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Otro día solitario contigo a mi lado

por Jorge Hernández Reyna

Perdóname, mi amor, estoy en ese momento que el pasado empezó a rasgar mi futuro, donde mis logros y fracasos alcanzaron mi realidad.

Si tuviera la opción de matarla a ella o a ti, yo me mataría; estaría tan dispuesto a romper con la duda, pero no porque no te quiera, sino por el miedo a que dudes de mí, del amor que te tengo. No quiero que pienses todo lo que tengo que decir, todo lo que ya te dije, y lo que te estoy diciendo; ya no quiero, ni puedo, ocultar la verdad escrita en mi piel, la mentira cayendo por mis heridas profundas, no quiero morir ni que tu mueras con dudas de esto.

Café y cigarro - Imagen pública
Café y cigarro – Imagen pública

Ella logró perjudicarme nuevamente con un simple saludo, con su encanto sexual, con sus deseos de verter su piel blanca en mis manos, sus senos sobre mi pecho, su corazón en mi alma, pero no quiero lo viejo, estoy harto de tal; el inicio ya es aburrido: quiero hacer llorar, quiero tomar, fumar, tener sexo sin consideración a la persona con quien estoy; quiero que entiendas, mi amor, te tengo a ti, pero no te quiero irrespetar, a ti no. Quiero olvidar lo que pasó ayer. Después de todo, te amo y no quiero amarte para mañana, quiero amarte para esta noche, y después no volver a ver tu rostro, seguir siendo ese hombre solitario el cual tomará ese café, solo un día más, pero acompañado contigo mi amor.

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¿Y Si…?

MUJER CHATEANDO-IMAGEN PÚBLICA
MUJER CHATEANDO-IMAGEN PÚBLICA

Por María Mañogil

Ayer estuve hablando con una amiga a través de una red social, ya que no vivimos en la misma ciudad y la única forma que tenemos para comunicarnos es ésta. Compartimos experiencias, ideas, pensamientos…y también le pedí su opinión sobre un tema. En varias ocasiones, durante la conversación, me preguntó si la entendía y si se explicaba bien.

Esa es una buena pregunta cuando se habla a través de una pantalla de ordenador. Las palabras no suenan igual precisamente porque no se oyen, tan sólo se ven escritas y eso puede dar lugar a interpretaciones distintas al mensaje que se desea transmitir a través de ellas.

Éste es el problema que surge siempre cuando utilizamos el lenguaje escrito, y no me refiero a cuando leemos un libro, ahí todo es más fácil; el escritor se encarga de adornar su escritura con diversos detalles que nos ayudan a situarnos en el lugar, la época y las circunstancias de la historia que quiere contar. Eso no pasa con los mensajes de texto, ya sean a través de whatsapp o de cualquier otro medio y es que en ellos no utilizamos más que una serie de símbolos o frases cortas, que casualmente suelen ser siempre las mismas en todas las conversaciones, haciendo de nuestro lenguaje un lenguaje frío, impersonal y que más se asemeja a un telegrama que a una conversación en toda regla.

Con el teléfono pasa algo parecido. Escuchamos la voz de la otra persona unas milésimas de segundo después de que haya hablado, un espacio de tiempo imperceptible y que ayuda a alimentar el engaño de la “comunicación sin caras”. La comunicación entre dos personas, la auténtica, no se basa sólo en palabras, también en gestos.

Es verdad que las personas invidentes no disponen del sentido para detectar estos gestos, pero sí poseen otros, más desarrollados que los nuestros, que les hace poder entender, no sólo escuchar. Porque escuchar sin entender no es comunicarse y para poder entender a alguien es necesario saber ver más allá de las palabras que salen de su boca. Mirarse a los ojos, tocarse las manos o cualquier otro gesto que tenga lugar entre dos personas que estén conversando tendrá siempre más significado que todas las palabras que sean capaces de decirse durante el tiempo que dure la conversación. Las palabras engañan, los gestos no. Las palabras se pueden entender mal; un abrazo, una lágrima o una sonrisa en un momento determinado, es capaz de cambiar todo el sentido de una frase pronunciada, desde donde las palabras no son más que el medio para explicar un sentimiento y los sentimientos no siempre son explicables.

