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Terminales

Terminal - Imagen pública
Terminal – Imagen pública

Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Jaime Sabines

por Andrea Alamillo Rivas

La sensación de estar en una estación, la que sea, siempre me ha provocado torbellinos en el estómago. Ya sea que venga o vaya, o esté ahí para recibir a alguien, las terminales me parecen lugares infinitamente tristes. Son sitios de nadie, no son habitados más que por el paso apurado de gente en busca de algún destino; puntos de transición, de despedida, y en algunos casos, de bienvenida. Sin embargo, y gracias a don pesimismo, incluso cuando se recibe a alguien en la central de autobuses, el resultado siempre me sabe a melancolía porque para llegar a un sitio cualquiera, es necesario dejar otro.

He pasado por muchos libros donde la partida de un lugar resulta fundamental para la historia. A veces permanecer en un sitio impide que la trama de la historia siga su rumbo: partir es indispensable. En el momento que Emma Bovary parte hacia el baile, lejos de Tostes, está llena de nerviosismo, expectativas: se maravilla con el camino hacia lo desconocido, hacia la piña que nunca había probado y los perfumes que nunca podría comprar. Cuando termina el baile y Emma vuelve a su casa en Tostes al lado de Carlos -el marido sin magia que nunca le ofrecería bailes y cenas espectaculares-, ya no es la misma. Ha hecho parte de sí fragmentos de aquel lugar al que nunca volverá y que siempre ha de anhelar. El regreso inevitable a casa es desolador.

Terminal - Imagen pública
Terminal – Imagen pública

“No quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar en donde yo esté en mi lugar y las cosas estén en el suyo.” Holly Golightly, Viajera, me susurra, desde la pluma de Capote, un secreto que el alma se negaba a revelarme. No todos los sitios a los que nos aferramos tienen el calor preciso para ser nuestro hogar, y ¿cómo tener la seguridad de que algún sitio lo sea? Hay trenes que deben tomarse. Ni la encantadora mujer de los lentes oscuros parte sin el abismo de pesadumbre escondiéndose tras las gafas y el labial.

Es, quizá, en la imposibilidad de asir un sitio como propio -como sucede con Emma- en lo utópico de pertenecer y buscar pertenencia, que el viajar y desviajar siempre deja un sabor a falta, a vacuidad, a insoportabilidad. O quizá podemos situarnos donde Holly, cerca de esa búsqueda perenne donde la incertidumbre de que el objeto de la búsqueda sea asequible siquiera nos mantenga siempre con las maletas hechas, de viaje en viaje y despedida en despedida.

Terminal - Imagen pública
Terminal – Imagen pública

Tomar un tren, metro, autobús, carreta, barco, avión, burro, alfombra voladora, calabaza, hipogrifo o nave espacial, invariablemente implica abandonar un sitio para trasladarse a otro, decir adiós a personas conocidas -incluso si son conocidas solo por lo cotidiano de sus rostros y no hemos mantenido más contacto con ellas- y, sin importar lo bienaventurado del destino, es inevitable el momento en que la nostalgia se apodere de las entrañas del viajero en algún momento. El ser humano está hecho de recuerdos e incluso los más infelices, se le aparecen de vez en cuando para decirle que hay pasado, que hay algo que fue y no es más, y que nunca más será.

Y vuelvo a esas pobres, desamparadas terminales y puertos de donde todos zarpamos y que nadie nombra con ansia, que nadie extraña y rememora porque no son de nadie ni para nadie, que escurren polvo y orfandad y guardan entre sus muros infaustos todas las despedidas del mundo.

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Monomanía matizada

Secretos y paranoia - Imagen pública
Secretos y paranoia – Imagen pública

por Andrea Rivas

Hay momentos maravillosos de la humanidad en que la paranoia colectiva parece ponerse de moda y andamos todos con cubrebocas huyendo de la influenza, algunos con medio litro de antibacterial en la bolsa, mirando con desconfianza a todo aquél que estornuda, evitando entrar en contacto con la superficie; otros momentos en que resulta que a la vecina de la amiga de tu mamá le dio tifoidea por comer una cemita buenísima en El Carmen y entonces, de alguna manera, tú, tus amigos y toda tu familia se ven autoexiliados -temporalmente, por fortuna- de dichos placeres gastronómicos.

