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Hablando de mujeres…

Irene Adler, en Sherlock - Imagen pública
Irene Adler, en Sherlock – Imagen pública

por Andrea Rivas

Mirando Sherlock, la serie británica basada en los trabajos de Arthur Conan Doyle, me encontré sumamente contrariada por la adaptación realizada al personaje de La Mujer. La Irene Adler contemporánea refleja, en mi opinión, el estereotipo de mujer perfecta sobre el cual las mujeres nos vemos reflejadas [opacadas].

Inteligente como la de Conan Doyle, sí, misteriosa, aparentemente accesible, con una sonrisa siempre, sensual, ah…, terreno complicado. Irene Adler, la mujer que le hace frente al gran Sherlock Holmes, no puede ser una gordita de mente prodigiosa, no. La mujer que representa el ideal, es una mujer que descubre los secretos de los hombres más poderosos de la tierra quitándose la ropa. Así de fácil la tenemos. La puerta al éxito: naked time.

Lo primero que vino a mi mente fue que, según los tantísimos personajes ficticios, los estándares opinan que una mujer, sin importar su grado de inteligencia, no puede superar a un hombre, ganar la partida, si no es por medio de su cuerpo.

Inicialmente lo taché como algo denigrante, claro. ¿Es el único modo? ¿Importan acaso las horas de estudio, la astucia, la inteligencia superior, si las tetas no son suficientemente grandes y la falda suficientemente corta? Sin embargo, ¿qué vemos aquí? ¿Es el hombre un ser tan primitivo, tan imbécil que para vencerlo sólo es necesario quitarse la ropa? Porque Irene Adler es capaz de conseguir cualquier secreto extra-secreto y ultra-confidencial con su trabajo de dominatriz…

Irene Adler, en Sherlock - Imagen pública
Irene Adler, en Sherlock – Imagen pública

La imagen de la mujer es sumamente controvertida -de más está afirmarlo-, y últimamente he encontrado miles de ejemplos de esto. ¿Han visto en Youtube aquel comercial de toallas sanitarias..? A varios actores se les pide que realicen diversas acciones “como niña”, “corre como niña”, les dicen. E incluso las mujeres responden corriendo de ese modo que ya conocemos, dando saltitos y agitando las manos de manera ridícula. Más tarde un niño admite que decir “como niña” es, definitivamente, un insulto.

La figura de la mujer delicada ha sido mancillada de tal manera que el estereotipo ahora resulta a favor de la mujer “ruda”, independiente, autosuficiente que sabe valerse por sí misma, que piensa, que opina, que no se calla y no se deja, y se muestra siempre detrás de una mirada inteligente y segura. Y de un cuerpo que siga haciéndole el favor a los hombres. Porque esas campañas en contra del bullying a las mujeres imperfectas, esas páginas como Suicide Girls que rezan consignas como “What some people think makes us strange or weird we think is what makes us beautiful” y que podrían hacernos creer que, en verdad está haciéndose real el hecho de romper con los estereotipos de la mujer ideal, en realidad sólo están poniendo nuevos estereotipos: el de la mujer que he mencionado antes, ésa que sabe ser agresiva y que parece autosuficiente, pero que sigue dispuesta y con los brazos -y piernas- abiertos a cualquiera que admire su “verdadera” belleza.

“Me gustan las mujeres fuertes e independientes. Las mujeres que, a pesar de su fortaleza, no pierden nunca su feminidad y no utilizan su belleza como instrumento”, dice Mario Testino, uno de los más importantes fotógrafos de modas.

Por supuesto que a Testino no le gusta que las mujeres usen su belleza como instrumento, porque en ese caso tendríamos miles de casos como el de Irene Adler, mujeres usando su cuerpo para destruir al hombre. -Con las que hay, basta y sobra-. Mejor puede él, Testino, junto con toda la industria de la moda, usar la belleza de las mujeres para continuar con un maravilloso aparato capitalista. Mejor él a ellas, claro.

Belleza, por cierto, contaminada terriblemente por las mismas empresas empeñadas en vendernos, a nosotras, vanidosas, ocho millones de cosas para hacernos más bellas, más delgadas, más atractivas, más… bah. ¿Han visto las fotografías de Jennifer Lawrence sin photoshop? ¿A quién engañan? Es novecientas veces más guapa sin esas costillas inventadas. La cosa es que nos han convencido de ser rudas, y además enseñar las costillas. Suficientemente listas, pero no tanto como para ganarle a Sherlock sin quitarnos la ropa.

Cigarette holder 1961 - Imagen pública
Cigarette holder 1961 – Imagen pública

Podría explorar el tema hasta el fin de los tiempos, quejarme de las injusticias contra la mujer, del abuso de la imagen agresiva que no le va a todas -a algunas les gusta ser rosas y qué le vamos a hacer-, lo absurdo de quejarse sólo del estereotipo femenino y no hablar del masculino, y concluir diciendo que lo importante es ser uno mismo. Pero seamos realistas, a estas alturas del juego, ¿qué es ser uno mismo? Si hubiésemos nacido en 1800, ¿en serio seríamos tan “rudas”? Quién sabe de qué modo nos configura el mundo y hasta dónde nos dejamos configurar. La invitación es la misma de cada semana: reconfigurar lo que nos envuelve. Frente a las imágenes, frente al maquillaje, frente a aquellas playeritas de Jack Daniels que gritan que somos mujeres y también sabemos tomar whiskey -it’s not scotch, it’s not bourbon, it’s Jack- y frente al universo entero que nos dice qué somos, cómo debemos actuar y a dónde debemos ir, tengamos la capacidad de decir sí quiero, me encanta ese esmalte chillón o no, no lo haré, no voy a maquillarme así; pero más allá, mucho más allá, hay un universo de significados que desmembrar y rehacer para asir lo que sea que queramos interpretar como femenino antes de levantar la cara y decir “soy una mujer” o exclamar “no, no quiero serlo, al carajo con esto…

