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Mi perdición

por Berenice Vázquez

Aquí es donde estoy ahora, entre las sombras, amándote a ciegas, tentándote en el vacío. No te veo pero puedo sentirte hasta que te esfumas de entre mis brazos.

Continúo entre la bruma esperándote, imaginando cuando será nuestro próximo encuentro, pensando en el perecedero tiempo que nos despoja la oportunidad de poder vernos entre las tinieblas y con ello la desgracia de hundirnos bajo el infierno.

Pero, al caer contigo, ¿podré soportar las llamas? ¿Sostendrás mis manos entre las intensas oleadas del ardiente fuego? ¿Te quedarías conmigo hasta ser juzgados? Si tú permanecieras aquí a mi lado, las sombras se desvanecerían y te convertirías en la luz de mi amanecer; sin embargo, no estás aquí; si te espero jamás saldré de las sombras.

Aún permanezco con vida, puedo apartarme de este abismo y encontrar la libertad; entonces, cuando regreses no hallarás más que tu soledad.

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Nada más importa

Pareja - Imagen Pública
Pareja – Imagen Pública

por María Mañogil

Ayer me preguntaron si yo había sido infiel alguna vez. Yo respondí:

-”Define la palabra infiel, sino no te puedo responder”.

Mi interlocutora, como era de esperar, no supo darme la definición correcta de esa palabra y comentó que yo la estaba liando y al acabar la conversación dio por hecho que mi respuesta era sí y que no quería decirlo de una manera tan clara.

Yo me he molestado en buscar la definición en la RAE antes de empezar a escribir este texto. Me gusta estar informada de los temas sobre los que escribo además de dar mi opinión personal, ya que soy bastante aficionada a meter la pata mientras hablo y no me gustaría hacerlo también escribiendo. Aunque tampoco pasaría nada; con las palabras, cagarla la cagamos todos y no suele salir nadie perjudicado.

No voy a poner aquí ninguna de las definiciones de “infiel” porque sobre la que quiero hablar es a la que se refería mi amiga y la que, precisamente, es sólo una pequeña parte dentro de las tres que he encontrado (o así lo entiendo yo). Sólo quiero decir, antes de dejar el tema de las definiciones, que según la RAE, yo no me libro de ser infiel en ninguna de ellas, pero que mi amiga se equivocó al juzgarme. Eso pasa por utilizar una palabra sin saber su significado.

OFRECER NO ES DAR

Para saber si hemos sido infieles a nuestra pareja, primero deberíamos tener muy claro lo que entendemos por pareja y, sobre todo, lo que esté pactado dentro de la misma (sea de forma verbal o por escrito).

Cuando se empieza una relación de pareja, supongo que se ha tenido que pasar antes por una fase,  la de conocerse para saber qué es lo que cada uno quiere ofrecer al otro.

Ofrecer no es dar y esperar recibir algo a cambio, pues en ese caso sería intercambiar.

Ofrecer es acercar tu mano con un regalo en ella y esperar a que la otra persona decida si lo acepta o no.

Y en una relación sincera se ofrece lo que se quiere ofrecer, independientemente de que lo que ofrezca el otro sea mayor o menor que lo que ofrece el primero ,o que simplemente sea nulo, ya que nadie obliga a nadie. Si existe obligación no es una relación, es una sumisión y ya no hablaríamos de ofrecer, sino de exigir.

Tampoco podemos pretender que el otro acepte todo lo que le ofrecemos porque entonces estaríamos imponiendo y no ofreciendo.

A una pareja no se da nada, ni se cambia, ni se exige, ni se reclama; simplemente se ofrece.

Eso sí, lo que somos realmente no es una ofrenda. Eso ya viene incluido de fábrica y lo aceptamos sí o sí.

Si después de conocerlos no aceptamos tanto los defectos como las virtudes del otro, lo mejor es que cambiemos de pareja y no nos compliquemos más. A las personas no se las moldea, para eso está el barro.

Si digo que “supongo”que esto es así y no lo aseguro es porque mis relaciones de pareja han sido de todo tipo (la mayoría un desastre) y en alguna ocasión me he saltado esa fase de conocimiento mutuo. Me imagino que ese es uno de los motivos por los que han fracasado. Y porque he aprendido de todos esos errores para no volver a cometerlos en una futura relación, pero no los llegué a poner nunca en práctica.

Dicen que una pareja no pueden ser nunca amigos, pero yo no estoy de acuerdo. A partir de mi experiencia con este tema, no es que no puedan, DEBEN ser amigos.

Si dos personas no se conocen, si no conocen el uno del otro sus gustos, sus debilidades, sus miedos, sus expectativas…por muy bien que se lleven, su relación se convertirá en un tanteo en el que cada uno deberá jugar a las adivinanzas y a las apuestas con el otro.

No digo que no pueda funcionar una pareja que haya comenzado así, sólo que será mucho más difícil y más arriesgado. Y si no comienza así, por lo menos, a medida que pasa el tiempo, debe surgir esa amistad, basada por supuesto en la confianza, el pilar en el que se apoyan todas las relaciones, sean del tipo que sean.

Pareja - Imagen Pública
Pareja – Imagen Pública

LA INFIDELIDAD DENTRO DE LA PAREJA

Cuando ya tenemos claro qué entendemos por una pareja y le hemos ofrecido lo que queríamos ofrecer, podemos hablar de lo que es la infidelidad.

En nuestra sociedad monógama está mal visto y damos por hecho (a no ser que se haya pactado lo contrario entre las dos personas) que serle infiel a nuestra pareja está mal y que no debemos hacerlo.

Bueno, pues yo no estoy de acuerdo.

