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Venecia, 400 años de una ciudad en el Museo Soumaya

Venecia, colección del Museo Soumaya
Venecia, colección del Museo Soumaya

Viajar es un deseo de la edad romántica que todos hemos tenido, incluso la historia, tanto que debido a eso ya desde finales del siglo XVII y extendido hasta estos días está la necesidad de salir del paisaje cotidiano de nuestra ciudad y maravillarnos de las ciudades de otros, de esa otredad que funciona muchas veces como punto de partida para la creación.

Durante todos estos siglos, uno de los lugares más emblemáticos para viajar ha sido Venecia, una ciudad hecha de memorias -históricas o personales- que, como sus canales, son complejas conexiones para transportar la mirada y retratar lo que está delante de nosotros. Es así que el Museo Soumaya presenta ahora una exposición temporal basada en dicha ciudad, un recorrido por tres ejes fundamentales para ésta: la Plaza de San Marcos como un testigo/documento que puede relatar las distintas épocas de Venecia, los barrios íntimos donde se gesta la vida cotidiana de la ciudad y, finalmente, el Gran Canal desde el cual se transita para ver en todas sus caras a esta capital cultural.

Venecia, colección del Museo Soumaya
Venecia, colección del Museo Soumaya

Venecia es una exposición que no se puede dejar pasar, tiene un valor extraordinario para la historia del arte y para la mirada personal que busca aprehender los lugares desde una visión distinta a la  común.

por José Luis Dávila

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La obra perfecta

Einstein - Imagen Pública
Einstein – Imagen Pública

por María Mañogil

Hace un tiempo escribí un artículo en el que me atreví a hablar sobre mis creencias ¿religiosas? Fue un error. En cuanto se publicó empecé a recibir todo tipo de críticas y, no sé porqué aún hoy, cuando ya ni me acuerdo de la mitad de lo que escribí, me siguen llegando comentarios y algún que otro insulto relacionado con lo que se entendió, más que con lo que quise transmitir.

Si digo que fue un error hablar sobre mis creencias, es porque siempre dije que no lo haría, pero por eso mismo, porque fue un error, no sólo no me arrepiento, sino que repito. Me encanta cometer errores.

LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO

Yo elijo en lo que creo, igual que elijo la ropa que me pongo y cuántos pendientes llevo en mis orejas. Entiendo que las demás personas hacen lo mismo (o deberían) y que a mí no me afecta porque cada quien hace con su cuerpo y con su mente lo que le viene en gana, sea correcto o no. La valoración de lo que es correcto es del todo personal y siempre he creído que cuando pensamos que alguien está actuando incorrectamente, deberíamos dar un paseo por la historia de nuestra vida y contar los borrones que hay. Yo no soy nadie para convencer a otros de lo que está bien o mal. No soy Dios, o quizás para alguien sí lo soy.

Darwin - Imagen Pública
Darwin – Imagen Pública

EL SÍMBOLO DE LA PERFECCIÓN

Creer en un ser superior o no creer es, como digo, una elección, no así como las religiones, que a algunos les vienen de serie al nacer (regalo, herencia o imposición de sus padres o de quien los eduque). Quiero recalcar, para darme el permiso de ignorar a quien no lo entienda y dando por hecho que no habrá leído este texto hasta el final, que no estoy escribiendo sobre religiones, sino sobre creencias.

Dios es una invención de quienes decidimos libremente hacer uso de nuestra  imaginación para buscar respuestas que la ciencia no puede darnos, nunca para justificar nuestros actos. Hay quien dice que es una necesidad del ser humano creer en algo. Yo no estoy segura de eso, pero si fuese así, reivindico mi derecho a inventar lo que necesite siempre que no moleste a lo demás. Otros inventan historias sobre mi vida y nunca me ha molestado porque entiendo que es su necesidad y quizás si no lo hicieran no sabrían cómo ocupar su tiempo. Mi dios no molesta ni perjudica a nadie y tampoco interfiere en las decisiones que tomo.

Quien nunca utilice la imaginación para satisfacer una necesidad es porque nunca ha creado nada y esto es muy fácil de entender para cualquier persona que se dedique al arte. Si nadie inventara, no existiría la música ni la poesía y la pintura y la escritura se limitarían a ser reflejos, dibujados o escritos, de lo que tenemos delante, pero no de lo que vemos, porque no todos vemos lo mismo ante el mismo paisaje.

Si yo he creado un dios es porque me gusta pensar que hay algo más en el mundo que lo que mi vista me permite ver y si eso es incorrecto, quizás todos estemos un poco equivocados y esos colores que ven los insectos y que nosotros no vemos también sean producto de la imaginación de alguien.

Cuando yo invento o creo algo, no sólo lo hago con la intención de que salga algo bueno, también procuro que lo que he creado se convierta en algo mejor que yo. Digamos que, para mí, la obra debe ser más bonita y tener más gracia que el autor. Suponiendo que yo he creado a Dios y no él a mí, como la mayoría de gente piensa, mi creación ha resultado perfecta, porque eso es lo que simboliza: la perfección. Me doy cuenta de que para muchas personas es precisamente al revés y piensan que Dios nos creó a su imagen y semejanza, pero no creo que hayan pensado demasiado para llegar a esa conclusión, más bien que se han dejado guiar por la ya establecida marca de las religiones, que parece que llevamos grabada en los genes.

Tanto si creemos por necesidad como si creemos por exceso de imaginación, no me parece mal hacerlo, al igual que tampoco está mal no creer en nada hasta que se demuestre. Me encanta una frase que escuché alguna vez: “si crees que puedes tienes razón y si crees que no puedes, también”. Yo la aplicaría a las creencias de este modo: “si crees que existe, existe y si no lo crees, no existe”.

Nietzsche - Imagen Pública
Nietzsche – Imagen Pública

EL FALSO ATEÍSMO

Siempre he desconfiado de las personas que nunca dudan, esas que están seguras de todo y que jamás se plantean que se pueden equivocar como el resto de los mortales. No confío en ellas porque creo que fingen una seguridad de la que carecen y que, en el fondo, ni ellas mismas saben que están fingiendo. Tener dudas no me parece un signo de inseguridad; es una condición humana. Si tan seguros estuviéramos de todo y no dudáramos, la única opción que tendríamos a la hora de tomar decisiones, sería la de no hacer nada y, por lo tanto, la palabra “cambio” no existiría.

Cambiar es lo único que nos hace crecer como personas y quien no tenga , como mínimo, una pequeña predisposición al cambio, está muy perdido en el mundo, ya que el mundo está cambiando constantemente.

Conozco a muchas personas que dicen ser ateas, pero muchas de ellas no lo son porque sí creen en alguien superior y no precisamente inventado, aunque lo que sí han inventado es la perfección y la superioridad de ese alguien, al que idolatran y de quien copian ideas, opiniones e incluso frases, anulando su propia iniciativa para pensar, ya que han decidido que otro piense por ellas. Alguien que, probablemente, tiene las mismas imperfecciones y comete los mismos errores, o quizás mucho peores. La única diferencia entre esas personas y yo no es la creencia de que exista Dios, sino a qué o a quién le otorgamos ese nombre, aunque no lo pronunciemos.

No sé qué es peor, si inventarse un ídolo perfecto a quien seguir o seguir a alguien tan imperfecto como lo somos nosotros. Al menos lo primero es una bella obra creada por un artista.

Bajo el hielo

Profunda soledad - Imagen Pública
Profunda soledad – Imagen Pública

por María Mañogil

La soledad es muy mala, sobre todo esa soledad que se nos pega al cuerpo en las noches de verano y que, al igual que el calor, sale hirviendo por cada poro de nuestra piel, quemándola y dejando una llaga sobre ella, cuyo escozor nos desvela y nos indica el camino de entrada a las peores pesadillas, esas que empiezan mucho antes de dormir.

Pero no hablo de esa soledad que le da nombre al placer de estar solo, me refiero a esa otra que es capaz de aniquilar en un segundo la tranquilidad del  momento que nos aparta del mundo exterior y que nos desconecta de todo, para acercarnos a la sensación pavorosa de sentirnos solos, completamente solos aunque tengamos a mil personas al lado.