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Resignificar momentos

Viendo el partido - Imagen pública
Viendo el partido – Imagen pública

por Andrea Rivas

Reflexionando un poco en torno a todos los fenómenos que ocurren alrededor del Mundial de fútbol (hay que especificar, por estas fechas suele jugarse también el de Quidditch, cuyos efectos en la sociedad son muy diversos a los ocurridos en los Mundiales muggles), me encontré en la red con varias imágenes de personas frente a pantallas mirando los partidos con títulos como: evasión de la realidad y comentarios afirmando que el país se cae, a causa de personajes como aquellos que miran los partidos sin importar día, hora o lugar. Muchos de los autores de los agresivos comentarios con que me he topado, son personajes que se autoproclaman “pensantes” e “intelectuales”, varios de los mismos, demostrando su superioridad comparten imágenes y frases de libros afirmando así el modo en que ellos cambian al país mientras los otros ven fútbol.

He aquí lo que pienso:

1. No por ver fútbol se evade la realidad. De hecho, el fútbol, nos guste o no, constituye una de las grandes realidades de éste país. Por otro lado, encerrarme en mi casa mientras bebo un exótico té humeante y sostengo entre las manos mi libro favorito, contenta por estar lejos del mundo, bajo ciertas condiciones, puede ser otro modo de evadir a la dichosa realidad.

2. Mientras se esté sentado contemplando un fenómeno, ya sea éste fútbol, quidditch, tennis, o mientras lea Anna Karenina, todos los Diálogos de Platón, las obras completas de Foucault, Mafalda, vaya al cine de arte, al cine comercial, al futbolito, a los bolos y por jochos, la verdad es que el resultado es básicamente el mismo. De muy poco sirve tener la cabeza atiborrada de filósofos y complejísimas novelas y teorías mientras que los “nacos” ven el fútbol, si las acciones que se realizan día a día no cambian en nada la situación de la que tanto nos quejamos.

Viendo el partido - Imagen pública
Viendo el partido – Imagen pública

Una de las cosas que más critica la gente no-futbolera, es que se dejan los trabajos, se interrumpen actividades, y posponemos el cumpleaños de la abuelita para ver los partidos de la Selección. Yo he visto personas perderse una semana de trabajo o clases, por asistir a diplomados, conferencias y demás asuntos intelectuales -sí, yo también soy fan de ellos. Pero son eventos que, seamos honestos, guardados en nuestras libretas y en nuestros rimbombantes trabajitos, sirven tanto como saltarse dos horas de trabajo para ver el partido.

Está claro que no podemos permitir que nuestros cerebros se llenen con basura y se conviertan en un bonito sitio de almacenamiento de aire, pero en verdad ¿ver fútbol hace esto?

Creo que cualquier acontecimiento, el que sea, puede enseñarnos muchísimo y que, criticando y ofendiendo algo que apasiona y, sí, enajena en muchos casos a un porcentaje tan alto de personas de nuestro país, no vamos a cambiar absolutamente nada.

No quisiera que estas palabras fueran mal interpretadas. De ningún modo pretendo descalificar el bello ejercicio intelectual, ¡vaya, si no nos hace falta más! Sin embargo, sí pretendo enfatizar lo poco útil que éste resulta si lo dejamos sentado en nuestras bancas de universidad, de teatros y de sitios culturales y no lo ponemos a transformar el mundo y en específico, éste país del que tanto nos quejamos.

México vs. Croacia - Imagen pública
México vs. Croacia – Imagen pública

En ocasiones anteriores lo he mencionado: hay que ser críticos, siempre, en todo. No hablo ya únicamente de mirar el fútbol con otros ojos. Si no nos gusta, pues no nos gusta y ya está. Hablo de reinterpretar los fenómenos a nuestro alrededor: si somos intelectuales, vale, pero seámoslo en serio. ¿El país está horrible? Sí. ¿Vamos a quejarnos mucho, echarle la culpa al mundial y comprar otro libro el fin de semana? No pretendo reflejar un espíritu positivo enorme -que no poseo- en estas palabras, pero sí contagiar un poquito de coherencia.

A mí tampoco me gusta que la gente sea irresponsable, a mí también me molesta cuando se celebra algún fenómeno que me desagrada y todos hablan de ello y quiera o no termino inmersa en él: quizá por eso escribo. Para dar testimonio de lo que pasa por mi mente cuando me veo envuelta por aquello que me llena y aquello que repudio. Porque algo puede hacerse con todo esto que nos rodea. Porque quizá muchos, contentos con la más reciente victoria de la Selección encuentren el valor para creer más en sus capacidades, y porque quizá alguien, inspirado por alguna película que miró mientras se encontraba solo y huyendo del fútbol, ha descubierto la respuesta a alguna pregunta que siempre se hizo y nuevas puertas se le abren. Siempre podemos ponerle un poquito de nosotros a lo que vemos si nos detenemos a analizarlo un momento. Hagamos conciencia, resignifiquemos esos elementos que aparecen en nuestro camino, hagamos del mundo confuso e irremediable que se nos presenta, otro mundo, nuestro mundo, y hagámoslo allá afuera, donde hacer signifique acción y no sólo reflexión.

Su majestad, La Corona Imaginaria

Maleficent - Imagen pública
Maleficent – Imagen pública

por Andrea Rivas

People who claim that they’re evil are usually no worse than the rest of us…

It’s people who claim that they’re good,

or any way better than the rest of us, that you have to be wary of.

Wicked, Gregory Maguire

El hombre, no es necesario dar grandes explicaciones al respecto, busca siempre conquistar todo aquello con lo que se encuentra: territorio, ideas, objetos, palabras, personas, flora y fauna.

