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Animaciones, sueños, narraciones: entrevista a Ricardo Bernal

La semana pasada, por invitación de la Secretaría de Cultura y Turismo del Estado, el Mtro. Ricardo Bernal impartió el curso Animaciones del mundo; tuvimos la oportunidad de conversar con él y esto nos dijo:

José Luis Dávila: ¿Cómo es que pasaste  de  escribir a interesarte por la animación?

Ricardo Bernal: En realidad no es que haya pasado, no es que haya dicho ahora voy a pasar, es lo que se dio solito. Yo siempre he visto caricaturas, desde chavo -soy generación Tío Gamboín, ya sabes-, y hace como seis o siete años me dieron una invitación a un sitio que se llama Patio de butacas, es una escuelita de cine donde puedes bajar cosas, de ahí empecé a bajar animaciones y a verlas, recordé unas cosas que yo había visto de Japón y a juntarlas, armar discos y rolárselas a mis amigos; empecé a llenar mis horas de ver animaciones y me clavé. En Guadalajara, antes, cada año me invitaban a dar un curso de literatura: de terror, literatura fantástica mexicana, etc., entonces me hablaron y me pidieron dar un curso y dije: “¿por qué no te organizo una presentación de animaciones?” Por primera vez di Animaciones del mundo; fueron nueve semanas, un día a la semana, tres horas, y les encantó. Además, siendo profesor del Claustro Sor Juana, ahí empecé a dar cursos de las animaciones aparte de mis clases, e incluso mis clases de literatura las he estado aderezando con animaciones. Ahorita doy una materia en la escuela de escritores que se llama Introducción a los géneros narrativos y en los temas de pronto les digo que nos toca caricatura y los alumnos están felices, ¿por qué se conectan? Porque para que haya una buena animación tiene que haber una buena narrativa. En el caso de las animaciones no es como en el cine que filmas y puedes tener mucho material para editar, en la animación hacer un minuto es mucho, entonces la historia tiene que estar perfecta, tiene que estar bien cuidada.

JLD: ¿Cómo ha influido esta idea de la narrativa de la animación en tu misma obra?

RB: Tiene un rato que no escribo, pero tengo una bitácora en la que, cuando me acuerdo y cuando me da tiempo, escribo mis sueños. De pronto me dicen “¿A poco sueñas eso?” ¡Yo siempre he soñado así!, yo veo la vida como caricaturas, con todo respeto. Creo que el género narrativo más antiguo de todos son los sueños, es anterior a todo, entonces sí creo que haya una influencia porque a veces sueño caricaturas, sueño pantallas, sueño personajes. Ahorita estoy en eso, en la escritura de sueños. Pero si me pongo a ver mis propios cuentos y mi poesía, siempre hay mucha imagen, siempre hay cosas que creo que ya estaban desde antes.

Animaciones del mundo, póster
Animaciones del mundo, póster

JLD: En este sentido, ya hablando del curso de Animaciones del mundo, ¿cómo fue que recopilaste todo esto y cómo hiciste la selección para hacer este extracto que traes aquí?

RB: Lo primero fue escoger los países; ayer, por ejemplo, vimos Estados Unidos, Canadá y nada más, para Europa pues escogí las que más me gustan, hoy vamos a ver Suiza, de pronto cuando doy el curso le dedico a Francia una clase de cuatro horas, ahorita no nos va a dar tiempo de ver Francia más que unos veinte minutos, entonces lo más difícil para mí no es qué pongo sino qué quito; pienso “¡Chín! No van a ver esto”. Creo que lo que traigo son joyas, esto hace que el curso sea muchísimo más preciso y no tan extenso. Obviamente tuve que dejar fuera países; Argentina, España, ¡Japón!, que es todo un universo. Di un curso el año pasado que se llama Animaciones selectas de Japón, tenía entre mis alumnos, ya sabes, puro otaku; se quedaron así de “¿apoco esto se hace en Japón?” “¡Claro!” Esta vez voy a terminar con algo que a mí me encanta: una selección de comerciales animados; muchos dicen que la publicidad no es un arte pero concentrar en 10, 30 o 60 segundos toda una historia y toda una trama con atractivo visual para que la gente compre un producto es interesantísimo.

JLD: ¿Has considerado dentro de todo tu curso la idea de la animación comercial que vemos regularmente en cine?

RB: Sí, ayer vimos a Tex Avery, que eran animaciones que salían en el cine en los años cuarenta, y cerramos ayer con una de Pixar, pero lo voy mezclando porque a mí lo que me interesa es ver la animación independiente. Por ejemplo, John Humble y su mujer que empezaron a hacer animación experimental desde los cincuenta y de pronto eso hizo que esta influencia llegara a Disney; otro por ejemplo es UPA, que es un estudio norteamericano que empezó a buscar más cuestiones artísticas, de pronto influye a Disney, y tú ves La noche de las narices frías, como se llamó acá 101 Dálmatas, tiene una estética que Disney no había hecho en ese momento, si ves El libro de la selva, es una película bien hippie, que se estaban haciendo todas estas cosas en la animación independiente. Entonces sí hay un intercambio, Disney no era muy innovador pero era bueno para mejorar lo que ya estaba lo mejoraba y eso es bien interesante, porque ya que sabes de otra animación, incluso la animación comercial la puedes ver diferente.

Ricardo Bernal y José Luis Dávila - Fotografía por Job Melamed
Ricardo Bernal y José Luis Dávila – Fotografía por Job Melamed

JLD: ¿Tú crees que la animación como texto narrativo de alguna manera tiene un valor literario?

RB: ¡Por supuesto!, igual que en el cine, de un buen guión puedes hacer una buena o una mala película pero de un mal guión no puedes hacer una buena película nunca, igual pasa con las animaciones. A mí no me gusta hablar de literatura, a mí me gusta hablar de narrativa, creo que la narrativa abarca más lo que yo busco en mis clases y todo porque la literatura como que encasilla mucho, todo es narración, los sueños son narrativos también.

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Personajes

Por María Mañogil

Los personajes de un relato no son el escritor. Pueden parecerse a él porque son sus creaciones. O pueden no parecérsele en nada, tal y como sucede con un hijo al que engendras. Llevan también algo de cada ser que los contempla. Ya sean dibujos escritos a renglones sobre un papel o garabatos incompletos a los que les falta alma. El alma la aporta quien los imagina, quien los proyecta fuera del libro donde descansan y son arrancados de él. La responsabilidad en lo que hacen esos personajes, de cómo se comportan y de lo que sienten, es a partes iguales del lector y de quien los ha creado.

He visto cómo algunos escritores han sido definidos, de una u otra manera, a través de sus personajes; rebatidos y corregidos desde la crítica por quienes gustan de adaptar el guión del libro a la vida cotidiana. Creo que se han olvidado de lo que les corresponde hacer a ellos mismos cuando deciden leer, que no es otra cosa que permitir trasladar  a los personajes del libro hacia el mundo exterior.

Leer no es repetir mentalmente las frases ya escritas. Es también entrelazar lo escrito con lo no escrito, extraer de cada página todo cuanto hay en ella y mezclarlo con el aire que se respira, con la vida terrenal, con la realidad.

He entendido introducirme en un mundo irreal a través de los cuentos como una forma de explicar que estoy involucrada de lleno en la lectura. Ahora sé que no es así y lo estoy desaprendiendo, porque lo que leo no puede moverse si yo no lo muevo a través de mis ojos. Si yo no camino, todo cuanto se encuentre impreso se quedará allí, atrapado en el fondo blanco de su mundo de dos dimensiones.

Por eso cuando leo me llevo ese mundo al mío. Porque la única forma de asegurarme de que he leído es mostrarle la vida a los hijos del escritor, que ahora también los míos. Liberarlos de entre las páginas y dejar que me acompañen durante mi estancia en la Tierra. Hacer que sientan lo que yo siento, compartir con ellos el tiempo y amarles por quienes son. Enseñarles otro universo que no conocen, permitir que aprendan de él y devolverlos después al cuento, más maduros que cuando los saqué de él.

He comprobado lo poco que se involucra uno en la historia si se limita a introducirse de manera superficial. Los personajes, los lugares, e incluso el tiempo en el que acontece, deben ser transportados hacia afuera y convertirse en nuestros compañeros inseparables a cada momento. Hasta que demos por finalizada la lectura y cerremos el libro para volver a vivir nuestra vida, en solitario. Así funciona leer. Lo demás es sólo repasar letras ya impresas con el puntero invisible de nuestra conciencia.

