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Blind Spots, la mirada de Robert Weissenbacher

por José Luis Dávila

No encuentro mejor manera de decirlo: Robert Weissenbacher es un sujeto excepcional que se merece, como pocos, el denominativo de artista. Quizá sea que en su obra no hay pretensiones de más, ni rodeos, ni superficialidades. Cada una de sus piezas llegan directo a lo que quieren tratar, temas que surgen de una reflexión en el sitio, de la cultura y las experiencias que ha adquirido durante su estancia en México.

Así, Blind spots, la muestra que se puede ver en Galería Liliput, es un recorrido de los últimos tres meses del artista, de las personas y los lugares, por ejemplo, pero también del choque cultural que le ha supuesto el viajar, tanto fuera de su geografía habitual como fuera de su zona de confort creativo. Robert logra hacer que sus pasos se vean reflejados en los lienzos y provoca interpretaciones personales en los espectadores, quienes se podrían cuestionar la pertinencia de elementos como los ángeles o las máscaras, propios de la localidad, en un artista que se encuentra elaborando las piezas de manera constante y específica para el lugar en que se encuentra.

De tal modo, Blind spots da la sensación de ser una exposición de miradas que observan y son observadas, de espejos en los que uno se puede encontrar dentro de los trazos y sus formas, desentrañando a quienes habitan esos puntos ciegos de nosotros mismos, eso que no quieren ser observados ni siquiera por sí mismos.

Link al sitio web de Robert Weissenbacher: http://robert-weissenbacher.eu

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Espacio y ausencia: Cándida Höfer en México

por José Luis Dávila

Me gusta pensar en los lugares cuando están llenos. Me gusta pensar ahí porque, precisamente, están llenos. Es una dinámica extraordinaria. Las personas que transitan los espacios aportan sentidos nuevos con cada paso que dan. Pero también me gusta pensar ahí porque los imagino vacíos, porque entre el estruendoso y repetitivo cuchicheo se cierne un silencio implícito de la arquitectura, la piedra y el metal tienen una voz en h, una aspiración fonética que resulta fundacional para que llegue a haber la construcción de un lugar.

Es así que Cándida Höfer nos trae al Museo Amparo una exposición de eso, de la vacuidad del espacio mexicano que se presume siempre habitado, siempre repleto. Sus fotografías son un esfuerzo objetivista de apreciar la esencia primaria de los recintos que a diario concebimos como artificios funcionales, elementos que no apreciamos por la rapidez con la que los cruzamos.

Cándida Höfer en México - Fotografía por Job Melamed
Cándida Höfer en México – Fotografía por Job Melamed

Es, pues, una forma de acercarse a aquello que creíamos conocer y que en la frontalidad de las imágenes devela detalles de los que el ojo cotidiano no se percata; una exposición de la presencia del espacio en la ausencia de los que lo armamos.

Dos poemas de Tomás Sánchez Hidalgo

Por Tomás Sánchez Hidalgo

Sirios

Esquivaron el Final, pero también su propia tierra

(tierra sin raíces,

sin pueblo),

las auroras que los persiguieron,

cieno el color del corazón en octubre.

Transparencia en el sector financiero, claro.

Y hoy no llevan micro,

acaso un pincel.

azul para expresar su pena,

azul después para dar temple al caos,

azul cierre para despejar el cielo de nubes grises.

Admitiendo, para entonces,

un súbito viraje al suelo:

habrán de pintar, también,

niños que jugaban con las llamas.

 

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Apprentices

(A los caballos los matan, ¿no?)

Llueve.

En Chicago hace menos veinte grados.

Es un problema extensible a Nueva Inglaterra.

Llueve.

Sospechamos la existencia de un paisaje lunar,

muy lejos, al sur,

más allá del horizonte

(donde nuestras fincas azules

limitan también con la NASA):

sonidos a las tres de la madrugada,

procedentes de autopistas acaso invisibles,

escenario, hoy,

del traqueteo de cascos de los caballos:

se oye todo, en una alucinación muda,

y, en este western,

surge el milagro de la vida:

aquí, en el sur, también llueve,

y, en paralelo,

percibes igualmente cómo brota, de este suelo azul,

el agua nocturna.

Los caballos beben entonces deprisa,

entre destellos,

en un entorno mágico.

