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Anécdotas

por César Huerta

Tengo en la mente, ya como si fuese una tela bastante delgada y transparente, el recuerdo de Don Pablito.

Hace unos días, fui a cortarme el cabello a la peluquería de siempre. Juanita, la peluquera, estaba tiñéndole el cabello a una señora de, calculo, unos 50 años de edad. Cuando Juanita terminó de embarrar el tinte por todo el cabello, la señora se levantó y fue a sentarse al otro lado del local, a esperar que el efecto de la pintura coloreara sus raíces. Era mi turno. Todo esto pasaba cuando llegó una amiga de la peluquera, y entre estas se hizo la conversación. Yo, aunque metido en mis pensamientos, sintiendo la máquina cortar mi cabello, escuché un nombre familiar: era más una anécdota que una inquietud, pero no pude evitar recordar.

La anécdota giraba en torno a la muerte de Don Pablito y cómo había sido su funeral: la hija de la amiga necesitaba ver el cuerpo para asegurarse de si quien yacía en el ataúd era el conserje al que conocía, pero la madre dudaba (porque creía que un cuerpo sin vida era un golpe demasiado fuerte para una niña). Al final, accedió y la llevó a ver el cuerpo; la hija lo reconoció. No dijo nada. Entonces, se hizo el silencio. No supe si fue el final de la anécdota.

 

 

Recuerdo, vagamente -porque de eso ya hace, más o menos, entre 8 y 12 años- que Don Pablito era uno de los conserjes de la primaria a la que asistía. Siempre fue un hombre mayor y muy delgado, o al menos eso parecía. Todos los días iba vestido igual (aunque a veces no nos diéramos cuenta): con una gorra pichi de color verde bandera, una camisa blanca que le quedaba grande, fajada en un pantalón de pana color café que le quedaba corto y que se sostenía a su cuerpo por un cinturón negro. A todos los niños nos trataba muy bien; era alguien dedicado a su trabajo, aun cuando este sólo fuera recoger basura o asear los sanitarios. También te dejaba pasar a la escuela por el zaguán que estaba en la parte de atrás cuando se te hacia tarde. A mí me dejó pasar dos veces.

Siempre me pareció una buena persona, a pesar de haberlo tratado muy poco. Lo vi durante seis años, y lo curioso es que el único día en el que no lo vi en la escuela (aparte de los fines de semana o días festivos), fue en el día de la graduación de mi generación. Jamás lo volví a ver. Don Pablito se convirtió en una sombra, un fantasma y, con más razón, ahora que me entero de que murió.

Desde la anécdota que trajo del pasado a Don Pablito, no pude evitar pensar en él, inerme, dentro del ataúd, con su gorra, su camisa y su pantalón que lo hacían inconfundible entre todos los niños y niñas de la primaria. La muerte, decía Ingrid Solana, es una manera de asimilar la igualdad: “Estamos cerca de los otros y ¿cuántas veces nos miramos?”. Estuve cerca de Don Pablito cerca de seis años; ¿cuántas veces lo miré?, ¿cuántas veces sólo le saludaba porque sí y no me daba cuenta de que podía haber vestido diferente ese día?

Roland Barthes escribió que “el fantasma (…) es una pequeña novela de bolsillo que uno lleva siempre consigo y que puede abrir en cualquier parte sin que nadie vea nada, en un tren, en un café, esperando una cita”, y, así como el recuerdo de Don Pablito puede ser un fantasma o una novela de bolsillo que duró seis años, con encuentros apenas remarcables, una anécdota puede ser una bofetada para la memoria, puede ser la aparición de un fantasma o anamnesis que te remite, con la intensidad que sólo tiene recordar el pasado, a una historia olvidada.

Tengo su imagen desgastada en la memoria. Es una fotografía, como la que inventó Morel en la isla ficticia que pensó Bioy Casares, en movimiento; pero ésta es borrosa, con colores tenues y mezclados, que recuperé al instante en el que escuché “Don Pablito murió”. Todo gracias a una anécdota, que también sirvió como resortera y me devolvió a los años en la primaria: me lanzó contra el recuerdo; me estrelló contra la imagen de Don Pablito en el ataúd, un ataúd que no existe, porque jamás lo vi, pero que sé, guarda, a lo lejos, la esencia del Don Pablito que abría las puertas de la escuela cuando se me hacía tarde.

El recuerdo también se basa en anécdotas, y las personas que viven en ellas nunca serán olvidadas si es que, como Don Pablito, logran convertirse en fantasmas y se guardan sin un final. Así como el inicio del recuerdo, la anécdota y la muerte son, como escribió José Luis Dávila, un final esencialista.

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El último beso

por Job Melamed

Hoy estaba tirado en cama, pensando en cierta chica que recientemente me ha pedido no la busque más, que le es demasiado difícil que juguemos a estar juntos sin estar. Hago notar que yo le dije desde el inicio que no quiero estar específicamente con alguien y que en estos momentos no quiero una relación monogámica, ya que me gusta salir con diferentes personas y estoy en una zona de confort muy placentera.

Pues bien, entre toda ésta situación me di cuenta que cada que debo separarme de alguien con quien salgo, con quien cojo, con quien platico o realice cualquier acto de parejas, siempre le pido un último beso; se ha convertido en un ritual,  para mí, despedirme de  estas personas de esa forma, con un beso de despedida, esos besos que pueden ser tan largos como desees o tan efímeros como la propia existencia.

Beso - Imagen pública
Beso – Imagen pública

Al pedirle vernos para el último beso, ella dijo que no. No entiende mi necesidad de cerrar el círculo por medio este ritual, de lo que me gusta denominar “una promesa”. Representa lo que no fue, no es y no será, pero es la promesa de la posibilidad, lo que pudo, lo que puede y lo que podría ser.

Sé qué quizá para muchos no tenga sentido, no lo entienden y no lo entenderán por mucho que lo explique, pero piensen en esto: ¿cuántas veces no han deseado poder tomar la mano de esa persona con la que rompen? ¿Cuántas veces no han querido decirle algo y no se atrevieron? ¿Cuántas veces han dejado escapar la oportunidad de besarle por última vez? Eso es lo que representa, todas esas veces que han querido, deseado hacer algo y no han podido, pero que pueden hacer con este último beso.

Mi amistad con la muerte

Por Raúl Picazo

La muerte me acompaña. Se impregnó a mi piel el día que nací. También percibí su presencia el día en que mi hija gritó que había arribado a la esquina de este mundo. Es común sentirla, evadirla es tarea diaria por aquellos que se piensan inmortales y, sobre todo, por quienes no quieren hablar de un final establecido. Pero la muerte no existe, es solo una palabra, en todo caso sería, un estado de no vida.

La muerte protege, por eso le rinden pleitesía. El tributo no es otra cosa que respeto, pero también es lógica que recae en el final personal y colectivo. Es justo que se erija más alto que una virgen inexistente. Aunque el extremo no es más que fanatismo. Cuando sabemos que la muerte está ahí, a nuestro lado, ponemos toda la vida para alejarla.

Esto viene porque la enfermedad te pone a pensar en la totalidad orgánica que se pudre. Nos vamos muriendo poco a poco, sin darnos cuenta, o nos damos cuenta pero lo evadimos, porque no queremos vernos ya con la incertidumbre de sabernos parte de la degradación.

La enfermedad puede relegarnos a la soledad, o nos puede abrir muchas puertas, nos introduce a un sistema de símbolos, porque ya no sabemos cuál es la realidad que vivimos, si es necesario estar aquí o partir dignamente.