A todos nos gusta estar solos en algún momento, es más, lo necesitamos. Podemos leer un libro o ver una película sin tener la obligación de ser educados, de responder a preguntas, de atender a nuestros semejantes. Estando solos nos convertimos en emisores y en receptores de nuestros pensamientos y no tenemos necesidad de dar explicaciones de ellos, ni siquiera cuando decidimos utilizar ese tiempo de soledad en perderlo. Estar solos es una forma de limpiarnos de los agentes externos que nos contaminan y quedarnos así, limpios por un rato, disfrutando de esa sensación de sumergirnos en nuestra bañera, imaginaria o no y chapotear en su interior, o quizás pisar descalzos uno de esos charcos enormes llenos de barro, dejarnos caer y revolcarnos en él, ensuciando lo que otros limpian de nosotros frotando, intentando despegar los restos de lo que en verdad somos.

Sentirse solo es muy diferente a estarlo. Es lo que nos conduce por caminos que ni hubiéramos imaginado que quisiéramos recorrer. Lo que nos lleva a hacer cosas que nos parecerían absurdas en otra situación, como contemplar ensimismados a los insectos que pasean por los rincones de nuestra casa. Es esa soledad la que nos incita a cometer locuras, o lo que es lo mismo, a materializar deseos, que en “estado normal” guardaríamos bajo llave por parecernos indecentes. O eso es lo que queremos creer porque creer otra cosa nos convertiría en monstruos.  No somos lo que queremos ser ni lo que aparentamos en sociedad; somos, entre otras cosas, lo que pensamos, sea bonito o feo. Somos lo que somos: ángeles o demonios, caballeros o monstruos, princesas o putas. Y si nos disfrazamos, es en esos momentos, en los que nos sentimos tan solos, cuando nos quitamos el disfraz. Más que quitarlo, nos lo arrancamos o nos lo dejamos arrancar por alguien, quizás por algún extraño.

Profunda soledad - Imagen Pública
Profunda soledad – Imagen Pública

Ese sentimiento de soledad, de sentirse desamparado, olvidado, ignorado o invisible, es el que nos abre o nos cierra las puertas a lo que queremos hacer, dependiendo de cómo hayamos grabado en nuestro cerebro esas lecciones de moral que tanto se empeñaron en enseñarnos. A veces por miedo a un castigo divino, a veces por rebeldía y por llevar la contraria, reprimimos nuestros instintos o nos dejamos llevar por ellos, eso sí, siempre amparándonos en que nos sentimos muy solos. Eso justifica cualquier pecado que cometamos o que pensemos

La soledad es muy mala para mí, sobre todo si es sábado por la noche y no tengo un euro en la cartera porque es final de mes. No es que el dinero aplaque esa soledad, pero ayuda, sobre todo porque me permite tomar un taxi y acortar la distancia desde mi casa hasta el garito al que decido ir para ser invitada a un vodka por algún idiota de esos que se apoyan en la barra y me miran el escote cuando me acerco, que me preguntan mi nombre y lo olvidan a los dos minutos porque ya llevan media botella de whisky.

Esos que no se dan ni cuenta que esa noche, al igual que las anteriores, a lo único que van a meter mano es al bolsillo del pantalón para sacar la cartera y subvencionar las copas de las mujeres que, como yo, no cobran su sueldo hasta dentro de una semana. De todas formas, con esa cantidad de alcohol en el cuerpo, sólo podrían aspirar, con suerte, a meter la llave en la cerradura de la puerta de su casa. Algunos ni eso.

Eran poco más de las doce cuando llegué al bar al que ya he ido otras noches acompañada por alguna amiga. Esa fue la primera vez que entré sola, pero no me importó, pensé que ya encontraría a alguien conocido que estuviera lo suficientemente sobrio para acompañarme a casa en su coche por la mañana. Las doce es una buena hora. Es la hora en que Cenicienta se despoja de su vestido de princesa y vuelve a cobrar la apariencia de mujer de barrio bajo, regresa a su casa, se pone el camisón y deja a su príncipe libre para que se apoye en la barra de cualquier bar y se emborrache mientras un grupo de chicas sedientas, que no se conocen entre sí, pero respetan su turno, le vacían la cartera.

Cuando el portero me abrió la puerta no miré hacia la barra. Llevaba media hora andando y aunque la temperatura había bajado en los últimos días y el calor no era tan sofocante como las noches anteriores, sentí el sudor resbalando por mi cuello e imaginé mi cara manchada de negro con chorreones de rímel y recordé que un amigo me había comparado con un mapache unos meses atrás, un día de esos en los que lloré por algo, cuando todavía existían cosas capaces de hacerme llorar, así que me dirigí al cuarto de baño para que el espejo me dijera si estaba en condiciones de mostrar mi cara al idiota que iba a pagar aquella noche mis copas.

Profunda soledad - Imagen Pública
Profunda soledad – Imagen Pública

Entré en el baño y saludé a tres chicas que se reían a carcajadas mientras una cuarta remojaba su melena en el lavabo. Ninguna respondió a mi saludo. Le di un par de golpecitos suaves en el hombro a una de ellas para pedirle que se apartara y me acerqué al espejo tanto como pude para comprobar que no había ningún resto de pintura negra alrededor de mis ojos.

Parece que el sudor no es tan poderoso como las lágrimas para hacer que el rostro de una mujer se convierta en cuestión de minutos en el de un animal salvaje.

Recordé el comentario de mi amigo cuando me llamó mapache y le odié por ello. Después lo olvidé por completo y no lo volví a recordar hasta que, a la mañana siguiente, limpié dos enormes manchas negras que rodeaban mis ojos, frente al espejo de un cuarto de baño que no era el mío. Pero eso fue horas más tarde.

Antes tuve que mirar a un lado y al otro en el bar y buscar a un compañero complaciente de esos de usar y tirar, de esos desechables, pero resistentes a la vez, como el papel de cocina que anuncian en televisión, que absorbe mucho y molesta poco en el cubo de la basura. Y sobre todo calladito, ya que no me apetecía estar escuchando toda la noche la historia del típico hombre casado que no se separa de su mujer por sus hijos adolescentes, que no aparecen por casa más que para pedir dinero y a los que les importa bien poco con que fulano se acuesta su madre o en que prostíbulo se desfoga papá.

Tampoco tenía ganas de aguantar el rollo estudiantil de segundo año de administración de empresas, ese que suelta el chico que se hace fotos con el móvil al lado de una mujer madura para enseñárselas a sus compañeros de clase mientras les presume el cuento de “mujer extenuada después de una noche loca conmigo”, versión manipulada de “eyaculó antes de que me quitara el sostén”.

No, no me apetecía que me contaran su vida (si hubiese querido mantener una conversación más o menos interesante habría esperado a la tarde del lunes porque a la biblioteca de mi barrio también acuden hombres), así que intenté acertar esta vez y le lancé una sonrisa al que le vi más cara de panoli y con la mirada perdida en la copa. Ni demasiado viejo ni demasiado joven. Ni guapo ni feo. Me devolvió la sonrisa y lo demás fue muy fácil.

Cuando el imbécil de la barra pagó mi segundo vodka, un pinchazo en el estómago me recordó que no había cenado y a él le pareció bien la idea de invitarme a cenar a un local de esos de comida rápida. Cualquier excusa le habría parecido perfecta para salir del bar conmigo, ya que eso aumentaba las posibilidades de que acabáramos en la cama de algún hostal o donde quisiera llevarme.

Profunda soledad - Imagen Pública
Profunda soledad – Imagen Pública

Me pregunté porqué no recurriría a contratar los servicios de una prostituta, si disponía de dinero suficiente para pagar mis copas, las suyas, invitarme a cenar, pagar una habitación y el taxi que me llevaría a casa a la mañana siguiente, pero imaginé que debía ser denigrante para él y para cualquier hombre tener que pagar por algo que se supone que todo el mundo merece y que no le resultaría agradable tener que renunciar a involucrarse en el juego de la seducción, al riesgo también de ser rechazado, al no saber qué va a pasar… al fin y al cabo, la emoción es lo único que nos mantiene vivos cuando todo a nuestro alrededor se muere y pagar por todo sin lucharlo sería una forma más de sentir que se está muerto, como todo lo demás.

La soledad, cuando no la elegimos, nos hace vulnerables, débiles, mezquinos. Nos obliga, nos destroza y nos coarta, dejándonos desnudos de empatía y de compasión. Yo no sentí ninguna de esas cosas  por aquel hombre y tampoco las fingí. 

No sé porqué ni cuándo cambié mis planes de cenar e inventarme una excusa para irme a casa. Supongo que me deje llevar por la apatía que derivó de las ganas de querer dominar, de querer ser más que alguien y de tomar a quien me pareció más débil que yo para utilizarlo a mi antojo. Nadie es inmune a esa apatía y desgana que sobreviene cuando, dejando atrás la sensación de superioridad, llega de puntillas el miedo, que es lo que se esconde detrás de cualquier cosa que hagamos sin que interfiera ningún sentimiento.

