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Facepuke

Usuarios de Facebook  Imagen pública
Usuarios de Facebook Imagen pública

por Carolina Vargas

En el año 2009, después de mucho resistir, sucumbí a la tentación de las redes sociales y abrí una cuenta en Facebook. Debo decir que durante años recibí en mi correo infinidad de invitaciones para unirme a Myspace, Hi5, Metroflog y otros nombres intrascendentes que llevan años borrándose de mi recuerdo.

Al principio no entendí muy bien el furor que causaban las redes, o mejor dicho, no sabía muy bien que rollo con ellas. La verdad es que tampoco me detuve a reflexionarlo mucho tiempo, y un día me dije “¿por qué no?”.

Desde el principio tuve muy claro que debía defender a como diera lugar mi privacidad, sin importar lo que me dijeran, jamás usaría mi nombre real, así que me fabriqué un avatar, adopté una nueva identidad, llené el formulario y unos cuantos clicks después ya era un militante más de la larga lista del apocalipsis zombiefacebookero.

Recuerdo que por aquel entonces mandaba regalitos a los muros de mis amigos, frases, test, aplicaciones variopintas, en fin, la industria del ocio cibernético en todo su esplendor. Lo admito, me divertía mucho, pero creo que el secreto para poder sobrellevar dos identidades, es que al menos una de ellas no me la tomo en serio, a diferencia de mi yo real que resulta muy dramática para casi todo. Mi avatar en Facebook tiene casi 800 amigos, 5 stalkers confesos, varias relaciones filiales nacidas más por el cariño que por el parentesco o la sangre; mi avatar vive en Corleone, habla esperanto y en algún momento de su vida trabajó como ángel de Victoria’sSecret, tiene apasionados romances con David Gandy, Marlon Moreno, Jean Dujardin, Sergio Rubini, RomainDuris, Brad Pitt, Robert Downey Jr. Dita Von Teese, MonicaBelucci y Scarlett Johansson.

Facebook - Imagen pública
Facebook – Imagen pública

Yo no tengo tantos amigos, me sobran dedos para contarlos, lo cual agradezco profundamente porque creo que para ser buen amigo hay que darlo todo, por esa razón mi círculo es muy pequeño; stalkers inconfesos tengo muchos más de los que pensaba, hermanos del alma sólo uno, prefiero los juegos en solitario sobre todo si se necesita lápiz y papel; amoríos virtuales ¡ja! qué cosa tan absurda, prefiero mil veces un roce de manos, una sonrisa y la calidez de unos labios honestos que la foto más hot de David Gandy. En pocas palabras, prefiero mi vida real, así la pase rascándome la panza todo el día, acostada boca arriba, mirando el techo, comiendo galletas, pensando en la inmortalidad del cangrejo y amenizando el momento alguna invaluable joya de mi acervo musical.

A estas alturas de la columna la mayoría se preguntará: ¿y eso a mí que me importa? Un debraye más de una adicta a las redes sociales… ¡Que profundidad! La verdad es que mi cibercorazón se rompió hace unos días, cuando la Kurá revisó su bandeja de entrada y tenía como 10 inbox, con recados de amigos y familiares, en los que se me reclamaba, entre otras cosas, por no haberme conectado durante días a Facebook. De ahí me surgieron varias dudas razonables, la primera, ¿desde cuándo tengo que pasar lista de asistencia con Mark Zuckerberg? Segunda, ¿realmente soy tan predecible y patética como para que mi vida gire alrededor de lo que Kurá hace, dice o postea? Tercera, ¿Kurápani Technicolor ya se comió a su alter ego? ¿La actividad cibernética de Kurá es lo único que vale en mí día a día?

