto de reflexión. Es importante, mi obra no trata sobre la violencia. Si uno se da cuenta hay cosas que pueden estar vinculadas con hechos de violencia pero no trata de esos hechos. La obra de las cruces, por ejemplo, a lo que se refiere realmente es la manera cómo un conglomerado social se apropia de una vivencia, reflexiona a partir de ella y asume una actitud de construcción hacia sí. Ese es el tema, no es realmente los treinta mil muertos al año o algo así. Me interesan los fenómenos que llevan a un país a ciertas circunstancias o que repercuten en la violencia, poderlos ver para entender mejor qué hay detrás. En la obra de La vuelta, por ejemplo, para mí era muy importante escuchar a esta gente que siempre han estado escondidos o que han sido reconocidos simplemente por sus hechos de violencia pero nunca se les ha oído qué buscaban, qué hacía, por qué, qué emociones los movían. Cuando uno los escucha, primero ve que hay una persona detrás, no una máquina, y que su condición es muy compleja, que lo que terminaron haciendo es el reflejo de una sociedad donde no había opciones, donde no tenían posibilidades de mejorar socialmente, económicamente, una situación que no les ofrece nada, y ante eso la gente termina haciendo lo que cree que puede hacer o con lo que obtiene una gratificación, económica o emocional. Siento que el arte es un espacio de reflexión y entendimiento que le plantea al espectador opciones para verse a sí mismo y para entender el contexto donde vive. Y dentro de un mundo tan veloz como el de hoy en día, el arte y otras manifestaciones, le dan la posibilidad de detenerse un poco y no simplemente de consumir, sino de interpretar.

JLD: Hablando de eso, cómo problematizas al espectador en tus obras

JFH: Quisiera pensar que le estoy exigiendo atención y tiempo. Si ves a una persona que entre a una exposición y sale rápido, no tuvo contacto con lo que hay allí, pero con determinados guiños quiero capturar a ese espectador y que se detenga. En la obra de Cajas fucsia, por ejemplo, esos textos son, por curiosidad, muy atractivos porque son muy pequeños y cuando cambias de una actitud pública, de una actitud en la que estás con todo el mundo, y te sumerges en un texto pequeño, de pronto ya tienes una relación íntima, y mi idea es que esa persona pueda estar leyendo varios textos y que la obra te capture. Lo mismo con el vídeo; es un trabajo de veinticinco minutos, normalmente la gente no está dispuesta a gastar veinticinco minutos frente a una obra, pero creo que la dinámica del vídeo, la forma en que empiezan a suceder los relatos, puede seducir al espectador. Trabajé mucho en ese aspecto, cómo ir dando información de una forma ligera, porque la pieza tiene unos contenidos muy pesados pero no te los boto así, sino como un relato, una serie de charlas, de documentaciones que te empiezan a capturar y creo que lo hace bien. Los comentarios de mucha gente son “yo empecé a verlo y se me olvidó el tiempo, me quedé mirando porque cada escena me llevan a algo más”, y eso puede ser valioso de la pieza.

Ni héroes, ni mártires, de Juan Fernando Herrán - Fotografía por Job Melamed
Ni héroes, ni mártires, de Juan Fernando Herrán – Fotografía por Job Melamed

JLD: Ni héroes, ni mártires, esta exposición que presentas, se encuentra en el marco del ciclo Encuentros latinoamericanos, ¿crees que el arte que se produce ahora en Latinoamérica refleja alguna realidad?

JFH: Creo que hay varias vertientes del arte latinoamericano, clarísimo. Creo que hay, incluso, muchos artistas latinoamericanos que pueden estar resintiendo el hecho de que el arte latinoamericano sea siempre un reflejo de la realidad. Lo que yo hago tiene mucho de reflejo de la realidad, pero hay que ser muy conscientes de cómo lo hacemos, cómo interpretamos lo que compartimos, cómo interpretamos los contextos y qué le damos al espectador. Desde ese punto de vista, la realidad es el anclaje común, entonces creería que sigue siendo muy importante. Ahora, otros artistas que están más interesados en un lenguaje del arte por el arte, hay otras vertientes más comerciales, obras que impactan rápidamente, que son atractivas, y están las que son de una denuncia más cruda. Hay muchas opciones.

Ni héroes, ni mártires, de Juan Fernando Herrán - Fotografía por Job Melamed
Ni héroes, ni mártires, de Juan Fernando Herrán – Fotografía por Job Melamed

JLD: Finalmente, ¿cuál crees que el punto más álgido o de interés en Ni héroes, ni mártires?