No creo descubrir el hilo negro al decir que el ser humano es un animal más bien débil que ha encontrado el modo de supervivencia haciendo uso de sus capacidades mentales, creando así sistemas, modos de vida complejos y rebuscados, normas -cuestionables en muchos casos- y embrollos, grupos, políticas, que, a mi parecer, más que crear medios ideales para la permanencia de su especie, configuran una pelea permanente entre todos los grupos de la humanidad.

El poder es una cosa fascinante. Dice Voldemort que “no hay bien ni mal, sino poder… y aquellos demasiado débiles para buscarlo.” Tengo que discernir. Muchas veces me parece que quienes están en el poder -político- son los asnos más grandes de la Tierra, sí. Sólo a ellos les interesaría seguir la línea de bazofias dejada por sus antecesores asnos. Y esto no me parece acción de alguien más fuerte ni mucho menos. En realidad creo que el poder es algo mucho más complejo que admite muchos factores más allá de la debilidad o fortaleza -de cualquier tipo- que posea un sujeto.

Voldemort - Imagen pública
Voldemort – Imagen pública

La semana pasada fui a ver Maleficent, de la cual aconsejo quedarse con el trailer, la personificación de Angelina Jolie y el siguiente diálogo:

-All the other fairies fly, why don’t you? -pregunta la princesa Aurora.

-I had wings once, they were strong. But they were stolen from me. There is evil in this world.

Esto: el ser humano es un personaje que se siente eternamente amenazado. ¿Por qué atacar a los más fuertes, si estos lo único que hacen es existir? Es quizá la supervivencia del más apto que hace a los más débiles atacar a los potencialmente fuertes hasta dejarlos hundidos.

Me preguntaba por qué diablos todo esa mafia que decide quién será nuestro próximo presidente habrá decidido poner la cara de Enrique Peña Nieto para representar a todo un país. Es decir, no es un secreto que sean unos hijos de la chingada, ¿lo es? ¿Para qué, entonces, intentar disfrazarlo con un muñeco de exhibición que, más que malvado, parece haber olvidado el cerebro en la peluca anterior? Y mi respuesta es esta: para que nos sintamos seguros. Para que digamos, “ah, es un imbécil.” Y no: “¡ah, un tirano, mira esa cara de maldad!” No tiene sentido que nos asusten. Mejor así, tranquilos, justificando reformas, desgracias e incompetencias con estupidez; “¿qué esperábamos?, miren su cara de estúpido.” Y es que yo dudo mucho, muchísimo, que sea al azar, así como dudo que Peña Nieto sea el presidente. Son imágenes que nos imponen ideas.

Enrique Peña Nieto - Imagen pública
Enrique Peña Nieto – Imagen pública

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, dice el tío Ben. Ojalá los presidentes de todas las naciones se hubieran tomado el tiempo de ver Spiderman. Sin embargo, la realidad es que aunque un gran poder debería conllevar una gran responsabilidad, los que adquieren posiciones de poder, tienen, en muchos casos, más el poder de destruir a los otros que de ser realmente capaces de cargar con el poder y por tanto, con la responsabilidad.

¿Por qué en Maleficent le cortan las alas a un hada cuyo poder no era usado para lastimar a nadie, sino para proteger a los suyos, para volar? Porque no puede permitirse que seres con ese poder ronden por el mundo que se planea conquistar, porque no importa si los talentos de los otros nos dañan, son potencialmente una amenaza para todos aquellos que, quién sabe por qué, anhelan el poder.

Tío Ben - Imagen pública
Tío Ben – Imagen pública

Es común ver al más listo del salón estando solo, con pocos amigos. Es común ver que a una chica bonita se le llame zorra por otras chicas sin razón aparente. Es bastante cotidiano escuchar los murmullos en torno al éxito de los compañeros; y no hablo de películas de bullys gringos sino de lo que se vive día tras día en las escuelas, los trabajos, las calles… Muchos optan por esconder sus cualidades. Mejor que no nos corten las alas. Mejor poner cara de no saber nada, como Peña Nieto, y no hablar de los logros, y no responder en clase, y no hablar de los aumentos en el trabajo, y no contarle a nadie que ganamos un concurso: mejor dejar para nosotros lo que es de nosotros, no sea que algún entusiasta se sienta atacado.

Y es que creo que aquellos que se saben seguros en lo que son y en lo que quieren, son quienes no contemplan la idea de atacar al otro, de quitarle lo que no necesitan, de tomar un lugar que no es suyo. Son aquellos que se sienten inferiores quienes rondan hablando de su superioridad, cortando alas y robando territorios: son aquellos que en el alma no albergan nada, quienes, en lo material, lo queman todo para verse en lo alto sosteniendo una de las tantas coronas imaginarias creadas por el hombre…

Bramido hiperbólico

Fútbol - Imagen pública
Fútbol – Imagen pública

por Andrea Rivas

Entrados en el Mundial 2014 me parece poquísimo oportuno hablar de fútbol. Fútbol en la sopa, fútbol de desayunar, comer y cenar, fútbol para los amantes del soccer, fútbol para los que lo odian, fútbol para los comunistas, los hipsters y aquellos a quienes no les importa. Y sin embargo, ver fútbol me parece entretenidísimo por muchas razones. Una de ellas es que no importa si no entiendo un pepino de lo que está ocurriendo: es el ruido. El sonido estruendoso de la afición en el estadio, la euforia de los comentaristas -¡con qué perspicacia, con qué emoción narran hasta el más aburrido de los partidos!: ¡esto es guerra, señoras y señores, aquí se juega la vida, estos son nuestros guerreros..!