Todos estamos hechos de emociones y cada uno de nuestros instantes está guiado por una emoción. Intentar ponerle nombre a esa emoción es algo realmente peligroso porque nadie puede sentirla más que nosotros mismos e intentar explicarla a otros supone aceptar que corremos el riesgo de no ser entendidos. Si lo hacemos a través de un teléfono o (peor aún) a través de un mensaje de texto, nuestras emociones se pueden perder en el trayecto y a la  persona que nos escucha, no le llegarán más que palabras. Palabras que pueden ser ciertas o no.

Si pudiéramos siempre verles la cara a los demás o tocarles o escuchar con precisión el tono de su voz en cada momento cuando nos están hablando, sería mucho más fácil no equivocarnos al interpretar lo que nos dicen.

MUJER FRENTE A COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA
MUJER FRENTE A COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA

Cuando hablamos no estamos conversando. Podemos hablar solos o soltar una palabra como “joder” en un momento de enfado o de sorpresa y no dejará de ser nada más que una expresión, sin embargo, conversar significa mucho más que darle a la lengua y en ello están implicados todos nuestros sentidos, incluso los que no conocemos.

Si pudiéramos escucharnos a nosotros mismos tal y como nos escuchan los demás, nos daríamos cuenta que más de la mitad de lo que decimos no es lo que sentimos en realidad, que la mayoría de palabras que utilizamos sobran y que nos faltan otras que todavía no se han inventado.

Si pudiéramos vernos como nos ve la persona que nos escucha, comprenderíamos el motivo de muchos enfados y podríamos evitar el inicio de muchas discusiones innecesarias. Escuchar o leer lo que nos dice otro no nos asegura que lo estemos entendiendo porque quizás lo que leemos o escuchamos no corresponde a la emoción que quiere mostrar  (u ocultar). Cuando hablamos cara a cara con alguien es más difícil equivocarnos. Mirar a los ojos de la persona con la que conversamos no sólo es un gesto de “buena educación “que demuestra interés, también es una buena manera de decirle que no le vamos a engañar y que puede confiar en nosotros. Es por eso que nunca me ha gustado conversar con alguien mientras oculta su mirada tras unas gafas de sol (a menos que en verdad tenga el sol en frente y le deslumbre), ya que pienso que se está escondiendo o protegiéndose de mí.

Muchas discusiones empiezan en la sombra y mucho más en estos tiempos en los que la tecnología se ha convertido en parte de nuestras vidas. No nos queda más remedio cuando se trata de personas que viven lejos, pero ¿y las que tenemos cerca?, ¿y si en vez de discutir con ellas por teléfono o por whatsapp nos acercáramos hasta su casa y habláramos con ellas de frente, expresando con claridad todo lo que sentimos y explicando el motivo de nuestro enfado mirándoles a los ojos? Estoy segura de que la mayoría de las veces que hiciéramos eso evitaríamos discutir y, en caso de hacerlo, la discusión sería real y nos alejaríamos de esas personas con la certeza de que hemos dicho y oído todo cuanto debíamos sin escondernos.

ROMPIENDO LA COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA
ROMPIENDO LA COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA

Tampoco se trata de ir a buscar a alguien para iniciar una pelea, física o verbal (eso sólo lo hacen los idiotas) y en este caso sí sería mejor hablar por teléfono para evitar conflictos, pero dos personas con la madurez suficiente para comunicarse deberían ser capaces de hacerlo de una manera natural, ¿y qué hay más natural que hablar cara a cara? 

Nos hemos acostumbrado a contarle nuestros cosas más íntimas a un ordenador, a expresar lo que sentimos moviendo los dedos sobre un teclado y nos hemos olvidado un poco de lo que es el contacto visual, el olor, el tacto  y todas esas sensaciones que tenemos al estar cerca de los demás y que nos producen placer, como puede ser una sonrisa, una caricia o un beso.

