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Citas a ciegas

por Diana Romero

La necesidad de encontrar alguien con quién compaginar abrió el paso a aplicaciones cuya finalidad es conectar a un par de personas para que se conozcan, conversen, salgan y amplíen sus relaciones sociales. Pero, ¿es ese el verdadero uso el que se le da?

No puedo hablar de un tema sin haberlo experimentado personalmente. Me inscribí en dos aplicaciones con un perfil completamente real, introduciendo gustos, metas, sueños, disgustos, incluso mi signo zodiacal. Mientras lo hacía, recordé que hace años, al principio del internet, era parecido. La diferencia era que entrabas a una sala de chat y conversabas con muchas personas al mismo tiempo; si te agradaba alguien, podían darse el correo personal y platicar en privado. Ahora las cosas son un poco más directas. Lees el perfil, observas sus fotos, valoras las posibilidades de simpatizar, le das un click favoreciendo al sujeto y esperas a que responda de manera positiva para poder interactuar por mensajes privados dentro de la aplicación. Si ambos coinciden en el interés, cuando han tomado alguna confianza, sueltan el número de celular para mandar mensajes más personales; las pláticas son variadas, pero siguen el mismo patrón convencional: ¿cómo te llamas?, ¿cuántos años tienes? ¿estudias o trabajas?, ¿de dónde eres?, ¿qué te gusta hacer? Preguntas básicas para romper el hielo, aunque esto es en los mejores casos, en otros, la plática va al grano y comienzan las fotos insinuantes para quedar en algún lugar e ir al punto. Ya depende de ti aceptar o rechazar.

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Hay un chico al que llamaré E. Iniciamos una conversación sencilla, convencional y decente, accedí a darle mi número de celular y después de meses de ser “amigos virtuales” decidimos conocernos; la experiencia fue buena en todos los sentidos. Salimos a un bar, convivimos un rato. Hablamos sobre los temas que ya habíamos abordado por mensajes pero en vivo fue diferente; era emocionante hablar de nuestros perros, de DBS, de tatuajes, de trabajo, de esas cosas comunes. Actualmente somos buenos amigos, aunque no voy a mentir, a punto de conocerlo evalué todas mis posibilidades de huida, avisé a mis amigos dónde iría y con quién, tal vez actuando con paranoia pero me sentí menos arriesgada.

Segunda persona. Resulta que A me mandó mensajes y fue un tipo agradable; un día me mandó un mensaje al celular con una foto mía caminando por la calle. Por razones naturales entré en pánico y le pregunté qué hacía por ahí, me contestó que su trabajo quedaba cerca; no podía creerlo, pero era posible, aunque dejé de salir a la tienda por un tiempo. Luego lo olvidé pero cada vez que él lograba vislumbrarme en la calle sólo me mandaba una foto mía caminando, con un pie de página estilo “no te saludo porque creo que es muy extraño y te puedo asustar”. ¡Tú crees que mandarme fotos mías en la calle no es de miedo!, pensaba cada vez que me escribía ¿Por qué no lo bloqueé? Sencillo, era alguien con quien hablar, perturbador, pero alguien. Un día entré a una tienda de autoservicio y justo saliendo de ahí llegó su mensaje diciendo “estabas delante de mí y no me viste”; con una mezcla de paranoia y curiosidad regresé, sabía que había mucha gente y podría gritar, un chico salió de la fila y fue a saludarme, asumí que era el tipo de los mensajes, quién más si no. Platicamos un rato. Resulta que su trabajo está a media cuadra de esa tienda, que me ha visto pasar a la hora de la comida pero le asustaba que lo estuviera acosando ¡Sorpresa! Yo también representaba una amenaza para él. Reímos un rato, conversamos y nos despedimos. Actualmente los mensajes se han reducido y nunca hubo una cita.