El balompié se convierte en una batalla campal, en una pelea de vida o muerte, en el futuro de todos nosotros; Christian Martinoli y Luis García vuelven un partido en la lucha que decide el destino de los vivos. Y en esta ocasión, no soy yo la hiperbólica, son ellos los autores de frases como: ¡Oribe, el nuevo padre del país, el hombre, Oribe para presidente de la ONU! Y qué ingenio, qué lucidez -o demencia- es aquella con la que escupen ocurrencias como la de ver a un jugador transformando en escorpión invertido con cucaracha y serpiente…

Luis García y Christian Martinolli - Imagen pública
Luis García y Christian Martinoli – Imagen pública

Imagino a estos tipos siendo comentaristas de mi vida. La tensión durante todos los angustiosos días en los que escribía aquel ensayo de Realismo y Romanticismo, el grito repitiendo mi nombre con cada página aprobada por el profesor: Andrea, Andrea, Andreeeaaaa; y luego el diez, diez, dieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeez, dieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeez, dieeeeeeeeeeeeeeeeez de Andreaaaa, la mujer, presidente de las letras, Andrea para directora de la RAE, Andrea Nobel de Literatuuuraa…

O ese espantoso poema que, en su momento, me pareció soberbio: no, bueeeno, ¡qué vergoña, doctor, vergoña absoluta! Vea usted, entiendo que en secundaria se vale, pero ¡poooor favor, Riiivas!

La columna de esta semana no es, sin embargo, campaña futbolística ni mucho menos. Es una invitación reiterada a la poesía. Poesía con tendencias hiperbólicas y enajenadas. La poesía que está, sin duda alguna, en todos lados. Y no es necesario tener título de poeta para encontrarla, está ahí, donde una voz se desgarra como si el alma se le fuese en ello, está ahí donde el espíritu se remueve y sacude el espacio con aullidos que, mientras resuenan, nos hacen saber que esto es la vida, que en este preciso momento, esto somos, a esto sabemos.

Luis García y Christian Martinolli - Imagen pública
Luis García y Christian Martinoli – Imagen pública

Miserables, a carcajadas, sobresaltados, entregados, desquiciados, maravillados y terriblemente decepcionados: así la vida. Así recordarnos en el día a día, escuchando a la afición, a la voz que nos sacude mientras hacemos un giro inesperado al preparar el desayuno ¡maaantequilla, señores! y luego el mordisco, el goce en el platillo servido magistralmente ¡pero por deus, qué forma de freír los huevos..!, dibujar sublimes lo cotidiano, alcanzar la cima, ¡le cordon blue para el pozole de esta señora, qué manera de cocinar!, caer, caer abajo y más abajo con la calaña y el bodrio, ah, no, bueno, parece tarántula chamuscada, ¿qué intenta hacer?; y al final del día saber que, ya sin pena ni gloria, cada segundo fue una imagen, un instante perpetuo, un bramido insuperablemente total.

Luis García y Christian Martinoli, nunca se mueran…

Posibilidades de vivir

Identidad - Imagen pública
Identidad – Imagen pública

por Andrea Rivas

“Imposible la plena comunicación humana.

Los otros, siempre nos aceptan mutilados,

jamás con la totalidad de nuestros vicios y virtudes.”

Alejandra Pizarnik

Vivimos, sin duda, en un mundo egoísta.

De un modo u otro se nos ha formado para vivir en universo que se encarga de convencernos de nuestro valor como individuos. Somos lo primero, somos lo único. A mi parecer, nos hallamos todos inmersos en una paradoja. Porque nos desenvolvemos en una sociedad para la cual tenemos que ser productivos y útiles, la cual, además, dicta modos de comportarnos y de pensar y de hablar y de vestir. Y sin embargo nos dice: tú eres más importante que nadie, tú tienes que sobresalir, tú tienes que estar bien. Tú, primero tú y luego tú.

Sí, tú. Pero tú dentro de los límites de esta sociedad. Es decir, sé tú, sé lo que quieras ser, pero no vayas a olvidarte de depilar esas axilas porque qué asco nos das. Y lucha por lo que quieres siempre, que nadie te diga qué hacer y cómo hacerlo, pero por favor, vístete bien, pareces pordiosero; además, yo no te recomendaría esa carrera, morirás de hambre, pero como quieras, si te hace feliz…

Por un lado, sabes que eres parte de ellos; del sistema con sus pros y sus contras, hay que cumplir con los lineamientos: no se puede salir.

Por otro, lado, algo más existe, ese algo que tiene esencia, que tiene energía y fluye y se mueve y nos hace y deshace: somos más que constructos sociales. ¿Pero cómo volver a ello, al origen de nuestro ser? Imagino ir a vivir a una montaña y aún así, en la compañía del bosque y el silencio, en la ausencia de estándares y expectativas, sería un ser que fue educado en sociedad, no hay vuelta atrás, no se puede borrar el estigma. No es posible arrancarnos todo lo aprendido, los prejuicios, la lengua que hablamos, las manías… Siempre sabríamos quiénes somos, de dónde venimos. Sabríamos de qué huimos y entonces no se puede terminar de huir.

Colectivismo - Imagen pública
Colectivismo – Imagen pública

Dentro de una agrupación social, siempre existe algún modo de intentar comunicarse, una lengua común, una jerga adoptada por todos los miembros. Y es que el hombre, ya sabemos, tiene la capacidad y necesidad de decirle algo a alguien. La compulsión de hablar, de expresar de una u otra manera. Sin embargo, qué difícil es comunicar cuando es imposible separarnos del ‘yo’ que llevamos en las arterias, cuando nuestras palabras están cargadas de prejuicios -porque es inevitable- de significados aislados, de imágenes y sonidos individuales; qué complejo exponer una idea cuando frente a nosotros se haya otro que tiene también un ‘yo’ con sus significados y sus delirios que ya tiene que opinar, que contrariar, que discernir…

Sí, vivimos en un mundo egoísta. La comunicación, en la mayoría de los casos, está ahí para que hablemos en voz alta con nosotros mismos sosteniendo la ilusión de que, de alguna manera, al otro le interesa todo el balbuceo que le soltamos, que en la mente del otro se ha grabado nuestro discurso haciéndonos menos efímeros. Y, en el mejor de los casos, cuando el otro maravilloso producto de esta sociedad está interesado en lo que tengamos que decir, seguramente tendrá ochocientos argumentos que escupir antes de que se nos ocurra siquiera introducir a la hipótesis de nuestro absurdo discurso.