Cuando decidimos tener pareja no lo hacemos para convertirla en parte de nosotros ni para que nos complemente ni nos dé lo que nos falta. Para eso nos podemos apuntar a unas clases de baile, leer un libro que nos guste, masturbarnos (si lo que nos falta es sexo), comprarnos una tele nueva o lo que se nos ocurra, siempre que sea lo que creemos que necesitamos en nuestra vida para ser felices. Pero una pareja es alguien a quien elegimos y quien nos elige, no para ser más felices que estando solos, sino para compartir con ella esa felicidad que ya sentimos.

Por supuesto que la vida no es todo felicidad y que los momentos difíciles y dolorosos también se deben compartir antes que tragárselos y vivirlos en soledad, pero ni siquiera eso convierte a nuestra pareja en parte de nosotros. Nuestra pareja es una persona diferente, con ideas, gustos y opiniones diferentes y, sobre todo, con decisiones diferentes que a veces tomará con nosotros y otras veces no.

Mis decisiones, tenga pareja o no, las tomo yo. Eso sí, las consecuencias de mis decisiones también las asumo yo.

LOS CIGARRILLOS DEL EX FUMADOR

Mi amiga piensa que yo respondí a su pregunta con un sí, pero se equivoca. Si no estoy de acuerdo con lo de que “debemos ser fieles” es porque no existe ninguna obligación de serlo.

Por poner un ejemplo:

Si mi pareja se acuesta con otras personas es su decisión, no la mía. Y la ha tomado él o ella.

El día que yo me entere de eso, será mi decisión mandarla a la mierda y  tendrá que asumir las consecuencias de la decisión que tomó y aceptar la mía.

Yo dejé de fumar llevando un paquete de cigarrillos en mi bolso. No lo tiré a la basura.

Los cigarrillos siguen ahí y el día que yo decida fumarme uno lo haré porque lo habré decidido, no porque el tabaco esté al alcance de mi mano, ya que ahora también  lo está y no lo he hecho.

No se trata de fuerza de voluntad, sino de capacidad para decidir. Nadie me obliga a fumar ni nadie me lo impide. Conozco las consecuencias de volver a fumar y las asumiré en el momento en que vuelva a encender un cigarrillo.

Ser infiel o no serlo es una decisión personal, igual que fumar.

Las consecuencias no son las mismas, claro, pero el ejemplo sirve.

Pareja - Imagen Pública
Pareja – Imagen Pública

EL CORNUDO Y EL CORNEADO

Tener una pareja a la que se adora y con la que se es feliz y decidir serle infiel con el riesgo de perderla, es ser idiota.

Tener una pareja con la que no se es feliz y necesitar tener sexo con otras personas para compensar, pero seguir con esa pareja, es ser idiota.

Ser infiel y sentirse bien haciéndolo, debería ser genial para quien lo hace.  Hacerlo para después sentir remordimientos, es equivalente a limarle los cuernos a un toro, bajarse los pantalones y dejar que te los clave en el culo.

¿Quién lo pasa peor entonces, el cornudo que no se entera de nada o el corneado que tiene que andar escondiéndose para que no lo descubran y encima se siente culpable por haberlo hecho?

¿No sería más fácil no tener pareja y así poder disfrutar, quien quiera, de ir cambiando de amante cuando le apetezca sin que nadie se sienta engañado?

Cuando alguien desea tener una relación liberal y poder acostarse con quien quiera, además de con su pareja, debería ofrecerlo al iniciar la relación. Quizás la otra persona lo acepte y ofrezca lo mismo y entonces sería una buena relación.

Todo lo que se haga a partir de la sinceridad, del diálogo y con el consentimiento de las dos partes, por mal que le parezca a los demás, estará bien. Pero cualquier relación que se base en el engaño está destinada al fracaso, al igual que la que se base en la desconfianza.

Habría que preguntarse qué es más preocupante, si cometer una infidelidad hacia nuestra pareja o cometerla hacia nosotros mismos compartiendo nuestra vida con una persona que no nos satisface sexualmente o con la que no nos sentimos bien o en la que no confiamos.

EL DETECTIVE PRIVADO

Hace unos días me he visto envuelta en una historia sin tener nada que ver en ella.

Una pareja se ha roto, según la apreciación de una de las partes, por mi culpa.

Lo único que hay mío en esa historia son unos mensajes privados que intercambié con un buen amigo, que fue mi pareja hace más de veinte años y con el que me llevo genial.

Unos mensajes que pertenecen a mi intimidad, que son parte de mis recuerdos y de los de ese amigo y que nadie debería haber leído más que nosotros, pero que alguien leyó para intentar descubrir una supuesta infidelidad que nunca se dio.

Leer los mensajes privados de otra persona sin su permiso es como leer sus cartas y eso es un delito.

Cuando esa acción la realiza alguien en quien confías, además de un delito se convierte en un motivo para no volverle a mirar a la cara, que es lo que hizo mi amigo con esa persona.

No había ningún indicio de infidelidad en esos mensajes, pero eso ya no importa. Nadie tiene el derecho a invadir la intimidad de nadie, tampoco la de su pareja.

No me importa que mis hijos me vean desnuda, pero no me haría ninguna gracia que entraran a mi habitación mientras yo estoy dentro con la puerta cerrada y sin haber llamado antes, esté sola o acompañada. Por eso yo tampoco lo hago.

Jugar a los detectives está muy bien, pero cuando somos pequeños. De mayores, si disponemos de la madurez suficiente, lo más sensato es preguntar lo que queramos saber a las personas que han depositado su confianza en nosotros.

