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Todos tenemos que aprender alguna vez

Escritura - Imagen pública
Escritura – Imagen pública

por María Mañogil

Hace unos meses leí una columna (iba a decir una vez, pero mentiría, ya que la leí varias veces porque me encantó) de una amiga y muy buena columnista de esta misma revista, en la que hablaba sobre los recuerdos y hacía mención a una película que trataba sobre ese tema. Yo descargué la película y la vi, y en estos momentos, mientras escribo, estoy escuchando una canción que pertenece a su banda sonora y que ¿para qué voy a ocultarlo? me hace llorar.

Hay pocas cosas que no me hagan llorar y la letra de esta canción, compuesta únicamente por cuatro frases que, junto con la música son todo cuanto necesita para darle sentido, no podía ser menos. Al fin y al cabo, cada frase que escucho no es más que un fragmento de lo que estoy sintiendo y de lo que me gustaría decirles a muchas personas, algunas de ellas muy cercanas y que forman o han formado parte de mi vida, sólo que a mí me gustaría hacerlo con mis propias palabras y sobre todo en mi idioma. Y eso es todo lo que voy a intentar, con la esperanza de que, al menos, les llegue una pequeña parte de lo que pienso y si lo consigo, sólo con eso ya me daré por satisfecha. Lo demás, lo que se me escape al escribir o lo que no llegue a ser un mensaje claro, siempre se quedará en el mismo lugar de donde salió; de alguna forma, al escribir, aunque no se exprese todo, siempre queda algo de lo no expresado entre palabra y palabra.

Desde hace bastante tiempo llevo queriendo escribir esto, pero nunca me había decidido a hacerlo y no encuentro ninguna razón que explique el porqué no lo he hecho antes. Quizás no tenía ni idea de como empezar y es que es un tema que me afecta, que me duele y que me me emociona tanto, que no sé si seré capaz de encontrar las palabras exactas que quiero decir. Nunca me había pasado antes, ya que siempre he escrito sobre cualquier cosa que se me ha ocurrido, me afectara en mayor o menor medida, y aunque a veces me he liado, llegando a desviarme del tema sobre el que había empezado a escribir y he acabado escribiendo sobre otro, al final siempre he conseguido volver al punto donde me perdí. Esta vez es diferente porque ya estoy perdida antes de empezar.

Podría contar una historia y todo sería más fácil, pero ninguna historia encajaría aquí, ni mucho menos englobaría a un grupo de personas que son por y para las que estoy escribiendo.

Esto no es un regalo para ellas ni tampoco un homenaje. Ojalá pudiera hacer que lo fuera.

Cuando somos jóvenes los años pasan muy despacio. Recuerdo que cuando era niña lo que más deseaba era hacerme mayor. Los días me parecían muy largos, no veía el momento en que empezaran las vacaciones de verano para no tener que ir al colegio. En la adolescencia se me hacía eterna la semana esperando que llegara el sábado para ir a la discoteca con mis amigos. Anhelaba el día en que cumpliera mi mayoría de edad, pensando como la idiota que era, que ese día sería especial, que de repente todo iba a cambiar para mí, como si el breve instante en que pasas de tener 17 a 18 años fuese igual que contemplar el sol a través de unas gafas de esas que venden o regalan en los periódicos para proteger las retinas cuando hay un eclipse. Como ver una estrella fugaz y pedir un deseo, esa es la sensación más parecida a cumplir la mayoría de edad. De repente ya eres mayor y haces una fiesta espectacular para celebrarlo y a la mañana siguiente te das cuenta de que eres la misma persona que ayer, que nada ha cambiado.

 Nada cambia de la noche a la mañana, o al menos no nos damos cuenta mientras sabemos o creemos que tenemos toda la vida por delante y que siempre vamos a estar bien.

Nebraska - Fotograma
Nebraska – Fotograma

Sólo somos conscientes del paso del tiempo cuando vemos un gran cambio y ese cambio se suele dar cuando empezamos a sentirnos demasiado mayores para hacer ciertas cosas que antes podíamos hacer sin ningún problema y como parte de nuestra rutina y que en un momento dado, hacerlas se convierte en un gran esfuerzo. También puede pasar antes, cuando tenemos alguna enfermedad que nos impide, aún siendo jóvenes, llevar una vida normal y con “normal” me refiero a la vida que estábamos acostumbrados a llevar antes de enfermar.

A nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros ancianos, los hemos visto crecer junto a nosotros o, mejor dicho, no los hemos visto crecer, sino que crecíamos mientras a ellos los veíamos siempre igual, trabajando, cuidándonos, acompañándonos, ayudándonos a hacer nuestros deberes… Y creemos, o queremos creer que siempre va a ser así hasta que un día nos damos cuenta de que ya no lo es.

Cuando hablo de enfermedades no me estoy refiriendo a una gripe, creo que es evidente que estoy hablando de enfermedades degenerativas, como pueden ser, entre otras, la enfermedad de parkinson, la osteoporosis o el alzheimer. Son las que más conozco porque son las que me ha tocado ver de cerca. Al igual que el cáncer, no son enfermedades que única y  exclusivamente padezcan las personas ancianas, también hay personas jóvenes que las sufren.

Lo más triste de todo no es la enfermedad en sí, aunque supongo que es muy fácil y muy egoísta por mi parte decir esto cuando no soy yo quien está enferma. Lo que me causa más impotencia es lo que veo cada día a mi alrededor y que me trasmiten las personas que sí padecen estas enfermedades y que son personas a las que quiero, a las que quieren las personas que quiero y otras que, aún sin conocerlas, también están cerca de las personas que me han cuidado,que me han visto crecer, que me han querido y que me quieren y que, por lo tanto, son importantes para mí.

Lo que me causa más dolor, aunque a veces no sea capaz de demostrarlo, es sentir lo que sienten estas personas y saber que, aún sin ser cierto, ellas puedan llegar a creer que, debido a sus limitaciones ya no son útiles para los demás, incluso algunas llegan a pensar
que son una molestia.

He de decir que cada persona que conozco que ahora ve como su vida está limitada a causa  de una enfermedad como las que he nombrado, han sido y siguen siendo personas luchadoras, valientes y que han aportado mucho a su familia, a sus seres queridos y a la sociedad. Me da mucha pena no tener la capacidad de demostrarles que siguen aportando no lo mismo, sino más.

Ojalá se pudieran ver a si mismas a través de mis ojos. Yo les enseñaría la falta que me hacen y cuanto me han ayudado, pero sé que hacer eso nunca va a estar en mi mano y por eso prefiero escribirlo. Al menos al leer es más fácil aprender lo que un día se desaprendió o lo que una enfermedad hizo olvidar: que siempre habrá alguien en el mundo que nos necesite.

Siempre nos empeñamos en olvidar nuestro pasado, como si los recuerdos, tanto los malos como los buenos, pudieran dañarnos, unos por ser demasiado feos y los otros por envolvernos en la nostalgia de tiempos mejores y lo hacemos porque pensamos que es pasado nos impide avanzar, cuando la realidad es bien distinta.

El pasado no debería hacernos daño, es la base que tenemos para poder construir nuevos recuerdos. Nuestro pasado, nos guste o no, es parte de nosotros y eliminarlo sería igual que romper un trozo de nuestra vida. Algunas personas se empeñan en querer hacerlo.

Y mientras unos intentan borrar su pasado, otros luchan por recordarlo. Y eso es muy triste tanto para ellos como para quienes tienen a su lado, seres con los que han compartido su vida, sus sueños… y de los que un día no recordarán ni su rostro ni su nombre.

También intentamos correr, no sé para qué. Para llegar antes ¿a dónde?. Corremos para todo, para ir al trabajo, para hacer la compra…siempre tenemos prisa y el hecho de tener que esperar nos irrita y nos molesta tanto que hemos llegado al extremo de perder la paciencia incluso cuando vamos caminando detrás de una persona anciana que no lleva el mismo paso que nosotros. Hemos convertido nuestra vida en una carrera, compitiendo los unos con los otros para ver quien llega antes y sorteando los obstáculos aunque para ello tengamos que empujar o pisar a quien tenemos al lado. Mientras corremos por llegar los primeros, nos perdemos todo lo que hay en el camino y en el camino hay personas que van muy despacio porque para ellas caminar se ha convertido en un reto diario, igual que levantarse todas las mañanas, sostenerse en pie sin ayuda, comer, hablar e incluso respirar.