¿Cuántas veces el gesto de una persona nos ha hecho darnos cuenta de lo equivocados que estábamos con respecto a ella?, ¿a alguien no le ha pasado esto alguna vez?, ¿y si la persona que nos está levantando la voz y que nos empieza a caer mal sin conocerla está a la vez sonriendo y resulta que esa es su manera de hablar? Si no pudiéramos ver esa sonrisa en su rostro pensaríamos que está enfadada con nosotros y quizás no lo esté. Las apariencias engañan y más cuando no queremos ver más que lo que miramos.

Más allá del horizonte que contemplamos a lo lejos hay más mundo; las personas también tienen un horizonte y más allá de él hay más sentimientos, además de los que muestran. Sólo hay que querer verlos.

Si antes de juzgar a alguien por algo que nos ha dicho, analizáramos la situación (su situación) y nos pusiéramos por un momento en su lugar, descubriríamos que no es tan diferente a nosotros y que su manera de actuar no es tan distinta a la nuestra en circunstancias similares. Pero no lo hacemos y eso nos lleva a enfadarnos con los demás, cuando en realidad con quien deberíamos enfadarnos es con nosotros mismos.

El rencor también es otro de los atenuantes que hacen que las relaciones entre las personas  se rompan. La falta de capacidad para perdonar los errores (o lo que nosotros creemos que son errores) de los demás, nos convierte en jueces y verdugos y nos obliga a estancarnos en el pasado, de tal forma que, a veces ni siquiera somos capaces de recordar el motivo por el que empezamos a sentir ese rencor. En la mayoría de casos no será un motivo tan grave como el sufrimiento que causamos y nos causamos al no saber perdonar.

El rencor sólo sirve para alimentar a un monstruo invisible que sólo vive en nuestro interior. Deberíamos tener más memoria cuando se trata de recordar lo bueno que hacen los demás por nosotros, pero por desgracia, esto último lo olvidamos rápido.

¿Cuántas personas habrán pasado por nuestra vida sin dejar rastro porque la primera impresión que tuvimos de ellas no fue la mejor?, ¿y si esas personas tenían mucho que ofrecernos y no les dimos la oportunidad de hacerlo?, ¿y si en el momento en que las conocimos tenían algún problema y no pudimos ver cómo eran en su interior?, ¿y si las personas de las que ahora desconfiamos son las que más se preocupan por nosotros?

CHARLA DE CAFÉ-IMAGEN PÚBLICA
CHARLA DE CAFÉ-IMAGEN PÚBLICA

Yo he aprendido hace poco a hacerme esta pregunta: ¿y si? Hace unos meses me  limitaba a ver lo que mis ojos me enseñaban y a creer en lo que me decían como si el sentido de la vista y el del oído fueran los únicos que poseo, hasta que descubrí que lo que de verdad debo creer es lo que me dicen todos los sentidos a la vez, incluido ese sentido que todos tenemos y que nos hace sentir cosas que nadie es capaz de percibir.

Ahora, cada vez que siento que alguien me ha defraudado o que no está haciendo lo correcto, me hago esa pregunta y siempre encuentro mil respuestas a ella. Es imposible adivinar lo que otros piensan mediante suposiciones, pero tampoco es necesario hacerlo. Se puede imaginar y todo lo que se imagina se puede soñar y todo lo que se sueña puede ser real. Igual de real que una mirada, una sonrisa o un beso.

Cuando algo se siente hay que expresarlo, pero no necesariamente tiene que ser expresado en palabras, ya que las palabras no lo dicen todo. La mejor manera de hacerlo es dejar que todo fluya, sin forzarlo, pero también sin ocultarlo.

Deberíamos empezar a romper las barreras que nos apartan de los demás y eso sólo lo podemos hacer eliminando las palabras que sobran y mirándonos a los ojos. Hablando menos y escuchando más, pero no con los oídos, sino con el corazón. Al fin y al cabo los sentimientos nos salen de algún rincón que desconocemos y todos tenemos rincones sin explorar. Dejemos que los exploren y olvidemos las tonterías y los prejuicios, que esos no nos van a dar la felicidad y la próxima vez que dudemos de alguien, que nos enfademos con alguien o que queramos decirle algo a alguien, si la distancia nos lo permite, que no sea a través de un  ordenador ni de un teléfono, que los cables y el wi-fi no son  buenos consejeros para el amor y la amistad y, aunque es cierto que muchas relaciones nacen de esa manera, también están expuestas a morir del mismo modo.