Y ¿llegan a echar de menos? el calor extremo,

y relinchan;

un tiempo después, de nuevo su trote:

han de volver a la luna.

Las lluvias han sido constantes,

durante toda la jornada,

sobre todo por la tarde

(es necesario, en esta frontera,

el uso de cadenas.

Y de un Muro,

¿no?).

Casa de citas

Por Gabriel Burgos

“Disfruta de la vida. Hay mucho tiempo para estar muerto”

Hans Christian Andersen

Con los nervios de punta, por ser mi primera vez en hacer esto, marqué el número y esperé respuesta, cuando pregunté por el nombre de la casa que me dieron, la respuesta fue “aquí no es” seguida del fin de la llamada. Corregí mi error de dedo, marqué y recibí la respuesta deseada: me dieron los nombres de las profesionales disponibles, sus días con horario abierto, su costo por hora y su especialidad; después de considerar las cosas y la distancia de mi trabajo elegí ir el miércoles a las 5.00 pm para liberarme del estrés.

Gracias a google maps ubiqué la casa sin problemas, discreta, bonita, sobria, en una zona segura y junto a un parque, nada que ver con lo que esperaba encontrar. Toqué el timbre y una voz por el interfon me preguntó a quién buscaba, al darle el nombre de la profesional que me esperaba y me dieron acceso. La sala de espera, confortable y tranquila, fue lo que vi al pasar, la recepcionista con una sonrisa me ofreció café y me hizo una charla ligera en lo que bajaba mi cita.

Una mujer joven, sonriente y de rostro amable, me llevó consigo a un cuarto armónico y sereno, justo lo que necesitaba, y su primera pregunta fue ¿cómo te sientes? Después de un largo suspiro, ante lo cual la profesionista sonrió, me solté a decirle todo lo que me pasaba a lo largo de una hora. Al terminar, decidió canalizarme de inmediato con el psiquiatra porque necesitaba saber si era necesario medicarme o no, sobre todo, por los problemas que le conté.

Ese día le confesé a mi nuevo psiquiatra mi deseo de suicidarme y me recetó de inmediato pastillas para bajar mi ansiedad y tratar mi depresión, una vez en mi poder, decidí investigar sobre ellas y descubrí con amarga ironía que tomarme la caja entera más una botella de vino bastaban para suicidarme. Reí ante semejante idea y pensé “tengo el mejor psiquiatra del mundo, o confía mucho en mí o sutilmente consideró como complacer mi deseo.”

Me programaron cita para dentro de dos semanas, recibí mi receta y pagué con la tarjeta de crédito la consulta, al salir de la clínica hice cuentas, y entre la consulta con la terapeuta, el psiquiatra y las drogas bien podría haber pagado la misma hora y media con una scort clase AA con motel y condones incluidos, aunque me temo ellas aún no aceptan pago con tarjeta.

1983

por E. J. Valdés

Dave y Junior entraron al estudio y afinaron sus instrumentos mientras llegaban los demás. Al poco rato asomó por la puerta Lee, el baterista. Greg, el encargado de la segunda guitarra, fue el último en aparecerse por allí, como siempre, situación que ya tenía un poco fastidiados a los otros. Una vez estuvieron reunidos todos, Lee contó hasta cuatro con sus baquetas y comenzó el ensayo. Unos quince minutos después, alguien llamó a la puerta con insistencia. Dave maldijo la interrupción y pidió a Greg que atendiera. Regresó en compañía de un muchacho flaco, de largos rizos negros.

—Leí en el periódico que buscan a alguien que cante…

Dijo llamarse Emile y listó un par de bandas en las que había trabajado antes. Ninguno de los muchachos las conocía. Dave, quien estaba malhumorado por la resaca de la noche anterior, le pidió que regresara a la audición otro día, pero Junior lo interrumpió y sugirió que, ya que se había tomado el tiempo de buscarlos, lo escucharan en ese momento. El resto de la banda estuvo de acuerdo y Dave terminó por ceder, aunque no sin refunfuñar. Conectaron un micrófono para el chico, le preguntaron qué canciones conocía y acordaron probar con algo de Diamond Head.