Mientras nosotros corremos y nos quejamos por la falta de tiempo que nos agobia y convierte cada uno de nuestros días en una carrera contra reloj, otros utilizan su tiempo (para algunos escaso) en hacer su vida lo menos complicada posible, en intentar sufrir menos, en aliviar los síntomas de su dolencia de la manera más eficaz y sobre todo, en luchar por dar un paso hacia adelante cada día y que ese paso no se convierta al día siguiente en uno hacia atrás.

Mientras nosotros nos torturamos con el problema que tuvimos el mes pasado y nos esforzamos en olvidar lo que nos duele (como si olvidar fuese tan fácil como tapar con corrector un borrón sobre un papel), otros intentan recordar lo que comieron ayer, a modo de ejercicio para no olvidar más adelante toda su vida, a sus seres queridos y hasta su propio nombre.

Yo no quiero olvidar nada de lo que he hecho ni de lo que he vivido. Tampoco quiero ir corriendo a ninguna parte porque no tengo prisa por llegar. Quiero pasar el mayor tiempo posible con quienes caminan a mi lado y si ellos no pueden correr ¿por qué he de hacerlo yo?

Caminaré despacito para no perderme nada de lo que me aportan esos que creen que ya no les queda nada por aportar. Quiero aprender todo cuanto tienen que enseñarme, porque, como dice la canción que estoy escuchando: Todos tenemos que aprender alguna vez.

Cuando estoy cerca de alguien que siente que ya ha hecho todo cuanto tenía que hacer en su vida, le diría que me hablara, que yo no voy a estar ahí escuchándole para que se sienta mejor, sino porque soy yo quien necesita escucharle para poder aprender a ser mejor persona.

Ahora que estoy acabando de escribir, escucho con más atención la canción en inglés que  no ha dejado de sonar en todo este tiempo, la misma que me hace llorar y cuya música ha sido el único sonido que me ha acompañado durante horas, mientras pensaba, escribía y corregía una y otra vez.

Ahora por fin escucho la voz del cantante y entiendo más o menos esto: “Cambia tu corazón, mira a tu alrededor… te sorprenderás”, “necesito tu amor como a la luz del sol”, “todos tenemos que aprender alguna vez”.

Es todo cuanto dice la canción, pero sinceramente, no creo que necesite decir nada más…Yo tampoco.

Para quien la quiera escuchar: 

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¿Y Si…?

MUJER CHATEANDO-IMAGEN PÚBLICA
MUJER CHATEANDO-IMAGEN PÚBLICA

Por María Mañogil

Ayer estuve hablando con una amiga a través de una red social, ya que no vivimos en la misma ciudad y la única forma que tenemos para comunicarnos es ésta. Compartimos experiencias, ideas, pensamientos…y también le pedí su opinión sobre un tema. En varias ocasiones, durante la conversación, me preguntó si la entendía y si se explicaba bien.

Esa es una buena pregunta cuando se habla a través de una pantalla de ordenador. Las palabras no suenan igual precisamente porque no se oyen, tan sólo se ven escritas y eso puede dar lugar a interpretaciones distintas al mensaje que se desea transmitir a través de ellas.

Éste es el problema que surge siempre cuando utilizamos el lenguaje escrito, y no me refiero a cuando leemos un libro, ahí todo es más fácil; el escritor se encarga de adornar su escritura con diversos detalles que nos ayudan a situarnos en el lugar, la época y las circunstancias de la historia que quiere contar. Eso no pasa con los mensajes de texto, ya sean a través de whatsapp o de cualquier otro medio y es que en ellos no utilizamos más que una serie de símbolos o frases cortas, que casualmente suelen ser siempre las mismas en todas las conversaciones, haciendo de nuestro lenguaje un lenguaje frío, impersonal y que más se asemeja a un telegrama que a una conversación en toda regla.

Con el teléfono pasa algo parecido. Escuchamos la voz de la otra persona unas milésimas de segundo después de que haya hablado, un espacio de tiempo imperceptible y que ayuda a alimentar el engaño de la “comunicación sin caras”. La comunicación entre dos personas, la auténtica, no se basa sólo en palabras, también en gestos.

Es verdad que las personas invidentes no disponen del sentido para detectar estos gestos, pero sí poseen otros, más desarrollados que los nuestros, que les hace poder entender, no sólo escuchar. Porque escuchar sin entender no es comunicarse y para poder entender a alguien es necesario saber ver más allá de las palabras que salen de su boca. Mirarse a los ojos, tocarse las manos o cualquier otro gesto que tenga lugar entre dos personas que estén conversando tendrá siempre más significado que todas las palabras que sean capaces de decirse durante el tiempo que dure la conversación. Las palabras engañan, los gestos no. Las palabras se pueden entender mal; un abrazo, una lágrima o una sonrisa en un momento determinado, es capaz de cambiar todo el sentido de una frase pronunciada, desde donde las palabras no son más que el medio para explicar un sentimiento y los sentimientos no siempre son explicables.