Y repito, ¿cómo volver a ese hacer y deshacer, a ese origen, fluir, ser..? Cómo olvidarse del ‘pero…’ a medio discurso, cómo borrarse del otro ignorando nuestro dedo señalándole las estrellas, cómo expresar, porque esa energía revuelta en las entrañas nos dice que hay algo que proyectar hacia el infinito…

Pagina en blanco - Imagen pública
Pagina en blanco – Imagen pública

Escribir.

Escribo porque el único modo de no ser interrumpido es terminar el discurso antes de que el receptor sepa siquiera que hemos empezado. Tomarse el tiempo para sembrar una idea y verla fluir. Escribo porque, como dice Murakami, “soy de ese tipo de personas que no acaban de comprender las cosas hasta que las pone por escrito…”, porque un papel deshabitado es el único mundo en el que la amenaza del silencio obligado se desvanece, donde el vacío no nos halla desahuciados, porque el más grande regalo de ese artilugio infame llamado “sociedad” son las palabras. Porque dice Alejandra, “¿Posibilidades de vivir? Sí, hay una. Es una hoja en blanco, es despeñarme sobre el papel, es salir fuera de mí misma y viajar en una hoja en blanco.”

Y el arte; sí. No olvidemos nunca al arte.

Yo no soy un premio que hay que ganar

Princesas - Imagen pública
Princesas – Imagen pública

por Andrea Rivas

Cuando era niña construyeron el segundo piso de la casa donde vivía. Al subir a conocer mi nueva recámara, me encontré con que era la más cercana a la puerta que daba a un balcón. Salí a asomarme y mi mamá, emocionada por las mejoras a nuestra casa, me dijo algo como: imagínate, cuando seas grande, algún galán va a traerte serenata para que te asomes desde tu balcón de princesa. Y yo lo imaginé todo.

Luego de ver Aladdin cinco billones de veces y escuchar a la princesa Jasmine decir, indignada “yo no soy un premio que hay que ganar!” y recordar los constantes “esta niña está bien bonita, va a tener un chorro de galanes” me vienen algunas ideas a la cabeza.
La primera: la idea de que tantas niñas crezcan pensando en tener “un chorro” de galanes no me parece la más sana del mundo. Y es que, por un lado, ¿qué somos? ¿la carnada, el hueso que hay que perseguir? y como Jasmine, ¿el premio que hay que ganar? El supuesto ideal de tener a toda una manada de chicos mu-rién-do-se por ti, deseando besar el suelo que pisas y dispuestos a matar dragones y atravesar la galaxia para encontrarse con tu maravillosa presencia, implican que: necesitas tener una presencia maravillosa. Verte como princesa de Disney, comportarte como dama, tener la mente de un genio, además humor, seguramente habilidades gastronómicas; o más cercanos a estas épocas: habilidades con el control del Xbox, conocimientos en campos de zombies y “cosas de chico”, capacidad de parecer sexy en cualquier tipo de ropa, no hablar demasiado de “cosas de mujeres” pero ser suficientemente femenina, blah, blah. Porque ser una misma, no es suficiente. Nunca. No podemos ser carnada eficiente si no cumplimos los requisitos del depredador.

Jasmine - Imagen pública
Jasmine – Imagen pública

La segunda: Ojalá cuando se le dice a una niña que va a tener una lluvia de pretendientes alguien le avisara que más que un presagio alegre sobre un futuro posible, es una advertencia. Y de esta idea surgen dos ideas más: por un lado, mi dramatismo me permite afirmar que es sinceramente terrible la idea siquiera, de tener “un chorro de galanes” a los cuales decir: “perdón, pero es que ahorita estoy concentrada en mi carrera”, “te quiero, pero como amigos”, “es que acabo de salir de una relación muy larga y quiero tiempo para mí…” y demás maravillosas palabras que, en el 90% de los casos, significan simplemente: NO. Y lo terrible no es decirle que no a lo que no se quiere, sino que “eso” a lo que decimos “no” son personas, humanos. Algunos de ellos quizá sufran una verdadera desilusión. Algunos, quizá, en verdad lo sientan en el alma… Pensarlo es suficiente para querer salir a las calles vestida como pordiosera para no ser la causa del corazón roto de nadie… (aunque pensándolo así, ¿qué sería de la poesía sin el “no” y la friendzone y…? En fin).

Vaya, es que la situación se plantea como:

-Eres tan maravillosa que voy a ponerte todos los tipos de dulces en una vitrina. Todos mueren porque te los comas y todos son gratis. Puedes elegir uno y solo uno. Ahí están, mijita, felicidades.

-Oye, tía, elegí estos Totis, pero la Tutsi Pop está llorando, no quiero que llore, ¿por qué está triste?

-Déjala, hija, que llore. Que sufra, tú estás guapísima y estás para que te rueguen, no para preocuparte por la Tutsi Pop. Que se comporte como caramelo macizo, parece chicloso…

Y por otro lado -y hablo sólo de los extremos- hay mujeres cuyo ego es alimentado fastuosamente y que reciben, encantadísimas, las miradas y corazones de cualquiera que las contemple, así, sin dar nada, sin preguntarse nada. Qué bonita soy, sufre. El problema habla solito.

Princesas - Imagen pública
Princesas – Imagen pública

Pero es que ¿de dónde salió semejante idea? Me parece un problema real. Vivimos en una sociedad complicada y es posible que ninguno de los adultos que miran a una pequeña coqueta, inteligente, de cabello bonito o carácter risueño y le afirman: “cuando crezcas se van a pelear por ti”, esté consciente de todo el peso que está depositando sobre los hombros de esta pre-mujer. Es posible que no se percate de que la está cosificando, al igual que al otro y a todos los que, aparentemente, están destinados a pelearse el corazón -o nalgas, o atención, o favor- de la niña que, en vez de imaginarse siendo el centro de la mirada de los futuros galanes, debería saltar en el lodo y no sé, ser una niña y preocuparse por elegir entre un Carlos V y un Lucas, lejos de las luchas de ego, los ideales de princesas y la búsqueda de toda esa innecesaria atención.