Recordé mis años de adolescente cuando lo que más valoraba en un encuentro sexual era el intercambio de cariño, pero no fui capaz de recordar en qué momento ni en qué lugar se me perdieron esos valores. Supongo que me cubrí con una capa de hielo para no quemarme y ese hielo se quedó pegado a mi piel, como otra capa más que consiguió aislar mi cuerpo de eso que llaman alma. De vez en cuando se desprendía, sólo de vez en cuando, y entonces era capaz de sentir algo parecido al placer.

A la mañana siguiente reconocí al mapache en el espejo y antes de limpiar mis ojos volví a sentir ganas de llorar, pero pensé que ya lloraría en casa mientras me sumergía en una bañera llena de espuma, o mientras la soledad, la que duele, me envolviera con recuerdos y con la nostalgia de las risas de una niña, chapoteando en los charcos y con la cara cubierta de barro.

La hoja de papel

HOJA EN BLANCO - IMAGEN PÚBLICA
HOJA EN BLANCO – IMAGEN PÚBLICA

por María Mañogil

“El tiempo, eso que pasa y no lo vemos hasta que un día nos damos cuenta de que no nos queda mucho, al menos no el suficiente para hacer todas aquellas cosas que siempre quisimos hacer, pero que pospusimos por falta de ganas”. Es curioso ver cómo cambia el valor de las cosas, de los momentos, dependiendo del tiempo que se vayan a quedar a nuestro lado. El tiempo lo cambia todo, pero no sólo porque lo deteriora y lo envejece, sino por la perspectiva desde la cual miramos. Si no fuésemos capaces de medir el tiempo siempre veríamos las cosas tal y como nos parecieron que eran cuando las vimos por primera vez; también a las personas.

Por suerte, el tiempo nos cambia.

HOJA EN BLANCO - IMAGEN PÚBLICA
HOJA EN BLANCO – IMAGEN PÚBLICA

LA APARIENCIA

No me gusta esa frase que dice: “Las apariencias engañan”. No me gusta porque es una gran mentira. Los que nos engañamos somos nosotros al empeñarnos en mirar sólo lo que tenemos delante. Todo está a la vista, pero no lo vemos porque si de entrada no nos gusta la superficie ya no nos molestamos en mirar hacia el fondo. Nos perdemos lo más bonito del océano porque lo que flota lo catalogamos como basura. No son, por lo tanto, las apariencias las que engañan, es nuestra manía de ponerle nombre a lo que no sabemos ni lo que es.

Yo dejo una hoja de papel en mi escritorio todos los días. Es la misma hoja en la que garabateo mientras pulso sobre la tecla de descolgar el teléfono cada vez que éste suena. La misma sobre la que se tatúa un círculo cuando, sin darme cuenta, dejo mi vaso apoyado sobre ella. La que soporta el roce del viento y las diminutas gotas de lluvia que entran por la ventana. Por la noche me acompaña y vela mi sueño desde la mesita y mi mano la acaricia a la mañana siguiente cuando apago el despertador. Antes de salir de casa la doblo por la mitad y la guardo en mi bolso, donde espera pacientemente la hora de comer, momento en que la libero para que vuelva a ocupar su lugar en el escritorio.

Esa hoja de papel lleva mi nombre escrito en la parte superior. Lo escribí el día en que la arranqué del cuaderno y ni siquiera recuerdo porqué, aunque imagino que quizás iba a escribir otra cosa y se me olvidó.

Esa hoja es lo más parecido a mí que poseo y aunque esté arrugada, sucia o deteriorada, es el reflejo de lo que soy, ya que ningún otro objeto habla tanto de una persona como aquello que recoge las sobras, lo que no se expresa, lo que no se ve.

Una persona no es lo que dice, ni lo que hace, ni siquiera lo que piensa. Es el conjunto de todo eso sin que interfiera nada del exterior. Una persona es quien es cuando está sola y nadie  la observa y en cualquier otra situación es sólo una imagen de si misma, la imagen que quiere dar o la que quieren ver los demás.

HOJA EN BLANCO - IMAGEN PÚBLICA
HOJA EN BLANCO – IMAGEN PÚBLICA

LA INTERPRETACIONES

Me encanta cuando voy a una entrevista de trabajo y me hacen la pregunta final, esa que parece ser la clave para conseguir el puesto sea lo que sea que hayas dicho antes y sean cuales sean tus aptitudes: “¿cómo te defines?” Creo que es una pregunta con trampa, ideada por alguno de esos psicólogos que contratan las empresas para trabajar en el departamento de recursos humanos. Nadie es tan estúpido como para definirse y cada vez que escucho esa pregunta me dan ganas de contestar: “Contráteme y mientras me observa defíname usted si puede”.

Intentar definirnos es la mayor pérdida de tiempo que existe y me da mucha pena que haya gente que se empeña en querer definir a los demás, en juzgarlos y en ponerles etiquetas. Luego se quejan de que no tienen tiempo y el poco que tienen lo dedican a hacer un reportaje sobre alguien a quien creen conocer por lo que ha dicho, por lo que ha escrito o por lo que ha hecho y presumen de ver el interior de las personas cuando ni siquiera se han asomado.

Interpretar es muy fácil y hasta un idiota puede hacerlo, pero los idiotas lo hacen creyendo que no se equivocarán nunca e incluso divulgarán la información errónea, que llegará hasta otros, mucho más idiotas, que la creerán.

No digo que no sea posible interpretar las palabras o las acciones de alguien, pero para ello habría que hacerlo desde un lugar privilegiado, lejos de influencias externas que modifican y ensucian lo que de verdad somos y lo confunden con lo que aparentamos ser.

Nadie ha visto la hoja de papel que lleva mi nombre, por lo tanto nadie sabe lo que escribo en esa hoja cuando sé que es sólo mía y que nadie va a tener acceso a leerla, ni siquiera a tocarla. Lo que escribo ahí es lo que soy desnuda, limpia y sola; lo que estoy escribiendo ahora siempre estará deformado, primero por lo que pretenda expresar y segundo por lo que quiera entender quien lo lea.

Las personas interpretamos porque creemos que nos sobra el tiempo. Si supiéramos lo poco que nos va a quedar mañana nos dedicaríamos sólo a vivir y a estar con quienes queremos estar, independientemente de lo que pensemos o de lo que piensen los demás, pero es mucho más cómodo dejar que las opiniones de otros nos influyan porque así, el día que se nos acabe el tiempo, no seremos del todo responsables de haberlo perdido. La responsabilidad será de los otros.

Hoja en blanco - Imagen Pública
Hoja en blanco – Imagen Pública

PREJUICIOS

Los prejuicios son eso que inventamos para justificar el juzgar a alguien antes de ponernos en su piel y cada prejuicio que inventamos está basado en el miedo. La persona que tenga la osadía de juzgar a otra debería hacerlo al menos eliminando todo lo que no pertenece a esa persona, por ejemplo los problemas que tenga, porque un problema no es parte de una persona, es algo que lleva colgando y que se puede soltar en cualquier momento.

Yo he visto a gente apartarme de su lado porque tengo problemas y me han apartado como si yo misma fuese el problema. No creo que nadie sea un problema, pero sí lo es la falta de voluntad y coraje para querer acercarse a los demás por lo que son y no por lo que tienen, ya que al final, nadie tiene nada cuando lo pierde, ni bueno ni malo. Cuando se nos acaba el tiempo, lo único que queda es la hoja de cuaderno con nuestro nombre escrito, que, invisible o no, todos llevamos encima y es la que en verdad nos define porque nadie la ha tocado, excepto nosotros mismos.

Hoja en blanco - Imagen Pública
Hoja en blanco – Imagen Pública

EL VALOR

Quien se atreve a acercarse a alguien que no conoce, a hablarle, a escucharle y a intentar saber más sobre sus sentimientos, olvidando la primera impresión que le causó esa persona y sin importarle la opinión de quienes piensan que no vale la pena ni acercarse a ella, demuestra gran valentía. Lo contrario es ser cobarde.

Si todos rechazáramos o aceptáramos a los demás basándonos en la primera impresión, la mitad del mundo estaría solo y la otra mitad estaría mal acompañado.

