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Los yámanas

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Por E. J. Valdés

Graciela Montes es una autora argentina que ha dedicado buena parte de su carrera a la literatura infantil. Ha realizado algunas de las  traducciones más famosas, entre las que destacan Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain y Alicia, de Lewis Carroll. También se ha desempeñado en la docencia y ha analizado con profundidad y detenimiento la literatura dirigida al público infantil. Quizá su trabajo más famoso es El corral de la infancia, que reúne ensayos y ponencias en los que critica la transformación de la narrativa para niños desde que los Grimm y Perrault la hicieron un género viable hasta el siglo XX.

Entre los párrafos del texto “La infancia y los responsables”, la autora nos comparte un relato tan fantástico que se antoja como una de esas anécdotas que Borges publicó en El informe de Brodie, así que no quise dejar pasar la ocasión de extraerlo para compartirlo:

Hace quinientos años hubo un pueblo que vivió en el extremo sur de mi país, en la Tierra del Fuego. Se llamaban a sí mismos yámanas, que significa “hombres”; los antropólogos los llaman “canoeros” porque pasaban gran parte de su vida en sus canoas, yendo y viniendo por los canales del estrecho de Magallanes, y sólo de tanto en tanto acampaban en la orilla y entraban en sociedad con otras familias. Una vida sencilla y esforzada. La mujer era la que remaba y asaba la comida en el fuego que siempre ardía dentro de la canoa; a veces también pescaba. El hombre cazaba lobos marinos y cormoranes, carneaba, fabricaba herramientas y armas; a veces también remaba. Cuando nacía un niño siempre había otra mujer —la madrina— para ayudar en el parto. La madrina se llenaba la boca de agua, esperaba que el agua se entibiase y luego la rociaba sobre el niño. Frotaba despacio el cuerpo nuevo con el agua tibia, lo secaba con musgo y lo envolvía en una piel de zorro suave y muy abrigada. Algunos días después madre y madrina alternarían las duchas de boca con algunos rápidos chapuzones en el mar. El resto del tiempo, pegado al cuerpo de la madre, en brazos o colgado de la espalda, entre pieles, nunca solo, abrigado y bien alimentado, el niño crecía. A los tres o cuatro años ya ocupaba su lugar en el centro de la canoa, jugando con los hermanos, aprendiendo a cazar, a pescar, a remar, a fabricar arpones, y trabajando también, porque era tarea de los chicos achicar el bote con un tarrito. Los adultos yámanas tenían destrezas que enseñarles a sus niños, y también una idea de la vida y de los buenos tratos con los demás hombres. La solidaridad, por ejemplo, era un valor muy alto, y la codicia era muy criticada.

En el siglo XVIII empezaron a aparecer los loberos. Expediciones en busca de pieles que se cotizaban muy bien en Europa. A veces se entretenían en hacer puntería contra los yámanas. Los lobos marinos empezaron a desaparecer de los canales. Y los yámanas también (en 1870 eran no menos de 3000, en 1886 apenas 400). El padre yámana ya no era capaz de conseguir comida para su familia. La canoa ya no era un lugar seguro. Y cuando llegaba el momento del parto tal vez ya no hubiera ninguna madrina cerca. Fue necesario desembarcar y buscar trabajo, como peones, como hacheros. En tierra estaban las misiones evangelistas. A los misioneros les parecían escandalosas las costumbres de los yámanas, que sumergían a los niños en el agua de mar, que comieran tanta carne y tan poca verdura, que se vistieran poco y con pieles. Los obligaron a cambiar la dieta, les dieron ropas de lana. Con los niños era fácil porque cada vez había más huérfanos en la isla. A los yámanas no les sentó el cambio de régimen, se enfermaron de lo que nunca antes se habían enfermado, y las ropas de lana mojadas les daban frío. Languidecieron. Entristecieron. Perdieron el sentido de la vida. Y se extinguieron (y no hubo grupo ecologista alguno que abogara por ellos cuando, en 1940, ya eran sólo 20, y poco después, cero, ninguno).

Una historia que sucede hace varios siglos y que tal vez no venga mal para entender el presente.

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Tálata Rodríguez: El origen de mi trabajo es la distancia

Tálata Rodríguez – Imagen Pública

Por César Bringas

Cuando la conocí no supe al instante quién era. Yo estaba en una lectura de poesía joven a la que había sido invitado con otros amigos, en Guadalajara, en noviembre del año pasado. No tenía mucho que acababa de bajar del escenario y seguía con los nervios a flor de piel. De repente, vi llegar a una chica muy guapa con acento argentino, la boca en forma de corazón y el rostro lleno de pecas que pidió permiso para recitarnos algo, si aún hay tiempo, dijo, y claro que lo había.