Internet, Lacan y la vida me llevaron esta semana a recordar la sensación desmesurada de no saber absolutamente nada sobre el mundo en el que vivo -o sobre mí o sobre nada de nada-. Y es que entre links que amablemente me fueron cedidos y locuras que hallé en esos momentos en que debería haber estado repasando a José Agustín, me vi transportada a ese universo de la infancia en donde todo es desconocido y maravilla; la diferencia, quizá, es que una vez que he “crecido”, ese desconocimiento, a veces, horroriza.

El primer eslabón en la cadena de mis paranoias de la semana fue un artículo titulado Top 10 lugares a los que nunca tendrás acceso: nueve de los diez lugares en cuestión, están rodeados por un enorme halo de misterio. Pasando por laboratorios secretos, bases militares de supuesto contacto con vida extraterrestre, Montañas Malas, metros misteriosos…, llegamos a las teorías conspirativas.

A veces la paranoia crece y entonces imagino que incluso aquella paranoia fue planeada, que ellos esperaban que esta información que no es nada, estuviese en nuestro poder. La idea de que hay un grupo de personas en el poder controlando el destino de la humanidad, centros de espionaje, cámaras ocultas en cada lugar de las grandes ciudades y demás, no son nuevas, sin embargo, cuando se recuerdan… no sé ustedes, pero a mí me ponen a pensar. Es que, ¿qué rayos está tan oculto en la biblioteca del Vaticano? ¡Son 63 kilómetros de estanterías! Cuando, hace varios ayeres, me enteré de su existencia, estaba segura de que la Verdad de las Verdades estaba escrita en alguno de esos “archivos”.

Secretos y paranoia - Imagen pública
Secretos y paranoia – Imagen pública

Pensando en todas las teorías, me percato de dos cosas -y es que no soy ni exagerada, ni tiendo a polarizar las cosas-: primero, si en verdad estuviésemos siendo espiados por organizaciones secretas, hubiera una gran mesa de gente importante decidiendo nuestro futuro, controlando nuestra información y manipulando a todos los gobiernos, ¿qué queda por hacer? Estaríamos totalmente perdidos.

Por otro lado, si nada de esto fuese verdad, si cada uno de los centros de espionaje, laboratorios nucleares y oficinas escondidas tuviesen una explicación lógica y aislada del resto, ¡qué tristeza! Qué solos y fastidiados estaríamos entonces. ¿La humanidad, así solita, sin ayuda de algún mafioso malandrín y barbaján metapoderoso, se ha causado y ha causado al mundo todo el daño, muertes, injusticias, hambre, degradación y horror..?

Algo menos Maussan y más maravilloso, es un artículo titulado El enigma de la tumba de Allan Poe, donde se cuenta la historia de un extraño de sombrero, abrigo largo, bufanda blanca y bastón de empuñadura dorada que acudió cada 19 de enero durante 7 décadas a dejar tres rosas y una botella de coñac en la tumba de Edgar Allan Poe. Al parecer, no se sabe quién es el sujeto(s), sin embargo, el misterio que rodea al hecho, me parece fascinante.

Secretos y paranoia - Imagen pública
Secretos y paranoia – Imagen pública

En este punto quiero recuperar ambas notas, la de las teorías conspirativas, y la de Allan Poe. Si bien es cierto que la repercusión de la veracidad o falsedad de lo planteado en los casos es abismal, también es cierto que en los dos, nos encontramos frente a lo desconocido, de cara a una incertidumbre que desata en nuestra imaginación la más loca de las ideas y podemos creer que quien visita cada año a Poe es Poe mismo en modo fantasma intentando recordarnos que está ahí, que incluso luego de muerto, está lo enigmático alrededor de su imagen; quizá es alguna secta amante del escritor… quién sabe.