La mayor cobardía que existe es dejarse guiar por los prejuicios y seguir usándolos para buscar adjetivos y colgárselos a las personas para definirlas, para juzgarlas y para apartarlas de nuestro lado aunque las queramos, porque no son lo suficientemente buenas para conservarlas junto a nosotros y que nos acompañen en el camino mientras gastamos el tiempo.

Palabras

Estación de tren - Imagen Pública
Estación de tren – Imagen Pública

por María Mañogil

Me acosté junto a él, mientras sobre el cristal de la ventana las gotas de lluvia anunciaban el inicio de lo que iba a ser una gran tormenta que duraría toda la noche. Me acurruqué junto a su espalda desnuda y acaricié su pelo mientras recordaba que meses atrás, le había dado permiso para entrar en silencio en mi rincón, aquel rincón que arranco de cualquier trozo de suelo del lugar en que me encuentre: dos baldosas o un puñado de arena o una acera de alguna calle…Ese rincón que es sólo mío y en el que puedo encerrar toda mi vida y excluir al resto del mundo, donde no está permitida la entrada a nadie por muy parte mía que haya sido en un tiempo pasado, ayer o hace un minuto. Ese lugar al que voy a esconderme cuando tengo miedo de mi propio miedo y donde el tiempo deja de cobrar el sentido de un segundero en la esfera de un reloj, o del viento deshojando los árboles, anunciando el final de esa estación que yo dibujaba de niña con un lápiz de color azul y que aún hoy, al nombrarla, me huele a sal.

Sólo a él le dejé invadir ese espacio donde escribo, donde la única percepción del tiempo que existe es la del sonido del arrastre de un bolígrafo sobre una hoja de papel. Un tiempo medido en palabras, teniendo en cuenta que a cada palabra precede una pausa para decidir si lo que voy a escribir es lo que debe ser leído. No todo es digno de saberse

Rocé su mejilla con la esperanza de que despertara. Tenía tanto que contarle…

Imaginé cómo ordenar cada frase e inconscientemente empecé a escribir con mi dedo sobre cada parte de su cuerpo una palabra y con cada palabra inventé una historia. Eran las distintas historias que pudimos protagonizar él y yo si el tiempo, el destino, la suerte, Dios, o el diablo hubiera querido. Y de pronto abrí mi mano y borré con ella todo lo que había escrito.
Las palabras, por muy ciertas que sean, no dejan de ser sólo el último recurso entre dos personas que quizás no entendieron, no supieron, no sintieron o no quisieron lo mismo en el mismo momento. Opté por quedarme callada, cerré de nuevo mi mano y liberé mi dedo índice para, en un gesto de ternura, dejarlo dormir sobre sus labios.

Se iluminó el cielo, permitiéndome ver por un instante el cuerpo desnudo del que había sido hasta la noche anterior mi confidente, mi cómplice, mi amante, mi amigo… y segundos más tarde escuché el primero de los muchos truenos que rompieron aquella noche el silencio y el miedo se apoderó de mí.
No sé si a través de mis sueños, porque respeté cada segundo del descanso de él, pero sin pronunciar una palabra le dije que le había estado mintiendo, que en verdad nunca lo amé, que siempre estuve equivocada y confundida y que esa confusión le hizo culpable a él de mis propias culpas, que nunca pude corresponder a nada de lo que me ofreció porque siempre estuve muy ocupada buscando algo en lo que no creí. Y yo me enredé en esa mentira y la disfracé de eso que todos llaman amor y que no lo es.
Porque el amor no se cuenta y como palabra abstracta que es, también es abstracto su significado.
No se pone nombre a los momentos compartidos, a las risas, a las lágrimas y al cariño. No se utiliza el nombre de amor para construir un futuro ni para olvidar un pasado. El amor es un simple abrazo de tu mejor amigo.

Sólo supe que lo quería cuando entendí que querer sin esperar nada a cambio es la única manera en que se puede querer y que eso lo aprendí de él.

Estación de tren - Imagen Pública
Estación de tren – Imagen Pública

Aunque intenté dormir, no lo conseguí hasta que, habiendo ya amanecido, todos los tejados de las casas de la ciudad comenzaron a escupir agua, procurando eliminar cualquier resto que hiciera recordar a los humanos que los habitan la peor noche del año.

Cuando por fin el cielo decidió despejarse y dejar asomar al sol, ahora tan tímido, los finos rayos que pudieron colarse en la habitación se clavaron en mis párpados y me obligaron a poner mi mano sobre ellos para protegerlos.
Descubrí a una yo extenuada y llorosa por todas las palabras no pronunciadas y dirigidas a quien, a mi lado, seguía durmiendo plácidamente, ajeno al cambio del paisaje que se había producido durante su sueño.
Me levanté para cerrar la persiana, volvió a anochecer en los 20 metros cuadrados que nos aislaban del mundo, me abracé de nuevo a mi compañero de cama y me quedé dormida.
Cuando horas más tarde desperté, lo primero que hice fue tocarme mi mano derecha, la tenía agarrotada y me dolían los dedos de la misma forma, o eso recordaba, como cuando en época de exámenes me pasaba varias noches escribiendo en un cuaderno los temas que no lograba aprenderme sólo estudiando. Parecía que, las pocas horas que dormí, las pasé con la mano cerrada sosteniendo con fuerza un bolígrafo imaginario que se deslizaba a través del cuerpo de ese hombre al que ahora admiraba sólo por ser quien era, y grabé con tinta invisible en él todas aquellas palabras que no dije porque me faltó el valor o porque quizás es mejor ocultar detrás de un cuadro de compasión para no lastimar, cuando la realidad es que al único a quien hieren es a quien las calla.

Antes de abrir los ojos sentí unas ganas insoportables de abrazarle, de decirle que por fin me había dado cuenta que era una de las personas más importantes de mi vida, que era mi mejor amigo y que lo quería, pero cuando me di la vuelta ya no estaba… Se había ido.

Escuché el sonido de las gotas de lluvia sobre el cristal, imaginé el ondear de las hojas de los árboles intentando aferrarse al tallo para que el viento no las arranque al anunciar que ya ha comenzado una nueva estación, esa que yo dibujaba de niña con lápices de color marrón y amarillo.
Y pude sentir el olor a tierra mojada.

Estación de tren - Imagen Pública
Estación de tren – Imagen Pública

Las palabras, por muy ciertas que sean, no dejan de ser el medio para llegar a quienes quizás no entendieron, no supieron, no sintieron o no quisieron lo mismo que yo quise. Aprendí que cuando las palabras no llegan intactas a su destino, lo mejor es el silencio.

Volví a buscar refugio donde juré no aislarme del mundo, el mundo al que no me sentí pertenecer y el único lugar donde aprendí que no hay peor respuesta que la de tu propia voz devuelta por el eco después del grito desesperado y después de eso, un silencio aterrador. El miedo a que nadie te escuche y dejar de existir. Sentí algo de frío, a pesar del calor húmedo que acompañaba al repentino golpe de olor a sal.

 

El violinista

Violin - Imagen pública
Violín – Imagen pública

por María Mañogil

Parecía una de esas mañanas como cualquier otra, una de tantas de las que llevaba allí, en una ciudad que no era la mía, aunque en verdad no existe nada que yo considere mío. El simple hecho de haber nacido en un determinado lugar no convierte a ese lugar en propiedad de nadie… No me sentiría menos extranjera en ninguna parte del planeta en la que no haya nacido ni en la que no haya vivido nunca que en mi propia casa porque tampoco me siento parte de nada. Sólo soy alguien y al igual que el resto del mundo, alguien de paso.

El sentido de la propiedad nunca fue conmigo y de ahí debe nacer el desapego que parezco demostrar o que los demás creen haber visto en muchas de las cosas que hago (o que no hago). Yo entendí hace ya demasiado tiempo que todo cuanto creemos poseer no va a dejar de ser efímero por más que nos aferremos a ello y por mucho que hayamos pagado por obtenerlo. No me creo en posesión ni de la ropa que visto, ni tan siquiera del aire que respiro, ya que en cualquier momento dejaré de respirar.

Esa mañana me perdí para seguir religiosamente con el ritual de todas las otras mañanas anteriores y me quedé mirando las dos salidas de la estación de metro sin saber cuál de ellas debía tomar, mientras una procesión de personas desfilaba delante de mí, al son de la música de violín que se oye siempre y que quién sabe de dónde procede. Al fin y al cabo, esa música sólo forma parte del sonido que, junto con las voces de la gente, acompaña al escenario en el cual se desarrolla la función matutina del metro. Una función en la que todo el que pasa por allí participa.

