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Citas a ciegas

por Diana Romero

La necesidad de encontrar alguien con quién compaginar abrió el paso a aplicaciones cuya finalidad es conectar a un par de personas para que se conozcan, conversen, salgan y amplíen sus relaciones sociales. Pero, ¿es ese el verdadero uso el que se le da?

No puedo hablar de un tema sin haberlo experimentado personalmente. Me inscribí en dos aplicaciones con un perfil completamente real, introduciendo gustos, metas, sueños, disgustos, incluso mi signo zodiacal. Mientras lo hacía, recordé que hace años, al principio del internet, era parecido. La diferencia era que entrabas a una sala de chat y conversabas con muchas personas al mismo tiempo; si te agradaba alguien, podían darse el correo personal y platicar en privado. Ahora las cosas son un poco más directas. Lees el perfil, observas sus fotos, valoras las posibilidades de simpatizar, le das un click favoreciendo al sujeto y esperas a que responda de manera positiva para poder interactuar por mensajes privados dentro de la aplicación. Si ambos coinciden en el interés, cuando han tomado alguna confianza, sueltan el número de celular para mandar mensajes más personales; las pláticas son variadas, pero siguen el mismo patrón convencional: ¿cómo te llamas?, ¿cuántos años tienes? ¿estudias o trabajas?, ¿de dónde eres?, ¿qué te gusta hacer? Preguntas básicas para romper el hielo, aunque esto es en los mejores casos, en otros, la plática va al grano y comienzan las fotos insinuantes para quedar en algún lugar e ir al punto. Ya depende de ti aceptar o rechazar.

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Hay un chico al que llamaré E. Iniciamos una conversación sencilla, convencional y decente, accedí a darle mi número de celular y después de meses de ser “amigos virtuales” decidimos conocernos; la experiencia fue buena en todos los sentidos. Salimos a un bar, convivimos un rato. Hablamos sobre los temas que ya habíamos abordado por mensajes pero en vivo fue diferente; era emocionante hablar de nuestros perros, de DBS, de tatuajes, de trabajo, de esas cosas comunes. Actualmente somos buenos amigos, aunque no voy a mentir, a punto de conocerlo evalué todas mis posibilidades de huida, avisé a mis amigos dónde iría y con quién, tal vez actuando con paranoia pero me sentí menos arriesgada.

Segunda persona. Resulta que A me mandó mensajes y fue un tipo agradable; un día me mandó un mensaje al celular con una foto mía caminando por la calle. Por razones naturales entré en pánico y le pregunté qué hacía por ahí, me contestó que su trabajo quedaba cerca; no podía creerlo, pero era posible, aunque dejé de salir a la tienda por un tiempo. Luego lo olvidé pero cada vez que él lograba vislumbrarme en la calle sólo me mandaba una foto mía caminando, con un pie de página estilo “no te saludo porque creo que es muy extraño y te puedo asustar”. ¡Tú crees que mandarme fotos mías en la calle no es de miedo!, pensaba cada vez que me escribía ¿Por qué no lo bloqueé? Sencillo, era alguien con quien hablar, perturbador, pero alguien. Un día entré a una tienda de autoservicio y justo saliendo de ahí llegó su mensaje diciendo “estabas delante de mí y no me viste”; con una mezcla de paranoia y curiosidad regresé, sabía que había mucha gente y podría gritar, un chico salió de la fila y fue a saludarme, asumí que era el tipo de los mensajes, quién más si no. Platicamos un rato. Resulta que su trabajo está a media cuadra de esa tienda, que me ha visto pasar a la hora de la comida pero le asustaba que lo estuviera acosando ¡Sorpresa! Yo también representaba una amenaza para él. Reímos un rato, conversamos y nos despedimos. Actualmente los mensajes se han reducido y nunca hubo una cita.