Pero esto no es reflexión personal, no llegué solo, sino de la mano de un libro, de un autor (que también es un doctor) que realiza un análisis de las enfermedades y de sus pacientes, un hombre que se toma la molestia de prepáranos para lo que viene. Recordar los difuntos, de Arnoldo Kraus, es un texto que pretende abrir un sendero por los que muchos no queremos transitar.

Ya en su libro Cuando la muerte se aproxima, encontré algunas citas que me pusieron a meditar sobre tema y sus aristas:

“Algunos pacientes lo saben: la soledad habla como la muerte”.

“Cuando se padece, el silencio y el abandono hieren profundamente. La salud quebrada requiere cariño, las pérdidas requieren voces, el miedo compañía”.

“Si uno sobrepasa la enfermedad, irremediablemente viene la vejez. Es como si no existiera escapatoria y la única salida es cuidar el cuerpo para tener una vida digna. Si me dices cómo vives te diré cómo morirás, parece que reza por ahí un proverbio callejero, y es verdad, no existe otra salida viable a todo este asunto”.

Estas citas me formaron conceptos sobre la enfermedad, pero también abonaron sobre el recuerdo de una vida junto a mi madre enferma. Y hablar de este tema es sentir también nuestro propio cuerpo, es un acercamiento al tema que se desarrolla en torno a todos aquellos que tienen poco tiempo de vida y que desean irse pronto de este mundo, o para decir algo más certero: la Bioética.

Si pensar en la muerte es complejo, los temas donde confluye la vida y la muerte son en todo caso impenetrables; la razón no la podría tener nadie, si no se genera una discusión inteligente sobre el tema.

Recordar a los difuntos es la narración de un encuentro, es la crónica de una caída, es la madre-luz que se apaga, que se encuentra en los últimos días, es la vida luchando, no dejándose llevar por el cansancio.

Este libro destaca por su capacidad para despertar el asombro y la fortaleza de una mujer, pero también te enseña a esperar pacientemente ese estado físico, donde el cuerpo ya no responderá. Donde seremos un organismo inane.

Anatomía de un cabello

por Gerson Tovar Carreón

No me sorprende que mi frente le gane terreno a mi cabello. Las consecuencias las miro día a día frente al espejo. En mi almohada hay resto de pequeñas fibras que se soltaron de sus aposentos. Nadie los extrañará, sólo las fotos de épocas pasadas se preguntarán por su paradero, por su suicidio genético. Y sí, es genético este asunto, alimenticio posiblemente, pero en su mayoría es genético. Mi padre era calvo, su padre fue calvo y el padre de su padre también lo fue. No me quedan muchas esperanzas de que desaparezca su herencia. Es extraño sentir esa ausencia, aun puedo ver mi cabello y no es que me guste, pero el hecho de pensar en su ausencia me desconcierta. Esa sensación de perderlo lentamente, de acariciar la nada con un peine, y de aceptar lo inevitable de la tradición me hace pensar si puedo soportar la triste realidad: soy calvo.

No me alimento sano, bebo constantemente, tengo sobrepeso y el único ejercicio que hago es correr detrás del trasporte público. Ser gordo y calvo no es sencillo. Pero, la verdad, estoy aprendiendo a vivir con ello. Recuerdo a un tipo de la universidad. Daba señales de calvicie y ahora se rapa para disimular su ausencia cabello. Nunca me agradó del todo ese individuo, era un ridículo, pero sólo pensar en tomar la decisión de rasurarme me pone los nervios de punta. No sé si es posible hablar filosóficamente sobre la caída del cabello; mi hermano decía que la discusión radica en el concepto pelón y su diferencia con la categoría calvo. ¿Quién los define? ¿A qué le podemos llamar pelón y a qué le llamamos calvo?

Italo Calvino - Imagen pública
Italo Calvino – Imagen pública

Pienso que el primero en diferenciar entre estos dos conceptos fue Italo Calvino, hombre de su tiempo y de la bella signora. Fue novelista, poeta y entusiasta del análisis crítico de las fibras capilares mejor conocido como cabello. Una de las frases que mejor define su estudio critico es “a veces uno se cree incompleto y es solamente la pérdida del cabello”. Y aunque no defina claramente su postura entre lo pelón y lo calvo, los lectores de Calvino aseguran que el escritor diferenciaba estas dos categorías al confrontar su contenido capilar sobreviviente. A más sobrevivencia de la fibra capilar, se definirá como calvo, y la nula existencia de la ya mencionada fibra se le considerará como pelón.

T. W. Adorno - Imagen pública

Otro gran teórico de la fibra fue el filósofo y sociólogo T. W. Adorno, su análisis político sobre el holocausto es deudor de sus reflexiones en sus primeros años de pelón. A diferencia de Italo, Adorno consideraba que pelón y calvo eran conceptos peligrosos y que se debían abrir conceptualmente al implante de cabello. Estas concepciones son lo que el mismo concepto no es. Esto significa que no se definen como pérdida de cabello sino como ausencia de este. Lo que a mi juicio lleva la discusión a un plano teórico más elevado debido a la ausencia de peluquerías en su estudio. Una vez más se demuestra que Adorno, literalmente, “no tenía un pelo de tonto”. Un colega suyo defendió esta idea durante mucho tiempo. Me refiero a Walter Benjamin, quien presentó su tesis doctoral con el título “El origen de la tragedia de la calvicie alemana”. Lamentablemente fue rechazada por Max Horkheimer, quien terminó aborreciendo al berlinés por sus teorías sobre la reproducción técnica de la calvicie, además de que éste se atrevió a defender un tema del cual no tenía ni la menor experiencia. Hasta el día de su muerte, Benjamin fue conocido por su amplia cabellera y por el uso de enjuague aurático.

Walter Benjamin - Imagen pública
Walter Benjamin – Imagen pública

Podría seguir aumentando gente a la lista, desde Lenin hasta Vin Disel. Todos tienen algo que decir sobre el tema. Menos Stalin, el bigotón nunca sufrió más que un par de atentados a su peinado por los activistas sin cabello, pero triunfó al mandarlos al gulag como peluqueros. Los especialistas han dejado las cuestiones político-sociales sobre la pérdida de cabello y se han concentrado en sus implicaciones culturales. En todas las artes, como en el espectáculo, los calvos y pelones se diferencian de la gente con cabello. Reivindican su pérdida con grandes actuaciones, cuerpos fornidos y barbas tupidas. En el peor de los casos, podríamos remitirnos a Homero Simpson, y hasta él sale bien librado.

Adorno y Horkheimer - Imagen pública
Adorno y Horkheimer – Imagen pública

En este punto se va mostrando un leve desdoblamiento de los conceptos calvo y pelón, sin embargo, debemos profundizar en un análisis cultural y político de lo que implica la pérdida de cabello, incluso psicológico. La pérdida de cabello no es una broma, no es simplemente la destrucción de las células capilares lo que impide la renovación celular de la fibra conocida como pelo, cabello o melena, sino que las consecuencias en los sujetos varían y es prudente intervenir en este mal moderno que aqueja a los individuos y los obliga a usar gorros y sombreros ridículos.

Muerte por pensamiento

Día de muertos
Día de muertos

por Enid Carrillo

Cuando te dicen que alguien muere, el mundo no se acaba. Al contrario, comienza. De una forma angustiante e inevitable, un nuevo mundo comienza cuando alguien muere. Se nos viene encima una vorágine de pensamientos para reflexionar en torno al sentido de la vida, a lo que hay después, a lo que sigue, a lo que nos encaminamos sin remedio y sin pausa: la muerte.