Todos estamos hechos de emociones y cada uno de nuestros instantes está guiado por una emoción. Intentar ponerle nombre a esa emoción es algo realmente peligroso porque nadie puede sentirla más que nosotros mismos e intentar explicarla a otros supone aceptar que corremos el riesgo de no ser entendidos. Si lo hacemos a través de un teléfono o (peor aún) a través de un mensaje de texto, nuestras emociones se pueden perder en el trayecto y a la  persona que nos escucha, no le llegarán más que palabras. Palabras que pueden ser ciertas o no.

Si pudiéramos siempre verles la cara a los demás o tocarles o escuchar con precisión el tono de su voz en cada momento cuando nos están hablando, sería mucho más fácil no equivocarnos al interpretar lo que nos dicen.

MUJER FRENTE A COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA
MUJER FRENTE A COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA

Cuando hablamos no estamos conversando. Podemos hablar solos o soltar una palabra como “joder” en un momento de enfado o de sorpresa y no dejará de ser nada más que una expresión, sin embargo, conversar significa mucho más que darle a la lengua y en ello están implicados todos nuestros sentidos, incluso los que no conocemos.

Si pudiéramos escucharnos a nosotros mismos tal y como nos escuchan los demás, nos daríamos cuenta que más de la mitad de lo que decimos no es lo que sentimos en realidad, que la mayoría de palabras que utilizamos sobran y que nos faltan otras que todavía no se han inventado.

Si pudiéramos vernos como nos ve la persona que nos escucha, comprenderíamos el motivo de muchos enfados y podríamos evitar el inicio de muchas discusiones innecesarias. Escuchar o leer lo que nos dice otro no nos asegura que lo estemos entendiendo porque quizás lo que leemos o escuchamos no corresponde a la emoción que quiere mostrar  (u ocultar). Cuando hablamos cara a cara con alguien es más difícil equivocarnos. Mirar a los ojos de la persona con la que conversamos no sólo es un gesto de “buena educación “que demuestra interés, también es una buena manera de decirle que no le vamos a engañar y que puede confiar en nosotros. Es por eso que nunca me ha gustado conversar con alguien mientras oculta su mirada tras unas gafas de sol (a menos que en verdad tenga el sol en frente y le deslumbre), ya que pienso que se está escondiendo o protegiéndose de mí.

Muchas discusiones empiezan en la sombra y mucho más en estos tiempos en los que la tecnología se ha convertido en parte de nuestras vidas. No nos queda más remedio cuando se trata de personas que viven lejos, pero ¿y las que tenemos cerca?, ¿y si en vez de discutir con ellas por teléfono o por whatsapp nos acercáramos hasta su casa y habláramos con ellas de frente, expresando con claridad todo lo que sentimos y explicando el motivo de nuestro enfado mirándoles a los ojos? Estoy segura de que la mayoría de las veces que hiciéramos eso evitaríamos discutir y, en caso de hacerlo, la discusión sería real y nos alejaríamos de esas personas con la certeza de que hemos dicho y oído todo cuanto debíamos sin escondernos.

ROMPIENDO LA COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA
ROMPIENDO LA COMPUTADORA-IMAGEN PÚBLICA

Tampoco se trata de ir a buscar a alguien para iniciar una pelea, física o verbal (eso sólo lo hacen los idiotas) y en este caso sí sería mejor hablar por teléfono para evitar conflictos, pero dos personas con la madurez suficiente para comunicarse deberían ser capaces de hacerlo de una manera natural, ¿y qué hay más natural que hablar cara a cara? 

Nos hemos acostumbrado a contarle nuestros cosas más íntimas a un ordenador, a expresar lo que sentimos moviendo los dedos sobre un teclado y nos hemos olvidado un poco de lo que es el contacto visual, el olor, el tacto  y todas esas sensaciones que tenemos al estar cerca de los demás y que nos producen placer, como puede ser una sonrisa, una caricia o un beso.