También me topé con más personas que sólo buscaban sexo, las fotos de desnudos no fueron ausentes, los caballeros mencionaban un lugar, esperaban que una llegara sin más, prometían una cita, un buen rato y condones. Suena bien cuando la persona quien te lo sugiere es alguien que ya conoces, pero de un desconocido es bastante dudoso; pensándolo fríamente no es tan diferente de ir de fiesta, ligarte al gerente, cantinero, mesero, cantante u otro asistente de tal evento e irte a la cama; todos somos una potencial amenaza entre nosotros mismos, sólo se trata de confiar a ciegas y lanzarte. Aunque lo sumamente vergonzoso es cuando alguien cercano arregla una cita para ti con alguien que de acuerdo a sus estándares es perfecto para ti, de antemano imaginas un desastre. ¿Qué les hace pensar que el resto elige mejor que yo lo que quiero?

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En otro bar que conozco existe un evento que se llama “Noche de chicas”; las mujeres van a conocer a los hombres, toman una copa, platican y si no les agrada pueden seguir con el siguiente o eso presume el cartel, yo me he reservado el derecho de ir, porque aunque soy bastante curiosa, me gustaría tener un cómplice para ayudarme si me meto en problemas.

Las razones que me dio un amigo para usarlo fue “es más fácil quedar con alguien de ir al motel, de esa manera porque sólo pides sexo, no una relación, además está el juego de la cacería y seducción, aunque sabes que terminarán en la cama es bueno tener entretenimiento, pero también puedes ir al grano, depende de la persona y situación”, ¡Suena súper cool! Pero prefiero el método antiguo, llegar a un lugar y mirar fijamente a alguien hasta que note que lo estoy mirando y se acerque a mí, bastante anticuado para el 2019 pero efectivo; el mismo amigo en ocasiones se ha quejado debido a que las chicas con las que ha quedado quieren asistir a lugares caros, restaurantes, el cine, el antro, el motel. Realmente no sé qué esperaba, es un lugar para venderse al mejor postor, el sexo es el producto, la persona con quien lo obtienes es el vendedor, la aplicación es el medio y el dinero, siempre el dinero.

Somos capaces de todo para tener atención, citas, alguien que nos acaricie, con suerte alguien que se quede después del coito, o si no, al menos en la cita ya fingió escucharte, diste tu lado vulnerable para recompensarlo con sexo. Aunque también es un juego de dominio, empoderamiento y libertad, una pantalla de todo al mismo tiempo que refleja la realidad, sin tapujos ni medidas. Un método adecuado para la época, aproximándonos a la humanidad tras un muro virtual.

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Toxilandia

por Diana Romero

El despunte del autocuidado ha otorgado un lugar relevante a proteger el entorno que se habita psíquicamente; se promueve el deshecho de malas vibras e imposibilidades de desarrollo: un trabajo desagradable, un hogar asfixiante y una relación inestable. Pareciera que estas situaciones ajenas a uno se han vuelto opcionales, haciendo que el cambio constante y búsqueda de la satisfacción sea alcanzable con la sencillez de sacar de la vida aquello que repercute en la salud mental.

El punto en el que ha influido más es en las relaciones interpersonales, como amigos y pareja, aunque también repercute en la familia; si la persona que es próxima comienza a restringir las habilidades, gustos y preferencias del individuo, el consejo es dejarlo ir, ya que es un represor. Esta tendencia me parece descabellada cuando es llevada a los extremos como terminar una relación sólo porque nuestros gustos son diferentes, porque demostró su enojo de una manera que difiere con mi manejo de la ira, porque me ofendió diciéndome la verdad, porque tiene, desde su perspectiva, una visión del futuro que no compagina con la mía; situaciones que, en su mayoría, se pueden resolver conversando.

Imagen de archivo
Imagen de archivo

Hace años una conocida tuvo un bebé y se juntó con el padre de la criatura, una práctica usual ante la falta de compromiso que se respira. Año y medio después, regresó a casa de sus padres porque el chico siempre estaba trabajando, parecía de malas y las cosas ya no eran como antes; su madre le dijo que pensara en el futuro de la cría, que mientras permaneciera con ella, sus necesidades básicas serían cubiertas e impulsaría su desarrollo personal con alguna carrera universitaria, añadiendo que el yerno jamás le pareció adecuado para ella. Pasaron un par de meses y la chica volvió con el joven; al año tuvieron otro niño, y hasta ahora permanecen juntos. Antes de eso, la conversación entre mi madre y la de la conocida fue un tanto acalorada. Mi madre argumentó que debían enseñarles a los hijos que al final de cuentas ellos eligieron a su pareja y no pueden salir huyendo a la primera pelea; ella en veinte años de casada tuvo muchos conflictos pero se han resulto poco a poco por el nivel de compromiso con el amor que siente por mi padre; aunque entre todas las peleas de mis padres yo hubiera preferido su separación, ahora los entiendo.