Sin embargo, si alguien lo supiera, le ruego que no me lo diga, si alguien tuviese el conocimiento de que en el Vaticano no se encuentra en realidad ningún escrito revelador, si en la base militar de Nevada no hubiese contacto alguno con señales -por minúsculas que fuesen- de vida fuera de la Tierra, si en los Montes Urales no se esconde ningún gran secreto, no quiero saberlo, y si existen, si alguna de estas cosas se esconde en nuestro mundo, que los súper-héroes y dioses todos nos protejan.

Les dejo los links paranóicos:

10 lugares a los que nunca tendrás acceso: http://pijamasurf.com/2011/02/top-10-lugares-a-los-que-nunca-tendras-acceso/

El enigma de la tumba de Allan Poe: http://www.elmundo.es/cultura/2014/03/16/532511d8e2704e622f8b4578.html

Las 7 teorías conspirativas más perturbadoras del mundo: https://www.youtube.com/watch?v=SQ2S9zC75Ec&list=PLqivnvaruBVHZYuQqPfIEoc4xMz_p4rZk

Delirios comunicativos III

Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

por Andrea A. Rivas

El hombre tiene la necesidad de apropiarse del mundo. Quizá –yo cómo voy a afirmarlo– porque no tiene otra cosa. Quizá porque en el origen el mundo era de los animales, de una naturaleza donde el hombre está solo, donde no termina de sentirse parte. Desprovisto de la fuerza física para hacerse de protección, crea armas y no es suficiente. Intenta dominar a todo aquello que lo intimida. Se hace de comodidades. Se protege y no es suficiente. No es suficiente poseer materialmente. ¿Cómo hacerse dueño de todo lo que lo rodea, de todo aquello que ve, incluso cuando no puede tocarlo? Sol, estrellas, nubes, tierra, lagos, sal. ¿Y aquello que no se ve pero que siente, que sabe, que le está en venas y arterias..?Dolor, tristeza, éxtasis

El hombre tiende, desde siempre, a las religiones. Mira hacia lo etéreo, hacia lo intangible. Se busca el haber de otro mundo, uno que no tocamos, uno donde el alma es superior y ¿cómo conquistar este otro mundo cuya forma desconocemos pero cuyo significado sentimos?

Palabras. Palabras para aprehender el todo. Palabras para entender aquella naturaleza que parece peleada con un existir donde no hay puentes entre unos y otros, donde la necesidad de trascendencia es tanta que precisamos comunicar más allá de lo básico indispensable para sobrevivir: el hombre hace una diferencia: vivir / sobrevivir. Da sentido.

 No pretendo marearlos, bicho-lectores, ni hacerlos creer que en estos esbozos de delirio que planteo encierro la Verdad (Verdad que, además, el hombre intenta aprehender también a través de diversos lenguajes); yo comparto, nombro, significo y quién sabe, con suerte, comunico.

Letras - Imagen pública
Letras – Imagen pública

¿Imaginan un mundo sin palabras? ¿O un mundo donde cada enunciado que pronuncien nuestros labios esté apegado a las normas de la Real Academia o alguna de las tantas academias de las tantas lenguas? No quisiera que… Creo que en semejante mundo seríamos todos iguales, no equitativa y democráticamente, sino mecánicamente. (Pero ése es otro delirio…).

Lo caótico, irremediable y maravilloso de esto es que somos irrepetibles y nuestros significados son incomprensibles en su totalidad –y seguro en la próxima conversación donde no se me entienda ni el saludo me trague cada una de estas positivas palabras.

Porque quizá sólo algunos -tal vez lectores ávidos de Cortázar- decimos café con leche y sabemos, no la mezcla de agua, café y leche, o leche hirviente y café, o espresso y leche, sino un ser, un estar como de ronroneo entre los brazos, como de calidez en un lugar cerca del alma y del suspiro; un estado en el que decir “bien” sería insuficiente, sería omitir lo sublime y abrazar la mediocridad de un día a día que se llama de la misma manera siempre, como si eso fuera todo.

Y entonces cómo. El universo se quiebra. Porque si uno le responde “tan café con leche…” al individuo que te preguntó “¿cómo estás?” por la mera rutina de hacer esa pregunta sin esperar respuesta… bueno, no pasaría nada, pero ¿para qué? No habría un puente. Él no entendería la respuesta que no esperaba escuchar.