—Venga, capullo —le gruñó Dave a modo de reto antes de golpear las cuerdas con su púa. Mientras hacía el riff de entrada pensó que, de todos los pobres diablos que se habían parado frente a ese pedestal los últimos seis meses, aquél era el más sucio y desaliñado que había visto. Los ojos inyectados de sangre y la sonrisa estúpida delataban que hacía poco había consumido; un junkie conoce a un junkie. “Quizá después de todo tenga algo qué ofrecer”, dijo para su adentros.

No era así. Greg, Junior y Lee se sumaron a la canción, y cuando llegaron al primer verso Emile comenzó a cantar con una voz tan chillona que parecía que alguien lo había cogido por las pelotas. Dave sacudió la cabeza pero fue paciente: esperó hasta que terminaran el primer coro para detener la música.

—¿Qué carajo fue eso? —se quejó—. ¿La jodida Yoko Ono?

Junior, siempre el más sensato de todos, lo tranquilizó y pidió que le diera otra oportunidad.

—Probemos con otra cosa.

Dave se llevó las manos a la cintura.

—Vale… Otra cosa, pues. En vista de que el chico tiene pulmones, veamos si puede con algo de Sabbath.

Megadeth - Imagen pública
Megadeth – Imagen pública

De inmediato comenzó con “Paranoid”. Su elección no fue aleatoria: se le ocurrió que Emile podía tener el rango suficiente para emular a Ozzy. Una vez más se equivocó: tan pronto escuchó la primera palabra le quedó claro que el chico podía gritar muy bien, mas no cantar. Su voz no era la adecuada para Diamond Head, Black Sabbath o sus composiciones originales. Seguro la habría hecho en grande en una banda glam, pero con ellos no tenía futuro: puso alto a la música y apuntó con su índice a la puerta. Emile, un poco enfadado, quiso argumentar, pero Dave no le dio oportunidad; chasqueó los dedos y de nuevo señaló la salida.

—Púdranse —masculló antes de dar la media vuelta.

Dave desestimó el insulto con un bufido y encendió un cigarrillo. Tras la primera calada se percató de que todos los ojos en el estudio estaban clavados en él.

—¿Qué diablos están viendo? —dijo.

Lee y Greg desviaron la mirada, pero Junior, quien para entonces sentía que podía ser franco con él, habló:

—El chico no cantó ni dos minutos. ¿A cuántos aspirantes más piensas echar de aquí sin escucharlos siquiera?

—¡Oh, vamos! No me vengas con eso… ¿Quieres saber qué es lo que escuché? A todas las jodidas revistas del país diciendo que nuestro cantante chilla como una puerca al filo del sacrificio. Eso es lo que escuché.

—Dave, cuando empezamos esta banda prometiste que grabaríamos pronto. Prometiste un álbum.¡Y míranos! Hemos ensayado las mismas jodidas canciones seis jodidos meses porque no puedes aceptar que…

—No hemos encontrado a la persona adecuada. Eso es todo. Si tuvieran un poco de paciencia…

—¿Después de todo este tiempo crees que no la hemos tenido? El problema e…—

—¿Soy yo? ¿Eso es lo que crees? Bien, si soy el problema, ¿cuál es la jodida solución, muchacho? Venga. ¡Dime!

Junior tomó un respiro. Dave estaba tan irritado que podía estallar en cualquier instante, sin embargo, ya no tenía intención de medir sus palabras.

—¡Hazlo tú! Si nadie puede cantar tus jodidas canciones como lo deseas, ¿por qué no lo haces tú?

Esto tomó a Dave tan desprevenido que trastabilló antes de responder.

—¿Acaso bromeas?

—¡Joder, no! Tú escribiste esta mierda, seguro que puedes cantarla. ¿O acaso el intrépido Dave le tiene miedo al micrófono?

—¡Vete a tomar por el culo, Ellefson! ¡No tienes idea de lo que puedo hacer!

Y lo que Dave hizo fue justo lo que Junior quería: arrastró el cable de su guitarra hasta el pedestal que ocupara Emile y comenzó a tocar. Los otros de inmediato se sumaron, contagiados por su adrenalina, y cuando por fin abrió la boca a todos les quedó claro que la búsqueda había sido fútil: la persona adecuada para el puesto estuvo en la banda todo ese tiempo. Cuando no arrastraba la lengua al hablar, atropellaba las palabras, pero, ¡joder!, su voz era justo lo que esas canciones necesitaban, y si bien por poco se desmaya durante aquel ensayo por no respirar lo suficiente entre versos, los meses y los años le enseñarían a hacerlo perfecto.