Metro - Imagen pública
Metro – Imagen pública

Yo no actué esa mañana porque me perdí y gracias a eso tuve tiempo de ponerme el disfraz de mí misma, que es con el que me siento más cómoda y el perderme no fue más que un atajo que tomé en mi camino (al menos así lo sentí), porque decir “perdí el tiempo” no sería correcto para definir “ponerle cara” a una música que, de cualquier otro modo, hubiera permanecido en las sombras, oculta o desdibujada en medio de las demás sombras que a mí me resultan inertes, aún cuando no dejan de zarandearse de un lado a otro. Porque sí, la música tiene cara (yo la vi) y ni siquiera nos molestamos en mirarla. ¡Qué pena! Nos perdemos parte de su belleza por no querer perder tiempo, como si el tiempo fuese lo más valioso del mundo.

El tiempo no es nada comparado con lo que nos perdemos por no mirar.

Yo nunca he considerado haber perdido mi tiempo, más bien lo he aprovechado para hacer otras cosas que no son las habituales, pero que no por eso dejan de ser importantes, como asomarme a la ventana desde un noveno piso y observar a las personas que hay en la calle, imaginando sobre qué están conversando entre ellas, o como sentarme en el bordillo de una acera y observar a una hormiga cargando un trozo de pan dos veces más grande que su propio cuerpo. ¿Acaso es eso perder el tiempo y no lo es trabajar todos los días, incluidos domingos, festivos y vacaciones para poder ahorrar una cantidad de dinero que no vamos a poder gastar nunca porque no tenemos ni un día libre? Yo conozco algunas personas que lo hacen y me parecen patéticas cuando me dicen que pierdo mi tiempo porque algunos domingos me gusta dormir hasta la una del mediodía. Cada quien decide qué hacer con su tiempo, pero aunque me encanta observar el trabajo que hacen las hormigas, no quisiera parecerme a ellas, ni a las personas que se creen hormigas.

Metro - Imagen pública
Metro – Imagen pública

Observar también es dedicar el tiempo a aprender o desaprender un poco de los demás, sean humanos o no y fijarse en lo que nos rodea en vez de dejar que todo pase desapercibido me parece una buena forma de empezar a hacerlo.

“Mirar” y “escuchar” forman parte de eso que llamamos “perder el tiempo” cuando no hacemos lo que está escrito en ese misterioso e imaginario libro que damos por hecho que nos dice (como si lo hubiese escrito el más sabio de todos los sabios) lo que debemos hacer. Cuando no hacemos caso a ese maravilloso libro creemos que somos un desastre y nos sentimos mal porque no somos lo que los demás esperan que seamos, porque no aprovechamos nuestro tiempo en hacer cosas productivas y nos involucramos demasiado en algo tan insignificante como puede ser saber lo que hacen las hormigas en la calle o contemplar el vuelo de una mosca. Tan insignificante es cómo podríamos sentirnos si nos diéramos cuenta de que tampoco somos capaces de mirar a los ojos de quienes se cruzan en nuestro camino todos los días, por lo que no resulta tan raro que no sepamos buscar el origen de un sonido, de una serie de notas, de una melodía que suena de fondo o que nos acompaña a lo largo de nuestro paso por la vida.

Que pequeñitos somos al lado de las hormigas, comunicándose entre ellas para explicar el lugar exacto donde han encontrado comida, colaborando unas con las otras mientras los humanos necesitamos millones de palabras (escritas o habladas) para entendernos y ni aún así somos capaces de entender a los que hablan nuestro mismo idioma, ni mucho menos de mirar a la persona que pasa por nuestro lado, o de sonreírle.

Sí, en definitiva me gusta ocupar mi tiempo en mirar, en escuchar lo que a nadie parece importarle y en buscar algo donde, aparentemente, no hay nada.

Violinista - Imagen pública
Violinista – Imagen pública

Yo no busqué nada esa mañana; lo encontré mientras estaba perdida. Encontré la cara de la música que sonaba y me quedé viéndola porque me pareció injusto sólo escucharla. Me acerqué a ella, le miré a los ojos y le hablé ¿por qué nadie más lo hizo?, ¿por qué nadie más se detuvo frente a ella, le sonrió y le preguntó por el tema que estaba tocando con su violín? Quizás a nadie más que a mí le importó en ese momento una cara en una estación de metro. Al fin y al cabo no son muchas las personas que por las mañanas dedican un minuto a mirar otra cara que no sea la suya frente al espejo mientras se peinan. Será que yo no me peiné esa mañana y el primer rostro que observé con detenimiento ese día fue el de aquel hombre sentado en una silla plegable, tocando su violín, regalando a cada uno de los que pasábamos por su lado un poco de su tiempo, el mismo tiempo que pasa para todos, pero que mientras para unos es precioso, otros se encargan de hacerlo precioso para el resto del mundo. Y el mundo sigue caminando sin percatarse de nada, envuelto en prisas y volviéndose mudo a cada paso, ciego dos pasos más allá del espejo y sordo al traspasar la puerta de cada estación, donde ya el sonido de violines, acordeones, guitarras o demás instrumentos musicales que se esconden debajo de las aceras de la ciudad, deja de existir.

Yo me perdí esa mañana y volveré a perderme todas las demás mañanas en las que pase por allí, por esa zona oscura donde la música tiene rostro, donde la música te escucha y te contesta siempre que decidas tener tiempo para quedarte de pie frente a ella, sonreírle y darle las gracias por su compañía. Después de todo, yo no conseguí ver a nadie más en el metro; como el resto de los que viajan en él por las mañanas, me quedo sola nada más entrar en el vagón, aunque esté rodeada de gente y lo único que de verdad escucho es el sonido de fondo que me acompaña durante todo el viaje: el roce de un arco sobre las cuerdas de un violín.

El puzzle de las 2000 piezas

ROMPECABEZAS-IMAGEN PÚBLICA
ROMPECABEZAS-IMAGEN PÚBLICA

por María Mañogil

Había invertido días en intentar montar ese puzzle. Cada día, al llegar a casa después del  colegio, tiraba mis libros sobre mi cama y me sentaba en el suelo de mi habitación para tratar de acabarlo, pero cuanto más me acercaba al final e iba disminuyendo el número de piezas por colocar, más difícil me resultaba acabarlo; siempre había alguna pieza que no encajaba y tenía que sustituirla por otra que ya daba por hecho que estaba en el lugar correcto.

Eran 2000 piezas y yo sólo tenía 10 años. El día que lo terminé de montar no sabía donde ponerlo (era demasiado grande), así que lo volví a desmontar y guardé todas las piezas de nuevo en su caja.

Para muchas personas es más fácil montar un puzzle que desmontarlo, sobre todo cuando el tiempo que han dedicado a él ha ido acompañado de una pasión desenfrenada por el trabajo que supone unir cada una de las piezas para que encajen en el lugar correspondiente.

Cuando ese puzzle es una historia y esa historia está formada por mentiras es todavía más complicado, ya que como el puzzle es imaginario hay que tener una memoria espectacular para recordar donde se puso cada una de las piezas, de lo contrario no encajarán las siguientes.

Yo he visto muchos puzzles hechos a base de mentiras y poco a poco he ido quitando todas las piezas que no encajaban hasta desmontarlos por completo y lo único que ha quedado al final es un trozo de cartón con el fondo blanco. Las historias inventadas no son más que eso: una lámina de cartón sobre la cual no hay nada, al menos nada real.

Casi todos hemos mentido alguna vez y quien diga que no, es el primero que lo está haciendo. Pero una cosa es una mentira y otra muy distinta es una historia basada en muchas mentiras. Hay para quienes toda su vida se basa en una gran mentira.

ROMPECABEZAS-FOTOGRAMA
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LA CONFIANZA

Yo no me fijo cuando hablo con los demás en si me están mintiendo o no, sólo escucho y creo lo que me están contando porque no entiendo que pueda haber un motivo para que alguien me cuente algo que no es verdad, a no ser que me esté gastando una broma. Tampoco voy buscando motivos que puedan explicar una necesidad de alguien de querer engañarme…si alguna vez sospecho que los hay me mantengo alerta, pero en principio no los busco, aunque en muchas ocasiones he adivinado la mentira antes de acabar de ser relatada, normalmente por un error en las palabras de quien la ha dicho, más que por perspicacia mía. Yo confío en las personas hasta que me demuestran que me han engañado. Entonces ya es muy difícil que vuelva a confiar en ellas, a no ser que tuvieran un motivo muy “importante” para hacerlo; cuestión de vida o muerte.