Hay tantas maneras de morir como maneras de vivir. Muchas veces creemos que la propia vida, con todo lo que eso significa es lo que le da sentido a la existencia. Si lo pensamos bien, si nos detenemos un poco, si miramos más de cerca, sabremos que ese es el papel de la muerte. Porque ella es permanente, la vida se acaba, pasa, muere. Nos acabamos, desaparecemos, nos hacemos polvo. Pero la muerte se quedará para siempre.

Ha estado aquí desde el principio, mucho antes que nosotros y nos confronta con nuestro miedo al infinito, a lo que no puede acabar porque no sabemos siquiera cuando comenzó. Y eso es para lo que estamos aquí, para desaparecer, frágiles y desnudos, destinados a la nada.

Si la vida no tuviera un final, entonces sí que nada tendría sentido. Es este límite de tiempo, este reloj de arena maldito, el que nos recuerda que hay que vivir, que hay que entregarse al dolor de respirar, de querer, de caminar, de pasar por la vida bajo el entendimiento de nuestra insignificancia. Sin querer más de lo que somos, sin apostar en nuestra contra.

¿Por qué nos lo tomamos tan en serio? Buscamos paliativos para defendernos de nuestra poca importancia, de la nimiedad de nuestro paso por el mundo, de lo pequeños que somos, de nuestro miedo a la extinción. Y queremos casas y coches y ropas y fotografías y fiestas y alcohol y sexo y comida. Tenemos enjaulada la conciencia, filosofando sobre nuestras decisiones, soplando más fuerte la arena de nuestro reloj maldito. Jugando a ser indestructibles. ¿Y si lo somos?

Muerte y tiempo
Muerte y tiempo

Y le hemos hecho a la muerte un ritual. La veneramos y nos reímos de ella, mientras podemos, mientras tenemos tiempo. Tantas veces respiramos que terminamos por acostumbrarnos a ello, por eso, cuando apenas el aire se nos va, nos sentimos tan frágiles, conscientes de que la muerte nos toca con una mano, en un suspiro, en una bocanada de aire en media carretera, en el fondo del mar, en un estornudo, en un orgasmo, en la tristeza contraída en el diafragma.

Somos humanos miedosos, temerosos de la ley de algún dios, o de las leyes de la física, o de la lógica, de la suerte, del azar. Tenemos miedo de la muerte y culpamos de todo eso a la vida.

¿Por qué?

Porque cuando alguien muere nos hacemos conscientes de nuestra finitud. Y sentimos ese dolor que nos rasguña por dentro, ese que no quisiéramos sentir cuando estamos al borde de la tierra sepultando a nuestras personas, preparándonos para el ritual de la muerte y los pies bajo tierra. Escuchando en el aire los murmullos de un adiós que durará para siempre, contemplando como la vida termina, como es que moriremos.

Y es un espejo que preferimos romper en pedazos, aun creyendo en la mala suerte. Aun creyendo en la mala vida.

Puedo estar equivocada. Y me gustaría. Pero mientras nos llega el momento, mientras nos espera el ritual del que no podremos escapar, mientras nos convertimos en el polvo que siempre fuimos, podemos reírnos de la muerte, tomarnos un tequila con ella, cantarle una canción, ofrecerle una luz, hacerle un camino de flores o escribirle un cuento, démosle sentido a este trance en el que nos toca respirar.

Y reír y cantar y escribir y llorar y creer y amar y doler porque un día, pronto, esto se va a terminar.

Hay un proceso de privatización del lenguaje: entrevista a Vivian Abenshushan

Vivian Abenshushan -Fotografía de Andrea Garza Carbajal
Vivian Abenshushan -Fotografía de Andrea Garza Carbajal

Por José Luis Dávila y Carlos Morales Galicia

¿Cómo fue que se editó Be y Pies de Gabriel Wolfson?

Yo conocí el libro hace varios años, en el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, de la que fui tutora una generación, y uno de los libros más sobresalientes, probablemente el que tenía más contundencia en términos de escritura, era un libro de Gabriel Wolfson, entonces me interesé mucho en seguir su proceso y en preguntarle qué tenía, que me enviara a la editorial. Y los dos relatos largos, no los llamaría cuentos, creo que es un error considerarlos cuentos porque son justamente dos relatos que, por sus estrategias, por el tipo de recursos que provienen de otros géneros, están todo el tiempo haciendo una crítica de las convenciones del cuento como género. Entonces por eso no los llamo cuentos, no lo considero propiamente un cuentista sino un narrador que está abriendo las posibilidades de la narrativa. Y nuestra editorial, Tumbona ediciones, es una editorial pequeña, independiente, con una búsqueda estética particular que tiene que ver justamente con hacerse la pregunta, que es una pregunta que no podemos dejarnos de hacer quienes escribimos, quienes leemos, quienes editamos, que es ¿qué es la escritura y qué podría llegar a ser? Seguir pensando a la escritura como un organismo vivo, que muta, que se va modificando, que dialoga con los contemporáneos y, a veces, la industria editorial más comercial impone una serie de criterios que estandarizan la misma producción literaria.

En México, como en muchas partes del mundo, el género hegemónico, llamémosle así, es la novela, porque sigue siendo el género con mayor prestigio, a veces en términos literarios pero sobre todo en términos de rentabilidad; es lo que te piden las editoriales cuando eres un escritor, a mí me lo han pedido mis editores y les digo “Bueno, pero si a mí la novela como género me parece un género que dejó de mutar, que dejó de dialogar con el presente, que después de un proceso de experimentación en los años 60 se replegó en convenciones que ya no dialogan con lo que está pasando, con la lectura en internet, con las modificaciones incluso políticas del mundo, me parece que hay que buscar otros géneros”.

Hay una frase de Walter Benjamín que leí recientemente, de su ensayo El autor como productor donde dice: “No siempre hubo novelas, no siempre tendrá que haber novelas”, es decir, ¿cuáles son esos otros géneros distintos, esas otras formas que están emergiendo, que están surgiendo en este momento? Creo que una editorial independiente puede abrir los espacios para que esa exploración, esa experimentación y esa búsqueda formal sean posibles. Porque ni en los espacios de los suplementos, que además son muy exiguos -sobreviven muy pocos suplementos en México-, generalmente publican cosas muy acotadas, artículos, poemas, no hay posibilidad para explorar otras formas de escritura. Entonces las editoriales independientes surgimos como una necesidad vital de la cultura y de la escritura para abrir otros caminos.

Vivian Abenshushan -Fotografía de Andrea Garza Carbajal
Vivian Abenshushan -Fotografía de Andrea Garza Carbajal

En ese sentido, por ejemplo lo que tú dices sobre la novela, ¿está en tu trabajo?  Tenemos entendido que tú tienes un proyecto de novela.

Es una no-novela (ríe). En realidad no sé cómo llamar a lo que estoy haciendo y creo que eso es lo más importante de la exploración en la que me he metido en este momento porque es precisamente una pregunta sobre qué otras formas pueden surgir. Y esta exploración nació de la dificultad fundamental mía de escribir una novela y de la presión que sentía por el medio, por las editoriales de escribir una novela, y entonces todo el libro me estoy preguntando ¿por qué me resisto  la novela, de dónde proviene esa resistencia?, en términos formales, estéticos, intelectuales y también mucho más personales. Es un libro que no es un libro tampoco, que en realidad es un archivo que estoy escribiendo, no en cuartillas sino en tarjetas, es un tarjetero, que no tiene lomo, que no se lee de manera lineal y continua como se lee un libro, sino de manera aleatoria, azarosa, permutante, donde el lector es también un creador, un productor, porque cada lectura, cada vez que el lector elige una tarjeta produce una lectura distinta a la de cualquier otro lector, entonces hay una idea también creativa de la lectura. Esto no es nuevo, este proyecto al que todavía no llamaré novela, le he puesto el nombre de novela inexperta, y se llama Novela inexperta: título provisional, o sea la frase forma parte del título, la gente cree que es porque es un título provisional, pero me interesa jugar con la idea de lo provisional, de lo provisorio, de lo que no está todavía clausurado, de lo que está en exploración, en proceso. Yo lo llamaría la historia o el relato de un proceso de escritura, eso es lo que estoy haciendo; una parte del archivo que es un tarjetero, que está dividido, como todos los archivos, en distintos ficheros, uno es un cuaderno de escritura donde describo todo este proceso de interrogación, es como un cuaderno donde me voy preguntando cuál es mi relación con la novela, cuál es mi relación con el fragmento, cuál es mi relación con el plagio, cuál es mi relación con la cita, con la idea de la comunidad de lengua.

