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Terminales

Terminal - Imagen pública
Terminal – Imagen pública

Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Jaime Sabines

por Andrea Alamillo Rivas

La sensación de estar en una estación, la que sea, siempre me ha provocado torbellinos en el estómago. Ya sea que venga o vaya, o esté ahí para recibir a alguien, las terminales me parecen lugares infinitamente tristes. Son sitios de nadie, no son habitados más que por el paso apurado de gente en busca de algún destino; puntos de transición, de despedida, y en algunos casos, de bienvenida. Sin embargo, y gracias a don pesimismo, incluso cuando se recibe a alguien en la central de autobuses, el resultado siempre me sabe a melancolía porque para llegar a un sitio cualquiera, es necesario dejar otro.

He pasado por muchos libros donde la partida de un lugar resulta fundamental para la historia. A veces permanecer en un sitio impide que la trama de la historia siga su rumbo: partir es indispensable. En el momento que Emma Bovary parte hacia el baile, lejos de Tostes, está llena de nerviosismo, expectativas: se maravilla con el camino hacia lo desconocido, hacia la piña que nunca había probado y los perfumes que nunca podría comprar. Cuando termina el baile y Emma vuelve a su casa en Tostes al lado de Carlos -el marido sin magia que nunca le ofrecería bailes y cenas espectaculares-, ya no es la misma. Ha hecho parte de sí fragmentos de aquel lugar al que nunca volverá y que siempre ha de anhelar. El regreso inevitable a casa es desolador.

Terminal - Imagen pública
Terminal – Imagen pública

“No quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar en donde yo esté en mi lugar y las cosas estén en el suyo.” Holly Golightly, Viajera, me susurra, desde la pluma de Capote, un secreto que el alma se negaba a revelarme. No todos los sitios a los que nos aferramos tienen el calor preciso para ser nuestro hogar, y ¿cómo tener la seguridad de que algún sitio lo sea? Hay trenes que deben tomarse. Ni la encantadora mujer de los lentes oscuros parte sin el abismo de pesadumbre escondiéndose tras las gafas y el labial.

Es, quizá, en la imposibilidad de asir un sitio como propio -como sucede con Emma- en lo utópico de pertenecer y buscar pertenencia, que el viajar y desviajar siempre deja un sabor a falta, a vacuidad, a insoportabilidad. O quizá podemos situarnos donde Holly, cerca de esa búsqueda perenne donde la incertidumbre de que el objeto de la búsqueda sea asequible siquiera nos mantenga siempre con las maletas hechas, de viaje en viaje y despedida en despedida.

Terminal - Imagen pública
Terminal – Imagen pública

Tomar un tren, metro, autobús, carreta, barco, avión, burro, alfombra voladora, calabaza, hipogrifo o nave espacial, invariablemente implica abandonar un sitio para trasladarse a otro, decir adiós a personas conocidas -incluso si son conocidas solo por lo cotidiano de sus rostros y no hemos mantenido más contacto con ellas- y, sin importar lo bienaventurado del destino, es inevitable el momento en que la nostalgia se apodere de las entrañas del viajero en algún momento. El ser humano está hecho de recuerdos e incluso los más infelices, se le aparecen de vez en cuando para decirle que hay pasado, que hay algo que fue y no es más, y que nunca más será.

Y vuelvo a esas pobres, desamparadas terminales y puertos de donde todos zarpamos y que nadie nombra con ansia, que nadie extraña y rememora porque no son de nadie ni para nadie, que escurren polvo y orfandad y guardan entre sus muros infaustos todas las despedidas del mundo.

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Dos viajes al pasado: 300, el nacimiento de un imperio y Las aventuras de Peabody y Sherman

por Jessica Tirado

300: rise of an empire - Imagen pública
300: rise of an empire – Imagen pública

Σ300: el nacimiento de un imperio

La película cuenta la historia de Temistokles, el guerrero griego que mató a Darío, rey de Persia, y desató la batalla para defender la libertad de Grecia. El nuevo rey de Persia no está solo, su comandante es una mujer griega llamada Artemisia, que tiene asuntos personales en contra de los griegos; violenta, brutal y despiadada, ella llevará el peso de toda la narración.

Saltando al director Noam Murro, del que no conozco ninguna producción importante e IMDb tampoco, aquí los importantes son los guionistas y no por que su trabajo sea muy bueno. Por un lado tenemos a Zack Snyder, de quien muchos recordarán Sucker Punch de 2011, donde desperdició un buen reparto y sobre todo una historia que parecía prometer mucho, con una narración lenta, aburrida y sin sentido.

