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Jaque, jaque, jaque mate

por Gabriel Burgos 

“Hay que eliminar la hojarasca del tablero”
José Raúl Capablanca

Los alcohólicos en rehabilitación tienen doce pasos a realizar para salir del hoyo, y hoy descubrí que en el caso del TOC es un poco más complicado, no digo que aquellos que van a AA la tengan más fácil, pero al menos ellos sí saben cuántos pasos deben seguir, certeza que no existe con el TOC, el número de pasos para alguien con TOC es siempre un misterio numérico, pues tenemos que:

• Primer paso para superar el TOC: admite que tienes TOC.
• Segundo paso para superar el TOC: admite que tienes TOC.
• Tercer paso para superar el TOC: admite que tienes TOC.

Repite las veces necesarias en caso de que tu TOC requiera un número especial para cumplir con tus tareas diarias, si tienes una secuencia numérica específica usa la siguiente fórmula (X+1= Paso 2)* para tener la certeza de que puedes pasar al siguiente escalón; en caso de que tu TOC no sea numérico pasa directamente al paso 2, a menos claro, que hacerlo sin comprobar el paso 1 te enloquezca de ansiedad, en cuyo caso no aplicaste bien el primer paso.

A estas alturas, sobre todo si leíste la nota al pie de página, seguro te repites a ti mismo, “exageras, realmente tener una rutina no implica que tenga TOC” y podrías tener razón, porque son necesarias para funcionar como seres sociales, de lo contrario, el caos se impondría; estoy seguro que sin el rutinario papeleo del contador, tú no cobras y entonces tienes otro problema además del TOC.

Hace un par de años, después de jugar una partida de ajedrez contra un hombre bastante gentil, éste me preguntó por mi trabajo, a lo cual le respondí que soy profesor de literatura y español, él sonrió y me pidió leerle unos pasajes de un librito que sacó de sabe dios donde, y como no me quitaba nada, lo hice. El párrafo que leí hablaba en general sobre ser responsable de uno mismo y de no herir a otros, algo bastante justo a mi parecer, luego me pidió leer otro poco más, cosa que hice sin problemas; así estuvimos cerca de media hora, yo le leía y él me preguntaba que entendía sobre el texto, y ahora que escribo esto, acabo de recordar que me preguntó ¿qué sientes?, pregunta que se me escapó por completo ese día.

Ajedrez - Imagen pública
Ajedrez – Imagen pública

El gentil hombre se levantó después de escucharme y se sentó sobre la mesa donde jugamos hace unos momentos y me contó como perdió todo por el alcoholismo: familia, dinero, trabajo, amigos, pero que ese librito junto con el apoyo de AA lo sacaron adelante, de eso hace ya ocho años -diez, si sigue sobrio al día que escribo- y yo le sonreí con cortesía porque pensé, seguro necesita contarle su historia a un desconocido que jamás volverá a ver y por lo tanto su juicio importa menos que un peón bloqueado.

Cual sería mi sorpresa cuando él me dijo que, si necesitaba hablar con alguien, siempre podía recordar lo que acabamos de leer y me recitó los 12 pasos de AA, de los cuales el primero es el que se grabó en mi memoria. Sonreí, sorprendido y sin enojo, y antes de despedirse me mostró una ficha de plástico la cual indica el número de años que lleva sobrio, noté cierta amargura más que orgullo cuando lo hizo y entonces se fue y me dejó con mi tablero tal cual habíamos terminado la partida.

Mientras guardaba las piezas me pregunté ¿acaso luzco como un alcohólico? Es cierto que ese día la barba y la ropa informal me daban un aspecto descuidado, pero no creí que fuese para tanto. No imaginaba qué podría haber visto en mí ese hombre y no le di mayor importancia hasta hace un mes, cuando mi TOC me explotó en la cara y tuve que admitir, en los brazos de un buen amigo, que necesitaba ayuda. Nunca había sentido un gancho al hígado hasta que entendí que el gentil hombre se reconoció en mí, un tipo en medio de una red de mate incapaz de ver que ya era hora de rendir al rey, estrechar la mano del oponente e iniciar una nueva partida.

_______________________________                                                                                            *Si estás leyendo esto, amigo, tienes TOC, la fórmula sólo fue un anzuelo para probar mi punto y de paso sonreír al imaginar tu cara.

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Float On

por E. J. Valdés

En mayo de 2012, Modest Mouse se presentó en Cholula, Puebla, como parte de la primera y última edición del Festival 72810. En punto de las ocho de la noche el grueso de los asistentes se aglomeró frente al escenario oeste para esperar a la banda, que salió puntual y abrió su repertorio con “Dashboard”. Hacia la mitad de su intervención tocaron “Float On”. Los primeros acordes de la guitarra arrancaron al público un grito jubiloso, y aquellos que no saltaron bailaron, y quienes no bailaron cuando menos cabecearon. Nadie pudo quedarse quieto, y alrededor de ochocientas voces hicieron eco al coro, extáticas. Entonces, al concluir la canción, ocurrió lo inesperado: la gente comenzó a retirarse. La banda no se detuvo —continuó casi de inmediato con “Bukowski”— pero el público se esfumó, veloz, en pos del escenario este, en donde, cuarenta minutos más tarde, se presentaría Public Enemy (¿quién en su sano juicio deja un concierto de Modest Mouse para esperar a Public Enemy?). A nadie pasó desapercibida la mirada que intercambiaron Isaac Brock y Tom Peloso, extrañados de que dos terceras partes de su audiencia dieran la media vuelta para alejarse. Peor aún: durante el resto de las canciones el público se redujo más y más, y hacia el final de su acto tocaban —no miento— para un máximo de cien personas. Brock lucía molesto, y en cuanto terminaron dejó su guitarra y salió del escenario sin decir una palabra, de modo que fue Peloso quien tuvo que despedirse y agradecer a los pocos que tuvieron el genuino interés de escucharlos.

Horas más tarde, cuando el staff ya había empacado sus cosas, la banda solicitó reunirse con los organizadores del festival, y aunque no fueron los únicos que se quejaron de la baja asistencia, sí fueron los que más se hicieron escuchar (a ello contribuyó la personalidad explosiva de Brock).

Modest Mouse
Modest Mouse

El Festival 72810 se extinguió aquella misma noche, pero para Modest Mouse apenas comenzaba la gira por Latinoamérica. Su siguiente parada fue en San José, Costa Rica, y aunque en esa ocasión no formaron parte de un cartel colectivo, Brock aún no superaba lo acontecido en México y estaba malhumorado e insoportable. Cuando salieron a tocar arrancaron de nuevo con “Dashboard”, como indicaba la lista de canciones, sin embargo, tras interpretar otro par de éxitos, Brock se acercó a Jeremiah Green y le pidió que diera la entrada para “Float On”. Esto extrañó al baterista, pues aún debían repasar otra decena de temas antes, pero el vocal, irritado, les gritó a él y al resto de la banda que cerraran la boca e hicieran como les mandaba. No muy convencido, Green contó con sus baquetas, dio unos golpes a los tambores y Brock se incorporó con los primeros acordes de la canción. El público aulló y los siguientes tres minutos y medio fueron una auténtica locura. Al concluir el último coro una ovación inundó el lugar. La banda prosiguió con “Ocean Breathes Salty”, pero hacia la mitad se percataron de que, tal como ocurriera en México, algunas personas ya se marchaban. De nuevo Brock intercambió una mirada con Peloso; poco a poco los asientos se vaciaban y les restaban, cuando menos, otros cincuenta minutos en el escenario. Los completaron, pero fue evidente que terminaron el concierto con mucha menos gente de la que iniciaron y que Brock no estaba para nada contento con ello. En el camerino, abrió una cerveza que arrojó contra la pared tras sólo un par de tragos. Nadie se atrevió a dirigirle la palabra el resto de la noche.

