Archivo de la etiqueta: Adorno

Anatomía de un cabello

por Gerson Tovar Carreón

No me sorprende que mi frente le gane terreno a mi cabello. Las consecuencias las miro día a día frente al espejo. En mi almohada hay resto de pequeñas fibras que se soltaron de sus aposentos. Nadie los extrañará, sólo las fotos de épocas pasadas se preguntarán por su paradero, por su suicidio genético. Y sí, es genético este asunto, alimenticio posiblemente, pero en su mayoría es genético. Mi padre era calvo, su padre fue calvo y el padre de su padre también lo fue. No me quedan muchas esperanzas de que desaparezca su herencia. Es extraño sentir esa ausencia, aun puedo ver mi cabello y no es que me guste, pero el hecho de pensar en su ausencia me desconcierta. Esa sensación de perderlo lentamente, de acariciar la nada con un peine, y de aceptar lo inevitable de la tradición me hace pensar si puedo soportar la triste realidad: soy calvo.

No me alimento sano, bebo constantemente, tengo sobrepeso y el único ejercicio que hago es correr detrás del trasporte público. Ser gordo y calvo no es sencillo. Pero, la verdad, estoy aprendiendo a vivir con ello. Recuerdo a un tipo de la universidad. Daba señales de calvicie y ahora se rapa para disimular su ausencia cabello. Nunca me agradó del todo ese individuo, era un ridículo, pero sólo pensar en tomar la decisión de rasurarme me pone los nervios de punta. No sé si es posible hablar filosóficamente sobre la caída del cabello; mi hermano decía que la discusión radica en el concepto pelón y su diferencia con la categoría calvo. ¿Quién los define? ¿A qué le podemos llamar pelón y a qué le llamamos calvo?

Italo Calvino - Imagen pública
Italo Calvino – Imagen pública

Pienso que el primero en diferenciar entre estos dos conceptos fue Italo Calvino, hombre de su tiempo y de la bella signora. Fue novelista, poeta y entusiasta del análisis crítico de las fibras capilares mejor conocido como cabello. Una de las frases que mejor define su estudio critico es “a veces uno se cree incompleto y es solamente la pérdida del cabello”. Y aunque no defina claramente su postura entre lo pelón y lo calvo, los lectores de Calvino aseguran que el escritor diferenciaba estas dos categorías al confrontar su contenido capilar sobreviviente. A más sobrevivencia de la fibra capilar, se definirá como calvo, y la nula existencia de la ya mencionada fibra se le considerará como pelón.

T. W. Adorno - Imagen pública

Otro gran teórico de la fibra fue el filósofo y sociólogo T. W. Adorno, su análisis político sobre el holocausto es deudor de sus reflexiones en sus primeros años de pelón. A diferencia de Italo, Adorno consideraba que pelón y calvo eran conceptos peligrosos y que se debían abrir conceptualmente al implante de cabello. Estas concepciones son lo que el mismo concepto no es. Esto significa que no se definen como pérdida de cabello sino como ausencia de este. Lo que a mi juicio lleva la discusión a un plano teórico más elevado debido a la ausencia de peluquerías en su estudio. Una vez más se demuestra que Adorno, literalmente, “no tenía un pelo de tonto”. Un colega suyo defendió esta idea durante mucho tiempo. Me refiero a Walter Benjamin, quien presentó su tesis doctoral con el título “El origen de la tragedia de la calvicie alemana”. Lamentablemente fue rechazada por Max Horkheimer, quien terminó aborreciendo al berlinés por sus teorías sobre la reproducción técnica de la calvicie, además de que éste se atrevió a defender un tema del cual no tenía ni la menor experiencia. Hasta el día de su muerte, Benjamin fue conocido por su amplia cabellera y por el uso de enjuague aurático.