Letras - Imagen pública
Letras – Imagen pública

En algún momento de mi vida me vi frente a la palabra langosta. Yo no sé si sea cierto. No me importa tampoco. El caso es que la resignificación que tuve de ella me lleva a que los fonemas “langosta” suenen tan inverosímiles que la única forma que me queda es lobster y el universo que se despliega frente a mí contiene tantos significados que mejor no mencionarla en una conversación cualquiera. Mejor no explicar. Porque si tiene que explicarse, ah, qué tedio.

Y no es que no se quiera comunicar, no es que no se quiera compartir, es que los puentes, es que uno teme que el significado se rompa, que esa trascendencia, que esa comprensión que nos hemos hecho del mundo se vea violada, pervertida por las visiones que no son nuestras, que no nos son, que no comparten nuestro imaginario ni nuestro ser en el mundo.

Probablemente de las tres entregas de este trabajo, ésta sea la menos exacta, y es que aquí es donde todo el chorro de pensamientos confluye y me deja a la deriva, en el preludio de un café con leche que lentamente va preparándose, cosechando los ingredientes, esperando la temperatura precisa, la densidad idónea, la unidad de café intenso y vivo con leche caliente –nunca hervida–, en la adecuada medida, con el dulzor necesario para hacer del producto final un ¡ah..!

Delirios comunicativos II

Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

por Andrea A. Rivas

De regreso con los delirios comunicativos; la semana pasada esbozaba esta maraña de pensamientos que me surgen al hablar de comunicación y más aún, de las palabras y del peso que tienen éstas tanto en nuestra percepción de la realidad, configuración como individuos y relación con el mundo.

¿Miraron el video que les dejé? Aquí está, por si no:

¿Se dan cuenta de cómo, al parecer, la ballena humanizada necesita reconocer su identidad y para ello hace uso de las palabras? Sucede que para aprehender la realidad, el mundo de lo conocido y lo tangible, el hombre necesita ponerle nombre a las cosas; tal parece que, si no se nombra, no existe.

Pero antes de profundizar desmedidamente en esto, vamos a ver qué rayos son las palabras. Para estos propósitos podemos entender a la palabra como la relación entre significado y significante: tenemos, por un lado, que don Saussure nos explica cómo esta relación entre palabra y significado es arbitraria, es decir, no hay un porqué. La palabra amor bien podría ser asdsfgea: el punto está en la convención. Entonces las palabras, la lengua que hablamos y la manera en que la hablamos, son aprendidas. Y ya está. ¡Qué fácil! No hay relación. Duda resuelta.

Híjole, pues no, y es que empezamos el párrafo anterior con la expresión por un lado y entonces hay otro lado. Y por ese otro lado: ya entendimos, más o menos, que las palabras son memorizadas, vaya. Un bebé señala para todos lados “¿ete?” y su mamá le repite el nombre de las cosas, pero en nuestra mente van creándose relaciones más complejas que la de palabra-objeto.

El sonido “chilaquiles” es el significante, lo emitido, las grafías; en cambio la imagen mental que acude a nosotros cuando escuchamos estos fonemas, el olor a salsa, los colores que miramos deslizándose por el plato, el recuerdo de esos últimos chilaquiles que desayunamos para curar la cruda, todo esto, es el significado.

Vemos por un lado, que dentro del significado hay mucho más que la imagen de unos chilaquiles estáticos y predeterminados exactamente iguales para todas las personas que escuchen esta palabra. Quizá alguno de ustedes odia los chilaquiles y entonces pensó “guácala” y esos colores que para los hambrientos de una noche tibia resultaron seductores, para ustedes, lectores anti-chilaquiles, resultaron nauseabundos. Incluso, seguramente, imaginaron el color de los chilaquiles, pero yo no les hablé de la salsa de chile morita, o de tomate verde bien asado, o de jitomate gordo y rojo, el color de los chilaquiles fue de su cosecha, a mí no me achaquen semejante responsabilidad.

