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¡Pedazo de Zombie!

traducción de E. J. Valdés

En 2016, John Carpenter sostuvo una charla con estudiantes de la New York Film Academy y una chica no pudo evitar preguntarle su opinión sobre los remakes de cintas de horror, entre ellos el que Rob Zombie hizo de su aclamada Halloween en 2007. La respuesta del director fue breve (y un poco dispersa) pero también interesante. Sobre todo hacia el final…

Les comparto mi traducción de este momento.

Mi pregunta es: ¿cómo se siente respecto a la tendencia en Hollywood de rehacer películas de horror y sobre la adaptación que Rob Zombie hizo de su película, Halloween? ¿Le gustó?

¡Oh, Dios mío! Esas son buenas preguntas. En primer lugar, los remakes en general son populares dada la cantidad de dinero que los estudios necesitan gastar para que la gente vaya al cine. Una manera de sortear la maraña de publicidad allá afuera es tomar un título que persista en la memoria reciente. Por ejemplo, todos los remakes de horror. La lógica es: “quizá la viste con tu hermano cuando eras joven, en video o en televisión; bueno, vamos a actualizarla”. Así que de antemano hay un conocimiento, y eso es justo lo que se pretende: que la gente sepa que tu película está allá afuera, en los cines. Y por eso están rehaciendo cine de horror. El horror es… Permítanme decirles algo sobre el horror: el horror ha acompañado a la cinematografía desde el comienzo. Creció a la par con el cine y siempre estará con nosotros; es uno de los géneros más populares de todos los tiempos, y también es un género multipropósito, pues cambia de manera constante. Con cada cultura, con cada periodo de tiempo se transforma, se convierte en algo más, absorbe las sensibilidades de la época en la que se lo crea. Eso es fabuloso. Frankenstein, Dracula. Bride of Frankenstein o las películas de Karloff fueron hechas por [Universal] en los años 30, en la Depresión. Son películas de la Depresión; le hablan a aquellos públicos. Ahora, si miramos películas de arte moderno, bueno, les hablan a ustedes, los jóvenes, y traen consigo sensibilidades con las que ustedes están familiarizados y que ustedes quieren ver en un filme…
Y —¡Dios, el Alzheimer me ha cogido!—, ¿qué más me preguntaste…? ¡Oh, la película de Rob Zombie! Bien, diría cosas buenas sobre él pero sucede que hicimos esta cosa… Algo que, creí, sería interesante para el History Channel, o el Biography Channel, qué se yo, sobre Halloween. Yo pensé “cielos, será genial”, hasta que me percaté de que habían hecho un programa similar sobre Caddyshack. Entonces pensé: “Dios, ¿qué es esto?”.

John Carpenter - Imagen pública
John Carpenter – Imagen pública

En fin, lo entrevistaron en aquello del Biography Channel y mintió sobre mí: dijo que fui frío cuando me informó que haría la película. Eso no podría ser más falso. Le dije: “Haz tu propia película, hombre. Esto ahora es tuyo. No te preocupes por mí”. Lo apoyé. ¿Por qué ese pedazo de mierda mintió? No lo sé. No tenía motivo. ¿Por qué lo hizo?

Así que, para ser franco, eso matizará mi respuesta a la película: creo que arrebató a la historia su misticismo al explicar demasiado sobre el tipo [Michael Myers]. Eso no me interesa. Se supone que él sea una fuerza de la naturaleza, algo casi sobrenatural. El saber sobre ello… ¡Y además era demasiado grande! Eso no era normal.
En fin…

Adicional al remake de Halloween, Rob Zombie escribió y dirigió una secuela muy mal recibida por el público y la crítica (en realidad su carrera como cineasta nunca ha despegado del todo). Sin embargo, sus reinterpretaciones de la historia no son las únicas que han sufrido la cólera de Carpenter: él tampoco es un gran admirador del montón de secuelas que su magnum opus generó y actualmente trabaja como productor de una cinta que romperá con todas ellas, pues retomará la historia de Michael Myers justo después de la original. Su estreno está previsto para 2018 y se sabe que Jamie Lee Curtis hará de nuevo a Laurie Strode…
Suena bien, ¿no?

La charla con John Carpenter de donde tomé este fragmento puede verse completa aquí: https://www.youtube.com/watch?v=E4twMPO7FzA

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Nulo y vacío

traducción de E. J. Valdés

Ha poco tuve la oportunidad de tener entre las manos una copia de Zero: The Biography of a Dangerous Idea, de Charles Seife. Si bien no sé gran cosa de matemáticas ni de ciencia, eché un vistazo a sus primeras páginas, a su introducción denominada “capítulo cero”, y me pareció en sumo interesante. De hecho, me gustó tanto que decidí copiarlo y traducirlo para que ustedes también puedan disfrutar de él. Aquí lo tienen.

Capítulo 0
Nulo y vacío

El cero golpeó al USS Yorktown cual si fuera un torpedo.

El 21 de septiembre de 1997, mientras navegaba cerca de la costa de Virginia, el crucero de misiles de un billón de dólares se detuvo. El Yorktown había muerto en las aguas.

Los buques de guerra están diseñados para soportar el impacto de un torpedo o la explosión de una mina, y pese a que estaba protegido contra tales armas, nadie pensó en proteger al Yorktown del cero. Un grave error.

Las computadoras del Yorktown recién habían recibido un nuevo software que controlaba los motores. Por desgracia, nadie se percató de la bomba de tiempo que acechaba en la programación: un cero que los ingenieros debían remover mientras instalaban el software. Por algún motivo, ese cero pasó desapercibido y permaneció oculto en el código. Oculto, sí, hasta que el software lo trajo a su memoria y se ahogó.

Cuando la computadora del Yorktown intentó dividir entre cero, los ochenta mil caballos de fuerza de inmediato se volvieron inservibles. Tomó casi tres horas conectar controles de emergencia a los motores, y después el Yorktown cojeó de regreso al puerto. Los ingenieros pasaron dos días deshaciéndose del cero, reparando los motores y poniendo al Yorktown en condiciones de combate.

USS Yorktown - Imagen pública
USS Yorktown – Imagen pública

Ningún otro número puede hacer tanto daño. Los errores de computadora como el que afectó al Yorktown son solamente una débil sombra del poder del cero. Culturas se han ceñido en su contra y filosofías se han derrumbado bajo su influencia, pues el cero es distinto de los otros números. Permite vislumbrar lo efable y lo infinito. Es por eso que ha sido temido, odiado y prohibido.