Del segundo guionista al mando de esta historia tampoco tengo buenas referencias. Kurt Johnstan escribió en 2012 Act of valor, película con un alto grado de nacionalismo estadounidense que en su historia pobre, no quedaba justificado, y nada entrañable en esa película; algo se dijo de su formato de videojuego, pero al caso es mejor una consola a desperdiciar dinero y vida en el cine.

Las aventuras de Peabody y Sherman - Fotograma
Las aventuras de Peabody y Sherman – Fotograma

ΣLas aventuras de Peabody y Sherman

Un perro súper genio que habla adopta a un niño humano al que enseña historia de la manera más divertida: viajando en el tiempo, directamente con los actores que fueron parte de ella. Sin embargo, Sherman empieza a ir a la escuela y ahí sus conocimientos poco comunes le hará ganar una enemiga. El Sr. Peabody tratará de remediar las diferencias provocadas por los niños pero todo terminará en una complicada confusión temporal.

Dirigida por Rob Minkoff, del que tal vez su producción más famosa sea Reino prohibido (2008), sabe aprovechar muy bien la narración de Craig Wrigth y nos regala imágenes activas, con tiempos suficientes y necesarios que hacen de Las aventuras de Peabody y Sherman una película con un buen ritmo para adultos y niños.

300: rise of an empire - Fotograma
300: rise of an empire – Fotograma

¿Por qué hablar de películas tan diferentes en una sola reseña? Porque las películas fundamentalmente se alimentan de las problemáticas humanas, y de vez en cuando te encuentras con que tratan de lo mismo, incluso comparten planos y épocas. Algunos podrán decir que los efectos de 300 (2006) ya son clichés de las películas con peleas de la antigüedad pero para quien se anime a ver estas dos películas verán que sobrepasa la simple coincidencia de estar al mismo tiempo en cartelera:

1. Las mueres toman el mando de la narración

Mi abuelo, un machista que murió casi a los 100 años, cuando veía una película siempre decía: nada más aparecen las mujeres y echan a perder todo, y es que en las películas que él veía las mujeres provocaban la narración porque eran débiles y el héroe siempre tenía que salvarlas, pero qué pasa ahora, en ambas películas las mujeres son “cabronas”, sí no hay otra palabra para describirlas, tienen iniciativa, son inteligentes, poderosas, un tanto manipuladoras y aparentemente indestructibles, pero aquí nace la pregunta ¿su debilidad al amor y al sentimentalismo se debe al ser escritas por hombres? Lo cierto es que pasan por enojo hacia el héroe masculino, a una batalla épica y finalmente a su sumisión, lo que definitivamente no parece ser un buen “nuevo” formato narrativo, que sigue bajo el yugo de los guionistas.

Relaciones paternas
Relaciones paternas

2. La relación padre hijo

Aunque parece una cuestión más obvia en Las aventuras de Peabody y Sherman, 300: el nacimiento de un imperio también tiene lo suyo en varios niveles. Básicamente, ambas tienen el conflicto muy claro: el padre con poder de acción sobreprotege al hijo que ya esta en edad de explorar sus habilidades en el mundo, pero que se ve atado por las acciones del padre.

El padre pone al hijo en una situación cómoda, donde aprende todo y tiene su primer enfrentamiento con los peligros del mundo, entonces el hijo sale de la zona de confort y, desobedeciendo al padre, lucha en su propia batalla, el padre intenta protegerlo pero se da cuenta que su hijo ya está listo para el mundo y lo acoge como colega.

Artemisia y Penny
Artemisia y Penny

Para terminar, no puedo decir que ambas películas son recomendables porque mucho depende los gustos personales sobre la estética de las películas, pero creo que Sr. Peabody y Sherman es muchísimo más redonda y mejor narrada.

Por cierto, las dos enseñan una verdad universal: nunca, en ninguna época y bajo ninguna circunstancia, hagan enojar a una mujer, porque será una enemiga letal.

Matices

Ardilla - Imagen pública
Ardilla – Imagen pública

por José Luis Dávila

Conozco a Pedro desde hace tiempo. Pero lo conozco mejor como La Ardilla Pilla. Es de esas pocas personas a las que creo que puedo decirle cosas como zorra, perra, puto, imbécil, puedo mandarlo a la verga, y pese a ello, sabrá que todo es sano (y sabroso) desmadre. No es que realmente seamos muy cercanos, sino que existe entendimiento de causa: chingarnos entre nosotros suele ser bastante divertido, además de que a insultos es una de las maneras más honestas de convivir. 