Quejas semestrales y tazas de café

Regreso a clases (Viñeta Charlie Brown) - Imagen pública
Regreso a clases (Viñeta Charlie Brown) – Imagen pública

por Andrea Alamillo

Algo que me fastidia la existencia es esa segunda semana de clases. Es que paso no sé cuántos días antes del inicio de clases forrando libretas –sí, qué ridícula y ñoña. Pero yo no ando con la Scribe toda despanzurrada a las tres semanas de que iniciamos clases–, viendo que mi estuche tenga todas las plumas que voy a usar, además de las de repuesto para todos los que “chin! No traje pluma, ¿no traerás otra pluma negra? Bueno, del color que sea…”, y me emociono como infante en de día de Reyes la víspera para entrar a clases pensando que finalmente en esta materia veremos tal libro y tal teoría y tal cosa que siempre quise saber. Cuando por fin llega el día tan deseado, obviamente el 80% de los docentes no acudieron, pero bueno, la siguiente semana empezaremos en forma y qué felicidad, tareas por fin.

Y entonces nada, luego de leer una bibliografía y temario enormes de los cuales crees que aprenderás muchísimo y sobre el cual te imaginas profundizando y desarrollando las teorías que nadie antes había podido terminar de comprender… no. Todo consiste en una semi-leída mediocre de un capítulo seleccionado de un texto al cual ni se te introduce, dos tareas que bien podrían ser evitadas y ya está. Diez. Qué listo eres.

Mi indignación cada semestre surge en distintas materias –tampoco quiero decir que no haya tenido clases en las que salgo con ojitos de corazón y emoción desbordada. Este semestre la queja empieza con una materia de cuyo nombre no quiero acordarme donde, luego de intentar mal-dilucidar qué es la cultura y llegar a la obvia conclusión de que la cultura no es como solemos entender antes de empezar a ser humanos pensantes, algo artístico o intelectual o referente al nivel educativo, sino cualquier cosa que rodee al ser humano: básicamente, todo.

Cultura - Imagen pública
Cultura – Imagen pública

Y entonces la tarea: “hacer un reporte de actividad cultural”. ¿En serio? Es que qué fastidio. Con tantas personas que uno se pelea el lugar en la Universidad, algunos con todos esos pleitos familiares por entrar a Filosofía y Letras porque queremos ser el siguiente Octavio Paz, Alejandra Pizarnik, Hemingway, yo qué sé, porque nos apasiona y ni modo, no queremos ser doctores ni abogados ni contadores ni administrar la empresa de papi, no nos gusta y ni modo, a leer con los “hippies argüenderos”. Y para qué. Para que, como en el kínder, te pidan tu reporte del museo. “El domingo fui con mis papis al museo Amparo y está bien bonito. Me gustó la parte prehispánica.” Esa va a ser la introducción a la tesis. Qué mediocridad.

Pero antes de iniciar este semestre hice mi pacto anti-mediocridad y sin importar lo absurda, simple e infantil que resulte una tarea, iba a trabajar en ella como si de eso dependiese permanecer en la carrera o ser echada a vivir bajo un puente, así que escribí un pequeño resumen de todo lo que la palabra “cultura” abarca –el cual omitiré en este espacio– y una crónica de la acción más cotidiana e indispensable de mi día, que les comparto aquí. (Por cierto, se decidió que mejor no entregáramos la tarea y la comentáramos en clase. Lástima que olvidé mi Play-Doh y crayolas en casa. El cuadro hubiera sido perfecto.)

Café - Imagen pública
Café – Imagen pública

∩Jueves, 23 de enero de 2014. 10: 00 a.m.