Podría escribir cosas así hasta el infinito, sin embargo la idea es esta: las mujeres no somos un premio que hay que ganar; los pretendientes no son elementos estáticos en una vitrina. Y a las niñas, ¿qué..? Dejemos ser. Esas ideas para las novelas, esto aquí, somos personas, esto que se mueve, es un corazón…

Bloqueo - Imagen pública
Bloqueo – Imagen pública

por Andrea Rivas

Déjeme empezar, querido lector, ofreciéndole mis más sinceras disculpas por el abismo que hallará en el sitio donde debería encontrar mi columna esta semana. Y no crea que no pensé en usted, que jueves tras jueves me lee y con su pupila hace vida de mis letras, no crea que no me abruma sobremanera dejarle únicamente la somera explicación, justificación del porqué de la ausencia que acongoja a este espacio.

Disponía yo, como cada martes, el espacio preciso: noche, silencio, vainilla, taza caliente, ventana abierta; sin embargo no es fácil, permítame afirmar, iniciar la escritura cuando no se poseen ideas claras. Fue, posiblemente, el calor enajenante que me obligó a acercarme demasiado a la ventana, el que provocó la fuga de mis ideas porque para cuando dispuse mis manos a la primera letra, éstas se negaron rotundamente a cumplir su tarea. Y así empezó la odisea.

Buscando encontrarme con la calma, tomé un poco de agua y dejé que mi mente viajara en la oscuridad. Lo único que encontró fue una somnolencia terrible que me dejó en el más cruel letargo. Desesperada, acudí a la conversación cotidiana, al hola como estás que en tantas ocasiones ha traído el descontrol y la vida. Así fue como me encontré con J, quien, amabilísimo como siempre ha sido, no dudó un instante en ofrecerme su ayuda. Sin embargo cómo, me dije, cómo podría un externo dotarme de las ideas, las palabras que hace un momento habitaban mi mente y eran parte de mi configuración y capacidad letrística y de pronto, ¡puff! idas. Enojada, le expresé mi indignación y de inmediato me ofreció calmar la furia con el más oportuno aliciente que se le puede dar a uno cuando se encuentra fastidiado. Sonriente acepté su propuesta y le envié la lista.

Bloqueo - Imagen pública
Bloqueo – Imagen pública

Cómo es que J entendió de manera tan literal la somnolienta guasa, es un misterio para mí. Lo único que tengo seguro es que minutos después de nuestra conversación, ya se encontraba frente a la casa del primero en la lista, preparado para arder. Afortunadamente, tuve el tino para llamarlo justo en el momento en que cruzaba la acera y confundido, me aseguró que para él no representaba el menor problema. Necesitas tener la mente limpia para escribir, me dijo, puedo eliminar a los inoportunos. Luego de agradecerle infinitamente, le prometí comunicarle cuando fuese necesario llevar a cabo la tarea y le pedí que, mientras tanto, no hubiese heridos.

La noche estaba ya muy avanzada y mi página seguía en blanco. Yo pasaba de pensar en la fortuna que había tenido al detener a J y lo cansado que sería bajar a preparar otro té, además de todos los riesgos que implican las cocinas oscuras durante la madrugada. Pocas cosas son tan terroríficas como la idea de una solitaria estufa con todos sus utensilios en los mueblecillos contiguos y una luna plateada filtrándose por la ventana del patio trasero.

Para nadie será una sorpresa leer del mal humor que me causó el hambre mezclada con el calor y el reciente casi homicidio. Luego de registrar cada uno de mis cajones en busca de ideas que barrieran lejos mi ogresco genio, porque debe saber, lector siempre apreciado, que en ningún momento dejé de pensar en lo que habría de escribirle, me encontré con un vacío absoluto. Los objetos estaban dispuestos con tal absurdo que sería imposible hallar algo que no fuesen las ganas de tirarse a un acantilado a esperar que el próximo ciclón le diese coherencia a aquello.

Vacié cada uno de los cajones y repisas, tomé una gran bolsa de basura y deposité todos los utensilios del escritorio en el suelo: esperar al ciclón tomaría muchísimo más tiempo del que disponía para recobrar el orden necesario. Justo en el momento en que abría la primera carpeta a clasificar, sonó el teléfono con una estrépito muy poco indicado para aquellas lamentables horas. La voz sonó lejana y animada. Sólo a A se le ocurriría querer charlar a las tantas de la madrugada sin más motivo que charlar. Con una terrible imitación de mi más alegre voz, conversé un par de minutos para finalmente, terminar fastidiando a mi interlocutor con la más triste historia de mi vida pasada. Colgamos con el amargo sabor de las palabras fallidas.