Cuando pienso en ese tipo de familiaridad, pienso tanto en amigos como conocidos, y es que la forma en que interactuamos con los demás a veces no es signo de que tan arraigada está esa persona en nuestra vida, sino de cómo es que nos adaptamos a la forma de ser de aquellos que nos rodean. Para más sencillo, no debería malinterpretarse si uno aplica cierta deferencia con una u otra persona, porque con todos nos comportamos distinto, dependiendo de las circunstancias en las que nos encontremos, pero eso no significa que no estemos siendo nosotros mismos, sólo es que, como en todo, hay matices.

Pero ese no era el punto, creo si debiera hablar sobre ello me llevaría mucho tiempo explicar a detalle cada una de las posibilidades al respecto.

Fiesta - Imagen pública
Fiesta – Imagen pública

Recientemente, La Ardilla cumplió años y no pude ir a su festejo en un bar de la ciudad. Recordé entonces las veces que he estado bebiendo con él y lo que nos ha pasado. Él es todo un personaje, siempre ocurre algo interesante a su alrededor, y con interesante no me refiero a algo notable o digno de contar, lo que quiero decir es que si se sabe prestar atención, las pequeñas cosas que pasan se convierten en grandes cosas para un anecdotario sobre lo común. Gran parte de esa forma de ver los sucesos proviene del sentido del humor que La Ardilla tiene. Agradezco que no sea de esas personas que por todo arman un drama, que se escandalizan con observaciones sarcásticas e irónicas, que piden respeto para sus palabras: el respeto está en tomar las bromas como bromas, lo serio como lo serio, y saber diferenciar entre ambos.

Esa es una de las mejores cosas que he aprendido de él, aunque a decir verdad es la única cosa buena que se puede aprender de él, todo lo demás es un sinfín de improperios que no muchas personas pudieran considerar para nada amables.

La ardilla pilla - Imagen pública
La ardilla pilla – Imagen pública

El punto de escribir sobre La Ardilla es un pretexto para empezar a entender cómo es que veo a los demás, para saber si cada persona que conozco ha aportado algo, y qué ha aportado, a mi desarrollo personal. Un balance de las influencias que los demás tienen sobre nosotros es un buen ejercicio para conocernos mejor nosotros, porque depende de quienes seamos el grado en que valoraremos lo que los otros nos han mostrado de ellos.

Inmovilizados

Necedad - Imagen pública
Necedad – Imagen pública

por Pere Font

Son muchas las gentes que no piensan a partir de la lógica argumental. Toman posiciones en su modo de pensar a partir de razones emotivas o afectivas, pero nunca lo hacen basándose en el realismo que imponen los razonamientos lógicos, sensatos o correctos. O incluso de simple sentido común.

Estas gentes son las que en un momento dado de su vida optaron por unos posicionamientos de especial visión del mundo y su política y que, una vez instalados en ellos, no los descabalga de su demarcación nada ni nadie, pase lo que pase u ocurra lo que ocurra. Son estáticamente pétreos, inamovibles y rígidamente simples. Normalmente son los que llegaron a sus posiciones partiendo de “creencias”, de “conversiones” o de la acción de eficaces apostolados que se ejercieron sobre ellos.

Ya puede intentar alguien aportar argumentos válidos en contra de sus modos desfasados, perjudiciales o simplistas de enfocar la realidad. Será inútil. No le harán caso. Incluso más: se sentirán ofendidos y percibirán como un mal golpe hiriente lo que se les diga en oposición a sus visiones ideológicas no modificables.

Necedad - Imagen pública
Necedad – Imagen pública

Hay razones de carácter psicológico que explican tales actitudes inmovilistas. La principal de ellas sería la del miedo a la reconstrucción de la propia personalidad individual una vez que uno se cree sentirse seguro dentro de lo que hasta el momento han sido lo que lo ha definido. Y está también la pereza. Me refiero a la pereza que supone el volver a empezar para reedificarse un nuevo modo de enfocar los hechos.

Pero también actúan a favor del estaticismo del entramado social en el que está ubicada la persona que no desea perder los vínculos afectivos con respecto a los que, participando de los mismos principios ideológicos, le dan calor y cobijo humano.

Sin duda alguna, tener agilidad para pensar, repensar o reconstruirse sobre los escombros de lo que uno fue no es nada fácil ni cómodo. Sin embargo, es necesario para estar activamente vivo. Y para poseer la flexibilidad imprescindible para ser una persona abierta y sin prejuicios oscuros. Y para estar alejado de estructuras dogmáticas que son siempre un peligro para cualquiera.