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Float On

por E. J. Valdés

En mayo de 2012, Modest Mouse se presentó en Cholula, Puebla, como parte de la primera y última edición del Festival 72810. En punto de las ocho de la noche el grueso de los asistentes se aglomeró frente al escenario oeste para esperar a la banda, que salió puntual y abrió su repertorio con “Dashboard”. Hacia la mitad de su intervención tocaron “Float On”. Los primeros acordes de la guitarra arrancaron al público un grito jubiloso, y aquellos que no saltaron bailaron, y quienes no bailaron cuando menos cabecearon. Nadie pudo quedarse quieto, y alrededor de ochocientas voces hicieron eco al coro, extáticas. Entonces, al concluir la canción, ocurrió lo inesperado: la gente comenzó a retirarse. La banda no se detuvo —continuó casi de inmediato con “Bukowski”— pero el público se esfumó, veloz, en pos del escenario este, en donde, cuarenta minutos más tarde, se presentaría Public Enemy (¿quién en su sano juicio deja un concierto de Modest Mouse para esperar a Public Enemy?). A nadie pasó desapercibida la mirada que intercambiaron Isaac Brock y Tom Peloso, extrañados de que dos terceras partes de su audiencia dieran la media vuelta para alejarse. Peor aún: durante el resto de las canciones el público se redujo más y más, y hacia el final de su acto tocaban —no miento— para un máximo de cien personas. Brock lucía molesto, y en cuanto terminaron dejó su guitarra y salió del escenario sin decir una palabra, de modo que fue Peloso quien tuvo que despedirse y agradecer a los pocos que tuvieron el genuino interés de escucharlos.

Horas más tarde, cuando el staff ya había empacado sus cosas, la banda solicitó reunirse con los organizadores del festival, y aunque no fueron los únicos que se quejaron de la baja asistencia, sí fueron los que más se hicieron escuchar (a ello contribuyó la personalidad explosiva de Brock).

Modest Mouse
Modest Mouse

El Festival 72810 se extinguió aquella misma noche, pero para Modest Mouse apenas comenzaba la gira por Latinoamérica. Su siguiente parada fue en San José, Costa Rica, y aunque en esa ocasión no formaron parte de un cartel colectivo, Brock aún no superaba lo acontecido en México y estaba malhumorado e insoportable. Cuando salieron a tocar arrancaron de nuevo con “Dashboard”, como indicaba la lista de canciones, sin embargo, tras interpretar otro par de éxitos, Brock se acercó a Jeremiah Green y le pidió que diera la entrada para “Float On”. Esto extrañó al baterista, pues aún debían repasar otra decena de temas antes, pero el vocal, irritado, les gritó a él y al resto de la banda que cerraran la boca e hicieran como les mandaba. No muy convencido, Green contó con sus baquetas, dio unos golpes a los tambores y Brock se incorporó con los primeros acordes de la canción. El público aulló y los siguientes tres minutos y medio fueron una auténtica locura. Al concluir el último coro una ovación inundó el lugar. La banda prosiguió con “Ocean Breathes Salty”, pero hacia la mitad se percataron de que, tal como ocurriera en México, algunas personas ya se marchaban. De nuevo Brock intercambió una mirada con Peloso; poco a poco los asientos se vaciaban y les restaban, cuando menos, otros cincuenta minutos en el escenario. Los completaron, pero fue evidente que terminaron el concierto con mucha menos gente de la que iniciaron y que Brock no estaba para nada contento con ello. En el camerino, abrió una cerveza que arrojó contra la pared tras sólo un par de tragos. Nadie se atrevió a dirigirle la palabra el resto de la noche.

Volaron a Bogotá. Allí, Brock instigó al desorden cuando ordenó tocar “Float On” entre las primeras canciones de la noche una vez más. Dados los últimos acontecimientos, la banda no estuvo muy de acuerdo pero la voluntad del vocal terminó por imponerse; menos de quince minutos después de comenzar el concierto enfrentaron el mismo escenario de las dos presentaciones previas. Al menos la mitad de los asistentes se marchó, y por supuesto que Brock no se guardó la rabieta. Viajaron después a Lima y Peloso hizo cuanto pudo para convencerlo de que reservaran “Float On” para el final de la velada, moción que el resto de los músicos apoyó. Sus palabras, sin embargo, cayeron en oídos sordos y, para horror de todos, aquella noche Brock quiso tocar “Float On” tan pronto pusieron pie en el escenario. El público se regocijó, por supuesto, pero eso no previno el silencioso éxodo hacia afuera del auditorio minutos después.

