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La voluntad de los objetos, de Abraham Cruzvillegas

La voluntad de los objetos - Portada
La voluntad de los objetos – Portada

Mi abuelo siempre ha contratado al mismo hombre desde hace cuarenta años para hacer los arreglos de la casa. Desde pequeño recuerdo a ese señor jalando botes de mezcla y amarrando varillas con alambre requemado, ayudado por su chalán (también el de siempre, de casi la misma edad), dando un sorbo a su cerveza de rato a rato. Cuando leí el nuevo libro de Abraham Cruzvillegas, la imagen de esos dos fue lo primero que me vino a la mente. Había entre ellos una fraternidad extraordinaria con los materiales, como si en el cemento y la cal habitaran recuerdos que vuelven a vivir cuando están en contacto.

En La voluntad de los objetos (Sexto Piso, 2014), Cruzvillegas hace precisamente eso: detona vivencias por medio de la relación que tiene con su entorno y reflexiona a través de ello; se encuentra a sí mismo rodeado de un mundo que le fascina porque lo ha vivido, porque lo ha sentido y lo ha pensado, expresándolo en forma de ensayos. El punto central consiste en no olvidar que está haciendo una autoconstrucción desde la memoria, desde el pasado latente y, por lo tanto, desde el interior de su experiencia, justo como los albañiles de mi abuelo, dejando que la materia de la que están compuestas las cosas se desempeñe entre sus manos sola, siendo un medio para que el resultado -la estructura y los acabados- sea lo que los refleje como parte de ella y no al contrario, porque los objetos tienen una autonomía que transporta al sujeto como nunca hubiera imaginado, un sentimiento que comparten los textos del libro.

Abraham Curzvillegas - Imagen pública
Abraham Curzvillegas – Imagen pública

Este libro es una invitación a la autoexploración de los lugares que hemos sido y la forma en que el entorno nos incide, desde una premisa implícita: dejar que eso que nos rodea nos cuente quienes somos desde la relación que tiene con nosotros.

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por José Luis Dávila

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La medida no marca el límite: sobre 25x25x25

Estamos acostumbrados a vivir en un mundo de medidas, tan acostumbrados que ya ni nos damos cuenta de ellas. Tanto que incluso nos definen: lo altos que somos, lo anchos que somos, lo fuertes, lo hábiles; lo inteligentes. Invadidos por las medidas en casi todo aspecto de nuestras vidas, el arte también llega a tenerlas; el arte, que nos han enseñado es independiente de ataduras, se ve controlado por medidas que lo delimitan, y sin embargo, conserva su libertad por más que se le quiera enmarcar en una medida especifica.

25x25x25 es una exposición que demuestra lo anterior; deja clara la trascendencia del arte mucho más allá de los espacios que ocupa, sea un museo o un recuadro en una pared. Y aún mejor, crea un lugar en el cual se puede estar rodeado por esas diferentes perspectivas del arte que generan las obras de tan diversos autores, haciendo que Capilla del arte, donde se encuentra la muestra, sea un panóptico que se mantiene expectante de aquello que está en el centro de la experiencia, es decir, el espectador en medio del pequeño formato que son los ojos de los creadores.

Del Santo Niño Turista, de Antonio Álvarez Morán, a los registros de participantes en la exposición de Abraham Cruzvillegas que se presentó recientemente en la ciudad, pasando por el proceso de lectura de una novela de Foster Wallace o los desechos de chicle convertidos en extensiones de quienes lo mascaron, las piezas que se presentan son una recurrencia sobre la medida y cómo se logra la creación dentro de los límites impuestos por ella; una exposición a la que se debe asistir para entender la importancia que tiene, importancia que no se debe dejar pasar.

Las estructuras que somos: Autoconstrucción, de Abraham Cruzvillegas

Como humanos, somos un proceso, una serie inacabada de pasos que se suceden contra un límite desconocido de tiempo. Estamos en constante actualización, integramos partes que vamos encontrando en la marcha. Nos autoconstruimos como mejor podemos, tendiendo a derrumbar los muros que somos porque hay otros que somos más; porque las estructuras que nos sostenían las movimos y nos gustó mejor ese montón de escombros que muchos no ven con buenos ojos pero en el cual nosotros encontramos la honestidad de aquello que nos identifica.

Este es a grandes rasgos el tema de la nueva exposición de Abraham Cruzvillegas en el Museo Amparo, cuyas salas se han convertido en receptoras de la obra negra que el artista ha visto en él y en su entorno. En la muestra podemos apreciar la forma en que cada quien es su propio hogar, representado por medio de materiales de construcción dispuestos para despertar las interpretaciones personales de los espectadores, creando espacios íntimos que transmiten la personalidad de quienes se sienten cómodos en ellos.

Autoconstrucción es una muestra que vale la pena visitar todas las veces que sean necesarias para habitarla y dejar habitar a estas piezas que metaforizan aquello que suele aterrarnos: aceptar que estamos incompletos y posibilitados para destruirnos y construirnos tantas veces sean necesarias.