CUESTIÓN DE PESO

Por María Mañogil

Cuando le conocí en persona sabía que era gordo. Ya me lo había dicho y había mandado algunas fotos tras haber hablado con él durante más de un mes, todas las noches, no menos de una hora en cada una de ellas.

En realidad, sospeché que me estaba mintiendo en lo que en un principio pareció que coincidíamos al asegurarme que él no se centraba en el físico como en algo demasiado importante para sentirse atraído por alguien. Y esa sospecha siguió creciendo a medida que repetía lo gordo que era, más aún que en las fotos que yo había visto. Objeciones que ignoré una y otra vez porque restaban tiempo a lo que era en verdad interesante de nuestras conversaciones nocturnas.

No soporto que la gordura de un hombre sea el tema principal a tratar cuando lo estoy conociendo y me pregunto cómo le sentaría a él que yo le hablara continuamente del tamaño de mis senos en vez de hacerlo sobre los libros que me gustan o la música que escucho. Entiendo que en este caso a algún hombre le pueda agradar esa información y el recordarle continuamente si los tengo grandes o pequeños, pero yo me sentiría incómoda si la conversación no tuviera nada que ver con eso y yo la sacara a relucir a cada momento. Supongo que cualquier hombre para el que yo fuera sólo una amiga a la que acaba de conocer, se sentiría igualmente incómodo.

No fue la insistencia con su gordura la que yo decidí ignorar por parecerme de lo más pesada, sino su insistencia solamente. Quiero decir que si hubiese sido delgado me habría molestado igual escucharle hablar tanto de cómo era su cuerpo cuando yo no le pedí en ningún momento que me lo mostrara haciéndome un plano, ni que me diera sus medidas ni que me lo explicara con todo detalle.

Soy una persona curiosa a la que le gusta descubrir, por partes, al hombre que por alguna razón empieza a gustarle y no soporto que se me adelante contándome cómo es de fofa su barriga, sin saber si eso es algo que a mí me desagrade, porque puede ser que no. Creo que para eso llevamos ropa y aunque yo siempre he pensado que lo ideal sería prescindir de ella y ahorrarnos el trabajo, debe servir además de para abrigarnos, para imaginar lo que hay debajo hasta que nos la quitan o se la quitamos a otro.

Esa peculiaridad suya de explicarme cada noche lo gordo que era, me hizo dudar un poco sobre si conocerle personalmente o no. Y esa duda fue la que provocó que pasara mucho más tiempo hasta que yo acepté salir con él por primera vez.

No todo en él era una obsesión desmesurada con su cuerpo; aparte de eso tenía una personalidad que cautivaba, no solo a mí, también a todo el que se le cruzaba.

Si dijera que era un hombre seguro de sí mismo en todos los demás aspectos de su vida, parecería, tal como hacía él, que estoy justificando el que fuera demasiado gordo con alguna otra virtud que compense el hecho de no ser delgado, y eso sería como darle la razón; reconociendo que, efectivamente, estar gordo es un defecto que se debe compensar. Por ejemplo: esforzándose en ser más simpático, más listo o tener más don de gente, que alguien que luce una figura modelada en un gimnasio, porque a ese sí se le permite ser tonto y antipático.

Por eso no hablaré de todas las cosas buenas que vi en él y que me enamoraron. Prefiero hacerlo sobre lo único que me desilusionó y me hizo venirme abajo. Era esa inseguridad suya con su propio cuerpo lo que me hacía dudar. Empecé a preguntarme qué habría pasado si la gorda hubiese sido yo. Si como él decía, no se fijaba en el físico de los demás, ¿por qué al suyo le daba tanta importancia?

Su gordura siguió siendo su tema favorito y que utilizaba como arma de doble filo, o así lo sentía yo. En parte para intentar sacar de mí a la madre protectora que le animaría a hacer una dieta y en parte para culparme cuando se lo proponía. Tratando entonces de convencerme sin éxito de que era yo quien no le aceptaba por ser gordo.

El sexo con él fue un fracaso, por no decir una mierda. Llegó a contagiarme de sus miedos e inseguridades y me cohibí porque después de medio mes de preliminares, conseguí a duras penas convencerle de que me excitaba verle desnudo. Porque, claro, cómo va a excitarse ninguna mujer viendo su cuerpo tan gordo. Eso le oí decir con una media sonrisa, que más se parecía a la de un niño reclamando atención que a la del hombre inteligente y nada superficial que creí haber conocido.

Cuando di por terminada la relación les contó a sus amigos que yo le había dejado, cómo no, por gordo. Él siempre en su línea. Pero se le olvidó decir lo que yo dejé escrito antes de irme: lo bonito de un cuerpo no es su forma ni su tamaño, sino las manos que lo acarician, los ojos que lo desnudan y la boca que lo recorre, porque también forman parte de él, si se deja. Lo feo es impedir que eso suceda y  la única grasa que lo puede hacer horrible es la que se forma en el corazón, en ese simbólico que no está regado de arterias.

No sé si lo entendió y ya no me importa.

Luego

Por María Mañogil

Recuerdo una anécdota del año pasado: por estas mismas fechas,  en una de mis clases de literatura, el profesor nos pidió a cada uno de los alumnos que nombráramos a algunos de nuestros escritores favoritos. Cuando tocó mi turno, nombré a una mujer y a tres hombres; entre estos últimos a José Luis Dávila.

Una compañera se interesó por él. Al no sonarle para nada su nombre, me preguntó el título de algún libro suyo que yo hubiera leído. Tranquilamente le respondí que eso no se lo podía decir porque aún no había publicado ninguno. Y me quedé tan ancha mientras todas las personas allí presentes,  menos el profesor, me miraban con cara de sorpresa.

Espero, y sé que así será, que algún día algunos de mis sorprendidos compañeros recuerden el nombre que yo pronuncié, al menos el apellido, al leerlo en alguna librería,  justo debajo del título Entre Paréntesis. ¿Quién sabe? Quizás  tengan que comprarlo porque lo necesiten sus hijos en un futuro para leerlo en alguna clase de literatura.

Nunca ha caído un libro en mis manos por casualidad. De hecho,  creo cada vez menos en las casualidades, aunque en el destino tampoco me apetece creer. Así que diré que he leído Entre Paréntesis por un efecto de algo,  de lo que sea.

José Luis Dávila no se ha convertido en escritor por arte de magia ni por haber publicado un libro hace unos meses. Lo es desde que yo lo conozco y, probablemente y a pesar de su juventud, desde mucho antes.

Aunque quisiera, aprovechando la oportunidad que se me ofrece de hablar sobre su libro en la propia revista que dirige, no podría hacer una crítica mala sobre él después de haberlo leído porque sería injusto hasta para mí y sería una crítica falsa.

No voy a hablar ni bien ni mal de Entre Paréntesis y me voy a limitar únicamente a hacerlo de una manera objetiva para que así cada quien decida si le interesa leerlo o no, que es lo que me gusta a mí sentir cuando veo una reseña de otro libro: no sentirme presionada a leerlo ni que nadie me convenza de ello.

Ni siquiera me voy a dejar motivar por la ilusión o la “gracia” que pueda hacerme (según se interprete) que José Luis me dedicara un capítulo de ese libro por el cual aún no sé si debí darle las gracias por el detalle o enfadarme con él al suponer que su intención pudiera ser llamarme maleducada. En cualquier caso lo soy.

Pero lo personal no encaja aquí, así que ni el cariño que le tengo como persona, ni el enfado (también cariñoso) que pudieran provocarme esas tres páginas, van a influir en la  opinión que tengo sobre su libro.

Me enganché a este libro en el mismo momento en que empecé a leerlo en el avión, durante el trayecto desde México a España. El título me parece muy acertado porque precisamente empieza así,  abriendo un paréntesis que no cierra el autor, sino que deja abierto para que sea el propio lector quien lo haga cuando lo crea oportuno o bien lo mantenga abierto y se quede así mientras dure la lectura. En mi caso decidí no cerrarlo.

Y a partir de ahí, empiezan una serie de historias . Más que ensayos,  a mí me parecen parte de diferentes paisajes. Me atrevería a decir que son trozos de fotografías completas tomadas desde un ángulo diferente, vistas desde una perspectiva distinta a cómo las vemos cuando las observamos sin movimiento o en dos dimensiones.