Ésta es la historia del cero. Desde su nacimiento en tiempos antiguos hasta su crecimiento y cultivo en el Este, su lucha por ser aceptado en Europa, su ascenso en el Oeste y su sempiterna amenaza a la física moderna. Ésta es la historia de la gente que luchó sobre el significado del misterioso número —los académicos, místicos, científicos y religiosos— y que trató de entenderlo. Ésta es la historia de los intentos del mundo occidental por escudarse sin éxito (y en ocasiones con violencia) de una idea oriental. Y ésta es la historia de las paradojas que posó un número en apariencia inocente, y que sacudieron incluso a las mentes más brillantes de este siglo y amenazaron con desenmarañar el marco entero del método científico.

El cero estuvo en el corazón de la batalla entre oriente y occidente. El cero estuvo en el centro de la lucha entre ciencia y religión. El cero se volvió el lenguaje de la naturaleza y la herramienta más importante de las matemáticas. Los más profundos problemas de la física —el obscuro centro de un agujero negro y el brillante flash del Big Bang— son esfuerzos por derrotar al cero.

Mas a través de su historia, y pese al rechazo y el exilio, el cero siempre ha derrotado a sus opositores. La humanidad jamás podrá obligarlo a encajar en sus filosofías. En su lugar, el cero dio forma a la visión que el hombre tiene del universo —y de Dios—.

Remedio infalible

Por E. J. Valdés

Para Salvador Álvarez

Mi segundo libro, Cuentos de un hombre solo, distó de ser exitoso, pero tras su publicación comenzaron a correr ciertos rumores sobre mi persona, y es que algunos de los relatos que escribí fueron tomados demasiado en serio. Así, sin que yo me lo propusiera, me hice de una reputación de individuo lóbrego, infeliz, disfuncional y solitario. Y no es que tales calificativos me fuesen ajenos; sólo que el público infló la cuestión a proporciones absurdas. De hecho, derivado de esta súbita fama se suscitó un evento que la televisión justo devolvió a mi memoria y deseo compartir.

Una tarde en la que fui al supermercado se acercó un hombre y me preguntó si acaso yo era Erasmo Valdés. Un tanto emocionado porque alguien me había reconocido, confirmé mi identidad, a lo que él se dijo encantado de conocerme y quiso saber si podía concederle unos minutos. Puesto que no tenía otra cosa por hacer, se los otorgué y escuché.

El hombre era representante de una empresa llamada Productos Psicosociales y promovía un servicio que, creía, era ideal para mí: “El antídoto a la soledad”. Me explicó: dado que la soledad y la depresión eran males con una penetración cada día mayor en la sociedad, su empresa había diseñado una serie de programas orientados a apoyar a las personas que atravesaban por este tipo de situaciones. Por una módica cantidad —una módica cantidad de cuatro cifras—, podía suscribirme al servicio básico. ¿En qué consistía? Bien, éste me daba derecho a recibir, tres veces a la semana, una llamada en la que un ejecutivo de Productos Psicosociales preguntaría cómo me encontraba y sostendría conmigo una charla de entre cinco y doce minutos. Si así lo deseaba, este ejecutivo podía fingir ser mi amigo o un familiar lejano sin costo adicional. Eso no era todo: si optaba por el siguiente paquete no solamente habría una cuarta llamada, sino que mi interlocutor terminaría cada una de nuestras conversaciones con una de las siguientes frases: “te extraño”, “eres una gran persona” o incluso “te quiero”. Ahora, si acaso podía permitirme una tarifa más elevada, cambiarían al ejecutivo por una chica que se haría pasar por mi novia —incluso yo podía elegir su nombre— y durante noventa minutos a repartir entre siete días me proferiría un afecto de lo más convincente. Debía considerar, no obstante, que cualquier intercambio erótico o semierótico tenía costo adicional. La contratación de este último paquete, me dijo el hombre, tenía una oferta muy atractiva en ese momento: sin que yo tuviera que pagar más, un empleado de Productos Psicosociales acudiría a mi domicilio una vez por semana para darme un abrazo y dedicarme unas palabras de aliento. Por sí solo, ese servicio se cotizaba en más de cinco mil pesos mensuales. Sólo un tonto dejaría pasar semejante oportunidad, subrayó.

Una vez me explicó los métodos de pago y los esquemas de financiamiento que ofrecían, el hombre se sacó del bolsillo un formato que debía llenar para que me otorgaran un mes de prueba del “servicio básico” sin costo, aunque con una tarjeta de crédito de por medio. ¿Me creerían si les dijera que cuando lo rechacé se mostró en sumo desencajado? Y vaya que insistió.

—Pero si usted es un hombre solo y triste. ¡Necesita de nuestros servicios!

Eso último colmó mi paciencia, así que, tras desearle un buen día, fui con mi carrito al área de cajas. Para mi buena fortuna el hombre desistió de seguirme, pues de lo contrario le habría clavado el puño en la regordeta nariz.

¿En qué mente cabe que alguien pagaría por semejante estupidez?

Bien, ojalá no lo hubiese preguntado, pues aquello que vi en la televisión y trajo este desagradable episodio de regreso era justo un comercial del antídoto para la soledad, con todo y testimonios de clientes que se decían mucho más felices consigo mismos tras probarlo…

¡Dios! Son esas cosas las que restan coherencia al mundo.

Float On

por E. J. Valdés

En mayo de 2012, Modest Mouse se presentó en Cholula, Puebla, como parte de la primera y última edición del Festival 72810. En punto de las ocho de la noche el grueso de los asistentes se aglomeró frente al escenario oeste para esperar a la banda, que salió puntual y abrió su repertorio con “Dashboard”. Hacia la mitad de su intervención tocaron “Float On”. Los primeros acordes de la guitarra arrancaron al público un grito jubiloso, y aquellos que no saltaron bailaron, y quienes no bailaron cuando menos cabecearon. Nadie pudo quedarse quieto, y alrededor de ochocientas voces hicieron eco al coro, extáticas. Entonces, al concluir la canción, ocurrió lo inesperado: la gente comenzó a retirarse. La banda no se detuvo —continuó casi de inmediato con “Bukowski”— pero el público se esfumó, veloz, en pos del escenario este, en donde, cuarenta minutos más tarde, se presentaría Public Enemy (¿quién en su sano juicio deja un concierto de Modest Mouse para esperar a Public Enemy?). A nadie pasó desapercibida la mirada que intercambiaron Isaac Brock y Tom Peloso, extrañados de que dos terceras partes de su audiencia dieran la media vuelta para alejarse. Peor aún: durante el resto de las canciones el público se redujo más y más, y hacia el final de su acto tocaban —no miento— para un máximo de cien personas. Brock lucía molesto, y en cuanto terminaron dejó su guitarra y salió del escenario sin decir una palabra, de modo que fue Peloso quien tuvo que despedirse y agradecer a los pocos que tuvieron el genuino interés de escucharlos.