JFH: Creo que el mérito de la exposición son los vínculos que se crean entre las obras. Puede que haya unas piezas que por su dimensión sean más atractivas, más visibles. Sería un error decir “no se pierdan esta obra”, porque el tamaño de la muestra es bastante cómodo para ver, no es una exposición de treinta obras, son ocho obras y vale la pena insistir en que el público las vea todas.

Poesía documental: Entrevista a Mat Jacob

El pasado 21 de enero se inauguró, en el Museo Amparo, la exposición de Mat Jacob llamada Chiapas, insurrección zapatista en México, 1995-2013, un  trabajo que retrata la amalgama de sociedad e ideología en las comunidades que han sido parte de los conflictos políticos en la zona sur del país. Al respecto, entrevistamos al mismo Jacob, y aquí lo que nos dijo.

José Luis Dávila: ¿Por qué interesarte por el movimiento zapatista?

Mat Jacob: Empezó el 2 de enero de 1994, como todo el mundo; supe por la prensa sobre Chiapas y fue interesante, pero yo pasé a otra cosa. Unos meses después, leí el libro de Marcos, que se llama Ya basta, donde hay textos que combinan comunicados militares y de historia, por ejemplo, que mezcla la cultura indígena y la cultura mexicana, que está muy bien escrito y también que me parece dice cosas importantes. Entonces, algunos meses después yo decido venir aquí para fotografiar, documentar, ver lo que pasaba aquí.

JLD: Todo este trabajo de fotografía, de estar en las comunidades, obviamente te dejó un trabajo artístico impresionante, pero, ¿qué te dejó como persona?

MJ: Fue muy fuerte porque no conocía la cultura mexicana, la cultura indígena, no conocía este país, entonces descubrí la cultura indígena, fui a las regiones de la selva lacandona, donde hay tojolabal, y descubrí la manera de pasar, la manera de vivir y el contacto con la gente fue muy fuerte. Regresé a los mismos lugares un año después y había algo fuerte; ellos me piden muchas cosas sobre mi cultura sobre mi país: había un intercambio interesante.

JLD: ¿Cómo hiciste la selección para lo que se presenta aquí?

MT: Lo que me importa es hacer una selección para narrar, para decir las cosas sobre lo que pasó en Chiapas desde hace veinte años, y la otra cosa, decirlo con el máximo de poesía; es como una cosa que puede pasar en todas las culturas,por ejemplo, la gente aquí me dice que el grado de relación es muy fuerte y es una forma de impresión que gusta mucho, le habla a la gente de poesía. Entonces elegí las fotografías entre lo que es importante de decir y lo que es el idioma de la poesía.

JLD: Después de todos estos años que han pasado desde el zapatismo y tu trabajo, ¿qué es lo que te interesa ahora como temas para tus futuros proyectos?

MJ: Todo lo que toca el ser humano es lo que me interesa, no importa el país, me interesa lo que pasa en la madre tierra; es muy importante.

Arte y experiencia: sobre Entramados, Sin límite y La unción de Mercurio

por José Luis Dávila

Una de las grandes preguntas que esta década nos pide responder es por qué apreciamos el arte contemporáneo, la cual es, en principio, algo sencillo de resolver, pues en la actualidad ponemos al gusto fuera del circuito para centrarnos en el mensaje, es decir, apreciamos el arte contemporáneo debido a la fuerza de lo que transmite, a aquello que evidencia, a lo que retrata y expone; a fin de cuentas lo que valoramos es la explicación de la imagen por sobre la imagen misma, y ésta sólo es un vehículo para la información.

Por supuesto, el párrafo anterior podría resultar ofensivo para muchas personas, sobre todo para artistas, y sin embargo, no hay otra manera de expresarlo. La práctica del arte contemporáneo está viciada por el querer pertenecer a un discurso, y mientras más social mejor. Claro que esto no es malo; históricamente, el arte ha sido un referente de los cambios sociales y expresado diversas situaciones que ocurren en los entornos que se desarrolla, pero, al menos personalmente, considero que se debe hacer una distinción que al arte de nuestros tiempos se le ha olvidado y que antes era evidente: la tendencia y el compromiso.

De un lado, la tendencia aspira a ser vista, no hace caso de las formas, pone la esencia estética al servicio de lo que quiere decir para poder hacer ruido. Mientras, el compromiso está en la obra consigo misma, en el artista y sus intereses, lo cual provoca el cuidado de lo bello implícito, un “bello” entendido por el gusto y no por la estandarización.

