Archivo de la etiqueta: Crítica

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino

Por Emanuel Bravo Gutiérrez

Hace unos meses me di la tarea de comenzar a aprender italiano, en parte por la relativa facilidad que presenta el aprendizaje de este idioma y en parte para poder leer a uno de mis autores favoritos en su idioma original: Italo Calvino.

Me di así a la tarea de volver una de sus obras más célebres Le città invisibili o Las ciudades invisibles. Calvino toma como base para su argumento la vida del célebre viajero Marco Polo. En la obra, el mercader veneciano se encuentra en las cortes de Kublai Khan para realizar una crónica de las ciudades que ha visto, pero que el soberano sólo cree intuir puesto que nunca ha abandonado los límites de su palacio.

Las ciudades relatadas por Marco Polo son compendios de otras ciudades, ciudades hechas de otras ciudades, pasadas y futuras, ciudades posibles, soñadas o sólo imaginarias. El libro las agrupa en distintas clases de acuerdo a los principios bajo las cuales fueron concebidas: la memoria, los signos, el deseo, la muerte, el cielo, los nombres o el intercambio.

Calvino se preocupa por cada una de las palabras que usa en su prosa, ello confiere una gran capacidad de síntesis en un texto que a pesar de su brevedad logra encerrar universos enteros. Las descripciones del autor no muestran, evocan y trazan significados como calles que pueden recorrerse una y otra vez hasta multiplicarse en nuestra memoria.

El lector se pone en el papel del Khan para escuchar el relato de Marco Polo sin lograr adivinar el mecanismo de sus palabras:

El Gran Khan descifraba los signos, pero el nexo entre éstos y los lugares visitados seguía siendo incierto: no sabía nunca si Marco quería representar una aventura que le había sucedido durante el viaje, una hazaña del fundador de la ciudad, la profecía de un astrólogo, un acertijo o una charada para indicar un nombre. Pero por manifiesto u oscuro que fuese, todo lo que Marco mostraba tenía el poder de los emblemas, que una vez vistos no se pueden olvidar ni confundir. (p.37)

El Khan de la misma manera que el lector se da cuenta que es imposible conocer del todo las ciudades, incluso toda una vida no basta para conocer una, sólo a través de los emblemas, de signos ambiguos, de libros como este nos hacen acercarnos a un misterio que existió antes que nosotros y continuará su existencia ya sea más allá de la muerte o de nuestros sueños.

Anuncios

Anatomía de un cabello

por Gerson Tovar Carreón

No me sorprende que mi frente le gane terreno a mi cabello. Las consecuencias las miro día a día frente al espejo. En mi almohada hay resto de pequeñas fibras que se soltaron de sus aposentos. Nadie los extrañará, sólo las fotos de épocas pasadas se preguntarán por su paradero, por su suicidio genético. Y sí, es genético este asunto, alimenticio posiblemente, pero en su mayoría es genético. Mi padre era calvo, su padre fue calvo y el padre de su padre también lo fue. No me quedan muchas esperanzas de que desaparezca su herencia. Es extraño sentir esa ausencia, aun puedo ver mi cabello y no es que me guste, pero el hecho de pensar en su ausencia me desconcierta. Esa sensación de perderlo lentamente, de acariciar la nada con un peine, y de aceptar lo inevitable de la tradición me hace pensar si puedo soportar la triste realidad: soy calvo.

No me alimento sano, bebo constantemente, tengo sobrepeso y el único ejercicio que hago es correr detrás del trasporte público. Ser gordo y calvo no es sencillo. Pero, la verdad, estoy aprendiendo a vivir con ello. Recuerdo a un tipo de la universidad. Daba señales de calvicie y ahora se rapa para disimular su ausencia cabello. Nunca me agradó del todo ese individuo, era un ridículo, pero sólo pensar en tomar la decisión de rasurarme me pone los nervios de punta. No sé si es posible hablar filosóficamente sobre la caída del cabello; mi hermano decía que la discusión radica en el concepto pelón y su diferencia con la categoría calvo. ¿Quién los define? ¿A qué le podemos llamar pelón y a qué le llamamos calvo?

Italo Calvino - Imagen pública
Italo Calvino – Imagen pública

Pienso que el primero en diferenciar entre estos dos conceptos fue Italo Calvino, hombre de su tiempo y de la bella signora. Fue novelista, poeta y entusiasta del análisis crítico de las fibras capilares mejor conocido como cabello. Una de las frases que mejor define su estudio critico es “a veces uno se cree incompleto y es solamente la pérdida del cabello”. Y aunque no defina claramente su postura entre lo pelón y lo calvo, los lectores de Calvino aseguran que el escritor diferenciaba estas dos categorías al confrontar su contenido capilar sobreviviente. A más sobrevivencia de la fibra capilar, se definirá como calvo, y la nula existencia de la ya mencionada fibra se le considerará como pelón.