Horas más tarde, cuando el staff ya había empacado sus cosas, la banda solicitó reunirse con los organizadores del festival, y aunque no fueron los únicos que se quejaron de la baja asistencia, sí fueron los que más se hicieron escuchar (a ello contribuyó la personalidad explosiva de Brock).

Modest Mouse
Modest Mouse

El Festival 72810 se extinguió aquella misma noche, pero para Modest Mouse apenas comenzaba la gira por Latinoamérica. Su siguiente parada fue en San José, Costa Rica, y aunque en esa ocasión no formaron parte de un cartel colectivo, Brock aún no superaba lo acontecido en México y estaba malhumorado e insoportable. Cuando salieron a tocar arrancaron de nuevo con “Dashboard”, como indicaba la lista de canciones, sin embargo, tras interpretar otro par de éxitos, Brock se acercó a Jeremiah Green y le pidió que diera la entrada para “Float On”. Esto extrañó al baterista, pues aún debían repasar otra decena de temas antes, pero el vocal, irritado, les gritó a él y al resto de la banda que cerraran la boca e hicieran como les mandaba. No muy convencido, Green contó con sus baquetas, dio unos golpes a los tambores y Brock se incorporó con los primeros acordes de la canción. El público aulló y los siguientes tres minutos y medio fueron una auténtica locura. Al concluir el último coro una ovación inundó el lugar. La banda prosiguió con “Ocean Breathes Salty”, pero hacia la mitad se percataron de que, tal como ocurriera en México, algunas personas ya se marchaban. De nuevo Brock intercambió una mirada con Peloso; poco a poco los asientos se vaciaban y les restaban, cuando menos, otros cincuenta minutos en el escenario. Los completaron, pero fue evidente que terminaron el concierto con mucha menos gente de la que iniciaron y que Brock no estaba para nada contento con ello. En el camerino, abrió una cerveza que arrojó contra la pared tras sólo un par de tragos. Nadie se atrevió a dirigirle la palabra el resto de la noche.

Volaron a Bogotá. Allí, Brock instigó al desorden cuando ordenó tocar “Float On” entre las primeras canciones de la noche una vez más. Dados los últimos acontecimientos, la banda no estuvo muy de acuerdo pero la voluntad del vocal terminó por imponerse; menos de quince minutos después de comenzar el concierto enfrentaron el mismo escenario de las dos presentaciones previas. Al menos la mitad de los asistentes se marchó, y por supuesto que Brock no se guardó la rabieta. Viajaron después a Lima y Peloso hizo cuanto pudo para convencerlo de que reservaran “Float On” para el final de la velada, moción que el resto de los músicos apoyó. Sus palabras, sin embargo, cayeron en oídos sordos y, para horror de todos, aquella noche Brock quiso tocar “Float On” tan pronto pusieron pie en el escenario. El público se regocijó, por supuesto, pero eso no previno el silencioso éxodo hacia afuera del auditorio minutos después.

Para la banda aquello fue demasiado. Después del concierto encararon a Brock cual tripulación amotinada ante el capitán pero al final de la noche prevaleció su cabeza dura: así terminaran cada presentación ante un montón de asientos vacíos, “Float On” se quedaba al inicio del repertorio. La subsecuente discusión fue larga, acalorada y fútil.

Llegaron a Santiago con la moral hecha polvo. Nadie deseaba hablar con Brock y él, a su vez, no tenía interés en dirigirle la palabra a los demás. Pasaron el día cada quién por su cuenta y durante la prueba de sonido, un par de horas antes del concierto, el aire se respiraba tenso. Hacia la hora del evento, el teatro estaba lleno. Peloso asomó por entre las cortinas y no pudo sino lamentar el hecho de que en cuestión de minutos muchas de esas butacas se desocuparían. Brock no dijo una palabra. Poco después de las nueve salieron al escenario y un estruendoso aplauso los recibió, mismo que cobró intensidad cuando los acordes de “Float On” resonaron por los altavoces. Gritos, aullidos y silbidos los recompensaron, y aunque la lista de canciones indicaba que “Dashboard” era la siguiente, Brock los detuvo a todos antes de que comenzaran con ella.

—“Float On” —ordenó.

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Los músicos se miraron entre sí. ¿Habían escuchado todos lo mismo? ¿De verdad les estaba pidiendo que tocaran “Float On” otra vez?

Peloso se acercó a preguntarle si acaso bromeaba, mas no tardó en convencerse de que no era así: sin consultar a nadie, Brock tocó los acordes de “Float On” y a los demás no les quedó sino sumarse. La confusión también corrió entre el público pero pronto se disipó entre una marejada de éxtasis, pues aquella segunda interpretación fue mucho mejor recibida que la primera. Todos bailaron con mayor ímpetu, saltaron más alto y cantaron más fuerte. Sobre el escenario, nadie salvo Brock daba crédito a ello. El ánimo de la banda mejoró y creció de manera exponencial junto con la euforia del público conforme tocaron “Float On” una tercera, cuarta y quinta ocasión. Para todos fue una noche como ninguna otra: interpretaron el mismo tema durante una hora y media frente a un teatro cada vez más emocionado. Nadie se quejó, nadie se aburrió y nadie dejó su lugar. Incluso, cuando Brock y los demás salieron del escenario la gente pedía a gritos que tocaran “Float On” una vez más, y eso fue justo lo que hicieron.