Yo misma pasé por una relación que me permitió comprenderlo: el cariño que se forja por la pareja es inmenso; como dice Fromm, no amar porque se necesita sino necesitar porque se ama; es decir, la necesidad de sentir amor es nefasta a comparación a la necesidad por amor; las preposiciones “de” y “por” son importantes. Aprender a diferenciarlos es un tanto complicado, pero un par de años de terapia para dejar ir a la persona que más he amado me permiten entender que existen límites, los cuales se aclaran a través de las siguientes preguntas: ¿Qué quiero de esta relación? ¿Me está procurando mis necesidades? ¿Cómo me siento en esta posición? ¿Cómo está influyendo mi vida? ¿Los comentarios que hace son asertivos o hirientes? ¿Cuánto vale pare mí esa persona? ¿Me estoy autocuidando o descuidando? Estás preguntas podrán sonar absurdas, incluso sencillas, pero cuando se comienza a contestar con sinceridad, las respuestas nos darán una pista para tomar una decisión; por otro lado, si estas preguntas se toman a la ligera, siempre resultará que aquella persona nos hace daño y lo mejor es dejarla.

Imagen de archivo
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Actualmente, el índice de rupturas entre mi círculo se ha visto justificada bajo la palabra “tóxica”; resulta ser así porque la vida en común, los gustos, las decisiones y las discusiones afectan siempre al individuo; pienso que ese adjetivo se está utilizando de manera indiscriminada para nombrar a todo aquello que no está de acuerdo conmigo, además de que en cierto grado, y con ese parámetro, todos somos tóxicos para el resto. La justificación de la toxicidad de una persona facilita deshacerse de las responsabilidades y compromisos, y la verdad de la circunstancia, en ocasiones, es porque no estamos interesados en el nivel de compromiso que requiere una relación como hacer planes en pareja, compartir la privacidad y demás.

Todo esto también ha sido tergiversado a conveniencia; de pronto la autonomía y libertad se han visto intercambiadas por el libertinaje. Entre menos explicaciones al prójimo más libre se siente uno, hacer lo que quiera cuándo, cómo y dónde quiera; lo digo porque me pasó. Si soy honesta, aunque sé que me estará leyendo, en un arranque de coraje pude llamarlo tóxico pero tras reflexionar, sé que había falta de compromiso de mi parte.

Algo tóxico es sencillo detectarlo a cierta distancia y con una perspectiva objetiva: durante la convivencia con alguien, el nivel de químicos que dispara nuestro cerebro entorpecen el raciocinio; la permanencia prolongada en situaciones tóxicas proceden a nublar la verdad y comienzan las justificaciones de las acciones del otro sobre las propias; no sólo de la pareja sino de los amigos y la familia; sin embargo, la mayoría de mis terapeutas me han preguntado si ellos son tóxicos realmente o me he empeñado en juzgarlos de tal manera para justificar el instinto de huida. Crueles planteamientos, dolorosas verdades.

Estoy a favor de la salud mental, y si es necesario sacar a alguien de nuestra vida por su nivel de interferencia en ésta, pues adelante, pero es un proceso de ruptura y duelo en caso de ser con alguien que hemos llegado a estimar demasiado; sin embargo, cada uno debemos responsabilizarnos, asumir nuestras razones y no justificarlas a través del adjetivo “tóxico”.