Hay otro archivo, al que llamo “el archivo de los artistas de la ficha”, donde hago una investigación de todos los escritores y artistas que han usado la ficha como recurso estético, desde Duchamp hasta Walter Benjamin, David Markson, un escritor muy cercano, contemporáneo, filósofos como Roland Barthes, Wittgenstein, artistas como el neoyorkino Matta Clark, etc. El recurso de la ficha como formato estético ha existido durante mucho tiempo, entonces elaboro una pequeña investigación sobre esos artistas de la ficha o sobre artistas que se negaban a publicar, o que escribían en papeles dispersos y no en la idea del libro como algo lineal, como una hoja que sigue a otra, que sigue a otra, como un discurso continuo sino como un discurso más bien fragmentario, aleatorio, un poco de caracoleo, en el movimiento de la lectura.

Otro de los archivos es lo que yo llamo la novela inexperta propiamente dicha, que es el origen de la novela que alguna vez quise escribir, que es la historia o el relato de los negros literarios en la industria editorial, pero lo introduje en una especie de espacio ficticio que es un barco, como los barcos negreros que realmente existieron, donde se traficaban esclavos, pero aquí son esclavos de la letra, entonces son negros literarios que se dedican a escribir los libros de otros pero no cuenta una historia, lo único que se escucha son testimonios, algunos de los cuales extraje de otros libros, de internet, de entrevistas, sólo se escuchan voces de negros literarios contando esta relación compleja, ambigua, distorsionada de la escritura y de la explotación dentro de la escritura. Otro de los archivos es una historia del libro, digamos desde sus orígenes, es un libro totalmente desbordado que podría ser infinito, como cualquier archivo podría seguir y sí estoy un poco enloquecida con el proyecto (ríe), temo no llegar nunca a un fin porque no es un libro que tenga un principio y un fin, que va acumulando información. Otra de las cosas importantísimas que quisiera decir ya para terminar de hablar de este proyecto es que uno de los recursos centrales que estoy usando es la reescritura, la copia, la falsificación, el plagio, extraer recursos de distintos lugares, usar citas sin comillas, a veces junto el fragmento, el pedazo de una frase, qué se yo, de Macedonio Fernández, combinado con una frase, qué sé yo, del periódico que leí en la mañana, hago lo que hoy se llama mashups. Entonces junto lo alto con lo bajo, la cultura popular, la cultura de todos los días, la información frenética y la sobreabundancia textual en la que vivimos con la búsqueda de sentido al mismo tiempo, entonces hay muchas exploraciones simultaneas en el libro, es uno de los proyectos, digamos, en algún sentido más ambiciosos en los que me he involucrado en los últimos tiempos y está en proceso.

Vivian Abenshushan -Fotografía de Andrea Garza Carbajal
Vivian Abenshushan -Fotografía de Andrea Garza Carbajal

Ya que mencionas todo eso, me hace pensar en muchas cosas, desde Milorad Pavic con Diccionario Jázaro o Pieza única, que son dos libros en un libro o Vila Matas con Bartleby y los suyos que son estos pequeños como fragmentos de historias, y toda esta experimentación me lleva a pensar de todo lo que dices, ¿realmente crees que el panorama literario en México o al menos el panorama que tenemos cerca esté buscando hacer estos formatos?, ¿realmente crees que estos formatos sean algo que va a incidir o que ya esté incidiendo en la literatura en México, que se está buscando o incluso que el público está preparado para ello desde un escritor mexicano?

Yo creo que hay dos momentos, dos respuestas. Una sería no, que sería la respuesta tradicional, la literatura mexicana es muy convencional, está todavía atada a una tradición en el libro, en el prestigio que existe, pero también desde hace 10, 15 años hay una recombinación en las formas de lectura y de escritura que en otras generaciones, aunque también en la mía, tiene ya repercusiones concretas, reales, visibles. Hay muchos proyectos híbridos, hay muchos escritores, artistas, poetas que están combinando lenguajes, que están haciendo literatura digital, hay ahora mismo en la Ciudad de México todo un congreso sobre literaturas electrónicas, lo cual significa que ya hay un espectro y unas coordenadas creadas para que esa literatura y esas formas de escritura mutantes, llamémoslas así, tengan un público, tengan lectores, tengan retroalimentación, diálogo, discusión. Y yo creo que sí existe sin duda, porque además tecnológicamente los medios ya están ahí y creo que las formas de lectura, por ejemplo el de ustedes, ya no sienten esa tensión o ese rechazo ante los textos más simultáneos que produce internet, o la capacidad de trasladar enormes cantidades de texto de un archivo a otro simplemente con hacer copy paste, algo que era impensable cuando se usaba todavía la máquina de escribir, aunque la copia es un recurso que viene desde los sesenta y desde las vanguardias. Entonces yo creo que es la continuación de una línea experimental de la literatura que ha existido desde la modernidad, desde principios del siglo XX, quizá desde antes con Mallarmé, y que siempre ha sido de algún modo periférica, marginal y luego con la poesía concreta, con la poesía sonora, y que en estos momentos de algún modo sigue siendo periférica y marginal pero encuentra sus propios circuitos.

Vivian Abenshushan -Fotografía de Andrea Garza Carbajal
Vivian Abenshushan -Fotografía de Andrea Garza Carbajal

Eres una de las pocas escritoras en México que trata de sostener en su obra un diálogo con la situación que se vive en el país, constantemente haces una labor activista sobre esta situación tan horrible en la que vivimos, ahora con este acuerdo transpacífico en el que sobre todo se pone en mira el tema como del plagio, el derecho de autor, ¿ese tipo de recursos crees que lleguen a afectarse con este tratado, que ya está a punto de firmarse si no es que ya se firmó y no lo sabemos?, ¿tú como editora y escritora qué piensas sobre esto y cómo tratar de remar en contra de este monstruo que va a venir a poner aquí un pie en torno a la actividad creativa y editora?

Acuerdo transtrágico diría yo. Bueno, la escritura usualmente se ha abierto paso como la mala yerba, en las peores circunstancias, es decir, los procesos de censura bajo los que ha vivido la escritura desde la inquisición, desde la persecución, no son nuevas; lo que pasa es que vivimos en una falsa democracia liberal donde se supondría que este tipo de persecuciones y censuras no tendrían que existir y que ahora, digamos que en lugar de venir de un estado totalitario y censor provienen del capitalismo mismo. Hay que estar muy alertas, hay que entender este proceso y combatirlo con las herramientas que siempre ha usado la escritura que es la frase, la palabra, el lenguaje, la discusión, la argumentación, el pensamiento crítico, la imaginación. Y que por supuesto que este tratado transtrágico es parte del proceso necrocapitalista; hay una definición de capitalismo este colectivo invisible que nunca sabe uno de dónde viene pero que tiene publicaciones subversivas muy importantes y filosóficas, ha llamado al capitalismo como un proceso de demolición de todo lo existente, estamos en un proceso de demolición de todo lo que existe, de la vida misma que se ha puesto en suspenso, donde los cuerpos y las personas son también mercancía, son traficables.