Entre Paréntesis no capta sólo la imagen de algo que puede ser un acontecimiento o una simple opinión para luego describirla. Es un libro en el que, en cada uno de sus capítulos se consigue transformar lo habitual, como puede ser una mirada, una pieza de fruta, tomarse un café o un simple paseo, en algo único y especial. Y algo tan abstracto como la muerte o el tiempo, en la más simple expresión y sin utilizar más símbolos que las acertadas palabras del escritor.

Es una forma diferente de ver el mundo del que formamos parte, no desde nuestra propia perspectiva, sino desde fuera de nosotros mismos. Sin perder, sin embargo, la capacidad de seguir sintiéndonos ahí mismo, pero no ya como protagonistas, sino como observadores.

He de decir también que,  sin ser demasiado aficionada a la fotografía, uno de los capítulos que me llamó más la atención y que más disfruté, fue precisamente el que lleva ese título: “Fotografía”.

Esa es una de las razones por las que Entre Paréntesis me parece excepcional, porque está escrito de tal forma que el lector se siente “obligado”, por decirlo de algún modo, a seguir leyendo incluso si el tema sobre el que lee no es del todo de su agrado, no le interesa lo suficiente o no se siente identificado con él.

Si yo me hubiese sentido totalmente identificada con este libro en todo momento mientras lo leía, no podría estar haciendo una reseña de él, pues de eso se trataba, de abrir un paréntesis y quedarme en su interior para mantenerme al margen de lo que estaba leyendo y poder opinar después sin que me afectase y poder contar a otros mi experiencia  En este caso ha sido una experiencia inmejorable y sería una lástima privar a esos otros de la oportunidad de atreverse a leerlo,  porque, sinceramente, vale la pena hacerlo.

Ahora cierro el paréntesis y espero al próximo libro. Pero eso, como dice José Luis en el último capítulo, será luego.

El equilibrio

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Por María Mañogil

“Si no puedo encontrar el punto intermedio entre las dos cosas, prefiero creerme más de lo que soy que creerme menos. Por algo estoy convencida de que creer en algo es el primer paso para conseguirlo”. María Mañogil (Escritora).

Sí, escritora. Y esa palabra escrita entre paréntesis corrobora la frase anterior y le da el apoyo necesario para demostrar que lo que está escrito en ella es totalmente cierto, ya sea que el resto del mundo crea que soy escritora o no. La frase, al fin y al cabo, es mía y lo que expreso en ella es lo que creo y no una simple opinión que se pueda debatir porque nadie está en condiciones de hacerlo cuando se trata de mis preferencias y de mis decisiones. En este caso, yo elijo ser vanidosa antes que ser humilde y decido tener un concepto de mí tirando hacia lo alto y no hacia lo bajo, porque menospreciar lo que hago no cabe dentro de las “ buenas cualidades”.

Yo dedico muchas horas del día a escribir y no es nada fácil porque no se trata sólo de tener una idea sobre lo que escribir, también hay que transmitirla de forma que se entienda.

Si escribo una carta a un amigo es muy fácil. Sé las palabras que debo utilizar porque conozco a mi amigo, pero en el caso de escribir sin saber a quién va dirigido el texto es correr el riesgo de que se entienda lo contrario a lo que está escrito, como ya me pasó una vez en la que escribí sobre la incoherencia y me llamaron incoherente, u otra en la que publiqué un relato y lo confundieron con mi vida privada.

Así que gasto gran parte de mi tiempo en escribir y en tratar de hacerlo lo mejor que puedo, me salga mejor o peor, al igual que hago cuando trabajo cobrando un sueldo.

Si hoy consigo que una sola persona me llame pretenciosa, engreída o cualquier otro adjetivo similar que tenga que ver con la vanidad y la pedantería, sabré que he escrito correctamente y que he utilizado las palabras adecuadas. Aunque empiecen a llover consejos sobre valores éticos que ni necesito ni voy a aceptar, porque aquí la única que tiene derecho a juzgarme y a valorarme soy yo.

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Los valores sociales

Cuando alguien a quien quiero hace algo que está bien, ya sea que le haya dedicado su tiempo y esfuerzo o simplemente haya sido espontáneo, yo lo voy divulgando y presumiendo por todos lados y nadie me ha criticado por ello. ¿Por qué entonces no debería presumir lo que hago yo si también soy alguien a quien quiero?, ¿de dónde ha salido esa idea absurda de que presumir y enorgullecerse de los éxitos o los méritos de otros, incluso exagerándolos, es moralmente correcto y hacer lo mismo con los propios está mal?

Considero que sentirse superior a los demás por algún motivo y en algunos momentos no es nada malo (todos nos sentimos superiores a un insecto porque lo pisoteamos y no nos importa); hacerlo constantemente y sin importar el motivo ya no me parece normal y probablemente detrás de ese comportamiento se esconde algún tipo de problema mental, aunque tampoco lo aseguro porque no soy psiquiatra.

Cualquiera de los dos casos no es el mío porque yo no me comparo con nadie ni quiero superar a otros. La competitividad es conmigo misma y por lo tanto, no afecta a nadie más que a mí.

Situaciones como ésta las veo a diario: Una amiga le dice a otra lo bien que le sienta un vestido, lo guapa que es y el tipazo que tiene. Ahora me imagino que es la chica que luce el vestido la que dice que le sienta muy bien, que se considera muy guapa y que tiene un cuerpazo de muerte. El concepto que se tuviera de ella cambiaría automáticamente porque nadie puede tener una opinión tan buena sobre sí mismo y decirlo en público, sin ser acusado de ególatra.

Esa persona sería tachada por ser creída, engreída o prepotente y rechazada por una sociedad en la que las virtudes de alguien sólo lo son cuando se les atribuyen desde fuera y varían en función de la “rebaja” y el “menosprecio” que haga uno mismo sobre ellas, llegando incluso a desaparecer y convertirse en defectos por el simple hecho de ser admitidas por el que las posee.

Por supuesto que el aspecto físico no lo considero ningún mérito de nadie, pero es un buen ejemplo para poder entender que reconocer méritos ajenos, aplaudirlos y gritarlos está bien visto por una sociedad hipócrita que muchas veces hace uso de la adulación sólo para quedar bien con los demás, pero que castiga injustamente a quienes la usan consigo mismos, como si fuese un delito mirarnos a un espejo y vernos guapos o, con mayor motivo, presumir por algo que hemos hecho bien, aunque lo estemos exagerando porque eso nos motiva a seguir haciendo lo mismo y mejor.

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El deseo de autosuperación manifestado a través de acciones que están socialmente integradas, aunque de forma equivocada, en un grupo de defectos como soberbia, arrogancia o prepotencia, está mal visto sólo por quienes se sienten aludidos al ubicarse ellos mismos en el lado contrario: en el del fracaso, y ven en la vanidad un defecto real porque se sienten amenazados al creer erróneamente que el “sentirse importante” de otros los hace insignificantes a ellos, cuando no es verdad.

Lástima me da quien no se siente importante él mismo, porque tampoco puede importarle nadie más a pesar de llamarse humilde. Ser humilde no es ninguna virtud cuando se confunde con lo opuesto a valorarse por encima de lo que uno es, siempre que no se valore siempre a los demás por debajo.

“Quien no ama su propia vida, poco posee para entregar a los demás”. -Juan Miguel Juliá

Yo no confío en nadie que aplauda lo que yo hago si no es capaz de aplaudirse a si mismo. Su aplauso es falso.

Como entiendo en la frase del escritor, nadie puede dar lo que no posee. Por tanto, quien no reconoce en sí mismo lo bueno que es en algo, si no acepta elogios, si se subestima refugiándose en el falso mito de la humildad, no puede ver tampoco nada bueno en lo que haga otro. Cualquier comentario, por bonito que sea, no deja de ser un comportamiento impuesto por aparentar sentir y no por sentir realmente.

Yo siento de verdad cuando le digo a alguien lo genial que me parece, cuando se lo cuento a otras personas y cuando ventilo esa genialidad por todo donde voy, cuando cito una frase suya en alguno de mis textos y cuando lo nombro delante de quien no lo conoce.

Se me llena la boca y me siento muy orgullosa haciéndolo, sobre todo cuando es una de esas personas que me encantan porque además de hacer algo bien no tienen ninguna contemplación en reconocerlo públicamente y hacen alarde de ello con esa vanidad que a la mayoría les parece un gran defecto y yo sin embargo, amo.

Y si lo amo en otro, ¿cómo no lo voy a amar en mí?

Como me han dicho en varias ocasiones, soy engreída, presumida y pedante, con todo lo que eso conlleva. Con la forma de expresarlo y la cara de asco que pone quien pronuncia esas palabras desde el desprecio, sin saber que yo las recibo como piropos y no como insultos.