Recientemente, cuando en San Pedro Museo de Arte se inauguraron Sin límite, de Patricia Fabre, La unción de Mercurio, de Jorge Llaca, y la colectiva Entramados de la pintura en Puebla, me puse a pensar en todo lo anterior, y es que al pasar por las salas que albergan las obras tuve la necesidad de cuestionarme frente a las producciones cómo es que estamos leyéndolas, si las valoramos por lo que son o por lo que dicen, si las entendemos realmente, o si de verdad tenemos que entenderlas.

Cada una de las piezas presentadas en San Pedro es una maravilla de la técnica artística. Y cada una es una experiencia diferente: Patricia Fabre nos narra un camino al autodescubrimiento, una senda marcada de inconsistencias íntimas entre las líneas y la dualidad de los colores; Llaca propone una interpretación a la espiritualidad de la razón, una instalación díptica que realza el conflicto entre el hacer y el contemplar, pero más allá, un uso del espacio y su historia para generar un tema; finalmente, Entramados se define por su título, un compendio de alto valor histórico y artístico en el cual encontrar piezas que demuestran cómo evoluciona una sociedad en su arte, cómo se ve a sí misma y el modo de apropiarse de ella por las miradas creativas que viven en ella.

Pero lo dicho no es algo que todos deban pensar, es algo que pienso yo. Como dije, una “experiencia”, misma que no se puede tener por otros, y por ello me cuestiono aún la pertinencia de apreciar al arte contemporáneo por su mensaje. Por supuesto, tener la explicación del artista y el curador resulta enriquecedor, pero lo que verdaderamente necesitamos es la opinión del espectador, pues al final es lo que hace al arte y no lo otro. El gusto elidido es un pecado que no deberíamos permitir en las galerías de nuestra ciudad a favor de la explicación cerrada, y mucho menos en muestras como las que ahora menciono, ya que al arte contemporáneo le falta la validación de esa experiencia personal e íntima que cada quien le otorga y le sobra la admiración de sus pares.

En fin, vayan y vean las obras por ustedes mismos, y pregúntense “qué veo yo” y no “qué debería ver”.

Isaac Julien: el capital y sus divertimentos

por José Luis Dávila

El acelerado ritmo de los inversionistas, los banqueros, los corredores de bolsa, contadores, rings de teléfonos, papeleo, montañas de papeleo, todos ellos en esfuerzo conjunto para hacer real al dinero, para hacerlo también virtual; generar y desaparecer, un vaiven, casi tan bien armado como una pieza de Morricone, o mejor aún, un ensamble de jazz en un club nocturno de New York, donde al final del día se toma una copa, se respira, se dejan los pies fuera de los tacones y las corbatas liberan el cuello. Pero a la mañana siguiente, todo de nuevo. Y nosotros, en verdad creemos ser sólo espectadores, creemos que estamos fuera del juego. Pero no. También marchamos en sus términos. Somos una sociedad encadenada, para bien y para mal –sin que uno sea contrario realmente del otro–, a los valores económicos. Al capital y sus divertimentos.

Kapital, de Isaac Julien, en el Museo Amparo - Fotografía por Jessica Tirado
Kapital, de Isaac Julien, en el Museo Amparo – Fotografía por Jessica Tirado

La anterior es una premisa casi burda en comparación  a cómo lo expone Isaac Julien con sus films Playtime y Kapital, presentados a modo de díptico en las salas del Museo Amparo. Julien propone la exploración cinematográfica como un medio para el entendimiento de cuestiones que llevan más de siglo y medio desarrollándose en conceptos formadores de los sistemas políticos y comerciales del mundo. Conceptos que han provocado tanto épocas de abundancia como guerras y divisiones sociales. Conceptos que ahora se muestran y usan indiscriminadamente, restándoles su significado original, al tiempo que adquieren otros que se les atan ya por honestos errores, ya por malinterpretaciones premeditadas.

Playtime, de Isaac Julien, en el Museo Amparo - Fotografía por Jessica Tirado
Playtime, de Isaac Julien, en el Museo Amparo – Fotografía por Jessica Tirado

El trabajo de este artista es una forma de acceder a la experiencia audiovisual de problemáticas que parecen lejanas, pero si se reflexionan, son aplicables a hechos que nos conciernen como parte de eso que se suele denominar “aldea global”, en la cual estamos sin que nadie nos pidiera opinión, pero de la que nos beneficiamos también. Julien expone, pues, el mundo de matices que referencian la actividad económica actual, e invita a una introspección de ese mundo, un análisis propio (y creativo) del rumbo socioeconómico en el cual nos encontramos.