Y si no confiamos en ellas lo mejor que podemos hacer es alejarnos y buscar a otras.

Yo seguiré tomando mis decisiones y no me traicionaré nunca a mi misma teniendo relaciones sexuales con una persona mientras estoy deseando tenerlas con otra, sea ahora mi pareja o no.

Nadie me obliga a ser fiel, pero lo soy conmigo y, como dice una canción que me encanta y a la cual he robado el título de este texto, “Nothing else matters”. Nada más importa.

Por si la queréis escuchar, os la dejo:

A ti

Carta - Imagen Pública
Carta – Imagen Pública

por María Mañogil

Gracias por haberte quedado conmigo y no haber salido espantado como hicieron los demás.

Gracias por no haber sentido miedo al escuchar la palabra prohibida, esa a la que todos temen porque creen, en su ignorancia, que se van a contagiar, que su sonido puede envolverlos en ella, en lo que ella invoca. Porque ella es una diosa vestida de blanco, bella como una flor blanca envenenada.

Ellos lloran en silencio porque creen que sus lágrimas pueden limpiarlo todo, como el suero que limpia los restos de sangre adheridos a la piel, como el fuego que convierte en humo y aparenta eliminar todo lo que se niegan a ver.

Y barren las cenizas mientras van lentamente inhalando el aire, ahora mezclado con lo que quieren apartar de sus vidas: el miedo.

Ahora piensan que no existe porque ya no lo ven; está dentro de cada ser que habita el mundo en el que ellos morirán igual que nosotros morimos ayer.

Carta - Imagen Pública
Carta – Imagen Pública

No les culpo. Ellos creen que si no escuchan vivirán eternamente.

Gracias por haber respirado de cerca, por haber tragado de mi aliento las palabras, por no haberlas expulsado, por no haberlas quemado, por no haber salido huyendo.

Por permanecer a mi lado con los ojos abiertos, contemplando mi silencio mientras no pude hablar, por haber comprendido mi miedo y por haberme hecho sentir el tuyo.

Gracias por no haber enmudecido y por haber tenido el valor de preguntar lo que nadie más quiso saber, por temor a escuchar, por no hacerme hablar, por no lastimarme.

A ti, que entendiste que la verdad sólo duele cuando se calla.

A ti, que sabes quien eres porque nadie más que tú pudo ser.

Carta - Imagen Pública
Carta – Imagen Pública

A ti te agradezco que me ayudaras a rasgar el velo de la diosa, blanco, inmaculado, para sumergirlo en la sangre envenenada que nadie más se atrevió a tocar.

Ellos quemaron todo y extendieron su mano para ayudarme, desde lejos, con los ojos cerrados.

Tu mano fue la única que sentí sobre la mía manchada de sangre, mientras el resto del mundo se iba alejando, mientras yo escuchaba su llanto.

A ellos nunca los he culpado; son débiles.

A ti, te amo.

Sobre Fruta verde, de Enrique Serna

Enrique Serna - Imagen Pública
Enrique Serna – Imagen Pública

por Emanuel Bravo

Existen tantos tipos de amores como corazones.

León Tolstoi

Nos da miedo pronunciar ciertos nombres del amor. Su resonancia nos aterra, nos produce vértigo, pero el silencio de esos nombres es suficiente para poseernos, flotan cual niebla escarlata cerca de nuestras almas, nos asedian, nos toman y nos subyugan, en secreto pronunciamos ese nombre velado y nos damos cuenta de su peso, de su textura, de la amarga angustia que conlleva su carga. 

Mi amiga Karen Gámez me prestó en esta semana varios libros de Enrique Serna, escritor cuya obra desconocía totalmente, debo admitir que me llevé una excelente sorpresa y en esta reseña toca hablar la segunda novela que leí de él: Fruta verde.

La historia posee una estructura bastante peculiar, contamos con cuatro narradores, tres voces corresponden a los protagonistas y la cuarta a un narrador externo. La historia se desarrolla en el México de los años 70. Nuestra primera protagonista es Paula Rencillas, ama de casa divorciada, madre de tres hijos y de una  moral inquebrantable ve como llega a su cuerpo el otoño de sus días, en medio de esta nostalgia ve la proximidad de Pavel, amigo de su hijo mayor, como una última oportunidad para ser feliz, sin embargo, esta oportunidad no está exenta de un muro infranqueable de prejuicios y miedos. Germán Lugo, primogénito de Paula es un aspirante a escritor, un adolescente de dieciocho años que está decepcionado del amor debido a la traición de su novia Berenice, por ello, verá con recelo e inseguridad el cortejo amoroso de Mauro, dramaturgo homosexual que completa nuestro trío de protagonistas.

Enrique Serna - Imagen Pública
Enrique Serna – Imagen Pública

Dos amores ilícitos, dos pasiones distintas pero gemelas en su simiente. Tanto Paula como Germán viven en una sociedad donde la decencia y la reputación toman un papel fundamental en cada acto de sus vidas. Para Paula, la moral sobre la que ha cimentado su vida es un recurso que justifica su testarudez con la cual trata a su exmarido y con la cual ha labrado un destino impoluto e irreprochable, pero se dará cuenta que el amor encuentra caminos que contradicen cualquier corriente y que cimbra las conciencias con la fuerza de un sismo tardío. Para German, la decencia es un obstáculo para su crecimiento, la fuerte moral de su madre ha moldeado un carácter bifurcado. Durante la novela vemos su eterno debate entre ser heterosexual u homosexual por insinuaciones de Mauro, la fuerte cadena que forjó su madre lo lleva a continuas contradicciones con ella.