Qué mundo más raro es éste en el que vivo que por un lado intentan subirte la autoestima y por el otro te hablan de humildad como si fuese un sinónimo de “no te creas más de lo que eres” y esa fuese la única forma de vivir en él, no rebasando nunca los límites de nada y estando siempre buscando un equilibrio que nadie tiene y todos creen tener.

Reconocer todo lo bueno que tengo y lo que sé hacer bien no significa que no sepa ver también lo que hago mal, pero si esto último no lo voy difundiendo por ahí es porque ya se encargan otras personas de hacerlo y me ahorran el trabajo. Así que seguiré dedicándome a presumir lo que haga, así como lo que hagan otros que yo crea que merecen que se les presuma. Lo haré porque me da la gana. En palabras de José Luis Dávila: “Lo hago porque pinches puedo”.

LA CAJA

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Por María Mañogil

“…al andar se hace el camino

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.”

Antonio Machado

Recordando los versos del poeta, entiendo que la senda no puede volver a pisarse, no porque haya que olvidar que fue parte del camino que recorrimos, sino porque ya no nos pertenece. Nos perteneció mientras nuestros pies estaban pisando el pedazo de tierra que había en ella.

Volver la vista atrás es lo más sensato que he leído en mi vida a pesar de que siempre se han empeñado en convencerme de lo contrario.

Tal vez yo no entienda el poema como el resto del mundo, pero mi interpretación es tan válida como la de cualquiera si tenemos en cuenta que todos leemos lo que está escrito, pero entendemos lo que nos conviene.

Y a mí me conviene entenderlo así.

Hoy he abierto una caja, una caja invisible llena de cosas de mi pasado.

Dicen que el pasado duele, pero yo creo que duele más ocultarlo o hacer como que nunca existió o dejarlo pudrirse por cada rincón e intentar olvidarse de que algún día ese fue el único presente que conocimos y la base donde construimos, o por lo menos lo intentamos, todos nuestros sueños a los que entonces llamábamos futuro. Ese futuro es hoy, el resultado de lo que fermentó en el interior de esa caja.

El presente existe por un breve espacio de tiempo que ni somos capaces de percibir.

La palabra que acabo de escribir formará parte de mi pasado en el mismo instante en que empiece a escribir la siguiente. Y todo cuanto haya escrito pasará a ser también pasado en cuanto ponga el punto y final que cerrará uno de los millones de capítulos que hoy componen mi vida.

El futuro tampoco existe. Es una ilusión óptica que vemos a lo lejos gracias a la falsa percepción que tenemos del tiempo.

LIBIA CAJAS ARMAMENTO NORCOREANO

El futuro no es más que el paso que estamos a punto de dar y que se convertirá en presente en el momento en que pongamos un pie delante del otro y lo apoyemos en el suelo, quedando la huella de ese paso grabada en la tierra que pisemos y que el viento, el agua o los pasos de otras personas se encargarán de ocultar. Entonces miraremos atrás y sólo veremos esa huella que formará ya también parte de nuestro pasado.

Cuando volvamos a a ese lugar, nuestra huella habrá desaparecido de nuestro campo de visión, mas no de la tierra, ya que quedará grabada para siempre, aplastada por los pasos que hayan dado sobre ella otros seres, roída por la caricia áspera del agua o dañada y oxidada por el aire. Pero allí seguirá aunque sea invisible, porque nada desaparece.

No somos más que huellas. Las huellas que vamos dejando a nuestro paso.

En mi caja, en la que guardo tantas cosas, he encontrado algunas que pretendían ser regalos y que nunca fueron abiertos. Algunos, devueltos intactos por los destinatarios, otros ni siquiera enviados.

Cada una de esas cosas sigue ahí, ignorante del paso del tiempo, ese tiempo inventado y medido a golpes de reloj, de calendarios y de cambios de estación.

Ese tiempo que yo creí gastar en tratar de entregar mis regalos a quienes no los supieron valorar.

Ahora sé que nada se gasta y que nada tiene más valor que el que le quiera dar quien lo entrega, no quien lo recibe.

Nada es inútil porque todo deja una huella en algún lugar, aunque sea sobre el agua.

Hoy he sacudido el polvo de cada uno de esos regalos y los he desenvuelto con cuidado, comprobando que siguen tal y como los guardé: con una marca inequívoca que yo entendí siempre como desprecio y que hoy se ha transformado en la ignorancia más absoluta porque nadie más se percató de que estaban ahí, sólo yo.

Pasó desapercibida una parte de mí ante el resto del mundo y lloré por eso, pero aquí sigue, en el interior de lo único que de verdad siento mío: mi pasado.

El pasado que tanta gente se empeña en borrar siendo como es imborrable. De eso que se llena la boca el mundo con frases insultantes y homenajeando en su lugar al misterioso futuro que nadie conoce ni conocerá más que en los sueños.

Los recuerdos son lo único, si tenemos la suerte de no perder, que nos acompañará hasta el día de nuestra muerte cuando nos quedemos solos frente a ella y ya no haya nada que soñar ni que esperar.

Yo vivo con mis recuerdos y no tengo intención de dejar de hacerlo porque sin ellos no tendría nada más que lo que tenía cuando salí desnuda del vientre de mi madre: el llanto de una recién nacida y el instinto de succión para poder sobrevivir. ¿Futuro? Ninguno salvo el que mis padres creían, equivocados o no, poder darme, ya que yo no era consciente ni del aire que respiraba. O quizás sí y mi memoria no alcance a recordar.

El futuro es la ilusión que inventamos para seguir caminando hacia adelante, pero nos olvidamos de que la huella, visible o invisible, que dejamos grabada en el asfalto, en la hierba o en la arena, es todo cuanto somos y la única prueba de que estuvimos allí.

El presente se desvanece en cuanto lo tocamos y el futuro no llegará nunca porque al ser un espejismo también se desvanecerá. No importa lo que intenten hacernos creer o lo que inventemos día tras día hablando de dejar el pasado atrás. El pasado siempre se queda atrás, pero es lo único que  podemos llamar nuestro. Todo lo que vemos cuando miramos hacia adelante no es más que el pasado de otros, las huellas de otros, el camino de otros… si algo de lo que vemos parece nuestro, es lo que imaginamos que será sin aún serlo.

Quizás no entendemos que dejar el pasado atrás no es olvidarlo y por eso pensamos que quien se aferra a él vive sumido en una tristeza profunda y se está condenando a no avanzar, pero la realidad es que tratar de eliminar la base donde nos apoyamos para poder caminar es lo que de verdad nos condena a caer al vacío.

Sin pasado no existimos y yo sigo atada a él porque quiero seguir existiendo.

Mis sueños seguirán siendo lo que vea cada mañana a lo lejos cuando despierte y caminaré hacia ellos aun sabiéndolos espejismos porque tampoco quiero dejar de soñar. Luego miraré hacia atrás y veré las huellas de mis pies antes de que para mis ojos se hagan invisibles y sabré que pasé por ahí, que de alguna manera formé parte del mundo y que el espacio que pisé me perteneció por un instante aunque ese instante acabe siendo un regalo envuelto en el interior de una caja vieja.

Los ojos del ciego

maltrato (1)

Por María Mañogil

Maltrato: trato vejatorio que ocasiona daño o perjuicio.

Si empiezo este texto con una definición es porque antes de escribir sobre un tema o de opinar sobre él hay que tener muy claro lo que significa.

Ahora está de moda hablar de maltrato como hablar de respirar. Algo muy lógico porque el maltratar a alguien, ya sea con palabras o con acciones, es una mala costumbre que forma parte de nuestra sociedad, me atrevería a decir que desde siempre.

Hoy en día, existen muchas asociaciones que se dedican a luchar contra la mayoría de casos en los que hay maltrato, a detectarlos y a denunciarlos. Esas asociaciones no serían necesarias si cada uno de nosotros tratara a los demás, no como nos gustaría que nos trataran, más bien como le gusta que le traten a cada uno de los otros. Si digo esto es porque nadie es igual a nadie y lo que para mí puede ser una vejación para otra persona no lo es. Por ejemplo, en el caso de los insultos, yo no me siento agredida si alguien me manda a la mierda o si me llama imbécil; tengo capacidad suficiente para ignorar lo que me han dicho o para dar una respuesta si me apetece hacerlo.