Volaron a Bogotá. Allí, Brock instigó al desorden cuando ordenó tocar “Float On” entre las primeras canciones de la noche una vez más. Dados los últimos acontecimientos, la banda no estuvo muy de acuerdo pero la voluntad del vocal terminó por imponerse; menos de quince minutos después de comenzar el concierto enfrentaron el mismo escenario de las dos presentaciones previas. Al menos la mitad de los asistentes se marchó, y por supuesto que Brock no se guardó la rabieta. Viajaron después a Lima y Peloso hizo cuanto pudo para convencerlo de que reservaran “Float On” para el final de la velada, moción que el resto de los músicos apoyó. Sus palabras, sin embargo, cayeron en oídos sordos y, para horror de todos, aquella noche Brock quiso tocar “Float On” tan pronto pusieron pie en el escenario. El público se regocijó, por supuesto, pero eso no previno el silencioso éxodo hacia afuera del auditorio minutos después.

Para la banda aquello fue demasiado. Después del concierto encararon a Brock cual tripulación amotinada ante el capitán pero al final de la noche prevaleció su cabeza dura: así terminaran cada presentación ante un montón de asientos vacíos, “Float On” se quedaba al inicio del repertorio. La subsecuente discusión fue larga, acalorada y fútil.

Llegaron a Santiago con la moral hecha polvo. Nadie deseaba hablar con Brock y él, a su vez, no tenía interés en dirigirle la palabra a los demás. Pasaron el día cada quién por su cuenta y durante la prueba de sonido, un par de horas antes del concierto, el aire se respiraba tenso. Hacia la hora del evento, el teatro estaba lleno. Peloso asomó por entre las cortinas y no pudo sino lamentar el hecho de que en cuestión de minutos muchas de esas butacas se desocuparían. Brock no dijo una palabra. Poco después de las nueve salieron al escenario y un estruendoso aplauso los recibió, mismo que cobró intensidad cuando los acordes de “Float On” resonaron por los altavoces. Gritos, aullidos y silbidos los recompensaron, y aunque la lista de canciones indicaba que “Dashboard” era la siguiente, Brock los detuvo a todos antes de que comenzaran con ella.

—“Float On” —ordenó.

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Los músicos se miraron entre sí. ¿Habían escuchado todos lo mismo? ¿De verdad les estaba pidiendo que tocaran “Float On” otra vez?

Peloso se acercó a preguntarle si acaso bromeaba, mas no tardó en convencerse de que no era así: sin consultar a nadie, Brock tocó los acordes de “Float On” y a los demás no les quedó sino sumarse. La confusión también corrió entre el público pero pronto se disipó entre una marejada de éxtasis, pues aquella segunda interpretación fue mucho mejor recibida que la primera. Todos bailaron con mayor ímpetu, saltaron más alto y cantaron más fuerte. Sobre el escenario, nadie salvo Brock daba crédito a ello. El ánimo de la banda mejoró y creció de manera exponencial junto con la euforia del público conforme tocaron “Float On” una tercera, cuarta y quinta ocasión. Para todos fue una noche como ninguna otra: interpretaron el mismo tema durante una hora y media frente a un teatro cada vez más emocionado. Nadie se quejó, nadie se aburrió y nadie dejó su lugar. Incluso, cuando Brock y los demás salieron del escenario la gente pedía a gritos que tocaran “Float On” una vez más, y eso fue justo lo que hicieron.

El inusual concierto de Modest Mouse fue muy comentado en los medios: ninguna banda antes que ellos había enloquecido a dos mil personas con casi cien minutos de la misma canción. En opinión de algunos comentaristas, aquello había sentado un precedente importante para actos considerados one-hit wonders, aunque a decir de otros se trató de un acto deplorable y estrafalario, de una burla a la industria y a quienes pagaron un boleto por entrar a escucharlos. Como fuera, la expectativa por las siguientes fechas de la gira, todas ellas en Brasil y Argentina, fue tal que las entradas restantes se agotaron y el precio de reventa se disparó. Modest Mouse, sin embargo, no repitió la hazaña: “Float On” se interpretó una sola vez por noche para beneplácito de quienes deseaban escuchar todo su repertorio y horror de quienes no. Lo cierto fue que nadie en el público dejó su lugar, y los lamentables escenarios de México, Costa Rica, Lima y Perú no se repitieron. Para los chicos fue como si una maldición se hubiese roto.

Las cosas a veces resultan bien.

Celebraciones y festejos.

por Pablo Montiel

El último día, fin del viaje. Todos siguen dormidos, poco queda de los ánimos nocturnos, sí es que aún queda algo. Pero no, las cosas no suelen permanecer.

Yo estoy en un baño donde apenas hay espacio para alguien. Paredes rosas y frías, momentáneo dolor estomacal. No tengo sueño ni estoy cansado. Anoche no bebí tanto, me distraje hablando con Valeria.

La decadencia misma de esta clase de fiestas reside en el cinismo. Aquí todo vale, fumar o beber lo que sea es lo que se acostumbra, no importa quién tengas enfrente. María René, al inicio de este viaje, vio un porro por primera vez; pienso que es algo positivo, quizá no a primera vista, sin embargo, lo es.

Recuerdo bien la tarde vacía del viernes. Nosotros habíamos llegado alrededor de la una y media, los demás ya estaban ahí. Pasamos por cervezas antes. El calor en Atlixco es más insoportable que de costumbre. Cuando coloqué el six pack de Dos Equis Ambar sobre la mesa de la cocina, lo sentí, el golpe de la marihuana era inminente.

En el camino, Tony nos había contado que compró brownies con marihuana a un tipo de su facultad. Tan sólo unos segundos después sacó de su mochila dicho producto, Max estiró la mano, “está bueno”, dijo después de la primera mordida. La curiosidad me ganó una vez más, tomé un pedazo pequeño de brownie y me lo llevé a la boca, “sabe mucho a pasto, pero está rico”, me rasqué la cabeza.

Los efectos del brownie tardaron un poco en llegar, pero cuando lo hicieron, también tardaron en irse. Todo a mi alrededor se movía a la velocidad normal, pero yo no, yo era muy lento ahora. Supongo que uno de los errores más remarcables fue haber tomado cerveza al llegar a la casa. En un parpadeo me encontré sentado en la piedra pintada de azul que se encontraba a un lado de los camastros que adornaban el jardín, pero algo faltaba. Un fragmento del tiempo había sido suprimido.