Por otra parte, tanto Pavel como Mauro son figuras que alientan los amores furtivos, un adolescente de dieciocho años y un dramaturgo que le dobla la edad a su enamorado. Sus intenciones son demostradas a partir de gestos sutiles, exclamaciones silenciosas de un amor al que no se puede poner barreras, porque a final de cuentas uno no puede preguntar el porqué del amor.

Enrique Serna - Imagen Pública
Enrique Serna – Imagen Pública

Fruta verde no sólo es la historia de dos cortejos amorosos, también es una novela de crecimiento. Serna proporciona a cada uno de sus protagonistas una profundidad psicológica que nos hace compaginar con cada una de sus acciones, de sus secretos, de sus caracteres. El estilo de la novela pasa por la narración lineal, el monólogo dramático de Paula, las confesiones intimistas del diario de Germán,  el guion teatral que expone el juicio contra la inmoralidad de Kimberly, prima de Paula o la  prosa poética e irónica de Mauro.

Fruta verde es una novela que modela varios conflictos con absoluta armonía,  nos muestra que existen nombres prohibidos para el amor pero que en la intimidad de nuestras recámaras son invocados  con toda la fuerza de nuestros pechos.

Bajo el hielo

Profunda soledad - Imagen Pública
Profunda soledad – Imagen Pública

por María Mañogil

La soledad es muy mala, sobre todo esa soledad que se nos pega al cuerpo en las noches de verano y que, al igual que el calor, sale hirviendo por cada poro de nuestra piel, quemándola y dejando una llaga sobre ella, cuyo escozor nos desvela y nos indica el camino de entrada a las peores pesadillas, esas que empiezan mucho antes de dormir.

Pero no hablo de esa soledad que le da nombre al placer de estar solo, me refiero a esa otra que es capaz de aniquilar en un segundo la tranquilidad del  momento que nos aparta del mundo exterior y que nos desconecta de todo, para acercarnos a la sensación pavorosa de sentirnos solos, completamente solos aunque tengamos a mil personas al lado.

A todos nos gusta estar solos en algún momento, es más, lo necesitamos. Podemos leer un libro o ver una película sin tener la obligación de ser educados, de responder a preguntas, de atender a nuestros semejantes. Estando solos nos convertimos en emisores y en receptores de nuestros pensamientos y no tenemos necesidad de dar explicaciones de ellos, ni siquiera cuando decidimos utilizar ese tiempo de soledad en perderlo. Estar solos es una forma de limpiarnos de los agentes externos que nos contaminan y quedarnos así, limpios por un rato, disfrutando de esa sensación de sumergirnos en nuestra bañera, imaginaria o no y chapotear en su interior, o quizás pisar descalzos uno de esos charcos enormes llenos de barro, dejarnos caer y revolcarnos en él, ensuciando lo que otros limpian de nosotros frotando, intentando despegar los restos de lo que en verdad somos.

Sentirse solo es muy diferente a estarlo. Es lo que nos conduce por caminos que ni hubiéramos imaginado que quisiéramos recorrer. Lo que nos lleva a hacer cosas que nos parecerían absurdas en otra situación, como contemplar ensimismados a los insectos que pasean por los rincones de nuestra casa. Es esa soledad la que nos incita a cometer locuras, o lo que es lo mismo, a materializar deseos, que en “estado normal” guardaríamos bajo llave por parecernos indecentes. O eso es lo que queremos creer porque creer otra cosa nos convertiría en monstruos.  No somos lo que queremos ser ni lo que aparentamos en sociedad; somos, entre otras cosas, lo que pensamos, sea bonito o feo. Somos lo que somos: ángeles o demonios, caballeros o monstruos, princesas o putas. Y si nos disfrazamos, es en esos momentos, en los que nos sentimos tan solos, cuando nos quitamos el disfraz. Más que quitarlo, nos lo arrancamos o nos lo dejamos arrancar por alguien, quizás por algún extraño.

Profunda soledad - Imagen Pública
Profunda soledad – Imagen Pública

Ese sentimiento de soledad, de sentirse desamparado, olvidado, ignorado o invisible, es el que nos abre o nos cierra las puertas a lo que queremos hacer, dependiendo de cómo hayamos grabado en nuestro cerebro esas lecciones de moral que tanto se empeñaron en enseñarnos. A veces por miedo a un castigo divino, a veces por rebeldía y por llevar la contraria, reprimimos nuestros instintos o nos dejamos llevar por ellos, eso sí, siempre amparándonos en que nos sentimos muy solos. Eso justifica cualquier pecado que cometamos o que pensemos

La soledad es muy mala para mí, sobre todo si es sábado por la noche y no tengo un euro en la cartera porque es final de mes. No es que el dinero aplaque esa soledad, pero ayuda, sobre todo porque me permite tomar un taxi y acortar la distancia desde mi casa hasta el garito al que decido ir para ser invitada a un vodka por algún idiota de esos que se apoyan en la barra y me miran el escote cuando me acerco, que me preguntan mi nombre y lo olvidan a los dos minutos porque ya llevan media botella de whisky.

Esos que no se dan ni cuenta que esa noche, al igual que las anteriores, a lo único que van a meter mano es al bolsillo del pantalón para sacar la cartera y subvencionar las copas de las mujeres que, como yo, no cobran su sueldo hasta dentro de una semana. De todas formas, con esa cantidad de alcohol en el cuerpo, sólo podrían aspirar, con suerte, a meter la llave en la cerradura de la puerta de su casa. Algunos ni eso.