Bloqueo - Imagen pública
Bloqueo – Imagen pública

La tristeza le fue sumada al desorden, los cajones regados, el estómago vacío, las manos polvosas, el casihomocidio, y mis ideas revoloteando fuera de la ventana, burlonas. Miré el reloj: amanecía. Con toda la exasperación colgándome de los dedos, me di cuenta del penoso estado de mi esmalte de uñas. Suspirando me prometí conseguir un algodón bañado de químicos de olores endemoniados para mejorar la condición de mis manos en cuanto terminase la columna. Si tan solo hubiese escrito algo ya…

Mi alma, desesperada y fatal, anocheció de golpe. Faltaban solo 10 minutos para la hora de entrega. Y aquí estamos, queridísimo lector, sin palabras para esta semana y con la inmensa pena de haber dejado este espacio que es de sus ojos, vacío. Quiero decirle, sin embargo, que en cuanto esta disculpa sea enviada, tomaré cada uno de los objetos torpes y lo refundiré para siempre en el interior de la bolsa negra, llamaré a J y le pediré que cumpla con la lista, pintaré mis uñas de un color más apropiado, reiniciaré el ritual del incienso y la taza caliente y no habrá entonces, estoy segura, factor alguno que entorpezca el proceso de las palabras. Sin embargo, sería, quizá, más apropiado, empezar por salir a buscar la idea que perdí al inicio de esta misma tarde cuando me disponía yo, como cada martes, en el espacio preciso…

Prolegómeno al tapiz de un vestido

Cathcing Fire - Fotograma
Cathcing Fire – Fotograma

por Andrea Rivas

Fashion is a form of ugliness so intolerable that we have to alter it every six months.
Oscar Wilde

Por la tarde miraba, por fin, Catching Fire (En Llamas) y mientras el vestido de novia de Katniss se incendiaba frente a los ojos de todo Panem, recordé todos los momentos del libro en que se enfatiza el interés de Cinna -el modista que podríamos jurar es interpretado por Lenny Kravitz en la versión fílmica- por crear el atuendo perfecto para Katniss y Peeta en cada aparición pública. Y es que más allá de ‘verse bien’, el vestuario, tocados y maquillaje pretendían crear impresiones, símbolos, comunicar algo.

La moda, situación delicada y espantosa, de pronto me parece, al ver estas imágenes, sumamente importante. La moda va de la mano con los cambios culturales, esto está claro. El brassiere, por ejemplo, ha caminado junto con el pudor, los estereotipos, la liberación e incluso, el fetichismo. Así el resto de prendas y accesorios que nacen con el paso del tiempo, y un par de ideas me surgen con esto.

Por un lado, la moda es una forma de expresión, sí, pero no elegida por los usuarios. Está claro: cuando salieron esos leggins de estampado floreado y faldas -¿recicladas?- hechas con el tapiz de los sillones de mi abuelita, eran no pocos los que criticaban(ábamos) y burlaban semejante tendencia. Al poco tiempo, mujeres de todos lados portaban orgullosas el vestidito floreado y un par de botitas con colores a juego. De este modo la expresividad personal está regulada por los estándares que sabrá dios qué modista -o quien esté atrás del mismo- ha dictado. Y es realmente difícil salir del juego.

Moda - Imagen pública
Moda – Imagen pública

Por otro lado, recuerdo que cuando era niña, rechazábamos la moda de nuestros padres y cualquier cosa que aludiera a ellos parecía antiquísimo y terrible -quizá sea sólo yo y en ese caso, omitan el siguiente planteamiento. Sin embargo, y de algún modo, ahora lo vintage se encuentra en la onda más groovy del universo. Me parece encontrar un grado extraño de reticencia al futuro, algún inexplicable miedo a encontrarnos con lo inevitablemente insoportable del mundo que hemos creado y, pese a ello, miro también cómo es una reticencia absurda de moda con apariencia vieja fotografiada con un iphone 2000.

La mezcla me abruma. ¿Cuál es el mensaje? Claramente no somos Katniss renaciendo como maravillosas aves esperanzadoras debajo de un vestido de bodas producto del miedo y la opresión de “los de arriba”. ¿Qué diablos hacemos cuando vestimos como vestimos? ¿Qué queremos decir con esos colores inquietantemente vivos y las faldas y las botas y..? O ¿qué quieren ellos que comuniquemos con todo esto?

Quizá el ejemplo de Catching Fire es demasiado visual, demasiado obvio… pero no es más que una exageración de la misma sociedad amplificada y resulta equivalente para la cantidad de drama y show de una sociedad que en vez de poner a los jóvenes a pelear por sobrevivir en puestos y estatus en las escuelas, los pone en una arena a pelear por sobrevivir en… ¿la vida? Cada elemento del vestuario de Katniss es revisado cuidadosamente por Cinna, cada símbolo, cada elemento significa y representa; vivimos en sociedad, en un mundo de significados. Quizá tengamos ganas de revisar con más cuidado los significados que cargamos sobre los cuerpos y que nos re-hacen frente a los demás.

Cathcing Fire - Póster
Cathcing Fire – Póster

Y qué terrible, terrible frase acabo de hacer. “Frente a los demás”. “Vestirse para los demás”. No. No, quizá no, pero la moda sí es hecha por “los demás” y -quisiera saber…- tenemos que vestirla de un modo u otro: ceñirnos a ella, modificarla a nuestro gusto, negarla, deformarla; da igual, ella está ahí, configurando algún significado, algo que, quién sabe por qué, quieren que portemos.

Finalmente sólo pregunto: ¿estamos, somos con esos significados que portamos..?

Entre mis paranoias se me ocurre pensar cómo en el Capitolio portaban colores chillones y cosas extravagantes para representar aquél universo, por un lado artificial, por otro lado exuberante que no proviene más que de la explotación, represión y dolor de miles de trabajadores encadenados de por vida. Ya saben por qué nunca me encontrarán con un vestido coral y zapatitos azul brillante por ahí…

Aquí no debería haber título

LIBROS-IMAGEN PÚBLICA
LIBROS-IMAGEN PÚBLICA

por Andrea Rivas

“There’s so many ways to act

and you cannot take it back

no you cannot take it back

there’s so many shades of black…”

The Raconteurs

Cuando leí Madame Bovary, muchas cosas vinieron a mi mente, cómo alguien -es decir todos- podía(n) catalogar esa obra de Realista, fue una de ellas… Y es que nada me pareció más profundamente injusto, luego de todas las angustias por las que pasó Emma, que encadenarla de por vida, aún muerta, a la realidad de la que tanto intentó huir. Habríamos de darle el privilegio, al menos, de llamarla ro-mán-ti-ca con todas sus letras, porque ¿a qué personaje real podemos referirnos como “la enamorada de las novelas, la heroína de los dramas, aquella indefinible ella a que aludían todos los libros de versos”?

