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Silentes, 1985-2015: Johanna Calle en Museo Amparo

por Isaías Tovar

Esta exposición, organizada por el Museo Amparo y el Banco de la República de Colombia, presenta 30 años de trabajo y experiencia de la artista contemporánea Johanna Calle. A través de la curatoria de Helena Tatay se nos muestra una selección de obras representativas de una prolífica carrera artística dentro de una variante del arte contemporáneo denominada dibujo expandido, la cual se caracteriza por la utilización, no sólo de materiales de ilustración sino por el empleo de materiales fuera del dibujo, por ejemplo, alambre, fotografías e hilos.

Esta manera de apropiación caracteriza la obra de Johanna Calle marcando un objetivo: plasmar una fracción de la realidad, esa realidad tan evasiva y confusa a la que, día con día, las personas hacemos un intento por comprender. A diferencia de la gente común, los artistas como Johanna critican esa realidad de una forma peculiar. Podemos creer que es gracias a su formación -la cual, hay que mencionar, es versada en el campo del derecho con una fuerte vocación por el arte- que resulta su preocupación por temas de impacto social como la fragilidad de la infancia en Colombia, la vulnerabilidad de los grupos indígenas, los ataques al medio ambiente, sólo por mencionar algunos de sus temas recurrentes.

Hay rasgos en la constitución de la obra de Calle sobresalientes; por ejemplo, el intento bien logrado de la adecuación entre los materiales y el tema. La idea de ocupar el lenguaje como parte integral de la forma artística, o sea, como un elemento esencial de eso que podemos llamar poesía visual, el cual nos devela las distintas capas de interpretación y significado que contiene su obra. Aunque hay que resaltar, la crítica de trasfondo son las distintas interacciones entre lenguaje y poder.

Dicho esto, los invito a visitar esta gran exposición, la cual permanecerá hasta el 6 de junio de 2016.

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La intervención de sí: Los humanos en la sala de espera, de Fernando Armenghol y Yael Mancilla

por José Luis Dávila

Las imágenes nunca están completas; esa imagen que nosotros tenemos de las cosas, esa forma de percibirlas, es única, sí, pero no está limitada por dicha cualidad, sino que se encuentra en constante cambio, dependiendo de la mirada que la recorta: esa es la capacidad innata que tenemos para intervenir por medio de nuestra subjetividad en el mundo de los demás. El arte es el perfecto ejemplo, sobre todo ese arte que nos impulsa a tener contacto con él más allá de la simple apreciación de lejos –apreciación de museo, de no tocar ni con el pensamiento por temor a profanarlo–, ese arte que parece incitarnos a meternos tanto en él que podríamos sacarlo de su marco y usarlo para rehacerlo, para reconstruirlo desde él mismo pero con nosotros en el proceso.

Es bajo esta premisa que Yael Mancilla y Fernando Armenghol presentan, en Espacio de Arte Nabis, la exposición Los humanos en la sala de espera. Ésta es una muestra de cómo se pueden explorar los límites de la superposición de experiencias vitales tomando como punto de partida las fotografías de Armenghol y las implicaciones propias que vierte en ellas Mancilla desde el dibujo.

Los humanos en la sala de espera es un recorrido por la forma en que los dos artistas intervienen a la vez en su entorno tanto público como privado, desde la forma en que se perciben a sí mismos, entre ellos, a sus familias y a la sociedad, resaltando el modo que tienen para apropiarse del mundo y compartirlo, incluso en la escritura, la cual está en las paredes de la galería, creando un lugar donde se demuestra que los espacios que habitamos están ligados a cómo y para qué los vivimos, así como una sala de espera, que puede llegar a ser tan cómoda o tan insufrible como se le construya desde sí.

La exposición atrapa bajo estos términos, y no es para menos, puesto que pone de manifiesto algo que poco reconocemos: la inevitable presencia de los otros en aquello que somos y que es parte de nuestro desarrollo como sujetos, una idea que amalgama y particulariza el trabajo de Armenghol y Mancilla, logrando que sea necesario verlo por uno mismo para poder entenderlo.

Formas y personajes: las figuras barrocas de Alejandro Komori

Cada trazo es una nueva forma de entender los cuerpos que se van formando en el blanco del lienzo, entenderlos en su naturaleza misma de cuerpos, arrojados al mundo para reconocerse unos en otros, sin limitaciones, fuera de las fronteras que establecen las razones sociales. Cuerpos en estado puro que se desentienden de las necesidades de grupo para ser ellos mismos y hacer contacto entre ellos bajo sus propias condiciones. Este es un primer planteamiento que viene a la mente cuando se piensa en la obra de Alejandro Komori presentada en La Galería Lazcarro con el título de Formas y Personajes.