También hay un proceso de privatización del lenguaje. Hay que entender que todas las leyes antiplagio, todas las leyes de los que yo llamo derechistas de autor, porque me parece una forma de reacción anticultural, toda la forma en que las grandes corporaciones mediáticas han presionado para modificar las leyes de derechos de autor, usando chantajista y manipuladoramente a los autores como a las personas a las que defienden, en realidad lo que están haciendo es asfixiar a la cultura, encerrarla, reducirla a un mero producto, cuando esto lo ha discutido ampliamente Cristina Rivera Garza, en México, y en otros lugares muchos otros colectivos muy importantes y varios de los autores que hemos publicado en nuestra antología contra el copyright en la Tumbona, y que además se puede descargar de manera libre, gratuita y distribuirse, fotocopiarse, deformarse, plagiarse y los etcéteras que quieran poner, el lenguaje, lo que dicen todos estos autores, es un espacio común, las palabras, estas palabras que estoy usando no son mías, son de todos. El lenguaje en un espacio público, es un espacio político, es un espacio que habitamos todos. Cuando yo escribo, no escribo a solas, aunque esté escribiendo yo, tratando de abstraerme del mundanal ruido, estoy precedida por todas las lecturas que he hecho de todos los escritores y escritoras, no procedo, digamos no nazco de la nada como escritora sino de un diálogo permanente con los otros. Entonces, este cerco alrededor de la escritura, la publicación y la simulación del conocimiento producida por las nuevas leyes de patentes y de propiedad intelectual lo que hacen es privatizar el lenguaje, privatizar la cultura como también quieren privatizar el agua, privatizar el aire, privatizar la tierra, despojarnos de nuestras tierras, de nuestras semillas, de nuestros alimentos, es parte de un proceso, de una voracidad y una depredación brutal frente a la que la literatura tiene una batalla que librar en el territorio de la literatura que es el lenguaje.

José Luis Dávila: Entre Paréntesis

El Jueves pasado tuvo lugar la presentación y conferencia en relación al libro de José Luis Dávila Entre Paréntesis del sello editorial Tierra Adentro de CONACULTA. Dávila, director de cinco centros, dio una breve conferencia junto con Gerson Tovar y David Beristain, durante la cual hablaron sobre el libro, que es una colección de breves ensayos sobre lo cotidiano, mezclado con la influencia de diversos autores y músicos que influyen en la forma del autor de ver el día a día.

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 Cuando le preguntamos si siempre había pensado en ser escritor nos dijo “yo no pensaba ser escritor porque no sé qué es ser escritor, es un lema muy personal lo hago porque puedo, porque son las cosas que escribí en los ratos que tenía libres, la vida es así, uno hace o que le gusta en los ratos que tiene libres. Ser escritor es dedicarse de lleno a eso y tratar de darle un nuevo sentido a las cosas, yo no quiero darle un nuevo sentido a las cosas, solamente quiero decir lo que veo, no es más allá, si eso trasciende pues qué bueno, si no lo habré intentado. Igual no es como que creyera que va a cambiar la literatura porque no creo que alguien vaya a cambiar la literatura, hay muchos otros referentes pero estos otros autores referentes realmente no inciden en la sociedad sino en pequeños grupos y quién realmente conoce a Cortázar por leer más allá de Rayuela o quién conoce a Borges por leer más allá de El Aleph”.

Respecto al lema de cinco centros  “Lo hacemos porque podemos”  Dávila nos comentó que “Cinco centros es un proyecto que empezó tratando de ser algo muy  de la facultad en la que estaba, no hubo el apoyo necesario, salimos, y cuando salimos no teníamos ni como sostenernos, seguimos sin tenerlo pero hacemos lo que podemos, lo hacemos porque podemos, lo que podemos cuando podemos, a veces vamos a un montón de eventos en fin de semana, a veces todos tenemos trabajo y no se puede, aún así la comunicación sigue y yo espero que siga con los años y por eso lo hacemos mientras podemos porque podemos. No nos dedicamos a eso, nos dedicamos, como decía, es lo que hacemos porque estamos comprometidos con la cultura de Puebla. Yo, en lo personal, me encanta la cultura como universo que se expande a través de ella, entonces siempre creo que hay que hacerlo porque se puede, las cosas salen mejor a veces.

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Dedicó también algunas palabras a Óscar Alarcón y a Ricardo Cartas con quienes tomó clase en la Zapata y de quienes tomó la idea de “hacer la escritura más libre y más desenfadada”, de la misma forma aprendió de ello a buscar diferentes lecturas, tanto universales como locales, incluso cosas que “como me dice Gerson, sola mente yo y tres coreanos leemos” mismo concepto que aplica a la música, conocimiento que Dávila transmite a sus alumnos diciéndoles “uno es llamado por las cosas, no importa lo que digan o lo que quieran expresar, lo que importa es lo que te diga a ti”.

Nos habló sobre Luego, ensayo con el que cierra Entre paréntesis, que trata sobre la muy mexicana costumbre de dejar las cosas para después “Luego es como decir que las cosas se harán en algún punto y tendrán que ser hechas bien, todas las cosas tienen su tiempo. Básicamente lo que hice con este texto fue explicar que sí, nosotros vemos al Luego como una dejadez, pero qué tal si Luego también es el tiempo necesario para que las cosas resulten. Mi experiencia frente a eso es que a veces sí dejo muchas cosas para Luego pero generalmente tengo mucha suerte y salen bien”.

David comentó que Entre Paréntesis no es un libro pretencioso, a diferencia de lo que muchos artistas fueron alguna vez o son actualmente, pretendiendo despertar y crear obras de arte cada día “más que pensar en la búsqueda de alcanzar algo con tu obra, es sentirte bien, tener las ganas y hacerlo”.

LA CAJA

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Por María Mañogil

“…al andar se hace el camino

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.”

Antonio Machado

Recordando los versos del poeta, entiendo que la senda no puede volver a pisarse, no porque haya que olvidar que fue parte del camino que recorrimos, sino porque ya no nos pertenece. Nos perteneció mientras nuestros pies estaban pisando el pedazo de tierra que había en ella.

Volver la vista atrás es lo más sensato que he leído en mi vida a pesar de que siempre se han empeñado en convencerme de lo contrario.

Tal vez yo no entienda el poema como el resto del mundo, pero mi interpretación es tan válida como la de cualquiera si tenemos en cuenta que todos leemos lo que está escrito, pero entendemos lo que nos conviene.

Y a mí me conviene entenderlo así.

Hoy he abierto una caja, una caja invisible llena de cosas de mi pasado.

Dicen que el pasado duele, pero yo creo que duele más ocultarlo o hacer como que nunca existió o dejarlo pudrirse por cada rincón e intentar olvidarse de que algún día ese fue el único presente que conocimos y la base donde construimos, o por lo menos lo intentamos, todos nuestros sueños a los que entonces llamábamos futuro. Ese futuro es hoy, el resultado de lo que fermentó en el interior de esa caja.

El presente existe por un breve espacio de tiempo que ni somos capaces de percibir.

La palabra que acabo de escribir formará parte de mi pasado en el mismo instante en que empiece a escribir la siguiente. Y todo cuanto haya escrito pasará a ser también pasado en cuanto ponga el punto y final que cerrará uno de los millones de capítulos que hoy componen mi vida.

El futuro tampoco existe. Es una ilusión óptica que vemos a lo lejos gracias a la falsa percepción que tenemos del tiempo.