Para la banda aquello fue demasiado. Después del concierto encararon a Brock cual tripulación amotinada ante el capitán pero al final de la noche prevaleció su cabeza dura: así terminaran cada presentación ante un montón de asientos vacíos, “Float On” se quedaba al inicio del repertorio. La subsecuente discusión fue larga, acalorada y fútil.

Llegaron a Santiago con la moral hecha polvo. Nadie deseaba hablar con Brock y él, a su vez, no tenía interés en dirigirle la palabra a los demás. Pasaron el día cada quién por su cuenta y durante la prueba de sonido, un par de horas antes del concierto, el aire se respiraba tenso. Hacia la hora del evento, el teatro estaba lleno. Peloso asomó por entre las cortinas y no pudo sino lamentar el hecho de que en cuestión de minutos muchas de esas butacas se desocuparían. Brock no dijo una palabra. Poco después de las nueve salieron al escenario y un estruendoso aplauso los recibió, mismo que cobró intensidad cuando los acordes de “Float On” resonaron por los altavoces. Gritos, aullidos y silbidos los recompensaron, y aunque la lista de canciones indicaba que “Dashboard” era la siguiente, Brock los detuvo a todos antes de que comenzaran con ella.

—“Float On” —ordenó.

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Los músicos se miraron entre sí. ¿Habían escuchado todos lo mismo? ¿De verdad les estaba pidiendo que tocaran “Float On” otra vez?

Peloso se acercó a preguntarle si acaso bromeaba, mas no tardó en convencerse de que no era así: sin consultar a nadie, Brock tocó los acordes de “Float On” y a los demás no les quedó sino sumarse. La confusión también corrió entre el público pero pronto se disipó entre una marejada de éxtasis, pues aquella segunda interpretación fue mucho mejor recibida que la primera. Todos bailaron con mayor ímpetu, saltaron más alto y cantaron más fuerte. Sobre el escenario, nadie salvo Brock daba crédito a ello. El ánimo de la banda mejoró y creció de manera exponencial junto con la euforia del público conforme tocaron “Float On” una tercera, cuarta y quinta ocasión. Para todos fue una noche como ninguna otra: interpretaron el mismo tema durante una hora y media frente a un teatro cada vez más emocionado. Nadie se quejó, nadie se aburrió y nadie dejó su lugar. Incluso, cuando Brock y los demás salieron del escenario la gente pedía a gritos que tocaran “Float On” una vez más, y eso fue justo lo que hicieron.

El inusual concierto de Modest Mouse fue muy comentado en los medios: ninguna banda antes que ellos había enloquecido a dos mil personas con casi cien minutos de la misma canción. En opinión de algunos comentaristas, aquello había sentado un precedente importante para actos considerados one-hit wonders, aunque a decir de otros se trató de un acto deplorable y estrafalario, de una burla a la industria y a quienes pagaron un boleto por entrar a escucharlos. Como fuera, la expectativa por las siguientes fechas de la gira, todas ellas en Brasil y Argentina, fue tal que las entradas restantes se agotaron y el precio de reventa se disparó. Modest Mouse, sin embargo, no repitió la hazaña: “Float On” se interpretó una sola vez por noche para beneplácito de quienes deseaban escuchar todo su repertorio y horror de quienes no. Lo cierto fue que nadie en el público dejó su lugar, y los lamentables escenarios de México, Costa Rica, Lima y Perú no se repitieron. Para los chicos fue como si una maldición se hubiese roto.

Las cosas a veces resultan bien.

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Despojo y ciudadanía: Cholula en resistencia

Protesta en Cholula - Imagen Pública
Protesta en Cholula – Imagen Pública

por Grecia Guzmán

En un contexto donde ocurre una tragedia tras otra y la labor mediática se ejerce bajo el compromiso desinformar muy a pesar de los acontecimientos menos atendidos por la sociedad civil, urge la necesidad de hacernos participes del contexto en su conjunto y complejidad. Es decir, se vuelve necesario mirar esas tragedias no como hechos aislados sino como el resultado de múltiples situaciones que se repiten en lugares casi siempre invisibilizados y que ocurren más cerca de lo que estamos dispuestos a notar.

México, y específicamente Puebla, han sido ejemplo vivo de ello. Durante la segunda mitad de este año hemos presenciado una sucesión de hechos violentos que se materializan en el despojo de la vida, de los cuerpos, de la tierra, de la cultura, de los espacios donde la relación comunitaria ocurre y busca sobrevivir en la forma de amenaza para el modelo neoliberal.