El inusual concierto de Modest Mouse fue muy comentado en los medios: ninguna banda antes que ellos había enloquecido a dos mil personas con casi cien minutos de la misma canción. En opinión de algunos comentaristas, aquello había sentado un precedente importante para actos considerados one-hit wonders, aunque a decir de otros se trató de un acto deplorable y estrafalario, de una burla a la industria y a quienes pagaron un boleto por entrar a escucharlos. Como fuera, la expectativa por las siguientes fechas de la gira, todas ellas en Brasil y Argentina, fue tal que las entradas restantes se agotaron y el precio de reventa se disparó. Modest Mouse, sin embargo, no repitió la hazaña: “Float On” se interpretó una sola vez por noche para beneplácito de quienes deseaban escuchar todo su repertorio y horror de quienes no. Lo cierto fue que nadie en el público dejó su lugar, y los lamentables escenarios de México, Costa Rica, Lima y Perú no se repitieron. Para los chicos fue como si una maldición se hubiese roto.

Las cosas a veces resultan bien.

Jimi Hendrix estrechó mi mano

por Robert Fripp

traducción E. J. Valdés

Desde su debut en 1969, King Crimson se convirtió en un referente de genio musical, y con el paso de los años la banda ha adquirido un estatus que muy pocas agrupaciones igualan en la historia del rock. Este verano el legendario conjunto británico visitará México como parte de su más reciente gira, de modo que es un excelente momento para compartir la siguiente transcripción y traducción que hice de una anécdota que relató Robert Fripp en alguna de sus presentaciones (encontré el audio mas no información sobre dónde y cuándo se grabó). En un punto de este concierto un hombre en el público alzó la voz para decirle“¡Jimi Hendrix estrechó tu mano izquierda!”, tras lo cual Fripp se tomó un par de minutos para ahondar en este hecho:

Robert Fripp - Imagen pública
Robert Fripp – Imagen pública

Sí, así fue: Jimi Hendrix estrechó mi mano izquierda. El caballero acaba de mencionar la ocasión en que conocí a Jimi Hendrix y, si me lo permiten, les contaré la historia dado que, ocasionalmente, cuando se celebran los aniversarios de Hendrix, diversas revistas de guitarra o MTV me piden hablar sobre él. La única vez que lo vi fue en el Revolution Club, en Mayfair, cuando Crimson tocó allí en 1969. Fue la primera vez que me senté. Siempre he tocado la guitarra sentado, pero al trabajar en un conjunto de rock no puedes sentarte… ¡Nadie toca la guitarra sentado! Pero luego de unos doce conciertos con Crimson en el 69 ya me era imposible tocar de pie, así que dije: “Miren, tengo que sentarme”. Y Greg Lake dijo: “¡No puedes sentarte, parecerás un hongo!”. Mi respetuosa opinión era que, para muchas culturas, el hongo era un símbolo de despreocupación, e incluso si tocaba sentado aún podía sacudir la bandera. Así que nuestro representante —EG-Management— compró un banco: un banco que pintaron de negro y colocaron en el escenario del Revolution Club, en Mayfair. Luego, al concluir el primer set, nos encontrábamos en el camerino y se me acercó un hombre que vestía un traje blanco y llevaba el brazo derecho en un cabestrillo. Una de las personas más luminosas que he conocido. Se acercó a mí y dijo: “Estrecha mi mano izquierda, hombre: está más cerca de mi corazón”. Bien, en 1981, doce años después, King Crimson grababa Discipline en Basing Street Studios, que se ubica en el distrito Portobello de Londres, y nos alojábamos en el Hotel Portobello, famoso por sus habitaciones minúsculas y sus paredes delgadas como el papel; si el teléfono sonaba al lado, como le sucedió a Jerry Marotta, Tony Levin decía desde el cuarto contiguo: “¡No tenemos que contestar eso, Jerry!”. Caminaba hacia el estudio —Basing Street Studio— por Portobello Road y vi una librería, y como soy una especie de bibliófilo y estaba ansioso por retomar mi lectura, entré y allí me encontré a Loretta Land. Ahora, Loretta Land era la cuñada de Michael Giles, el primer baterista de King Crimson. Puesto que no nos habíamos visto en doce años dijimos: “Vayamos por un trago esta noche al Portobello”. Y allí ella me dijo: “¿Recuerdas aquella vez que Hendrix fue a ver a King Crimson?”. Y yo respondí: “¡Pero por supuesto! Es mi historia de Hendrix”. Ella preguntó: “¿Sabías que estaba sentada junto a la mesa de Jimi Hendrix?”. Y yo le dije que no, a lo que ella agregó: “Saltaba de arriba para abajo mientras decía ‘ésta es la mejor banda del mundo’”. Con toda modestia, ésa es una de las mejores tarjetas de presentación que un músico en activo podría mostrar.

Enlace al audio original: https://www.youtube.com/watch?v=woRhyl4k6sc

El lugar menos libre en Estados Unidos

por Greg Lukianoff

Traducción de E. J. Valdés

El siguiente apunte sirve como complemento a la opinión de Greg Lukianoff que traduje antes para este espacio: ¿La libre expresión te ofende? Al igual que aquel comentario, el presente se grabó como un vídeo para el canal de YouTube de Prager University y aborda la complicada situación que vive la libertad de expresión en las instituciones de educación superior de los Estados Unidos; un fenómeno que se nos puede antojar ajeno, insignificante, quizá hasta bobo, pero que tiene una enorme posibilidad de atravesar la frontera e impregnar nuestras universidades. La desmedida corrección política que impera sobre todo entre los jóvenes es alarmante, pues si hemos de creer y aceptar que la pluralidad es el camino a la grandeza (E PLURIBUS MAXIMUS), el obligar a las masas a adoptar pensamientos y actitudes basadas en no herir la susceptibilidad de los otros es la ruta equivocada.

El enlace al vídeo original en inglés está al final del texto.

¿Cuán importante es la libre expresión en un campus universitario? Esto es lo que la Suprema Corte dijo en 1957 en el notorio caso de Sweezy contra New Hampshire: “Docentes y alumnos siempre deben tener la libertad de indagar… de lo contrario, nuestra civilización se estancará y morirá”. Palabras emotivas y acertadas. Es por esto que lo que sucede en colegios y universidades estadounidenses resulta tan perturbador. Un estudio llevado a cabo por la Asociación de Colegios y Universidades Americanos[1] en 2010 reveló que solamente 30 % de los graduados concordaban con la pregunta “¿es seguro tener opiniones impopulares en este campus?”. Peor aún: el estudio halló que la confianza que los alumnos sienten al tener opiniones impopulares disminuye del primer al último año. ¿Cómo es posible que en una universidad, un lugar en donde la expresión debería ser libre, los jóvenes tengan miedo de albergar —ya no se diga expresar— opiniones impopulares? El motivo es que durante décadas las universidades han transmitido un mensaje claro a sus estudiantes: expresen opiniones disidentes, violen la corrección política o incluso critiquen a la administración bajo su propio riesgo. Después de trabajar durante doce años en la Fundación para los Derechos Individuales en la Educación[2], he visto cientos de ejemplos de alumnos en riesgo. He aquí sólo algunos.