Después de algunas horas bebiendo vasos de agua fría, el brownie dejó de hacer efecto. Sin embargo, la intoxicación del cuerpo debía continuar. Abrí una botella de Jack Daniel’s y comencé a beber whiskey en las rocas. Con el vaso en la mano derecha, tomé con la mano izquierda mi celular y le llamé a Valeria. No tengo recuerdos concretos de aquellas conversaciones telefónicas, sólo pedazos de historias sin inicio ni final.

Al abrir los ojos en la cama, el miedo me invadió ya que no hallaba mi teléfono, aún me encontraba un tanto ebrio y no podía moverme muy bien, sin embargo, después de unos segundos lo vi debajo de las sábanas; la tranquilidad regresó. El reloj de la pantalla indicaba que eran las seis de la mañana, hora de ir a trotar, me puse los tenis, un short y salí al jardín.

Había una bonita mesa blanca con sillas en medio del área verde. En ella tres personas estaban sentadas platicando; Erick, Itzel y Majo. “Vamos a trotar un rato”, hice un ademán con la mano invitándolos a acompañarme. Sólo recibí burlas, nadie hizo caso a mi sugerencia, ni yo mismo; en realidad me senté a conversar con ellos. Tanto Erick como Itzel seguían borrachos, aquella fue una conversación agradable.

Itzel se fue en busca de su celular y Erick a dormir, quedamos Majo y yo. La plática no fue muy agradable, ella sólo contestaba de forma cortante cosas que no resultaban interesante en lo más mínimo para mí, sin embargo no tenía sueño y los demás seguían dormidos así que permanecí sentado ‘conversando’ con ella.

Los rayos de luz comenzaron a bañarnos desde que Erick se fue a la cama. Pero el día llegó con el despertar de los demás. Cuando todos nos encontrábamos reunidos decidimos ir por memelas a unas cuantas calles de la casa. Unos instantes más tarde nos encontrábamos en plena comunión: la quesadilla es la hostia y el boing de mango el vino. ¡Oh, anhelados alimentos, no sólo de whiskey vive el hombre!

Al regreso compramos unas cuantas cervezas, el calor se volvía asfixiante. Erick abrió la lata de Victoria con una mano, dio un sorbo y me la pasó. Cuando nos encontramos de nuevo en la casa, todos regresaron a dormir. Yo permanecí sentado con un vaso de Jack en la mano y, al parecer, transcurrieron varias horas.

De pronto, Erick, Tony y Any salieron de la casa para llevar a esta última de regreso a Puebla. La estancia se había vuelto un tanto aburrida debido a la falta de energía por parte de los demás, el aire se sentía pesado y el tiempo parecía no transcurrir. Decidí ir con ellos, me monté en el asiento de copiloto de Erick y arrancamos.

-Está muy tranquilo este pedo ¿no? -señalé el camino y volteé a ver a Erick. Asintió con la cabeza, pisó el acelerador y subió el volumen del estéreo. El camino a casa de Any fue un tanto largo. Me hizo pensar en qué tan lejos me encontraba yo de parecerme a mis amigos, igual los quiero.

Finalmente, después de muchas curvas, llegamos al fraccionamiento donde vivía Any. No recuerdo el nombre ni cómo llegar, dudo regresar alguna vez. Ella bajó del coche seguida por Tony quien la acompañó a su puerta. Erick y yo permanecimos en el vehículo pensando sobre lo que debíamos comprar antes de regresar a Atlixco.

Con Tony en la parte trasera del auto, Erick pisó el acelerador y llegamos rapidamente a Cotsco. Habíamos discutido anteriormente con los que estaban vivos en Atlixco que quizá sería buena idea comprar unas pizzas de dicho lugar, ya que habíamos fumado un poco de marihuana por la mañana y en unas horas tendríamos mucha hambre.

Lo hicimos. Al llegar a Cotsco fuimos al área de comida rápida y pedimos tres pizzas con la membresía de Max. Me sorprendió la falta de atención del cajero que le cobró a Erick, ya que no hay persona más diferente a Max que Erick. Supongo que simplemente le dio lo mismo y sólo nos cobró. Eso suele pasar, la falta de interés es casi un valor social.

Esperamos las pizzas en el estacionamiento del lugar, me sentía alienado por mi extravagante vestimenta, parecía un turista gringo pero estaba cómodo. Mientras estaba lista la comida hablamos de chicas y otros temas trascendentes.

Una vez que estuvimos de regreso en Atlixco comenzó la intoxicación del cuerpo propia de la situación. El whiskey corría por la mesa, vaso tras vaso. Todos comimos, no, corrección, devoramos las pizzas. Después de unas cuantas bromas, comenzaron los juegos de mesa alcoholizados. Me separé un momento del grupo. Aquella noche terminó con la llamada a Valeria.

Por la mañana todo se veía devastado, momentos perdidos regados en el piso. Decadencia, pero, había felicidad y cierta satisfacción en el aire. Me parece que eso anterior es lo único realmente relevante de todo el viaje, la felicidad y pasarla bien.