Sales de clase de 8. Qué mezcla de sentir el estar levantada, arreglada y con el cerebro en funcionamiento a esas horas en las que hace unas semanas apenas empezabas a quejarte entre las sábanas, del inevitable despertar. Corto trayecto a casa, el perro mueve la cola al verte. Avientas mochila, llaves y bufanda al sillón y te sientas en el suelo a hablarle al pobre animal como si fuera algún extraño ser que no tiene capacidad de escuchar sonido alguno si éste no incluye balbuceos y palabras en diminutivo. Luego de lavarte las manos mordisqueadas y llenas de baba, te encaminas a tu lugar preferido: la cocina. Entonces todo sucede: la estufa encendida, platos por todos lados, fruta recién picada y el momento cumbre de las mañanas llega. El congelador se abre expulsando ese vaho helado importado desde el Polo Norte gracias a algún extraño método de los hombres de la ciencia. La bolsita de papel, etiqueta anaranjada, instrucciones pequeñitas, letras cursivas, un ganchito de madera cuidando que la bolsa no se abra y todo el sagrado contenido sea regado sobre las tablas de la cámara de congelación donde permanece el resto del día, y accidentalmente provoque en Alaska una seca lluvia de granos color marrón.

Llenas la jarrita pensando, como cada día, que tal vez 8 tazas sea demasiado, que hagamos menos, 4, quizá 6, total que 8, siempre son 8, el tope. Abres el depósito y vacías el agua. ¿El cable está enchufado? Sí. Ahora lo esencial, lo que da vida y llena el aire para que lo respiremos y ah, la vida, eso es la vida entonces. Vertir en el filtro un poco, ¿así?, no, un poquito más, así, así, eso. Cerrar tapas, oprimir el botón.

Con cariño doblar la bolsita un poco más vacía, asegurar el ganchito, devolverla a Alaska, es decir, al congelador. Segundos después empiezan los sonidos. A veces recuerdo al amigo y gran exagerado que al utilizar su máquina de la bebida ancestral, hacía bromas absurdas con esos sonidos: “alineando satélite, preparados para la misión…”, y la máquina: “krrrr, pchhhst, chhh…” y entonces el goteo y el esperar impaciente.

Luego de minutos que parecen horas, podemos llenar la taza. Leyendas sobre el contenido mágico, hay muchas. Una, por ejemplo, cuenta la historia de un monje que cortó los frutos de un arbusto y los coció. Cuando probó la bebida, la encontró de un sabor terrible, así que arrojó a las llamas los granos sobrantes. Estos, conforme se quemaban, despedían un olor agradable, por lo que tuvo la idea de preparar la bebida con estos granos y el brebaje resultante, amargo, de aroma y sabor placentero producía después de beberlo, un efecto tonificante. Los monjes decidieron adoptarlo para mantenerse despiertos durante sus oraciones. Esta bebida fue introducida a Europa por los árabes y los turcos en el siglo XV.

Y es entonces una vasija llena de luchas la que bebes: importaciones, exportaciones, colonizaciones, imposiciones, tradiciones, disfrutes, costumbres, descubrimientos, moliendas, sembradíos, decisiones -¿por qué decidí tomar esto y no lo otro?- y toda una serie de hibridaciones y culturas besándose y rompiéndose para que esta mañana puedas sentarte a leer mientras tomas una taza de café.

Zaranda (Interior) - Imagen pública
Zaranda (Interior) – Imagen pública

Qué cosa, qué actividad cultural más maravillosa que la de repetir esa escena diaria de preparar un buen café por las mañanas. Y es que sin esa costumbre originada allá, tan lejos, llevada luego a Europa, quizá a España mediante la invasión de los Moros, quizá aquí cuando Hernán Cortés pisó esta tierra donde los frutos y los brebajes eran otros, esa costumbre que ha tenido que ver guerras, gente hambrienta, tradiciones de “pendientes”, paisajes cortazarianos, primeras citas, consumismo, modas y enjuagues bucales para aclarar sonrisas con amarillentas huellas del paso del café por tantos paladares, sin esa costumbre, quién sabe qué sería de mis mañanas y quién sabe si en el mundo exista aroma capaz de reemplazar el de la Palafox y Mendoza a las 11 a.m. cuando en Zaranda se empieza a tostar el café…