Viaje

Viaje - Imagen pública
Viaje – Imagen pública

por José Luis Dávila

¿A qué se le debe llamar un viaje? ¿Cuál es la distancia que se debe recorrer para que ir de un punto a otro, para que un trayecto cualquiera, se convierta en un viaje? Poco a poco he estado notando que tal palabra se usa para designar a los recorridos que se hacen a largas distancias –más largas que las distancias que se suelen atravesar en un día normal–, y que tienen una finalidad específica, misma que contienen cierto grado de relevancia para quien lo hace: un viaje de negocios, de estudio, de vacaciones, etc.

O alguna vez han escuchado algo como “hoy viajé a la tienda”, “viajé al centro comercial para comprar un vestido”. Para esas cosas, por lo general, se usa el verbo ir.

Me gustaría pensar que las personas entienden que viajar es un acto más profundo, pero por lo que sé, sólo lo distinguen, precisamente, por el objetivo del recorrido y por el tramo que se hace, por el tiempo que se toma uno en llegar. Sin embargo, puedo tomar un vuelo hasta Italia, por decir un lugar lejano, y no sentir que he viajado.

Viajar va más allá de la espacialización de la jornada que se usa para transitar, esto es, no está inscrito el verbo en la suma del tiempo y los lugares por los que se pasa. El viaje está en nosotros. Viajar es disfrutar, pero no únicamente del trayecto, sino de lo que se observa, de lo que se piensa, de lo que se siente al estar en movimiento y dirigiéndose a cualquier lugar. Porque de otro modo, esto sería un paseo, y pasear, para mí al menos, es un acto de introspección que necesariamente debe hacerse solo. Cuando “pasear” se le llama a caminar acompañado por algún lugar, eso no es dar un paseo, sino “estar con”, y al contrario, el viaje siempre se hace acompañado, incluso cuando se va solo.

Viaje - Imagen pública
Viaje – Imagen pública

La diferencia radica en que durante el paseo se piensa en uno a través de lo externo, mientras que en el viaje es justamente sobre lo externo sobre lo que se va reflexionando. No nada más sobre lo que se ve como un objeto, sino sobre cómo ese objeto llega a estar ahí, frente a nosotros por el tiempo que tardamos en seguir el camino, y cómo por unos instantes, nos ha acompañado. Aún más, cuando se comparte un viaje, se habla de lo que se ve, y con cada palabra que se entabla, uno va creando una reflexión propia sobre la forma en que la relación con ese otro que se está va desenvolviéndose por medio de lo dicho sobre todo lo demás que los rodea.

Yo viajo mucho. Voy de un punto a otro con el afán de pensar en lo que veo; en esta semana que ha pasado, mucho más me ha ocurrido que se me convierte en viaje un recorrido en autobús, el trecho que hay de mi casa a la tienda, las compras por el supermercado. Todo ha sido susceptible de ser viaje. Así he reafirmado que para viajar sólo hay que abrir los sentidos y dejar fluir la empatía con el entorno, no importando otra cosa que saber que lo que está fuera de nosotros nos puede ayudar a entendernos un poco al tiempo que se le entiende a eso mismo; una forma de la reciprocidad en que el conocimiento de uno se da al conocer al otro, si lo quieren poner de ese modo, o un poco más como yo lo veo: entender que todo lo que nos rodea también es parte de lo que somos.

Viaje - Imagen pública
Viaje – Imagen pública

Preámbulo inverso a un concierto

Radiohead en concierto - Imagen pública
Radiohead en concierto – Imagen pública

por Andrea Alamillo Rivas

Immerse your soul in love…
Radiohead

Son pocas las veces que dejo de lado la sensación de abandono y la abstracción sesgada para preguntarme por la soledad de los dioses.

Fue en medio de un concierto donde una inminente tristeza me encontró lamentando el destino de las deidades. Esa noche, mientras suspiros de guitarra y el descaro de la lluvia, tuve una visión: misticismo haciendo de las nubes una cuna en donde habría de parar toda la desolación. Inútiles, dispensables, los dioses miraron hacia las creaciones que creyeron suyas y lloraron.