T. W. Adorno - Imagen pública

Otro gran teórico de la fibra fue el filósofo y sociólogo T. W. Adorno, su análisis político sobre el holocausto es deudor de sus reflexiones en sus primeros años de pelón. A diferencia de Italo, Adorno consideraba que pelón y calvo eran conceptos peligrosos y que se debían abrir conceptualmente al implante de cabello. Estas concepciones son lo que el mismo concepto no es. Esto significa que no se definen como pérdida de cabello sino como ausencia de este. Lo que a mi juicio lleva la discusión a un plano teórico más elevado debido a la ausencia de peluquerías en su estudio. Una vez más se demuestra que Adorno, literalmente, “no tenía un pelo de tonto”. Un colega suyo defendió esta idea durante mucho tiempo. Me refiero a Walter Benjamin, quien presentó su tesis doctoral con el título “El origen de la tragedia de la calvicie alemana”. Lamentablemente fue rechazada por Max Horkheimer, quien terminó aborreciendo al berlinés por sus teorías sobre la reproducción técnica de la calvicie, además de que éste se atrevió a defender un tema del cual no tenía ni la menor experiencia. Hasta el día de su muerte, Benjamin fue conocido por su amplia cabellera y por el uso de enjuague aurático.

Walter Benjamin - Imagen pública
Walter Benjamin – Imagen pública

Podría seguir aumentando gente a la lista, desde Lenin hasta Vin Disel. Todos tienen algo que decir sobre el tema. Menos Stalin, el bigotón nunca sufrió más que un par de atentados a su peinado por los activistas sin cabello, pero triunfó al mandarlos al gulag como peluqueros. Los especialistas han dejado las cuestiones político-sociales sobre la pérdida de cabello y se han concentrado en sus implicaciones culturales. En todas las artes, como en el espectáculo, los calvos y pelones se diferencian de la gente con cabello. Reivindican su pérdida con grandes actuaciones, cuerpos fornidos y barbas tupidas. En el peor de los casos, podríamos remitirnos a Homero Simpson, y hasta él sale bien librado.

Adorno y Horkheimer - Imagen pública
Adorno y Horkheimer – Imagen pública

En este punto se va mostrando un leve desdoblamiento de los conceptos calvo y pelón, sin embargo, debemos profundizar en un análisis cultural y político de lo que implica la pérdida de cabello, incluso psicológico. La pérdida de cabello no es una broma, no es simplemente la destrucción de las células capilares lo que impide la renovación celular de la fibra conocida como pelo, cabello o melena, sino que las consecuencias en los sujetos varían y es prudente intervenir en este mal moderno que aqueja a los individuos y los obliga a usar gorros y sombreros ridículos.

Un triste cuento de navidad

Navidad - Imagen pública
Navidad – Imagen pública

por Gerson Tovar Carreón

Actualmente la “navidad” es una de las fiestas más celebradas en todo el mundo. Gracias a Coca-Cola y el capitalismo, esta festividad se ha incluido en los imaginarios de la gente con mal gusto. Además, es la época del año que acumula más capital: la gente se vuelve loca por comprar regalos de último hora, hay más trabajo para los desempleados frecuentes -como los filósofos-, y, lo más importante, se vende mucho alcohol. Esta época te incita a mirar a tus semejantes y no querer matarlos; también, representa el inicio del fin del año fiscal, lo que quiere decir que el próximo año habrá recortes a los presupuestos y aumento de impuestos.

Entonces, ¿cuál es el significado de la navidá? A mi juicio, e imagino que es un juicio genérico, el significado es que el hiperconsumismo le ha ganado terreno al comportamiento humano de reunirse en familia y celebrar un año más de vida y miseria. Esto último me recuerda que hace mucho tiempo no festejo estas fechas con mi familia; eso se debe a la muerte de mi abuela, la cual nunca me agradó. Después de este acontecimiento, toda mi familia se dio cuenta de su propia hipocresía y su falta de compatibilidad, o por lo menos eso pienso que sucedió. Agradezco no volver a ver personajes patéticos como el tío que se hace el chistoso y tiene la gracia de una papa o la tía impertinente y su clásica pregunta: “¿Cuándo te casas?”. Sucede hasta en las mejores familias.

Sin embargo, y dejando de lado los absurdos lazos de sangre, recuerdo dos experiencias decembrinas que me conmovieron y recuerdo con nostalgia. Primero les hablaré brevemente de la navidad con G, una mujer increíble, carismática y llena de vida. En una ocasión me invitó a pasar la fiesta con ella y su familia. Recuerdo la comida y el alcohol, pero, sobre todo, bailar con sus sobrinas. G tenía la fiesta en las venas, bailó con todos, hasta con mi hermano, un apático del baile. Pasé dos navidades con ella y han pasado dos desde que G no está, y la extraño.