Eran poco más de las doce cuando llegué al bar al que ya he ido otras noches acompañada por alguna amiga. Esa fue la primera vez que entré sola, pero no me importó, pensé que ya encontraría a alguien conocido que estuviera lo suficientemente sobrio para acompañarme a casa en su coche por la mañana. Las doce es una buena hora. Es la hora en que Cenicienta se despoja de su vestido de princesa y vuelve a cobrar la apariencia de mujer de barrio bajo, regresa a su casa, se pone el camisón y deja a su príncipe libre para que se apoye en la barra de cualquier bar y se emborrache mientras un grupo de chicas sedientas, que no se conocen entre sí, pero respetan su turno, le vacían la cartera.

Cuando el portero me abrió la puerta no miré hacia la barra. Llevaba media hora andando y aunque la temperatura había bajado en los últimos días y el calor no era tan sofocante como las noches anteriores, sentí el sudor resbalando por mi cuello e imaginé mi cara manchada de negro con chorreones de rímel y recordé que un amigo me había comparado con un mapache unos meses atrás, un día de esos en los que lloré por algo, cuando todavía existían cosas capaces de hacerme llorar, así que me dirigí al cuarto de baño para que el espejo me dijera si estaba en condiciones de mostrar mi cara al idiota que iba a pagar aquella noche mis copas.

Profunda soledad - Imagen Pública
Profunda soledad – Imagen Pública

Entré en el baño y saludé a tres chicas que se reían a carcajadas mientras una cuarta remojaba su melena en el lavabo. Ninguna respondió a mi saludo. Le di un par de golpecitos suaves en el hombro a una de ellas para pedirle que se apartara y me acerqué al espejo tanto como pude para comprobar que no había ningún resto de pintura negra alrededor de mis ojos.

Parece que el sudor no es tan poderoso como las lágrimas para hacer que el rostro de una mujer se convierta en cuestión de minutos en el de un animal salvaje.

Recordé el comentario de mi amigo cuando me llamó mapache y le odié por ello. Después lo olvidé por completo y no lo volví a recordar hasta que, a la mañana siguiente, limpié dos enormes manchas negras que rodeaban mis ojos, frente al espejo de un cuarto de baño que no era el mío. Pero eso fue horas más tarde.

Antes tuve que mirar a un lado y al otro en el bar y buscar a un compañero complaciente de esos de usar y tirar, de esos desechables, pero resistentes a la vez, como el papel de cocina que anuncian en televisión, que absorbe mucho y molesta poco en el cubo de la basura. Y sobre todo calladito, ya que no me apetecía estar escuchando toda la noche la historia del típico hombre casado que no se separa de su mujer por sus hijos adolescentes, que no aparecen por casa más que para pedir dinero y a los que les importa bien poco con que fulano se acuesta su madre o en que prostíbulo se desfoga papá.

Tampoco tenía ganas de aguantar el rollo estudiantil de segundo año de administración de empresas, ese que suelta el chico que se hace fotos con el móvil al lado de una mujer madura para enseñárselas a sus compañeros de clase mientras les presume el cuento de “mujer extenuada después de una noche loca conmigo”, versión manipulada de “eyaculó antes de que me quitara el sostén”.

No, no me apetecía que me contaran su vida (si hubiese querido mantener una conversación más o menos interesante habría esperado a la tarde del lunes porque a la biblioteca de mi barrio también acuden hombres), así que intenté acertar esta vez y le lancé una sonrisa al que le vi más cara de panoli y con la mirada perdida en la copa. Ni demasiado viejo ni demasiado joven. Ni guapo ni feo. Me devolvió la sonrisa y lo demás fue muy fácil.

Cuando el imbécil de la barra pagó mi segundo vodka, un pinchazo en el estómago me recordó que no había cenado y a él le pareció bien la idea de invitarme a cenar a un local de esos de comida rápida. Cualquier excusa le habría parecido perfecta para salir del bar conmigo, ya que eso aumentaba las posibilidades de que acabáramos en la cama de algún hostal o donde quisiera llevarme.

Profunda soledad - Imagen Pública
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Me pregunté porqué no recurriría a contratar los servicios de una prostituta, si disponía de dinero suficiente para pagar mis copas, las suyas, invitarme a cenar, pagar una habitación y el taxi que me llevaría a casa a la mañana siguiente, pero imaginé que debía ser denigrante para él y para cualquier hombre tener que pagar por algo que se supone que todo el mundo merece y que no le resultaría agradable tener que renunciar a involucrarse en el juego de la seducción, al riesgo también de ser rechazado, al no saber qué va a pasar… al fin y al cabo, la emoción es lo único que nos mantiene vivos cuando todo a nuestro alrededor se muere y pagar por todo sin lucharlo sería una forma más de sentir que se está muerto, como todo lo demás.

La soledad, cuando no la elegimos, nos hace vulnerables, débiles, mezquinos. Nos obliga, nos destroza y nos coarta, dejándonos desnudos de empatía y de compasión. Yo no sentí ninguna de esas cosas  por aquel hombre y tampoco las fingí. 

No sé porqué ni cuándo cambié mis planes de cenar e inventarme una excusa para irme a casa. Supongo que me deje llevar por la apatía que derivó de las ganas de querer dominar, de querer ser más que alguien y de tomar a quien me pareció más débil que yo para utilizarlo a mi antojo. Nadie es inmune a esa apatía y desgana que sobreviene cuando, dejando atrás la sensación de superioridad, llega de puntillas el miedo, que es lo que se esconde detrás de cualquier cosa que hagamos sin que interfiera ningún sentimiento.