Duendes

por Walter Aquino

—F: ¿Ya te has despertado con el temor de haberte orinado en la cama?
—R: No.
—F: Tampoco podes dormir, verdad.
—R: No, me duele horriblemente la cabeza.
—F: Creí que me había orinado y me desperté, luego me pasó algo muy extraño.
—R: Ajam…
—F: Tenía miedo de levantarme de la cama e ir al baño, porque pensaba que algún duende podía estar escondido bajo la cama o andar por allí en la oscuridad.
—R: No jodas Fabriccio, deja de chingar mejor.
—F: Sí, no sé por qué pienso tantas pendejadas, voy a ir al baño.
—R: Mira si me conseguís de un solo una pastilla.
—F: Vaya, solo de esta tengo, Panadol.
—R: Pasáme mi botella con agua, si no te da miedo que algún duende te salga de mi bolsón.
—F: Jajaja… vaya, aquí esta.
—R: Qué sed… tene, gracias.
—F: No dejo de pensar en que me quedé afuera esta noche sin avisar a nadie en mi casa, mis papás siempre se preocupan demasiado. Mi mamá sobretodo, siempre sueña que me han matado o que me he caído en un barranco. Soy un desconsiderado, ¿vos que pensas?
—R: No quiero pensar en nada
—F: Desde la vez que me caí de ebrio en la entrada de mi colonia y llegue todo empapado ha quedado traumada.
—R: ¡Ya calláte!
—F: Está bien, está bien, pero no me pegues.
—R: Más que ya me hiciste pensar. Que mierda con vos que no podes simplemente disfrutar un momento.
—F: ¿En que te hice pensar?
—R: Vos crees que sos al único que joden por lo que hace. No tengo dinero para seguir pintando, nunca termino la tesis y mi papá todos los días me puya para que consiga trabajo.
—F: Sí, estamos hechos mierda.
-R: Demasiado.
—F: Sólo causamos problemas. Quisiera agarrar mis cosas e irme a la mierda, obviamente llevarte conmigo y arreglárnoslas para sobrevivir en otra parte.
—R: Si no logramos hacer nada aquí, menos lo vamos hacer en otra parte.
—F: Necesitamos empleo para dejar de depender de nuestras familias.
—R: Ujumm… para abandonarlo en unas semanas y volver a lo mismo.
—F: Tenemos que hacerle huevos, ya estamos viejos y el arte no nos va a dar de hartar.
—R: ¡Ya, por la gran puta, vos sí que hablas!
—F: Es lo que pasa cuando fumamos weed. Me pongo a pensar sólo en los problemas y me deprimo demasiado.
—R: Te gusta conmiserarte, es todo.
—F: Es que no estamos avanzando en nada.
—R: ¡¿Y para que putas andas conmigo pues?!
—F: Sinceramente, siento que con vos puedo hablar, no en este momento, claro, pero la mayoría del tiempo, podemos hablar de las cosas sencillas y siempre nos pienso ya viejos, quizás en nuestra propia cama y no en la de un motel, como esta, platicando, cosas como que ya vino el recibo de la luz o de que uno a veces pierde el pensamiento racional y cree en fuerzas o energías…
—R: En duendes…
—F: Jejeje… si, cosas como esas… ¿Qué estás haciendo?
—R: Ando buscando la pipa, la había dejado debajo de la almohada.
—F: ¿ Y de plano queres fumar ahorita?
—R: ¡Puta! ahora que ya me despertaste y no me dejas dormir…
—F: Vaya, voy a tratar de dormirme pues.
—R: Ya la encontré
(Un rato despues)
—R: Fabri…
—F: ¿Qué?
—R: Despertate
—F: Ya me estaba durmiendo, ¿Qué pasa?
—R: Acaríciame.
—F: No, ahorita no tengo nada de ganas, ya lo hicimos tres veces.
—R: Yo quiero.
—F: A la put… vaya pues, si logras que se pare esta mierda.
—R: ¡aaaahh! ¡aaaahh!
—F: ¡aaaahh! ¡aaaahh!
—F: No se me para bien, estoy muy intoxicado, con los dedos te voy hacer.
—R: ¡Mas rápido, haceme acabar!
—F: ¿Ya?
—R: Si, ya, ya, está bien.
—F: ¿Y ahora que te pasa?
—R: Que a veces siento que ya no queres hacerlo conmigo.
—F: Vos no jodas, ya lo hicimos tres veces, casi cuatro.
—R: Sí, pero no me refiero a eso.
—F: Es que a veces pienso en demasiadas cosas y no logro concentrarme.
—R: ¡Puta! ya deja de torturarte.
—F: Es que, es que, pienso en todo, en mi familia, en la U, en nosotros. Y si no me atribulan mis propios pensamientos, lo hacen mis acciones, la gente, los sonidos de los autos en la calle por la madrugada, los cerros, los recuerdos de mi infancia, los pocos que conservo, la vejez de mis parientes y el éxito desde la óptica de la sociedad. Y te juro que quisiera que nada de eso me importara.
—R: Son muchas cosas que pensar, yo quisiera ayudarte, pero calmáte, deja de llorar, no llores, que haces que me sienta peor de lo que ya me siento.
—F: Sí, sí, está bien. Quizás vos logras dominar o disimular mejor tus emociones, siempre he admirado eso de vos.
—R: Es que yo trato de concentrarme en el momento y vos analizas todo demasiado.
—F: Jajaja… te quedó grabada esa frase, verdad.
—R: Sí, y ahora más que nunca entiendo por qué te la dijeron.
—F: Hasta escribí algo sobre eso.
—R: Ya lo leí.
—F: ¿Qué te pareció?
—R: ¿Queres que te lo lea ahorita?
—F: Por favor.
—R: Pasáme el cel pues, pero despues tratemos de dormir.
—F: Vaya:

Primera cita
Primera cita

Fue un sábado en la tarde frente al reloj de Metrocentro. Llevaba semanas tan solo viendo desde lejos a Anai, sin atreverme a hablarle. En especial cuando hablaba de derecho mercantil. Hasta que hacia unos días que por facebook le había enviado una solicitud de amistad y comenzamos a platicar. Era gracioso, sólo saludarnos en el aula y luego pasar horas hablando en el trabajo y por las noches, siempre por facebook.

Ese día saldríamos juntos por primera vez, maldición. Íbamos a ir a un restaurante de comida vegetariana, comida vegana, todavía me da risa al recordarlo.

Allí llegaba ella, con un vestido verde y unos botines cafés, sus cabellos sueltos y montados sus lentes, que dijo se los habían recetado desde los seis años. Unas piernas geniales, de esas por las que sólo algunos amantes deliramos.

Platicar con ella en persona fue un fracaso. Comencé con mi discursito de que toda conducta masculina de amistad hacia las mujeres responde a un estimulo sexual (troleándome yo solo). Luego con los temas del prestigio, el estatus y el individualismo como horizontes deseables en la sociedad contemporánea. Lo estaba estropeando todo y no me importaba.

Luego, se me ocurrió casi arrastrarla a tomarse un café conmigo. No recuerdo muy bien qué discursito me eche en el Míster Donut, pero creo que seguía hablando de las intenciones ocultas de todo el que se acerca a hablarle a uno, y no es que precisamente sean malas intenciones, sino que dos personas se conocen y al principio todos somos superficiales. No nos anunciamos tal y como somos, ni revelamos todo lo que anhelamos. Y entonces me soltó esta frase: “Tu problema es que lo analizas demasiado todo”. Al principio la frase me callo como una amenaza que se recibe con gran terror. Me quede tartamudeando. Y luego me quede callado.

Con el tiempo llegue a comprender que aquella joven mujer, de anteojos y cabellos sueltos, definió en pocas palabras precisamente quien soy, una persona que piensa demasiado, hasta la tortura y la depresión que suscita el pensarlo todo al mismo tiempo.

Abordamos una ruta que se dirigía a Soyapango, yo iba a bajarme en el centro, no había un asiento solo por completo, ella se sentó adelante junto a un anciano y yo detrás de ella junto a una señora, casi no habíamos cruzado palabra desde aquel comentario. Solo yo había tomado café, porque ella tampoco tomaba café. Supongo que son cosas que no importan tanto por facebook. Pero aunque fuese una chica vegana que no toma café y compartiera los valores de la sociedad psicópata, a mi me gustaba, me gustaban sus piernas largas y bronceadas, su discurso de estudiante de derecho, esos cabellos sueltos sobre su espalda y hasta el bozo sobre su boca delgada. Detrás de ella, en el bus, pensaba en hacer la última ridiculez. Saqué mi libreta y escribí en la esquina de una pagina “ha sido genial, comprendo si no me queres volver a salir conmigo” (la frase perfecta para terminar de arruinarlo todo), arranqué el papelito y se lo puse en las manos justo un poco antes de mi parada, vi que lo leyera y comencé a caminar hacia la salida. Cuando volví a verla, me miró con una cara de completo extrañamiento. Me baje del autobús y lamente todo lo que había hecho.