Seres de fuego, piel de serpiente, cabezas, colmillos, truenos y sacrificados; todos ante la misma imagen insoportable, todos abandonados por el hombre. Sustituidos por aquellos que no poseen divinidad y cuyos abrazos, sin embargo, son mucho más que las promesas intangibles de paz infinita. 

Creyéndose portadores de la vida y siendo recordados cuando muerte, los dioses situaron sus miradas sobre el recinto en que miles de fieles desparramaban sus existencias, entregados en carne y alma a un ritual donde, en el centro del altar, no existía divinidad.

¿Qué pensarán los dioses –me pregunté– al mirarnos revueltos así, en un éxtasis de cuerpos otorgados al sonido detenido en el espacio por la voz de Thom Yorke?

Radiohead en concierto - Imagen pública
Radiohead en concierto – Imagen pública

¿Qué vida podía darnos entonces ningún dios? Y son los hombres mismos quienes se regalan vida: quienes, en un fluir universal explotan a medio aguacero y no son individuos sino aullidos, vida regada danzando, alzando los dedos, ondeando las extremidades hacia las alturas desde donde los compositores de arrebatos pulsan, en la anatomía de la música, el desgarre preciso para dar en la médula del alma.

Y es el hombre la colisión que busca arte y trasciende al egoísmo de los altísimos que se pretenden perfectos y buscan diezmos y sacrificios a cambio de una eternidad entre nubes, sin toda aquella fractura que es la verdadera autora de los versos que anhela el hombre.

Los dioses miraron con todo su poder resignado a la eternidad del hombre, a la convulsión de un espíritu cedido sin preámbulos, sin juramentos ni más sacramento que el de un aullido y un coro haciendo al aire y a la tierra parte de ellos y de aquellos adorados que no son más que hombres siendo hombres y sumergiendo a las almas en amor…

Perspectivas

ESCRITURA-IMAGEN PÚBLICA
ESCRITURA-IMAGEN PÚBLICA

por Deysi Sánchez

¿Qué cosa escribir cuando todo se ha escrito? Cuando un tema se ha saturado representa un reto para quien se proponga abordarlo. Lo rebuscado siempre nos lleva al mismo camino, en algún punto el autor converge con los autores anteriores, perdiendo así la originalidad y confundiéndose con el plagio que el internet ha facilitado con el copy/page.

Hace poco a mí me acusaron de plagio, porque el tema ya no daba para más, pensé, pero no, la verdadera razón la atribuyo a mi pereza, a mi falta de voluntad por investigar más allá de lo aparente, de lo predecible; también por mi incapacidad para utilizar más palabras que le dieran un aire distinto al tema, palabras que aunque dijeron lo mismo sonaran diferente.

Tal vez caiga en el cinismo al aceptar que mi pereza me trajo consecuencias fatales, pero si ese cinismo me ha de servir para mejorarme a mí misma y por consiguiente comprender que las cosas hechas de prisa no siempre salen bien y que todo lleva su tiempo, (así como en la cocina hay que esperar a que la comida adquiera su sazón o su sabor no será muy agradable) entonces sí, soy una cínica.

Y soy cínica porque admito mis errores con descaro, sin avergonzarme, como una malcriada, eso mismo es lo que soy, alguien que comete muchas faltas y que se jacta de ellas, siempre con la cara en alto.

Sin embargo, sé que para otros este acto valentón no es otra cosa que una estupidez. Y es que no todos tenemos la capacidad de reconocer nuestros errores, muchos prefieren callar y no enterar a los demás que han fallado, pero yo creo que si uno acepta sus errores ante otros, al menos ante los más cercanos, abriremos su panorama y podrán reflexionar a base de nuestra experiencia, y tal vez en algún momento evite que ellos comentan nuestro mismo error.

ESCRITURA-IMAGEN PÚBLICA
ESCRITURA-IMAGEN PÚBLICA

Pero si no erran ellos, entonces cómo adquirirán experiencia, entonces hay que dejar que se equivoquen y que aprendan de esas equivocaciones, pero, aunque parezca un juego de palabras, errar no significa aprender, para eso hay que tener actitud. Es cuestión de perspectivas. Todos vemos las cosas desde distinto ángulo, nosotros mismos somos nuestro punto de fuga, nunca nadie mirará lo mismo que nosotros vemos, al menos no desde nuestra mirada.