Recordé mis años de adolescente cuando lo que más valoraba en un encuentro sexual era el intercambio de cariño, pero no fui capaz de recordar en qué momento ni en qué lugar se me perdieron esos valores. Supongo que me cubrí con una capa de hielo para no quemarme y ese hielo se quedó pegado a mi piel, como otra capa más que consiguió aislar mi cuerpo de eso que llaman alma. De vez en cuando se desprendía, sólo de vez en cuando, y entonces era capaz de sentir algo parecido al placer.

A la mañana siguiente reconocí al mapache en el espejo y antes de limpiar mis ojos volví a sentir ganas de llorar, pero pensé que ya lloraría en casa mientras me sumergía en una bañera llena de espuma, o mientras la soledad, la que duele, me envolviera con recuerdos y con la nostalgia de las risas de una niña, chapoteando en los charcos y con la cara cubierta de barro.

Yo no soy un premio que hay que ganar

Princesas - Imagen pública
Princesas – Imagen pública

por Andrea Rivas

Cuando era niña construyeron el segundo piso de la casa donde vivía. Al subir a conocer mi nueva recámara, me encontré con que era la más cercana a la puerta que daba a un balcón. Salí a asomarme y mi mamá, emocionada por las mejoras a nuestra casa, me dijo algo como: imagínate, cuando seas grande, algún galán va a traerte serenata para que te asomes desde tu balcón de princesa. Y yo lo imaginé todo.

Luego de ver Aladdin cinco billones de veces y escuchar a la princesa Jasmine decir, indignada “yo no soy un premio que hay que ganar!” y recordar los constantes “esta niña está bien bonita, va a tener un chorro de galanes” me vienen algunas ideas a la cabeza.
La primera: la idea de que tantas niñas crezcan pensando en tener “un chorro” de galanes no me parece la más sana del mundo. Y es que, por un lado, ¿qué somos? ¿la carnada, el hueso que hay que perseguir? y como Jasmine, ¿el premio que hay que ganar? El supuesto ideal de tener a toda una manada de chicos mu-rién-do-se por ti, deseando besar el suelo que pisas y dispuestos a matar dragones y atravesar la galaxia para encontrarse con tu maravillosa presencia, implican que: necesitas tener una presencia maravillosa. Verte como princesa de Disney, comportarte como dama, tener la mente de un genio, además humor, seguramente habilidades gastronómicas; o más cercanos a estas épocas: habilidades con el control del Xbox, conocimientos en campos de zombies y “cosas de chico”, capacidad de parecer sexy en cualquier tipo de ropa, no hablar demasiado de “cosas de mujeres” pero ser suficientemente femenina, blah, blah. Porque ser una misma, no es suficiente. Nunca. No podemos ser carnada eficiente si no cumplimos los requisitos del depredador.

Jasmine - Imagen pública
Jasmine – Imagen pública

La segunda: Ojalá cuando se le dice a una niña que va a tener una lluvia de pretendientes alguien le avisara que más que un presagio alegre sobre un futuro posible, es una advertencia. Y de esta idea surgen dos ideas más: por un lado, mi dramatismo me permite afirmar que es sinceramente terrible la idea siquiera, de tener “un chorro de galanes” a los cuales decir: “perdón, pero es que ahorita estoy concentrada en mi carrera”, “te quiero, pero como amigos”, “es que acabo de salir de una relación muy larga y quiero tiempo para mí…” y demás maravillosas palabras que, en el 90% de los casos, significan simplemente: NO. Y lo terrible no es decirle que no a lo que no se quiere, sino que “eso” a lo que decimos “no” son personas, humanos. Algunos de ellos quizá sufran una verdadera desilusión. Algunos, quizá, en verdad lo sientan en el alma… Pensarlo es suficiente para querer salir a las calles vestida como pordiosera para no ser la causa del corazón roto de nadie… (aunque pensándolo así, ¿qué sería de la poesía sin el “no” y la friendzone y…? En fin).

Vaya, es que la situación se plantea como:

-Eres tan maravillosa que voy a ponerte todos los tipos de dulces en una vitrina. Todos mueren porque te los comas y todos son gratis. Puedes elegir uno y solo uno. Ahí están, mijita, felicidades.

-Oye, tía, elegí estos Totis, pero la Tutsi Pop está llorando, no quiero que llore, ¿por qué está triste?

-Déjala, hija, que llore. Que sufra, tú estás guapísima y estás para que te rueguen, no para preocuparte por la Tutsi Pop. Que se comporte como caramelo macizo, parece chicloso…

Y por otro lado -y hablo sólo de los extremos- hay mujeres cuyo ego es alimentado fastuosamente y que reciben, encantadísimas, las miradas y corazones de cualquiera que las contemple, así, sin dar nada, sin preguntarse nada. Qué bonita soy, sufre. El problema habla solito.

Princesas - Imagen pública
Princesas – Imagen pública

Pero es que ¿de dónde salió semejante idea? Me parece un problema real. Vivimos en una sociedad complicada y es posible que ninguno de los adultos que miran a una pequeña coqueta, inteligente, de cabello bonito o carácter risueño y le afirman: “cuando crezcas se van a pelear por ti”, esté consciente de todo el peso que está depositando sobre los hombros de esta pre-mujer. Es posible que no se percate de que la está cosificando, al igual que al otro y a todos los que, aparentemente, están destinados a pelearse el corazón -o nalgas, o atención, o favor- de la niña que, en vez de imaginarse siendo el centro de la mirada de los futuros galanes, debería saltar en el lodo y no sé, ser una niña y preocuparse por elegir entre un Carlos V y un Lucas, lejos de las luchas de ego, los ideales de princesas y la búsqueda de toda esa innecesaria atención.