Me dejé de acercar a la U por algún tiempo, que se hicieron dos semanas, tres semanas, hasta que deje de ir por completo a estudiar. Un poco por vergüenza de encontrármela de nuevo. Un poco porque sólo iba a la Universidad para poder verla a ella.

He reconocido por estas y otras experiencias que soy incompatible con la realidad en la que vivo, y esta es la menor de las muestras de lo profundamente inadaptado que soy, porque después de esto, hice y sigo haciendo todo lo posible por ser un fracasado. Simplemente gente como yo no debió haber nacido.

El ano monologando

por Gerardo Ugalde

El hombre cagó porque las palabras no le vaciaban las entrañas.

Con suma delicadeza dejó caer su trasero en el escusado y soltó el alma sin pensarlo. Una necesidad de expresar la satisfacción tras la comida es consumida mediante el letargo; pero el estertor abdominal despierta la curiosidad psicológica del cerebro y conduce al cuerpo a un laberinto onírico representado por un sobrio pasillo que conduce al baño.

El chapoteo del excremento le roba la magia a cualquier composición romántica alemana decimonónica, para descansar sólo nos queda exhalar, gemir, gesticular, llorar, reír.

En el papel higiénico una obra de arte abstracta presuntuosa y sin significado como este escrito va a dar a donde muchas existencias no llegan. El remolino es musical y certero; si hay la presión hidráulica adecuada.

Tire esto al retrete…por favor…es pésima composición.

Consejos de Raúl para la eternidad

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Por Roberto Conde

-¡Deja eso, es mío!- dijo Raúl mientras me miraba fijamente a través de sus lentes redondos.

Aquellos lentes los había encontrado en la recámara de sus papás. Son como los un señor que cuelga de la pared del vecino de la silla de ruedas. Dice el vecino que ese señor era una estrella de rock, que lo mataron como dos años antes de que yo naciera. A mí no me gustan sus lentes, ni su pelo todo caído. Mamá asegura que se le llama pelo lacio, pero yo lo tengo chino, como ella. Le pregunté a mi mamá qué era una estrella de rock. Respondió que son personas que hacen una música bonita; a ella le gusta Queen. Me puso un disco de los que guarda debajo de la vitrina. Yo no me acerco mucho a la vitrina, en la parte de arriba hay una cabeza de payaso que me asusta. A veces, cuando mamá sale por la noche, siento que la cabeza se asoma por la puerta; aprieto muy fuerte los ojos, pero creo que la veo en la oscuridad de mis párpados. No me gusta, le pido a mamá que la tire. Ella menciona que es un recuerdo, con ella se acuerda de mi cumpleaños. Cuando la vi sobre el pastel, se me hizo bonita. Pero ya no, siento que al entrar a la casa el payaso siempre está esperándome. Cuando entro, corro muy rápido al cuarto de mamá. Ella duerme y me acerco con cuidado junto a su lado; cuando duerme, yo duermo, y el payaso de queda inmóvil en la vitrina, fuera de mis párpados.

Escuché a Queen, ahora sé qué es una estrella de rock. Yo pensaba que las estrellas sólo estaban en el cielo, y que de vez en cuando una de ellas se cansaba mucho y se dejaba caer. Lo digo porque una vez vi cómo una se caía del cielo, la vi desde la ventana. También pensaba que había una de ellas que estaba bien gorda, como Salomón, el niño al que pasamos a dejar en el transporte antes de mí. Ahora sé que se llama Luna. Yo creo que la estrella roja luego que se ve junto a ella debe tener calor.

-¿Sabías que a las estrellas se les puede matar?- cuestioné a Raúl, mientras él me quitaba mi jouils.

-¿Y cómo se las mata, si yo veo que están muy lejos y ni saltando las agarro?- me preguntó mientras movía mi jouils de un lado a otro.

Le dije que para que se murieran las estrellas tenían que ser de rock. Cuando me preguntó cómo eran las estrellas de rock le dije que ellas usaban lentes como los suyos y que tenían pelo lacio. Menos Queen, que tenía el pelo corto y unos dientotes bien blancos. Las estrellas de rock no están en el cielo, te miran fijamente desde las paredes o desde los discos; y hacen un ruido que te pone a mover el pie, expliqué a Raúl, a la vez que le quitaba mi carrito de las manos. Él se enojó, me dijo que quería el carro, y me prometió que un día me iba a empujar de la azotea. Mamá advierte que no me suba a jugar allá, que puede ser peligroso. Pero a Raúl siempre le gusta jugar en la azotea. Nunca lo veo en otra parte, ni en el parque o en alguno de los patios. Cuando alguien sube a tender la ropa, Raúl siempre se esconde detrás de algún tinaco. Dice que no quiere que lo vean, porque pueden ir a decirles a sus papás que está arriba. A sus papás tampoco les gusta que Raúl juegue en la azotea. Nunca he visto a los papás de Raúl. A lo mejor es alguno de los que luego suben a tender.

La otra vez invité a Víctor a jugar a la azotea. Él no quería, decía que le daba miedo subir hasta arriba por esas escaleras de metal. Las escaleras son como la resbaladilla que está en el parque. Subes y bajas en círculos. Le dije a Víctor que no fuera puto (así me dijo mi papá que se les dice a los miedosos).  Me miró como triste, después se enojó y sentenció que no tenía nada de malo ser puto. Me gritó que hasta Queen era puto. Yo la verdad no creo que Queen le tenga miedo a algo, usa una capa roja y en la foto que me enseñó mi mamá tiene el puño cerrado, como si le fuera a pegar a alguien. Víctor subió lentamente por las escaleras, le costó mucho. Subía un escalón y se detenía, se agarraba bien fuerte del tubo y comenzaba a llorar.

–Pinche putito- le dije desde arriba.

Víctor se portó valiente y por fin pudo subir a la azotea. Cuando estuvimos arriba, llamé a Raúl. Pensé que estaría escondido detrás de uno de los tinacos. Pero Raúl no salió. Le dije a Víctor que Raúl era un niño todo “chele”, de pelo lacio, flaco y que siempre usa la misma playera de Batman. Víctor me preguntó qué era “chele”, entonces me acordé de que mi mamá me había dicho que ya no usara esas palabras, porque sólo se decían en la casa de mi abuela.

–En México se dice güero- respondí a Víctor.

Me preguntó que dónde se les dice chele a los güeros, le dije que en El Salvador. Víctor me miró de forma extraña, yo creo que pensó que le estaba inventando todo. Me dijo que él nunca había visto a ese niño llamado Raúl.

–Al único que he visto con algo de Batman es a ti. También te vi vestido de Robin y de Superman- mencionó Víctor con un gesto socarrón.

Me gusta Batman y los luchadores. Mi mamá me llevó a las luchas. Estuvieron en la esquina del parque. Yo iba emocionado, pensé que vería a Mascarita Sagrada y a Octagón; al Hijo del Santo o a Blue Panter. Pero no apareció ninguno de ellos, salieron el Cometa enmascarado y el Capitán Rodríguez. A ellos nunca los había visto en las luchas que pasan los domingos en la tele, ni en las revistas que de luchadores que mi mamá me compra. Creo que al Capitán Rodríguez ya lo había visto una vez en la esquina de la casa, en “El flamingos”, cuando entré a pedir calaverita a las señores borrachos. Mi mamá me advirtió que jamás volviera a entrar a ese lugar, ni a la pulquería que estaba en la otra esquina. Yo no sabía que se llamaba pulquería, siempre pensé que era un baño. También me prohibió que me volviera a disfrazar. Me dijo que yo no podía volar como Superman, que de no haberme escuchado bien cuando le dije “ahorita vengo, voy a volar” seguramente ya estaría muerto.