Me sorprendió mucho que se me asumiera de esa forma, supongo que yo tengo la culpa, por qué efectivamente, Kurá revolotea demasiado por el ciberespacio, y aquí hay que aclarar una cosa, si bien es cierto que mi cuenta en Facebook tiene mucha actividad, yo nunca me la he tomado en serio, así como la hice la puedo desaparecer, pero ir al súper, lavar ropa, cocinar, limpiar el piso, escribir esta columna, dedicar tiempo a mis lecturas, escribir, reseñar, atender mis citas en el juzgado, salir con amigos, mis largos paseos por el jardín de San Francisco y los portales, las chelas en el barrio del artista, las tardes con Jano, mis horas de entrega a ver cine de culto, escribir para mi hijo y las largas charlas con su retrato, rascarme la panza, hacer memes, las fotos, mirar la ciudad nacer y morir desde la azotea, las mañanas de Skype con mi mamá, el whatsapeo, las visitas a las librerías, las noches de café y vino tinto mientras escucho boleros, los tangos, las espirales de mis cigarrillos, el Tesoreo intenso, el Periquita style, los sábados vagabundeando en los Sapos…todo eso no puede, ni debe desaparecer de mi vida, por eso no me explico la razón del asombro que mi ausencia en Facebook produjo en muchos de mis amigos, de los reales, y en un tanto más de parientes y contactos.

Facebook - Imagen pública
Facebook – Imagen pública

Así que aclaremos, soy una persona con responsabilidades, vicios, ocio y esa sana costumbre de la procrastinación tan propia de nuestra especie, tengo una vida y aunque no lo parezca también una agenda que debo cumplir, plazos que llegan y fechas que se cumplen, todo eso mucho más importante que cualquier tontería que tenga yo que postear. Para todos aquellos que quieran verme 24/7 lamento decirles que es imposible, pero no me cierro ante la idea de ir por un café, una llamada telefónica, beber una cerveza en los balcones de Yelao o simplemente planear un encuentro en cualquier calle de esta ciudad, a horas adecuadas, por supuesto, porque no tengo coche y el transporte público es pésimo. Si alguien verdaderamente quiere saber de mí, me puede llamar y es bienvenido a mi humilde cueva en conocida y transitada avenida del centro de esta ciudad, de la misma manera que yo, cuando quiera saber de alguno de ustedes, probablemente se lleven una grata sorpresa al atender el teléfono y descubrir que les estoy llamando. Con esto no digo que deje en el olvido a mi querida Kurá, sencillamente ella tiene su espacio y yo el mío, y últimamente yo he necesitado mucho más hacerlo efectivo. Si no me ven en línea, no se preocupen, estoy bien y respiro, quizá por esta última razón es que Kurá se va de vacaciones un tiempo, para despejarse de mí. Por mi parte, seguiré como hasta ahora, llevando una existencia de bajo perfil para poder diluirme en las mieles del anonimato peatonal.

Por supuesto que Kurápani Technicolor y yo tenemos muchas cosas en común, pero ella existirá hasta que yo quiera, me aburra de la red o deje de pagar la cuenta telefónica y/o elimine el programa de mi celular. A la Kurá le debo miles de máscaras que he tenido que usar para seguir manteniendo el anonimato de mi vida y bajo perfil, porque como lo he dicho antes, soy una persona simple.

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Adicción - Imagen pública
Adicción – Imagen pública

por Carolina Vargas

“¿Me estás poniendo atención?”

Nunca me había sentido tan culpable ante esta pregunta. Confieso que me sentí muy avergonzada pero fue algo que no pude evitar. Los contextualizo un poco: en días pasados me vi en la necesidad de cambiar mi teléfono celular por uno nuevo, ya que mi equipo anterior sólo me servía de pisa papeles, no me llegaban los mensajes y las llamadas se escuchaban horrible. Por consejo de muchísimas personas, opté por solicitar un plan tarifario ya que gasto muchísimo en recargas y el plan es mucho más accesible, así que después de tres días, una visita a domicilio y una consulta a mi historial crediticio -el cual no tengo- la empresa RadiomovilDipsa consideró adecuado otorgarme el beneficio de la duda y me soltó mi nuevo teléfono nuevecito y de paquete.

Entre las virtudes de mi equipo, según la vendedora, tiene un montón de tecnología que incluye letras y numeritos, pero no tan divertidos como el álgebra -soy ñoña y disfruto mucho este tipo de problemas-, tiene botón de prender y apagar, camarita con flash, cargador y audífonos. Para redondear un poco la idea, un teléfono común y corriente disfrazado de navaja suiza.