Mi vida ya es demasiado complicada como para tener que añadirle cosas que son falsas. Eso supondría un esfuerzo enorme para mí, ya que si no recuerdo a veces lo que hice el día anterior difícilmente podría recordar lo que no hice. Pero que sea difícil o que yo no lo vaya a hacer porque no le veo la utilidad, no significa que no pueda hacerlo.

Podría inventarme una historia, contarla y estoy segura de que poniendo atención en lo que digo y procurando no equivocarme, la mayoría de gente me creería. ¿Por qué no iban a hacerlo si soy de fiar?

CIUDADANO KANE-FOTOGRAMA
CIUDADANO KANE-FOTOGRAMA

EL MONTAJE

Hace unas semanas hicieron un programa especial en una cadena española de televisión,  con motivo del aniversario del intento de golpe de estado que hubo en España en 1981. Se le dio mucha publicidad a ese programa y fuimos muchos los españoles que lo vimos. Era un reportaje en el cual se desmontaba la versión oficial de los hechos que trascurrieron ese día. En el programa intervinieron personas que estuvieron allí y otras que, supuestamente, tenían conocimiento de lo que iba a pasar, políticos e incluso un conocido director de cine.

Al acabar el programa y minutos antes de que comenzara el debate sobre dicho reportaje, el presentador comunicó que todo había sido un montaje y que los personajes a los que habían entrevistado formaban parte de él y se habían limitado a interpretar un guión, como si de actores se tratase.

Ese programa despertó mucha polémica y hubo opiniones de todo tipo, en su mayoría eran críticas al presentador tanto por alimentar una farsa basándose en unos acontecimientos muy importantes en la historia de España y que (afortunadamente no fue el caso) pudieron haber acabado en tragedia, como por jugar con su credibilidad como periodista ante millones de espectadores. Nos engañó a casi todos, incluida a mí, que pasé la mitad del programa creyendo todo lo que decían. Y digo la mitad porque hubo un par de detalles que no encajaban en la nueva versión y que si no llega a ser porque esos detalles me hicieron dudar y hasta me parecieron cómicos, me habría creído la historia hasta el final. Claro, que en la versión “oficial” puede existir también un número de detalles que tampoco encaja; el mismo número que en la versión “falsa”. 

A mí y a otras personas nos gustó el programa, otras se sintieron ofendidas (algo muy comprensible) por el tema tan serio sobre el que se creó el montaje y otras, yo creo que la gran mayoría, se cabrearon cuando descubrieron la facilidad con las que habían sido engañadas. Además de incrementar la audiencia, como es lógico en todos los canales de televisión, la finalidad del programa era esa, demostrar lo susceptibles y manipulables que somos ante los medios de comunicación.

ROMPECABEZAS-IMAGEN PÚBLICA
ROMPECABEZAS-IMAGEN PÚBLICA

¿DÓNDE BUSCAR EL ENGAÑO?

La mayoría de veces que buscamos algo no nos damos cuenta hasta que lo encontramos de que hemos estado buscando en el sitio equivocado. La verdad (y la mentira) están casi siempre más cerca de lo que pensamos y sin embargo vamos  a buscarlas en los escondites más raros, cuando quizás las tenemos delante de nuestras narices.

Nuestros ojos no pueden ver a todos los microorganismos que conviven a diario junto a nosotros, pero ellos, los que tengan ojos, tampoco podrían vernos a nosotros si levantaran la vista. En todo caso verían una parte de nuestro cuerpo, pero no sabrían lo que es. Con las mentiras pasa lo mismo: cuando son muy pequeñas sólo las podemos ver a través de un microscopio, pero cuando son demasiado grandes tenemos que alejarnos y mirar desde lejos para poder verlas enteras, ya que si estamos muy cerca no seremos capaces de distinguirlas.

 El otro día vi una foto en internet que me gustó mucho. Era la foto de un personaje famoso, en la que al lado había una cita, la típica cita que nos da un consejo con las palabras que dijo en su día la persona que sale en la foto. En este caso nos aconsejaba no creer en cualquier cita que saliera en internet con una foto al lado. Me encantó la frase; había tanto de cierto en ella como de falso. Una buena cita y un buen consejo, auténtico si no fuese porque el personaje que salía en la foto murió un siglo antes de que se inventara internet. La mentira estaba escondida precisamente en quien la desmontaba. Y eso es lo que suele pasar en la vida, que buscamos lejos lo que tenemos al lado.

El primer párrafo de este texto es mentira. Me lo he inventado. Yo nunca he intentado montar un puzzle de 2000 piezas, ni de 500… Nunca se me ha bien montar puzzles. Eso sí, desmontarlos y perder las piezas de los que montaba mi hermano se me daba de maravilla. De hecho, mi hermano es la única persona que, si está leyendo esto, se ha dado cuenta desde el principio que estaba mintiendo.

Desmontar una farsa es muy difícil, pero podemos hacerlo siempre que miremos hacia el lugar donde tenemos que mirar y no a otro.

Por cierto, otro de los párrafos de esta columna también es mentira, pero lo he puesto tan a la vista que pocas personas lo verán. Aunque a mí no me gusta hacerlo, me he dado cuenta de que es muy fácil engañar y que nos engañen. Yo lo acabo de hacer sin que os dierais cuenta.

 

El viaje (11M)

Monumento 11M
Monumento 11M

por María Mañogil

11 de marzo de 2004. En recuerdo a las víctimas de los atentados, 10 años después.

Sobre la mesa de su escritorio, aún se podía intuir, por el desorden, que se había vuelto a quedar dormido. No era la primera vez en los dos meses que hacía que le habían contratado en una empresa multinacional. Le costó tanto encontrar aquel trabajo… Y hoy se había vuelto a dormir. El maldito despertador no había sonado, o eso creía él. Si le preguntaran a su vecina, la que dormía pared con pared en el piso de al lado, diría que estaba harta de escuchar los ronquidos por la noche, el despertador cada día a las 5 y media de la mañana, sonando una y otra vez y los insultos de aquel individuo que se había mudado, para su desgracia, al piso de alquiler que quedó libre dos meses atrás.

Se preparó un café mientras se malvestía y pensó que no le daba tiempo de buscar en su desordenado armario el uniforme limpio que había echado allí en un intento de que su habitación pareciera más que limpia, decente. Se mudó allí porque no quería permanecer en el mismo barrio en el que meses atrás había vivido con la que había sido su mujer durante la mitad de su vida. Su vida, pensaba, era ahora un completo desastre desde que ella se fue a otro país para olvidarle, para olvidar a aquel hombre por el que ya no sentía nada parecido al amor. Encontrar este trabajo no le había ayudado para nada a reconstruir su vida. Su vida no valía nada…

Salió corriendo mientras pensaba en todo esto y por un momento se le olvidó que le quedaba media hora de camino para llegar a la estación y tomar el tren de las 7, el mismo que le llevaría hasta su trabajo. Si no conseguía tomar ese tren lo despedirían, estaba seguro de ello porque su jefe ya le había avisado dos veces, así que eliminó sus pensamientos y empezó a caminar deprisa hacia la estación.

Llegó en 20 minutos, sudoroso y jadeando y suspiró cuando vio el andén lleno de gente esperando. Menos algunas personas nuevas, o que él nunca había visto, la mayoría eran los de siempre: el grupo de chicos cargados con montones de libros, riendo, bromeando… la mujer con gafas de sol y bolso enorme (él siempre se preguntaba por la cantidad de cosas que podía acumular una mujer en el bolso), el anciano con una gorra sobre su cabeza que siempre le saludaba, el señor con el bebé en el cochecito y un maletín en la mano… Todos ellos tomaban el mismo tren todas las mañanas, de lunes a viernes.

Placa 11M
Placa 11M

Cuando subió a uno de los vagones, recordó que se le había olvidado la placa de identificación con su nombre. Era obligatorio llevarla en la empresa para la que trabajaba, pero estaba claro que hoy no era el día para preocuparse por eso, ni siquiera tenía claro que le renovaran el contrato y probablemente tendría que buscar otro trabajo dentro de poco.

Un poco triste, se apoyó en una de las ventanillas y miró hacia el andén. Escuchó el sonido del tren al emprender su camino y por un instante vio a un hombre correr mientras  levantaba la mano, con un gesto desesperado para que el maquinista lo viera y no arrancara, pero eso no sucedió…el tren no espera a nadie. Nunca espera a nadie.