En el caso de llamar imbécil a un niño cuando se supone que se le está educando o a una persona con alguna discapacidad psíquica sí que lo es.

También debo decir que hay personas más sensibles que otras en según que temas, ya sea por su carácter o por situaciones que han vivido.

Yo me siento agredida cuando una persona con la que estoy discutiendo acerca su cara a menos de un metro de la mía aunque no me toque. Para mí eso es una agresión y puedo defenderme de ella empujando a esa persona. La acción de empujarla sí puede ser interpretada como una agresión hacia esa persona, mientras que para mí sería activar un mecanismo de defensa mientras me estoy sintiendo agredida.

¿Quién decide lo que es maltrato y lo que no lo es? ¿Sólo se considera maltrato una agresión física o unos insultos o una actitud agresiva hacia otra persona o hacia un animal? Yo conozco muchas formas de maltrato que en la sociedad no están consideradas como tal y que sin embargo lo son según la definición que he puesto al principio de este texto. Voy a nombrar algunas:

1-Obligar a un niño de tres o cuatro años a ser simpático o a darle un beso a un familiar o amigo cuando se niega a hacerlo es una vejación, ya que a esa edad un niño está reafirmando su personalidad e interferir en ese proceso natural puede crearle sentimientos de culpa cuando sea adolescente y adulto (daños o perjuicios). Seguro que ningún padre es consciente de eso y lo único que quiere es que su hijo se convierta en una persona sociable para que sea más feliz, pero sin saberlo está sometiendo a un niño para que haga algo que hará él mismo cuando esté preparado.

maltrato_infantil

Ser tímido, arisco, vergonzoso o desconfiado no es sinónimo de ser antisocial ni maleducado.

Yo no tengo ningún conocimiento de psicología ni tampoco de etología ( ya que ahora voy a hablar sobre el maltrato a los animales). La única experiencia que tengo sobre el comportamiento de humanos y de otros animales son 43  años conviviendo con ellos y observándolos. Creo que eso ya me da derecho, como mínimo, a opinar. Si alguien opina lo contrario me parece igual de correcto.

2-Dejar a un perro solo dos días encerrado en una casa, aunque tenga comida y agua suficiente y un jardín para salir a correr y haya alguien de confianza que se asegure de vez en cuando de que se encuentra bien, es maltrato aunque no exista ninguna agresión física contra él. (daños y perjuicios)

Los perros son animales que los humanos hemos adoptado como mascotas y por lo tanto conviven diariamente con nosotros. Dejarlos solos sin la compañía de humanos los hace sentirse abandonados

y abandonar a un animal es maltrato, aunque aleguemos que estamos trabajando y no nos queda más remedio que dejarlo solo.

Hacer lo mismo con un gato no es maltrato. Los gatos son animales que, aún siendo también domésticos, no han perdido del todo su instinto (no al menos tanto como los perros).

Sin embargo, someter a un gato a constantes cambios de domicilio e incluso a cambios en sus costumbres en el mismo domicilio sí es maltrato porque eso les ocasiona un trastorno y se sienten estresados y desorientados (perjuicio).

3-Las personas nos saludamos de frente, los perros no. Si vamos a saludar a un perro y nos acercamos a él de frente para acariciarlo, el perro lo interpretará como un intento de agresión y si no nos conoce puede ser hasta que nos muerda. Luego los agredidos seremos nosotros y diremos que el perro es violento cuando nosotros somos los que le agredimos primero sin saberlo.

Antes de hablar de maltrato hacia un animal hay que aprender su lenguaje, ya que los “inteligentes” somos nosotros y ellos no tienen porqué aprender el nuestro. Al fin y al cabo los que los convertimos en nuestras mascotas fuimos nosotros y no al revés.

4- Cuando tropezamos con un perro o le damos un empujón sin querer no hace falta pedirle disculpas; no es una persona y no lo ha interpretado como una agresión ni como una falta de educación. Entre ellos se empujan constantemente e incluso las madres empujan a sus cachorros cuando les molestan o les hacen daño jugando. Eso no es maltrato.

ADIESTRAMIENTO DE ANIMALES

El adiestramiento o la utilización de cualquier animal ya es de por si un maltrato independientemente de que ese adiestramiento se utilice con fines lucrativos y para divertir y entretener a los que pagan por ello (espectáculos con animales en ferias, circos, corridas de toros, delfinarios y demás) o con fines terapéuticos (terapias con caballos o delfines para ayudar a personas autistas, investigaciones en laboratorios con cobayas o conejitos de Indias para fabricar fármacos que sirvan de tratamiento en diversas enfermedades).

Ningún animal debería ser adiestrado ni utilizado para nada, pero gracias a ello hay gente que se divierte y lo más importante: hay gente que mejora su calidad de vida e incluso que sigue viva.

Yo no voy a juzgar a nadie que vaya a un circo a ver a un león pasar a través de un aro de fuego. Sólo quiero decirle a esa persona que piense que a los leones les asusta el fuego y que se pregunte cómo ha conseguido el domador que un felino haga eso porque no creo que sea a base de hacerle caricias.

Tampoco digo que en todos los circos, zoológicos o delfinarios se dediquen a maltratar a sus animales y a pegarles palizas. Imagino que la mayoría de las personas que trabajan con animales ama a los animales. Pero llevamos años yendo a ver espectáculos de circo y nunca nos habíamos planteado ciertas cosas que son más que evidentes, o hemos mirado hacia otro lado hasta que las asociaciones que defienden los derechos de los animales se han metido por en medio y han empezado a difundir lo que TODOS hemos sabido siempre y nos lo hemos callado.

Tampoco voy a juzgar a las personas que utilizan terapias con animales para mejorar su calidad de vida, como en el caso del autismo. Yo misma participaría en esas terapias o llevaría a mis hijos a ellas si lo necesitaran. Pero seamos realistas: esos animales que han ayudado a millones de niños y adultos han pasado previamente por un proceso de adiestramiento. ¿Alguien se ha molestado en acompañar a los adiestradores durante toda su jornada de trabajo para ver si todo lo que hacen es correcto y si hay algún indicio de maltrato hacia el animal mientras dura el adiestramiento?

¿Alguien le ha preguntado a un caballo si quiere trabajar ayudando a niños autistas a cambio de comida, agua y caricias? Comida, agua y caricias lo merece cualquier caballo y cualquier animal por el simple hecho de haber nacido, no como pago por trabajar para los humanos.

¿Alguien le ha preguntado a un perro si quiere trabajar buscando supervivientes entre los escombros    después de un terremoto?

¿O si quiere trabajar toda su vida acompañando a un ciego?

Esos perros son muy felices. No lo dudo. Pero, ¿lo han decidido ellos libremente?

Yo, al igual que millones de personas, sigo viva gracias a que hace muchos años, cuando aún no se investigaba con células madre, unas cuantas ratas de laboratorio fueron torturadas durante meses inyectándoles un virus que les provocaba cáncer. Esa ratas murieron sufriendo para que un médico me salvara a mí.

Todos conocemos el maltrato al que son sometidos millones de animales cada día en todo el mundo, pero sólo lo denunciamos en tres casos:

1- Cuando el maltrato sale a la luz y hay que manifestarse contra él para parecer solidarios y que se nos etiquete de “buenas personas” y de “amantes de los animales”.

2- Cuando el maltrato se ejerce para la diversión de otros que consideran esa diversión como un arte y nosotros no lo consideramos así, aunque seamos amantes de la gastronomía y cocinemos langostas vivas mientras escuchamos cómo gritan de dolor mientras mueren abrasadas en una olla de agua hirviendo. O los más sensibles no las cocinamos porque no queremos matar a un animal, pero permitimos que otro lo haga y nosotros nos limitamos a comérnosla aun sabiendo lo que ha sufrido ese animal antes de acabar en nuestro estómago.

3- Cuando el maltrato se utiliza para el beneficio de los demás y no para el nuestro, sea con fines lucrativos o para curar enfermedades.

Por otro lado están los veganos, que no comen animales pero comen plantas porque supuestamente éstas no sufren. Eso de que no sufren se está investigando desde hace años.

Los vegetales carecen de sistema nervioso, pero responden a estímulos, por lo que “lo de que no sufren” no se sabe todavía. No lo saben ni los biólogos.

Yo por precaución sólo comería raíces y frutos caídos de los árboles.

Ahora habrá gente que se pregunte: ¿y qué tendrá que ver la alimentación con el maltrato a los animales? Mucho.