Le conté a Víctor que jugaba casi todas las tardes con Raúl en la azotea, yo le prestaba mis juguetes porque Raúl no tenía. Le expliqué que seguramente Raúl era muy pobre. A veces, yo lo dejaba con mis juguetes cuando mi mamá me gritaba para ir a comer. Cuando regresaba, Raúl ya no estaba, pero mis juguetes sí. Raúl era muy bueno, jamás se los llevaba. Víctor me miró con unos ojos muy raros, con los mismos ojos que hizo cuando subía por la escalera.

–Mi mamá dice que tú estás malito, que siempre te ve jugando solo en la azotea. Mejor ya me voy.

Tuve ganas de pegarle a Víctor, pero recordé que mi mamá me dijo que eso estaba mal y que no tenía que volverlo a hacer, sino me castigaría de nuevo. Raúl preguntó: “tu amigo ese, el que se llama Víctor, cree que estás loco ¿verdad?”

– No, piensa que estoy malito- repliqué.

Me contestó que Víctor era muy menso, que no se había dado cuenta de que él se había escondido muy bien. Tan bien que ni yo lo había visto tampoco. Me dijo que se había escondido dentro del tinaco, como el chavo del ocho. Pensé que eso era lo que había pasado. Lo bueno es que hoy sí me va a conocer, para que no ande pensando que estás loco. Porque eso es en verdad lo que él piensa de ti. Además, no sé por qué quieres juntarte con él, ¿apoco ya no te diviertes conmigo?, cuestionó Raúl, a la vez que me quitaba otra vez el carro. Le expliqué que quería que lo conociera para que pudiéramos jugar los tres todas las tardes. Bueno, creo que ya viene. Le dijiste que hoy viniera a conocerme, ¿no? Raúl se quedó inmóvil mirando hacia la escalera. Comencé a escuchar los pasos que subían, muy lento.

–Es re puto- dijo Raúl, mientras me hacía señas para que fuera por Víctor.

Me acerqué a la orilla de la azotea y vi cómo Victor estaba apenas a la mitad de la escalera.

-Apúrate, Víctor. Ya está aquí Raúl. Traje mis jouils para que juguemos.

Víctor subió por fin a la azotea. Comenzó a respirar muy fuerte y me miró enojado. ¿Ya ves? Me engañaste otra vez. Estás solo acá arriba, dijo Víctor, y me dio una patada debajo de la rodilla. Me agaché porque me dolía mucho. Volteé y vi que Raúl ya no estaba. Sólo vi los coches en el suelo. Le dije a Víctor que teníamos que buscarlo, porque de seguro se había escondido dentro del tinado, como el chavo del ocho.

Mi mamá tiene razón, estás loco. Yo mejor me bajo. Se dio la vuelta para regresar a las escaleras. De repente, Raúl salió de atrás de uno de los tinacos y empujó a Víctor. Sólo vi cómo él intentó volar con los brazos. Escuché su grito y después un ruido muy fuerte, como el ruido que escuchas en tu cabeza cuando caes sin poner las manos. Me asomé por la orilla de la azotea y miré a Víctor acostado. La gente se iba juntando a su alrededor. Ahora sé que Víctor no era imaginario.

Pizza de sartén

pizza de sartén 3

Por Eduardo Villaraldo

Estoy afuera del departamento trescientos treinta y tres de una vecindad asentada en una calle de la colonia Chula Vista. Es mi primera entrega del turno y estoy esperando a que abran la puerta, me paguen por la pizza y me den una buena propina. Sí, sobre todo eso; una buena propina es lo que me hace estar aquí, sosteniendo esta masa cocida y ensayando una sonrisa falsa y estúpida que deberé mostrar al cliente en cuanto me abran la puerta. Así que sigo esperando y de repente me entra la curiosidad de saber a qué se dedica el tipo al otro lado de los muros.

Espero una buena propina, una gran propina, pero si es un estudiante o un becario o el director codo de algún supermercado esa propina se estará yendo a la mierda. ¿Qué chingados será?, insisto y abren la puerta y la risita estúpida y falsa se olvida de permanecer donde le dije que lo hiciera y a cambio me ha dejado una tibieza en los ojos que me asquea. Quien ha abierto la puerta es un hombre joven. No pasa los veintidós. Un suéter gris desabrochado y unos calzoncillos Everlast negros es todo lo que tiene puesto. -Ponga ahí la pizza-, dice y me señala una mesa de centro, y mientras obedezco su orden él desliza un poco la puerta corrediza que separa su habitación de la sala y se tira un pedo que no tiene olor pero sí una sonoridad estruendosa. El departamento no tiene nada que ver con lo que yo tenía en mente. Hay muchos libros desordenados en el lugar; este puede ser un maestro. Ojalá sea un maestro, aunque lo veo muy joven, pero si lo es tengo posibilidades de obtener la propina que he pensado.

Aunque también puede ser un tesista, y si lo es, seguramente esa propina quedará en su cartera y no en la mía. Estoy barajando las posibilidades monetarias cuando percibo un bulto que se mueve en la cama, no tardo en darme cuenta que son unas piernas, ¿de hombre o de mujer? Quizá no es ni maestro ni tesista, quizá sólo es un maricón culto, mantenido por otro maricón con un buen salario y que a cambio de dejarse meter y lamer la verga, su amante lo complace en todo lo que pide. Puta madre, cómo tarda, ¿le está pidiendo permiso al dinero o está teniendo una despedida con sus billetes? Desliza en su totalidad la puerta corrediza y veo que se ha desnudado completamente. Trae el pito parado y el dinero en una mano. Hoy no es mi día, pienso al ver que he errado. Las piernas en la cama no son de ningún amante maricón. No, qué va. Son de una mujer, de una mujer de piel morena.

Él la despoja de las sabanas y de un tirón la pone a cuatro patas sobre la cama. Qué mujer tan deseable, me dicen mis huevos que me han empezado a hormiguear y el líquido preseminal que ha quedado embarrado en mi calzón. Antes de meterle el pito se tira otro pedo con las mismas características al anterior. Le da un madrazo en el estómago y luego se la mete toda. Ella ni si quiera se ha tomado la molestia de verme. Me doy cuenta que en las nalgas tiene unas estrías muy ligeras y debajo de las estrías posee una celulitis bellísima. Qué gozo tener una mujer con una celulitis como esa. Le perdono que no se haya molestado en verme. A una mujer con esas estrías, pero sobre todo con esa celulitis, se le perdona cualquier cosa. Las embestidas de su amante son tan burdas que muy seguramente en lugar de placer está sintiendo aversión por aquel imbécil. Apenas se la ha metido unos dos o tres minutos cuando de repente saca la verga con el receptáculo del condón lleno de semen. Estoy seguro: ella está sintiendo asco por aquel idiota. Sin deshacerse del látex camina hacia mí y me da un billete de a doscientos. Busco las monedas que me han dado en la sucursal de la pizzería para darle su cambio y me dice que así está bien. La pizza de sartén cuesta ciento cuarenta. Sesenta pesos es una buena propina, es más de lo que esperaba. Antes de salir del cuarto veo a la mujer, está de pie dándole la espalda a la sala, veo toda su celulitis. Ni siquiera me da curiosidad ver su coño o sus tetas, la celulitis me sacia. Podría masturbarme con una mano y tocar sus nalgas celulíticas con la otra y habitaría el verdadero paraíso.