Podría escribir cosas así hasta el infinito, sin embargo la idea es esta: las mujeres no somos un premio que hay que ganar; los pretendientes no son elementos estáticos en una vitrina. Y a las niñas, ¿qué..? Dejemos ser. Esas ideas para las novelas, esto aquí, somos personas, esto que se mueve, es un corazón…

Huelga sentimental

CLOSED-IMAGEN PÚBLICA
CLOSED-IMAGEN PÚBLICA

por Carolina Vargas

Estoy sumamente confundida, creo que eso de las relaciones humanas no es lo mío. La verdad es que siempre he sido muy huraña, tengo pocos amigos, he tenido pocas relaciones de pareja y para una mujer de mi edad y en esta época, creo que también he tenido pocos compañeros sexuales.

Admito que soy muy neurótica, prefiero no hacer referencias físicas o estéticas sobre mí,  porque soy mi peor enemiga y no me tengo piedad, pero independientemente de eso, admito que durante mucho tiempo tuve serios problemas de autoestima, no soy una mala persona ni padezco nada contagioso ni incurable, por lo que en términos simples y muy generales creo que no difiero mucho del común de los mortales, por lo que supongo no soy la única a la que le cuesta trabajo relacionarse con otras personas ¿o será solo un asunto de neuróticos?

Hace muchos años estuve profundamente enamorada de un hombre con el que tuve una relación de siete años, fue mi primer amor. Debo confesar que el principal motivo por el que todo aquello se fue al carajo fueron los celos, al principio eran los celos de él hacia mí, después el torbellino de Otelo nos envolvió a los dos, lo que convirtió el idilio en un infierno.

Me prometí nunca caer en el negro abismo de los celos, ni permitir que nadie de ese inframundo arrastrara mi alma de regreso. Algunas veces lo he cumplido, de otras no he salido tan bien librada pero lo que si tengo muy claro es que el que busca encuentra, si no encuentras la evidencia encuentras el pretexto…así de simple y yo me he prometido vivir en paz. Quizá por lo esa razón es que nunca he querido verle la cara a nadie, por muy mierda que se porten conmigo, eso de hacerme pendeja y salir o coger con varios al mismo tiempo, nomás no se me da, pero igual cuando alguien desconfía de ti, así pasen las 24 horas del día juntos van a desconfiar y a ponerse celosos hasta del espejo.

CLOSED-IMAGEN PÚBLICA
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Pienso en mis relaciones y en todas, mis ex novios han tomado la decisión de sepultarme y hacer como si mi paso por su vida jamás hubiera ocurrido, todas han terminado mal,  incluso cuando escucho decir a alguien “quedamos como amigos” nunca he entendido a cabalidad como puede ser posible, yo alguna vez lo intenté y de una manera muy sutil me mandaron al carajo. Como se puede remendar un trapo completamente deshilachado.

Respecto a mis amigos, pues tengo muy pocos, no me quejo es algo que yo he decidido, desde niña fui muy selectiva para hacer amistad con alguien, prefería estar sola a compartir mi tiempo con personas que me hicieran sentir incómoda o que no me aportaran nada. Justo ahora me encuentro en casa, en familia, en la tierra que me vio nacer y crecer, por razones de la vida yo vivo lejos y sola y en esta visita, desafortunadamente no he podido reencontrarme con mis amigos, muchos de ellos hicieron lo mismo que yo y abandonaron el terruño para echar raíces en otros lados, por lo que acá en mi tierra me quedan muchos menos brothers que en mi sitio actual.

De mi familia puedo decir que siempre he sido la niña rara en una familia de raros. Mi caso no es excepcional, creo que a todos nos ha pasado lo mismo. Después de muchos años de conflicto, puedo decir que llevo una buena relación con mi madre ha sido la única persona incondicional conmigo, solo tengo una hermana y desde que nació le prometí que la cuidaría y la amaría toda la vida, promesa que he cumplido hasta hoy; tengo un abuelo que me adora, una de las personas que más quiero en este mundo y quien siempre ha sido un misterio para mí. Con el resto de la prole no tengo mayor problema, puedo decir que nos prodigamos  mucho afecto, pero me he desconectado muchísimo, me cuesta mucho trabajo ser ese pariente que llama una vez a la semana.

Me causa conflicto el tratar con otras personas, esa es la única verdad, me cuesta trabajo la convivencia y aunque trato de brindarme a otros, si siento que las cosas no funcionan huyo lo más pronto posible para que no me hagan daño, ya sé que es una actitud muy cobarde, pero incluso cuando me he quedado siento que no ha valido la pena porque termino muy maltrecha e ignorada por el ex novio en turno. En el caso de los amigos ahí los resultados han sido variopintos, quienes han sabido comprender se han quedado, por lo que valoro muchísimo su afecto incluso a los que se han ido los recuerdo con cariño y añoranza. Mi familia…pues diría que tengo la cena navideña o de fin de año para ponerme al día, pero hace años que eso no sucede, por lo que a mi madre la llamo a diario y de alguna manera ella me pone al tanto.

CLOSED-IMAGEN PÚBLICA
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No quisiera ser como esa canción que dice “yo quiero tener un millón de amigos” quisiera poder establecer mejores relaciones con las personas que ya están en mi vida, porque sinceramente como puedo aspirar a conocer gente nueva si mis relaciones actuales no están tan bien como yo quisiera. Y no es hacerle a la chillona o ponerme de víctima, lo escribo porque creo que soy más elocuente de esta manera que hablando, quisiera que mientras tecleo estas líneas se me revele una posible solución, poder leer todo esto como si fuera la voz de una tercera persona y analizarlo con cabeza fría, es quizá mi manera de ayudarme, porque en verdad me interesa dejar el azote sentimental y poder relacionarme de una manera más sana sin tener que recurrir a un libro de autoayuda…

¿Por qué buscamos amor?