He ahí el predicamento. Ahora hablamos de chilaquiles. Quizá un japonés no sepa de lo que hablamos, pero entre nosotros no existe demasiado conflicto si yo les cuento que cené chilaquiles y ustedes evocan el color incorrecto de salsa, sin embargo, ¿qué pasa cuando hablamos de cuestiones más importantes que ésta? ¿Cuándo interpretamos, cuando el significado de lo que se nos dice o lo que decimos es entendido, precisamente como con los chilaquiles, desde el punto de vista y conocimiento subjetivo del oyente? La comunicación resulta imprecisa. Ocurre el clásico diálogo de: pero no nunca dije eso.

Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

¿Cómo hacerle? Ni siquiera pretendo intentar dilucidar una respuesta para ello –aún–, sin embargo surge esta otra pregunta: ¿por qué nos es tan importante esta comunicación? ¿Por qué la necesidad necia de ser comprendidos, de expresar lo que nos es y expresarlo, además, clara, casi fotográficamente? (Y hago un paréntesis porque esta metáfora de pronto me parece absurda. Una fotografía no representa ni el 50% de la realidad, ¿y lo táctil, lo auditivo, el clima, los olores..?)

Comunicarnos no sólo por señas, no por gemidos y vuelos como las abejas, sino por palabras, distinto a cualquier otro ser vivo de la creación… No tengo la respuesta, por supuesto; sin embargo, les comparto mis dudas para que el insomnio sea colectivo y,como la semana pasada, les dejo un cachito de lo que me leerán la siguiente:

“Flusser, por otro lado, cree que el diálogo es el propósito de la existencia. El sentido de responsabilidad inherente a la relación dialógica entre emisor y receptor ofrece al emisor una oportunidad para dar sentido a su propia vida frente a la entropía y la muerte.”

 

(Nota: Tengo que dejar un agradecimiento y constancia de no-cinismo a Juan Carlos Reyes, quien sabrá Tláloc si recuerde mi existencia, y quien durante sus clases se encargó de patrocinarme todas estas dudas existenciales y parte del material -el video de Youtube, por ejemplo- que he estudiado para intentar… hacer algo con ellas.)

Delirios comunicativos I

El Principito y el zorro - Imagen pública
El Principito y el zorro – Imagen pública

por Andrea A. Rivas

Leyendo aquel fragmento de El Principito donde conoce al zorro, me encontré con que “Las palabras son la fuente de los malos entendidos.”, y recordé entonces uno de los principales delirios que me hacen la vida y que, además, me ha acompañado desde que puedo recordar.

Desde que tengo noción de las palabras, la lengua, y el lenguaje en general, me han parecido una cuestión fascinante y sobre todo, misteriosa. ¿De dónde salieron las palabras, quién decide que signifiquen tal o cual cosa y, en verdad todos entendemos lo mismo cuando escuchamos una palabra? Incluso más allá de esto, la percepción individual de la realidad me parece una cuestión sumamente inquietante: si un daltónico ve prácticamente iguales dos colores que para el resto son totalmente distintos, ¿quién dice que no hay mil millones de colores por ahí que los humanos somos incapaces de ver?

Cuando empecé a escribir la columna del día de hoy, intenté hacer un pequeño condensado explicando lo que es la lengua y por qué sabemos que no hay una relación directa entre palabra y objeto, sin embargo, mis colegas lingüistas ya lo saben y mis lectores de otras áreas, no estoy segura de que se sientan fascinados por toda la sarta de términos lingüísticos que planteé en las dos cuartillas que resumí la introducción de lo que quiero decir. Entonces me veo en la necesidad de contarles esto de una manera distinta y en más entregas de lo usual.

El sábado pasado empecé a dar clases. Tampoco voy a narrarles mi experiencia, y de hecho, no es de mi clase de la que voy a hablar. A mi amigo de palabras, corrector de textos y escuchador-compartidor de teorías sobre el universo, le tocó dar el tema de comunicación a su grupo; tema, cabe decir, que me vuelve loca. Y entonces me senté a escuchar como alguien con los mismos conceptos que yo, ideas similares e incluso palabras compartidas, daba una clase totalmente distinta a la que yo hubiera dado. La visión de dos personas que se encuentran dentro de un mismo universo y que comparten toda una serie de conocimientos previos y experiencias similares, incluso, siendo cercana, a veces parece abismal.