Él suspiró de nuevo, alegrándose de que, por esta vez, no fuera él quien se quedara en el andén esperando al próximo tren.

Juan, Pedro, Luis, o como sea que se llamara aquel hombre no llegó a su trabajo ese día, ni los siguientes… Al igual que muchas personas ese día no llegaron adonde se dirigían, ni volvieron a sus casas para comer, ni para cenar. Muchas familias se quedaron esperando y siguen esperando a quienes ya nunca volverán porque esa mañana tomaron un tren sin destino.

Esta mañana, la señora del piso de al lado ha conocido a los nuevos vecinos que se mudaron allí la semana pasada. Son una pareja de ancianos y ha pensado en la suerte que tiene después de diez años, de que hayan venido unos señores mayores, como ella y se ha preguntado qué habrá sido de aquel hombre tan antipático que vivió allí. Se debió mudar a otra ciudad. Sí, seguro que se fue de la ciudad, pero no conoce su nombre, nunca lo llegó a poner en su buzón y como nunca lo visitaba nadie, nadie preguntó nunca por él.

Yo no sé si ese hombre tenía más familia además de su ex mujer, la que se fue a otro país. No sé si alguien pensará hoy en él o si alguien sabrá porqué no fue nunca a su casa después del trabajo. Ni siquiera sé si existió…Lo que sí sé es que yo lo recuerdo porque ese hombre pudo haber sido cualquiera de los que salieron de casa esa mañana para tomar un tren.

Yo sí que estoy pensando en él y me lo imagino de camino a casa.

El premio

Premio - Imagen pública
Premio – Imagen pública

por María Mañogil

Siempre me ha gustado esa frase que dice:“Todo cae por su propio peso”. Desde muy pequeña me he llenado mil veces la boca con ella, quizás en un vano intento de creérmela, o de que, aún sin llegar a creérmela y a costa de repetirla muchas veces, se convirtiera en verdad. Una verdad tan universal como que vemos salir el sol cada mañana por el este, estemos donde estemos.

La fruta cae del árbol por su propio peso cuando está madura…y pocas cosas más. Las mentiras también suelen caer, aunque no por su propio peso, más bien por algún error cometido por quien las inventa, o por el simple hecho de que quien cuenta una mentira con la intención de mantenerla toda su vida, debe tener algo más que una memoria perfecta y nadie la tiene.

“Todo cae por su propio peso” es muy similar a “El tiempo lo pone todo en su lugar”. El tiempo deteriora las cosas y envejece a las personas, pero no pone nada en su lugar. Eso lo hacemos nosotros (si podemos). El tiempo pasa, pero no ejerce de juez para nadie. Los castigos que nos impone, o creemos que nos impone la vida, no son más que las consecuencias de nuestros actos para algunos; para otros son las consecuencias de los actos de los demás y para otros cuantos son pura casualidad y mala suerte.

Al grupo de frases al que pertenecen las dos anteriores se puede unir una tercera: “Al final todo el mundo tiene lo que se merece”. Ésta es la más irónica de todas y a la que se aferra más gente intentando aliviar su indignación e impotencia ante las injusticias, buscando, tal vez, lo que buscamos todos al fin y al cabo: Una respuesta a todo.

Si todo el mundo tiene lo que se merece, ¿por qué hay niños que tienen cáncer? ¿Acaso una criatura que apenas ha comenzado a vivir se merece eso?.

Yo creo que no todo el mundo tiene lo que se merece, por lo tanto, tampoco creo que el tiempo ponga todo en su lugar. Si así fuera, viviríamos en un mundo perfecto.

Premio - Imagen pública
Premio – Imagen pública

→Los errores

Una de las definiciones de “error” que podemos encontrar en la RAE es: Acción equivocada. ¿Quién no ha errado nunca? Quien acaba de nacer. Todos los demás nos hemos equivocado muchas veces a lo largo de nuestra vida. Los errores nos sirven para aprender, pero también se pagan (algunos muy caros). Equivocarnos es parte de la vida, pero la vida no es gratis, aunque algunos crean que sí. Todo lo que hacemos, correcto o incorrecto, tiene un precio. Incluso el simple hecho de respirar supone un esfuerzo, sin embargo no nos damos cuenta de ello hasta que nos falta el aire.

El problema de los errores es que, aunque digamos que son humanos (que no lo son exclusivamente, ya que no somos la única especie del planeta que los comete), no pasan tan desapercibidos como los aciertos. Por un error que cometamos se nos juzgará siempre de una forma desproporcionada en comparación a cien aciertos que tengamos. Parece ser que, por algún motivo que desconozco, cuando alguien comete un error, automáticamente empezamos a padecer una especie de amnesia y se nos olvida todo lo bueno que pueda haber hecho esa persona anteriormente. Es una pena… Deberíamos tener la misma memoria para almacenar sentimientos de agradecimiento que la que utilizamos para el rencor. Probablemente sobrecargaríamos menos el cerebro y seríamos más felices. Yo la primera.

Hay algo que me divierte mucho, aunque quizás no esté bien hacerlo, y es leer con detenimiento los textos o las cosas que escriben las personas que se ríen de las faltas de ortografía de otros; encuentro algunas mucho peores que las que critican.

Hace un par de días, en una red social, alguien dijo que ya quedaban pocas personas que escribían “emos”. Me bastó leer un par de frases suyas para encontrar una falta y le dije que debería suicidarse. No lo hice con mala intención, sólo acabé su chiste. Yo no me fijo en las faltas de los demás, ya y que probablemente era porque se iban suicidando. que yo también tengo. Tan solo respondo cuando creo conveniente hacerlo, ya que para eso están las redes sociales. Quien no tiene faltas de ortografía las tiene de otra cosa… y hay cosas mucho peores que escribir mal o bien.

Esto es sólo un ejemplo. Lo que quiero decir es que cuando alguien comete un error deberíamos preguntarnos si no hemos cometido nosotros alguna vez el mismo. La mayoría de las veces la respuesta será sí. Los errores de los demás nos molestan tanto porque sabemos que son comunes a los nuestros.

Premio - Imagen pública
Premio – Imagen pública

→La culpabilidad

Una vez alguien me dijo que sentirse culpable es como pegarse latigazos y la experiencia me ha demostrado que casi siempre es verdad. Cuando, a causa de un error nuestro, hacemos daño a alguien, de nada sirve sentirse culpable; el daño ya está hecho. Pedimos perdón, rectificamos e intentamos repararlo (a veces sin éxito), pero poco más podemos hacer. Probablemente volveremos a hacerlo otra vez, de distinta manera o de la misma… así es la vida. Si nos caemos, nos levantamos; si nos equivocamos, rectificamos y si hacemos daño a alguien sin querer, pedimos perdón. Si hoy aprendemos del error que cometimos ayer, mañana cometeremos otro diferente para aprender de él pasado mañana. Y así será día tras día. Nadie es culpable al 100% de todo lo que pasa a su alrededor, ni siquiera de sus propios errores, al menos para siempre, ya que la culpa también tiene fecha de caducidad.

Incluso quien ha cometido un delito grave, al acabar su condena queda en libertad. Si esto es así, ¿por qué una persona tendría que pagar toda su vida por haberse equivocado, con una condena tan dura como es el sentimiento de culpabilidad?

Cada quien es libre y está en su derecho de decidir perdonar o no, pero quien no sea capaz de hacerlo debería procurar lo imposible: no equivocarse nunca.

Yo, aunque me equivoco constantemente y hago daño a muchas personas por ello, no creo haber cometido un delito tan grave como para estar pegándome latigazos todos los días el el resto de mi vida. Nadie debería hacerlo.

Premio - Imagen pública
Premio – Imagen pública

↔Los castigos y los premios

Como he dicho al principio de este texto, creo que los castigos a veces son consecuencia y otras veces mala suerte, pero no pienso de ninguna manera que estemos predestinados o que el tiempo nos vaya a poner a cada uno en nuestro lugar. En el único lugar que nos va a poner el tiempo, con ayuda de los servicios fúnebres, es en un ataúd y después bajo tierra o  incinerados. Eso sí que se puede llamar “ley universal”, porque ninguno de nosotros se va a librar de ello.