¿Cuántas veces el gesto de una persona nos ha hecho darnos cuenta de lo equivocados que estábamos con respecto a ella?, ¿a alguien no le ha pasado esto alguna vez?, ¿y si la persona que nos está levantando la voz y que nos empieza a caer mal sin conocerla está a la vez sonriendo y resulta que esa es su manera de hablar? Si no pudiéramos ver esa sonrisa en su rostro pensaríamos que está enfadada con nosotros y quizás no lo esté. Las apariencias engañan y más cuando no queremos ver más que lo que miramos.

Más allá del horizonte que contemplamos a lo lejos hay más mundo; las personas también tienen un horizonte y más allá de él hay más sentimientos, además de los que muestran. Sólo hay que querer verlos.

Si antes de juzgar a alguien por algo que nos ha dicho, analizáramos la situación (su situación) y nos pusiéramos por un momento en su lugar, descubriríamos que no es tan diferente a nosotros y que su manera de actuar no es tan distinta a la nuestra en circunstancias similares. Pero no lo hacemos y eso nos lleva a enfadarnos con los demás, cuando en realidad con quien deberíamos enfadarnos es con nosotros mismos.

El rencor también es otro de los atenuantes que hacen que las relaciones entre las personas  se rompan. La falta de capacidad para perdonar los errores (o lo que nosotros creemos que son errores) de los demás, nos convierte en jueces y verdugos y nos obliga a estancarnos en el pasado, de tal forma que, a veces ni siquiera somos capaces de recordar el motivo por el que empezamos a sentir ese rencor. En la mayoría de casos no será un motivo tan grave como el sufrimiento que causamos y nos causamos al no saber perdonar.

El rencor sólo sirve para alimentar a un monstruo invisible que sólo vive en nuestro interior. Deberíamos tener más memoria cuando se trata de recordar lo bueno que hacen los demás por nosotros, pero por desgracia, esto último lo olvidamos rápido.

¿Cuántas personas habrán pasado por nuestra vida sin dejar rastro porque la primera impresión que tuvimos de ellas no fue la mejor?, ¿y si esas personas tenían mucho que ofrecernos y no les dimos la oportunidad de hacerlo?, ¿y si en el momento en que las conocimos tenían algún problema y no pudimos ver cómo eran en su interior?, ¿y si las personas de las que ahora desconfiamos son las que más se preocupan por nosotros?

CHARLA DE CAFÉ-IMAGEN PÚBLICA
CHARLA DE CAFÉ-IMAGEN PÚBLICA

Yo he aprendido hace poco a hacerme esta pregunta: ¿y si? Hace unos meses me  limitaba a ver lo que mis ojos me enseñaban y a creer en lo que me decían como si el sentido de la vista y el del oído fueran los únicos que poseo, hasta que descubrí que lo que de verdad debo creer es lo que me dicen todos los sentidos a la vez, incluido ese sentido que todos tenemos y que nos hace sentir cosas que nadie es capaz de percibir.

Ahora, cada vez que siento que alguien me ha defraudado o que no está haciendo lo correcto, me hago esa pregunta y siempre encuentro mil respuestas a ella. Es imposible adivinar lo que otros piensan mediante suposiciones, pero tampoco es necesario hacerlo. Se puede imaginar y todo lo que se imagina se puede soñar y todo lo que se sueña puede ser real. Igual de real que una mirada, una sonrisa o un beso.

Cuando algo se siente hay que expresarlo, pero no necesariamente tiene que ser expresado en palabras, ya que las palabras no lo dicen todo. La mejor manera de hacerlo es dejar que todo fluya, sin forzarlo, pero también sin ocultarlo.

Deberíamos empezar a romper las barreras que nos apartan de los demás y eso sólo lo podemos hacer eliminando las palabras que sobran y mirándonos a los ojos. Hablando menos y escuchando más, pero no con los oídos, sino con el corazón. Al fin y al cabo los sentimientos nos salen de algún rincón que desconocemos y todos tenemos rincones sin explorar. Dejemos que los exploren y olvidemos las tonterías y los prejuicios, que esos no nos van a dar la felicidad y la próxima vez que dudemos de alguien, que nos enfademos con alguien o que queramos decirle algo a alguien, si la distancia nos lo permite, que no sea a través de un  ordenador ni de un teléfono, que los cables y el wi-fi no son  buenos consejeros para el amor y la amistad y, aunque es cierto que muchas relaciones nacen de esa manera, también están expuestas a morir del mismo modo.