Comunicación fallida - Imagen pública
Comunicación fallida – Imagen pública

Y entonces regreso a El Principito. “Las palabras son la fuente de los malos entendidos”. En algún momento de mi vida creí que entre más palabras conociera y adoptara para mi léxico, mejor me daría a entender con las personas. Hoy no tengo idea. A veces pienso que entre más palabras conozco, aprehendo más conceptos, y mi visión del mundo no me permite comunicarme ni a mí misma mis ideas. Otras veces me parece que no es suficiente desmembrar y saber todos los diccionarios del español, sino también del inglés, del francés y todas las lenguas de la Tierra para tener un esbozo de lo que es el mundo. Las palabras nunca significan lo mismo, porque más allá de los conceptos, les damos una carga emotiva, las contextualizamos y creamos un caos en torno a ellas.

Pasa a veces que leo un libro y entiendo cierta situación, cierta palabra como nada, como lo que es en un diccionario. Y meses más tarde leo el mismo capítulo del mismo libro y es como leer una cosa totalmente distinta, otra historia, otra realidad. Las palabras y su disposición son las mismas, pero yo no. Mi mundo ha cambiado, mi concepto de las palabras también. Entonces nuestro mundo y realidad cambia y se re-hace todo el tiempo ¿o sólo soy yo? El hombre, finalmente, aprehende su realidad mediante las palabras. Así la crea y la re-crea.

Entonces, bicho-lectores, con el afán de ir poco a poco abriendo esta complejísima brecha comunicativa y darme a entender o entenderme para ustedes, la semana que entra, iré fragmentando todas estas preguntas e ideas, les contaré las bases de mis delirios y mi visión de esta etérea visión del mundo que tengo entre los dedos.

Les dejo un pequeño adelanto:

Ideas are bulletproof y el entretenimiento idiota

Entretenimento - Imagen pública
Entretenimento – Imagen pública

por Andrea. A. Rivas

Siempre he tenido una perspectiva muy aburrida de mirar las formas de entretenimiento. Para desgracia de quienes me acompañan en los momentos de recreación, soy incapaz de separar la realidad de la ficción. Y habría que determinar qué rayos es una cosa y qué es la otra. Como el buen Dumbledore diría: of course it’s happening inside your head, Harry, but why on earth should that mean that it is not real?.

Las formas de ficción, finalmente, surgen de algún lugar donde habita lo real conjugado con el deseo, las sensaciones, las interpretaciones, y de un montón de lugares que -aunque me encantaría- hoy no vamos a explorar. La cosa es que no puedo salir del cine o cerrar un cómic, o sentarme siquiera a ver las caricaturas mientras desayuno, sin encontrar una lista interminable de comentarios, críticas, preguntas, inquietudes, temblores y esa desesperación de que el mundo que está ahí, inventado y absurdo, nos está estrellando ideologías, críticas, verdades e incluso abrazos que el público absorbe sin percatarse de que hay información sin digerir entrando en sus cerebros dispuesta a quedarse estancada como la grasa saturada en las lonjas luego de las fiestas decembrinas.

Los Simpson - Fotograma
Los Simpson – Fotograma

Mucho de lo que aprendemos, lo aprendemos en estos medios. La cultura es cada vez más universal, bien dijo un profesor, que no hay un lugar del mundo que esté a salvo de la sombra de Mickey Mouse. Todos tenemos diversas fuentes de ficción a la mano, y estas figuras van conjugando nuestra percepción de la realidad, nos demos cuenta de ello o no. La figura más coherente de justicia que conocí en mi infancia fue la de Batman. La única amistad incondicional que tuve entre las manos fue la de Harry, Ron y Hermione. Ideales, sí, basados en deseos humanos, pero también en realidades y reflejos de lo que somos.