Students in front of the mail library on the campus of Northwester University in Chicago, Ill., Aug 1,1947. (AP Photo/Edward Kitch)

En la Universidad de Purdue, un campus de la Universidad de Indiana, en Indianápolis, un alumno y empleado fue hallado culpable de “acoso racial” por leer en público un libro que a algunos de sus compañeros les pareció ofensivo. El libro era Notre Dame vs. The Klan[3] y estaba disponible en la biblioteca de la escuela. Éste relata y celebra la derrota del Ku Klux Klan cuando sus miembros marcharon dentro de la Universidad de Notre Dame en 1924. ¿Qué le pareció ofensivo a la universidad? La imagen en la cubierta.

En la Universidad de Delaware, los alumnos fueron sometidos a “reeducación ideológica” como parte del programa de orientación de la escuela. El programa era descrito como “tratamiento” para estudiantes con actitudes y creencias incorrectas. Se les enseñó a adoptar puntos de vista aprobados por la universidad en cuanto a política, raza, sexualidad, sociología, filosofía moral y medio ambiente. También se les requería asistir a entrevistas con sus asistentes residentes en las que los obligaban a responder preguntas personales, intrusivas, minuciosas e irrelevantes como: “¿cuándo descubriste tu identidad sexual?”

Y cada vez un mayor número de escuelas intentan alejar a los alumnos religiosos de sus campus. La Universidad de Vanderbilt, por ejemplo, ha promulgado una política que prohíbe a los grupos estudiantiles religiosos elegir miembros y líderes basándose en su fe. Como resultado, catorce grupos cristianos fueron desconocidos por la universidad.

Luego están los “códigos de lenguaje” en la mayoría de los colegios y universidades de Estados Unidos. ¿Qué es un código de lenguaje? Es una regulación o política de la universidad que limita o prohíbe la expresión escrita o verbal que protege la primera enmienda. Estos códigos se aplican con una deslumbrante doble moral contra lenguaje religioso, conservador o políticamente incorrecto, o sencillamente contra el lenguaje que a la administración le resulte desagradable. En otras palabras, hay cosas que puedes decir o escribir con toda libertad fuera del campus pero que pueden traerte severos problemas si las dices o escribes en él. Estos códigos incluyen políticas que prohíben expresiones que los administradores encuentran injuriosas u ofensivas. Un código absurdo que apareció en múltiples universidades prohibía la “risa dirigida inadecuadamente”, y de un modo orwelliano algunas escuelas limitan la libre expresión a diminutas secciones denominadas “zonas de libre expresión”. Hace poco, en la Universidad de Arkansas Central, un alumno era sometido a acción disciplinaria si decía o hacía algo que le resultara molesto a otro alumno. En el estudio más amplio conducido hasta ahora respecto a los códigos de lenguaje en los campus, FIRE halló que el 62 % de los colegios más prestigiados del país tienen severas restricciones contra la expresión verbal o escrita, lo cual viola las garantías de la primera enmienda. ¿Cuáles son las consecuencias de toda esta censura? Las explico a detalle en mi libro Unlearning Liberty: Campus Censorship and the End of American Debate, pero para nuestros fines me enfocaré solamente en tres de ellas:

Greg Lukianoff - Imagen pública
Greg Lukianoff – Imagen pública

La primera es que la censura en los campus enseña a los alumnos que tienen derecho a no sentirse ofendidos. El momento en el que la sociedad declara que la gente tiene derecho a no sentirse ofendida es el momento en el que anuncia el fin de la libre expresión.

La segunda es que la censura en los campus inculca a los alumnos hábitos intelectuales pobres. Les enseña a no pensar críticamente so riesgo de llegar a una conclusión o a la expresión de un pensamiento que pueda ofender a alguien. Peor aún: a los alumnos se les enseña a ignorar el principio de que la gente educada debe buscar de manera activa a otros individuos inteligentes con cuyas ideas no concuerda para el debate y la discusión.

Y la tercera es que enseña a los alumnos que tienen menos derechos de los que poseen en realidad, que deben someterse a una autoridad arbitraria. Una generación de estudiantes que no conoce sus derechos y que cree que debe tener permiso para expresar lo que hay en su mente no piensa como parte de un pueblo libre, y eso es una amenaza a la sociedad libre.

Los derechos incluidos en la primera enmienda moldean a la sociedad estadounidense. Fomentan el pluralismo religioso y cultural, promueven la innovación escolar y científica y aseguran una notable prosperidad. Pero las universidades de hoy, con su censura, sus códigos de lenguaje y su corrección política, están poniendo en riesgo el futuro de este experimento único. Esto es justo lo contrario de lo que la educación superior estadounidense debería hacer.

Video original:

https://www.youtube.com/watch?v=dJaM8IOev7E&list=WL&index=15

[1] Association of American Colleges and Universities (N del T).

[2] Foundation for Individual Rights in Education (FIRE, por sus siglas) (N del T).

[3]Notre Dame vs. The Klan: How the fighting Irish defeated the Klu Klux Klan.De Todd Tucker. Este libro relata un conflicto violento entre miembros del KKK y alumnos de la Universidad de Notre Dame en mayo de 1924, y cómo este hecho fue crucial para la caída del grupo supremacista (N del T).

Unicornio tecnicolor

Traducción de E. J. Valdés

El Internet tiene un potencial infinito para el mame, y el tema de ocio que más recientemente se apoderó de las redes fue el Unicorn Frappuccino de Starbucks, una bebida de temporada que causó tal furor que no solamente se agotó en las sucursales mexicanas para desmayo de los consumidores (situación que me recordó un poco aquel episodio de los Simpson en donde el Krusty Burger introducía la “costillita” o Ribwich), sino que detonó una suerte de debate sobre cuán responsable, absurdo o inteligente es vender y beber una bebida conformada en su mayoría por azúcar, grasa, jarabes y colorantes artificiales. Bueno, de entre todo lo que se dijo y quizá aún se dirá sobre este producto nada encontré más curioso que este artículo de Tyler Schmall, redactado como si fuera una irónica carta de Rutherford Q. Starbucks, imaginario fundador de la cadena de cafeterías. Aquí se las comparto en español. Al final encontrarán el enlace al texto original en Mashable.