Si entendemos esto entonces ya no habrá puntos de vistas idénticos o muy parecidos, porque habremos adquirido la capacidad de ver desde nosotros mismos, desde nuestra perspectiva, esa que es única, la que no nos evitará andar el mismo camino, pero sí andarlo con diferentes zapatos, entonces tal vez, sólo tal vez, se acaben los plagios.

Delirios comunicativos II

Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

por Andrea A. Rivas

De regreso con los delirios comunicativos; la semana pasada esbozaba esta maraña de pensamientos que me surgen al hablar de comunicación y más aún, de las palabras y del peso que tienen éstas tanto en nuestra percepción de la realidad, configuración como individuos y relación con el mundo.

¿Miraron el video que les dejé? Aquí está, por si no:

¿Se dan cuenta de cómo, al parecer, la ballena humanizada necesita reconocer su identidad y para ello hace uso de las palabras? Sucede que para aprehender la realidad, el mundo de lo conocido y lo tangible, el hombre necesita ponerle nombre a las cosas; tal parece que, si no se nombra, no existe.

Pero antes de profundizar desmedidamente en esto, vamos a ver qué rayos son las palabras. Para estos propósitos podemos entender a la palabra como la relación entre significado y significante: tenemos, por un lado, que don Saussure nos explica cómo esta relación entre palabra y significado es arbitraria, es decir, no hay un porqué. La palabra amor bien podría ser asdsfgea: el punto está en la convención. Entonces las palabras, la lengua que hablamos y la manera en que la hablamos, son aprendidas. Y ya está. ¡Qué fácil! No hay relación. Duda resuelta.

Híjole, pues no, y es que empezamos el párrafo anterior con la expresión por un lado y entonces hay otro lado. Y por ese otro lado: ya entendimos, más o menos, que las palabras son memorizadas, vaya. Un bebé señala para todos lados “¿ete?” y su mamá le repite el nombre de las cosas, pero en nuestra mente van creándose relaciones más complejas que la de palabra-objeto.

El sonido “chilaquiles” es el significante, lo emitido, las grafías; en cambio la imagen mental que acude a nosotros cuando escuchamos estos fonemas, el olor a salsa, los colores que miramos deslizándose por el plato, el recuerdo de esos últimos chilaquiles que desayunamos para curar la cruda, todo esto, es el significado.

Vemos por un lado, que dentro del significado hay mucho más que la imagen de unos chilaquiles estáticos y predeterminados exactamente iguales para todas las personas que escuchen esta palabra. Quizá alguno de ustedes odia los chilaquiles y entonces pensó “guácala” y esos colores que para los hambrientos de una noche tibia resultaron seductores, para ustedes, lectores anti-chilaquiles, resultaron nauseabundos. Incluso, seguramente, imaginaron el color de los chilaquiles, pero yo no les hablé de la salsa de chile morita, o de tomate verde bien asado, o de jitomate gordo y rojo, el color de los chilaquiles fue de su cosecha, a mí no me achaquen semejante responsabilidad.

He ahí el predicamento. Ahora hablamos de chilaquiles. Quizá un japonés no sepa de lo que hablamos, pero entre nosotros no existe demasiado conflicto si yo les cuento que cené chilaquiles y ustedes evocan el color incorrecto de salsa, sin embargo, ¿qué pasa cuando hablamos de cuestiones más importantes que ésta? ¿Cuándo interpretamos, cuando el significado de lo que se nos dice o lo que decimos es entendido, precisamente como con los chilaquiles, desde el punto de vista y conocimiento subjetivo del oyente? La comunicación resulta imprecisa. Ocurre el clásico diálogo de: pero no nunca dije eso.

Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

¿Cómo hacerle? Ni siquiera pretendo intentar dilucidar una respuesta para ello –aún–, sin embargo surge esta otra pregunta: ¿por qué nos es tan importante esta comunicación? ¿Por qué la necesidad necia de ser comprendidos, de expresar lo que nos es y expresarlo, además, clara, casi fotográficamente? (Y hago un paréntesis porque esta metáfora de pronto me parece absurda. Una fotografía no representa ni el 50% de la realidad, ¿y lo táctil, lo auditivo, el clima, los olores..?)