Walter Benjamin - Imagen pública
Walter Benjamin – Imagen pública

Podría seguir aumentando gente a la lista, desde Lenin hasta Vin Disel. Todos tienen algo que decir sobre el tema. Menos Stalin, el bigotón nunca sufrió más que un par de atentados a su peinado por los activistas sin cabello, pero triunfó al mandarlos al gulag como peluqueros. Los especialistas han dejado las cuestiones político-sociales sobre la pérdida de cabello y se han concentrado en sus implicaciones culturales. En todas las artes, como en el espectáculo, los calvos y pelones se diferencian de la gente con cabello. Reivindican su pérdida con grandes actuaciones, cuerpos fornidos y barbas tupidas. En el peor de los casos, podríamos remitirnos a Homero Simpson, y hasta él sale bien librado.

Adorno y Horkheimer - Imagen pública
Adorno y Horkheimer – Imagen pública

En este punto se va mostrando un leve desdoblamiento de los conceptos calvo y pelón, sin embargo, debemos profundizar en un análisis cultural y político de lo que implica la pérdida de cabello, incluso psicológico. La pérdida de cabello no es una broma, no es simplemente la destrucción de las células capilares lo que impide la renovación celular de la fibra conocida como pelo, cabello o melena, sino que las consecuencias en los sujetos varían y es prudente intervenir en este mal moderno que aqueja a los individuos y los obliga a usar gorros y sombreros ridículos.

Anuncios

Campo de guerra, de Sergio González Rodríguez

 

Campo de guerra - Imagen Pública
Campo de guerra – Imagen Pública

por Carlos Morales Galicia

Tal vez lo primero que llame la atención de Campo de guerra sea esto: Premio Anagrama de Ensayo. Hace tiempo que desconfío de los premios literarios, no por ser subjetivos sino porque muchas de esas obras son complacientes con un sistema; otras más buscan encontrar al lector en vez de retarlo. Es por eso que me acerqué con cierta desconfianza al libro. No quisiera iniciar con una divagación, tampoco quiero polemizar acerca de qué es un ensayo y qué no lo es; sucede que estamos frente a un texto que mucho más complejo y arriesgado de lo que el laurel que se le adjudicó sugiere. Para acercarnos un poco a la finalidad literaria de Sergio González Rodríguez hay que aclarar que es una investigación periodística que echa mano del ensayo, la cual sostiene una hipótesis: cómo los conflictos bélicos mundiales benefician a Estados Unidos, especialmente a la industria armamentística, a su sistema político y económico; en este caso la disputa es México.

González Rodríguez no se conforma con hacer una investigación periodística –como si eso fuera poco, como si no supiéramos el destino de la gran mayoría de mujeres y hombres que se han quedado en el camino por ello-. Además hay una intención de batirse con el lenguaje. Porque lo que vivimos hoy no es cualquier cosa y no puede ser narrado de la misma manera en que se hacía antes. Es por eso que el autor echa mano de todas las fuentes de información posibles para tratar de justificarlo todo, aquí las imágenes se convierten en textos y los textos se convierten en imágenes. Es posible que muchos de los términos que se encuentren en el libro no sean familiares, pero basta con leer y volver a leer para que hallar su significado, pues Sergio González Rodríguez, al igual que Celan, sabe que no se puede relevar al lector de su tarea y su responsabilidad de comprender.

A pesar de lo anterior, no puedo dejar de hacerle un par de reparos: el primero es el uso del término “lógica-policial” de Rancière (sería elegante haberlo citado), el segundo es ubicar en las notas la posibilidad de resolver los conflictos mediante acciones pacíficas, pues considero que le habría dado mayor fuerza a las conclusiones.

Hay por ahí una frase de Adorno -“La profundidad del pensamiento se mide por la profundidad con que penetra en el asunto, no por la profundidad con que lo reduce a otro”- que bien podría emplearse para valorar Campo de guerra. La injusticia, la impunidad y la corrupción que se relatan nos permiten entender un poco mejor el presente y tratar de echar una luz en la oscuridad, pues las tres son ajenas a esa esfera de acuerdo humano, de mutuo entendimiento: el lenguaje.