Desde el corazón

Ventana - Imagen pública
Ventana – Imagen pública

por María Mañogil

Todos tenemos un don. Quizás aún no se haya manifestado y no sepamos cual es, pero todos lo tenemos. En algunas personas es bastante evidente y se puede ver o sentir incluso en la oscuridad. En otras pasa desapercibido, pero no para todo el mundo; yo he visto ese don en cada una de las personas que me rodean.

Para algunos es la música, para otros la pintura. Hay quienes tienen el don de saber escuchar, o de ser capaces de sacarte una sonrisa desde lo más hondo de un océano lleno de lágrimas, o de hacerte sentir especial un segundo antes de que todo tu mundo se vaya a venir abajo.

Por suerte, yo conozco a muchas personas así y, aunque ellas no sean conscientes de esto y se lo tomen como algo natural y sin importancia, sin saberlo han hecho de los días que podrían haberse convertido en unos de los más difíciles y tristes de mi vida, un nuevo comienzo, una esperanza y hoy son los protagonistas de lo que estoy escribiendo, partícipes silenciosos de una historia que espero, sea el principio de una historia feliz.

Gracias a su presencia (lejana tal vez para algunos, siempre que la distancia se mida exclusivamente en kilómetros) me he sentido y me siento la persona más afortunada y querida del planeta. Por todo eso y por dejarme compartir con ellas desde el comienzo, lo que aún es invisible para el resto del mundo, me gustaría dedicarles a cada una de ellas un pedacito de esta columna, ya que es la única manera que tengo y que conozco para poder decirles “Gracias”.

Corazón - Imagen pública
Corazón – Imagen pública

Cada uno a su manera, me han dedicado su tiempo, su apoyo y su cariño y deseo que cada quien coja la parte de que le corresponda de cada uno de los sentimientos que quiero expresar aquí, porque les pertenecen.

Ayer lloré escuchando cantar por primera vez a un gran amigo, de cuyas palabras tomo prestado el título de este texto, porque desde el corazón es de donde le salen todas las cosas que hace desde que lo conozco con tres añitos de edad, cuando empezamos juntos las clases de educación infantil.

No sólo lloré de emoción al escuchar su preciosa voz. Es que no era una canción lo que cantaba; era amor. No se me ocurre ninguna otra palabra para definirlo.

Al igual que él, cada una de las personas en las que estoy pensando mientras escribo, han puesto su corazón en mí; al hablarme, al escucharme, al preguntarme y aconsejarme y, sobre todo, al apoyar mi decisión de dejar crecer una vida que se está gestando dentro de mi vientre desde hace unas semanas, siendo ésta, tal vez, el regalo que Papá Noel dejó en mi casa esta Navidad, tan escondido que me pasó desapercibido y tuve que esperar hasta después de que vinieran los reyes magos para darme cuenta de que estaba ahí. Un regalo pequeñito, pero bien envuelto dentro de mí, invisible desde fuera y dejando ya evidencias de su existencia a cada paso que doy día tras día.

Si tuviera que mostrar mi agradecimiento, relatando anécdotas, lágrimas y risas de estos días a cada una de las personas a las que me gustaría nombrar, necesitaría cientos de hojas de papel para hacerlo, ya que escribo en un cuaderno antes de pasarlo al ordenador, así que he decidido incluir aquí a cada una de ellas, porque ellas saben quienes son y de alguna manera forman parte de mi vida y de la vida que crece en mí.

Embarazo - Foto: Guillermo Flores
Embarazo – Foto: Guillermo Flores

Esas personas son mi familia, las que han compartido conmigo la incertidumbre y más tarde la certeza. Mis amigas (mis hermanas), que han sido mi refugio, mi paño de lágrimas y mi consuelo. Mis amigos, que me han escuchado y aconsejado como hermanos y, por supuesto, la persona que, al igual que yo, puso la otra mitad que hizo posible que se cumpliera un sueño.

La vida me dio un regalo y yo lo tomé.

Ahora yo, desde el corazón, lo comparto porque no es mío sólo; es un poquito de cada uno de los que me acompañarán por este nuevo camino por el que yo he decidido avanzar y que estoy segura de que es el correcto y que, a pesar de cualquier dificultad, valdrá la pena.

Lo tengo claro: los sueños se cumplen.