Amour/Love - Imagen pública
Amour/Love – Imagen pública

por José Luis Dávila

Me cuesta trabajo pensar que muchas personas de mi edad, o contemporáneas, todavía piensan en las relaciones de pareja como un factor de peso para el éxito en la vida. Me hace preguntarme si de verdad vale la pena todo el esfuerzo que requiere sostener emocionalmente a otra persona. No digo que no sea importante tener una pareja, alguien con quien compartir la vida de forma profunda, más profunda de lo que la amistad se limita, alguien en quien depositar confianza, seguridad, paz mental, todo eso que se suele depositar. Yo lo he hecho, con frecuencia. Y he dejado que lo hagan conmigo. No estoy en contra de que se busque tener una vida en pareja, aun cuando todas mis relaciones se puedan clasificar como patrones de conducta, según algunos de mis amigos, que llegarían siempre al mismo fin. Desastres anticipados, pues.

Si no estoy contra ello, entonces ¿por qué me resulta extraño que las personas busquen amor? El asunto es que hay algo que nos inculcan desde pequeños, algo en las personas que nos rodean: parte de la felicidad viene de la vida en pareja, lo vemos con nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros tíos, lo vemos en todas las personas mayores que nos rodean, y mientras vamos creciendo, tendemos a crear un ideal al respecto, uno propio en la mayoría de los casos, aunque haya quien culpe a los medios por dar falsas ideas del amor, diciendo que, por ejemplo, todas esas historias felices en las que los problemas de la pareja principal siempre se resuelven al final, afectan a los modelos que proyectamos para nuestra vida, pero creo que quienes afirman eso están tratando de evadir la responsabilidad que tienen ellos y sus circunstancias en sus fracasos amorosos.

500 days of Summer - Imagen pública
500 days of Summer – Imagen pública

Asimismo, evadimos que esas personas que vimos amarse mientras crecíamos, también tenían problemas en sus relaciones, muchos más problemas de los que alcanzamos a ver. De suerte que cuando empezamos a acercarnos a otros con la intención de tener una relación, estamos ya negando la posibilidad del fracaso. Bueno, a nadie le gusta fracasar, pero hay veces en las que fracasar es otra de las formas del triunfo; una forma retorcida, si se quiere. Es cliché decir que cada fracaso es un paso de experiencia. La practica hace al maestro, errar es de humanos, toda esa basura que nos creemos para sentirnos mejor. La verdad es que no, que el triunfo no está en aprender de la relación, porque aprender de una relación es ensimismar la experiencia, es decir, no se puede aprender nada de una situación en la que se es parte activa y contemplativa al mismo tiempo, porque inevitablemente, cuando una relación termina, tratamos de justificarnos, desbordar en el otro algunas de las fallas propias, o exagerar los defectos ajenos. El triunfo está en haber aprendido de la pareja (o ex pareja en este punto), en saber que aparte de todo lo que pudo representar sentimentalmente, también es un individuo que al estar tan en contacto con nosotros, nos dejó ser parte de cómo experiencia el mundo, y tener la capacidad de respetar esas perspectivas, y sumarlas a la polifonía que de por sí ya somos –porque lo quieran o no, somos el conjunto resultante de otras voces filtras en nuestra voz–, es verdaderamente valioso.

Eso último es algo que no solemos atender. Por una u otra razón, termínanos haciendo lo primero, evitando la responsabilidad, alejándonos todo lo posible de la experiencia, esperando que llegue una nueva oportunidad con alguien más, en quien confiaremos que haga las cosas bien porque, obvio, nosotros siempre nos esforzamos en ser lo mejor que se pudo encontrar en la vida. Entonces es una buena pregunta, ¿por qué buscamos amor? Si no lo sabemos manejar, no queremos asumir las consecuencias que provienen de él, no nos gustan las obligaciones que se contraen cuando se tiene. “Lo buscamos por lo que nos hace sentir”, podría decirse, pero una respuesta en ese tono quizá no sea muy sincera, tomando en cuenta que las más de las veces no se sabe lo que se siente. A todo esto, antes de ponernos a buscarlo, ¿acaso sabemos lo que es el amor?, ¿en verdad buscamos amor? Veo que lo que en verdad estamos cazando es la pasión, los instantes en los que las emociones se disparan. Si eso es lo que entendemos por amor, tal vez estemos equivocados, porque entonces no queremos compartir ni ser para alguien más, ni que se otro comparte o sea para nosotros, sino que sea de nosotros, y ser de esa persona, que significa algo completamente distinto, pero sin duda es más fácil de controlar. Puede ser que el amor es tan aterrador que elegimos ponerle ese nombre a esta otra experiencia, para engañarnos un poco, para no darnos cuenta que a veces por más que se busque algo, simplemente no seremos capaces de encontrarlo. Al menos no como lo queremos que sea.

Te quiero

Lío de palabras - Imagen pública
Lío de palabras – Imagen pública

por Marco A. Espinoza

 

En el lenguaje habitan referentes
entumecidos y paralizados,
tanto como sentimientos truncados,
quizá por culpa de vetustas mentes.

Por ello busco alternas maneras,
modos distintos de decir “te quiero”,
que se aferren a lo verdadero,
sin recurrir a formulillas meras.

Cuando me escuches decir “amor mío”,
ten en cuenta que no es invención propia;
mas mi lenguaje privado es un lío.

Pero si “te quiero” de mí se apropia,
y si anulas lo que le hallas sombrío,
luego decírtelo es táctica obvia.