Komori tiene una relación experiencial con su obra; como él dice, ser artista “no es una profesión que te quites y te pongas el uniforme, todo lo que haces, todo lo que percibes, lo que vives se refleja en tus cuadros”, y así se encarga de filtrar por su mirada cada uno de sus cuadros, convirtiéndolos en un discurso al que podríamos llamar posmoderno. Al respecto, asegura que la lectura principal de su obra “es la persona mundial, quitando nacionalidades; es la figura, emociones, sentimientos; es un tema universal y yo pienso que tratado bien cobra esa lectura que se puede apreciar aquí, en china, donde sea.”

Es de este modo que Formas y Personajes da cuenta de tal tema pero sin encerrarse en ello. Tanto así que para su autor va mucho más allá de tal y se le presenta barroco. Komori comenta sobre eso “yo soy un enamorado del barroco, donde encontramos el dramatismo del cuerpo, la fuerza del movimiento. Eso me rige un poco. Pero hoy en día, no sé, hay un manto de simplicidad: en vez de potenciar algún gesto, intentamos apagarlo. Un poco triste, ¿no? Entonces yo intento recobrar esa imagen por medio de figuras actuales.”

En sus obras, mezcla de dibujo y pintura, Komori contiene las formas de modo magistral dentro de los márgenes del lienzo, pero al final las formas mismas cobran vida para darse a conocer ante el espectador como personajes que podrían estar presentes justo a su lado.

Esperamos que esta sea la primera de muchas más exposiciones de Alejandro Komori, quien busca regresar a México con otros proyectos pese a estar asentado en Francia: “Voy a continuar este año con la figura humana pero ahora descomponerla un poco más. Mis últimos trabajos se caracterizan un poco por el collage, para descomponer, y quiero continuar esa línea. Y la misión principal ahora es encontrar proyectos en México que me permitan volver; tener mi base en Francia, trabajar allá pero venir lo suficiente a México.”

Formas y Personajes abre una nueva forma de pensar el dibujo del cuerpo, una forma que debe ser apreciada por todas las personas posibles, por eso los invitamos a ir y maravillarse con la muestra.

por José Luis Dávila 

Todos somos anónimos: sobre la nueva exposición de Arturo Elizondo

Anónimo - Cartel
Anónimo – Cartel

por José Luis Dávila

Sabemos que estamos condenados a ser nada más figuras en el entorno de la mayoría de las personas, como extras para la ambientación de una escena filmada en medio de lo que tiene que verse como una ciudad en movimiento cuando la cámara se enfoca en los protagonistas. Somos, pues, anónimos que deambulan, así como los otros lo son para nosotros, porque cada quien protagoniza su propia cinta. Sin embargo, eso del anonimato, si se piensa un poco, no está tan mal, porque implica que cualquiera puede ser uno mismo visto en los espejos que son los demás sin darse cuenta. Esa es la base de la empatía: saber que otro puede sentir lo que uno sin que sea necesario conocerlo, solamente como una especie de instinto social que se concreta en el “no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”, aunque de una manera más profunda, en la cual estamos conectados precisamente por el desconocimiento que tenemos de quienes nos rodean pero más por la innegable cuestión de que a veces también hay que cuestionarse si realmente uno se conoce.

Esta premisa del anonimato está presente en la nueva exposición de Arturo Elizondo, en La Galería Lazcarro, donde el autor no es uno sino todos los que han estado en contacto con las anteriores muestras de Elizondo, quien ha diseñado un proyecto que parte de la idea de que el espectador crea cuando observa, y esas creaciones hay que rescatarlas haciendo que pase  de ser solamente una creación dentro de la mirada a una creación en lo tangible que produzca otras miradas, otras interpretaciones, otro arte.

Anónimo (fragmento de la exposición) - Fotografía por Lizbeth Cervantes Neri
Anónimo (fragmento de la exposición) – Fotografía por Lizbeth Cervantes Neri

En esta exposición, llamada precisamente Anónimo, podemos encontrar collages, fotografías, pinturas y dibujos que forman una pieza viva, orgánica porque no está hecha de marcos colgados en la pared, sino de las interpretaciones sobre las interpretaciones de los ojos de personas que no sabemos quiénes son, pero que están presentes en los trazos que se forman en el recorrido por las salas del lugar y que de alguna manera ven de regreso a quienes están viendo la obra; porque así es el arte de Arturo Elizondo, no una vía de un solo sentido, sino una con tantos carriles de ida y vuelta como haya personas que quieran transitarla.

¿Acaso eso no es a lo que debería aspirarse siempre, a dar al arte tanto como se ha aprendido de él por medio de la creación propia? No importa realmente si la creación que se devuelve es reconocida, importa que sea una parte de nosotros que está expuesta para quien quiera verla, que servirá para que siga fluyendo la experiencia estética y productiva de, por ejemplo, la obra que Elizondo ofrece a los anónimos que la quieran hacer suya para, en el proceso, apropiársela y ser parte de ella.