Los que se dedican a ver vídeos en internet de circos, delfinarios, corridas de toros y zoológicos deberían ver también algunos de mataderos, piscifactorías, granjas y demás lugares que se dedican a la cría y distribución de animales para su consumo.

Porque que yo sepa, los animales que son destinados al consumo tienen los mismos derechos a no ser maltratados que el resto. ¿O es que esos no son animales también?

El pollito o el cerdito que nos vamos a comer debería vivir en libertad y feliz hasta que lo sacrificaran porque antes de estar en nuestro plato es un animal con los mismos derechos que los que viven en la selva o en el monte.

Si se defienden los derechos de los animales se defienden hasta los de las ratas.

Quien no lo vea así es un hipócrita igual que yo, que mato cucarachas porque me molestan y no me las voy a comer después de matarlas.

Yo me considero “maltratadora de animales” y cómplice por dejar que otros los maltraten y además lo digo públicamente para que el resto del mundo lo sepa. Ese resto del mundo que nunca tendrá el valor de reconocerlo y que interpretará mis palabras aquí escritas como mejor le convenga, que asegurará que miento en muchas de las cosas que he dicho pero no las comprobará, que seguirá denunciando maltrato por ver un vídeo o una foto en internet, pero que quizás estará maltratando a sus propias mascotas (a las que ama) por ignorancia, por no molestarse en aprender su lenguaje y las seguirá obligando a aprender sus absurdas normas de humano.

Ese resto del mundo que tiene ojos, pero no ve…

Todos somos muy solidarios en las redes sociales y en las manifestaciones y todos estamos en contra de que maltraten a los animales, pero cuando volvemos a casa después del trabajo nos da pereza o no tenemos tiempo de llevar al veterinario a ese gato herido que está maullando debajo de un coche. Y las perreras están llenas de animales que nadie quiere mantener ni cuidar y la mayoría de ellos acaban siendo sacrificados.

Con esto pasa como con todo. Nos preocupamos de denunciar un maltrato en un delfinario o en un circo y dejamos morir de hambre al perro o al gato que vive en la calle al lado de nuestra casa. Porque por ayudar a ese no nos van a dar ninguna medalla.

Fin

Playa - Imagen Pública
Playa – Imagen Pública

Por María Mañogil

Estuve en la playa, me senté sobre la fría arena y recorrí con mis manos toda la superficie que fui capaz de alcanzar sin tener que arrastrar mi cuerpo por aquella capa suave y amarillenta que me quemaba hace seis meses; ahora se había convertido en una lápida semi rígida hecha de minúsculos cristales húmedos y cuna mortal de cualquier atrevido que osara dormir sobre ella, al caer la noche.

La brisa que se movía alrededor de ella ni siquiera fue capaz de levantar uno de aquellos cristales, al menos en el lugar que yo elegí y adopté como mi hogar por unas horas. No se atrevió.

A lo lejos vi a un perro correr mientras su amigo humano le lanzaba una pelota que se dirigía hacia mí, pero que segundos antes de llegar a rozarme se detuvo como si un simple objeto tuviera la capacidad de pensamiento para temer a una mujer que mas que jugando con la arena estaba muriendo sobre ella. Quizás el objeto no me temía, sólo intentó respetar mi soledad en medio de aquel paisaje, como sacado del dibujo de un calendario representando al mes de enero en una ciudad de costa.

Cuando la pelota se detuvo a menos de un metro de mis pies, el perro que corría tras ella también lo hizo. El movimiento de su cola y la expresión de su mirada me aseguró que su actitud era amigable y aunque por un instante se relamió y giró  la cabeza buscando a su amigo, en un gesto de desconfianza, cuando tendí mi mano hacia a él para que la olisqueara se acercó de inmediato a saludarme y dejó que lo acariciara. Su amigo, desde lejos, lo llamó con un silbido y antes de recoger la pelota y salir corriendo hacia él, se quedó unos segundos mirándome y entendí que sus palabras, si hubiera podido pronunciarlas, habrían sido algo parecido a : lo siento, debo irme.

Playa - Imagen Pública
Playa – Imagen Pública

Pasé por mi cara la mano con la que acaricié la suya para que su olor impregnara la parte de mí que quedó vacía mientras lo vi alejarse y a continuación tomé con ella un puñado de arena y lo dejé caer sobre mis piernas. Sólo entonces me percaté de que estaban desnudas, al sentir el frío punzante de los pequeños cristales clavándose en mis rodillas. Repetí la operación tres o cuatro veces, hasta que mis pies quedaron enterrados y dejé de sentirlos helados.

Después me tumbé boca arriba y mientras contemplaba un cielo azul grisáceo seguí jugando con la arena, acariciándola, arrastrándola y derramándola sobre mis piernas. No sé en que momento me quedé dormida porque no recuerdo haber notado esa sensación tan agradable de cuando estoy en la cama y llega el momento en que la conciencia y el submundo de los sueños se mezclan y el mayor deseo que tengo es que ese momento no se acabe nunca. Es ese estado en el que no estoy ni dormida ni despierta, sino todo lo contrario. Es ese instante que dura tan poco, pero por el que pasan tantas imágenes a la vez que no puedo distinguir si son reales, imaginarias o simples fotografías tomadas desde un ángulo que no pertenece a este mundo, al menos al mundo que conocemos y desde el cual dibujamos, escribimos o  aprendemos.

Entiendo que en la mayoría de técnicas de estudio aconsejen estudiar por la noche, justo antes de dormir y no por la mañana antes del examen. No sé mucho sobre las fases del sueño, pero estoy segura que es en esa precisamente donde se esconden las respuestas a todas las preguntas del universo.

Deseé con todas mis fuerzas que me venciera el sueño para poder hacer ese breve viaje allí mismo, en aquella playa, y que aunque sólo fuese por un instante y las olvidara segundos después, encontrara las respuestas que necesitaba sobre todo lo que había vivido en el último año, en mi infancia o en la mitad de lo que se supone debería durar mi vida. Pero ese deseo no se cumplió porque seguí despierta, jugando con la arena que se humedecía cada vez más.

Playa - Imagen Pública
Playa – Imagen Pública

Me levanté de repente cuando las primeras gotas de lluvia me golpearon los párpados y busqué al perro con su pelota en un intento idiota de que volviera corriendo hacia mí para dejar que lo acariciara de nuevo, pero allí ya no había nadie. Estaba sola en aquella playa.

Era primeros de enero. ¿Qué clase de loco puede tumbarse sobre la arena de una playa en un día nublado pretendiendo dormir sin morirse de frío?

Volví a arrastrar mis manos por el suelo de mi improvisado lecho y las llené de aquella especie de barro e intenté volcarlo de nuevo sobre mis piernas, pero sólo conseguí mancharlas de un hilo de pasta de color negruzco y el resto que quedó pegado entre mis dedos lo deslicé por mi pelo, alborotándolo. Sólo entonces me di cuenta de que seguía intacto, que no se había movido con el viento, que no lo noté sobre mis ojos ni sobre mi boca a pesar de que lo llevaba suelto. Que había permanecido quieto todo el tiempo antes de que empezara a llover, no así como los demás días del año en que la más ligera brisa hace que mi cabello se convierta en una máscara que tengo que ir apartando para poder mostrar mi rostro ante los demás.

Ese día nada se movió a mi alrededor. Nada se atrevió a tocarme porque yo ya no existía para nadie. Quizás ni siquiera el humano que pasó por allí me vio.

Cuando minutos más tarde dejó de llover, la único que sentí mojado fueron mis pies; el resto de mi cuerpo y también mi vestido, arromangado hasta la cintura, permanecía seco. Incluso en mi pelo no quedaban restos de esa especie de barro. Excepto en el pequeño espacio que dormitaba húmedo debajo de mí, en el resto de la playa la arena seguía estando seca, con ese color amarillento y brillante, más propio de los meses de verano que de primeros de enero.

Me agaché para tocarla y sentí cada uno de los millones de los microscópicos cristales que la formaban.

La dejé caer, esta vez sobre el suelo y comencé a caminar. Sólo entonces pude ver unas huellas de perro que se volvían pequeñas a lo lejos cuando miraba hacia atrás. Las mías no estaban.

La identidad oculta tras el rostro ajeno

Alienación - Imagen Pública
Alienación – Imagen Pública

Por María Mañogil 

“Todos nacemos originales y morimos copias.”Leí esta frase en la portada de esta misma revista y me gustó, pero creo que Carl Gustav Jung (autor de la cita) podría haber añadido al final: “porque queremos”.