Los premios son exactamente lo mismo que los castigos; a veces nos los ganamos y otras veces nos tocan en un sorteo sin ni siquiera haber jugado. Si yo fumo un paquete de cigarrillos al día, estoy jugando con todas las papeletas para que me toque un cáncer de pulmón o una bronquitis crónica, aunque quizás no me toque. Sin embargo, hay personas que no han fumado nunca y padecen cáncer de pulmón. En mi caso sería un premio; en el segundo, un castigo que esa persona no se merece. Por lo tanto, la famosa frase “Todo el mundo tiene lo que se merece” es falsa.

Todos tenemos nuestro premio y nuestro castigo, lo merezcamos o no.

No encuentro ninguna diferencia entre premio y castigo, ya que, aunque el primero se considere bueno y el segundo malo, todo depende de para quien. Para los vendedores de paraguas, que esté lloviendo durante dos semanas es un premio; para las personas que mueren o pierden sus casas a causa de las inundaciones es un castigo.

Así pasa con todo. Yo tengo cosas (tanto buenas como malas) que me las he ganado a pulso y otras que no sé ni de donde me han venido.

El último premio que he recibido ha sido hace unos días (quizás era mi regalo de reyes que me llegó adelantado) y, aunque ya lo estaba viendo gestándose desde hacía meses, al abrir el paquete donde venía envuelto, me estalló en plena cara. Si me lo he ganado o no, no lo sé del todo cierto. Tal vez en parte sí, por haberlo abierto intuyendo lo que era, pero a pesar de haber cometido un error, fue a causa de otros muchos “regalos” que he estado recibiendo casi a diario. Eso no justifica mi error, pero ya pedí perdón y se me ha negado. Mi parte de culpa ya la he asumido. Sin embargo, no he recibido disculpa alguna ni he visto arrepentimiento por parte de ninguna otra persona de las que ha estado involucrada en la adquisición de mi “bonito regalo de reyes”.

No sé si algún día recibiré un premio por todos lo bueno que he hecho en mi vida. Lo dudo. Lo que si sé es que rechazaré todos aquellos que no crea merecer y este último lo he tirado directamente a la basura.

Si merezco o no el desprecio de la persona a la que hice daño sin querer, que lo decida ella misma. Yo ya llevo bastante tiempo pagando una deuda que nunca contraje y esa persona lo sabe, así que castigarme no servirá de nada. Su perdón y su comprensión es lo que más necesito en estos momentos, pero eso no quiere decir que lo vaya a obtener, porque como dije: nada es gratis, ni tan siquiera respirar. Y a mí ahora me falta el aire.

Los trapos sucios

Trapos sucios - Imagen pública
Trapos sucios – Imagen pública

por María  Mañogil

Tengo un pequeño problema con las redes sociales, o tal vez debería decir que las redes sociales tienen un problema conmigo, o más bien, lo tienen algunas personas con las que interactúo a través de ellas.

No hace mucho que soy usuaria de este tipo de redes de comunicación (apenas un año y medio) y en este tiempo he visto un poco de todo, más o menos como en la “vida real”. Desde personas con las que he ido creando poco a poco un vínculo de cariño y confianza lo suficientemente fuerte como para hacerse merecedoras de poder llamarlas amigos(as) y a los que les contaría sin dudar mis secretos más íntimos, hasta personas que, acabadas de conocer, me envían mensajes privados con fotos suyas en ropa interior o ya directamente, ¿para qué perder el tiempo?, en pelotas.

Entre un extremo y otro hay miles de situaciones que podría relatar, pero no tengo ganas en este momento y tampoco me parece tan importante hacerlo. Mientras alguien no haga nada que esté fuera de la legalidad, involucrando, por ejemplo a menores y haya que ponerlo en conocimiento de las autoridades, o que resulte molesto o incómodo para otro (y si es así se le dice, que para eso tenemos la boca y en este caso los dedos), cualquier utilidad que se le dé a una red social me parece bien. ¿Acaso no vestimos como queremos, escuchamos la música que nos gusta y vemos los programas de televisión que nos apetece? Pues con las redes sociales pasa lo mismo; unos las usan para ligar, otros para conocer amigos, otros sólo para temas de trabajo y otros (como yo) vamos alternado algunas de esas cosas según lo que nos interese en cada momento, y en mi caso, dependiendo del estado de ánimo. Así, cuando estoy triste lo pongo en mi Facebook, cuando estoy enfadada también y cuando me siento feliz lo comparto tal y como acostumbro a hacer en mi entorno más cercano y fuera de las redes sociales.

Trapos sucios - Imagen pública
Trapos sucios – Imagen pública

Al contrario que otras personas (a las que respeto y, como he dicho antes, me parece bien lo que hagan) yo no tengo en las redes sociales una identidad y una personalidad distinta a la que tengo en mi vida. De hecho, el otro día me dediqué a revisar las infinitas publicaciones que he puesto en Facebook en los últimos meses y no me veo tan diferente a como soy de verdad; mi familia y las personas que me conocen en mi día a día tampoco han notado la diferencia. Realmente soy yo. Excepto algunos detalles que puse a modo de broma, como que me gradué en Hogwarts en la promoción de 1950 y algunas cosas por el estilo, todo lo demás es cierto. Mis pensamientos, mi inestabilidad en el estado de ánimo (variable en cuestión de minutos), mis temores, mis sueños… Todo eso es real y no he sentido en ningún momento la necesidad de fingir otra cosa.

Entiendo perfectamente que hay personas a las que no les gusta difundir ni hablar de temas personales, pero a mí no me importa. Por eso lo hago.

Y ahora viene el problema que, parece ser que estoy causando, y todavía no entiendo el porqué. Yo me dedico a poner canciones que me gustan, a compartir fotos que me hacen gracia o que me parecen interesantes, a difundir las columnas que escribo o que escriben  otras personas, a escribir frases que se me ocurren o que son de otras personas (en este último caso las pongo entre comillas y si lo conozco, añado el nombre de quien la dijo) y también a expresar sentimientos, relatar anécdotas mías, gastar bromas o todo lo que se me ocurra.

No me parece que esté haciendo nada mal. Entonces ¿dónde está el problema? Pues eso mismo me pregunto yo y he llegado a la conclusión de que yo no tengo ninguno, son otras personas las que lo tienen.

El otro día vi una foto que alguien compartió y que decía lo siguiente: “Los trapos sucios van aquí (y se podía ver un cesto de los que se utilizan para poner la ropa sucia) y no aquí (y salía el logotipo de Facebook)”. Bueno, no deja de ser una opinión y no se trata más que de una foto como cualquier otra, con la excepción de que la frase que ponía en la foto me la han dicho a mí innumerables veces, no con esas palabras, pero con otras muy parecidas, aunque mucho más sutiles.

Quiero aclarar que yo, los trapos sucios, en mi casa los pongo donde me da la gana, para eso es mi casa y son mis trapos, por lo tanto, y por el mismo motivo, los puedo ventilar en Facebook cuando quiera (que para eso es mi cuenta), siempre que sean los míos los que ventile y no los de los demás. A mí no me molesta nada de lo que pongan ni de lo que hablen los demás, ni mucho menos me siento identificada con nada, ya que entiendo que, quien quiera decirme algo, me lo dirá a mí personalmente y no mediante indirectas. Las indirectas se pueden pillar o no y, por experiencia propia lo digo, muchas veces se siente identificada con ellas la persona que menos tiene que ver con el tema, mientras que la persona a la que va dirigida, a veces ni siquiera ve la publicación.

Trapos sucios - Imagen pública
Trapos sucios – Imagen pública

Si estoy hablando de esto no es para mandar una indirecta a nadie, ya que a las personas que se dedican a aconsejarme día sí y otro también sobre lo que tengo o no que poner en mi muro de Facebook, ya les he dicho esto mismo en privado y a algunas de ellas, a la cara.

Si escribo hoy sobre este tema es porque me parece interesante y porque, al igual que yo, mucha gente debe estar sufriendo en estos momentos el acoso que supone escuchar una y otra vez la misma lección de moral que hay quienes se dedican a impartir gratuitamente. Cuando yo quiera que me den clases ya las pagaré y me aseguraré antes de que quien las imparta tenga  conocimientos demostrables para ejercer de profesor o de profesora en esa materia, porque para eso debería haber un título y que yo sepa, no lo hay.

A la persona que me enseñe qué es lo que se debe decir o lo que se debe callar en las redes sociales, la elegiré yo cuando lo crea conveniente y, por supuesto deberá demostrarme que está perfectamente cualificada para hacerlo y que sus trapos sucios están bien guardaditos en  un cesto herméticamente cerrado, porque, todo hay que decirlo: que los trapos sucios no se vean no quiere decir que no huelan.