La diferencia entre realismo y romanticismo, sólo por nombrar dos extremos, me parece más y más cerrada a medida que intento explicarla. El personaje romántico está tan abrumado con la sociedad y el mundo que lo rodea -porque aunque lo anhele, la vida no es el cielo y la inmensidad del mar- que tiene que terminar con su vida. El personaje realista, por otro lado, es tan absurdamente monótono que… ¿tiene siquiera vida? ¿Habrá personaje más tristemente patético que Charles Bovary? Y es que él y Emma pertenecen a mundos distintos y, si soy sincera, el de la romántica y encantadora Mme. Bovary me parece más real, ¿quién rayos puede, viviendo en este mundo, querer quedarse quieto para siempre sin explosiones ni desesperación?

Madame Bovary-Fotograma
Madame Bovary-Fotograma

Si lo miramos así, el alma humana es romántica. El hombre busca, siempre, algo más. La ciencia ha pretendido, por ejemplo, hablarnos de nuestros orígenes, ¿para qué saber? Pero el hombre quiere, busca, busca, no encuentra, y como Sabines bien dice: “Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan.”

Por otro lado, de algún sitio salieron las ideas de orden y vida gris que rompen al alma y crean ese dicho realismo que asfixia, pero ¿no es el sueño parte de la realidad que vivimos día tras día? “Temes a la imaginación. Y a los sueños más aún. Temes a la responsabilidad que puede derivarse de ellos. Pero no puedes evitar dormir. Y si duermes, sueñas. Cuando estás despierto, puedes refrenar, más o menos, la imaginación. Pero los sueños no hay manera de controlarlos”, dice Murakami. ¿Entonces? ¿Somos reales, somos románticos, deseamos o no, los sueños, de qué están hechos? Y así al infinito.

LIBROS-IMAGEN PÚBLICA
LIBROS-IMAGEN PÚBLICA

Como cualquier situación, corriente, género o asunto que intentemos encasillar dentro de una clasificación con características específicas, lo más posible es que en cualquier extremo encontremos licencias, puntos débiles, conexiones que nos lleven a pensar que, quizá, nada es tan esto ni tan lo otro y que, a fin de cuentas, como todo en el universo, es nada más un fragmento, un pedacito de todo, que absurdamente hemos intentado dotar de cualidades totalitarias y que, pobre, mira hacia todos lados sin saber si pintarse de gris o de suicidios románticos o dejarse llevar por algún fluir zen que lo libre del peso de las palabras…

Carta

Carta - Imagen pública
Carta – Imagen pública

por Andrea Rivas

¡…!

Qué tal la vida.

Yo lo de siempre. La escuela, las tareas, los dramas, el café, el calor insufrible.

Y nada. Contarte que la culpa también me ha perseguido toda la vida. La culpa necia de haber nacido. La culpa de haberle quitado el pan de la boca a mamá. La culpa de haber presenciado la muerte, inevitablemente. La culpa de no haber jugado lo suficiente. La culpa de aquellos platos que no lavé con esmero. La culpa de las verduras semi-masticadas escondidas en una servilleta. La culpa de haber copiado en Geografía. La culpa del diez que pude conseguir y dejé ir. La culpa de haberme dejado mangonear en la primaria. La culpa de no haber gritado cuando me rompieron. La culpa de… Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Y luego la culpa de haber vivido toda la vida con tantas culpas.

Vivimos en un mundo de culpas. Comer mucho es malísimo, te pones gordo. Comer carne es malísimo, acabas con vidas. Es terrible vivir de verduras, ¿estás idiota, qué eres, chango? ¿Elegiste esa carrera? Qué imbécil. ¿Dijiste lo que opinabas? ¿En serio? ¿Y a quién le importa? Nada más te quemas… Deberías expresar tu opinión, si no, chíngate, es tu culpa por no decir nada. Ad infinitum…

Contarte que también he estado así, jodida, fastidiada, gris y sola, sola, sola. Todos lo estamos. Y creo que no es siempre nuestra culpa. ¿Será cultural? Desde muchos sitios hemos sido orillados a ciertas creencias, a ciertas palabras. Yo no sé, especulo, pero te entiendo. Entiendo el sentimiento que te leo en los párpados. La decepción. El abismo. La impotencia. La soledad.

Te entiendo y quisiera decirte algo real. ¿Quién decide, de todos modos, lo que es real? Yo también soy frágil, qué rabia. He caminado calles parecidas. No podemos igualarnos, yo sé. A veces me tocó la sombra cuando te jodiste bajo el sol. A veces te tocó la acera donde regalaban trozos de fruta mientras a mí me asaltaron cuando recién recibía la quincena. Pero te entiendo. Y me he repetido que la culpa es mía. Sabía que esa calle era insegura. Te vi pasar y no te ofrecí sombra bajo mi sombrilla. Recibí el trozo de fruta y no lo compartí con el huérfano hambriento.

Carta - Imagen pública
Carta – Imagen pública

¿No te parece horrendo? Sentir culpa incluso cuando el azar te regala lloviznas mágicas. Pero así somos. Y yo qué lecciones voy a darte. Pero recibí tu carta. Correspondencia, qué maravilla, y entonces respondo.

No te sé, seguramente ni tú sabes muy bien. Pero estoy aquí, te leo, te abrazo mientras mis palabras laten en tu pupila, te bebo mientras un traguito de tequila baja por la garganta, te respiro mientras el universo sigue dándonos aire. No tengo tu nombre. No sé quién eres. Pero estoy aquí, no estás solo. Hay palabras, hay, habemos.

Y que estés donde estés, seas quien seas, hay estrellas, y hoy, en estas líneas, estoy yo.

Tuya siempre,

Andy,
Andrea,
Bicho,
y todos los nombres que quieras darme