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Manual de estilo del arte contemporáneo, de Pablo Helguera

Manual de estilo del arte contemporáneo - Portada
Manual de estilo del arte contemporáneo – Portada

¿Debemos acostarnos con un artista cuya obra repudiamos? ¿Cómo inflar un curriculum sin necesidad de postular exposiciones imaginarias? ¿Cómo escapar de una videoinstalación eterna cuando el artista se encuentra presente? Todas estas preguntas se responden con lujo de detalle en la segunda edición, corregida y aumentada, del Manual de estilo del arte contemporáneo, la guía esencial para los interesados en jugar el juego del mundo del arte.

A partir de la más actualizada y completa información —recabada de primera mano de las grandes personalidades que hoy dominan la escena internacional—, el artista, crítico, curador o simple observador dispuestos a sobresalir profesionalmente en este difícil y competido medio, cuentan finalmente con un manual que iluminará su camino y que los acompañará paso a paso hasta la celebridad.

Después de recorrer estas páginas, incluso el principiante sin grandes aptitudes tendrá la oportunidad de lucir su sofisticación en inauguraciones y charlas elevadas sobre estética, y descubrirá que a fin de alcanzar la gloria no se requiere del menor talento, ni de noción alguna sobre la historia del arte.

→Se ha dicho del libro

“Una suerte de manual de urbanidad de la escena artística, donde el sarcasmo y quizás el cinismo trazan los pasos a seguir en la penosa coreografía hacia el éxito.”

Maurizio Catellan

“Por medio de una ironía implacable, Pablo Helguera desnuda las verdaderas motivaciones de los actores del mundo del arte.”

Mauricio Marcín, Crónica

Pablo Helguera - Imagen pública
Pablo Helguera – Imagen pública

→Sobre el autor

PABLO HELGUERA (ciudad de México, 1971) es artista visual. Su obra, que lo mismo incursiona en el performance musical, la escritura de ficción o la tira cómica, se ha expuesto en el MoMA de Nueva York, el RCA de Londres, el Museo de Arte Reina Sofía de Madrid, el MALBA de Buenos Aires y el Palacio de Bellas Artes de México, así como en distintas bienales internacionales. Si ha llegado tan lejos es gracias a que voluntariamente se sometió como conejillo de Indias a los preceptos que él mismo perfeccionó para este Manual. Con el gigantesco proyecto de arte público La escuela panamericana del desasosiego recorrió América, de Anchorage a Tierra del Fuego. Entre sus libros se cuentan: Endigness (2005), Theatrum Anatomicum (and other performance lectures) (2008), Artoons (2009-2010), Urÿonstelaii (2010) y Onda corta (2012).

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Soundtrack

Piano - Imagen pública
Piano – Imagen pública

por José Luis Dávila

Me gusta ser de esas personas que aprecian el silencio en la música, su función, el sentido que le da a toda composición un instante entre notas, entre movimientos, porque la duración de una pieza es el tiempo que transcurre mientras se toca hasta que se escucha: lo que sucede en ese intervalo es la apreciación, la contemplación estética. No nos damos cuenta porque muchas veces estamos tan encandilados de los sonidos que no entendemos que tales no existirían sin el ritmo que proviene de los espacios en blanco dentro del sonido mismo.

Pensar en todo esto es pensar obligadamente en John Cage y su 4”33, que no es otra cosa que la interpretación pura de la música; la música está ahí, donde el silencio se eleva para crear sensaciones en el acto de escuchar, entendiendo que ese mismo silencio es uno de los fragmentos más bellos que se pueden crear, porque sí, el silencio se crea, sobre todo en estos días que hay tanto ruido. Pero si Cage lo propone como una creación indirecta de la mirada –si vemos cómo se interpreta, no necesitamos escucharlo porque ya estamos escuchándolo al verlo ser interpretado–, en lo personal prefiero pensar que mirar no es necesario para nada, al menos con respecto a la música. Es decir, las imágenes que somos ya están en nosotros, basta con cerrar los ojos para percibir que siempre, en cada momento, se está interpretando ese silencio, y somos capaces de escucharlo.

4"33 - Imagen pública
4″33 – Imagen pública

A muchos he visto que les gustaría tener un soundtrack de su vida, una canción que suene en el momento exacto en que cobre sentido dentro de su narrativa cotidiana, y, vaya, ¡quién no quisiera algo así! Lamentablemente no podemos ir al cuarto de edición y agregar a los fotogramas que vivimos esas piezas que darían mayor fuerza a cada instante, sin embargo, lo que sí, lo que somos capaces de hacer, es entender a nuestra vida desde su música propia; al tiempo que atravesamos todo el barullo de la calle, podemos apreciar en sus silencios la forma que va tomando.

Acaso dirán que para eso existen los reproductores portátiles de música (en cualquiera de sus presentaciones), pero éstos cumplen con la función de envolver al escucha en el sonido de otros, abstrayéndolo al punto en que, como decía, ya no es capaz de experienciar al silencio como elemento fundamental para la música, sino como un vacío que da horror cuando se está frente a él.