Desde ese día y hasta el final de su carrera, Dave Mustaine sería el vocalista de Megadeth.

La mirada a la soledad de Ortíz Bretón

Multitus, soledad y verdad, exposición de Eugenio Ortíz Bretón - Fotografía por Job Melamed
Multitus, soledad y verdad, exposición de Eugenio Ortíz Bretón – Fotografía por Job Melamed

por José Luis Dávila

De pronto nos damos cuenta, habitamos no-lugares que antes parecían atestados y ahora se sienten fuertemente solos. Estamos ahí, en medio, en el lado oscuro de la colectividad, ese lado que es consciente de los otros en contraposición -decir “contra posición” es quizá más entendible- a uno mismo, a ese que se ve naufragado en el océano de ojos y bocas, que es arrastrado por la corriente tropical de las respiraciones y la nórdica de los pasos, cuando da el verde del semáforo y seguimos en la ciudad, gris, enorme e inconclusa. Una ciudad lista para recibir a alguien más, para mostrarle su verdad, la de la ciudad y la de sí, porque es en la crisis ante la vastedad de las estructuras que nos encontramos con nuestra propiedad, con eso que podemos ser en medio de todos al tiempo que en soledad. Así justo se siente la obra de Eugenio Ortíz Bretón, una introspección e introyección de una etapa que todos hemos surcado de una u otra manera.

Bajo el título de Multitud, soledad y verdad, la exposición que se muestra en La Galería Lazcarro es una oportunidad para entender ese sentimiento que salta cuando, de a poco, nos damos cuenta del falso imperio que es el acompañamiento fortuito del ruido en las calles y las personas que la cruzan; en otras palabras, de establecer el momento en que nos cuestionamos cómo vemos al otro y cómo el otro nos ve en ese contexto salvaje que es la multitud.

Multitus, soledad y verdad, exposición de Eugenio Ortíz Bretón - Fotografía por Job Melamed
Multitus, soledad y verdad, exposición de Eugenio Ortíz Bretón – Fotografía por Job Melamed

Así pues, las obras de Ortíz Bretón son un punto de inflexión que vale la pena revisar en este sentido, exploran su respuesta y su visión personalísima respecto al problema del sí rodeado por aquello de lo que forma parte pero en lo que su inclusión se presume como un atisbo de inercia en tensión, a punto de reventarse para dar paso al ser que se asume como parte individualmente del grupo, y no solamente como agente del mismo.

¡Pedazo de Zombie!

traducción de E. J. Valdés

En 2016, John Carpenter sostuvo una charla con estudiantes de la New York Film Academy y una chica no pudo evitar preguntarle su opinión sobre los remakes de cintas de horror, entre ellos el que Rob Zombie hizo de su aclamada Halloween en 2007. La respuesta del director fue breve (y un poco dispersa) pero también interesante. Sobre todo hacia el final…

Les comparto mi traducción de este momento.

Mi pregunta es: ¿cómo se siente respecto a la tendencia en Hollywood de rehacer películas de horror y sobre la adaptación que Rob Zombie hizo de su película, Halloween? ¿Le gustó?

¡Oh, Dios mío! Esas son buenas preguntas. En primer lugar, los remakes en general son populares dada la cantidad de dinero que los estudios necesitan gastar para que la gente vaya al cine. Una manera de sortear la maraña de publicidad allá afuera es tomar un título que persista en la memoria reciente. Por ejemplo, todos los remakes de horror. La lógica es: “quizá la viste con tu hermano cuando eras joven, en video o en televisión; bueno, vamos a actualizarla”. Así que de antemano hay un conocimiento, y eso es justo lo que se pretende: que la gente sepa que tu película está allá afuera, en los cines. Y por eso están rehaciendo cine de horror. El horror es… Permítanme decirles algo sobre el horror: el horror ha acompañado a la cinematografía desde el comienzo. Creció a la par con el cine y siempre estará con nosotros; es uno de los géneros más populares de todos los tiempos, y también es un género multipropósito, pues cambia de manera constante. Con cada cultura, con cada periodo de tiempo se transforma, se convierte en algo más, absorbe las sensibilidades de la época en la que se lo crea. Eso es fabuloso. Frankenstein, Dracula. Bride of Frankenstein o las películas de Karloff fueron hechas por [Universal] en los años 30, en la Depresión. Son películas de la Depresión; le hablan a aquellos públicos. Ahora, si miramos películas de arte moderno, bueno, les hablan a ustedes, los jóvenes, y traen consigo sensibilidades con las que ustedes están familiarizados y que ustedes quieren ver en un filme…
Y —¡Dios, el Alzheimer me ha cogido!—, ¿qué más me preguntaste…? ¡Oh, la película de Rob Zombie! Bien, diría cosas buenas sobre él pero sucede que hicimos esta cosa… Algo que, creí, sería interesante para el History Channel, o el Biography Channel, qué se yo, sobre Halloween. Yo pensé “cielos, será genial”, hasta que me percaté de que habían hecho un programa similar sobre Caddyshack. Entonces pensé: “Dios, ¿qué es esto?”.