LIBIA CAJAS ARMAMENTO NORCOREANO

El futuro no es más que el paso que estamos a punto de dar y que se convertirá en presente en el momento en que pongamos un pie delante del otro y lo apoyemos en el suelo, quedando la huella de ese paso grabada en la tierra que pisemos y que el viento, el agua o los pasos de otras personas se encargarán de ocultar. Entonces miraremos atrás y sólo veremos esa huella que formará ya también parte de nuestro pasado.

Cuando volvamos a a ese lugar, nuestra huella habrá desaparecido de nuestro campo de visión, mas no de la tierra, ya que quedará grabada para siempre, aplastada por los pasos que hayan dado sobre ella otros seres, roída por la caricia áspera del agua o dañada y oxidada por el aire. Pero allí seguirá aunque sea invisible, porque nada desaparece.

No somos más que huellas. Las huellas que vamos dejando a nuestro paso.

En mi caja, en la que guardo tantas cosas, he encontrado algunas que pretendían ser regalos y que nunca fueron abiertos. Algunos, devueltos intactos por los destinatarios, otros ni siquiera enviados.

Cada una de esas cosas sigue ahí, ignorante del paso del tiempo, ese tiempo inventado y medido a golpes de reloj, de calendarios y de cambios de estación.

Ese tiempo que yo creí gastar en tratar de entregar mis regalos a quienes no los supieron valorar.

Ahora sé que nada se gasta y que nada tiene más valor que el que le quiera dar quien lo entrega, no quien lo recibe.

Nada es inútil porque todo deja una huella en algún lugar, aunque sea sobre el agua.

Hoy he sacudido el polvo de cada uno de esos regalos y los he desenvuelto con cuidado, comprobando que siguen tal y como los guardé: con una marca inequívoca que yo entendí siempre como desprecio y que hoy se ha transformado en la ignorancia más absoluta porque nadie más se percató de que estaban ahí, sólo yo.

Pasó desapercibida una parte de mí ante el resto del mundo y lloré por eso, pero aquí sigue, en el interior de lo único que de verdad siento mío: mi pasado.

El pasado que tanta gente se empeña en borrar siendo como es imborrable. De eso que se llena la boca el mundo con frases insultantes y homenajeando en su lugar al misterioso futuro que nadie conoce ni conocerá más que en los sueños.

Los recuerdos son lo único, si tenemos la suerte de no perder, que nos acompañará hasta el día de nuestra muerte cuando nos quedemos solos frente a ella y ya no haya nada que soñar ni que esperar.

Yo vivo con mis recuerdos y no tengo intención de dejar de hacerlo porque sin ellos no tendría nada más que lo que tenía cuando salí desnuda del vientre de mi madre: el llanto de una recién nacida y el instinto de succión para poder sobrevivir. ¿Futuro? Ninguno salvo el que mis padres creían, equivocados o no, poder darme, ya que yo no era consciente ni del aire que respiraba. O quizás sí y mi memoria no alcance a recordar.

El futuro es la ilusión que inventamos para seguir caminando hacia adelante, pero nos olvidamos de que la huella, visible o invisible, que dejamos grabada en el asfalto, en la hierba o en la arena, es todo cuanto somos y la única prueba de que estuvimos allí.

El presente se desvanece en cuanto lo tocamos y el futuro no llegará nunca porque al ser un espejismo también se desvanecerá. No importa lo que intenten hacernos creer o lo que inventemos día tras día hablando de dejar el pasado atrás. El pasado siempre se queda atrás, pero es lo único que  podemos llamar nuestro. Todo lo que vemos cuando miramos hacia adelante no es más que el pasado de otros, las huellas de otros, el camino de otros… si algo de lo que vemos parece nuestro, es lo que imaginamos que será sin aún serlo.

Quizás no entendemos que dejar el pasado atrás no es olvidarlo y por eso pensamos que quien se aferra a él vive sumido en una tristeza profunda y se está condenando a no avanzar, pero la realidad es que tratar de eliminar la base donde nos apoyamos para poder caminar es lo que de verdad nos condena a caer al vacío.

Sin pasado no existimos y yo sigo atada a él porque quiero seguir existiendo.

Mis sueños seguirán siendo lo que vea cada mañana a lo lejos cuando despierte y caminaré hacia ellos aun sabiéndolos espejismos porque tampoco quiero dejar de soñar. Luego miraré hacia atrás y veré las huellas de mis pies antes de que para mis ojos se hagan invisibles y sabré que pasé por ahí, que de alguna manera formé parte del mundo y que el espacio que pisé me perteneció por un instante aunque ese instante acabe siendo un regalo envuelto en el interior de una caja vieja.

Acontecimiento, de Slavoj Žižek

Slavoj Zizek - Imagen pública
Slavoj Zizek – Imagen pública

Existen eventos que dejan marcas atemporales, marcas fuera de cualquier cicatrización. Esto es lo que se ha definido desde Hanna Arendt como un <<acontecimiento>>, un suceso que parte al mundo conocido para situarlo frente a un cambio modificador de lo que se sabe sobre la realidad, es decir, un  agente transformador que se presenta para desestabilizar lo conocido desde su condición de novedad.

Esta misma idea es la que Slavoj Žižek desglosa en su reciente título publicado por Sexto Piso, Acontecimiento, en el cual postula sus ideas sobre este concepto del que se dedica a hacer no una clasificación sino una descripción de las distintas categorías que integran lo que él llama acontecimental: es un paseo por las diversas concepciones que se tienen y han tenido nutrias con ejemplos de la cultura popular, transitando de las generalizaciones sociales a las percepciones individuales.

Acontecimiento - Portada
Acontecimiento – Portada

Cabe mencionar que desde hace años Žižek es uno de los filósofos más conocidos, tanto por su estilo sencillo y desenfocar los temas del punto de vista academicista para llevarlo a un lenguaje que permita el acercamiento de cualquiera a la labor de generar ideas, convirtiéndolo en un pensador no limitado a los entendidos de la materia, capaz de sensibilizar a todos sobre su posición en el mundo.

Acontecimiento es un libro que debe ser leído para entendernos un poco más, para reconocer esos momentos que nos han marcado y cómo es que tales marcas también están en nuestro entorno, a su manera en cada cosa.

El son del corazón

Ramón López Velarde - Imagen Pública
Ramón López Velarde – Imagen Pública

por Marcos Solache

Para conmemorar los diez años del fallecimiento de López Velarde, y con importante motivo de incluir “La Suave Patria” en un poemario; aparece “El Son del Corazón”. Titulo que se da, precisamente, por el primer poema de dicha colección. Recordar que los contenidos en esta última compilación, son de la postrera época de la vida delbardo; es decir de 1919 -1921. Cada poeta, confirma su bautismo lírico de distinta y muy peculiar manera. Para mí, “El son del corazón” es el fruto del sacramento poético en Velarde. No su definición de poeta, como lo expresa en “El Mendigo”, sino lo que la poesía, elemento alquimista, transmutó en su interior. La poesía en él es una música íntima que no cesa. Aunque afecta con dolor moral, se reviste de oro, y cubre al hombre.

Para criticar a Velarde, siempre será importante tener en cuenta su buena formación católica. Nunca negada por él, siempre presente, y siempre también, área contradictoria y belicosa. Sobretodo por utilizarla como medio eliminatorio para alcanzar la paz que conviene demostrar en el texto de “El Minutero”, “Fresnos y Álamos”. Así tenemos en la primer estrofa, la conjunción de la virtud teologal caridad, con el amor. Las virtudes teologales son las cualidades que debe practicar un buen católico, para salvarse. Dichas sean: fe, esperanza y caridad.