Comenzó a recitar de memoria y algo en mí hizo click, por las reminiscencias del alcohol seguía sin ubicarla, pero la misma fuerza de su poesía hizo que todos nos preguntáramos quién era. Tardé un momento más y entonces recordé aquellos vídeos a los que me había hecho adicto hacía un año, porque un chico me pasó el link y yo quedé prendado de esas ráfagas de poesía sin papel y todo de memoria, donde convivían chicas alocadas, con padres que se separan, con hijas que piden abrazos, con amigas que se marchan para siempre, viajes a otros países, en su poesía estaba la vida, su vida.

-¡Es Tálata Rodríguez!- dicen que casi grité, no lo recuerdo.

Lo que sí recuerdo es que cuando acabó todo me acerqué a saludarla, un simple hola y su cálida personalidad fueron suficiente para que habláramos casi como amigos de largo tiempo. Me invitó a subir con ella al escenario en una presentación que tendría en la FIL de Guadalajara, que en 2014 tuvo a Argentina como país invitado, por eso estaba ella en la ciudad y quería conocer la movida. A los pocos días, lleno de nervios, llegué al pabellón donde sería la presentación, al notar mi azoramiento me dijo: lo que hacemos, es una huevada no te pongas nervioso, ni te lo tomes tan en serio, diviértete.

Tálata Rodríguez nació en Bogotá, en 1978. Vive desde 1989 en Buenos Aires. Fue niñera, promotora cultural, quinielera, manager, productora, cocinera y bartender. Ahora es poeta. Su primer libro Primera Línea de Fuego salió con la editorial Tenemos las Máquinas en 2013. En algún momento de aquellos días de conocerla dijo algo como “mi poemas son mis memorias, yo recitó mis memorias dichas de memoria”.

Hace poco accedió a concederme esta entrevista.

Tálata Rodríguez – Imagen Pública

Me gustaría comenzar hablando sobre tu vida ¿cómo fue tu infancia? ¿De dónde son tus padres? ¿Cómo se conocieron?

Me crié en Bogotá en un ambiente muy cultural y universitario. Mis padres eran teatreros, y además, mi madre estudiaba comunicación. Todo con el brillo desgastado de esa época. Esos años en Bogotá viví en La Candelaria, un barrio histórico que va subiendo en la montaña, y en otro lugares, muy variados, todos me calaron hondo. Soy Rodríguez Rodríguez de apellido, tanto madre como padre, pero cada Rodríguez procede de un linaje muy diferente: los Rodríguez de Argentina van a dar con el espíritu celta de Galicia; los Rodríguez colombianos se enmarañan en un torbellino en el que se confunden varias razas y especies: de nuevo españoles, pero también aborígenes. Al día de hoy, me gusta contar esta historia y decir que  finalmente, mis padres, simplemente, se conocieron.

¿Cómo fue el asunto de Los pájaros de la montaña soñadora?

Parte de la movida de la que formaban partes mis padres era una editorial independiente de nueva literatura colombiana: Editorial Árbol de Tinta. Varios autores se confabularon en torno a esa máquina que, a mis cinco años, me parecía un monstruo infernal. Pero: ¡cómo me gustaba el olor a tinta y ver salir las hojas antes blancas llenas de bichitos negros! El asunto es que mi padre me propuso un ejercicio para aprender a leer y a escribir: hacer poemas antes de dormir. Además, me propuso que si aprendía antes de los cinco años, me publicaba un libro para mi cumpleaños. Bueno, ése libro es Los pájaros de la montaña soñadora, que tiene esas poesías y dibujitos. Hace poco noté que Primera Línea de Fuego sigue la misma intención: un libro de poesías y videos.

Cuando llegaste a Argentina ¿qué fue lo que más te sorprendió?

Precisamente, que no hubiera montañas soñadoras. Mi abuela tuvo que organizar un viaje a Tandil (la primera sierra cercana a la capital de Buenos Aires) para que yo dejara de preguntar, mirando el horizonte presa del vértigo horizontal, ¿y dónde están las montañas?

¿Cuándo dejaste la casa familiar?

Mi vida fue y es bastante un tránsito. Además de vivir entre países viví entre casas, habitaciones, pensiones, de todo. Supongo que dejé la casa familiar cuando me fui a vivir sola y me ocupé de pagar todas mis cuentas, eso fue a los 20 años.

¿Cómo comenzaste a escribir, cuál fue el origen de tu trabajo?