Una de las cuestiones que más ruido ha hecho en mi mente desde el origen de los tiempos es la de la violencia en caricaturas, películas, cómics… No es una cuestión moralista sobre la violencia. Es una cuestión humana, no sé, percepción escatológica. Yo no puedo mirar, sin que las tripas se me hagan un nudo, esa terrible crueldad que es el Coyote y el Correcaminos. Pobrecito animal cansado, golpeado, moribundo y con un pajarraco molesto burlándose de toda su desgracia. De niña me preguntaba qué sería peor, si el Coyote seguía sufriendo para siempre, o si el Correcaminos debía ser engullido por su perseguidor -lo cual, finalmente, sería natural. La cosa es que estas cuestiones han entretenido a generaciones y generaciones, la cosa es que el dolor es motivo de risa.

Quienes me conocen saben ya de mi eterna queja con las palomitas y el cine. No entiendo cómo alguien es capaz de comer tranquilo en su butaca, piernas cruzadas, dedos enmantequillados, cuando en la pantalla hay filmes donde miseria, violencia y espíritus rotos… No es cosa de que te “espantes”, es que en serio ¿eso les entretiene? Muchas veces me parece que no se hace ni el ademán de digerir lo que miramos. Nos hacemos, poco a poco, inmunes a estas imágenes. Primero las caricaturas, que conforme crecemos van permitiendo más violencia, más degradación; luego los cómics, donde los niveles de sexualidad, de crudeza es creciente, finalmente o simultáneo, o quizá todo en otro orden pero más o menos así, los filmes y la Tv, donde nos acostumbramos a mirar cadáveres, golpes, peleas, balazos, tripas, asesinatos, corrupción, discriminación, violaciones…

Story Detective - Imagen pública
Story Detective – Imagen pública

Sería, por otro lado, terrible un universo donde creciéramos mirando a Dora, la Exploradora, quien detiene al ladrón diciendo “zorro, no te lo lleves”, y al apagar la caja idiota, saliéramos a las calles a un lugar donde todo lo enunciado y re-enunciado, siguiese siendo como es en estos días. No se trata de fingir que no pasa nada ni de ocultar hechos. Estos medios de entretenimiento reflejan nuestra realidad y ese es el punto. Son una interpretación, una reconfiguración de las situaciones propias de nuestro mundo; mirarlos como si fuesen lejanos me parece tan absurdo como presenciar con chicharrines en mano, el asesinato de algún sujeto que salió a comprar abarrotes mientras su sobrino Peter Par… ah, lo mezclé todo. Pero ya me entendieron, ¿no?

Detrás de toda obra hay alguna ideología. Mirar V for Vendetta como la película donde Natalie Portman nos muestra que es la mujer más pinche bonita de todas y olvidar que “ideas are bulletproof”… yo no sé, pero me parece que tantos años de evolución y no sé cuántas cosas, darían para que nuestras mentes hicieran un poquito más cuando aplastamos las nalgas y nos entregamos a los momentos de recreación. Re-creación.

Ideas are bulletproof - Imagen pública
Ideas are bulletproof – Imagen pública

Mi recomendación no es evitar todas estas cosas, claro que no. Me re-encantan los cómics, sí, quiero conocer a Allan Moore y ver de cerca esa barba de mugroso, quiero decirle a Stan Lee que es el viejito más cool del mundo; también quiero que Tarantino me firme un DVD con sus ojos de loco y en fin… Creo que estos genios merecen ser apreciados con una visión que involucre todos los aspectos que sus creaciones abarcan, creo que nosotros merecemos ejercitar tantito la materia gris y aprehender y mirar todas estas ideas de manera crítica porque además, eso, señoras y señores, eso sí es entretenido.

Hecho en -ojalá no, pero sí- México

Hecho en México - Póster
Hecho en México – Póster

por Andrea A. Rivas

Dos años tardé en ver la cinta, largometraje, pseudo-documental o mega-videoclip del director Duncan Bridgeman, Hecho en México, y no. No. No…

Pero a ver, es que hay que analizar un poquito qué es lo que está pasando porque esto no puede ser. Vamos allá.

Esta curiosa dicotomía que Bridgeman presenta en la que lo folklórico es lo bueno y el resto lo malo, lo pervertido, lo gris, lo tachable… me parece tan absurda como hipócrita, siendo este un “documental” con producción de Emilio Azcárraga.