Por otro lado, tengo el recuerdo de L, uno de los recuerdos que más me gustan por el hecho de sentirme incluido en una familia o algo parecido a una. Recuerdo el frío en mi cara, las risas de los niños, el aroma de la carne, el sabor del tequila en mis labios y la sonrisa de L. Sin embargo, no recuerdo más, sólo ese sentimiento de calidez, lo que podríamos llamar hogar. Mi memoria nunca ha sido buena, divago y mezclo recuerdos. Pero esa noche con L y su familia es de eso recuerdos que aprecias, pero sabes que son únicos y no volverán jamás.

Navidad - Imagen pública
Navidad – Imagen pública

Me desvié un poco sobre el significado de la navidad. Pienso que el mexicano ha sido acondicionado y guiado para que acepte esta festividad, pero la niega y le da otro significado sin que él mismo se dé cuenta. No es una contradicción, tampoco es que confunda el significado de esta “mágica” fecha, sino que encuentran en el engaño un valor. El deseo de reunir a la familia feliz, que imagino es el verdadero significado, es un engaño: no conozco familias felices, incluso no pienso que no existen. Sólo es un pastiche, una burla de lo que los medios a construido. Y eso me da esperanzas de entender porque la gente se forma para comprar regalos a gente que no quiere, con dinero que no quiere gastar, dinero que ganó en un lugar en el que no le gusta trabajar.

Y mientras eso pasa, les comento que escribí este texto mientras escuchaba via spotify a los Beatles; sé que es de mal gusto, pero finalmente podrán escuchar al cuarteto de Liverpool vía streamain’. Una señal más de que con dinero hasta baila el perro. Feliz navidad, beban, coman y olviden.

 

Sicario: Tierra de nadie

Sicario - Imagen del film
Sicario – Imagen del film

por Gerson Tovar Carreón

Hace tiempo que no escribía algo sobre cine. Tengo tarea por hacer, mi computadora esta en proceso de putrefacción y estoy respaldando toda mi información en drive –y con mi conexión de internet eso llevará miles de años–. En resumen, la vida apesta y por eso decidí ir al cine. Esta semana fui a ver Sicario: Tierra de nadie y tengo que decir: “me gustó”. Quizás sea banal describir una película con un “me gusta”, pero me entretuvo, y me gustó más que la súper producción del 007: Espectro. Tampoco quiero decir que Sicario sea perfecta, sin embargo, cumple muy bien el papel de mantenerte sentado y olvidar tus problemas –en mi caso, mis problemas digitales.

Sicario narra las aventuras de Kate Macy, interpretada por Emily Blunt, una agente federal idealista –por cierto, bastante desesperante– y su pesquita en el mundo del narco mexicano. No pasa de la primera escena cuando podemos ver un tiroteo, cadáveres, explosiones y un desmembrado. Además, la trama sigue el conflicto ético de la agente federal al enfrentar al crimen organizado sin tener idea de los obscuros intereses que hay de fondo. Esto, a mi juicio, tiene más contras que pros. El personaje es un poco plano y carece de carisma, aparte su idealismo por las leyes estadounidenses llega a cansar y prefieres que la maten a la mitad de la película. Pero como ya dije, ella es el personaje principal, por lo que me aguanté su actuación y me enfoqué en lo positivo: se ve increíble sin maquillaje y en topless.

Ahora, lo más ganador de la película no es ella sino la actuación de Benicio del Toro. En una palabra, mejor en dos: se mamó. No será el mejor papel que le he visto, pero vaya que rescata la película. Él interpreta a un personaje obscuro, invadido por el odio pero ecuánime, frío y calculador. No diré más, el desarrollo de su personaje fue el mejor de toda la película. Ustedes juzguen su actuación. Otro momento que me pareció destacado fueron las escenas grabadas con cámaras de visión nocturna, este recurso no es nuevo, pero le sienta muy bien en las escenas finales de la película.

Sicario - Imagen del film
Sicario – Imagen del film

En general, Sicario: Tierra de nadie es una película con bastante acción, no mucha, como la ya citada 007: Espectro, pero a diferencia de ésta, tiene un guión claro, bien trabajado y con argumentos decentes. Sin embargo, algo que no me termina de agradar del todo es la intención de la película por presentar una propuesta seria, realista y políticamente correcta. Lamentablemente se queda a medias y eso la mete en el saco de “una película más sobre narco”.

Me parece buena opción para aquellos que buscan dominguear un miércoles y tienen una computadora por arreglar.