Doy vuelta y enfilo a la puerta y antes de salir escucho como él empieza abrir la caja de la pizza y como se echa otro estruendoso pedo. Cierro la puerta y caigo en cuenta que la pizza de sartén genera unas flatulencias muy ácidas. Qué mala elección. Palpo mis sesenta pesos de propina y al verificar que siguen en mi pantalón siento repulsión hacia ese tipo. Además de ser un eyaculador precoz ahora tendrá que soportar, también, sus pedos apestosos.

CUESTIÓN DE PESO

Por María Mañogil

Cuando le conocí en persona sabía que era gordo. Ya me lo había dicho y había mandado algunas fotos tras haber hablado con él durante más de un mes, todas las noches, no menos de una hora en cada una de ellas.

En realidad, sospeché que me estaba mintiendo en lo que en un principio pareció que coincidíamos al asegurarme que él no se centraba en el físico como en algo demasiado importante para sentirse atraído por alguien. Y esa sospecha siguió creciendo a medida que repetía lo gordo que era, más aún que en las fotos que yo había visto. Objeciones que ignoré una y otra vez porque restaban tiempo a lo que era en verdad interesante de nuestras conversaciones nocturnas.

No soporto que la gordura de un hombre sea el tema principal a tratar cuando lo estoy conociendo y me pregunto cómo le sentaría a él que yo le hablara continuamente del tamaño de mis senos en vez de hacerlo sobre los libros que me gustan o la música que escucho. Entiendo que en este caso a algún hombre le pueda agradar esa información y el recordarle continuamente si los tengo grandes o pequeños, pero yo me sentiría incómoda si la conversación no tuviera nada que ver con eso y yo la sacara a relucir a cada momento. Supongo que cualquier hombre para el que yo fuera sólo una amiga a la que acaba de conocer, se sentiría igualmente incómodo.

No fue la insistencia con su gordura la que yo decidí ignorar por parecerme de lo más pesada, sino su insistencia solamente. Quiero decir que si hubiese sido delgado me habría molestado igual escucharle hablar tanto de cómo era su cuerpo cuando yo no le pedí en ningún momento que me lo mostrara haciéndome un plano, ni que me diera sus medidas ni que me lo explicara con todo detalle.

Soy una persona curiosa a la que le gusta descubrir, por partes, al hombre que por alguna razón empieza a gustarle y no soporto que se me adelante contándome cómo es de fofa su barriga, sin saber si eso es algo que a mí me desagrade, porque puede ser que no. Creo que para eso llevamos ropa y aunque yo siempre he pensado que lo ideal sería prescindir de ella y ahorrarnos el trabajo, debe servir además de para abrigarnos, para imaginar lo que hay debajo hasta que nos la quitan o se la quitamos a otro.

Esa peculiaridad suya de explicarme cada noche lo gordo que era, me hizo dudar un poco sobre si conocerle personalmente o no. Y esa duda fue la que provocó que pasara mucho más tiempo hasta que yo acepté salir con él por primera vez.

No todo en él era una obsesión desmesurada con su cuerpo; aparte de eso tenía una personalidad que cautivaba, no solo a mí, también a todo el que se le cruzaba.

Si dijera que era un hombre seguro de sí mismo en todos los demás aspectos de su vida, parecería, tal como hacía él, que estoy justificando el que fuera demasiado gordo con alguna otra virtud que compense el hecho de no ser delgado, y eso sería como darle la razón; reconociendo que, efectivamente, estar gordo es un defecto que se debe compensar. Por ejemplo: esforzándose en ser más simpático, más listo o tener más don de gente, que alguien que luce una figura modelada en un gimnasio, porque a ese sí se le permite ser tonto y antipático.

Por eso no hablaré de todas las cosas buenas que vi en él y que me enamoraron. Prefiero hacerlo sobre lo único que me desilusionó y me hizo venirme abajo. Era esa inseguridad suya con su propio cuerpo lo que me hacía dudar. Empecé a preguntarme qué habría pasado si la gorda hubiese sido yo. Si como él decía, no se fijaba en el físico de los demás, ¿por qué al suyo le daba tanta importancia?

Su gordura siguió siendo su tema favorito y que utilizaba como arma de doble filo, o así lo sentía yo. En parte para intentar sacar de mí a la madre protectora que le animaría a hacer una dieta y en parte para culparme cuando se lo proponía. Tratando entonces de convencerme sin éxito de que era yo quien no le aceptaba por ser gordo.

El sexo con él fue un fracaso, por no decir una mierda. Llegó a contagiarme de sus miedos e inseguridades y me cohibí porque después de medio mes de preliminares, conseguí a duras penas convencerle de que me excitaba verle desnudo. Porque, claro, cómo va a excitarse ninguna mujer viendo su cuerpo tan gordo. Eso le oí decir con una media sonrisa, que más se parecía a la de un niño reclamando atención que a la del hombre inteligente y nada superficial que creí haber conocido.

Cuando di por terminada la relación les contó a sus amigos que yo le había dejado, cómo no, por gordo. Él siempre en su línea. Pero se le olvidó decir lo que yo dejé escrito antes de irme: lo bonito de un cuerpo no es su forma ni su tamaño, sino las manos que lo acarician, los ojos que lo desnudan y la boca que lo recorre, porque también forman parte de él, si se deja. Lo feo es impedir que eso suceda y  la única grasa que lo puede hacer horrible es la que se forma en el corazón, en ese simbólico que no está regado de arterias.

No sé si lo entendió y ya no me importa.

Demasiada felicidad, de Alice Munro

alice munro demasiada felicidad

Por Emanuel Bravo Gutiérrez

Cuando en 2013 la escritora canadiense Alice Munro ganó el nobel de literatura me sentí atraído a explorar su obra, en parte por ser una cuentista, cuyos relatos han sido equiparados con los de Chéjov y por ser llamada por muchos críticos como una de las mejores narradoras en lengua inglesa. Después de casi dos años me decidí adquirir uno de sus libros más populares: Demasiada felicidad, su título delicado y la imagen de una escritora canadiense que escribe sobre la vida cotidiana no me prepararon para lo que encontraría entre sus páginas.