Pero no podemos decirlo a la ligera. Es un gran problema, planteado ya desde hace muchísimos años, el de la identidad del mexicano, y es que seguimos neceando, por un lado, sintiéndonos bien nativos, hijos de Quetzalcóatl, españoles-hijos-de-la-chingada-que-vinieron-a-jodernos y por otro lado, viva el rock, viva mi iphone 20, viva mi té ultra nice importado de tierras exóticas y el chocolate suizo es más chingón.

Hay una escena particular en la no pude evitar reír: tomas de Amandititita y unos hipsters cuya agrupación o procedencia desconozco y los cuales, además de los lentes claramente no-made in Tepito, poseen y hacen uso de una brillante y blanca Mac. Esta escena precede a la canción que canta “tan lejos de Dios, tan cerca de United States…” …¿Neta? ¿Sí hubo un encargado de edición? O simplemente saben que el público mexicano suele ser un público mediocre que no analiza lo visto y se siente contentísimo creyendo que es súper intelectual cuando le ponen un filme masticado que hace sentir que se piensa, que se es crítico y entonces se conforma con aplastarse con palomitas a engullir y aplaudir la información absurda que les entra por la córnea?

Hecho en México - Fotograma
Hecho en México – Fotograma

El mexicano del filme no tiene idea de quién es. Intenta defender la identidad de indígena y se aleja de la identidad del ciudadano; nos dividimos en vez de hacernos parte de la unidad de una cultura polifacética, híbrida y completa. Porque además de mentar madres el consumismo patrocinado por nuestros vecinos de gringolandia, nos encanta tener Converse y ver a Woody Allen, ¿o qué no..? Las culturas ajenas no son tan ajenas, nos componen también, se vuelven parte del imaginario colectivo que nos hace ser los mexicanos que somos, nos guste o no nos guste. Que Hecho en México no venga a decirnos que sólo el mexicano es chingón cuando necesita pedir la actuación de Adanowsky en el metro para completar su filme, cuando filma con tecnología, estoy segura, no hecha en México y cuando presenta realidades tan ambiguas como falsas de un México donde Diego Luna y Chavela Vargas son las autoridades máximas que firman nuestro destino como paisanos.

Entre los tantos absurdos presentados en el filme se encuentra el del dinero. Hay una victimización del mexicano, afirmando primero que no necesita el dinero para ser feliz, quejándose luego de su pobreza a causa de los que tienen el poder… De nuevo la identidad. Mexicanos víctimas. El dinero termina pintándose como un inalcanzable y al mismo tiempo, símbolo del mal…

Hay ocho millones de escenas, temas y asuntos de este documental en torno a los que podemos hacer polémicas, pero no. El punto no es que venga yo a decirles cada razón por la cual creo que Hecho en México es un trabajo nefasto, el chiste es que, si lo miran, lo hagan con ojos críticos y no contentos con todo el intelectualismo falso con que se anuncia.

Y qué les digo. La cosa es que nos han metido en la médula esta cuestión de no saber quiénes somos ni a dónde vamos y en vez de mirar todos estos conflictos como algo que está, los miramos como algo intocable, terrible. La globalización está, así como está la maravilla de nuestras tradiciones, lo nefasto de este “documental”, trágicamente, también está y la única pregunta que verdaderamente debería ocuparnos es, ¿qué vamos a hacer con esto? ¿Cómo vamos a usarlo..?

Hecho En Mexico - Todos  los pósters
Hecho En Mexico – Todos los pósters

Ficha técnica

Hecho en México
(México, 2012)
Dirección: Duncan Bridgeman
Con: Daniel Giménez Cacho, Diego Luna, Juan Villoro, Julieta Venegas, Kinky, Lupe Esparza, Rubén Albarrán, Adanowsky, Lila Downs, Laura Esquivel, Los Tucanes de Tijuana, Tito Fuentes, Elena Poniatowska
Guión: Duncan Bridgeman
Fotografía: Gregory W. Allen, Lorenzo Hagerman, Alexis Zabé

NOTA: Por amor del santo al que le recen, que se entienda que no pretendo hacer un juicio sobre la existencia de ningún artista presentado por el filme. La crítica es a la dirección, producción, etc, y no a los juicios individuales de los sujetos que aparecen en él.