Muerte por pensamiento

Día de muertos
Día de muertos

por Enid Carrillo

Cuando te dicen que alguien muere, el mundo no se acaba. Al contrario, comienza. De una forma angustiante e inevitable, un nuevo mundo comienza cuando alguien muere. Se nos viene encima una vorágine de pensamientos para reflexionar en torno al sentido de la vida, a lo que hay después, a lo que sigue, a lo que nos encaminamos sin remedio y sin pausa: la muerte.

Hay tantas maneras de morir como maneras de vivir. Muchas veces creemos que la propia vida, con todo lo que eso significa es lo que le da sentido a la existencia. Si lo pensamos bien, si nos detenemos un poco, si miramos más de cerca, sabremos que ese es el papel de la muerte. Porque ella es permanente, la vida se acaba, pasa, muere. Nos acabamos, desaparecemos, nos hacemos polvo. Pero la muerte se quedará para siempre.

Ha estado aquí desde el principio, mucho antes que nosotros y nos confronta con nuestro miedo al infinito, a lo que no puede acabar porque no sabemos siquiera cuando comenzó. Y eso es para lo que estamos aquí, para desaparecer, frágiles y desnudos, destinados a la nada.

Si la vida no tuviera un final, entonces sí que nada tendría sentido. Es este límite de tiempo, este reloj de arena maldito, el que nos recuerda que hay que vivir, que hay que entregarse al dolor de respirar, de querer, de caminar, de pasar por la vida bajo el entendimiento de nuestra insignificancia. Sin querer más de lo que somos, sin apostar en nuestra contra.

¿Por qué nos lo tomamos tan en serio? Buscamos paliativos para defendernos de nuestra poca importancia, de la nimiedad de nuestro paso por el mundo, de lo pequeños que somos, de nuestro miedo a la extinción. Y queremos casas y coches y ropas y fotografías y fiestas y alcohol y sexo y comida. Tenemos enjaulada la conciencia, filosofando sobre nuestras decisiones, soplando más fuerte la arena de nuestro reloj maldito. Jugando a ser indestructibles. ¿Y si lo somos?

Muerte y tiempo
Muerte y tiempo

Y le hemos hecho a la muerte un ritual. La veneramos y nos reímos de ella, mientras podemos, mientras tenemos tiempo. Tantas veces respiramos que terminamos por acostumbrarnos a ello, por eso, cuando apenas el aire se nos va, nos sentimos tan frágiles, conscientes de que la muerte nos toca con una mano, en un suspiro, en una bocanada de aire en media carretera, en el fondo del mar, en un estornudo, en un orgasmo, en la tristeza contraída en el diafragma.

Somos humanos miedosos, temerosos de la ley de algún dios, o de las leyes de la física, o de la lógica, de la suerte, del azar. Tenemos miedo de la muerte y culpamos de todo eso a la vida.

¿Por qué?

Porque cuando alguien muere nos hacemos conscientes de nuestra finitud. Y sentimos ese dolor que nos rasguña por dentro, ese que no quisiéramos sentir cuando estamos al borde de la tierra sepultando a nuestras personas, preparándonos para el ritual de la muerte y los pies bajo tierra. Escuchando en el aire los murmullos de un adiós que durará para siempre, contemplando como la vida termina, como es que moriremos.

Y es un espejo que preferimos romper en pedazos, aun creyendo en la mala suerte. Aun creyendo en la mala vida.

Puedo estar equivocada. Y me gustaría. Pero mientras nos llega el momento, mientras nos espera el ritual del que no podremos escapar, mientras nos convertimos en el polvo que siempre fuimos, podemos reírnos de la muerte, tomarnos un tequila con ella, cantarle una canción, ofrecerle una luz, hacerle un camino de flores o escribirle un cuento, démosle sentido a este trance en el que nos toca respirar.

Y reír y cantar y escribir y llorar y creer y amar y doler porque un día, pronto, esto se va a terminar.

La soledad de los amigos

Por Raúl Picazo

Me imagino a estos tipos solitarios, encerrados en sus cuartos, viendo porno y en el espejo su decadencia al mismo tiempo, con el gusto que se dan los sibaritas disfrutar su anonimato. El sedentarismo se convierte en  yugo por no tener lazos de sociabilidad, no los imaginan, no se quieren integrar. Ser solitario es sentirse único, sujetos que piensan  practican el ascetismo. Al final, el egoísmo  irrumpe y se manifiesta, trastorna. Esto es lo que pensé de los personajes solitarios que salen de su cuarto: su amado cuarto, para ir en busca de un par de vídeos que contienen escenas sugestivas para su moral caída. Es la droga con la cual se sentirán satisfechos, excitados. Me los imagino con algún defecto que los marcó en su niñez, de ahí la inseguridad, pienso. Quizá sus ojos tristes que no muestra el narrador, podría llevarnos a una idea distinta de lo que fue y es su vida.