John Carpenter - Imagen pública
John Carpenter – Imagen pública

En fin, lo entrevistaron en aquello del Biography Channel y mintió sobre mí: dijo que fui frío cuando me informó que haría la película. Eso no podría ser más falso. Le dije: “Haz tu propia película, hombre. Esto ahora es tuyo. No te preocupes por mí”. Lo apoyé. ¿Por qué ese pedazo de mierda mintió? No lo sé. No tenía motivo. ¿Por qué lo hizo?

Así que, para ser franco, eso matizará mi respuesta a la película: creo que arrebató a la historia su misticismo al explicar demasiado sobre el tipo [Michael Myers]. Eso no me interesa. Se supone que él sea una fuerza de la naturaleza, algo casi sobrenatural. El saber sobre ello… ¡Y además era demasiado grande! Eso no era normal.
En fin…

Adicional al remake de Halloween, Rob Zombie escribió y dirigió una secuela muy mal recibida por el público y la crítica (en realidad su carrera como cineasta nunca ha despegado del todo). Sin embargo, sus reinterpretaciones de la historia no son las únicas que han sufrido la cólera de Carpenter: él tampoco es un gran admirador del montón de secuelas que su magnum opus generó y actualmente trabaja como productor de una cinta que romperá con todas ellas, pues retomará la historia de Michael Myers justo después de la original. Su estreno está previsto para 2018 y se sabe que Jamie Lee Curtis hará de nuevo a Laurie Strode…
Suena bien, ¿no?

La charla con John Carpenter de donde tomé este fragmento puede verse completa aquí: https://www.youtube.com/watch?v=E4twMPO7FzA

Paz Errázuriz: una mirada sobre la identidad

por José Luis Dávila

Empezar diciendo algo como “Pocas veces en la vida” es un cliché, sin embargo, en esta ocasión me resulta preciso, ya que pocas veces en la vida uno se topa con una obra sencilla y potente, una producción fotográfica sensible estética y socialmente,  que en esencia transmite la visión de lo que una época quiso ocultar. Paz Errázuriz, con el nombre de la artista se halla la cohesión de todas las salas que componen esta muestra albergada en el Museo Amparo, y de sus palabras, en esta entrevista ella nos cuenta su perspectiva al respecto.

José Luis Dávila: La pregunta fundamental, que creo es necesaria después de ver las fotografías, es ¿por qué te interesan tanto los rostros de las personas? ¿Qué encuentras en los rostros?

Paz Errázuriz: En realidad es la persona la que me interesa, lo que puedo realizar de alguna manera después de ese encuentro es esta fotografía que inevitablemente se puede convertir en un rostro, pero a mí me interesa mucho la persona; en el fondo siempre me di cuenta tarde de esta búsqueda mía sobre la identidad, este rostro donde me siento muy reflejada yo también. Es como siempre estar en una búsqueda de algo mío, como mi propia huella, o la del otro, lo que estoy buscando.

JLD: ¿Qué tan difícil fue esta búsqueda, artística e identitaria, en un contexto dictatorial? Chile pasó momentos muy álgidos en esas décadas.