Partiendo de lo anterior, me remito a la situación que las Cholulas viven desde mitad de año hasta el día de hoy y apelo a la más reciente consigna formulada por el movimiento ciudadano que ha puesto a trabajar su tiempo en favor de la resistencia:

Cholula no es un pueblo mágico, es una ciudad sagrada

De acuerdo con la Secretaría de Turismo, un Pueblo Mágico es,

“una localidad que tiene atributos simbólicos, leyendas, historia, hechos trascendentes, cotidianidad, en fin, magia que te emanan en cada una de sus manifestaciones socio-culturales, y que significan hoy día una gran oportunidad para el aprovechamiento turístico. El Programa Pueblos Mágicos contribuye a revalorar a un conjunto de poblaciones del país que siempre han estado en el imaginario colectivo de la nación en su conjunto y que representan alternativas frescas y diferentes para los visitantes nacionales y extranjeros.”

Cholula predios

La designación de un pueblo como mágico desde la convocatoria gubernamental descubre su finalidad primera y última de ofrecer esos pueblos en tanto que mercancía turísticamente asequible, destinando los supuestos beneficios hacia aquellos que convocan y definen a un pueblo como simbólico desde sus propios criterios (sin importar si aquellos que convocan son o no son partícipes de las manifestaciones socio-culturales que presumen). Cholula no es eso que las autoridades estatales pretenden, Cholula no quiere serlo.

Cholula, lugar ancestral y sagrado permanentemente habitado desde hace por lo menos 3000 años, sede de la Gran Pirámide cuya base es la más grande del mundo antiguo y en cuya cima se encuentra el templo religioso de la Virgen de los Remedios, ha sido recientemente afectada por los intereses económicos de unas autoridades que no consideran suficiente la magia que emane de los barrios cholutecas, por lo que creen necesario dotarlos de una re-significación en los términos de la modernidad y del progreso, de manera que se vuelva indispensable la inversión privada y la supuesta derrama económica generada por un turismo que Cholula de por sí ya tiene.

Los municipios de San Pedro y San Andrés Cholula se unieron de manera histórica en nombre de la resistencia social desde julio del 2014, cuando se anuncia un decreto expropiatorio que abarca 24 hectáreas aledañas a la pirámide, en donde se pretende la construcción un parque extraoficialmente denominado de las siete culturas o intermunicipal, planeado para una innecesaria dignificación de Cholula. Dicha construcción incluye kiosco, espejos de agua, jardines verticales, espacios comerciales, lago con chinampas, entre otras cosas, y afectaría de manera permanente el patrimonio arqueológico que se encuentra bajo el suelo, así como las tradiciones y el uso público que del espacio han hecho los habitantes de Cholula por generaciones, sin mencionar los daños ambientales que se generarían por la implantación de una losa de concreto de gran tamaño y las construcciones ya mencionadas.

El descontento de los habitantes dio lugar a un proceso de lucha social que dentro del marco de lo legal incluyó movilización y acción ciudadana, amparos colectivos, diálogos con las autoridades, difusión nacional e internacional, pronunciamientos y estudios científicos y académicos, trabajo en conjunto con otras organizaciones sociales, entre otras cosas. Uno de los efectos fue la detención arbitraria e irregular de Andán Xicale, representante legal de los afectados por la expropiación, y su hijo Alejandro Paul Xicale, así como de los hermanos y vecinos sanandreseños Primo y Albino Tlachi, y otras 10 órdenes de aprehensión en contra de algunos integrantes del movimiento (sorprendentemente algunos que ni siquiera se encontraban presentes en el lugar de los supuestos hechos por los que fueron denunciados). Otra de las consecuencias fue la cancelación de las expropiaciones en San Andrés, y declaraciones extraoficiales de parte de las autoridades que anunciaban la cancelación del parque intermunicipal. Sin embargo, el mes pasado salió el concurso para la licitación con no. 921024994-N57-2014 de la construcción de “Obras de mejoramiento urbano, deportivo, de esparcimiento y sustitución de calle, banquetas y andadores en espacios públicos de Cholula” en un perímetro que abarca la misma zona del parque supuestamente cancelado y los mismos planos. Ninguna de las empresas cumplió los requisitos, por lo que las obras planeadas para comenzar el día 27 de noviembre no se han efectuado.

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Las personas que llegan a los municipios de Cholula para vivir, estudiar, trabajar, visitar, conocer, etcétera, y sobre todo la gente que ha habitado y construido los barrios que la conforman desde hace siglos (y que no forman parte de los compromisos económicos del ayuntamiento y del Estado), no se han encontrado interesados en la existencia de un parte temático, y tampoco en visitar un lago con chinampas o en recorrer espejos de agua o unos jardines verticales que significarían el exterminio de los abundantes sembradíos de flores que ya crecen en las faldas del Cerrito de los Remedios. La necesidad de que exista un parque temático para el turista no ha sido del pueblo.

En Cholula, la lucha sigue.