Honestamente la tecnología no es lo mío; soy una persona muy elemental, me duele reconocerlo pero así es. En un principio pensé que dada mi falta de créditos bancarios me iban a autorizar un pisapapeles igual al que acabo de botar, pero no, la verdad es que tengo un equipo bastante decente, que si bien no es lujoso ni está en el Top ten de la tecnología hipster, es un modelo bastante funcional y accesible, pero con todo y eso me tardé casi dos días en configurarlo completamente. Cuando al fin supe moverle al aparato, comencé a depurar mi agenda, pasar los contactos al nuevo teléfono, lo cual fue rápido porque no tengo muchos amigos y los teléfonos de la familia pues sólo tengo unos cuantos, y como en la más enferma de las distopías Orwellianas, todas mis cuentas tanto de redes sociales y de correo se enlazaron de manera siniestra en mi teléfono. Hasta el día de hoy sigo leyendo el manual de usuario y no he encontrado el apartado en el que expliquen por qué pasa esto, así que cada 15 minutos recibo alarmas de mi correo electrónico, que a su vez me da notificaciones de Facebook, Twitter, Google+ y por supuesto de mi blog y el más reciente y siniestro de todos, el WhatsApp.

Whatsapp - Imagen pública
Whatsapp – Imagen pública

Es la primera vez que tengo un teléfono con Android -la versión no importa, por regla general la versión más reciente es peor que la anterior- por petición de mi madre, y con el fin de “estar más cerca”, descargué dicha aplicación firmando con sangre el pacto que llevaría mi último dejo de cordura al más negro e insondable abismo virtual.

Mensajes ilimitados, sin costo el primer año, con sonido, imagen, smileys, me recuerda tanto a las aplicaciones que poco a poco iba teniendo Messenger, pero ahora desde la comodidad de mi teléfono, no lo pude evitar fue un reencuentro con el pasado, además que fue mi regalo de cumpleañosdiadelasmadresnavidadyreyes atrasado, perdón si me emociono con mi nuevo juguetito, pero hubiera sido lo mismo si alguien me hubiera regalado un Playmobil o una consola de Atari, fue algo que se me quedó de la prepa y de otros tiempos mucho más simples. Todavía le sigo encontrando cualidades a los mensajitos instantáneos aunque tengo muy poquitos contactos y uno de ellos de plano ya me dijo que no lo estuviera chingando.

“¿Me estas poniendo atención?”, ahí fue cuando me di cuenta que empiezo por mal camino y que si bien es cierto me emociona saludar a mis amigos que están lejos, el mundo real seguirá ahí y no me puedo abstraer de él así que he decidido dejar mi whatsapeo en paz por un tiempo, creo que es lo mejor, antes de que me enganche peor. Para muchos de ustedes esto que les digo es tan del 2013 o antes, pero les repito, nunca había tenido un smartphone, sigo considerándolo innecesario, adictivo sin duda alguna, pero innecesario.

Smartphone - Imagen pública
Smartphone – Imagen pública

Iba pensando en todo esto mientras caminaba, había ido al centro de atención a clientes de Telcel a reclamar una falla en la recepción -tan pronto y luego luego sacando el cobre con el mal servicio- y en esta selva de asfalto, la fauna se comportaba de manera extraña, al parecer ya nadie se fija por dónde camina, todo mundo está al pendiente de su teléfono; no miento, caminé exactamente las tres calles que separan mi casa del módulo Telcel y conté por lo menos 15 personas atendiendo un mensaje instantáneo, el silbidito era inconfundible, confieso que me perturbó muchísimo. Yo pensé que el mío era un caso excepcional, porque -lo reitero- soy una persona simple, que durante mucho tiempo se negó a pertenecer a las redes sociales, tan es así que la primera en la que milité fue Facebook, resistí lo más que pude hasta que la corriente me arrastró, aún andan por ahí espíritus libres y soberanos, ajenos al chismógrafo de los rostros, no saben cómo los envidio. Bienaventurados los libres de smartphones y aplicaciones baratas, porque de ellos es el reino de los cuerdos.

Sigo leyendo el manual de usuario y el contrato de arrendamiento de la línea con todo y sus letras chiquitas, para ver si encuentro alguna clausula o vacío legal que me permita demandar protección ante tanto bombardeo comunicativo.