PE: Yo creo que esta búsqueda todavía, creerás, la continúo. Por supuesto, en tiempos de una dictadura tan feroz como fue la de Pinochet, y tantos países hermanos que han tenido otras dictaduras, nosotros aprendimos a sortear estos caminos buscando la forma para ser lo que uno quiere, puede ser más fácil en algún momento y a otro más difícil, pero mientras tú lo vas haciendo como que las dificultades las vas sorteando, las vas dejando atrás también. Entonces no podría ver cuándo es más fácil o más difícil porque es tu propia energía la que te lleva, te da fuerza. Mientras tú sepas manejar esa propia energía, la puedes perder o tener en los momentos difíciles o menos difíciles, pero estar más atento siempre al otro, eso es lo que me interesa.

Paz Errázuriz y José Luis Dávila - Fotografía por Ricardo Torres
Paz Errázuriz y José Luis Dávila – Fotografía por Ricardo Torres

JLD: Hablando sobre la dictadura y su represión, ¿qué tan difícil fue para ti como artista que tu obra se reconociera antes afuera de tu país?

PE: Claro, imagínate la indiferencia absoluta que tuvo mi trabajo. Pero mira, a mí no me importaba porque yo nunca pensé, ni siquiera sabía yo la posibilidad de tener apoyo financiero. ¡imagínate conseguir alguna beca! Eso fue muy tarde después. ¡Como que uno cree que así es la vida! (Ríe) Sí, así es la vida. Después, claro, suceden cosas tan tarde y es una sorpresa en realidad que se reconozca; es una bonita sorpresa porque yo ya no soy joven y entonces como ¡va! ¡Mira lo que sucedió con lo que he hecho!

JLD:  Que siga manteniendo el trabajo tu fuerza…

PE: Sí, y que eso mismo te ayuda; yo estoy con muchos proyectos.

JLD: En estos proyectos hay temas con bastante fuerza artística todavía, ¿qué es lo que buscarás ahora? ¿Vas a seguir sobre lo mismo o a explorar algo más?

PE: Mira, yo creo que he hecho siempre lo mismo (ríe), pienso que por mucho que cambie, digamos la faceta o lo exterior, pero siempre estoy en lo mismo. Es como que sin querer vuelvo a lo mismo, no es que me tropiece sino que intencionalmente me tiro otra vez a lo mismo.

Jaque, jaque, jaque mate

por Gabriel Burgos 

“Hay que eliminar la hojarasca del tablero”
José Raúl Capablanca

Los alcohólicos en rehabilitación tienen doce pasos a realizar para salir del hoyo, y hoy descubrí que en el caso del TOC es un poco más complicado, no digo que aquellos que van a AA la tengan más fácil, pero al menos ellos sí saben cuántos pasos deben seguir, certeza que no existe con el TOC, el número de pasos para alguien con TOC es siempre un misterio numérico, pues tenemos que:

• Primer paso para superar el TOC: admite que tienes TOC.
• Segundo paso para superar el TOC: admite que tienes TOC.
• Tercer paso para superar el TOC: admite que tienes TOC.

Repite las veces necesarias en caso de que tu TOC requiera un número especial para cumplir con tus tareas diarias, si tienes una secuencia numérica específica usa la siguiente fórmula (X+1= Paso 2)* para tener la certeza de que puedes pasar al siguiente escalón; en caso de que tu TOC no sea numérico pasa directamente al paso 2, a menos claro, que hacerlo sin comprobar el paso 1 te enloquezca de ansiedad, en cuyo caso no aplicaste bien el primer paso.

A estas alturas, sobre todo si leíste la nota al pie de página, seguro te repites a ti mismo, “exageras, realmente tener una rutina no implica que tenga TOC” y podrías tener razón, porque son necesarias para funcionar como seres sociales, de lo contrario, el caos se impondría; estoy seguro que sin el rutinario papeleo del contador, tú no cobras y entonces tienes otro problema además del TOC.

Hace un par de años, después de jugar una partida de ajedrez contra un hombre bastante gentil, éste me preguntó por mi trabajo, a lo cual le respondí que soy profesor de literatura y español, él sonrió y me pidió leerle unos pasajes de un librito que sacó de sabe dios donde, y como no me quitaba nada, lo hice. El párrafo que leí hablaba en general sobre ser responsable de uno mismo y de no herir a otros, algo bastante justo a mi parecer, luego me pidió leer otro poco más, cosa que hice sin problemas; así estuvimos cerca de media hora, yo le leía y él me preguntaba que entendía sobre el texto, y ahora que escribo esto, acabo de recordar que me preguntó ¿qué sientes?, pregunta que se me escapó por completo ese día.