Nadie nos obliga a convertirnos en réplicas; si lo hacemos es porque el precio que hay que pagar por no hacerlo nos resulta demasiado caro.

¿El rechazo de la sociedad a cambio de ser uno mismo? A quién le importe la “sociedad” como grupo le debe parecer una fortuna; a mí me parece insignificante porque en la sociedad me incluyo yo y yo soy tan importante como el resto de los que la componen. Por lo tanto, prefiero no parecerme a nadie y si me parezco, es pura casualidad. Supongo que con tantas personas que vivimos en el mismo planeta, con alguna coincidiré en algo.

Estas navidades no ha podido faltar el típico comentario despectivo dirigido a mí de boca de quien se aburre e intenta divertirse convirtiendo lo que es una virtud, como la creatividad, en un defecto: “Siempre tienes algo que contar. Siempre te pasan cosas…con lo poco que sales”.

Me pasan las mismas cosas que a los demás. A todos nos pasan cosas o no nos pasa nada. Simplemente, las cosas pasan (aunque para muchos desapercibidas).

Yo siempre observo lo que pasa a mi alrededor y no me limito a centrar mi vida en lo que tengo enfrente.

Siempre he pensado que nadie es inútil y que incluso las personas que intentan menospreciar lo que hacemos o cómo somos, sirven para algo: para escribir sobre ellas, por ejemplo.

Se puede crear una historia observando. Y esa observación puede ser desde el vuelo de una mosca hasta las palabras de un idiota. Y eso es lo que estoy haciendo yo.

Le doy las gracias a quien hizo el comentario que me ha servido de inspiración para escribir este texto.

GENTE

Yo tengo mucho cuidado tanto al escribir como al hablar sobre “gente”, que hace referencia a un grupo de personas, en el que puedo estar incluida yo y sobre “personas”, que pueden o no identificarse con ese grupo.

Una persona es un individuo como lo somos cada uno de nosotros, con sus manías, sus defectos y sus inquietudes, pero sobre todo, un ser único.

Cuando caminamos por la calle vemos gente, igual que cuando viajamos en autobús. Sólo si nos fijamos en cada individuo podremos ver a una persona. Con los animales pasa lo mismo. Estoy cansada de leer artículos sobre el comportamiento de los perros y de los gatos en grupo.

El último lo leí hace unos días en un periódico y parecía un plagio de los muchos que se han escrito, pero en éste se recomendaban diferentes razas de perros según los distintos tipos de familias que los iban a adoptar.

Así que un Doberman o un Pitbull no es adecuado para familias con niños, un Golden Retriever o un Labrador sí. Y un Caniche es perfecto para un anciano que viva solo. No he leído mayor tontería sobre perros. Por supuesto que a los mestizos no se les mencionaba en ese artículo. También se les olvidó decir que un perro, sea de la raza que sea, tiene su propio carácter, igual que lo tienen las personas.

Otro dato que se omitió fue que cualquier perro puede morder, aunque sea un Chihuahua y que habría que preocuparse más de la educación que se le da al perro que de la raza, sin olvidarse de que  a quiénes primero hay que educar antes de adoptar a una mascota es a los niños haciéndoles entender que un animal no es un juguete y que hay que respetarlo, algo un poco difícil cuando no lo entienden ni los adultos.

Supongo que quien escribió ese artículo no ha tenido nunca mascotas en casa, probablemente ni hijos. O quizás sus hijos sean todos iguales y se comporten de igual forma y por eso piense que los perros y los gatos tienen un comportamiento idéntico entre ellos.

Yo tengo tres gatos y no se parecen entre ellos más que en las orejas. En cuanto al carácter son tan diferentes como las personas que convivimos con ellos.

Alienación - Imagen Pública
Alienación – Imagen Pública

EL PASTOR Y LOS BORREGOS

No me gustan los grupos de ningún tipo. No pertenezco a ninguno ni me identifico con nadie más que conmigo y por supuesto, no me comparo con nadie.

Yo soy quien decido lo que está bien y lo que está mal en mi vida y yo soy la única que cambio lo que no me gusta de mí. Por eso soy rara, porque en esta sociedad, para no ser raro hay que identificarse con alguna “secta”. Que no dejan de ser sectas los grupos a los que pertenecen las mayorías, tan susceptibles de equivocarse como una persona (individuo).

Los humanos somos una especie que, al igual que los cánidos, vivimos en manadas. Necesitamos tener un líder que nos indique lo que debemos hacer y que nos diga cuándo tenemos que comer o dormir. Al fin y al cabo somos también animales, pero con inteligencia ¿superior?

Lo que nos diferencia de los perros o de sus antecesores, los lobos, es que nosotros no nos molestamos en comprobar que el líder a quién seguimos sabe adónde va. Ni siquiera si hace lo que se supone que debe hacer un líder.

Los lobos tienen asignadas unas tareas definidas según el lugar que ocupan en la jerarquía y si uno no las cumple se lo cargan. Así de fácil.

El que está arriba come el primero, pero se preocupa de que el que está abajo también coma. Vamos, que comen todos, porque si no fuera así ya se habrían extinguido todos los lobos, ya que los últimos en su jerarquía son los lobeznos.

Si se están extinguiendo es por las matanzas que hemos hecho los humanos con ellos, no por su forma de vida. Nosotros sólo aprendemos de los animales lo que nos interesa, pero más que lobos parecemos borregos.

El líder come y nos deja sin comer a los demás. El líder camina hacia un barranco y nosotros vamos detrás, pero no importa. Es el líder aunque sea un aprovechado o un imbécil.

No hay más que ver las modas, las que cada año nos dicen cómo nos tenemos que vestir. Hace apenas un año se llevaban los pantalones arrastrando por el suelo y ahora se llevan por encima de los tobillos. Y quien tiene unos vaqueros y no los quiere cortar se los dobla para ir a la moda.

A mí me gusta ir cómoda, no a la moda, así que no limpio el suelo con el bajo de mis pantalones ni me pongo unos para ir a pescar ranas. Los pantalones que lleven los demás no me importan. Como si quieren ir sin ellos.

Cuando yo tenía quince años, si se me ocurría pintarme los labios de color rojo, me llamaban puta, porque ese color sólo lo llevaban las prostitutas. Ahora, las de color rojo, son las barras de labios que más se venden en las tiendas de cosméticos.

¿De verdad es tan importante cómo vistan, cómo se maquillen o lo que hagan los demás? ¿Importa también lo que parezcas o a qué te dediques en tu vida profesional?

Está mal hablar demasiado, pero también está mal ser muy callado. Hay que buscar el término medio, el que está impuesto por unas normas que no sabemos ni quién las ha inventado. Está mal ser uno mismo; hay que ser como el resto.

Hay que quedar bien con todo el mundo aunque eso implique no hacer lo que queramos, no estar con la persona con quién queremos estar porque para los demás no es la adecuada.

Tenemos que aparentar ser perfectos para que nos acepten los que dicen ser perfectos y así viviremos en un mundo perfecto. Lleno de gente perfecta, pero no de personas.

Alienación - Imagen Pública
Alienación – Imagen Pública

LA PERSONALIDAD

Yo no tengo una personalidad definida. El otro día hablaba de esto con un amigo. Ni yo la tengo ni nadie, pero todos queremos tenerla y por eso aparentamos que somos de una u otra forma, cuando en realidad no somos de ninguna. En mi opinión, tener personalidad es ser todo lo inestable que se pueda sin tener la necesidad de aparentar estabilidad delante de nadie. Estables son las piedras, no las personas. Y ni siquiera lo son del todo, porque el aire y el agua hacen variar su forma y su color con el paso del tiempo.

Lo raro es precioso y valioso, pero sólo cuando hablamos de objetos. A las personas se las llama raras cuando no aparentan lo que no son y se muestran como en verdad somos todos: cambiantes, vulnerables e inestables.

Todos tenemos algo que nos hace diferentes al resto, pero no sé por que motivo nos empeñamos en esconderlo, cuando eso precisamente es lo único que nos acerca a la perfección que buscamos y que no la vamos a encontrar siendo copias baratas de otros, que a su vez, son copias también de alguien.

Sólo existe una persona en el mundo a la que me quiero parecer: a la que firma este texto. Y estoy segura que por ello, el siguiente adjetivo que escucharé sobre mí será “egocéntrica”. Lo estoy esperando para escribir sobre eso.

Como he dicho al principio, cualquier cosa sirve para despertar la creatividad y yo seguiré haciendo una historia de cada cosa que vea, que escuche o que sueñe. Así siempre tendré algo que contar y los chismosos algo que criticar.