Soy el fundador de Starbucks y les ruego que dejen de comprar el Unicorn Frappuccino

Hola. Mi nombre es Rutherford Q. Starbucks y soy el fundador de Starbucks.

Cuando un empleado vino a mí por primera vez con la idea del Unicorn Frappuccino le dije que no. Le dije que en Starbucks respetamos a nuestros clientes y ellos, a su vez, nos respetan a nosotros. Nuestra misión es brindar a nuestros clientes una deliciosa bebida con cafeína para complementar su día.

Le expliqué que nuestra misión no es llenar un vaso con alguna patraña innecesariamente azucarada y con los colores de un arcoíris para venderla por cinco dólares. Que nuestros clientes son inteligentes. Que no comprarían eso. Creí en ustedes. Pero él insistió.

Así que, en contra de mi buen juicio, hicimos la prueba en una tienda. ¿Y saben qué? Se vendió como loca. Vendimos tanta de esa bebida de unicornio que no tuve más opción que incorporarla al menú de todo el país.

¿Qué en el nombre de Dios tienen en la cabeza, gente? ¡Santa María, madre de Dios! ¿Qué les pasa?

Comencé Starbucks con una sencilla misión: vender café ordinario a precios considerablemente más elevados que otras tiendas. Tuve éxito. Pero, ¿y ahora? Ni siquiera sé quién soy. Me he vuelto cínico con el éxito de la horrenda bebida de unicornio. ¿Cuándo menos tiene cafeína esa cosa? No lo sé. No me importa. Y a ustedes tampoco; la comprarán y la beberán. ¿Por qué? Porque nosotros les dijimos que lo harían.

¿Tienen idea de cuánto nos cuesta hacer un Unicorn Frappuccino? Nada. Nos cuesta cero dólares. Es Splenda, hielo y colorantes. Ya sé, yo tampoco puedo creerlo.

Nuestros baristas les ruegan que no compren esta monstruosidad. Ha hecho de sus vidas en un infierno. “Toma cuarenta y cinco minutos prepararla”, se quejan. “Ni siquiera sabe bien”, dicen. ¿Y ustedes les hacen caso? ¡No!

Puercos. Son unos salvajes, salvajes puercos.

Todos los días despierto en una cama hecha de dinero. Literalmente: en lugar de plumas o algodón, está rellena con fajos de billetes de cien dólares. No es cómoda y no duermo a gusto, pero lo hago porque puedo, porque el capitalismo prospera.

Ustedes son hormigas y yo un niño con una lente que se ha vuelto loco.

Me enferman, al igual que esa agua de unicornio que vendo por cinco dólares la onza.

Cada Unicorn Frappuccino que compran paga otra tina de oro (macizo) en mi (enorme) jardín. ¿La necesito? No. ¿La utilizaré alguna vez? ¡Por supuesto que no!

Este fin de semana compraré una isla. No tengo la mínima intención de poner un pie en ella pero tengo los recursos para pagarla y lo haré.

Espero que disfruten del Unicorn Frappuccino que no causa sino sufrimiento a quien lo toca. Me ha devastado como empresario y como amante del café.

Por favor, compren nuestro nuevo Vomit Latte. Sabe a vómito de verdad y cuesta sólo diecisiete dólares.

Texto original: http://mashable.com/2017/04/22/stop-buying-the-unicorn-frappuccino/?utm_cid=mash-com-Tw-main-link#wLy7.y5qhPqS

¿La libre expresión te ofende?

por Greg Lukianoff

Traducción de E. J. Valdés

No soy partidario de la corrección política. Sostengo que es una tendencia que hace del mundo un lugar cada vez más pusilánime y que en el largo plazo ocasionará gran daño a la civilización occidental. En México sus males no son tan visibles como en Estados Unidos…Todavía. Aunque es un hecho que ya se nos obliga a tener opiniones favorables hacia ciertos grupos sociales, en nuestras universidades aún no hay “zonas seguras” (espacios en donde los alumnos pertenecientes a grupos minoritarios pueden expresarse y desenvolverse libres de interacciones personales no deseadas) o, en su defecto, catálogos de “micro agresiones” como el de la Universidad de Arizona, que prohíbe a los alumnos, entre otras cosas, decir “bless you” (salud) a quien estornuda. Esto último es verídico. Temo, no obstante, que este pensamiento no tarde en llegar a nuestro país, tan propenso a seguir los malos ejemplos de su vecino del norte.

En uno de mis prolongados paseos por YouTube me topé con un comentario que Greg Lukianoff, presidente de la Fundación para los Derechos Individuales en la Educación, grabó para el canal de Prager University (que en realidad no es una universidad, sino un espacio de opinión administrado por el periodista Dennis Prager), mismo que encapsula mucho de lo que pienso respecto a la corrección política y la manera en que ésta coarta la libertad de expresión. Comparto a continuación la opinión de Lukianoff traducida al español. Al final del artículo encontrarán el enlace al video original, fechado el 31 de agosto de 2015.

Libertad de expresión. La habilidad de expresarte. Es una idea valiosa, justo como debería serlo. La mayoría de quienes vivimos en democracias occidentales liberales la consideramos un derecho humano fundamental. Personas han luchado y muerto por ella. Sin embargo, hoy corremos el riesgo de perderla. La amenaza no viene de fuera, de enemigos externos, sino desde dentro. A toda una generación se le está enseñando a no creer en la libertad de expresión, sino en que deben estar libres de dicha expresión; de toda expresión que les disguste. Esto es una amenaza para la pluralidad y la democracia misma. Vemos esto en Europa, donde la censura basada en la sensibilidad intenta vetar todo aquello que se considere odioso o meramente hiriente y prohíbe la crítica religiosa, en especial del Islam. Pero los Estados Unidos, a pesar de sus fuertes garantías constitucionales en la Carta de Derechos, no es inmune a la creciente tendencia de supresión de expresión, o aquello a veces denominado “corrección política”. Esto es en particular cierto en los colegios y universidades estadounidenses, los lugares en donde se educa a nuestros futuros líderes y en donde uno esperaría que la expresión fuera en sumo libre. Los códigos de expresión altamente restrictivos son la norma en los campus hoy en día. De acuerdo con un estudio de mi organización, la Fundación para los Derechos Individuales en la Educación [1] (FIRE por sus siglas en inglés), el 54 % de las universidades públicas y el 59 % de las privadas impone códigos de expresión políticamente correcta a sus alumnos, y gracias a recientes directrices del Departamento de Educación, el 100% de los colegios podrían adoptar esos códigos en los años siguientes.