Ajedrez - Imagen pública
Ajedrez – Imagen pública

El gentil hombre se levantó después de escucharme y se sentó sobre la mesa donde jugamos hace unos momentos y me contó como perdió todo por el alcoholismo: familia, dinero, trabajo, amigos, pero que ese librito junto con el apoyo de AA lo sacaron adelante, de eso hace ya ocho años -diez, si sigue sobrio al día que escribo- y yo le sonreí con cortesía porque pensé, seguro necesita contarle su historia a un desconocido que jamás volverá a ver y por lo tanto su juicio importa menos que un peón bloqueado.

Cual sería mi sorpresa cuando él me dijo que, si necesitaba hablar con alguien, siempre podía recordar lo que acabamos de leer y me recitó los 12 pasos de AA, de los cuales el primero es el que se grabó en mi memoria. Sonreí, sorprendido y sin enojo, y antes de despedirse me mostró una ficha de plástico la cual indica el número de años que lleva sobrio, noté cierta amargura más que orgullo cuando lo hizo y entonces se fue y me dejó con mi tablero tal cual habíamos terminado la partida.

Mientras guardaba las piezas me pregunté ¿acaso luzco como un alcohólico? Es cierto que ese día la barba y la ropa informal me daban un aspecto descuidado, pero no creí que fuese para tanto. No imaginaba qué podría haber visto en mí ese hombre y no le di mayor importancia hasta hace un mes, cuando mi TOC me explotó en la cara y tuve que admitir, en los brazos de un buen amigo, que necesitaba ayuda. Nunca había sentido un gancho al hígado hasta que entendí que el gentil hombre se reconoció en mí, un tipo en medio de una red de mate incapaz de ver que ya era hora de rendir al rey, estrechar la mano del oponente e iniciar una nueva partida.

_______________________________                                                                                            *Si estás leyendo esto, amigo, tienes TOC, la fórmula sólo fue un anzuelo para probar mi punto y de paso sonreír al imaginar tu cara.

Estructuras de identidad, miradas que construyen

por José Luis Dávila

De pequeño tenía esta costumbre, quizá entonces poco orientada pero sí bastante necia, de juntar imágenes; ponerlas todas en una caja de zapatos para verlas de cuando en cuando, imaginar cosas sobre ellas, de la polaroid en la boda de mi tío al accidente recortado del periódico, momentos propios y ajenos que me resultaban de particular interés, pues a partir de éstos lograba pasar horas determinando cómo estaban hechos, qué tenían dentro, cómo habían sido tomados. Mi breve colección se perdió en los años de la adolescencia por cuestión de una inadvertida limpieza materna que los pensó más bien como papeles inservibles, rescatando sólo las fotos que le parecieron importantes. Su mirada, pues, argumentó contra la mía; ella buscaba pragmatismo mnemotécnico mientras que yo estaba asentándome desde una orilla mucho más estética, buscando una identidad propia en los rostros de los desconocidos que guardaba.

Estructuras de identidad, colección Walter - Fotografía por Job Melamed
Estructuras de identidad, colección Walter – Fotografía por Job Melamed

Pensé en todo esto al verme frente a Estructuras de identidad, en el Museo Amparo, una exposición que surge de revisar profundamente la colección Walter para presentarnos salas armadas en torno a la idea de quién se es, de cómo se es, de qué lugares habitamos y qué tipo de espacio construimos en ellos. Su valor se encuentra, creo, en la manera de concatenar diversas miradas sobre un mismo tema, miradas que cuentan a los demás desde sus cuerpos y poses pero, sobre todo, cuentan un dentro-fuera de la imagen que hace cuestionar la apropiación de la identidad en el contexto de cada una, de la toma natural en el metro a la impostura de una sesión específica.

Quizá sea esta una de las exposiciones más interesantes que pueda haber antes de terminar el año, ya que apela al descubrimiento de uno mismo en el otro que se encuentra retratado, impulsa a preguntarse de sí las técnicas que se tienen para ser y no ser, para construirse en medio del ruido que aterra a cualquiera cuando se está buscando en imágenes ajenas, que se está coleccionando de a poco y entendiéndose cada que abre la caja de zapatos que es la memoria.