Postal de Navidad

Navidad - Imagen pública
Navidad – Imagen pública

por María Mañogil

“El niño ha muerto y no es Pascua; es Navidad.
Acaba de nacer y ha muerto de hambre y de frío.
Lo oí llorar, como en el mismo suave susurro que desprenden a lo lejos las olas del mar al roce con el viento, pero no le di importancia. Ya se le pasará, pensé. Y después me dormí”.

Cuando los niños lloran hay que escuchar, siempre tienen algo que decir.

Hoy las luces de mi calle brillan con mayor intensidad que otros días.
Miro a través del cristal de mi ventana, aún cubierta por una especie de neblina, recuerdo de la última vez en la que el cielo cambió su color, de gris a marrón rojizo y en vez de agua clara, arrojó una mezcla de ésta y de barro. El fuerte viento que más tarde pareció salir desde una tumba cavada bajo las aceras se encargó de lo demás: esparcir esa mezcla y ensuciar todo cuanto quiso tocar en su paseo por el mundo de los vivos.

Podría nevar, pero no lo hará. Lo sé porque no siento ese frío helado y seco sobre mi cara, como sí lo he sentido años anteriores.

Abro la ventana y contemplo, ahora con nitidez, las luces blancas y amarillas en forma de estrella que parpadean en los balcones de las casas de enfrente. Debajo de uno de ellos hay un Papá Noel muy grande, casi del mismo tamaño que una persona adulta, intentando trepar por la pared.

Las hojas del árbol que está justo debajo de mi casa bailan al son de la música que desprende el mismo mecanismo que hace apagarse y encenderse las luces de uno de los balcones. Es un vilancico: Noche de paz.

Cuando los niños lloran no hay noches de paz, tan solo se puede buscar la paz dentro de un dibujo, una fotografía o una postal como la que he descrito. Esa es la imagen de la Navidad, la que sale en las postales, pero no es la real.

Navidad - Imagen pública
Navidad – Imagen pública

El espíritu de la  Navidad

Siempre quise que mi Belén tuviera un Caganet. Es la típica figura (muy famosa en Cataluña y en Baleares) de un pastorcillo agachado defecando.

Un año me lo regaló mi madre, pero lo perdí. Quizás uno de mis gatos lo utilizó de juguete y se lo llevó a sus aposentos y a mi perro se le antojó como postre y acabó siendo un Caganet cagado. Nunca lo sabré.

Este año mi Belén es muy pobre. Como debe ser un Belén si queremos recrear lo que en verdad simboliza: el nacimiento de un niño hijo de un carpintero.

No queda mucho de religioso en la Navidad, mas bien se ha convertido en un ritual que sirve de excusa para reunir a familias que no se ven ni se hablan el resto del año, para regalar cosas que no se van a usar en la vida, pero que agradecemos e intercambiamos por otras que sabemos que tampoco van a ser usadas. No importa, lo que cuenta es la intención.

La Navidad es para los niños. Ellos son los verdaderos protagonistas de las fiestas, los que se merecen esa ilusión que perderán con los años y que ahora les hace sentirse como se debería sentir cada niño y cada niña siempre: feliz.

No soy una persona pesimista, aunque a veces lo parezco. En realidad me río mucho y disfruto de cada momento como lo que es, único. Mucho más en estas fiestas.

Me encanta ayudar a preparar la cena de Nochebuena con mi familia y cada año montamos todos juntos una fiesta que incluye karaoke, chistes y anécdotas típicas de cada uno, que se repiten todos los años, pero que no por eso dejan de ser divertidas.

Sólo tengo un problema, no soy inmune al dolor ajeno ni puedo cerrar los ojos ante lo que veo a mi alrededor. Por eso el espíritu de la Navidad no vive en mí del todo; digamos que está moribundo. 

Navidad - Imagen pública
Navidad – Imagen pública

Ningún niño sin regalo de Navidad. Es el nombre, o algo parecido, de una de las muchas campañas que se hacen cada año porque, eso sí, en diciembre nos volvemos todos muy solidarios. Aunque no debería ser solidaridad lo que hiciera que cada niño tuviera un juguete.

Papá Noel y los reyes Magos hacen muy bien su trabajo; no se puede decir lo mismo del gobierno de mi país, igual que el de muchos otros países.

No se trata de hacer campañas solidarias ni de dar limosnas, sino de justicia. Que cada niño tenga un juguete no significa que el resto del año vaya a tener la posibilidad de vivir dignamente, como se merece.

Lo justo sería que cada papá o cada mamá pudiese garantizar que sus hijos comerán todos los días tres, cuatro o las veces que haga falta, con su propio sueldo ganado con su trabajo. Trabajo que hoy se les niega y no porque no haya, pues hay personas en este planeta que ocupan once o doce cargos con sus respectivos sueldos, mientras hay otras que duermen en un banco del parque tapados con unos cartones que encuentran en la basura.

Luego nos llaman inhumanos cuando nos alegramos de que una de esas personas a las que les regalan tantos puestos de trabajo haya muerto, incluso nos llaman asesinos.

Asesino es quien mata, no quien se alegra.

Inhumano es ver que familias enteras pasan hambre, tener el poder de cambiarlo y mirar hacia otro lado.

Navidad - Imagen pública
Navidad – Imagen pública

Inhumano es lo que están haciendo en mi país: decidir no abrir los comedores escolares estas navidades poniendo como excusa que los niños padecen obesidad. Las familias de esos niños no tienen recursos para poder alimentarlos adecuadamente.

No sé de dónde se ha sacado el “señor” presidente de la comunidad de Madrid que las personas obesas no necesitan comer para sobrevivir. Supongo que debió estudiar eso en el mismo curso que parece que les dan a todos los ministros y demás calaña del gobierno de España para aumentar sus capacidades de decir gilipolleces en público. Ese curso lo aprobó en su día la ex ministra de sanidad con matrícula de honor. Por no decir de unos cuantos alcaldes a los que yo les haría un monumento a cada uno al más gilipollas del mes e iría alternándolos cada día, porque no sabría por quién decidirme.

No se me olvida otra estampa navideña publicada recientemente en los periódicos de mi ciudad: El castigo que le fue impuesto hace unos días a una anciana en un comedor social por “mal comportamiento” al quejarse de la comida. Le negaron la entrada al comedor.

Entender que se castigue sin comer a un anciano por quejarse de algo, es imposible para mí, ya que he trabajado durante años con ancianos y jamás se me habría ocurrido imponerles ningún castigo.

Si alguien que trabaja en uno de esos comedores sociales, que se supone ha recibido una formación académica para trabajar allí, se atreve a hacer eso y el ayuntamiento o la comunidad autónoma a la que pertenece se lo permite, ni el alcalde ni el presidente deberían ocupar el puesto que ocupan.

Para tratar con ancianos hay que tener un mínimo de conocimiento y no me refiero a estudios, sino a cordura y sentido común. Lo mismo pasa para tratar con niños.

Cuando es el propio gobierno el que se despreocupa tanto de unos como de otros, no es apto para gobernar.

Tampoco se me olvida que, no escribiendo sino publicando lo que estoy escribiendo, me convierto en una delincuente para mi país, ya que ayer se aprobó en el parlamento una ley mediante la cual la libertad de expresión queda limitada a la voz de unos cuantos y restringida para el resto. Ese resto somos, precisamente, los que tenemos mucho que decir.

Aun así, lo hago a sabiendas de que me pueden sancionar si no pongo especial cuidado en las palabras que escribo (algo que no he hecho ni haré nunca), puesto que a las cosas hay que llamarlas por su nombre.

El villancico

Sigo oyendo Noche de Paz. Me llega el sonido desde las luces blancas y amarillas en forma de estrella y me pregunto si el Papá Noel colgado en el balcón de enfrente sentirá vértigo. El mismo que siento yo al escuchar las palabras que dice la canción con las que he intentado mitigar la melodía repetitiva del famoso villancico.

“Cuando los niños lloran, decidles que lo hemos intentado. Cuando los niños canten, un nuevo mundo comenzará”.

El llanto de un niño debería ser suficiente para llamar la atención de cualquier persona; por desgracia, el llanto de millones pasa desapercibido para algunas.

Mi deseo para esta Navidad es que ningún niño siga nunca el ejemplo de esas últimas.

Para ellos, para los niños es mi postal de Navidad. Para que cambien el mundo, porque sólo ellos pueden hacerlo desde la inocencia y la ilusión.