Un solitario siempre está a la espera de un encuentro, no desea que alguien lo salve, pero un encuentro fortuito siempre  reconforta, vuelve a tener certeza de por qué se encuentra solo. Estos tipos quizá se volvieron solitarios porque en su familia no se fomentó la unidad, o porque no la tienen o si la tienen no les importa porque no conocen la reciprocidad. Es de esperarse que se estos tipos no tengan múltiples y reales motivaciones.

El ser solitario es una decisión que se de debe valorar, no es presunción o gloria, ni un camino a la iluminación.

Los personajes del cuento “Somos unos solitarios” retratados en Entropía, de Iván Farías, muestran una historia desgarradora y trágica; una muestra de locura, decadencia del ser y hastío de vivir.

Primero vemos a dos personajes que salen a la tienda por refrescos, caminan por la calle y platican de la sociedad que los desprecia, de la vida y sus múltiples vertientes, del trabajo, del vídeo, del amigo que se encuentra esperándolos en casa, y de  una mujer que lo hace muy feliz. Es una conversación que trata de ser interesante, pero que no engancha al hombre que busca la famosa cinta, porque no le interesa lo que le suceda a su amigo. Lo que desea es tener la certeza de que obtendrá su primerio, para llegar a su casa y solazarse a gusto.

Cuando uno se encuentra solo, se piensa y ese pensamiento se traduce en acciones, pero el pensamiento casi siempre  se convierte en una nube negra. ¿Qué se hace en soledad, a quién se trasgrede sino al propio cuerpo? Cuando estás solo no tienes nada en que pensar más que en la tragedia del yo, cuando se esta solo se piensa en el suicidio como un medio para salir por la ventana. Cuando uno está solo, desarraigado y el odio a la sociedad lo sumerge en tenebrosas ideas.

Lo que pensó el hombre que estaba dentro de la casa esperando a sus amigos, tiene que ver justamente con lo que hizo, no es posible que se rompa la ceremonia de los días, donde la amistad es lo que importa y no la degradación del ser,  pero si lo hizo fue por deseo, la libertad que lo guió a realizar esa acción fue producto de la soledad, de ese sentimiento de poseerlo todo.

Cuando llegaron de la tienda los tipos solitarios que iban platicando en la calle, el anfitrión iba comentándole a su amigo sobre su nuevo trabajo como guardia de seguridad, estaba muy contento porque en su nuevo empleo tenía permiso de cargar  una pistola que lo hacía parecer un poco interesante, pero sobre todo seguro. Ningún accidente debe suceder si el arma se encuentra con la persona correcta, la cual se usará prudentemente en caso de sentirse amenazado en sus principios.

De haber seguido su curso normal, la historia habría terminado con los tres hombres degustando de su pomo, y yo me sentiría igual de satisfecho, porque saber a tres hombres solitarios charlando alrededor de una mesa, sería  gratificante, pero no fue así, aquí, el escritor se vale de todo su talento y   presenta la emoción que fragmenta los nervios.

Los amigos que  venían platicando sobre la calle, se encuentran con el tercer solitario, el cual espera paciente la llegada del alcohol.

La muñeca, la mujer de látex, el depósito de semen se encuentra desnuda, su respiración extenuante se deja escuchar en el cuarto. Como buen voyerista, el hombre que espera a sus amigos se acerca lentamente hasta donde escucha el ruido, los gemidos que lo invitan a tomar las riendas. Quizá su amigo había dejado puesta alguna película porno, piensa antes de asomarse, pero al ver la muñeca que se toca lascivamente, entra y obedece. La soledad le impuso ese castigo, no podría desperdiciar esa gran oportunidad. Al fin y al cabo es una muñeca, no tiene sentimientos, piensa, y se abalanza como una fiera en busca de su presa, le hinca el diente.

Afuera se escuchan pasos, son los amigos que ha llegado.

Por un comentario  desatinado e hipotético del buscador de vídeos,  el portador del arma sube rápidamente las escaleras. Grita el nombre de la muñeca:  ¡Marta! dónde chingados estás.  Se acerca a la puerta de su cuarto y escucha gemidos provenientes del interior, abre, es su amigo y su novia, la muñeca inflable,  el amor de su vida. No lo puede creer. El hombre le dice una frase memorable:

-¡Qué poca madre, cabrón! Vienes a mi casa, te tomas mi ron y te coges a mi vieja”.

Saca el arma, apunta, blande el cañón ante los ojos de ese degenerado mal amigo y algo sucede.  Algo pasa por la mente de ese ser solitario, los cables se le cruzan, o quizá su cerebro quizá no tiene cables, sino plástico fundido.