Pentagrama - Imagen pública
Pentagrama – Imagen pública

En todo caso, esa es la gran ventaja del silencio: es un vacío que podemos intentar llenar, pero hay que saber hacerlo; no se puede solamente atestarlo, verter en él lo que se nos ocurra sólo porque sí, porque no nos gusten esos espacios que quedan, ya que las más de las veces son esos espacios restantes, donde nada aparente está, en los que nace todo.

El concepto del aura en Walter Benjamin

Walter Benjamin - tomada por Germaine Krull
Walter Benjamin – tomada por Germaine Krull

Por Lizbeth Cervantes Neri

Benjamin Walter, en 1936, escribió La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, donde podemos ver una estética influenciada por el materialismo histórico así como por los movimientos sociales y políticos, reflejando una teoría marxista y un amplio conocimiento de la historia del arte.

En la época de Benjamín el arte se encontraba en un cambio donde el valor de culto con el que propiamente el arte había tenido su origen se estaba transformando en un valor de exhibición. Esto partiendo de que en la historia del arte la obras siempre han tenido dos formas de verse: una de quien la produce y la de quien la consume.

En la primera, la obra de arte tiene un valor histórico por ser testigo y documento de todo acto ritual y acontecimiento del hombre, mientras que la segunda da a conocer una experiencia profana, es decir, que el hombre tiene una experiencia estética de la belleza.

Esta segunda forma de ver la obra de arte no se deriva de la primera, a pesar de que están unidas. Es decir que la experiencia estética no se deriva del valor de culto de la obra de arte, o bien, no de la objetividad de culto sino del objeto artístico. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la obra de arte tuvo su origen atado al valor de culto.

El valor de culto se mantuvo como un propósito en el nacimiento del arte, ya que el arte era dirigido para un acto ritual, mágico, de lo sobrenatural y sobrehumano; el propósito de hacer arte en sus inicios fue para experimentar una semejanza, unidad y contacto con lo religioso. La historia del arte y de la religión se mantenido unidas por medio de la política de los hombres que se mantienen al frente del pueblo. Aquellos hombres que tienen en su mano dirigir los ritos, conllevan un poder sobre el pueblo, poder que manifiestan en el arte.

La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica - Imagen pública
La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica – Imagen pública

Una de las formas en que se utiliza el arte es para educar al pueblo sobre la religión y de cada una de las formas en que se deben hacer los ritos. Otra de ellas es que la obra de arte pueda transcender más allá del tiempo y espacio, esto es, que tenga una conexión con lo desconocido al igual que lo espiritual.

Mientras, el valor de exhibición es aquel donde la obra de arte deja de ser transcendental en la historia, y sólo es creada para dar una experiencia estética al hombre, a la experiencia de bella que se tiene, a la forma u objeto de arte. El valor de exhibición al sólo proyectar experiencias por medio de la sensibilidad del hombre crea un acto profano y altera el origen del arte y valor de culto. Lo comienza a eliminar.

Es cuando comenzamos a ver en Benjamín que el valor de culto es parte del aura del arte, aura que es corrompida con la experiencia estética, pero que es lo que caracteriza esencialmente a la obra de arte con aura, haciendo que el mismo Benjamin afirme que 

“las obras de arte pueden compartir con determinados hechos naturales -, esta presencia, que sería lo cercano en ella, lo familiar, revela ser sólo la apariencia consoladora que ha adquirido lo lejano, lo extraordinario”

Así, al igual que Ludwig Klages, asevera que el aura es “el aparecimiento único de una lejanía, por cercana que pueda estar”, el aura debe ser irrepetible y singular, dando valor al lugar, momento acontecimiento, ritual donde fue hecha o para el que fue hecho, manteniendo una cercanía con lo espiritual o sobrenatural.

Teniendo en cuenta que la obra de arte con aura procede del valor de culto, sólo puede ser en una obra de arte autentica, no en replicas o copias. Ya que toda replica de la obra de arte es una profanación. La réplica o copia de obra de arte da a conocer un valor de exposición, corrompiendo lo único y singular de la obra, entregando a la obra al valor de exhibirse y otorgando la experiencia estética al hombre.

Walter Benjamin - Imagen pública
Walter Benjamin – Imagen pública

Sin embargo, la diversidad de la obra de arte no excluye el aura de la obra original, sólo la corrompe con las multiplicaciones de ella.

Pero, ¿qué es el aura? Benjamín la describe como “un entretejido muy especial de espacio y tiempo: aparecimiento único de una lejanía, por más cercana que pueda estar”; el aura siempre está presente en una obra de arte natural y única, pero Benjamín la da a conocer como una obra de objeto en la historia, con concepto y única, puesto que cuando la obra u objeto tiene replicas se corrompe y es consumida por la masa, dejando de lado todo valor de culto del que es desprendida el aura.

Es decir que el aura lleva a la cercanía con sobrenatural, lo que acerca al hombre con lo espiritual o con la esencia del objeto como del ritual e historia que pertenece. Ese objeto es la obra de arte natural o del hombre.