Greg Lukianoff | Imagen pública
Greg Lukianoff | Imagen pública

¿Cuán malo es esto? El Día de la Constitución de 2013, un campus público de California dijo a un estudiante, quien al mismo tiempo es un condecorado veterano militar, que no podía repartir copias de la Constitución a sus compañeros. La objeción de la universidad no era ideológica, sino una burocracia fuera de control que impuso un límite a su libertad de expresión. Ese mismo día, a otro estudiante de nivel profesional en ese mismo estado le prohibieron protestar contra el espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad [2] (NSA) fuera de una pequeña “zona de libre expresión”, un área que abarca únicamente el 1.37 % de la instalaciones. Meses después, a dos estudiantes universitarios de Hawaii se les dijo que no podían repartir copias de la Constitución, ni quejarse de las prácticas de la NSA fuera de la “zona de libre expresión” de la escuela. FIRE llevó a estas universidades a la corte, pero el sólo hecho de que tuviéramos que hacerlo demuestra cuán mal se han puesto las cosas.

Últimamente, alumnos y docentes han unido fuerzas para excluir de sus campus a conferencistas con cuyas opiniones no comulgan. En FIRE le llamamos la “temporada de desinvitación”; una temporada que dura el año entero. Desde 2009 se ha suscitado un aumento considerable en los esfuerzos de estudiantes y académicos para retirar las invitaciones a personajes que no les agradan. Estos personajes incluyen a la ex Secretaria de Estado Condoleezza Rice, a la feminista somalí y crítica del Islam Ayaan Hirsi Ali, y a Christine Lagarde, la directora del Fondo Monetario Internacional. Y ésa es solamente la parte obvia del problema de las “desinvitaciones”. Pocos conferencistas conservadores son invitados a presentarse en universidades so riesgo de tener que retirarles la invitación posteriormente.

La más reciente amenaza a la libertad de expresión son las llamadas “trigger warnings” o “advertencias de activación”: alertas que advierten a los alumnos que están a punto de leer o escuchar algo que puede detonar una respuesta emocional negativa. Un artículo del New York Times de 2014 citó el caso de un alumno de Rutgers quien solicitaba incluir estas advertencias en la clásica novela norteamericana El Gran Gatsby porque “contiene una variedad de escenas que hacen referencia a abuso y violencia misógina”. Hace poco, el Colegio Oberlin intentó establecer una política que instaba a los profesores a evitar temas difíciles y utilizar “advertencias de activación” para hacer las aulas “más seguras”. La seguridad se ha rebajado a un mero derecho de siempre sentirse a gusto. La demanda de advertencias de activación se ha disparado en las universidades de todo el país. A esto hay que añadir las populares teorías académicas que invitan a los alumnos a escudriñar “micro agresiones” en el lenguaje: cualquier declaración que pueda interpretarse como racialmente insensible, clasista, sexista o políticamente incorrecta. Es claro que los campus enseñan a sus estudiantes a supervisar lo que dicen. Esto es justo lo opuesto de lo que hace falta. Nuestra sociedad necesita franqueza y libertad de expresión, no exención de expresión. La comodidad intelectual no es un derecho. Nunca debe serlo. No si queremos que la libertad de expresión —o acaso la misma libertad— sobreviva.

Video original:

https://www.youtube.com/watch?v=9vVohGWhMWs

[1] Foundationfor Individual Rights in Education (N del T).

[2] National Security Agency (N del T).

Nadie

por Robert Walser
Traducción de E. J. Valdés

Érase una vez alguien llamado Nadie. Era miembro de una cofradía de ladrones, tenía una alegre predisposición para ordenar los asuntos financieros de los demás y al momento de robar era un maestro infalible. Podría decirse que entendía el robo de raíz y que su ocupación favorita era la limpieza. Su principal virtud era en una inusual predilección por visitar a los ricos a media noche. Él sentía un peculiar interés por aquellos que forcejeaban con el tamaño de sus ingresos. Su más constante preocupación era aliviarlos de la tremenda carga, de modo que a través de sus prácticas aminoraba sus molestias, les quitaba un peso de encima y disminuía su sufrimiento. La distribución equitativa era su ideal. Había un tal señor Lovengood a quien Nadie hizo una amable y muy exitosa visita. Con ella menguó sus problemas y le ayudó a respirar más tranquilo. Pero el señor Lovengood no sabía apreciar una broma como ésa; él conocía la identidad del ladrón y acudió de inmediato a la jefatura de policía para reportarlo. “Anoche”, dijo, “entraron a mi casa. Fue Nadie. Lo sé”. “Bien”, le contestaron, “si nadie lo hizo no podemos ayudarle. ¿Por qué acudió a nosotros si nadie entró a su casa?”. El señor Lovengood, presa de un considerable alivio tras ser despojado de toda suerte de preocupaciones financieras, tuvo que retraerse. “Nadie estuvo en mi casa. Nadie me robó, estoy seguro de ello”, repitió una y otra vez, pero nada consiguió con todo ese parloteo. Puesto que él mismo dijo que nadie le había robado, así debía ser, por ende todo estaba en orden. El señor Lovengood quedó bastante indignado, aunque cuando menos debía sentirse satisfecho. El ladrón disimuló sus carcajadas tras la manga, no obstante, en una ocasión lo aprehendieron, por así decirlo, y lo encerraron. Entonces su risa se desvaneció.

(1917)

Robert Walser - Imagen pública
Robert Walser – Imagen pública

¡Santos contadores públicos, Batman!

por E. J. Valdés

Este artículo contiene spoilers

Luego de ver en el cine The Accountant, el más reciente largometraje estelarizado por Ben Affleck, mi amigo, el señor Álvarez, señaló que el personaje de Christian Wolff era un mejor Batman que el de Batman v Superman y Suicide Squad, interpretado también por Ben Affleck (el New York Times acaba de incluir estos dos filmes en su lista de los diez peores de 2016, por cierto). Pienso que este comentario fue de lo más acertado, y es que el personaje principal de la película de Gavin O’Connor y Bill Dubuque posee un buen número de tratos propios del Hombre Murciélago, como listaré a continuación.