El arameo en sus labios, de Abdelmumin Aya

por Lo Hiancia Pez

Se cita a Jesucristo en los Evangelios (Jn 12, 47): “No he venido para juzgar al mundo sino para salvar al mundo”; salvar “lo que estaba perdido” (Mt 18, 11). La conclusión es lógica: hay que resguardaral mundo, de preferencia en un lugar santo, inmejorable si ese sitio es Dios. ¿Y cuál es el lugar de Dios? ¿Qué decimos si mentamos a Dios?

Los Evangelios que conocemos por tradición fueron traducidos del latín, que a su vez fueron convertidos del griego antiguo, entonces la lengua dominante. Los traductores originales no parece que fueran hablantes nativos ni experimentados del griego —de hecho, los pueblos semitas, entre ellos los judíos con quienes se crió Jesús, hablaban arameo— y debieron ser semitas quienes deseaban propagar las enseñanzas cristianas.

El arameo forma las palabras con base morfológica trilítera, raíces gramaticales que emparientan cada vocablo con una red conceptual que los enriquece: cuando alguien pronuncia una palabra evoca una multitud de significados, el suyo compuesto de asociaciones ideológicas determinadas por su forma. De ahí la complejidad extrema de una posible traducción, fallida siempre en alguna medida.

Por ejemplo, Abdelmumin Aya, para explicar el arameo țeshboḥtā—traducible como ‘glorificación’— comienza por afirmar que se trata de la realización de la shūḇḥā, cuya raíz SH–B–H tiene las acepciones de ‘honrar, alabar, dar gloria’; sin embargo, aclara en una nota respecto de la comprensión contemporánea de estos conceptos, en el contexto del estudio del Corán: “No nos resulta significativa la traducción del término subbhâncomo «alabanza»; ante todo, porque en árabe con lo primero que se relaciona el término de la trilítera S–B–H es con «nadar» (sabaha) […] Las montañas, por poner un caso que aparece en el Corán, muestran la plenitud de su ser de montaña para no hundirse en la inexistencia, sin que tenga otro modo de hacerlo que este subbhâna Allâh. Nos inclinaríamos por traducir en este contexto el verbo árabe sabbaha por «fluir en Allâh» mucho más que por el simplificado «alabar»”.

Así, una traducción más cercana a su original en arameo de los versículos citados al inicio de esta reseña, sería ésta: “No he venido para juzgar al mundo sino para dar vida al mundo”. Dar vida, exclusivamente, a “lo que estaba muerto”. Agrega Aya: “En realidad, la salvación que promete Jesús al que escucha la Palabra de Dios es la Vida… o la vida; con minúsculas o con mayúsculas, ya que Jesús no diferenciaba la Vida en Dios de lo que conocemos en nuestro lenguaje coloquial como vida: o se vive o no se vive, y si se vive es porque se vive en Dios”.

Nacido español, Vicente Haya es conocido como niponólogo, experto en haikus y traductor de poesía japonesa. Convertido musulmán, tomó el nombre con que firma sus estudios sobre islamología, entre ellos El secreto de Muhammad: la experiencia chamánica del profeta del Islâm, El Islâm no es lo que crees e Islâm sin Dios. Doctor en filosofía por la Universidad de Sevilla donde coordina el Master de Religiones de las Tres Culturas,y profesor por cuatro años en la Universidad Islámica Averroes de Córdoba, es especialista en diálogo interreligioso e intercultural. (“Todo verdadero diálogo tiene más de esfuerzo —de ӱihad, en el sentido literal— que de gozo y consuelo; pero los frutos son siempre exuberantes.”)

El arameo en sus labios es un paso más en el afán de Aya por impulsar el concilio entre musulmanes y cristianos; según el erudito, los primeros deben “aceptar la veracidad de las palabras de Jesús que no aparecen en el Corán”, mientras los segundos han de esforzarse por abandonar los conceptos desvirtuados por no provenir de sus originales en arameo; lo que por supuesto, se vislumbra imposible en ambos mundos. En especial, los cristianos deberían lidiar con el derrumbe de nociones vitales en su formación convencional: “En arameo no existe la palabra salvación, ni salvar, ni salvador.” Ni muchos otros términos que aparecen en el Nuevo Testamento que circula.