En algunas traducciones en español e inglés, de la 1er Carta a los Corintios, (13:13), se traduce al pie, que la máxima cualidad o virtud humana, es el amor. Tomada entonces, como un sinónimo en la economía católica, el amor es caridad. Palabras difíciles de igualar en cualquier otro plano; sea por eso que el poeta propone la unión de ambas en un beso de equidad y paz. En cuanto a la estructura cabe mencionar que todas las estrofas se componen de tres versos, de metro regular y rima consonante. Agregar que esta conformación, a la que llamaré tríptico, fue una importante constante en su poesía. De manera natural, todos los poetas somos hermanos.

Pasan las centurias, bajo distintas épocas y elementos sociales, cualquier auténtico debe considerar en el otro, las mismas pausas, quejas y furias.

(…)
Mis hermanos de todas las centurias
reconocen en mí su pausa igual,
sus mismas quejas y sus propias furias.
(…)

Así todos somos lo mismo, pero con diferentes palabras.

Y cada uno es, lo que dicta su elemento principal.

En el caso de Velarde:

(…)
Soy la fronda parlante en que se mece
el pecho germinal del bardo druida
con la selva por diosa y por querida.

Soy la alberca lumínica en que nada,
como perla debajo de un lente,
debajo de las linfas, Sherezada.
(…)

Remarcar que en la primera estrofa, los términos “bardo druida”, si bien no son contradictorios, tampoco son tales como para poder encadenarlos. Importante en el anterior, el elemento frondoso, germinal y selvático, que al final del poema redondeará. En cuanto a la segunda estrofa de esta sección, remarcar a Sherezada como elemento árabe ya comentados en su poesía. Quizá también agregar lo sobresaliente de los elementos lumínicos y acuosos, que soportan el verdor arriba mencionado. Penúltima su definición confesando que su cristianismofue guiado por la bienaventuranza de la Virgen. Enunciado que se puede resumir en la aceptación de la voluntad del Señor como su esclava. Última su definición con otra de sus admiraciones: el baile. Esta vez aludiendo al tango. No olvida su dualidad, y atruenan en la Creación, sus cortejos paganos y nazarenos. Todo esto concluye y forma la melodía del son; que no podría terminar sin un grito, un diapasón alto, una exclamación de confesión.

(…)
¡Oh Psiquis, oh mi alma: suena a son
moderno, a son de selva, a son de orgía
y a son mariano, el son del corazón!

Diversos elementos que tamborilean en su corazón, y crean ese peculiar son, aquella voz que buscó y palabreó en poesía. La ascensión y la asunción. Velarde nunca se casó. Incluso me aventuro a decir que nunca tuvo una relación amorosa duradera. Esta impotencia hacia la posible captura de la mujer amada, siempre se le escapó al poeta. Y como bien lo comenta Ali Chumacero: esto hizo la poesía de Velarde. Si no pudo capturar a la mujer pasional, sí, y con mucha diligencia, dedicó sus últimas cartas, aquella jovencita llamada Margarita González. Nombrada siempre por él como: “ mi sobrinita”. Esta relación fue confirmada por el hermano de Ramón, quien decía que cuando la joven mujer estaba de paso por la capital, todos los Domingos, el poeta la invitaba a la alameda o al cine.

Una relación cándida, amorosa y tierna, como aquella que posiblemente hubiera nacido hacia una hija de López Velarde. Se sabe a bien que el poema que sucede al aquí en cuestión, “Si soltera agonizas”, estuvo dedicado anónimamente a ella. Yo puedo suponer, no solamente por la colocación de “La ascensión y la asunción”, que los editores bien intuyeron que este también es un poema inspirado en ella. Quizá hay elementos que pueden sacar de conclusión la dedicación mencionada, pero me parece que el trasfondo que muestra indirectamente, está fincado en esta joven mujer laguense. A estas alturas, cualquier profanación católica no sorprende.

(…)
enlazado mi cuerpo con el suyo,
suben al cielo como dos custodias…
(…)

Como anotación significativa, cabe decirse, que aquí utiliza la palabra custodia con la acepción católica, de aquél instrumento que mantiene el cuerpo de Cristo. Por lo general, esta pieza es de las más lujosas, suntuosas y sagradas dentro de una iglesia. En México es nombrado comúnmente como el Santísimo. Sospechado el tono religioso y profano desde el título, comprobamos que él es la ascensión y ella la asunción. Esto solamente para ordenar el espacio que él ocupa como Cristo y ella como Virgen.

(…)
¡ser, por virtud ajena y virtud propia,
a un tiempo la Ascensión y la Asunción!
(…)

Realmente es muy fácil, como poco ético y original, usar toda la verbalia católica y bíblica para determinar una experiencia poética amorosa. Tiene la ventaja siempre, de que el profanar una religión atraerá a los lectores morbosos. Ejemplos como Saramago y Rushdie, bastan para comprobar el éxito de este sucio estilo. Quizá lo de Velarde no fue hecho para hacer un poema famoso. Situación que como sabemos, no alcanzó, al menos no con la serie de poemas profanos que tiene.

Tal vez, y como sostengo, fue para vaciar su fundamento católico, y así poder, realmente escribir. Para poder vaciarse completamente, convertir su mente en un espacio sin prejuicios, la tierra de su poesía yerta, desolada, y prácticamente infructífera; pasó toda su vida. Encuentro un registro de 1907, con el poema “Eucaristía”, sobre el uso del más importante sacramento en la Iglesia Católica. Siempre usado por Ramón como unión de él con la hostia-mujer, el cuerpo redentor deseado. Eucaristía: La ascensión y la asunción:

(…) (…)
implorando le des a mis pesares Su corazón (…)
la comunión de tu cariño yerto. traslada, en una música estelar, (…) el Sacramento de la Eucaristía.
te resistes hostia ingrata (…)
(…)

Así vemos como desde los 19 años, y durante los siguientes 14, sembró el ideal de la mujer como cuerpo de Cristo. Alcanzándola en labios, por medio del santo sacramento de la Eucaristía. En su tiempo Velarde fue criticado por la repetición temática de sus poemas. La gran mayoría hablan de la mujer, su relación y deseos hacia ellas. En fin, la mujer es su centro, como lo es la hostia en la custodia, o el Cristo en el catolicismo. Más claro no se puede hablar sobre la importancia de ellas en la vida de Velarde. Desde mi punto de vista, es muy pobre el criticar al poeta por el repetido uso del elemento de la mujer en sus poemas. Incluso lo veo como un comentario mercantil y de poco valor hacia la vereda que es la poesía. Porque la poesía no es un ejercicio literario, es un expresión interna, sea mil veces repetida, será mil veces auténtica. Así, no queda más claro que la mujer en la vida de Ramón, fue la guía, la estabilizadora, la escucha, la animadora. Aquella que dio a la decadencia de su existencia, una perspectiva de ascensión. Fue todo. Ella ángel guardián.

(…)
¡Gracias Señor, por el inmenso don
que transfigura en vuelo la caída,
juntando, en la miseria de la vida,
a un tiempo la Ascensión y la Asunción!

El sueño de los guantes negros. En el último instante de su vida, Ramón perdió el aire. Murió de asfixia debido a la fuerte neumonía y pleuresía que padeció. A pesar de la dura enfermedad que lo llevaría a la tumba, siempre mantuvo ilusiones. En el último año de su vida, con la Revolución consumada, y aunque en una de las peores etapas económicas de su paso, continuó las preparaciones para viajar lo más prontamente a Europa. Lo extraño de estas ilusiones, es que se volvió un hombre extremadamente solitario. A partir de 1920, cuentan sus más intimas amistades; que perdieron casi la pista total del poeta. Algunos pueden decir que se hundió en el espejismo del modernismo. En lo personal creo que le sucedió como a todas las almas hipersensibles; le consumió el profundo sentimiento del sinsentido existencial. Aunque “El sueño de los guantes negros”, es un poema inacabado; vale la pena dejar esos tres huecos ilegibles, e incluirlo en este comentario.