Escribí siempre. El origen de mi trabajo es la distancia. Mandar cartas a mis padres o primos, esperar sus respuestas. Después por gusto y obsesión fui perforando las superficies de ese leer y escribir, jugando, encontrando un tiempo único, solitario y rebelde en la lectura: cuando leía, nadie me molestaba ni con quehaceres domésticos ni con abrumadores correcciones políticas sobre mi pelo ondulado. Usaba mucho el diccionario enciclopédico, lo leía cuando no había otra cosa. Era muy obsesiva con mis palabras, al ser inmigrante hablaba un dialecto (aunque en el mismo idioma) y debía pensar bastante lo que decía. De hecho fui recordada durante años en el colegio en el que hice segundo grado, por decir coger (tirar, follar, en argentino) en lugar de agarrar. “decíle a la colombiana que te agarre”, decían. Sin embargo, puedo recordar que el primer poema que hice fue en ese mismo colegio, años más tarde, para una maestra de artes plásticas que se jubilaba y se llamaba Estrella. No me acuerdo el poema, pero cuando lo dije, Estrella lloró.

Tálata Rodríguez – Imagen Pública

¿Quiénes son tus mayores influencias literarias y extraliterarias?

La vida es mi mayor influencia. Mis amigos y todas las personas que voy conociendo en el camino. Específicamente en modos de escritura formato libro, leo compulsivamente ciertos autores Fitzgerald, Yoko Ono, Fogwill, Silvina Ocampo, Marosa DiGiorgio, Gombrowicz, Dalí, Sylvia Plath, Ginsberg. Todo lo que proviene de la editorial argentina Mansalva y de algunos de mis contemporáneos como Lola Arias o Francisco Garamona. Pero soy una lectora esquiva y, muchas veces, me da lo mismo leer que mirar un video de Romain Gavras, de MIA, una peli de Lynch o Dario Argento. También me siento muy influenciada por la meditación trascendental, que es para mí, realmente trascendental. Ahora mismo creo que mis influencias  más activas y vigentes son: Kenneth Goldsmith y Ulises Carrión.

¿Qué tanta importancia le das al ritmo en un poema? ¿Consideras que en la poesía aún juegan un papel importante la oralidad y el ritmo?

Creo que todo poema tiene ritmo y musicalidad. Como productora y grupi trabajé mucho con músicos, a la par, con grandes músicos además y mi sensación respecto a eso es que en la música, la canción es una ropa que, a veces, puede quedarle muy ajustada o demasiado holgada a un texto. Hay músicos que encorcetan las letras, adaptándolas a las necesidades de las melodías y poetas que son músicos y componen melodías alrededor de las palabras.

¿Qué poetas leías más antes y cuáles lees más ahora?

Creo que sigo leyendo, en formato libro, los poetas de siempre Lezama Lima, Vallejo, Lautremont  pero ahora leo mucho twitter, posteos de Facebook y otras variantes de la literatura que prescinden o no se estandarizan, digamos, bajo nombre o pseudónimo. Ahora leo mucho googlepoetico.

¿Qué papel juega la revisión en tu método de escritura? ¿Escribes una sola vez tus poemas o trabajas borrador tras borrador?

Creo que todo texto es un borrador, en ese sentido, creo que aplica la vieja frase de Leonardo DaVinci un poema no se termina nunca, se abandona.

¿Qué es PadrePostal?

PadrePostal es una pieza de literatura basura, una obra de reciclaje literario. Técnicamente PadrePostal es una conferencia performática que realicé para un ciclo llamado “misDocumentos” de la directora argentina Lola Arias y que consiste en la exposición de los archivos que forman parte de la investigación artística o inquietudes de determinados “artistas”, los expedientes secretos x del cada uno de ellos, digamos. En mi caso, para elaborar la conferencia, trabajé con un material muy incómodo: las cartas que mi padre me envío desde distintos lugares del mundo entre mis 11 y mis 22 años, período en el que mantuve con él una relación estrictamente epistolar. Digo material incómodo porque esas cartas, habiendo cumplido en su momento su función comunicativa, eran hojas y hojas amarillas dispuestas en cajas y carpetas con las que yo no sabía bien qué hacer. Gracias a la invitación a participar de este ciclo, dí forma literaria y escénica a esa literatura colateral, residual, ejerciendo sobre ella un proceso de selección, edición y montaje e indagando, como siempre pasa en los procesos artísticos, sobre aspectos muy íntimos y personales de mi relación y visión del mundo.

Alguna vez le preguntaron a Ginsberg por qué escribía de la manera en que lo hacía, a lo que él respondió “porque puedo” ¿Hay mucho más que decir sobre la manera en que los poetas escriben?

No.

Muchas gracias, Tálata.

Se puede encontrar el trabajo de Tátala en:

https://www.youtube.com/user/talatax