Comunicarnos no sólo por señas, no por gemidos y vuelos como las abejas, sino por palabras, distinto a cualquier otro ser vivo de la creación… No tengo la respuesta, por supuesto; sin embargo, les comparto mis dudas para que el insomnio sea colectivo y,como la semana pasada, les dejo un cachito de lo que me leerán la siguiente:

“Flusser, por otro lado, cree que el diálogo es el propósito de la existencia. El sentido de responsabilidad inherente a la relación dialógica entre emisor y receptor ofrece al emisor una oportunidad para dar sentido a su propia vida frente a la entropía y la muerte.”

 

(Nota: Tengo que dejar un agradecimiento y constancia de no-cinismo a Juan Carlos Reyes, quien sabrá Tláloc si recuerde mi existencia, y quien durante sus clases se encargó de patrocinarme todas estas dudas existenciales y parte del material -el video de Youtube, por ejemplo- que he estudiado para intentar… hacer algo con ellas.)

Soundtrack

Piano - Imagen pública
Piano – Imagen pública

por José Luis Dávila

Me gusta ser de esas personas que aprecian el silencio en la música, su función, el sentido que le da a toda composición un instante entre notas, entre movimientos, porque la duración de una pieza es el tiempo que transcurre mientras se toca hasta que se escucha: lo que sucede en ese intervalo es la apreciación, la contemplación estética. No nos damos cuenta porque muchas veces estamos tan encandilados de los sonidos que no entendemos que tales no existirían sin el ritmo que proviene de los espacios en blanco dentro del sonido mismo.

Pensar en todo esto es pensar obligadamente en John Cage y su 4”33, que no es otra cosa que la interpretación pura de la música; la música está ahí, donde el silencio se eleva para crear sensaciones en el acto de escuchar, entendiendo que ese mismo silencio es uno de los fragmentos más bellos que se pueden crear, porque sí, el silencio se crea, sobre todo en estos días que hay tanto ruido. Pero si Cage lo propone como una creación indirecta de la mirada –si vemos cómo se interpreta, no necesitamos escucharlo porque ya estamos escuchándolo al verlo ser interpretado–, en lo personal prefiero pensar que mirar no es necesario para nada, al menos con respecto a la música. Es decir, las imágenes que somos ya están en nosotros, basta con cerrar los ojos para percibir que siempre, en cada momento, se está interpretando ese silencio, y somos capaces de escucharlo.

4"33 - Imagen pública
4″33 – Imagen pública

A muchos he visto que les gustaría tener un soundtrack de su vida, una canción que suene en el momento exacto en que cobre sentido dentro de su narrativa cotidiana, y, vaya, ¡quién no quisiera algo así! Lamentablemente no podemos ir al cuarto de edición y agregar a los fotogramas que vivimos esas piezas que darían mayor fuerza a cada instante, sin embargo, lo que sí, lo que somos capaces de hacer, es entender a nuestra vida desde su música propia; al tiempo que atravesamos todo el barullo de la calle, podemos apreciar en sus silencios la forma que va tomando.

Acaso dirán que para eso existen los reproductores portátiles de música (en cualquiera de sus presentaciones), pero éstos cumplen con la función de envolver al escucha en el sonido de otros, abstrayéndolo al punto en que, como decía, ya no es capaz de experienciar al silencio como elemento fundamental para la música, sino como un vacío que da horror cuando se está frente a él.

Pentagrama - Imagen pública
Pentagrama – Imagen pública

En todo caso, esa es la gran ventaja del silencio: es un vacío que podemos intentar llenar, pero hay que saber hacerlo; no se puede solamente atestarlo, verter en él lo que se nos ocurra sólo porque sí, porque no nos gusten esos espacios que quedan, ya que las más de las veces son esos espacios restantes, donde nada aparente está, en los que nace todo.