También me topé con más personas que sólo buscaban sexo, las fotos de desnudos no fueron ausentes, los caballeros mencionaban un lugar, esperaban que una llegara sin más, prometían una cita, un buen rato y condones. Suena bien cuando la persona quien te lo sugiere es alguien que ya conoces, pero de un desconocido es bastante dudoso; pensándolo fríamente no es tan diferente de ir de fiesta, ligarte al gerente, cantinero, mesero, cantante u otro asistente de tal evento e irte a la cama; todos somos una potencial amenaza entre nosotros mismos, sólo se trata de confiar a ciegas y lanzarte. Aunque lo sumamente vergonzoso es cuando alguien cercano arregla una cita para ti con alguien que de acuerdo a sus estándares es perfecto para ti, de antemano imaginas un desastre. ¿Qué les hace pensar que el resto elige mejor que yo lo que quiero?

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En otro bar que conozco existe un evento que se llama “Noche de chicas”; las mujeres van a conocer a los hombres, toman una copa, platican y si no les agrada pueden seguir con el siguiente o eso presume el cartel, yo me he reservado el derecho de ir, porque aunque soy bastante curiosa, me gustaría tener un cómplice para ayudarme si me meto en problemas.

Las razones que me dio un amigo para usarlo fue “es más fácil quedar con alguien de ir al motel, de esa manera porque sólo pides sexo, no una relación, además está el juego de la cacería y seducción, aunque sabes que terminarán en la cama es bueno tener entretenimiento, pero también puedes ir al grano, depende de la persona y situación”, ¡Suena súper cool! Pero prefiero el método antiguo, llegar a un lugar y mirar fijamente a alguien hasta que note que lo estoy mirando y se acerque a mí, bastante anticuado para el 2019 pero efectivo; el mismo amigo en ocasiones se ha quejado debido a que las chicas con las que ha quedado quieren asistir a lugares caros, restaurantes, el cine, el antro, el motel. Realmente no sé qué esperaba, es un lugar para venderse al mejor postor, el sexo es el producto, la persona con quien lo obtienes es el vendedor, la aplicación es el medio y el dinero, siempre el dinero.

Somos capaces de todo para tener atención, citas, alguien que nos acaricie, con suerte alguien que se quede después del coito, o si no, al menos en la cita ya fingió escucharte, diste tu lado vulnerable para recompensarlo con sexo. Aunque también es un juego de dominio, empoderamiento y libertad, una pantalla de todo al mismo tiempo que refleja la realidad, sin tapujos ni medidas. Un método adecuado para la época, aproximándonos a la humanidad tras un muro virtual.

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Toxilandia

por Diana Romero

El despunte del autocuidado ha otorgado un lugar relevante a proteger el entorno que se habita psíquicamente; se promueve el deshecho de malas vibras e imposibilidades de desarrollo: un trabajo desagradable, un hogar asfixiante y una relación inestable. Pareciera que estas situaciones ajenas a uno se han vuelto opcionales, haciendo que el cambio constante y búsqueda de la satisfacción sea alcanzable con la sencillez de sacar de la vida aquello que repercute en la salud mental.

El punto en el que ha influido más es en las relaciones interpersonales, como amigos y pareja, aunque también repercute en la familia; si la persona que es próxima comienza a restringir las habilidades, gustos y preferencias del individuo, el consejo es dejarlo ir, ya que es un represor. Esta tendencia me parece descabellada cuando es llevada a los extremos como terminar una relación sólo porque nuestros gustos son diferentes, porque demostró su enojo de una manera que difiere con mi manejo de la ira, porque me ofendió diciéndome la verdad, porque tiene, desde su perspectiva, una visión del futuro que no compagina con la mía; situaciones que, en su mayoría, se pueden resolver conversando.