Las historias de Munro en un principio parecen ser sencillas, casi anécdotas curiosas sobre la vida cotidiana en pueblos o pequeñas ciudades de Canadá, sus protagonistas son hombres y mujeres y comunes, en apariencia. Poco a poco la prosa de Munro nos comienza a envolver; la descripción de ambientes caseros, de conversaciones triviales sobre la familia, sobre los amigos, nada parece suceder dentro de sus relatos, en parte nos desconcierta y creemos que no hay nada extraordinario. Sin embargo, el talento de Munro, que en mucho se familiariza con la prosa de Chéjov, calla más de lo que se puede contar. Conforme seguimos con la lectura los ambientes se tornan turbios, por momentos casi irreales pero con la tranquilidad ilusoria de lo mórbido, la atención del lector es llevada por varios focos hasta el final contundente, como un gancho al hígado.

Desde el primer relato, “Dimensiones”, podemos ver esa profundidad amarga que lleva el tono general del libro: secretos no dichos, confesiones contenidas en un par de palabras, culpas con la forma de una sonrisa cotidiana, un mundo de seres solitarios, independientes pero sujetos por una frágil fatalidad que ellos mismos son incapaces de deshacer. Munro no da concesiones, no es una escritora amable, nunca sabemos de dónde vendrá el siguiente golpe.

Los temas de Munro son variados, desde el ciego amor maternal en “Cara”, el absurdo de las ambiciones en “Madera”, la crueldad infantil en “Juego de niños”, o la soledad inminente en el último cuento “Demasiada felicidad”, que retrata un fragmento de la vida de Sofia Kovalenski, matemática rusa que vivió a mediados del siglo XIX. Munro sabe cómo sorprender a sus lectores, es una escritora que sirve veneno en delicadas tazas de porcelana.

La soledad de los amigos

Por Raúl Picazo

Me imagino a estos tipos solitarios, encerrados en sus cuartos, viendo porno y en el espejo su decadencia al mismo tiempo, con el gusto que se dan los sibaritas disfrutar su anonimato. El sedentarismo se convierte en  yugo por no tener lazos de sociabilidad, no los imaginan, no se quieren integrar. Ser solitario es sentirse único, sujetos que piensan  practican el ascetismo. Al final, el egoísmo  irrumpe y se manifiesta, trastorna. Esto es lo que pensé de los personajes solitarios que salen de su cuarto: su amado cuarto, para ir en busca de un par de vídeos que contienen escenas sugestivas para su moral caída. Es la droga con la cual se sentirán satisfechos, excitados. Me los imagino con algún defecto que los marcó en su niñez, de ahí la inseguridad, pienso. Quizá sus ojos tristes que no muestra el narrador, podría llevarnos a una idea distinta de lo que fue y es su vida.

Un solitario siempre está a la espera de un encuentro, no desea que alguien lo salve, pero un encuentro fortuito siempre  reconforta, vuelve a tener certeza de por qué se encuentra solo. Estos tipos quizá se volvieron solitarios porque en su familia no se fomentó la unidad, o porque no la tienen o si la tienen no les importa porque no conocen la reciprocidad. Es de esperarse que se estos tipos no tengan múltiples y reales motivaciones.

El ser solitario es una decisión que se de debe valorar, no es presunción o gloria, ni un camino a la iluminación.

Los personajes del cuento “Somos unos solitarios” retratados en Entropía, de Iván Farías, muestran una historia desgarradora y trágica; una muestra de locura, decadencia del ser y hastío de vivir.

Primero vemos a dos personajes que salen a la tienda por refrescos, caminan por la calle y platican de la sociedad que los desprecia, de la vida y sus múltiples vertientes, del trabajo, del vídeo, del amigo que se encuentra esperándolos en casa, y de  una mujer que lo hace muy feliz. Es una conversación que trata de ser interesante, pero que no engancha al hombre que busca la famosa cinta, porque no le interesa lo que le suceda a su amigo. Lo que desea es tener la certeza de que obtendrá su primerio, para llegar a su casa y solazarse a gusto.

Cuando uno se encuentra solo, se piensa y ese pensamiento se traduce en acciones, pero el pensamiento casi siempre  se convierte en una nube negra. ¿Qué se hace en soledad, a quién se trasgrede sino al propio cuerpo? Cuando estás solo no tienes nada en que pensar más que en la tragedia del yo, cuando se esta solo se piensa en el suicidio como un medio para salir por la ventana. Cuando uno está solo, desarraigado y el odio a la sociedad lo sumerge en tenebrosas ideas.

Lo que pensó el hombre que estaba dentro de la casa esperando a sus amigos, tiene que ver justamente con lo que hizo, no es posible que se rompa la ceremonia de los días, donde la amistad es lo que importa y no la degradación del ser,  pero si lo hizo fue por deseo, la libertad que lo guió a realizar esa acción fue producto de la soledad, de ese sentimiento de poseerlo todo.

Cuando llegaron de la tienda los tipos solitarios que iban platicando en la calle, el anfitrión iba comentándole a su amigo sobre su nuevo trabajo como guardia de seguridad, estaba muy contento porque en su nuevo empleo tenía permiso de cargar  una pistola que lo hacía parecer un poco interesante, pero sobre todo seguro. Ningún accidente debe suceder si el arma se encuentra con la persona correcta, la cual se usará prudentemente en caso de sentirse amenazado en sus principios.

De haber seguido su curso normal, la historia habría terminado con los tres hombres degustando de su pomo, y yo me sentiría igual de satisfecho, porque saber a tres hombres solitarios charlando alrededor de una mesa, sería  gratificante, pero no fue así, aquí, el escritor se vale de todo su talento y   presenta la emoción que fragmenta los nervios.

Los amigos que  venían platicando sobre la calle, se encuentran con el tercer solitario, el cual espera paciente la llegada del alcohol.

La muñeca, la mujer de látex, el depósito de semen se encuentra desnuda, su respiración extenuante se deja escuchar en el cuarto. Como buen voyerista, el hombre que espera a sus amigos se acerca lentamente hasta donde escucha el ruido, los gemidos que lo invitan a tomar las riendas. Quizá su amigo había dejado puesta alguna película porno, piensa antes de asomarse, pero al ver la muñeca que se toca lascivamente, entra y obedece. La soledad le impuso ese castigo, no podría desperdiciar esa gran oportunidad. Al fin y al cabo es una muñeca, no tiene sentimientos, piensa, y se abalanza como una fiera en busca de su presa, le hinca el diente.

Afuera se escuchan pasos, son los amigos que ha llegado.

Por un comentario  desatinado e hipotético del buscador de vídeos,  el portador del arma sube rápidamente las escaleras. Grita el nombre de la muñeca:  ¡Marta! dónde chingados estás.  Se acerca a la puerta de su cuarto y escucha gemidos provenientes del interior, abre, es su amigo y su novia, la muñeca inflable,  el amor de su vida. No lo puede creer. El hombre le dice una frase memorable:

-¡Qué poca madre, cabrón! Vienes a mi casa, te tomas mi ron y te coges a mi vieja”.

Saca el arma, apunta, blande el cañón ante los ojos de ese degenerado mal amigo y algo sucede.  Algo pasa por la mente de ese ser solitario, los cables se le cruzan, o quizá su cerebro quizá no tiene cables, sino plástico fundido.