En su ӱihad, Abdelmumin Aya acude a la Pshīṭtā, la versión aramea de la Biblia completa desde los años 615–616, todavía usada en nuestros días por las Iglesias cristianas orientales de rito siríaco. En El arameo en sus labios traduce y comenta un puñado de palabras (entre ellas Dios, misericordia, mundo, bendición, amor), un libro que se antoja demasiado breve (acaso más que el subtítulo: Saborear los cuatro evangelios en la lengua de Jesús),donde hallará el incrédulo las semillas de una sabiduría antigua que poco tendría que ver con lo sobrenatural si los creyentes no se la arrogaran para una mística que, por lo visto comúnmente —volteemos un poco a la historia y al presente— se desvirtúa hasta el delirio. Cualquier lector atento disfruta una exposición filológica inteligente y placentera.

 Abdelmumin Aya, El arameo en sus labios, Fragmenta Editorial, 144

Vida y destino, de Vasili Grossman

Por Emanuel Bravo Gutiérrez

Durante la época de la Unión Soviética muchos libros fueron censurados. Cientos de ellos se perdieron para siempre, no sabemos qué líneas desaparecieron en medio de la vista inquisidora de sus férreos lectores, cientos de novelas, cientos de poemas nunca vieron la luz; sin embargo existe una curiosa excepción. Para nuestra gran fortuna, una de las más grandes novelas del siglo XX escapó de un terrible destino, me refiero a la novela del escritor Vasili Grossman, Vida y destino.

Nos situamos en la época de la Segunda Guerra Mundial, los nazis avanzan sobre la Unión Soviética. Hitler alienta a sus ejércitos a conquistar Europa. Los campos de concentración se vuelven gradualmente campos de exterminio. La población soviética sufre el terror desenfrenado de Stalin. Los gulags se llenan de prisioneros y mientras tanto las tropas continúan su avance hasta llegar a una ciudad situada a las orillas del Volga y cuyo nombre resonaría con la fuerza de un huracán en la historia del siglo XX: Stalingrado. Sobre esta ciudad se decidirá el rumbo de la Segunda Guerra Mundial, sobre esta ciudad se librará la batalla más grande de la Historia de la humanidad.

En este gran escenario, Vasili Grossman desarrolla la épica de un pueblo construido a partir de decenas de historias. Me es difícil resumir un solo argumento, ya que en esta novela existen demasiados; son cientos los héroes que circulan por estas páginas. Soldados, generales, amas de casa, viudas hacinadas en diminutos departamentos, ancianas campesinas que viven en condiciones miserables en medio de la estepa calmuca, escritores confinados en campos de trabajo forzados, locos, científicos empeñados en encontrar respuestas atemporales, jóvenes enamorados con ese amor fatal y trágico que sólo existe en la guerra, padres preocupados por sus hijas, niños y ancianos. La novela de Vasili Grossman parece querer plasmar entre sus páginas a todos los personajes implicados en este gran drama.

El tema de la novela es la vida, la vida en sus condiciones más extremas, la vida como manifestación de la libertad frente a los totalitarismos, sea el fascismo o el régimen estalinista que en aquel momento sufría la Unión Soviética. Leemos entre sus páginas fragmentos como el siguiente:

“Cada día, cada hora, año tras año, es necesario librar una lucha por el derecho de ser un hombre, ser bueno y puro. Y en esa lucha no debe haber lugar para el orgullo ni la soberbia, sólo para la humildad. Y si en un momento terrible llega la hora desesperada, no se debe temer a la muerte, no se debe temer si se quiere ser un hombre”.

Ante todo, la novela de Grossman es un sorprendente canto a la vida, al destino, a la libertad de ser un hombre en medio de las condiciones más despiadadas, más inhumanas, más crueles. Esta idea moldea la novela en cada uno de sus numerosos capítulos, episodios donde se constata esa vida poderosa incapaz de ser aniquilada.

Vasili Grossman une la fuerza de una crónica con la belleza del relato. No sólo es la novela épica de una época, no sólo es la epopeya de un pueblo en lucha por su libertad, también es un relato íntimo del alma humana. No sólo se nos relatan la gloria de las batallas, el pensamiento de los estrategas o el valor de los soldados, Grossman, al igual que Chejov o Dostoievski, nos hace sumergirnos en la mente y vida de sus creaciones. Desde la madre que ve impotente la tumba anónima de su hijo. El niño que nos lleva de la mano hasta el final de una cámara de gas. El honesto amor de un general nazi por una anónima mujer rusa. La anciana que ve pasar las generaciones entre sus manos o el dolor impotente de un hombre que no puede estar con la mujer que ama.

Al igual que Tolstoi, Grossman hace latir la vida misma entre las páginas de su obra, pues los grandes dramas se hilvanan de cientos de historias, de pequeños momentos. No es extraño que esta novela se le considere La Guerra y Paz del siglo XX.