Imagen de archivo
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Hace años una conocida tuvo un bebé y se juntó con el padre de la criatura, una práctica usual ante la falta de compromiso que se respira. Año y medio después, regresó a casa de sus padres porque el chico siempre estaba trabajando, parecía de malas y las cosas ya no eran como antes; su madre le dijo que pensara en el futuro de la cría, que mientras permaneciera con ella, sus necesidades básicas serían cubiertas e impulsaría su desarrollo personal con alguna carrera universitaria, añadiendo que el yerno jamás le pareció adecuado para ella. Pasaron un par de meses y la chica volvió con el joven; al año tuvieron otro niño, y hasta ahora permanecen juntos. Antes de eso, la conversación entre mi madre y la de la conocida fue un tanto acalorada. Mi madre argumentó que debían enseñarles a los hijos que al final de cuentas ellos eligieron a su pareja y no pueden salir huyendo a la primera pelea; ella en veinte años de casada tuvo muchos conflictos pero se han resulto poco a poco por el nivel de compromiso con el amor que siente por mi padre; aunque entre todas las peleas de mis padres yo hubiera preferido su separación, ahora los entiendo.

Yo misma pasé por una relación que me permitió comprenderlo: el cariño que se forja por la pareja es inmenso; como dice Fromm, no amar porque se necesita sino necesitar porque se ama; es decir, la necesidad de sentir amor es nefasta a comparación a la necesidad por amor; las preposiciones “de” y “por” son importantes. Aprender a diferenciarlos es un tanto complicado, pero un par de años de terapia para dejar ir a la persona que más he amado me permiten entender que existen límites, los cuales se aclaran a través de las siguientes preguntas: ¿Qué quiero de esta relación? ¿Me está procurando mis necesidades? ¿Cómo me siento en esta posición? ¿Cómo está influyendo mi vida? ¿Los comentarios que hace son asertivos o hirientes? ¿Cuánto vale pare mí esa persona? ¿Me estoy autocuidando o descuidando? Estás preguntas podrán sonar absurdas, incluso sencillas, pero cuando se comienza a contestar con sinceridad, las respuestas nos darán una pista para tomar una decisión; por otro lado, si estas preguntas se toman a la ligera, siempre resultará que aquella persona nos hace daño y lo mejor es dejarla.

Imagen de archivo
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Actualmente, el índice de rupturas entre mi círculo se ha visto justificada bajo la palabra “tóxica”; resulta ser así porque la vida en común, los gustos, las decisiones y las discusiones afectan siempre al individuo; pienso que ese adjetivo se está utilizando de manera indiscriminada para nombrar a todo aquello que no está de acuerdo conmigo, además de que en cierto grado, y con ese parámetro, todos somos tóxicos para el resto. La justificación de la toxicidad de una persona facilita deshacerse de las responsabilidades y compromisos, y la verdad de la circunstancia, en ocasiones, es porque no estamos interesados en el nivel de compromiso que requiere una relación como hacer planes en pareja, compartir la privacidad y demás.

Todo esto también ha sido tergiversado a conveniencia; de pronto la autonomía y libertad se han visto intercambiadas por el libertinaje. Entre menos explicaciones al prójimo más libre se siente uno, hacer lo que quiera cuándo, cómo y dónde quiera; lo digo porque me pasó. Si soy honesta, aunque sé que me estará leyendo, en un arranque de coraje pude llamarlo tóxico pero tras reflexionar, sé que había falta de compromiso de mi parte.

Algo tóxico es sencillo detectarlo a cierta distancia y con una perspectiva objetiva: durante la convivencia con alguien, el nivel de químicos que dispara nuestro cerebro entorpecen el raciocinio; la permanencia prolongada en situaciones tóxicas proceden a nublar la verdad y comienzan las justificaciones de las acciones del otro sobre las propias; no sólo de la pareja sino de los amigos y la familia; sin embargo, la mayoría de mis terapeutas me han preguntado si ellos son tóxicos realmente o me he empeñado en juzgarlos de tal manera para justificar el instinto de huida. Crueles planteamientos, dolorosas verdades.

Estoy a favor de la salud mental, y si es necesario sacar a alguien de nuestra vida por su nivel de interferencia en ésta, pues adelante, pero es un proceso de ruptura y duelo en caso de ser con alguien que hemos llegado a estimar demasiado; sin embargo, cada uno debemos responsabilizarnos, asumir nuestras razones y no justificarlas a través del adjetivo “tóxico”.