Para mí, éste es el último poema de Velarde, no sólo por la fecha estimada y los tonos de ultratumba, misterio y sueño; sino porque nos encontramos ante un trabajo pendiente, un borrador que muestra como corría su pluma en el taller de creación. Si habremos de buscar la última tinta del sufrido Velarde, no la hallaremos en la cuidada “Suave Patria”, sino aquí, en las manos de la mujer de los guantes negros. Un poema de nueve estrofas. Ciertamente de una extensión mayor, a lo que es generalmente común en el Zacatecano.

Debo decir que hasta la séptima estrofa, aunque esta ya padezca un espacio en blanco, y una decisión pendiente entre dos versos en punto y coma, que parecen una elección eliminatoria a uno; mantiene mucha solidez y guía. No así con las dos últimas estrofas, que parecen apenas esbozos de continuación. Sobre todo la última, con huecos en prácticamente cada verso, y claramente un final faltante que abroche el poema completo. La utilización de dos trípticos y dos dísticos en las primeras seis estrofas, establecen un pacto equitativo de regulación en el poema.

Aunque parezca una narración fantástica por la secuencia de hechos emplazados en un sueño; vale la pena adjudicarle la categoría de poema por el trabajo armónico realizado, sobretodo en las ya mencionadas primeras estrofas. El poema da la sensación de haberse escrito en la vigilia del amanecer. Pero lo más probable es que Ramón nunca haya soñado algo así. Al menos no del todo completo. El sueño inicia en el fondo del más bien muerto de los mares muertos. Lloviznaban gotas de silencio, donde solamente se distinguía la llamada a misa, en el misterio de una capilla oceánica, a lo lejos. Al llamado acude, y aparece Fuensanta:

(…)
De súbito me sales al encuentro,
resucitada y con tus guantes negros.
(…)

La fijación de los guantes negros, traspasa el poema, y no solamente se anida en el título, sino que en el poeta genera expresiones inauditas.

(…)
y nuestras cuatro manos se reunieron
en medio de tu pecho y mi pecho,
como si fueran los cuatro cimientos de los universos.

La figura de Josefa de los Ríos, ahora es espiritual, o al menos un enigma corporal.

¿Conservas tu carne en cada hueso?
El enigma del amor se veló entero
en la prudencia de tus guantes negros.
(…)

Todo lo que hubiéramos deseado saber, no solamente de aquel amor, sino realmente del amor, fue velado y silenciado por la prudencia de aquellas católicas y santas manos. En una sección de la siguiente estrofa, refuerza la idea de que la mujer aludida es Fuensanta:

(…)
y el traje, el traje aquel, con que tu cuerpo
fue sepultado en el valle de Méjico;
(…)

Para terminar, con otra velación y fugacidad, las manos culminan enlazadas en éxtasis, experimentando en un circuito eterno, la vida apocalíptica. Extinción y resurrección. El poeta amanece, y la cola del cometa deja su polvo estelar en la lengua de la que nunca sabremos últimas palabras, pero sí última intención hacia la vida.

(…)
gusté cual rosa […]

El sueño de la inocencia. Es abiertamente comentado que la infancia es una época que marca definitivamente la vida de cualquier humano. Por mencionar entre lo sobresaliente, sabemos que el cerebro conduce su mayor índice de crecimiento en estos primeros años. No es de sorprender entonces, la suma importancia de esta explosión vital en nuestro desarrollo. Para Ramón, el niño de clase acomodada en el pueblo, su imagen infantil es total y primordial hasta los últimos días de su vida. Guardar el traje pulcro de la liturgia cenital de los Domingos, o la prudencia de permanecer como un lindo monigote en las pláticas adultas en el atrio; son sin duda, eso que en “El sueño de la inocencia”, llama conservar su venero de luz. Si lo anterior es verdadero, podemos catalogar este poema como una confesión fallida a su proceso poético. Esto porque es, seguramente, el poema que mantiene el mayor respeto y admiración por su principio Católico. Aquí no hay esbozos de profanación, antes bien un dejo muy claro de humillación ante la patrona del pueblo, cabizbaja y benévola. Por la acomodación que tiene en la colección de “El son del corazón”, cualquiera se puede ver tentado a unirlo inexorablemente al tiempo de “El sueño de los guantes negros”.

Hay puntos muy claros que pueden apoyar lo anterior; lo único que personalmente no hilo como sucesivo tal, es la estructura monolítica de las dos últimas estrofas contenidas en él. En cuanto a esto, será difícil aceptar categóricamente que “El sueño de la inocencia” es de sus últimos años. A decir verdad, la evolución poética de Velarde, no es muy clara del todo; un ejemplo que debo desahogar es “Pureza”, contenido en un álbum autográfico de José Villalobos Franco, y fechado el día 27 de Noviembre de 1906.

En las colecciones de López Velarde este se incluye como parte de sus primeras poesías, pero en lo personal, lo considero una pieza de madurez tal, como para al menos agregarle 15 años de procesamiento. Todo esto será continuación del enigma Velardeano. “El sueño de la inocencia” abre con un tríptico que nos coloca entre la bruma idílica, quizá muy cerca de la capilla del pueblo.

(…), y que Nuestra Señora
me miraba llorar y anegar su Santuario.
(…)

Llama la atención, como en ningún otro, el uso de adjetivos exagerados en la acción de su llanto. Hace algunos años se catalogó este estilo como realismo mágico, y como exponente más representativo de esta tendencia narrativa, a Gabriel García Márquez. Esto por cuestiones meramente distintivas hacia el importante escritor Latinoamericano, aunque dicho por él, el relato mágico le pertenece a la sorpresa humana, siempre exagerada. Como ejemplo, los relatos antiguos del descubrimiento de América, hechos por los frailes jesuitas y franciscanos principalmente. Así Ramón inunda su pueblo:

(…)
Tanto lloré, que al fin mi llanto rodó afuera
e hizo crecer las calles como en un temporal;
(…)

Como mencioné, la segunda y tercera estrofa de este poema, tienen más de siete versos, distinguiéndolas notablemente del inicio corto y súbito de la primera estrofa. Estas dos estrofas terminan con el mismo verso, aunque diferenciando el último por el énfasis dado de los signos de exclamación. El inicio de la tercera estrofa, parece que aparta la experiencia onírica a un estado final; entre sueño y vigilia.

(…)
Casi no he despertado de aquella maravilla
que enlazara mis Últimos óleos con mi Bautismo;
(…)

Un punto muy fuerte para pensar que este poema es de sus últimos años, es el cierre que pretende expresar de su vida entera.

(…)
un día quise ser feliz por el candor,
otro día, buscando mariposas de sangre,
(…)

De aquellas lejanas y celestes utopías, aquellas hinchazones rojas voluptuosas, serán todas falsas cubiertas, al revestirse el cuerpo de polvo; ya que en el corazón no quedará más que la conciencia de que aún guarda su inocencia.

(…), sé que mi corazón,
(…)
guarda aún su inocencia, su venero de luz:
¡el lago de las lágrimas y el río del respeto!

A pesar de esa larga búsqueda, que le haya hecho imaginar cualquier delicia sangrante; Ramón siempre supo que no sería más que aquel mozo de aquel pueblito de Zacatecas: puro, inocente y católico.

Bibliografía:

Ramón López Velarde, compilado por José Luis Martínez. (1994). Obras. México: Fondo de Cultura Económica. Serie de Literatura Moderna, Pensamiento y Acción.