Parafraseando a Antonio Muñoz Molina, existen obras que “nos devuelve la conciencia del poderío de la novela como forma suprema de narración del mundo”. Éstas parecen contarnos todo, de tal manera que no dejan en paz al lector hasta que su lectura está concluida, que a pesar de estar poblado de cientos de personajes, cada una de sus historias nos deja huella. Un profesor me habló de ella como una obra “excesiva”, y en efecto lo es, porque parece desbordarse dentro de sus líneas y atisbar a través de ellas como se entretejen la vida y el destino de todos los hombres.

La bestia de París y otros relatos, de Marie–Luise Scherer

por Lo Hiancia Pez

Una de las características de las historias contadas por el periodismo es la forma. De lo anterior depende el interés que provoquen las acciones realizadas por los individuos y las masas: los motivos, las consecuencias, etc. Es fundamental saber escribir todo eso, es decir, narrar la historia, aludir lo probable —no lo posible—, tomar una postura. En muchas ocasiones la ficción ayuda, pero en otras no.

Las historias periodísticas de Marie–Luise Scherer difícilmente inducen sensaciones o emociones sino hasta que están muy avanzadas. Al llegar a este punto, intrigan, estimulan, seducen, generan una opinión; confrontan. ¿Qué pensar de la vida frívola, increíble, sin duda casi perfecta para sí mismo, de Thierry Paulin, el mataviejitas francés que puso en evidencia las deficiencias de la policía parisina? ¿Qué del surrealismo de André Breton —cuya eficacia como déspota generó una idea snob adorada todavía— frente a la garra vanguardista de Philippe Soupault —genio desencantado y solitario fiel a una forma de arte—? ¿Cómo comprender que el gran proyecto de llevar al cine el primer tomo de En busca del tiempo perdido tenga detrás un andar soso acompasado por los descendientes de aquella aristocracia? ¿Quién puede despreciar o respetarla moda que “ofrece el pretexto para un nuevo tema de conversación?”

En La bestia de París y otros relatos, la documentación, la historia, la entrevista y la crónica apenas son visibles. Schereres es una maestra en el uso de la retrospectiva, el resumen y el testimonio. Casi nunca entrecomilla ni reproduce diálogos. Es capaz de la reflexión no pedante y la especulación inteligente, impropias para el periodista poco dotado a la hora de narrar: “Alice Benaïm es la que sufre la muerte más cruel.[…] parece que los asesinos, aparte de la fría determinación, hubieran tenido intenciones de vengarse. Tal vez […] se pusiera a murmurar algo, quejándose de la invasión de gente de color”.

La autora domina las herramientas como la mejor de las modistas: “El creador de moda tiene el mismo problema que el diseñador de una cuchara. Necesita siempre un mango y un cuenco”.

El libro fue editado por Sexto Piso, en su serie “Realidades”, y traducido por José Aníbal Campos.

Atlas descrito por el cielo, de Goran Petrovic

Atlas descrito por el cielo - Imagen Pública
Atlas descrito por el cielo – Imagen Pública

por Emanuel Bravo

Los serbios están escribiendo una de las literaturas más fascinantes de finales del siglo XX y principios del XXI. Podemos rastrear sus fuentes en el realismo mágico latinoamericano, desde Borges, pasando por Cortázar y Gabriel García Márquez, pero también de la antigua épica eslava, la tradición de los cuentos orientales y un rico folklor que en tiempos de la Unión Soviética siempre fue tan reprimido.

De esta manera obtenemos una literatura tan fascinante como la de  Goran Petrovic, del cual reseño en este momento Atlas descrito por el cielo.  Un día, que parece no diferenciarse mucho de otros, los habitantes de un pequeño departamento deciden quitarle el techo a su edificio. No conocemos muy bien el motivo, pero el resultado satisface a sus singulares habitantes. A partir de este hecho comienza la crónica de los fantásticos sucesos que les acontecen.

Claro, la diferencia sobre la normalidad será mal vista por sus vecinos, los cuales pedirán constantemente la devolución del techo. Nuestros héroes no están solos en su loca empresa, cuentan con la Enciclopedia Serpentiana, un libro infinito y que se abrirá siempre en la página de lo que necesitas saber, el espejo occidental que muestra la verdad y la mentira dentro de cada ser, el espejo septentrional que refleja de manera simultánea presente, pasado y futuro, amuletos contra los malos espíritus y árboles cuyos frutos son diamantes.

Siempre hay que tener los ojos de la imaginación bien abiertos, de manera constante observaremos alteraciones bellas o monstruosas de la realidad, desde un barco cuyo destino es la luna o lunares intercambiables en la piel de los amantes. Historias dentro de historias que construyen un mundo fascinante, imprevisto, mágico, alucinante, que se desborda sobre sí mismo y no da pausa al lector. Pero también es un libro en parte nostálgico, sobre los últimos instantes de la fantasía cuando la realidad se escribía siguiendo el dictado de los sueños.