La identidad secreta

Tras presenciar el asesinato de sus padres cuando era un niño, Bruce Wayne decidió enfrentar al crimen de Gotham y al crecer se convirtió en Batman, cuyas actividades de vigilantismo oculta tras la fachada del millonario, playboy y filántropo consentido de la ciudad. Christian Wolff por igual lleva una doble vida: detrás del contador público que presta sus servicios en un pequeño despacho de Illinois se oculta el misterioso asesor fiscal de emporios criminales. Según nos revela la película, Wolff ha utilizado antes otros nombres para evitar ser detectado, todos en homenaje a genios matemáticos.

The Accountant - Imagen pública
The Accountant – Imagen pública

El entrenamiento superior

Bruce Wayne se preparó durante años para alcanzar un nivel físico y mental casi sobrehumano, cualidad también presente en Christian Wolff, a quien su padre entrenó en distintos estilos de combate desde la niñez y cuyo autismo altamente funcional le confirió un intelecto prodigioso. Así, lo vemos neutralizar a una docena de hombres armados sin un rasguño como el hombre murciélago ha hecho en cómics, películas y videojuegos.

La guarida secreta

Batman utiliza como base de operaciones la Baticueva, construida en los cimientos de la Mansión Wayne; las historietas y sus numerosas adaptaciones nos muestran que allí guarda sus vehículos, artefactos, equipo de cómputo y otras curiosidades. Christian Wolff también tiene un lugar secreto en donde almacena su arsenal y otros objetos de valor, como documentos, divisas y hasta arte: un remolque oculto en un conjunto de bodegas como suelen haberlos en muchas ciudades de los Estados Unidos.

El aliado en la policía

Uno de los principales aliados de Bruce Wayne en su cruzada contra el hampa es el comisionado James Gordon del GCPD, a quien a menudo provee inteligencia que le permite estar un paso adelante de los villanos y ponerlos tras las rejas. Christian Wolff hace prácticamente lo mismo con Raymond King (J.K. Simmons), un agente de la Red de Control de Crímenes Financieros (FinCEN) a quien, en secreto, suministra información de sus clientes. Gracias a ello, King asciende hasta el puesto de director tras asestar importantes golpes al crimen organizado, y así como en algunas de sus encarnaciones Gordon aparenta una cruzada para detener a Batman, King persigue al Contador sin la intención de detenerlo, sino de asegurarse de que su sucesora sea capaz de aprovechar ese cuestionable nexo.

The Accountant - Imagen pública
The Accountant – Imagen pública

El oráculo

En el imaginario de Batman, Barbara Gordon se vio forzada a dejar el rol de Batgirl tras ser baleada por el Joker y quedar paralítica. No obstante, ella permaneció activa en la defensa de Gotham gracias a su genio informático y se convirtió en Oracle, quien al lado de Alfred provee a Batman con inteligencia y labores de espionaje cibernético. En los últimos años, la serie de videojuegos Arkham la presentó como el aliado más valioso del encapotado. No hay que ser un genio para darse cuenta de que Justine (Alison Wright), la chica a quien Christian conoce en el Instituto Harbor cuando es niño, juega un papel idéntico como “La Voz”. El paralelismo con Barbara es tal que las dos están confinadas a una silla de rudas y operan computadoras con tecnología de punta desde locaciones remotas.

El amor imposible

Bueno, en el caso de Batman valdría expresarlo en plural: a lo largo de su historia, se ha vinculado al Hombre Murciélago con varias mujeres sin que en realidad llegue a tener una relación estable con alguna de ellas; Bruce Wayne sabe que en su línea de trabajo eso no es posible. Christian Wolff parece tener una convicción similar, pues aunque es claro que se identifica con Dana (Anna Kendrick),se siente atraído por ella e incluso pone en riesgo su identidad —y la operación entera— con tal de protegerla, decide dejarla atrás luego de resolver lo de Living Robotics. Como nota personal: ese fue uno de los pocos puntos de la historia que rompieron con las películas de acción convencionales, en las que el héroe siempre se queda con la chica.

El aliado perdido

Quizá este punto ya sea un tanto exagerado, pero pienso que Braxton (Jon Bernthal), el hermano de Christian, se equipara un poco a Jason Todd, el segundo Robin que tras una serie de eventos desafortunados se convirtió en Red Hood. Christian y Braxton crecieron y entrenaron juntos, y aunque es visible que las habilidades del primero son superiores, el segundo cierra la brecha con frialdad y agresividad. En algún punto de su historia, los dos tomaron caminos distintos y no supieron el uno del otro hasta el clímax de la película. El momento en el que Christian descubre que el matón al servicio de Lithgow es su hermano perdido me recordó aquella escena en Arkham Knight en la que Batman, tras mucho tormento, descubre que Jason Todd está vivo (aunque estos reencuentros culminan de maneras muy distintas).

Desconozco qué tan consciente esté Bill Dubuque de estos paralelismos, pero me sería difícil creer que se tratara de graciosas coincidencias. ¿Quizá era su deseo explorar el legendario de Batman desde otro ángulo, aterrizarlo en otro contexto? Es probable que nunca lo sepamos. Sin embargo, lo que sí sabemos es que The Accountant tuvo una recepción crítica bastante tibia, y es que a pesar de que la historia y la ejecución tienen cierto encanto, termina sintiéndose como un producto mediocre. Por supuesto que la intención de O’Connor era explotar el actual estatus de Ben Affleck como Batman (hasta los afiches se parecen), pero pienso que buena parte de las malas críticas que obtuvo esta cinta las debe a la asociación de Affleck con un Hombre Murciélago que no convenció dos veces en el mismo año; muchos entraron a esta película predispuestos a odiarla. Creo que Anna Kendrick lo hace incluso peor (en general me parece una pésima actriz). ¿Habría funcionado mejor con otro elenco? Pienso que sí, aunque no cambiaría ni a Simmons ni a Bernthal, pues son geniales. ¿Veremos una secuela de The Accountant? Aunque yo desearía que no, la película hizo dinero, y ya saben que con eso baila el perro.